Mi?rcoles, 11 de noviembre de 2015

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Brasilia, 10 de noviembre de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 33 del Tiempo Ordinario    Ciclo B

Textos: Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32

Idea principal: Vigilar y prepararnos para la venida de Cristo. Sólo así evitaremos la angustia y el miedo.

Síntesis del mensaje: Terminamos hoy la lectura del evangelista Marcos, que nos ha acompañado todo el año. El próximo domingo, fiesta de Cristo Rey, leeremos a san Juan. Termina el año litúrgico y por eso las lecturas nos orientan hacia la escatología, el futuro de la historia, para que nos preparemos para ese día. No necesitamos ni horóscopos ni adivinos para buscar respuestas a los interrogantes del mañana. El futuro nos fascina y nos inquieta a la vez. O porque deseamos tenerlo todo controlado. O porque nos ayudaría a planificar el presente. Lo mejor es confiar en Cristo y en su victoria.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿a quién no atemoriza lo que Jesús narra en el evangelio de hoy? Visiones tremendas, espeluznantes; soberbias imágenes para una película de horror: explosión de las galaxias, apagón del sol, reventón de las estrellas, caída de la luna, desbarajuste de la creación. Hoy día, otro tanto: explosión demográfica, destrucción del ecosistema y de la casa común, como dirá el Papa Francisco en su encíclica “Laudato si’, guerra de las galaxias y, para que nadie escape, en los silos una bombita de 180 kgs atómicos por persona. ¿Consecuencias? Hombres secos de pesimismo derrotista, agresividad a flor de piel, angustia endémica, depresiones epidémicas. Películas atroces que alertan una neurosis masiva y expansiva –busquen en la internet-, el desbarajuste ético-social –nuevas ideologías en contra del plan de Dios- y el hombre de bruces en el caos. Nuestra ciencia se ha vuelto terrible, peligrosa nuestra insatisfacción, mortales nuestros conocimientos. Es decir, que parece que nos aproximamos al cuadro clínico-psiquiátrico de este evangelio sobre el fin del mundo. ¿Qué hacer?

En segundo lugar, es ciertamente impresionante el lenguaje con el que Jesús describe hoy el final de la historia. Es un lenguaje tomado del género literario “apocalíptico” y “escatológico”, con el que tanto los profetas del Antiguo Testamento como en general la literatura rabínica de la época describen el futuro y la llegada del “día del Señor”. Esta descripción, en labios de Jesús, no quiere ser angustiosa ni angustiante, sino precisamente lo contrario, esperanzadora, porque inmediatamente dice que veremos “venir al Hijo del Hombre sobre las nubes (símbolo de la divinidad) con gran poder y majestad”, y Él viene a salvar. Si somos sinceros tenemos que decir que nadie, ni siquiera la Iglesia, ha sabido explicar el sentido de estos discursos escatológicos. Grupos religiosos aprovechan estos discursos para obsesionar a sus adeptos, inclinados al fanatismo (adventistas, testigos de Jehová) y circulan de casa en casa infundiendo temor con el anuncio del inminente fin del mundo. ¿Qué hacer?

Finalmente, si queremos resumir el mensaje de este domingo, podría quedar así: el Señor ha venido una primera vez y vendrá una segunda vez en el futuro. La segunda venida no nos debe dar miedo; ella es una promesa, no una amenaza. Es la promesa de la que se nutre toda la experiencia cristiana. Eso explica aquel hecho singular que se nota en la Iglesia primitiva: los cristianos de entonces, después de haber escuchado estos discursos que también nosotros hemos escuchamos hoy, se ponían tranquilamente a rezar y a invocar: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”. ¿Qué hacer? No olvidar que nuestra vida es una peregrinación. Quien peregrina tiene siempre en cuenta, no sólo por dónde va, sino también a dónde se dirige, cuál es la meta de su viaje. Igual que un deportista mira desde el comienzo la meta, o el estudiante, el examen final. ¿Qué hacer? Si nuestra meta es el cielo y la compañía con Dios y los santos, entonces tenemos que vigilar seriamente nuestros pasos, nuestros pensamientos, nuestros afectos, para no perder el rumbo del camino. Debemos tener todo preparado para que el Señor nos encuentre dignos de ser admitidos en su Reino. Debemos mirar con respeto y confianza a ese Cristo glorioso que viene a juzgar a todos. Ese juez es el mismo en quien creemos, a quien escuchamos en la proclamación del evangelio, a quien intentamos seguir, a quien recibimos en la Eucaristía. Estas lecturas no quieren llenarnos de angustia, sino que nos están anunciado la victoria y la salvación.

Para reflexionar: meditemos en estas palabras de San Francisco de Sales: “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”.  ¿Vivimos así?  ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia –vamos a morir- o del final de los tiempos, -Cristo vendrá-?  ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos venga en gana?  ¡Nos estamos jugando nada menos que nuestro destino para toda la eternidad!

Para rezar: Hagamos oración esto que nos dice san Pablo: “que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos” (1 Ts 3, 12-4,2). O lo que nos dice Lucas: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre” (21, 36).

 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 21:19  | Espiritualidad
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