Martes, 24 de mayo de 2016

Visita Pastoral del S.E.R. Cardenal Fernando Filoni al Vicariato Apostólico de Guapi en Colombia. Lunes, 23 mayo 2016

Homilía en la Catedral de la Inmaculada Concepción

1Pe 1,3-9; Sal 110; Mc 10,17-27 

“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” 

 

Queridos hermanos y hermanas, con mi más cordial saludo y en nombre también del Papa Francisco, quisiera, antes que nada, manifestarles mi alegría al encontrarme en esta Catedral de la Inmaculada Concepción. Aquí está el corazón de vuestra comunidad local, de la familia de Dios en Guapi. Al tratarse de un Vicariato Apostólico, esta circunscripción eclesiástica tiene por cabeza al Papa, que actúa a través de su Vicario, actualmente en la persona del obispo, Monseñor Carlos Alberto Correa Martínez, al cual saludo fraternalmente y le agradezco la invitación a visitar esta comunidad cristiana que le ha sido confiada.  

Vosotros sabéis que el estado jurídico de un vicariato es un paso intermedio antes de convertirse en diócesis. Una diócesis, en efecto, representa el estado adulto de una Iglesia local, con suficiente número de sacerdotes, religiosos y religiosas, parroquias y sustento para las exigencias pastorales propias. Es algo así como el caso de un joven que está creciendo, pero que aún no es autosuficiente y, por eso, necesita ayuda en su maduración antes de tener su propia casa. 

Como ven, me acompaña el Nuncio Apostólico, Su Excelencia Monseñor Ettore Balestrero, al que agradezco la organización de esta visita pastoral. Extiendo mi saludo a las autoridades civiles y militares, a las cuales se les ha confiado el crecimiento civil, la seguridad y el bien común de esta población. Doy las gracias a los sacerdotes, religiosos, religiosas y catequistas por su presencia. A ellos deseo manifestarles mi más sincero aprecio por la labor pastoral que desarrollan entre ustedes. A todos transmito la bendición del Santo Padre. 

Mi visita pastoral a Colombia tiene tres objetivos: El primero es celebrar y predicar en el 12° (decimosegundo) Congreso Misionero de Colombia, animando la obra misionera de la Iglesia en el país, tanto a nivel interno como hacia el exterior, a aquellos lugares donde la Palabra de Dios aún no ha sido anunciada o recibida. El segundo es consagrar a dos nuevos Vicarios Apostólicos, los de Puerto Gaitán y de San Andrés y Providencia, recientemente nombrados por el Papa Francisco. El tercero es visitarles, encontrarme con ustedes, rezar juntos, escucharles y hablar con ustedes. Finalmente, estando en el Año Jubilar de la Misericordia, un don del Papa Francisco a la Iglesia, no hay nada más hermoso que intercambiarnos también este don de la misericordia en la alegría del encuentro. 

La Palabra de Dios que hemos escuchado hoy en esta Catedral de la Inmaculada Concepción quizás ya la conozcamos. De todas formas, esta no deja de ser, a mi parecer, un sorbo de agua fresca y, al mismo tiempo, de sorpresa, porque no es una palabra del pasado que nosotros recordamos ahora y que no nos interesa, sino al contrario, se trata de una palabra viva y actual, que se refiere a nosotros. El evangelio que la liturgia nos propone hoy, nos presenta el encuentro de Jesús con el joven rico, que le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (Mc 10,17).

La pregunta del joven a Jesús representa la preocupación de cada uno de nosotros en cuanto peregrinos en este mundo. Y, frente a esta inquietud, entre la multiplicidad de caminos que se presentan ante nosotros, está la posibilidad de elegir gozosamente “la herencia de la vida eterna”.

Si se fijan, no se da el nombre del joven rico: es uno de tantos “fieles observantes”, como podría serlo cualquiera de nosotros. Fiel, sí, pero no como uno cualquiera; se trata de uno sin nombre, que nunca ha dejado ninguna señal especial, más que la de observar los diez mandamientos: «Todas esas cosas –responde el joven a Jesús– las he cumplido desde mi juventud”. A pesar de contentarse con la observancia de los preceptos de la Ley, quizá sin dejarse penetrar hasta dentro, sin dejarse transformar el corazón realmente y convertirse, sin decidirse a hacer algo más significativo por su propia vida y por la de los demás; sin embargo, este hombre no está saciado, es como si le faltase algo en lo más íntimo: siente que ha satisfecho la Ley, pero no su corazón, que desea la “vida eterna”. Esto nos lleva a pensar que se siente un poco muerto, porque está enredado en una rutina que le lleva a no estar satisfecho. Como decía San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti” (Confesiones 1,1,1). El joven del Evangelio, como piadoso hebreo, sabe que ha sido creado a imagen de Dios y, por tanto, sabe que será tanto más feliz cuanto más lleve en sí mismo la imagen de Dios que lo ama. No basta, entonces, con no hacer el mal y observar todos los mandamientos: Dios nos pide que hagamos el bien, que nos abramos al amor.

En ciertos momentos de la vida, como el joven rico, aunque estemos convencidos de no tener grandes pecados, sentimos, sin embargo, que nos falta algo; no estamos abiertos al inmenso amor de Dios. Cristo, entonces, nos sorprende con una profunda revelación, al decir al joven que tiene delante: “Solamente te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ¡ven y sígueme!” (Mc 10, 21). El Señor pide a aquel joven algo más, una cosa impensable para conseguir el ideal de la perfección cristiana, como es el desapego de las cosas del mundo. Pero él quizás se esperaba otra respuesta menos exigente, más tradicional y, sobre todo, más acorde con sus aspiraciones. No se esperaba algo que le implicase toda la vida y lo llamase a dejar las cosas del mundo. Pero no se trata ya solamente de un tener una nueva norma, sino de revolucionar una prospectiva de vida con referencia a Cristo: para entrar en el reino de Dios, es necesario desapegarse de los bienes de la tierra.

Jesús, con su vida y su palabra, añade una nueva cualidad al antiguo mandamiento del amor. Se trata de amar como Él nos ama. La medida del amor de Dios ahora es visible en Cristo. Dios ha enviado a su Hijo para la salvación de los hombres. Por lo tanto, la salvación de los hombres es Jesús, que es el amor, entendido como donación total.

Al hablar de este modo de nuestra consagración a Dios, nos viene la pregunta: ¿cómo vivimos nuestro día a día como cristianos? Observad en que las palabras “ven y sígueme”, que Jesús propone al joven adinerado, tienen un sentido peculiar y nuevo. A pesar de que el joven se sentía conforme respecto a la observancia de la Ley, ahora, en el encuentro con Jesús, comprende que para tener en herencia la vida eterna tiene que ir más allá de la mera observancia de la Ley. Jesús, como dice el Evangelio, lo miró a los ojos, lo amó profundamente, así como era, y después le pidió algo radical: lo invitó a vivir ese “hasta el final” y ese “más”.

“Maestro bueno, ¿qué debo hacer…?”. Os debéis ensimismar en esta pregunta: yo, padre de familia; yo, madre de familia; yo, catequista; yo, religiosa; yo, sacerdote; ¿qué debo hacer para crecer en la vida cristiana en esta comunidad de Guapi? Siendo una comunidad en la que todavía es muy reducido el número de personal misionero, como fieles comprometidos, religiosos, religiosas y sacerdotes, ¿qué puedo hacer para atraer a los jóvenes a la vocación a la vida sacerdotal y consagrada?

Guapi es una Iglesia en crecimiento, deseo que haya un número suficiente de estructuras y, sobre todo, de clero indígena; para esto cuento con la colaboración de todos, en todos los ámbitos, también en el económico y material. Es necesario que se desarrolle entre ustedes, queridos hermanos, una conciencia misionera fuerte de la Iglesia local. Debo subrayar que, también en la pobreza, como era la condición de Cristo, se puede hacer frente a las exigencias del Evangelio y de la Iglesia. Nunca nos limitemos a las falsas seguridades de quien piensa que no tiene nada que ver con la palabra de Dios.

Esta es una comunidad joven. Por lo tanto, les encomiendo que intensifiquen los esfuerzos para dar un empuje a la pastoral familiar, exhortando a los jóvenes a una vida cristiana coherente con los principios del Evangelio, formándolos como auténticas familias cristianas, fundadas en el amor sacramental del matrimonio como Jesús lo ha mostrado: fiel e indisoluble. La Palabra de Dios, para que pueda cumplirse en nuestra vida, después de haber sido escuchada y meditada, debe ser vivida todos los días y en todos los sitios en que nos encontremos. Al hallar espacio en nosotros, nos previene para evitarnos caer en una vida contraria a la vida cristiana e inclinada al alcohol, a la droga, a los juegos de azar, al materialismo, etcétera.

Después de tantos años de sufrimientos debidos a los males de la violencia y la corrupción, ha llegado el momento propicio de extirpar todo mal y de perdonar mutuamente, instaurando una cultura de paz y haciendo surgir entre ustedes dinámicas personales, familiares y comunitarias de reconciliación. Tengamos, por tanto, la mirada fija en la misericordia, haciéndonos también nosotros signos eficaces del obrar del Padre, sobre todo en este año del Jubileo extraordinario de la Misericordia, inaugurado por el Papa Francisco el pasado 8 de diciembre, como “tiempo favorable para la Iglesia, para que hagan más fuerte y eficaz su testimonio de creyentes” (MV, n.3), y que fue aquí abierto por el Nuncio Apostólico.  

Quiero, por último, agradecerles a todos ustedes: trabajadores pastorales, catequistas, religiosos (Frailes Menores Franciscanos), religiosas de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón de Jesús, Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, Hermanas Vicentinas y Hermana Franciscanas Misioneras de Jesús y María, y todos los sacerdotes -16 que están trabajando ahora aquí y dos más que estudian en Valencia (España)-; su empeño pastoral, la atención a los pobres y a los enfermos.

Pido al Señor que haga descender su bendición sobre ustedes aquí presentes y sobre toda la comunidad local, y les confío a la maternal protección de la Virgen María Inmaculada, patrona de Guapi.


Publicado por verdenaranja @ 22:22  | Hablan los obispos
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