Martes, 27 de octubre de 2015

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiaede são Paulo (Brasil). Brasilia, 27 de octubre de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 31 del Tiempo Ordinario   Ciclo B

Textos: Dt 6, 2-6; Heb 7, 23-28; Mc 12, 28b -34

Idea principal: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas…y a tu prójimo como a ti mismo”.

Síntesis del mensaje: Los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) nos recuerdan este mandamiento primero. Según Mateo y Marcos, es Jesús quien resume la ley en los dos mandamientos; según Lucas, fue el doctor de la ley quien lo hizo y Jesús lo aprobó. Este era un tema que apasionaba a los espíritus religiosos de la época. La ley de Moisés se había ido llenando de preceptos, explicaciones, reinterpretaciones. Urgía pues saber qué era lo esencial entre tantas reglas.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, cuenta la tradición judía –que no la Biblia- que por los años del siglo XIII a.C., Moisés, libertador, legislador y profeta del pueblo de Dios en la esclavitud, subió a las cumbres del Sinaí para entrevistarse con Dios y que Dios le dio 365 mandamientos negativos, “No harás”, -tantos como días tiene el año solar-, y 248 mandamientos positivos,“Harás”, -tantos como generaciones desde Adán y Eva hasta aquel entonces. Total, 613 mandamientos. Demasiados. Por eso, en el siglo XI a.C., David, rey de Judá-Israel y profeta del Altísimo, redujo los seiscientos trece mandamientos a once (Sal 15). En el siglo VIII a.C., el profeta Isaías redujo los once a seis (Is 33, 15). Ese mismo siglo el profeta Miqueas los redujo a tres (Miq 6,8), de nuevo Isaías de tres a dos ( Is 66,1) hasta que en el siglo VII a.C. el profeta Habacuc redujo los dos a uno. Este: “El santo vivirá por su fidelidad” (Hab 2,4). Donde “su” se refiere a Dios. O sea, los profetas, que tienen hilo directo con Dios, buscaron lo esencial de la religión, de la moral y del culto, y dijeron que es el amor a Dios por un lado y a los hombres por otro. Al fin llegó Jesús y dijo: amar a Dios es amar a los hombres y amar a los hombres es practicar con ellos el respeto, la verdad y la justicia.

En segundo lugar, pero, ¿qué es amar a Dios? ¿Por qué y para qué debemos amar a Dios? ¿Cómo debemos amar a Dios? ¿Dónde y cuándo debemos amar a Dios? Dice la Didajé, el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos: “Hay dos caminos: uno de la vida, y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos. El camino de la vida, pues, es éste: Primero, amarás a Dios que te creó; y segundo, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo lo que no quieras que te suceda a ti, tú tampoco lo hagas a otro…. El camino de la muerte, en cambio, es éste: Sobre todo es malo y lleno de maldición: los asesinatos, adulterios, concupiscencias, fornicaciones, hurtos, idolatrías, brujerías, preparación de venenos, rapiñas, falsos testimonios, hipocresía, doblez de corazón, dolo, malicia, orgullo, avaricia, conversaciones torpes, envidia, espíritu atrevido, altanería, ostentación”. Respondamos las preguntas que puse al inicio de este segundo punto: Amar a Dios significa darle todos los latidos de nuestro corazón desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, pues Él es nuestro Padre. Debemos amar a Dios porque Él nos amó primero, creándonos, redimiéndonos y nos está santificando a través de su Espíritu. Debemos amarlo con todo lo que somos y tenemos: mente, afectos, voluntad. Debemos amarlo cumpliendo sus mandamientos y sobre todo, amando a nuestros hermanos, que también son hijos de Dios. Sólo así le manifestaremos nuestra gratitud y nuestro cariño de hijos, de creaturas amadas por Él.

Finalmente, y, ¿quién es mi prójimo? ¿Qué es amar al prójimo? ¿Por qué debemos amar al prójimo? ¿Cómo debemos amar al prójimo? ¿Dónde y cuándo debemos amar al prójimo? Respondamos a estas preguntas: Mi prójimo es toda la gente del mundo.
Mi prójimo es mi esposo, mi esposa, mis hijos, los suegros, los parientes, los amigos, los vecinos, los de mi pueblo, los del pueblo de al lado, mis compañeros de trabajo, mis empleados, mi jefe. Mi prójimo es también, el que no me cae bien, el que me ha hecho alguna maldad, el que habla mal de mí. Debemos amar al prójimo porque es nuestro hermano, creado por Dios, redimido por Cristo, santificado por el Espíritu. Debemos amarlo con estas características que san Pablo enuncia en su primera carta a los corintios: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7). Debemos amar al prójimo siempre y en todo lugar, sin medida, a ejemplo de Cristo que nos amó y se entregó por todos nosotros. Es tan importante amar al prójimo que el apóstol san Pablo nos dice: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 8-10).

Para reflexionar: Cuando al final de la jornada de cada día hagamos el examen de conciencia, preguntémonos: ¿He amado hoy, o me he buscado a mí mismo? ¿Por qué me cuesta amar al prójimo? ¿Lo amo como Jesús lo ama, con un amor misericordioso, paciente? Pensemos en esa frase de san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”.

Para rezar: Señor, dame una señal de que me quieres; hazme hacer la experiencia del amor filial para que mi corazón se dilate y yo corra –antes que arrastrarme- por la vida de tus mandamientos (cf. Salm 119, 32). Haz que yo te ame por encima de todas las cosas y que ame a todas las cosas en Ti; que no haya en mi corazón “otro Dios salvo tú”, ningún ídolo o “dios extranjero” que provoque tus justos celos. Haz que te ame, Señor. Y en Ti, por Ti y como Tú, ame también a mi hermano.

 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email:[email protected]


Publicado por verdenaranja @ 20:54  | Espiritualidad
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