Mi?rcoles, 27 de abril de 2016

Comentario a la liturgia dominical – Sexto domingo de Pascua - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). 26 abril 2016. (ZENIT)

Ciclo C

Textos: Hech 15, 1-2.22-29; Ap 21, 10-14.22-23; Jn 14, 23-29

Idea principal: ¿Quién es el Espíritu Santo? ¿Qué efectos produce en nuestra alma?

Síntesis del mensaje: Cristo, en el largo discurso de despedida a los Apóstoles, les está preparando, a ellos y a nosotros también, para la venida del Espíritu Santo, Maestro divino interior, Luz para las mentes, Dulce Huésped y Consolador de nuestras almas, Arquitecto de nuestra santidad, Escultor de la imagen de Cristo en nuestro interior, Estratega en nuestras luchas, Bálsamo para nuestras heridas.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿quién es el Espíritu Santo? La teología nos enseña que el Espíritu Santo es visto en la vida íntima de la Trinidad como el que procede del Padre y el Hijo, y constituye la comunión inefable entre el Padre y el Hijo. En la vida del creyente el Espíritu Santo instalará su morada, transformándose en luz, consuelo y maestro interior. En la vida de la Iglesia, el Espíritu Santo será el testimonio viviente de Jesús, la guía interior para el descubrimiento de toda la verdad y la fuerza para oponerse al mundo malvado, convenciéndolo del pecado. El Espírito Santo guía a la Iglesia en sus máximas decisiones y la ayuda a mantenerse unida (1ª lectura). Y a lo largo de los siglos, con los himnos dedicados al Espíritu Santo, al Espíritu Santo se le han dado unos atributos profundos: Maestro interior que nos enseña y nos explica las verdades de Cristo; dulce Huésped del alma que nos consuela en los momentos de aflicción; Escultor de la santidad, que va esculpiendo la imagen de Cristo poco a poco en nuestra alma, si le dejamos; Estratega en la batallas que debemos entablar con los grandes enemigos de nuestra santidad; ahí está Él animándonos y fortaleciéndonos en la lucha.

En segundo lugar, el efecto que este divino Espíritu deja en el alma es la paz (evangelio). Los romanos deseaban la salud (“salus”), los griegos la alegría de la vida (“Xaire”), los judíos la paz “schalom alechem” (paz a vosotros), que era la prosperidad material y religiosa, personal, tribal y nacional. Por eso en sus libros sagrados es la palabra que más sale: 239 en el Antiguo Testamento, y 89 en el Nuevo. Esta paz que nos da el Espíritu Santo es la paz de Cristo. No es la paz de los cementerios. Ni la paz que dejan las armas que callan. Ni la paz que las naciones firman en concordatos con plumas de oro y en sillones de lujo. La paz del Espíritu es la paz personal, íntima, insobornable. La serenidad del lago de la conciencia y su honradez de vida; el gozo del corazón y sus bondades humanas; el alma de Dios con sus vivencias divinas, que es tanto como decir la vida cara al sol y las estrellas. Esta paz nadie nos la puede quitar: ni una enfermedad, ni la vecina de al lado, ni el Ministerio de Hacienda, ni mi jefe de trabajo. Nadie nos la quita, sencillamente porque nadie de todos ellos nos la dio, y porque es divina. Preguntemos, si no, a Edith Stein, judía convertida al cristianismo y después monja carmelita, y hoy santa Benedicta de la Cruz, detenida por la policía alemana el 2 de agosto de 1942, y que terminó en el campo de Auschwitz, muriendo en la cámara de gas. Nunca perdió esta paz divina. O la paz de Teresa de Jesús, que nunca la perdió ni entre los pucheros de la cocina conventual ni en los carros de las fundaciones por las tierras de España y cuando se las tuvo que ver cara a cara con el rey más poderoso del mundo de ese tiempo, Felipe II. La paz de Juan de la Cruz en las noches toledanas empozado en su celda de 3×4, con los piojos airados y los rebojos de pan duro con una sardina; y así, ¡nueve meses hasta el día de su fuga!

Finalmente, y con la paz el Espíritu Santo nos proporciona también el gusto por las cosas espirituales. El hombre natural aprecia las cosas y las ventajas materiales: salud, dinero y amor…pero no es capaz de apreciar las cosas espirituales: la fe en Cristo, la vida de unión con Él, incluso a través de los sufrimientos de la vida, el amor auténtico. El Espíritu Santo nos ayuda a comprender la relatividad y fugacidad de las cosas, comparadas con las cosas divinas. Él nos enseña la docilidad interior a la voluntad divina, como manifestación concreta de nuestro amor real a Dios. No cerremos la puerta a este Dulce Huésped del alma con nuestra sordera. No le tapemos la boca a este maravilloso Maestro interior con nuestras rebeldías. No lastimemos a este Escultor divino con nuestras resistencias. Escuchemos sus gemidos inenarrables, cuando le ofendemos, y tratemos de estar siempre a su escucha, a la hora de discernir en nuestra vida personal y comunitaria (1ª lectura). Dejemos que sea el Espíritu Santo quien eleve nuestro pensamiento y afecto continuamente a la ciudad santa, el cielo, para dejarnos envolver por el fulgor divino y lo transmitamos a nuestro alrededor (2ª lectura).

Para reflexionar: ¿Cómo trato al Espíritu Santo en mi alma? ¿Le escucho? ¿Soy dócil a lo que me pide? ¿Me dejo moldear por Él? ¿Qué estoy haciendo con la paz que me dejó Cristo, como fruto del Espíritu Santo: la saboreo, la defiendo, la pisoteo?

Para rezar: Recemos las estrofas del famoso himno al Espíritu Santo:

Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

 


Publicado por verdenaranja @ 22:40  | Espiritualidad
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