S?bado, 12 de noviembre de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo treintitres del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "COS DEL DÍA DEL SEÑOR"     

Domingo 33º del T. Ordinario C

 

Es posible que cuando S. Lucas escribía el Evangelio, el templo y la misma Ciudad de Jerusalén estuvieran ya destruidos, según el aviso del Señor (Lc 19, 41-44); y es posible también que los cristianos ya estuvieran siendo perseguidos, según Él les había anunciado.

En este caso, a los cristianos les venía bien recordar las palabras del Señor, que hemos escuchado en el Evangelio de hoy.

Sea como fuera, en el Evangelio de este domingo 33º, penúltimo del T. Ordinario C, se entrecruzan dos temas: La destrucción del templo de Jerusalén y de la Ciudad entera, y la Vuelta Gloriosa de Señor.

Estos días, en la Santa Misa, escuchamos algunos textos acerca de este último acontecimiento, que esperamos. Y hemos de distinguir, cuidadosamente, el mensaje  específico y concreto de Jesucristo, de la forma literaria, apocalíptica, en la que se expresa.

A lo largo de estas semanas, como decía el otro día, hasta bien entrado el Adviento, recordamos y celebramos esta verdad fundamental que profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. Y también: “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”, según el texto que usemos.

Desgraciadamente, esta verdad es poco conocida y vivida, a pesar de celebrarla cada año, durante un tiempo largo.

Y mientras aguardamos ese Día dichoso, ¿qué tenemos que hacer? ¿A qué nos vamos a dedicar?

Algunos cristianos de Tesalónica, a los que S. Pablo escribe con cierta aspereza, pensaban que lo mejor era “dedicarse a no hacer nada”, sencillamente, a esperar que el Señor viniera… De esto nos habla la segunda lectura de hoy. Aquellos cristianos no entendían que Jesucristo quiere encontrarnos, cuando vuelva, realizando la doble tarea que nos ha encomendado: Mejorar la tierra, mediante el trabajo manual e intelectual, y cooperar en la obra de la Redención, anunciando la Buena Noticia al mundo entero, según la vocación de cada uno.

Y hemos de esperar  a Cristo no aisladamente, cada uno por su lado, sino en comunidad, en Iglesia. Si vivimos según su espíritu, tendremos la seguridad de prepararnos acertada y adecuadamente para ese gran acontecimiento.

Lo recordamos, especialmente, este domingo en el que celebramos el Día de la Iglesia Diocesana.

Esta Jornada no puede reducirse a una aportación económica  un poco más generosa que otros días, o a rellenar el boletín de una suscripción periódica a favor de la Diócesis, que también es necesario, sino que es un día de gracia, en el que hemos de contemplar, de algún modo, el misterio de la Iglesia, casa y camino de salvación, que se hace más cercana, más asequible, más familiar, en cada Diócesis o Iglesia Particular.

De esta forma, nos sentiremos movidos, de manera casi espontánea, a dar gracias a Dios por el don inefable de pertenecer a ella y también buscaremos caminos para trabajar más y mejor en la misión que la Iglesia tiene encomendada.

 

                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 10:52  | Espiritualidad
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