Viernes, 27 de mayo de 2016

Homilía de S.E.R. Card. FERNANDO FILONI en la Santa Misa con la Comunidad Formativa del “Seminario Intermisional  San Luis Bertrán”, Bogotá 

Miércoles, 25 de mayo de 2016 

1 Pe. 1,18-25; Sal. 147; Mc. 10,32-45

 

“El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por muchos”. 

 

Queridos hermanos en el episcopado,

Señor Nuncio Apostólico,

Reverendo Padre Rector,

queridos formadores, docentes y seminaristas.

 

Estoy contento de estar aquí hoy con ustedes en esta casa de formación, como Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Aprovecho la ocasión para transmitirles los saludos de Su Santidad el Papa Francisco y su bendición apostólica.

Antes que nada, quiero presentar al Reverendo Rector, el padre Juan Manuel, y a sus colaboradores, mi gratitud por el compromiso que él y sus colaboradores manifiestan en favor de la formación de los alumnos de este Seminario San Luis Bertrán. Tratándose de un seminario de índole netamente misionera, estoy convencido de que, con su esfuerzo y dedicación, se podrá garantizar siempre una formación adecuada, sólida y acorde con los desafíos específicos misioneros que encontrarán estos futuros sacerdotes.

Ustedes saben el motivo de mi visita a Colombia: la celebración del XII (decimosegundo) Congreso Misionero Nacional, la consagración episcopal de dos nuevos Vicarios Apostólicos y la visita pastoral a los Vicariatos de Guapi y de Puerto Leguízamo.

Este Seminario, fundado en 1959 por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, se prepara para vivir su LX (sexagésimo) aniversario de vida. Pretendía ser, según las intenciones de los fundadores, un lugar de formación de los Vicariatos Apostólicos, así como promover y orientar a los clérigos a tomarse a pecho la evangelización como objetivo primario de los futuros sacerdotes. Hoy, con más de 100 (cien) alumnos, mientras recordamos también a los muchos sacerdotes preparados y activos en los distintos Vicariatos, continúa respondiendo a las mismas expectativas. Es hermoso que la Dirección del Seminario esté confiada a la Conferencia Episcopal, mientras mantiene su carácter misionero y queda bajo la tutela de nuestra Congregación. Es hermoso porque los obispos de este país sienten que también recae sobre ellos la responsabilidad de la obra de evangelización de todo el país y la formación de los operadores pastorales. En un cierto sentido, lo demuestra la presencia de alumnos del arzobispado castrense que después trabajarán en muchas áreas de los Vicariatos, así como los alumnos de diócesis que fueron en su día Vicariatos Apostólicos.

La liturgia de la Palabra de hoy, queridos seminaristas, nos ha presentado un pasaje del Evangelio de Marcos que es muy significativo en relación con la misión sacerdotal. En dicho texto, el Evangelista nos cuenta el momento en que Jesús, por tercera vez, prepara a sus discípulos para el misterio de su pasión: iban a Jerusalén y cuantos lo acompañaban estaban estremecidos y llenos de temor, porque hablaba de los sufrimientos y de la muerte del Hijo del Hombre; comprendieron que hablaba de sí mismo, pero no todos lo entendieron claramente; alguno pensaba que Jesús, yendo a Jerusalén, fuera a revelarse como una gran autoridad. Por esto, Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, le pidieron poder estar a su lado en el momento de la gloria. Habían comprendido mal, pero, no obstante, los dos hermanos suscitaron los celos de los otros. En realidad, todos habían comprendido mal y Jesús se vio obligado a catequizarlos mejor, no en orden al poder, sino al servicio: "Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos, y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos" (Mc 10, 42-44).

Me gustaría dirigir su atención sobre este aspecto que debería marcar su camino formativo: el servicio. En este seminario misionero se preparan para el sacerdocio ministerial con el objetivo de convertirse en esperanza de la Iglesia misionera de este amado país.

Por lo tanto, es importante acoger la enseñanza del Evangelio apenas se escucha. Jesús habla de servicio. "El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la propia vida en rescate por muchos".

Cristo no ha dejado de dar ejemplo a sus discípulos, haciéndose siervo y ofreciendo voluntariamente su vida en la cruz, con una dedicación total, humilde y amorosa con respecto a la Iglesia. Es, precisamente, por este tipo de autoridad, es decir, de servicio a la Iglesia, por el que esta es animada y vivificada, así como por la existencia espiritual de cada sacerdote, llamado a la configuración con Cristo, cabeza y siervo de la Iglesia, según las palabras de la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis (21), del Papa Juan Pablo II. Se pone en acto, por tanto, la señal del servicio como instrumento de autentificación del camino eclesial y signo de la comunión y adhesión al mensaje del Reino de Dios.

La lógica del Reino de Dios, en efecto, es la del servicio, no la del poder; la del compartir, no la del hacer carrera; la de la donación total al Evangelio, no la de la búsqueda de la promoción social. La vocación sacerdotal es la llamada de Dios al servicio de los hermanos y se configura como "don de la gracia divina", no como "derecho del hombre", de modo que "nunca podrá considerarse la vida sacerdotal como una promoción simplemente humana, ni la misión del ministro como un simple proyecto personal" (Ib. 36). Os recomiendo encarecidamente, por tanto, la meditación de este Evangelio como motivación de vuestra vocación sacerdotal y misionera.

Después San Pablo, en la II lectura, nos dice que en el bautismo y en la fe hemos sido "regenerados no de una semilla corruptible, sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios, viva y eterna". La verdad del Evangelio, en efecto, es esta semilla incorruptible. Una semilla que, teniendo en sí misma la vida, cuando se planta en la tierra del corazón humano, crece y produce vida. De modo similar, la vida espiritual no arranca en una persona hasta que no se planta en ella la semilla del Evangelio.

Una última recomendación: tómense muy en serio, –escribieron los Padres Conciliares hace 50 años en el documento sobre la formación sacerdotal Presbiterorum Ordinis– el diálogo cotidiano con Cristo, visitándolo en el sagrario y practicando la amistad personal con el Señor (cfr. PO 18).

La vocación es una aventura digna de vivirse profundamente si se la ama. Por lo tanto, en la respuesta generosa y perseverante a la llamada del Señor, se encuentra la llave para una vida gozosa y plenamente realizada. Ustedes, queridos seminaristas, están llamados a participar en la misión de la Iglesia que tienen delante y que el Señor, a través del obispo, les confiará. Ahora les toca a ustedes prepararse y responder si aceptan o no. Eso es posible, antes que nada, por la gracia y la docilidad al Espíritu Santo, protagonista de la misión en la Iglesia; Él es fuente de santidad que nos conforma con Cristo, nos da la fuerza de seguirle y de dar testimonio de Él.

Queridísimos, querría gritarles con el Papa Francisco: "no dejemos que nos roben el entusiasmo misionero" (Evangelii Gaudium 80), "no dejemos que nos roben la alegría de la evangelización" (ib. 83). ¡Déjense, pues, fascinar por Cristo! ¡Descubran la belleza de donarle la vida, para servir y para llevar a sus hermanos el Evangelio de la salvación! La vastedad del compromiso me estimula a invitarles, con urgencia, a no limitarse a pequeños proyectos o, lo que es peor, a desear un estilo de vida cómodo y, por así decirlo, "seguro". Tengan el valor de aceptar una vocación grande, que tiene por horizonte el mundo entero, y estén dispuestos a considerar seriamente la propuesta de ofrecer los mejores años de su vida en una plena disponibilidad misionera en los lugares también más difíciles y marginados de sus Iglesias particulares y, ¿por qué no?, más allá de sus confines.

 Pido al Espíritu del Señor, que constantemente anima y fecunda la Iglesia, que les ofrezca a todos la luz y la generosidad necesaria para ser misioneros del Evangelio. Que Él haga de cada uno de ustedes un testimonio valiente de su amor, un sacerdote fiel y a imagen de Cristo, Buen Pastor.

San Luis Bertrán, patrón de este Seminario y de Colombia, les ayude a todos y a cada uno en particular, a acoger del Señor esa novedad y fuerza que les permita llegar a ser sacerdotes bien preparados para la misión.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:19  | Hablan los obispos
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