Viernes, 09 de septiembre de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR" 

Domingo 24º  del T. Ordinario C


Es impresionante constatar que, cuando Dios viene hasta nosotros, no anda con la gente buena, que la había, ni con la gente de cultura, ni siquiera con la gente más religiosa, sino que anda con gente de mala fama: publicanos y pecadores de todo tipo.

¡Nunca reflexionaremos bastante sobre este misterio!

Es lógico que los fariseos y escribas se extrañen y murmuren entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”.

Pero Jesucristo tiene una misión concreta: viene “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10).

De este modo, nos revela el rostro de Dios Padre, que tiene un corazón bueno, misericordioso y compasivo, que en el pecado, da lugar siempre al arrepentimiento. ¡Con Él siempre se puede comenzar de nuevo!, ¡comenzar de cero! 

Viene a traer y anunciar el Reino de los Cielos, es decir, la forma de ser y de vivir que hay allí, de modo que la tierra se parezca al Cielo, sea una antesala de la Casa del Padre.

El Evangelio de este domingo nos recuerda que el Cielo no está tan lejos de nosotros como a veces pensamos. Que hay una relación entre la tierra y el Cielo. Que lo que pasa en la tierra tiene repercusión en la Casa del Padre: “Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Y también: “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

La Carta a los Hebreos nos enseña que en el Cielo se contempla a la tierra:  “Una nube ingente de espectadores nos rodea” (Hb 12, 1). 

Las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo nos recuerdan la grandeza infinita de la misericordia del Padre. La primera lectura nos presenta el momento en el que el pueblo de Israel, liberado de la esclavitud Egipto y testigo de “las maravillas de Dios”, se fabrica un becerro de oro, lo adora y le hace fiesta; y cómo el Señor le perdona ante la intercesión de Moisés. S. Pablo nos enseña, en la segunda lectura, que Dios vino a salvar a los pecadores y él es el primero. El Evangelio nos presenta “las Parábolas de la Misericordia”. Es la respuesta de Jesús a las críticas de los fariseos y escribas, porque “acoge a los pecadores y come con ellos”.

Ellos no son capaces comprender esta actitud de Jesucristo, porque no tienen el corazón de un buen pastor, ni  de buena ama de casa, ni de un buen padre, que nos presentan las parábolas. Y, sobre todo, no tienen la experiencia de ser perdonados.

¡Qué importante, mis queridos amigos, es tener un corazón agradecido, en deuda permanente con el Señor! Sólo así se puede tener la capacidad de vivir como verdaderos hijos, a semejanza de Jesucristo, el Hijo único del Padre, abiertos a la compasión y a la misericordia, como verdaderos constructores de “la civilización del amor”. 

Este es el camino de la Iglesia, que tiene que mostrar, como Cristo, el verdadero rostro de Padre, que es rico en misericordia. Es lo que interesa subrayar en este año jubilar, el “Año de la Misericordia”.

Las fiestas de “los Cristos de Tenerife”, que celebramos en el mes de septiembre nos brindan una ocasión propicia para reflexionar sobre estas cosas.  

         ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


Publicado por verdenaranja @ 13:47  | Espiritualidad
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