Domingo, 13 de noviembre de 2016

Comentario a la liturgia domincal por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, director espiritual y profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 8 noviembre 2016 (ZENIT)

Trigésimo terce domingo del tiempo común

TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: Malaquías 4, 1-2a; 2 Tes 3, 7-12; Lc 21, 5-19

Idea principal: ¿Cómo prepararnos para el final de los tiempos?

Síntesis del mensaje: Estamos terminando el año litúrgico, y es lógico que los textos de este domingo tengan tono y sabor escatológico, es decir, que nos hagan mirar al futuro de la humanidad y el nuestro. A esta mirada hacia el futuro nos invitan, no sólo el evangelio y la 1ª lectura, sino también esta vez la 2ª lectura de san Pablo. Ahora bien, los “últimos tiempos” ya los estamos anticipando siempre en la participación de los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y con la construcción de un mundo más humano y cristiano. Para quienes anuncian insistentemente y con tonos tremendistas que vendrá ya el castigo y el fin de los tiempos, Cristo hoy nos dice que no es inminente: “eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida”. Fe, confianza y perseverancia en el bien.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, en la 1ª lectura, el profeta Malaquías pinta el panorama con total y crudo realismo: “Llega el día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el día que llega los consumirá”. Más claro, imposible. Son imágenes muy gráficas, que remiten a unas grandes verdades. Primera, Dios es el recompensador infinito de aquellos que lo sirven con fidelidad a pesar de las pruebas y el sufrimiento. Segunda verdad, llegará el fin del mundo y, con él, el juicio de Dios. El tiempo en que Dios mismo ponga cada cosa en su lugar, según justicia. Estas palabras de Malaquías no son agradables a la mentalidad moderna, pero no es menos cierto que la justicia que en ellas se manifiesta no invalida la bondad de Dios, que no deja de ser Padre.

En segundo lugar, Cristo en el discurso escatológico del evangelio de hoy desarrolla el mismo tema. Pone en guardia a los cristianos –y a todos- sobre posibles engaños: “Tened cuidado, no os dejéis engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca”. No los sigáis”. No hay nada peor que la verdad deformada. No hagamos caso a quienes van por ahí proclamando y anunciando el fin del mundo. La Iglesia ha sido siempre muy cauta en estos temas. Por eso, cuando ha habido supuestamente revelaciones privadas al respecto, la Iglesia no ha dado rápido el veredicto o la aprobación, sino después de un prolongado tiempo de prueba, ya sea aprobándolas o negándolas. Por eso, lo mejor es permanecer tranquilos y serenos en nuestra oración, haciendo el bien a nuestros hermanos y firmes en nuestra adhesión al Magisterio de la Iglesia, y no buscar alarmismos gritando que la justicia de Dios ya está por caer sobre nosotros como un nuevo diluvio, y que tenemos que meternos sabe Dios en qué nuevo arca de Noé. En el plan de Dios, esas guerras, revoluciones, terremotos, epidemias, hambre…tienen la misión de recordarnos que en esta vida todo es transitorio, todo pasa. Llegará el día de los cielos nuevos y la tierra nueva. Sólo así triunfarán la justicia y la felicidad indeficientes.

Finalmente, antes del fin de los tiempos vendrán muchos sufrimientos y persecuciones para quienes quieren ser fieles a Cristo. Ha sido una constante en la vida de la Iglesia, desde sus comienzos en Jerusalén hasta nuestros días. Es conocida aquella sentencia que condenaba a los cristianos como reos de lesa majestad: “Non licet esse vos”, es decir, no tenéis derecho a existir. Se les privaba de la vida, a pesar de que los cristianos eran los más fieles cumplidores de los deberes cívicos. Pero su tenor de vida honrada y limpia era una bofetada implícita a esa vida lujuriosa y desenfrenada de muchos paganos. Hoy también seguimos siendo perseguidos, arrestados, asesinados, no sólo por gobernantes de regímenes comunistas y nazis, sino también por personas de otras religiones y credos. Basta echar una hojeada a las noticias mundiales. Son conocidas las palabras que Tertuliano lanzaba a los perseguidores: “Cuantas veces nos segáis, somos muchos más; semilla de cristianos es la sangre de los mártires”. La Iglesia de siempre enfrenta sin temor y hasta con alegría la persecución, porque la considera un signo de su auténtica identificación con Cristo. Rezar, sufrir, perdonar y dar testimonio de nuestra fe en todas partes, también en las grandes ciudades. Esta es la mejor manera de prepararnos para el final de los tiempos, y no con lenguajes tremendistas y escapando sabe Dios a dónde, para escondernos y vivir una vida tranquila.

Para reflexionar: a unos días de terminar el año de la Misericordia, habría alguno que se preguntaría leyendo hoy este evangelio: ¿dónde está la misericordia y la justicia de Dios? A este respecto, el cardenal Gerhard Ludwig Müller dijo estas palabras: “Hoy sería muy importante comprender que tanto la misericordia como la justicia derivan de la bondad divina como de una misma fuente. Una cierta comprensión actual de la realidad en la que hay una inflación de lo afectivo y de lo sentimental, pretende convencernos de que la misericordia y la justicia son acciones antagónicas. Sin embargo, “la justicia y la misericordia se han abrazado” (Sal 85, 11), es decir, para Dios, decir justicia es decir misericordia, sin oposición. De hecho, es imposible comprender la misericordia de Dios sin tener presente su justicia. Esta no es una especie de balanza en la que juega a equilibrar mis méritos y mis faltas: no lo es, porque sabemos que Dios no nos busca por nuestros méritos ni nos rechaza por nuestras faltas. Tampoco nos mide con reglas o con criterios de justicia externos a Él mismo, por ejemplo, aplicando sin más el Decálogo a nuestra vida¨ (Informe sobre la esperanza, BAC popular, Madrid 2016).

Para rezar: Señor, estoy sereno y tranquilo, y con enorme confianza en Ti, porque al final vendrá la victoria y la felicidad. Te dejo mis preocupaciones y sufrimientos en tus manos. No me hundirán, sino que serán la prueba de mi fe y esperanza. Y al mismo tiempo, quiero seguir haciendo el bien a mi alrededor, con mi palabra y con mi ejemplo. Viviré el “hoy” sin dejar de mirar el “mañana”. Soy peregrino hacia la eternidad y no quiero distraerme en bagatelas y fruslerías. Con la perseverancia, me dijiste, salvaré mi alma. Amén.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]

 


Publicado por verdenaranja @ 19:14  | Espiritualidad
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