Lunes, 30 de mayo de 2016

Homilía de S.E.R. CARD. FERNANDO FILONI en Santa Misa de envío de los Misioneros, en la Catedral Sagrada Familia de Bucaramanga

Sábado, 28 de mayo de 2016

Jds 17.20-25; Sal 62; Mc 11,27-33

“¿Con qué autoridad hace estas cosas?”

Queridos hermanos y hermanas, hemos llegado al final de nuestro XII (decimosegundo) Congreso Nacional Misionero, durante el cual hemos reflexionado sobre la conciencia y la acción misionera de nuestras Iglesias locales, para que los planes y procesos de evangelización puedan responder con mayor generosidad y eficacia a los desafíos de la misión interna y ad gentes.

La Liturgia de la Palabra de hoy nos presenta a Jesús, que es interrogado por los sumos sacerdotes, por los escribas y los ancianos: "¿Con qué autoridad hace estas cosas? ¿O quién le ha dado autoridad para hacerlas?". Ellos se consideran representantes cualificados de la ley y, en consecuencia, se arrogan el derecho de tutelar su integridad. Y, frente a las novedades inesperadas e incómodas de las enseñanzas de Cristo, se sienten con frecuencia gravemente ofendidos o irritados. Su embarazo, que se desfoga en rabia y abierta oposición, crece al constatar que muchos, cada vez más numerosos y devotos, siguen a Jesús, lo reconocen como verdadero profeta y, sobre todo, notan que "enseñaba como uno que tiene
autoridad, y no como los escribas" (Mt 7,29). Esta comparación les irrita de manera particular, por lo que hacen cara a Jesús con la ya mencionada pregunta precisa: "¿Con qué autoridad hace estas cosas? ¿O quién le ha dado autoridad para hacerlas?".

La autoridad no viene de la ciencia ni de la doctrina, sino del Espíritu Santo que gobierna nuestra historia y guía nuestros pasos. Dios es la fuente y el manantial de toda autoridad. Haciéndose una sola cosa con Él, se adquiere la autoridad, porque el Señor se comunica a sí mismo y vive con todo su ser en la Iglesia, y le confiere poder, autoridad, ciencia y sabiduría. Dios es inseparable de aquello que Él mismo es. Porque, quien posee al Dios vivo y verdadero en su corazón, reconoce su autoridad y todo poder divino.

Queridos hermanos y hermanas, "evangelizamos también cuando procuramos afrontar los diversos desafíos que se nos puedan presentar", dice en Papa Francisco en Evangelii gaudium (EG, 61). La verdad, en efecto, resulta a veces incómoda, y no puede variar en función de las circunstancias. Los escribas y los fariseos quieren acusar a Jesús de abuso de autoridad y no le reconocen el derecho a revelar al mundo la verdad y a proclamar la ley nueva del amor. Se erigen en jueces de Cristo, sin ser capaces de valorar lo que ocurre en su mundo. El Señor ya les había llamado la atención sobre este aspecto: "¡Hipócritas! Sabéis juzgar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis juzgar este tiempo?" (Lc 12,56).

Queridísimos, ustedes, que han sido enviados como Jesús para la misión, saben que se encontrarán muchas veces con la cerrazón mental en su contra, la ceguera y el prejuicio, por parte de aquellos que todavía no conocen ni reconocen a Cristo, Camino, Verdad y Vida, pero que presumen de juzgar incluso a Dios y querrían ser los instigadores de sus comportamientos. Y la consecuencia de esta actitud puede ser la indiferencia o la persecución: "Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán" (Jn 15, 20). Estar con Cristo es la garantía: "las puertas del infierno no prevalecerán" (Mt 16,18).

La evangelización, más que todos los demás compromisos pastorales de la Iglesia, ha sufrido en los últimos 50 años, desde el Concilio Vaticano II, transformaciones relevantes a causa de los cambios en los modelos culturales. A veces se puede tener la impresión de que el anuncio de la fe no suscite entusiasmo, tanto más si, a causa de algunas formas de diálogo que marginan el Evangelio y la atención a las tradiciones religiosas y culturales, se olvida que la Iglesia, por su naturaleza, es misionera. Sigue vigente la exhortación de San Judas Apóstol: "Acuérdense de las cosas que les fueron predichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Edificados sobre la fe y orando en el Espíritu Santo, manténganse en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna".

Las multitudes ven en Jesús a Dios que actúa por medio suyo. Jesús es más que Moisés, el gran guía que atemorizó a Egipto con los prodigios por él obrados. Es más que Elías, cuya oración era tan potente como para cerrar y abril el cielo, dar harina y aceite a una señora durante más de tres años. Es más que Eliseo, el profeta que obraba milagros sobre la naturaleza y sobre los hombres. Es más que cualquier otro profeta u hombre de Dios del Antiguo Testamento. Basta una palabra suya para hacer callar a los espíritus inmundos, para liberar al hombre de cualquier enfermedad y para infundir en los corazones una esperanza nueva. Las multitudes ven toda esta potencia y autoridad, y lo atestiguan, lo proclaman, hacen un gozoso anuncio, un Evangelio. Es justo, entonces que al final de su jornada misionera de cada día se pregunten a sí mismos: ¿Qué ven en mí las multitudes? ¿Qué atestiguan sobre mí? ¿Hacen de mi obra evangelizadora y misionera un Evangelio de fe y de esperanza, una Buena Noticia?

“Sean misericordiosos (…) Tengan compasión”, dice el Papa Francisco en Misericordiae Vultus. En efecto, además de ser la vía que une al hombre a Dios, “la misericordia es la es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida” (MV 2). Para los que somos discípulos y misioneros, el límite de nuestro pecado, nuestra imperfección, no debe ser una excusa; al contrario, la misión de evangelizar debe ser un estímulo constante para no acomodarse en la mediocridad, sino para continuar creciendo en la fe.

Que el Señor, por intercesión de Santa Laura Montoya, nos conceda el don de vivir una fe auténticamente evangélica y la alegría de anunciar, con gran autoridad espiritual, su Palabra entre los hombres.


Publicado por verdenaranja @ 20:41  | Hablan los obispos
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