Viernes, 14 de octubre de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veintinueve del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"           

Domingo 29º del T. Ordinario C

 

Comienza el Evangelio de hoy diciendo: “Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre, sin desanimarse…” Y nos presenta la parábola del “juez inicuo”: Una mujer viuda que, a base de insistencia, consigue que el juez le haga justicia.

Con cierta frecuencia, nos habla el Señor de la oración de petición, que es sólo uno de los tipos de oración. Él quiere que le pidamos con frecuencia y con insistencia, porque Él, que nos ha colmado y nos colma continuamente de dones, ha querido concedernos otros, si se los pedimos.

Pero, una mala inteligencia de éste y otros textos parecidos del Evangelio, ha llevado a muchos cristianos a “desanimarse”, es decir, a perder la confianza en la oración e, incluso, a alejarse de Dios.

Es verdad que, en una reflexión como ésta, que tiene que ser breve, no podemos abordar toda la problemática de la oración de petición, pero intentaremos acercarnos un poco.

Lo primero es que, en esos textos del Evangelio, el Señor se expresa, como dicen los entendidos, “de forma absoluta”, es decir, sin  más explicaciones, ni matizaciones: “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá…” (Mt. 7, 7) Por eso,  hay que interpretarlos correctamente y, dentro de las demás enseñanzas del Señor, de los apóstoles y de toda la Tradición de la Iglesia.

La oración nunca se ha entendido, como un medio para conseguir todo lo que queramos, de un modo inmediato, de forma que sea como una de esas máquinas modernas, en las que ponemos una moneda, y nos sale un café u otra cosa que hayamos elegido. La oración no es así.

Ni tampoco, se ha considerado nunca como “una victoria” sobre la voluntad de Dios. Como si con la oración consiguiéramos cambiar el parecer de Dios.

Recordemos aquella escena trágica del Evangelio en la que el Señor ora en el Huerto de los Olivos (Cfr. Lc 22,39). El Padre no le concede al Hijo lo que le pide, no puede hacerlo, pero le envía un ángel para que le conforte en la agonía. La oración es siempre eficaz. Siempre se nos concede algo. Al mismo tiempo se nos enseña aquí la forma correcta de orar: “Padre, que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. La oración, por tanto, se sitúa siempre en el contexto de la voluntad de Dios, que no es “el capricho de Dios”, sino lo que realmente nos conviene.

¡Jesús experimenta, como nosotros a veces, el aparente “silencio de Dios!”

Y cuánto nos enseña y nos ayuda también esa escena conmovedora que nos presenta la primera lectura de este domingo: Moisés sube a la montaña para orar. Cuando tiene los brazos en alto, vence el ejército de Israel; cuando los baja, por el cansancio, vence Amalec. Es una imagen de lo que tiene que ser nuestra vida y la vida de la Iglesia: oración y acción.

En medio de la sociedad actual en la que parece que el hombre se basta a sí mismo, los cristianos poseemos “el secreto de la oración”. Y no dejamos de repetir constantemente  lo que hemos proclamado hoy, en el salmo responsorial: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Espiritualidad
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