Jueves, 12 de noviembre de 2015

En espera y esperanza por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas, 12 de noviembre de 2015 (ZENIT.org)

XXXIII Domingo Ordinario  

Daniel 12, 1-3: “Entonces se salvará el pueblo”
Salmo 15: “Enséñanos, Señor, el camino de la vida”
Hebreos 10, 11-14. 18: “Con una sola ofrenda Cristo hizo perfectos para siempre a los que ha santificado”
San Marcos 13, 24-32: “Congregará a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales”


La valiente denuncia que el Papa Francisco hace en su encíclica “Laudato Si”, sobre la situación angustiosa de nuestro planeta ha sorprendido a muchos. Nos dice que “las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones”. Y nos obliga a hacernos preguntas serias: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?”. De ninguna manera pretende el Papa provocar pánico y angustia, pero si quiere que con responsabilidad y verdad reflexionemos en la vida que estamos llevando.

Hablar del fin del mundo en nuestros días produce muy diferentes reacciones. Hay quienes adoptan una actitud catastrófica y terrorífica. Basándose en supuestas revelaciones o profecías, o bien ateniéndose a los datos que van arrojando los graves deterioros que el hombre causa a la naturaleza, se aventuran a predecir fechas cercanas y auguran situaciones insostenibles de la vida en nuestro planeta. En cambio a otros les da igual. Perciben su vida como un breve momento en un inimaginable devenir de historia, no se preocupan ni de dónde vienen ni a dónde van, solamente les interesa el momento presente, vivirlo, disfrutarlo y no perturbarse porque lo que vendrá después. Si ya de por sí la vida es difícil ¿para qué cuestionarnos y preocuparnos por el mañana o peor aún, por el futuro de la humanidad? Hay que vivir el momento presente sin angustias, es su afirmación. Ya en tiempos de Jesús y sus discípulos existía esta misma inquietud y, aunque en otros términos y con otras expresiones, se cuestionaban seriamente por el mundo futuro y por la venida definitiva del Mesías.

La Palabra de Dios en este domingo nos conduce por caminos de responsabilidad, autocrítica y esperanza. Para quienes angustiados por el crecimiento del mal adoptan actitudes pesimistas, el profeta Daniel nos recuerda la presencia de Dios en medio de su pueblo con la victoria del Arcángel Miguel. “¿Cuándo y cómo?”, algunos se preguntan con preocupación. El pasaje de San Marcos nos ofrece una parte de la respuesta que Jesús da a sus discípulos sobre cuándo sucederá, lo que a tantos nos inquieta, porque quisiéramos saber todo sobre la venida del Hijo del Hombre, o del encuentro definitivo con Dios o del fin del mundo. Quisiéramos que al menos nos diera una señal para estar preparados. Pero Jesús no indica ni el día ni la hora, es más afirma: “Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre”. Y esto nos coloca en una actitud de espera frente a la sorprendente venida del Señor. No podemos angustiarnos con cada fecha que a uno u otro “inspirado” se le ocurre, pero tampoco podemos sentarnos con indiferencia a ver pasar el tiempo inútilmente.

La respuesta de Jesús nos lleva primeramente a una actitud de atención a los signos de los tiempos. Las hojas de la higuera para el necio no tienen ningún sentido, para el sabio campesino implican el tiempo de ponerse a trabajar y a la búsqueda de instrumentos para aprovechar el tiempo propicio. Para el necio la Palabra de Dios en la historia pasa desapercibida, para el discípulo cada instante es un momento de gracia y de presencia de Dios encarnada en la vida del hombre, que lo reta y lo alienta, que le descubre su amor y lo lanza en su seguimiento. Los cambios climáticos, los terribles desastres, la contaminación ambiental, para unos serán señal de alerta y un llamado a la conversión; para otros, pasarán indiferentes y continuarán apáticos ante las señales de un mundo que se despedaza.

Lejos de la angustia, el reflexionar de dónde vengo y hacia dónde voy, qué hay en el más allá, nos debe suscitar una actitud de espera y de esperanza: de espera activa y dinámica, construyendo en compañía de Jesús; de esperanza viva, sabiendo que aquí y ahora se hace realidad la vida del Reino, que hay pequeños brotes que no pueden ser ahogados ni por la violencia ni por las tinieblas de la oscuridad. Pensar en nuestro encuentro definitivo con Dios despierta en nosotros el deseo de descubrir y acoger semillas y razones para esperar, y debemos recibir esas semillas, guardarlas en nuestro corazón y hacerlas fecundas. Cuando no se reconoce el propio origen ni se quiere mirar hacia la meta final, se camina en la oscuridad, a tientas y dando tumbos. Se pierde la noción de peregrinar, se cae en sin sentidos y se aferra la persona a los bienes materiales y a las glorias del mundo. Se destruye la naturaleza y se desprecia la dignidad humana tanto propia como la de los demás. Todo torna absurdo.

Si miramos de dónde venimos y a dónde vamos, si nos reconocemos como hijos e imagen de Dios y nos sentimos llamados a vivir participando de su misma vida, si estamos en búsqueda de una mayor identificación y participación divina, nuestro actuar de cada día se llenará de entusiasmo y de esperanza a pesar de los nubarrones que turban y esconden esa semejanza con Dios. Cada acción nuestra tendrá el ideal trinitario y comunitario al cual debe tender la humanidad y miraremos nuestro mundo como la casa común, signo de la casa celestial. Estaremos construyendo con nuestras pequeñas vidas, aparentemente insignificantes, la imagen de nuestro Dios Amor. Que hoy queden en nuestro corazón esas preguntas para responderlas en diálogo confidente con Dios: ¿Qué pienso de mis orígenes? ¿Qué pienso de mi final? ¿Cómo influyen en mi vida diaria? ¿Cómo construyo, cuido y comparto?

Padre Bueno, que has inscrito en el corazón de la humanidad la imagen Trinitaria como origen y destino, concédenos la sabiduría de vivir en la espera y en la esperanza de la participación de tu vida divina. Amén.  


Publicado por verdenaranja @ 23:44  | Espiritualidad
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