Mi?rcoles, 28 de diciembre de 2016

El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, afirmó que el abeto o árbol de Navidad, que lamentablemente logró reemplazar al franciscano pesebre, y el popular Papá Noel, que muy a nuestro pesar llegó a desplazar y sustituir a Jesús, el verdadero protagonista de la Navidad, son el símbolo del grado de descristianización de nuestra sociedad.

El prelado platense, que desde hace años viene luchando contra la paganización de la Navidad, la más entrañable y hermosa fiesta del mundo cristiano, recordó que tanto el arbolito como el ídolo divulgado por una popular bebida efervescente, son sin embargo de origen cristiano. Lo sostiene en un artículo publicado recientemente en el diario platense "El Día", cuyo texto completo, por su interés y actualidad, brindamos a continuación. (AICA)

Navidad es Jesús
Otros años, varios años, para estas fechas y aprovechando la infaltable hospitalidad que me brinda EL DÍA, me he referido al misterio de Navidad y a las máscaras impuestas por la cultura contemporánea que ocultan o alteran su verdadero sentido. Quizá algún lector recuerde mis críticas al protagonismo de Papá Noel -el ídolo divulgado por Coca-Cola- que desplaza al verdadero Protagonista; o mi censura al reemplazo del pesebre por el arbolito. Ambas figuras omnipresentes, sobre todo para incitar al consumo de estos días, tienen un origen cristiano cuya memoria se ha perdido, así como la fiesta misma de la Navidad se reduce para muchísima gente a un feriado dentro de esa sucesión de feriados que constituyen “las fiestas”. Con comilona, descorche y brindis en la noche del 24 al 25 de diciembre.

En una columna como esta, publicada el 24 de diciembre de 2013, expliqué la génesis del personaje Papá Noel, que es, en realidad, Santa Klaus, San Nicolás. Me dedico ahora al arbolito.

El árbol de Navidad
La fenomenología de la religión demuestra científicamente que en diversas mitologías del pasado el árbol es portador de poder y conlleva un significado sagrado, religioso. Lo que asombraba a los antiguos es que los árboles nacen y mueren, la alternativa de vida y muerte: el árbol crece con el hombre y lo representa, acompañando su ciclo vital; también la comunidad se configura junto a ese vegetal soberbio y el pueblo se ve representado en sus vicisitudes naturales.

El pensamiento bíblico recoge estas convicciones ancestrales; bastaría enumerar los abundantes pasajes en los que aparece el árbol con sus múltiples simbolismos en la Sagrada Escritura, comenzando por la bipolaridad señalada en el Génesis entre el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal (cf. Gén.2,9. 17; 3,22). El camino hacia el árbol de la vida, inalcanzable después del pecado, se franquea gracias al leño seco de la cruz y de lo que ocurrió en él. Para la revelación cristiana el árbol de la cruz es el auténtico árbol de la vida plantado en el Paraíso de Dios. El árbol de Navidad, iluminado y colmado de galas y regalos, representa al auténtico Árbol de la Vida: Cristo, que en estos días nace por nosotros, para nosotros.

Acabo de leer la crónica de un penoso equívoco. Una señora judía, que actúa en el ámbito mediático, confiesa que de niña quiso tener un árbol de Navidad y nunca pudo satisfacer ese deseo. Ahora compró uno bien grande para su hija, y explica: “No me vengan con temas religiosos, porque no creo que haya ningún versículo en ninguna parte que diga que el arbolito es de uso exclusivo del catolicismo. Tampoco creo que Papá Noel tenga muchas reminiscencias religiosas. Yo lo asocio más con el capitalismo y la Coca-Cola que con algo sagrado”. Concluye diciendo: “Si se trata de festejar, ¡me prendo en todas!”. Se nota que esa dama de origen hebreo ignora las tradiciones cristianas no católicas, unánimes en ilustrar la Navidad como se debe, y sospecho que jamás leyó la Torá, los Nebiyim y los Ketubim. Su planteo ilustra la perfecta secularización de la Navidad.

Sin Jesús no tiene sentido "celebrar" la Navidad
Escribo todo esto con pena y con algún sentimiento de culpa, porque los hechos señalados y las conductas correspondientes marcan el grado de descristianización de nuestra sociedad. ¿Cómo puede “celebrarse” la Navidad sin Jesús? El significado mismo del nombre, en el mero orden del lenguaje, es inconfundible; el diccionario apunta: “Navidad” (primera acepción), “Natividad de Nuestro Señor Jesucristo”. Sin relación a Jesús, en su ausencia, no tiene ningún sentido “celebrar” la Navidad.

En la Nochebuena, quiero decir en la Misa indicada para ese momento (debería ser a medianoche, pero por diversas razones se suele adelantar la hora) la liturgia de la Iglesia nos propone el relato del nacimiento de Jesús según la versión de San Lucas (2,1-14): María que da a luz virginalmente a su Niño, el Hijo de Dios; los pastores que acuden porque un Ángel deslumbrante les anuncia el suceso y los exhorta a que vayan de inmediato; la multitud angélica que canta el Gloria y la figura discreta y preocupada de San José, a quien Jesús de niño, llamará papá.

Esta descripción ha inspirado la pluma y el pincel de grandes artistas a lo largo de los siglos. El texto del Evangelio se desarrolla con la concesión de la verdad y las numerosas representaciones que ha sugerido, desde aquellas de belleza perdurable hasta las más sencillas y domésticas, se nos ofrecen en su mayoría rebosantes de ternura.

La verdad central de la fe cristiana
Pero tanto la audición de la Palabra que se proclama esa noche -mejor si se canta- cuanto la visión de sus figuraciones que la imaginación retiene, expresan un pensamiento teológico profundísimo, una verdad central de la fe cristiana: la cercanía de Dios, que no solo actúa en el mundo del espíritu, en el orden de la inspiración de las ideas, sino que “toca” asimismo la dimensión material de la creación. El Hijo eterno, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne. Fue un embrión concebido virginalmente, sin intervención de varón; fue un feto que creció durante nueve meses en el seno de su madre, como nos ocurrió a todos nosotros; fue dado a luz virginalmente en el silencio misterioso de un lugar retirado, una gruta según afirma la tradición; ha crecido luego como todos los niños. En Él se unen maravillosamente, sin confusión, lo divino y lo humano; el Lógos, Verbo o Palabra de Dios que constituye la razón de todas las cosas creadas por Él, con Él y en Él, se hizo carne, como lo afirma San Juan en el poema que sirve de prólogo al cuarto de los evangelios (Jn. 1,14). Pudo haber escrito “se hizo hombre”, pero eligió el sustantivo “sárx” que significa en griego “carne”; a la luz de la tradición bíblica el término connota la fragilidad del hombre, su mortalidad. En suma, se hizo en todo igual a nosotros menos en el pecado; Él venía, en efecto, para purificarnos del pecado aceptando libremente la muerte de cruz. Juan completa su pensamiento cuando escribe que el Verbo hecho carne “acampó entre nosotros”, plantó su carpa (“skené”), como un nómada que no tiene domicilio fijo en este mundo. Y que luego dirá: “mi reino no es de aquí” (Jn. 18,36).

En el otro extremo de la historia de Jesús, en su resurrección del sepulcro, Dios vuelve a “tocar” la materia impidiendo que el cuerpo humano de su Hijo permanezca en la muerte y sufra la corrupción. Es la persona corpórea de Jesús -la naturaleza humana de la Persona divina- la que en su nacimiento en Belén y en su resurrección pascual inaugura la nueva creación; nosotros lo recibimos realmente en la Eucaristía y esperamos contemplar su rostro por toda la eternidad.

El papa Ratzinger, en su estudio sobre la infancia de Jesús, evoca una antigua visión del mundo en cuyo trasfondo está la doctrina del ciclo de las edades, que se actualiza en la esperanza de la hora de un gran cambio de época. Así sucedía en tiempos del emperador Augusto: el anhelo de una paz inminente, de un nuevo orden del mundo. Benedicto XVI escribe: “Quizá se puede decir que las figuras de la virgen y del niño forman parte de algún modo de las imágenes primordiales de la esperanza humana, que reaparecen en momentos de crisis y de espera, aun cuando no haya en perspectiva figuras concretas”.

Esa aspiración inconcreta, esa sospecha esperanzada y el sentido total de la historia humana se cumplieron en Jesús y María. Es esa novedad definitiva, que ya nos fue dada, la que nos colma de alegría en el festejo de cada Navidad.

Volvamos al relato del Evangelio de la Nochebuena. María y José, que venían viajando desde Nazaret, no encontraron lugar en el albergue (cf. Lc.2,7). No pensemos en un hotel ni en una posada bien puesta, sino más bien en una especie de apeadero donde podía el viajero detenerse, desenganchar los caballos, soltarlos y pasar la noche. Desconocemos las razones, pero lo cierto es que no hallaron acogida; por eso se detuvieron en algún establo -había pastores en la cercanía- y la cuna del bebé fue un pesebre, un cajón donde comen los animales. “No había lugar para ellos”, ni para Él, que estaba llegando. El prólogo del Evangelio de Juan lo confirma: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn.1,11).

La historia se ha repetido, se repite y se repetirá muchas veces: Jesús no halla cabida en el corazón de tantísimos hombres. El que yacía en el pesebre -explica San Agustín- es el verdadero pan bajado del cielo, el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna; el pesebre fue la mesa.

Los animales
¡Los animales! Aunque el texto evangélico no los mencione, en ninguna representación del Nacimiento faltan el buey y el asno. La tradición nos habla de ellos y buscó en la Biblia una justificación de su presencia, en pasajes como estos: “el buey conoce a su amo y el asno el pesebre a su dueño; ¡pero Israel no me conoce, mi pueblo no tiene entendimiento! (Is.1,3). También tiene incumbencia una frase de la traducción griega del profeta Habacuc; lectura que no aparece en el original hebreo ni en la Vulgata latina: “en medio de dos seres vivientes serás conocido, cuando haya llegado el tiempo aparecerás (zōós puede traducirse “viviente” o “animal” Hab.3,2).

La combinación se completa con una referencia a los dos querubines que sobre la cubierta del Arca de la Alianza indicaban y a la vez escondían la presencia de Dios (Ex.25,18-20); el pesebre sería la nueva Arca de la Alianza, donde Dios hecho hombre se da a conocer. El buey y el asno podrían representar entonces a la humanidad entera, judíos y gentiles. No me ofende ni me molesta identificarme con uno de esos bichos; muchas veces recito el Salmo que reza: “yo era un necio y no comprendía, era como un borrico ante ti” (Sal.72,73).

Últimas palabras: a todos los que en estos días se acuerden de Jesús -porque él es la Navidad- les deseo de corazón ¡Feliz Navidad!+ 


Publicado por verdenaranja @ 21:06  | Hablan los obispos
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