Viernes, 13 de mayo de 2016

Reflexión a las lecuras de la solemnidad de Pentecostés ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo de Pentecostés

 

¡Por fin, hemos llegado a Pentecostés! ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor que nos concedido celebrar un año más, los cincuenta días de Pascua, que culminan en esta gran solemnidad.

Hay una pregunta en el Catecismo que dice: ¿Qué celebramos el día de Pentecostés? Y contesta: “Que Jesucristo ha enviado sobre los apóstoles el Espíritu Santo y que continúa enviándolo sobre nosotros”.

¡Cuántas reflexiones podríamos hacer aquí!

Comenzamos preguntándonos: ¿quién es el Espíritu Santo? Nos responde el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”. ¡Impresionante!

La primera lectura nos presenta la venida del Espíritu del Señor sobre los apóstoles. ¡Qué hermoso y espectacular resulta todo! ¡Cómo los transforma y los capacita para la Misión!

Pero los apóstoles no sólo recibieron el Santo Espíritu, sino también la misión de darlo a todos los cristianos. ¡Y cuánto interés mostraban en que lo recibieran todos! Hay un sacramento que garantiza la presencia y la acción del Espíritu en cada cristiano: el de la Confirmación.

La segunda lectura nos recuerda que sin el Espíritu Santo no podemos hacer ni decir nada, ni siquiera lo más elemental: que Jesús es el Hijo de Dios.

Y en realidad, ¿qué es un ser humano sin espíritu? Un muerto, un cadáver. Y decimos expiró, es decir,  exhaló el espíritu. ¡Sin el Espíritu, por tanto, no hay nada!

La fiesta de Pentecostés nos recuerda y subraya que el don del Espíritu, que Jesús envía desde el Cielo, es la gracia más excelente de la Pascua.  Dice S. Juan en una ocasión,  que el Espíritu del Señor no había bajado sobre ninguno, porque Jesús no había sido glorificado (Jn 7, 37). Y el Evangelio de hoy nos presenta cómo Jesús, el mismo día de la Resurrección, al atardecer, infunde en los apóstoles el Espíritu Santo. ¡Jesús Resucitado se convierte en Dador del Espíritu! Lástima que tantos cristianos estén como aquellos de Éfeso, que no sabían siquiera que había un Espíritu Santo; pero tuvieron la dicha de que S. Pablo se lo explicara y lo hiciera bajar sobre ellos (Hch 19, 1-7).

Uno de los síntomas  del  desconcierto actual es la cantidad de cristianos que dejan de confirmarse. ¡Y les parece que no tiene importancia, que no pasa nada…! Pero el asunto es grave. A este respecto, recuerdo las palabras de S. Pablo: “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rom 8, 9).

¡Qué importante es que invoquemos y que recibamos con frecuencia al Espíritu Defensor! ¡Es tan necesario en nuestra vida…!

       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 23:05  | Espiritualidad
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