Lunes, 21 de diciembre de 2015
Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, para el domingo 20 de diciembre de 2015 (AICA)
¿Por qué el Hijo de Dios se hizo hombre?

La fe cristiana tiene su centro en Jesucristo que es, como nos dice la carta a los Hebreos: “el iniciador y el consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). No es posible pensar nuestra fe si no es a partir de Jesucristo. La pregunta que nos podemos hacer en vísperas de Navidad es: ¿por qué el Hijo de Dios se hizo hombre, y qué relación tiene ello con mi vida, con el mundo? La respuesta la encontramos en la misma Palabra de Dios que nos trasmite san Juan: “tanto amó Dios al mundo, que le envío a su Hijo único,…. no para condenarlo sino para salvarlo” (Jn. 3, 26). Ello nos habla, ante todo, de una relación de Dios con el mundo, pero también de un envío se su Hijo y de una finalidad. A esta realidad de nuestra fe la llamamos el misterio de la Encarnación.

Dios que nos ha creado no se desentiende de nosotros, “no abandones, Señor, la obra de tus manos” (Sal. 138, 8), es la confianza que se hace oración en la vida del creyente. En Navidad celebramos con gozo el cumplimiento de este sí de Dios al hombre. La fe, que se apoya en la Palabra de Dios, es la que nos introduce en esta verdad profunda del hombre y de la creación. Ella nos permite leer esta historia de Dios que es única y personal. Esto significa que mi vida no es algo más en el mundo, sino alguien sobre quien Dios tiene una mirada personal. Comprender esto, que Dios me ama personalmente y me ha enviado a su Hijo para salvarme, es decir, para acompañarme y ser mi camino y mi vida en este mundo, es vivir en la verdad de lo que soy. Solo en Jesucristo, nos recuerda el Concilio Vaticano II, se ilumina y se comprende plenamente el misterio de la vida del hombre, de mi vida (cfr. G. S. 22). Este es el sentido del misterio de la Encarnación.

El saberme destinatario de este camino de Dios me compromete. No se trata solo de dar una respuesta personal a Jesucristo, sino de comprender que mi vida está llamada a ser anuncio de esta verdad para mis hermanos. La vida cristiana es esencialmente misionera, porque es encuentro con Jesucristo: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Cor. 9, 16), es la auténtica conciencia de un cristiano que nos trasmite san Pablo. Hay un mundo que vive a la espera de este encuentro con Jesucristo, esto nos debe llevar a preguntarnos cómo vivimos nuestra fe y nuestro compromiso misionero. No podemos privatizar a Jesucristo, hacerlo algo exclusivo para mí, él ha venido para todos y me necesita para llegar a todos. Cuando Francisco nos habla de una “Iglesia en salida”, nos está recordando esta verdad de nuestra fe. Señor, que sepamos leer y vivir el Evangelio que tu Hijo nos ha dejado.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Publicado por verdenaranja @ 20:09  | Hablan los obispos
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