Viernes, 27 de mayo de 2016

Homilía de S.E.R. CARD. FERNANDO FILONI en Eucaristía de apertura del XII Congreso Nacional Misionero en Bucaramanga (Colombia)

Jueves, 26 de mayo de 2016 – Memoria de San Felipe Neri

1 Pe. 2, 2-5.9-12; Sal. 99; Mc. 10, 46-52 

“Vete, tu fe te ha salvado”

 

Eminentísimos Señores Cardenales,

Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico,

Excelentísimos Señores Obispos.

Queridos hermanos en el sacerdocio,

respetables autoridades,

hermanos y hermanas en Cristo:

 

Desearía manifestarles la gratitud de estar aquí con ustedes, como Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y, en nombre del Papa Francisco, les transmito sus saludos y su bendición apostólica. Participar en este XII (decimosegundo) Congreso Nacional que se abre hoy es un motivo de profunda alegría eclesial.

La liturgia de hoy nos presenta la curación del ciego Bartimeo, hijo de Timeo.  Este, al contrario del joven rico, que tuvo miedo de perder sus seguridades (Mc. 10, 17-27), al contrario de los discípulos que quedaron perplejos ante la idea de tener que sufrir persecuciones (Mc. 10, 28-31) y de los apóstoles, que discutieron por los primeros puestos (Mc. 10, 32-45); se convierte en modelo de creyente, es decir, de aquel que, a través del catecumenado de la propia vida y de las experiencias vividas por su ceguera, es llamado a la luz, obtiene la vista y experimenta la misericordia de Dios.

Estar ciego, en el lenguaje de la Sagrada Escritura, no es simplemente una deficiencia física, sino que también tiene un significado espiritual. Los ejemplos de ceguera espiritual son numerosos en la Biblia. Isaías grita: «Ciegos, mirad y ved. ¿Quién está ciego, sino mi siervo? ¿Y quién tan sordo como el mensajero a quien envío?» (Is. 42, 18-19); los escribas y fariseos son así definidos por Jesús: «Ciegos y guías de ciegos» (Mt. 15, 14). A los mismos apóstoles les costaba muchas veces creer en las palabras del Señor, porque su espíritu estaba “cegado” y orientado por la lógica humana, como sucedió a los dos discípulos de Emaús, que habían olvidado tanto las Escrituras como las palabras de Jesús sobre su muerte y resurrección, sin ni siquiera reconocerle por el camino. Ante la ceguera, Jesús se proclama luz del mundo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8, 12).

Bartimeo conocía la oscuridad de la ceguera y se sentía necesitado de la vista; de aquí brota su profundo grito: «¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!». Jesús le escucha, «se paró y les dijo: “¡Llamadlo!”». En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco hace referencia a esta invitación dirigida a Bartimeo, imagen y símbolo de cada uno de nosotros y de cuantos titubean en la fe: «No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos» (EG 3). El Señor escucha, acoge, devuelve la vista. En resumen, salva mediante la fe. No me gustaría encontrarme entre esos “muchos” que regañaban al ciego Bartimeo para que se callara, en vez de llevarlo a Jesús.

San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que estamos llamados a exhortar a todo hombre y mujer a tener valor, porque el Señor nos llama a la salvación. Este animar, buscar al hermano, darle esperanza, llevarlo a Jesús, es lo que significa Iglesia “en salida”, «comunidad de discípulos misioneros […] que sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (Ibídem 24). Sucedió, dice el Evangelio, que Bartimeo, «arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús», hubo un diálogo que es el prototipo de cualquier diálogo pre-bautismal: ¿Qué buscas? ¿Qué te otorga la fe? ¿Crees?

Además de estar ciego, Bartimeo era pobre; en efecto, estaba sentado en el borde del camino mendigando. Pero no había nacido ciego; hubo un tiempo en el que podía ver. Por eso, cuando Jesús le pregunta: «¿Qué quieres que yo te haga?», no dice: «Que yo vea», sino: «Que yo recobre la vista». Aquí se percibe que, seguramente, había llegado a este estado por estar privado o necesitado de alguna cosa. Él creía que solamente el Hijo de David, del que había oído hablar, era capaz de restituírsela. Después de haber recibido una catequesis de Jesús, comenzó a suplicar: «“¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí […], que yo recobre la vista!”».

Por la fe, Bartimeo creyó en el amor de Dios, que todo lo puede. El Papa Benedicto XVI comentó que él estaría al inicio de su ser cristiano, por lo que no tenía en mente una decisión ética o una gran idea, sino más bien aspiraba solamente al encuentro con un acontecimiento, la persona de Cristo, que da vida a un nuevo horizonte y, con ello, a una dirección decisiva (cfr. DCE 1). Bartimeo, tras haber reconocido a Jesús, se sitúa en relación con Él, recupera la vista y lo sigue por el camino: «Vete, tu fe te ha salvado». Se le enciende en el corazón la fe y finalmente vuelve a ver. Ve el rostro que misteriosamente amaba ahora su corazón y, después de lo que había recibido, su amor no podía sino aumentar.

Impulsado por el amor de Cristo, San Felipe Neri (Florencia 1515 – Roma 26 de mayo de 1595), cuya memoria celebramos hoy, afirmaba: «Quien desea algo distinto de Cristo, no sabe lo que quiere. Quien pregunta por algo que no sea Cristo, no sabe lo que pregunta. Quien no obra por Cristo, no sabe lo que hace». Sin embargo, Bartimeo deseaba a Cristo, sabía qué quería, gritó con insistencia para que Jesús tuviera piedad de él y, cuando lo encontró y lo vio, se puso a seguirlo.

También nosotros estamos un poco ciegos, somos un poco mendigos, un poco pobres. Tenemos necesidad de Cristo, de recuperar una fe cristológica. Tenemos necesidad de creer que nuestra vida es amada por Dios a pesar de la oscuridad y de la incertidumbre de ciertos momentos. Tenemos necesidad de la luz y de la esperanza de que el Señor baje hasta las profundidades en que nos encontramos para disipar cualquier tiniebla y curar cualquier ceguedad o enfermedad. Que podamos oír, como Bartimeo: «Tu fe te ha salvado». Tenemos necesidad de emprender y retomar su seguimiento, el camino con Cristo.

Que María, discípula humilde y fiel, sea nuestra Madre premurosa, y que Santa Laura Montoya, en el día en que celebramos el aniversario de su nacimiento, nos ayude a cumplir con eficacia nuestra misión evangelizadora. 

 


Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Hablan los obispos
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