Viernes, 06 de mayo de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo de la Ascensión del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de la Ascensión del Señor C

 

Con un lenguaje solemne, el salmo responsorial proclama el contenido de esta solemnidad: “Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas”. En efecto, terminada la misión que el Padre le encomendó realizar en la tierra, Jesucristo asciende hoy al Cielo y se sienta  a la derecha del Padre, es decir, en igualdad con el Padre.

A primera vista, puede parecernos extraña la alegría con la que celebramos esta gran fiesta. Lo más normal hubiera sido que, después de despedir al Señor, los apóstoles volvieran a la casa con gran pena y tristeza; sin embargo, nos dice el Evangelio que “se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Y en la Oración de la Misa, le pedimos al Señor que nos conceda “saltar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza…” ¡Impresionante!

¡Y nos alegramos por Jesucristo y por nosotros!  Por Jesucristo, porque vuelve al Cielo, revestido de nuestra condición humana glorificada. Es el momento culminante de  su exaltación y de su victoria sobre el pecado, el mal y la muerte. Y así vive en el Cielo, intercediendo por nosotros, hasta su Vuelta Gloriosa, que esperamos. Es lo que  dicen a los discípulos aquellos varones vestidos de blanco.

Por nosotros, porque la Ascensión de Jesucristo “es ya nuestra victoria y, donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”, decimos en el prefacio de la Misa. Y San Pablo dice: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo - por pura gracia estáis salvados -, nos ha resucitado con Cristo Jesús, y nos ha sentado en el Cielo con Él” (Ef 2, 4-7). Por tanto, para San Pablo la Ascensión de Jesucristo es inseparable de nuestra condición de peregrinos hacia el Cielo. Nuestro destino definitivo está, por tanto, ya determinado, está ya cumpliéndose. En la Virgen se ha realizado ya. Sólo el pecado puede estropear tanta grandeza.

Y Jesús recuerda a los suyos su  condición de apóstoles, es decir,  de enviados, para ser “sus testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines del mundo”. Para ello les advierte que no se alejen de Jerusalén; tienen que aguardar “la promesa” de la que les ha hablado: el Espíritu Santo (1ª lect.).

La segunda lectura nos presenta la entrada de Cristo en el Santuario del Cielo, como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, para ponerse ante Dios intercediendo por nosotros. El texto nos anima a acercarnos a Él, “con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia, y con el cuerpo lavado en agua pura”. Y añade: “Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa”.                                

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:09  | Espiritualidad
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