S?bado, 28 de mayo de 2016

Homilía de S.E.R. CARD. FERNANDO FILONI en Santa Misa celebrada en la Catedral Sagrada Familia de Bucaramanga Viernes, 27 de mayo de 2016

1Pe 4,7-13; Sal 95; Mc 11,11-25 

“¡Tened fe en Dios!” 

Queridos hermanos y hermanas, en el ambiente de este nuestro XII (decimosegundo) Congreso Nacional Misionero, también hoy, la liturgia nos propone el tema de la fe como condición para que los dones recibidos de Dios se puedan poner en práctica y dar fruto.

En la primera lectura, San Pedro nos interpela, exhortándonos a vivir según los dones que hemos recibido, poniéndolos al servicio de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Nosotros, discípulos de Cristo, ¿ponemos fielmente en práctica los dones recibidos de Dios? Y si es así, ¿cómo los usamos? Justo en estos días en que estamos reflexionando juntos sobre la conciencia y la acción misionera de nuestras Iglesias particulares, se hace necesario un examen de conciencia sobre nuestras obras en favor de la evangelización.

Hoy, por desgracia, podemos encontrar en muchos trabajadores pastorales, "una preocupación exagerada por los espacios personales de autonomía y distensión, que lleva a vivir los propios deberes como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad" (EG, 78). Por ello, el deber de ser buenos administradores de la multiforme gracia de Dios se hace fundamental, como reto cotidiano dirigido a todos nosotros: obispos, sacerdotes, diáconos permanentes y fieles laicos.

Sabemos que en nuestra vida, todo es un don recibido de Dios gratuitamente, y que cada don tiene que ser generosamente puesto al servicio de la comunidad y de cada uno de los hermanos que la componen. Estos dones, espirituales, morales, de inteligencia, de voluntad, y otros, los hemos recibido, no por nuestro mérito o para nuestra ventaja, sino como talentos confiados para que los administremos con astucia. No nos pertenecen a nosotros, sino a Dios que nos los ha concedido para que podamos contribuir al incremento del cuerpo eclesial y del mundo. Dones, por tanto, que debemos acoger con reconocimiento y trepidación, y gestionar con humildad, ciertamente, pero también con responsabilidad y habilidad. También porque, haciéndonos nosotros mismos siervos fieles a Dios y a los demás, crecemos y nos realizamos. Y cuanto más seamos don para los demás, tanto más recibiremos del amor divino.

Queridos hermanos, me gustaría recomendarles que cada uno, en el encargo pastoral y misionero que se le ha confiado, busque la identificación con aquellas primeras comunidades cristianas a las que el apóstol Pedro dirige su carta. Vivían en la espera gozosa de la vuelta de Cristo. Y esta espera daba forma a su vivencia de fe, no como una fuga hacia un futuro mítico, sino más bien como compromiso premuroso inmerso en su cotidianeidad y, aun así, sin que este les abrumase. La moderación y la sobriedad de la que habla Pedro no apagaban su alegría y el gusto por la vida, sino que los disponía al encuentro orante del Cristo viviente y resucitado con la enseña de la caridad, a cuya luz eran descubiertas y valoradas las dotes de cada uno.

La frescura de esta carta, por tanto, consiste sobre todo en el hecho de que hace hincapié sobre el fundamento de la vida cristiana, es decir, servir para que en todo sea glorificado Dios por medio de Jesucristo. Una invitación dirigida a todos nosotros a volver a lo esencial, o sea, al gozoso testimonio de fe en la caridad, a ser hombres de nuestro tiempo, profundamente insertados en la historia, pero con la conciencia de ser hermanos en la fe y siervos de Dios.

Es interesante que el Evangelio, con la maldición que Jesús hace a la higuera, nos ponga en guardia contra cualquier clase de avaricia en el uso de los talentos recibidos, para hacerlos fructificar. Jesús se dirige a todos los que siguen en su mentalidad servil y de miedo, y nunca hacen saltar el resorte del amor. Nos hace una férvida exhortación sobre el estado interior que nos debe acompañar: "¡Tened fe en Dios! (…) Quien diga a este monte: «Quítate y arrójate al mar» y no vacile en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá". Todo, por lo tanto, supone una fe fuerte y capaz de dar un verdadero significado a nuestra vida. Nada es imposible para Dios. Nada será imposible para el hombre de Dios que se viste de fe verdadera, auténtica, perfecta: "Todo aquello que pidáis en la oración os será concedido". Pero… ¿Somos verdaderamente hombres de oración?

En la vida pastoral, debemos poner el fundamento en la oración, porque sin ella toda acción nuestra corre el riesgo de quedarse vacía, y el anuncio del Evangelio, al final, queda sin alma. La Iglesia no puede desestimar el pulmón de la oración, y "el Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración" (Aparecida, 199), por tanto, evangelizadores que anuncien la Buena Noticia, no solo con las palabras, sino sobre todo con una vida transfigurada por la presencia de Dios.

Mujer de fe, Santa Laura Montoya aprendió, en la escuela de la oración y de la mística contemplación de la misericordia de Dios, a hacer fructificar los dones y carismas recibidos del Señor. Santa Laura vivió dichos dones en el servicio caritativo y misionero hacia los más olvidados, como entonces eran los indígenas, que aún se encontraban lejos de los escenarios de la promoción humana y de su primera evangelización. La presencia espiritual de esta santa y su valiosa intercesión, en este clima del Congreso Nacional Misionero, son, ciertamente, un estímulo y una invitación a estar "en salida" hacia todos los ambientes y lugares necesitados de la Buena Nueva del Señor resucitado.

Como comunidad reunida en nombre de Jesús, exhorto, finalmente, a dar testimonio con la vida de su Evangelio, especialmente en este año del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, inaugurado por el Papa Francisco, el 8 de diciembre de 2015. En efecto, además de ser la vía que une al hombre a Dios, "la misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida" (MV 2). Como discípulos de espíritu misionero, nuestra misión de evangelizar deber constante para no acomodarse en la mediocridad y continuar su crecimiento en la fe.

Que el Señor, por intercesión de María, Nuestra Señora de Chiquinquirá y Patrona de Colombia, nos conceda el don de vivir una fe auténticamente evangélica y la alegría de anunciar su Palabra a todos los hombres.


Publicado por verdenaranja @ 22:11  | Espiritualidad
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