Martes, 10 de noviembre de 2015
Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (7 de noviembre de 2015) (AICA)
La clave es la oración

Amigos, si hacen memoria sobre lo que hablé el sábado recordarán que hice un comentario crítico sobre esta nueva ola de retiros que hay ahora y que no tienen nada que ver con los retiros espirituales propios del catolicismo. Y observo una nota y es que, en esos retiros de los que hablé la semana pasada, no hay oración porque todo es mirarse uno mismo, buscar la armonía dentro de uno mismo, no hay referencia a Dios y por tanto no hay oración. Sabemos que la oración es el modo por excelencia en que nos relacionamos con Dios; por eso quisiera hablarles hoy de esto que es un tema catequístico fundamental.

Se me ocurre empezar: cuando hablamos de oración inmediatamente pensamos en el rezo, en la oración vocal y todos rezamos en algún momento: a la mañana o a la noche, antes de la comida, y en distintas ocasiones de manera especial. Por ejemplo hemos celebrado la Fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos y, por ejemplo, la oración por los difuntos es una realidad en la vida católica: frecuentemente rezamos por nuestros parientes difuntos.

La oración vocal es importante, pero yo advierto este fenómeno, aún lo observo en mí mismo y en mis propios defectos, y ustedes también me darán la razón: es que a veces rezamos con la lengua pero la cabeza está volando por otro lado. Muchas veces rezamos el Padrenuestro o el Rosario; yo lo rezo todos los días, y a veces tengo que hacer un gran esfuerzo porque en algún momento me encuentro pensando en cualquier otra cosa. Digo las Avemaría pero a veces estoy pensando no sé en qué cosa. No es fácil conectar la voz con el pensamiento y ya San Benito recomendaba a sus monjes, a propósito del rezo del oficio divino, que “la mente concuerde con la voz”. Eso es lo difícil”.

“A partir de la oración vocal hay un grado de oración mucho más interior si se quiere, porque uno podría orar, es decir relacionarse con Dios, sin necesidad de decir una palabra o sea desde el silencio, poniéndonos en su presencia. Por ejemplo: entramos a una iglesia, vamos delante del Sagrario, nos ponemos de rodillas ahí sabiendo que está Jesús presente, verdadera, real, sustancialmente en la Eucaristía y allí nos quedamos adorándolo. Otro ejemplo: vamos a Luján; yo cuando voy al Santuario de la Virgen de Luján me gusta quedarme un rato en silencio mirando a la Virgen, mirándola nada más, no digo nada, me basta mirarla y es cierto que se me ocurren muchas cosas que tienen que ver con lo que ella significa como madre y con el cariño que un hijo puede tener respecto de su madre”.

“O sea que hay una oración más interior y tendríamos que procurar que nuestra vida de oración no quede absorbida sólo por lo vocal, sino que podamos ir avanzando hacia esta oración más interior que se puede llamar meditación, se puede llamar también contemplación, que es referida siempre a Dios, a un Dios que es personal; buscamos un trato personal con ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y podemos hacerlo además porque el Hijo se hizo hombre, cercano a nosotros, y es un hombre que se llama Jesucristo, que ha muerto y resucitado por nosotros. Entonces la amistad familiar con Jesús nos lleva a rezar mejor el Padrenuestro. Además, dice el Apóstol San Pablo que “nadie puede llamar a Dios Abbá, o sea Padre, sino por el Espíritu Santo”, que hemos recibido en el Bautismo, en la Confirmación y que habita en nosotros cuando estamos en gracia de Dios. Es el que nos impulsa a llamar a Dios Padre y a rezar bien el Padrenuestro.

“i uno pensara lo que estamos diciendo cuando rezamos el Padrenuestro yo creo que nos cuidaríamos un poquito más. Le estamos pidiendo que se haga su voluntad: como se hace en el Cielo también en la Tierra, que yo haga su voluntad, lo que implica un acto de abandono confiado en las manos de un Dios al cual reconocemos como Padre.

A propósito del abandono existe toda una espiritualidad en la escuela francesa acerca del abandono en la Providencia de Dios. Hay un famoso libro del Padre de Caussade que se llama precisamente El abandono en la Providencia de Dios. Quizá algunos de ustedes conocen una oración del Beato Carlos de Foucault que es un acto de abandono en el que se dice: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal que Tú voluntad se cumpla en mí y en todas tus creaturas. No deseo nada más Padre, te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida con una infinita confianza porque Tú eres mi Padre”.

Ven que es un comentario perfecto al Padrenuestro. Yo lo rezo todos los días y les sugiero a ustedes que lo anoten ahora que lo escucharon, si pueden, o que lo busquen y lo aprendan también porque allí está, en todo caso, lo prototípico de la oración cristiana. Nosotros por Cristo somos hijos de Dios y podemos tratar a Dios Padre como nuestro padre y lo podemos hacer porque tenemos con nosotros al Espíritu Santo.

Estas realidades espirituales no tienen nada que ver con ese inmanentismo burgués de que yo busco la armonía dentro de mí, sino que yo busco mi armonía fuera de mí, la busco reposando en Dios. Ven qué diferente que es esto, porque esto es la fe en definitiva. La fe es la respuesta plena a la manifestación que Dios ha hecho de sí mismo y nosotros le respondemos poniéndonos en sus manos. Aquí se encuentra lo más característico de la oración cristiana.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

Publicado por verdenaranja @ 18:02  | Hablan los obispos
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