Viernes, 30 de diciembre de 2016

Reflexión a las lecturas de la fiesta de Santa María, Madre de Dios, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".   

Santa María, Madre de Dios 

 

¡Hoy todo se centra en el Año Nuevo! Pero son muchas las cosas que llaman hoy nuestra atención. Veamos:

El Nacimiento del Señor es una fiesta muy grande y “no cabe” en un solo día. Por eso, lo hemos venido celebrando todos los días de la semana, hasta llegar a este día. Hoy es la Octava de la Navidad. Con la de Pascua, son las únicas octavas de la Liturgia renovada por el Vaticano II.

 Y “a los ocho días, tocaba circuncidar al Niño. Y le pusieron por nombre Jesús”, que quiere decir: “Yahvé salva” o “Salvador”. Así lo había anunciado el ángel a María y a José.

Aunque la Santísima Virgen está presente en toda la Navidad, los cristianos, desde los primeros siglos, han dedicado el día octavo a honrar a la Virgen María, con el título de Madre de Dios. Es la fiesta más importante de la Virgen.

No significa, por supuesto, que la Virgen sea una “diosa”, que sea tan grande como Dios, que exista antes que Él…  Se trata de que el Niño que se forma en su seno y da a luz, es el Hijo de Dios hecho hombre.

Este es el título más grande e importante que podemos dar a la Virgen. Y, en torno a su Maternidad divina, se sitúan y se entienden todos los privilegios y gracias singulares que Dios le otorga, y que están expresados en estas cuatro verdades de fe acerca de la Virgen María: La Maternidad divina, la Concepción Inmaculada, la Virginidad perfecta y perpetua y la Asunción en cuerpo y alma al Cielo. 

En la segunda lectura de hoy, S. Pablo nos ayuda a situar a la Virgen María en el  proyecto y en la realización de la obra de la salvación: Dios Padre envía a su Hijo, nacido de una mujer, “para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. 

Ella es, por tanto, como “el puente” por donde llegó a nosotros el Salvador. Y su cooperación singular a la obra de la salvación, hace que sea también Madre de la Iglesia, Madre espiritual de todos y cada uno de los cristianos.

De este modo, ella ocupa, al mismo tiempo, el lugar más alto y más próximo a nosotros: El más alto, como Madre de Dios; el más próximo, como Madre nuestra. Y esto hace que los cristianos nos acojamos siempre a su intercesión y que tratemos de amarla, imitarla, conocerla más y más.

Hoy comienza un Nuevo Año. ¡Cuántos interrogantes! Año todavía de crisis y, por tanto, de especial esfuerzo y trabajo; año también de ilusiones y de esperanzas. Y lo comenzamos poniendo nuestra confianza en la intercesión y en la protección de la Madre de Dios.

Este día imploramos de ella el don de la paz. En efecto, el primero de enero, desde hace mucho tiempo, celebra la Iglesia, la Jornada Mundial de la Paz. Se ha dicho que la paz del corazón es el fundamento de toda paz verdadera, y que es el don más grande que podemos recibir de Dios en esta vida.

Que la Virgen, Madre de Dios, interceda con bondad por nosotros ahora, durante el nuevo año y en la hora de nuestra muerte. Amén.

                                                          

                                                                                  ¡FELIZ AÑO NUEVO!


Publicado por verdenaranja @ 20:53  | Espiritualidad
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SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                El texto del Antiguo Testamento que ahora escucharemos, era la fórmula de bendición que los sacerdotes de Israel recitaban sobre el pueblo, como final de los actos de culto. Para nosotros puede significar una plegaria de año nuevo. 

SALMO

                Unámonos a la oración del salmo, pidiendo la bendición del Señor, con el deseo ardiente de que todos los pueblos de la tierra le conozcan, le amen y le alaben. 

SEGUNDA LECTURA

                Escuchemos con atención la segunda lectura. En ella se nos presenta a la Virgen María como Madre del Hijo de Dios. Por ella ha llegado a nosotros la salvación. 

TERCERA LECTURA

                Los pastores encuentran a María, a José y al Niño acostado en el pesebre. A los ocho días, le ponen el nombre de Jesús que significa: Yahvé salva, Salvador. Que Él nos conceda salvación abundante a todos, en el año que comenzamos.

Acojamos ahora su Palabra con el canto gozoso del aleluya. 

COMUNIÓN

                En la Comunión vamos a recibir el Cuerpo de Cristo, que se formó en el seno bendito de la Virgen María.

                Ojalá que, durante todo el año que comenzamos, sepamos alimentarnos bien y con frecuencia de este Pan.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 20:50  | Liturgia
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Jueves, 29 de diciembre de 2016

Segundo domingo después de Navidad por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el centro de Noviciado y Humanidades clásicas de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 28 diciembre 2016 (zenit)

Ciclo A


Textos: Eclesiástico 24, 1-4.12-16; Efesios 1, 3-6.15-18; Juan 1, 1-18

Idea principal: Dios en Cristo puso su tienda entre nosotros.

Resumen del mensaje: Dios se encarnó y “acampó” entre nosotros, puso su “tienda” entre nosotros, expresión ésta usada por san Juan en el evangelio de hoy, y usada anteriormente en el libro del Éxodo para señalar el lugar de reunión entre Dios y su pueblo, la morada de Yahvé.

Aspectos de la idea principal:

En primer lugar, Dios ha puesto su tienda entre nosotros (evangelio). En Jesús se ha hecho uno de nosotros, con carne y sangre como nosotros. Esta es su tienda. Su tienda, él mismo con su cuerpo, permanece entre nosotros como uno de nosotros. La tienda para los judíos y los habitantes del desierto, es algo habitual. Cuando ellos van caminando día con día, llegan a algún lugar y se establecen ahí. Ponen tienda, es decir, se establecen ahí, para vivir ahí. Poner la tienda quiere decir que acomodan todo, y van disponiendo todo de manera que puedan establecerse. No es simplemente poner una tienda de campaña; es llegar, colocar la tienda, en medio de la tierra, acomodarla, y colocar dentro todos los utensilios para la vida, así como los animales y demás cosas. Poner la tienda significa establecerse, introducirse a la vida.

En segundo lugar, preguntémonos por qué Dios pone su tienda entre nosotros. Lo hizo para quedarse con nosotros, para vivir en medio de nosotros, nosotros somos su tienda, él está aquí para transformarnos, para conocernos. Él se hace carne para conocer nuestra fragilidad, nuestra pequeñez, nuestro dolor, y se establece aquí, pone su tienda para estar siempre cerca de nosotros, viviendo junto a nosotros. Dios quiere estar con nosotros, y quiere entrar en nuestras vidas, pero no para que lo encerremos en nuestras categorías, en nuestros esquemas, en nuestras maneras de pensar. Dios viene en Jesús para que descubramos en Él la verdadera sabiduría (primera lectura), la novedad de la fe de nuestra filiación divina (segunda lectura) y seamos capaces de entender esa Palabra que es Luz y Vida (evangelio). Ciertamente, esto para muchos es un absurdo, porque vemos en Dios algo lejano, algo sin sentido, una mera idea, un absurdo o una quimera más, alguien que nos incomoda con su tienda. Y por ello, no le dejan acampar en su corazón.

Finalmente, celebrar, pues, la navidad es ser capaces de ir a la tienda, entrar en ella, encontrarnos con Él y descubrir quién es realmente. Él ha puesto su tienda –su humanidad diría santa Teresa-. Sólo es entrar en ella para llegar a su divinidad. No es que yo lo meta a mi tienda, Él fue quién se metió en mi tienda para ensancharla, limpiarla, divinizarla. Sin esta verdad, la navidad no tiene ningún sentido; se queda en nacimientos, árboles, regalos. Dejemos que él acampe en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro puesto de trabajo y proyectos. ¿No es la Eucaristía la prolongación de esa tienda que comenzó el día de la Encarnación?

Para reflexionar: ¿Por qué no quiero entrar en esa tienda? ¿Porque no quiero confrontar mi vida con la Vida, mi verdad con la Verdad, mi luz natural con esa Luz?

Para rezar: Señor, quiero entrar en tu Tienda para encontrarme contigo en esta Navidad. Y tu tienda hoy la has puesto en la Eucaristía. Enséñame tus caminos para que camine con rectitud. Que mi vida arrastre a otros a entrar en tu Tienda y a encontrarse contigo. Amén.

 


Publicado por verdenaranja @ 22:51  | Espiritualidad
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Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del 28 de diciembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos recuerda la gran figura de Abraham, para indicarnos la vía de la fe y de la esperanza.

De él el apóstol escribe: «Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones» (Rom 4,18); “esperando contra toda esperanza”: Este concepto es fuerte ¿no?: aún cuando no hay esperanza yo espero. Es así nuestro padre Abrahán. San Pablo se está refiriendo a la fe con la cual Abrahán creyó en la palabra de Dios que le prometía un hijo.

Pero era verdaderamente una confianza “contra toda esperanza”, porque era tan imposible aquello que el Señor le estaba anunciando, ya que él era anciano – tenia casi cien años – y su mujer era estéril. No lo había logrado.

Pero lo ha dicho Dios, y él creyó. No había esperanza humana porque él era anciano y su mujer estéril: y él cree. Confiando en esta promesa, Abraham se pone en camino, acepta dejar su tierra y hacerse extranjero, esperando en este hijo “imposible” que Dios habría debido donarle no obstante que el vientre de Sara estaba como muerto.

Abraham cree, su fe se abre a una esperanza aparentemente irracional; esta es la capacidad de ir más allá de los razonamientos humanos, de la sabiduría y de la prudencia del mundo, más allá de lo que es normalmente considerado sentido común, para creer en lo imposible. La esperanza abre nuevos horizontes, nos vuelve capaces de soñar lo que no es ni siquiera imaginable. La esperanza hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. Es bella la virtud de la esperanza; nos da tanta fuerza para ir en la vida.

Pero es un camino difícil. Y llega el momento, también para Abraham de la crisis de desaliento. Ha confiado, ha dejado su casa, su tierra y sus amigos… todo. Y ha partido y ha llegado al país que Dios le había indicado, el tiempo ha pasado. En aquel tiempo hacer un viaje así no era como ahora, con los aviones – en 12 o 15 horas se hace –; se necesitaban meses, años.

El tiempo ha pasado, pero el hijo no llega, el vientre de Sara permanece cerrado en su esterilidad. Y Abraham, no digo que pierde la paciencia, sino se queja ante el Señor. También esto aprendemos de nuestro padre Abraham: quejarnos ante el Señor es un modo de orar. A veces cuando confieso yo escucho: “Me he quejado con el Señor…” y yo respondo: “No te quejes Él es Padre”. Y este es un modo de orar: quejarme ante el Señor, esto es bueno.

Abraham se queja ante el Señor y dice así: «Señor, respondió Abraham, […] yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco (Eliezer era quien gobernaba todas las cosas). Después añadió: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero”.

Entonces el Señor le dirigió esta palabra: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”. Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abraham creyó nuevamente en el Señor, que lo tuvo en cuenta como justicia» (Gen 15,2-6).

La escena se desarrolla de noche, afuera esta oscuro, pero también en el corazón de Abraham esta la oscuridad de la desilusión, del desánimo, de la dificultad de continuar esperando en algo imposible. Ahora el patriarca es demasiado avanzado en los años, parece que no hay más tiempo para un hijo, y será un siervo el que entrará a heredando todo.

Abraham se está dirigiendo al Señor, pero Dios, aunque este ahí presente y habla con él, es como si se hubiera alejado, como si no hubiese cumplido su palabra. Abraham se siente solo, esta viejo y cansado, la muerte se acerca. ¿Cómo continuar confiando?

Y este reclamo suyo es entretanto una forma de fe, es una oración. A pesar de todo, Abrahán continúa creyendo en Dios y esperando en algo que todavía podría suceder.

Contrariamente ¿para qué interpelar al Señor, quejándose ante Él, reclamando sus promesas? La fe no es solo silencio que acepta todo sin reclamar, la esperanza no es la certeza que te da seguridad ante las dudas y las perplejidades. Pero muchas veces, la esperanza es oscura; pero está ahí, la esperanza… que te lleva adelante. La fe es también luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura, sin piadosas apariencias.

“Me he molestado con Dios y le he dicho esto, esto, esto” Pero Él es Padre, Él te ha entendido: ve en paz. ¡Tengamos esta valentía! Y esto es la esperanza. Y la esperanza es también no tener miedo de ver la realidad por aquello que es y aceptar las contradicciones. Abraham por lo tanto en la fe, se dirige a Dios para que lo ayude a continuar esperando.

Es curioso, no pide un hijo. Pide: “Ayúdame a seguir esperando”, la oración para tener esperanza. Y el Señor responde insistiendo con su improbable promesa: no será un siervo el heredero, sino un hijo, nacido de Abraham, generado por él.

Nada ha cambiado, por parte de Dios. Él continúa afirmando aquello que había dicho, y no ofrece puntos de apoyo a Abrahán, para sentirse seguro. Su única seguridad es confiar en la palabra del Señor y continuar esperando.

Y aquel signo que Dios dona a Abraham es una invocación a continuar creyendo y esperando: «Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas […] Así será tu descendencia» (Gen 15,5). Es todavía una promesa, hay todavía algo que esperar para el futuro. Dios lleva a Abraham afuera de la tienda, en realidad (fuera) de sus visiones restringidas, y le muestra las estrellas.

Para creer, es necesario saber ver con los ojos de la fe; no solo estrellas, que todos podemos ver, sino para Abraham tienen que convertirse en el signo de la fidelidad de Dios. Es esta la fe, este el camino de la esperanza que cada uno de nosotros debe recorrer.

Si también a nosotros nos queda como única posibilidad mirar las estrellas, entonces es tiempo de confiar en Dios. No hay nada más bello. La esperanza no defrauda. Gracias.


Publicado por verdenaranja @ 22:45  | Habla el Papa
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Mi?rcoles, 28 de diciembre de 2016

El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, afirmó que el abeto o árbol de Navidad, que lamentablemente logró reemplazar al franciscano pesebre, y el popular Papá Noel, que muy a nuestro pesar llegó a desplazar y sustituir a Jesús, el verdadero protagonista de la Navidad, son el símbolo del grado de descristianización de nuestra sociedad.

El prelado platense, que desde hace años viene luchando contra la paganización de la Navidad, la más entrañable y hermosa fiesta del mundo cristiano, recordó que tanto el arbolito como el ídolo divulgado por una popular bebida efervescente, son sin embargo de origen cristiano. Lo sostiene en un artículo publicado recientemente en el diario platense "El Día", cuyo texto completo, por su interés y actualidad, brindamos a continuación. (AICA)

Navidad es Jesús
Otros años, varios años, para estas fechas y aprovechando la infaltable hospitalidad que me brinda EL DÍA, me he referido al misterio de Navidad y a las máscaras impuestas por la cultura contemporánea que ocultan o alteran su verdadero sentido. Quizá algún lector recuerde mis críticas al protagonismo de Papá Noel -el ídolo divulgado por Coca-Cola- que desplaza al verdadero Protagonista; o mi censura al reemplazo del pesebre por el arbolito. Ambas figuras omnipresentes, sobre todo para incitar al consumo de estos días, tienen un origen cristiano cuya memoria se ha perdido, así como la fiesta misma de la Navidad se reduce para muchísima gente a un feriado dentro de esa sucesión de feriados que constituyen “las fiestas”. Con comilona, descorche y brindis en la noche del 24 al 25 de diciembre.

En una columna como esta, publicada el 24 de diciembre de 2013, expliqué la génesis del personaje Papá Noel, que es, en realidad, Santa Klaus, San Nicolás. Me dedico ahora al arbolito.

El árbol de Navidad
La fenomenología de la religión demuestra científicamente que en diversas mitologías del pasado el árbol es portador de poder y conlleva un significado sagrado, religioso. Lo que asombraba a los antiguos es que los árboles nacen y mueren, la alternativa de vida y muerte: el árbol crece con el hombre y lo representa, acompañando su ciclo vital; también la comunidad se configura junto a ese vegetal soberbio y el pueblo se ve representado en sus vicisitudes naturales.

El pensamiento bíblico recoge estas convicciones ancestrales; bastaría enumerar los abundantes pasajes en los que aparece el árbol con sus múltiples simbolismos en la Sagrada Escritura, comenzando por la bipolaridad señalada en el Génesis entre el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal (cf. Gén.2,9. 17; 3,22). El camino hacia el árbol de la vida, inalcanzable después del pecado, se franquea gracias al leño seco de la cruz y de lo que ocurrió en él. Para la revelación cristiana el árbol de la cruz es el auténtico árbol de la vida plantado en el Paraíso de Dios. El árbol de Navidad, iluminado y colmado de galas y regalos, representa al auténtico Árbol de la Vida: Cristo, que en estos días nace por nosotros, para nosotros.

Acabo de leer la crónica de un penoso equívoco. Una señora judía, que actúa en el ámbito mediático, confiesa que de niña quiso tener un árbol de Navidad y nunca pudo satisfacer ese deseo. Ahora compró uno bien grande para su hija, y explica: “No me vengan con temas religiosos, porque no creo que haya ningún versículo en ninguna parte que diga que el arbolito es de uso exclusivo del catolicismo. Tampoco creo que Papá Noel tenga muchas reminiscencias religiosas. Yo lo asocio más con el capitalismo y la Coca-Cola que con algo sagrado”. Concluye diciendo: “Si se trata de festejar, ¡me prendo en todas!”. Se nota que esa dama de origen hebreo ignora las tradiciones cristianas no católicas, unánimes en ilustrar la Navidad como se debe, y sospecho que jamás leyó la Torá, los Nebiyim y los Ketubim. Su planteo ilustra la perfecta secularización de la Navidad.

Sin Jesús no tiene sentido "celebrar" la Navidad
Escribo todo esto con pena y con algún sentimiento de culpa, porque los hechos señalados y las conductas correspondientes marcan el grado de descristianización de nuestra sociedad. ¿Cómo puede “celebrarse” la Navidad sin Jesús? El significado mismo del nombre, en el mero orden del lenguaje, es inconfundible; el diccionario apunta: “Navidad” (primera acepción), “Natividad de Nuestro Señor Jesucristo”. Sin relación a Jesús, en su ausencia, no tiene ningún sentido “celebrar” la Navidad.

En la Nochebuena, quiero decir en la Misa indicada para ese momento (debería ser a medianoche, pero por diversas razones se suele adelantar la hora) la liturgia de la Iglesia nos propone el relato del nacimiento de Jesús según la versión de San Lucas (2,1-14): María que da a luz virginalmente a su Niño, el Hijo de Dios; los pastores que acuden porque un Ángel deslumbrante les anuncia el suceso y los exhorta a que vayan de inmediato; la multitud angélica que canta el Gloria y la figura discreta y preocupada de San José, a quien Jesús de niño, llamará papá.

Esta descripción ha inspirado la pluma y el pincel de grandes artistas a lo largo de los siglos. El texto del Evangelio se desarrolla con la concesión de la verdad y las numerosas representaciones que ha sugerido, desde aquellas de belleza perdurable hasta las más sencillas y domésticas, se nos ofrecen en su mayoría rebosantes de ternura.

La verdad central de la fe cristiana
Pero tanto la audición de la Palabra que se proclama esa noche -mejor si se canta- cuanto la visión de sus figuraciones que la imaginación retiene, expresan un pensamiento teológico profundísimo, una verdad central de la fe cristiana: la cercanía de Dios, que no solo actúa en el mundo del espíritu, en el orden de la inspiración de las ideas, sino que “toca” asimismo la dimensión material de la creación. El Hijo eterno, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne. Fue un embrión concebido virginalmente, sin intervención de varón; fue un feto que creció durante nueve meses en el seno de su madre, como nos ocurrió a todos nosotros; fue dado a luz virginalmente en el silencio misterioso de un lugar retirado, una gruta según afirma la tradición; ha crecido luego como todos los niños. En Él se unen maravillosamente, sin confusión, lo divino y lo humano; el Lógos, Verbo o Palabra de Dios que constituye la razón de todas las cosas creadas por Él, con Él y en Él, se hizo carne, como lo afirma San Juan en el poema que sirve de prólogo al cuarto de los evangelios (Jn. 1,14). Pudo haber escrito “se hizo hombre”, pero eligió el sustantivo “sárx” que significa en griego “carne”; a la luz de la tradición bíblica el término connota la fragilidad del hombre, su mortalidad. En suma, se hizo en todo igual a nosotros menos en el pecado; Él venía, en efecto, para purificarnos del pecado aceptando libremente la muerte de cruz. Juan completa su pensamiento cuando escribe que el Verbo hecho carne “acampó entre nosotros”, plantó su carpa (“skené”), como un nómada que no tiene domicilio fijo en este mundo. Y que luego dirá: “mi reino no es de aquí” (Jn. 18,36).

En el otro extremo de la historia de Jesús, en su resurrección del sepulcro, Dios vuelve a “tocar” la materia impidiendo que el cuerpo humano de su Hijo permanezca en la muerte y sufra la corrupción. Es la persona corpórea de Jesús -la naturaleza humana de la Persona divina- la que en su nacimiento en Belén y en su resurrección pascual inaugura la nueva creación; nosotros lo recibimos realmente en la Eucaristía y esperamos contemplar su rostro por toda la eternidad.

El papa Ratzinger, en su estudio sobre la infancia de Jesús, evoca una antigua visión del mundo en cuyo trasfondo está la doctrina del ciclo de las edades, que se actualiza en la esperanza de la hora de un gran cambio de época. Así sucedía en tiempos del emperador Augusto: el anhelo de una paz inminente, de un nuevo orden del mundo. Benedicto XVI escribe: “Quizá se puede decir que las figuras de la virgen y del niño forman parte de algún modo de las imágenes primordiales de la esperanza humana, que reaparecen en momentos de crisis y de espera, aun cuando no haya en perspectiva figuras concretas”.

Esa aspiración inconcreta, esa sospecha esperanzada y el sentido total de la historia humana se cumplieron en Jesús y María. Es esa novedad definitiva, que ya nos fue dada, la que nos colma de alegría en el festejo de cada Navidad.

Volvamos al relato del Evangelio de la Nochebuena. María y José, que venían viajando desde Nazaret, no encontraron lugar en el albergue (cf. Lc.2,7). No pensemos en un hotel ni en una posada bien puesta, sino más bien en una especie de apeadero donde podía el viajero detenerse, desenganchar los caballos, soltarlos y pasar la noche. Desconocemos las razones, pero lo cierto es que no hallaron acogida; por eso se detuvieron en algún establo -había pastores en la cercanía- y la cuna del bebé fue un pesebre, un cajón donde comen los animales. “No había lugar para ellos”, ni para Él, que estaba llegando. El prólogo del Evangelio de Juan lo confirma: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn.1,11).

La historia se ha repetido, se repite y se repetirá muchas veces: Jesús no halla cabida en el corazón de tantísimos hombres. El que yacía en el pesebre -explica San Agustín- es el verdadero pan bajado del cielo, el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna; el pesebre fue la mesa.

Los animales
¡Los animales! Aunque el texto evangélico no los mencione, en ninguna representación del Nacimiento faltan el buey y el asno. La tradición nos habla de ellos y buscó en la Biblia una justificación de su presencia, en pasajes como estos: “el buey conoce a su amo y el asno el pesebre a su dueño; ¡pero Israel no me conoce, mi pueblo no tiene entendimiento! (Is.1,3). También tiene incumbencia una frase de la traducción griega del profeta Habacuc; lectura que no aparece en el original hebreo ni en la Vulgata latina: “en medio de dos seres vivientes serás conocido, cuando haya llegado el tiempo aparecerás (zōós puede traducirse “viviente” o “animal” Hab.3,2).

La combinación se completa con una referencia a los dos querubines que sobre la cubierta del Arca de la Alianza indicaban y a la vez escondían la presencia de Dios (Ex.25,18-20); el pesebre sería la nueva Arca de la Alianza, donde Dios hecho hombre se da a conocer. El buey y el asno podrían representar entonces a la humanidad entera, judíos y gentiles. No me ofende ni me molesta identificarme con uno de esos bichos; muchas veces recito el Salmo que reza: “yo era un necio y no comprendía, era como un borrico ante ti” (Sal.72,73).

Últimas palabras: a todos los que en estos días se acuerden de Jesús -porque él es la Navidad- les deseo de corazón ¡Feliz Navidad!+ 


Publicado por verdenaranja @ 21:06  | Hablan los obispos
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Comentario a la liturgia dominical – Misa de la Sagrada Familia - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el centro de Noviciado y Humanidades clásicas de la Legión de Cristo, en Monterrey (México).2 7 diciembre 2016 (zenit)

Ciclo A

Textos: Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15.19-23

 

Idea principal: Ese Niño que nace en Belén nace y tiene una familia humana, modelo para todas las familias.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, preguntémonos cómo vivía esta familia humana de Jesús. Unidos en la oración y en la obediencia a Dios: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto…vuelve a la tierra de Israel”. Unidos en el amor mutuo: “se levantó, tomó al niño y a su madre, se fue a Egipto”. Unidos en el trabajo, dolor y las pruebas: “…porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (evangelio). Todo un programa para las familias de hoy.

En segundo lugar, preguntémonos cómo viven algunas de nuestras familias hoy. Unas, unidas en la oración, amor y dolor. Otras, no tanto, experimentando la separación, el divorcio, viviendo como si Dios no existiese y dejándose llevar por el silbido de las sirenas, dejando las ventanas de la afectividad de par en par a nuevos aires de liberación, o abriendo la puerta del corazón a piratas intrusos que lo único que pretenden es destrozar la barca matrimonial y familiar. Familias que viven por motivos de interés o de mera convivencia civilizada, y no en la fe, en la oración, en la certeza de saberse amados y bendecidos por Dios por un santo sacramento.

Finalmente, preguntémonos cómo deberían vivir nuestras familias, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret. Dios en el centro. El amor como motivación y corona. El dolor como prueba para ejercitar las virtudes teologales y mirar para arriba. Los hijos, honrando a sus padres, no causándoles tristezas, obedeciéndoles (segunda lectura) y cuidándoles en la vejez (primera lectura). Los padres revestidos de respeto y amor entre ellos, y de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón, amor para con sus hijos; y piedad y gratitud con Dios (segunda lectura).

Para reflexionar: Padres de familia, ¿se parecen a san José? Madres, ¿se parecen a María? Hijos, ¿se parecen al Niño Jesús? ¿Repasan juntos el cuarto mandamiento de la ley de Dios tan bien explicado en el Catecismo de la Iglesia católica en los números 2217-2218?

Para rezar:

Sagrada Familia de Nazaret;
enséñanos el recogimiento,
la interioridad;
danos la disposición de
escuchar las buenas inspiraciones y las palabras
de los verdaderos maestros.

Enséñanos la necesidad
del trabajo de reparación,
del estudio,
de la vida interior personal,
de la oración,
que sólo Dios ve en los secreto;
enséñanos lo que es la familia,
su comunión de amor,
su belleza simple y austera,
su carácter sagrado e inviolable. Amén

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


Publicado por verdenaranja @ 20:53  | Espiritualidad
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El santo padre Francisco rezó el lunes, 26 de Diciembre, la oración del ángelus desde la ventana de su estudio que da hacia la plaza de San Pedro, donde varios miles de peregrinos le aguardaban en esta festividad de San Esteban. 26 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

A continuación las palabras del Papa

“¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
La alegría de la Navidad llena también hoy nuestros corazones, mientras que la liturgia celebra el martirio de San Esteban, el primer mártir, invitándonos a recoger el testimonio que él nos ha dejado con su sacrificio. Es el testimonio glorioso propio del martirio cristiano, sufrido por amor a Jesucristo; martirio que continúa a estar presente en la historia de la Iglesia, desde Esteban hasta nuestros días.

De este testimonio nos ha hablado el Evangelio de hoy. Jesús preanuncia a sus discípulos el rechazo y la persecución que encontraran: «Serán odiados por todos a causa de mi Nombre». Pero ¿Por qué el mundo persigue a los cristianos? El mundo odia a los cristianos por la misma razón por la cual ha odiado a Jesús, porque Él ha traído la luz de Dios y el mundo prefiere las tinieblas para esconder sus obras malignas.

Recordemos que el mismo Jesús, en la Última Cena, rezó al Padre para que nos defendiera del espíritu mundano maligno. Hay contraposición entre la mentalidad del Evangelio y aquella mundana. Seguir a Jesús quiere decir seguir su luz, que se ha encendido en la noche de Belén, y abandonar las tinieblas del mundo.

El protomártir Esteban, lleno de Espíritu Santo, fue lapidado porque confesó su fe en Jesucristo, Hijo de Dios. El Unigénito que viene al mundo invita a cada creyente a elegir la vía de la luz y de la vida.

Este es el significado de su venida entre nosotros. Amando al Señor y obedeciendo a su voz, el diácono Esteban ha elegido a Cristo, Vida y Luz para todo hombre. Escogiendo la verdad, él se ha convertido al mismo tiempo en víctima del misterio de la iniquidad presente en el mundo. ¡Pero en Cristo, Esteban ha vencido!

También hoy la Iglesia, para dar testimonio de la luz y de la verdad, sufre en diversos lugares duras persecuciones, hasta la suprema prueba del martirio. ¡Cuántos hermanos y hermanas en la fe sufren injusticias, violencias y son odiados a causa de Jesús! Yo les digo una cosa, los mártires de hoy son en número mayor respecto a los primeros siglos.

Cuando nosotros leemos la historia de los primeros siglos, aquí, en Roma, leemos tanta crueldad con los cristianos; yo les digo: la misma crueldad existe hoy y en número mayor hacia los cristianos.

Hoy queremos recordarnos de ellos que sufren persecuciones, y estar cerca de ellos con nuestro afecto, nuestra oración y también nuestro llanto.

Ayer, en el día de Navidad, los cristianos perseguidos en Irak han celebrado la Navidad en su catedral destruida: es un ejemplo de fidelidad al Evangelio.

No obstante las pruebas y los peligros, ellos testimonian con valentía su pertenencia a Cristo y viven el Evangelio comprometiéndose en favor de los últimos, de los más olvidados, haciendo el bien a todos sin distinción; testimonian la caridad en la verdad.

Al hacer espacio dentro de nuestro corazón al Hijo de Dios que se dona a nosotros en la Navidad, renovemos la alegre y valiente voluntad de seguirlo fielmente como único guía, perseverando en el vivir según la mentalidad evangélica y rechazando la mentalidad de los dominadores de este mundo.

A la Virgen María, Madre de Dios y Reina de los mártires, elevemos nuestra oración, para que nos guie y nos sostenga siempre en nuestro camino en el seguimiento de Jesucristo, que contemplamos en la gruta del pesebre y que es el Testimonio fiel de Dios Padre”.

Después de la oración del ángelus el Papa dirige las siguientes palabras:

“Expreso mi pésame por la triste noticia del avión ruso que precipitó en el Mar Negro. El Señor consuele al querido pueblo ruso y a los familiares de los pasajeros que estaban abordo: periodistas, tripulación y el excelente coro y orquesta de las Fuerzas Armadas. La bienaventurada Virgen María les apoye en las operaciones de búsqueda actualmente en curso. En el 2004 este coro se exhibió en el Vaticano por los 26 años del pontificado de san Juan Pablo II; recemos por ellos.

Queridos hermanos y hermanas, en el clima de gozo cristiano que emana de la Navidad de Jesús, les saludo y agradezco por vuestra presencia. A todos ustedes que han venido de Italia y de diversos países, renuevo el deseo de paz y de serenidad: sean estos para ustedes y para sus familiares, días de alegría y de fraternidad.

Saludo y envío mis mejores deseos a todas las personas que se llaman Esteban o Estefania. En estas semanas he recibido mensajes de saludos de todo el mundo.

No me es posible responder a cada uno, por ello expreso hoy a todos mi especial agradecimiento, especialmente por el don de la oración. ¡Gracias de corazón! El Señor les recompense por la generosidad. ¡Buena fiesta! Y por favor no se olviden de rezar por mi. Buon pranzo y arrivederci”.


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Lunes, 26 de diciembre de 2016

El papa Francisco presidió este sábado, 24 de  Diciembre, por la noche la misa de Nochebuena en la basílica de San Pedro. 24 diciembre 2016. (zenit)


«Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).
Las palabras del apóstol Pablo manifiestan el misterio de esta noche santa: ha aparecido la gracia de Dios, su regalo gratuito; en el Niño que se nos ha dado se hace concreto el amor de Dios para con nosotros.
Es una noche de gloria, esa gloria proclamada por los ángeles en Belén y también por nosotros hoy en todo el mundo. Es una noche de alegría, porque desde hoy y para siempre Dios, el Eterno, el Infinito, es Dios con nosotros: no está lejos, no debemos buscarlo en las órbitas celestes o en una idea mística; es cercano, se ha hecho hombre y no se cansará jamás de nuestra humanidad, que ha hecho suya.

Es una noche de luz: esa luz que, según la profecía de Isaías (cf. 9,1), iluminará a quien camina en tierras de tinieblas, ha aparecido y ha envuelto a los pastores de Belén (cf. Lc 2,9). Los pastores descubren sencillamente que «un niño nos ha nacido» (Is 9,5) y comprenden que toda esta gloria, toda esta alegría, toda esta luz se concentra en un único punto, en ese signo que el ángel les ha indicado: «Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12).

Este es el signo de siempre para encontrar a Jesús. No sólo entonces, sino también hoy. Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren. Allí está Dios.

Con este signo, el Evangelio nos revela una paradoja: habla del emperador, del gobernador, de los grandes de aquel tiempo, pero Dios no se hace presente allí; no aparece en la sala noble de un palacio real, sino en la pobreza de un establo; no en los fastos de la apariencia, sino en la sencillez de la vida; no en el poder, sino en una pequeñez que sorprende. Y para encontrarlo hay que ir allí, donde él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño.

El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos hará bien dejar estas cosas para encontrar de nuevo en la sencillez del Niño Dios la paz, la alegría, el sentido de la vida.

Dejémonos interpelar por el Niño en el pesebre, pero dejémonos interpelar también por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados por el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos «pesebres donde se devora su dignidad»: en el refugio subterráneo para escapar de los bombardeos, sobre las aceras de una gran ciudad, en el fondo de una barcaza repleta de emigrantes.

Dejémonos interpelar por los niños a los que no se les deja nacer, por los que lloran porque nadie les sacia su hambre, por los que no tienen en sus manos juguetes, sino armas.

El misterio de la Navidad, que es luz y alegría, interpela y golpea, porque es al mismo tiempo un misterio de esperanza y de tristeza. Lleva consigo un sabor de tristeza, porque el amor no ha sido acogido, la vida es descartada.

Así sucedió a José y a María, que encontraron las puertas cerradas y pusieron a Jesús en un pesebre, «porque no tenían [para ellos] sitio en la posada» (v. 7): Jesús nace rechazado por algunos y en la indiferencia de la mayoría. También hoy puede darse la misma indiferencia, cuando Navidad es una fiesta donde los protagonistas somos nosotros en vez de él; cuando las luces del comercio arrinconan en la sombra la luz de Dios; cuando nos afanamos por los regalos y permanecemos insensibles ante quien está marginado. Esta mundanidad se tomó como rehén la Navidad, es necesaria librarla.

Pero la Navidad tiene sobre todo un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, la luz de Dios resplandece. Su luz suave no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil en medio de nosotros, como uno más.

Nace en Belén, que significa «casa del pan». Parece que nos quiere decir que nace como pan para nosotros; viene a la vida para darnos su vida; viene a nuestro mundo para traernos su amor. No viene a devorar y a mandar, sino a nutrir y servir. De este modo hay una línea directa que une el pesebre y la cruz, donde Jesús será pan partido: es la línea directa del amor que se da y nos salva, que da luz a nuestra vida, paz a nuestros corazones.

Lo entendieron, en esa noche, los pastores, que estaban entre los marginados de entonces. Pero ninguno está marginado a los ojos de Dios y fueron justamente ellos los invitados a la Navidad.

Quien estaba seguro de sí mismo, autosuficiente se quedó en casa entre sus cosas; los pastores en cambio «fueron corriendo de prisa» (cf. Lc 2,16). También nosotros dejémonos interpelar y convocar en esta noche por Jesús, vayamos a él con confianza, desde aquello en lo que nos sentimos marginados, desde nuestros límites.

Dejémonos tocar por la ternura que salva. Acerquémonos a Dios que se hace cercano, detengámonos a mirar el pesebre, imaginemos el nacimiento de Jesús: la luz y la paz, la pobreza absoluta y el rechazo.

Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios.

Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí.


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Cuarta Predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa. 23 diciembre 2016  (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

“ENCARNADO POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO DE MARIA VIRGEN”

  1. Navidad, misterio “para nosotros”

Prosiguiendo con nuestras reflexiones sobre el Espíritu Santo, en la inminencia de la Navidad queremos meditar sobre el artículo del Credo que habla de la obra del Espíritu Santo en la encarnación. En el Credo decimos: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen María y se hizo hombre”. Meditemos sobre este artículo de fe, de una manera no teológica y especulativa, sino espiritual y “edificante”

San Agustín distinguía dos modos de celebrar un hecho en la historia de la salvación: como misterio (“en sacramento”), o como simple aniversario. En la celebración a la manera de aniversario, no se necesita otra cosa -decía- que “indicar con una solemnidad religiosa el día del año en el cual cae el recuerdo del hecho sucedido”; en la celebración de tipo mistérico, “no solo se conmemora un hecho, pero se hace de manera que se entienda su significado para nosotros y se lo acoja devotamente” 1.

La Navidad no es una celebración tipo aniversario (la fecha del 25 de diciembre no es debida, sabemos, a motivos históricos sino simbólicos y de contenido); es una celebración de tipo mistérico que exige ser entendida en su significado para nosotros. San León Magno ponía ya en luz el significado místico del “sacramento de la navidad de Cristo”, diciendo que “los hijos de la Iglesia fueron generados con Cristo en su nacimiento, como han sido crucificados con él en la pasión y resucitados con él en la resurrección” 2.

En el origen de todo está el dato bíblico que se cumplió una vez por siempre, en María: la Virgen se vuelve madre de Jesús por obra del Espíritu Santo. Tal misterio histórico como todos los hechos de la salvación se prolonga a nivel sacramental en la Iglesia y a nivel moral en cada alma creyente. María en su calidad de Virgen Madre que genera el Cristo es el ejemplar perfecto del alma creyente. Escuchemos como un autor de la Edad Media, san Isaac de la Estrella, resume el pensamiento de los Padre sobre este tema:

“María y la Iglesia son una madre y más madres; una virgen y más vírgenes. Una y otra madre, una y otra virgen. Por esto en las Escrituras divinamente inspiradas lo que se dice de manera universal de la Virgen Madre Iglesia, se lo entiende de manera singular de la Virgen María… En fin, cada alma fiel, esposa del Verbo de Dios, madre hija y hermana de Cristo, es considerada también ella, a su manera, virgen y fecunda”. 3

Esta visión patrística ha sido traída a la luz en el Concilio Vaticano II, en los capítulos que la constitución Lumen Gentium dedica a María. Aquí, de hecho, en tres párrafos distintos se habla de la Virgen Madre María, como modelo ejemplar de la Iglesia (n. 63), llamada ella incluso a ser en la fe, virgen y madre (n. 64), y del alma creyente, imitando las virtudes de María, hace nacer y crecer a Jesús en su corazón y en el corazón de sus hermanos (n. 65).

2. “Por obra del Espíritu Santo”
Meditamos sucesivamente sobre el rol de cada uno de los dos protagonistas, el Espíritu Santo y María, para después intentar buscar algún pensamiento en vista de nuestra edificación.
Escribe san Ambrosio:

“Es obra del Espíritu Santo el parto de la Virgen… No podemos por lo tanto dudar de que sea creador aquel Espíritu que sabemos ser Autor de la encarnación del Señor… Si por lo tanto la Virgen concibió gracias a la obra y a la potencia del Espíritu, ¿quien podría negar que el Espíritu es creador? 4

Ambrosio interpreta perfectamente, en este texto, el rol que el Evangelio atribuye al Espíritu Santo en la encarnación, llamándolo sucesivamente, Espíritu Santo y Potencia del Altísimo (cf. Lc 1,35). Eso es el “Spiritus creator” que actúa para llevar a los seres a la existencia (como en Gn 1,2), para crear una nueva y más alta situación de vida; es el Espíritu “que es Señor y da la vida”, como proclamamos en el mismo símbolo de la fe.

También aquí, como en los inicios, Él crea “desde la nada”, o sea desde el vacío de las posibilidades humanas, sin necesidad de ninguna ayuda o de ningún apoyo. Y este “nada”, este vacío, esta ausencia de explicaciones y de causas naturales se llama, en nuestro caso, la virginidad de María: “¿Cómo es posible? No conozco hombre… El Espíritu Santo bajará sobre ti” (Le 1,34-35). La virginidad es aquí un signo grandioso que no se puede eliminar o banalizar, sin desarmar todo el tejido de la narración evangélica y su significado.

El Espíritu que baja sobre María es, por lo tanto, el Espíritu creador que milagrosamente forma de la Virgen la carne de Cristo; pero también más, además que el “Creator Spiritus”. Él es para María, también “fons vivus, ignis, caritas, et spiritalis unctio” o sea: agua viva, fuego, amor y unción espiritual. Se empobrece enormemente el misterio si se lo reduce solamente a su dimensión objetiva, o sea a sus implicaciones dogmáticas (dualidad de las naturalezas, unidad de la persona), descuidando sus aspectos subjetivos y existenciales.

San Pablo habla de una “carta de Cristo escrita no con la tinta, pero con el Espíritu de Dios viviente, no sobre tablas de piedra pero en las tablas de carne de los corazones”(2 Cor 3,3). El Espíritu Santo escribió esta carta maravillosa que es Cristo, primero en el corazón de María, de manera que -como dice san Agustín- “mientras la carne de Cristo se formaba en el seno de María, la verdad de Cristo se imprimía en el corazón de María”. 5

El famoso dicho del mismo Agustín según el cual María “concibió a Cristo antes en el corazón que en el cuerpo” (“prius concepit mente quam corpore”) significa que el Espíritu Santo actuó en el corazón de María iluminándolo y inflamándolo de Cristo, antes aún que en el seno de María llenándolo de Cristo.

Solo los santos y místicos que tuvieron una experiencia personal de la irrupción de Dios en su vida pueden ayudarnos a intuir lo que debió probar María en el momento de la encarnación del Verbo en su seno. Uno de esos, san Buenaventura, escribe:

“Sobrevino en ella el Espíritu Santo como fuego divino que inflamó su mente y santificó su carne, confiriéndole una perfectísima pureza. Pero también la potencia del Altísimo la veló para que pudiera sostener un semejante ardor…¡Oh, si tú fueras capar de sentir en qué medida, cuál y cuánto fue grande ese incendio bajado del cielo, cuál el refrigerio dado, cuál alivio infundido, cuál elevación de la Virgen Madre, la nobleza dada al género humano, cuánta condescendencia dada por la Majestad divina!

Pienso que entonces también tú merecerías cantar con voz suave, junto con la bienaventurada Virgen, ese canto sagrado: “Mi alma magnifica al Señor”. 6

La encarnación fue vivida por María como un evento carismático al máximo grado, que la volvió el modelo del alma “ferviente en el Espíritu” (Rm 12,11). Fue su pentecostés. Muchos gestos y palabras de María, especialmente en la narración de la visita a santa Isabel, no se entienden si no se mira en esta luz de una experiencia mística sin igual. Todo aquello que vemos obrarse visiblemente en una persona visitada por la gracia (amor, alegría, paz, luz) lo debemos reconocer en medida única, en María en la anunciación. María ha sido la primera en sentir “la sobria ebriedad del Espíritu” de la cual hemos hablado la vez pasada, y el Magnificat es el mejor testimonio.

Se trata entretanto de una ebriedad “sobria” o sea humilde. La humildad de María después de la encarnación nos aparece como uno de los milagros más grandes de la gracia divina. Como pudo María soportar el peso de este pensamiento: “¡Tú eres la Madre de Dios! Tu eres la más alta de las criaturas!”. Lucifer no había soportado esta tensión y, tomado por el vértigo de su propia altura, había precipitado. Maria no; ella permanece humilde, modesta como si nada hubiera sucedido en su vida que le permitiera tener pretensiones. En una ocasión el Evangelio nos la muestra en el acto de mendigarle a otros incluso la posibilidad de ver a su Hijo: “Tu madre y tus hermanos, le dicen a Jesús, están afuera y desean verte” (Lc 8, 20).

  1. “De María Virgen”

Ahora consideremos más de cerca la parte de María en la encarnación, su respuesta a la acción del Espíritu Santo. La parte de María consistía, objetivamente, en haber dado la carne y la sangre al Verbo de Dios, es decir en su divina maternidad. Recorramos velozmente el camino histórico, a través del cual la Iglesia ha llegado a contemplar en su plena luz, esta inaudita verdad: !Madre de Dios¡ ¡Una criatura, madre del Creador! “Virgen Madre, hija de tu Hijo, humilde y más alta que cualquier criatura”: así la saluda san Bernardo en la Divina Comedia de Dante Alighieri. 7

Al inicio y durante todo el período dominado por la lucha contra la herejía gnóstica y docetista, la maternidad de María fue vista casi solo como maternidad física o biológica. Estos heréticos negaban que Cristo tuviera un verdadero cuerpo humano, o si lo tenía, que este cuerpo humano hubiera nacido de una mujer, o si había nacido de una mujer que hubiera tenido verdaderamente la carne y sangre de ella. Contra ellos era necesario por lo tanto afirmar con fuerza que Jesús era el hijo de María y “fruto de su seno” (Lc 1, 42), y que María era la verdadera y natural madre de Jesús.

En esta fase antigua, en la cual se afirma la maternidad real o natural de María contra los gnósticos y los docetistas, aparece por primera vez el título de Theotókos. De ahora en adelante será justamente el uso de este título que conducirá la Iglesia al descubrimiento de una maternidad divina más profunda, que podríamos llamar maternidad metafísica, en cuanto se refiere a la persona, o a la hipostasis del Verbo.

Esto sucede durante la época de las grandes controversias cristológicas del V siglo, cuando el problema central entorno a Jesucristo no es más el de su verdadera humanidad, pero aquel de la unidad de su persona. La maternidad de María no es más vista solamente en referencia a la naturaleza humana de Cristo, pero como es más justo, en referencia a la única persona del Verbo hecho hombre. Y como esta única persona que María genera no es otra cosa que la persona divina del Hijo, como consecuencia ella aparece como verdadera “Madre de Dios”.

Entre María y Cristo no hay solamente una relación de tipo físico, pero también de orden metafísico, y esto la coloca a una altura vertiginosa, creando una relación singular también entre ella y Dios Padre. San Ignacio de Antioquía llama a Jesús “Hijo de Dios y de María”8, casi como diríamos de una persona que es hijo de tal hombre y de tal mujer. En el Concilio de Éfeso esta verdad se vuelve para siempre una conquista de la Iglesia: “Si alguno -se lee en un texto por él aprobado- no confiesa que Dios es verdaderamente el Emanuel y que por lo tanto la Santa Virgen, habiendo generado según la carne el Verbo de Dios hecho hombre, es la Theotókos, sea anatema” 9.

Pero también esta meta no era definitiva. Había otro nivel que de la maternidad divina de Maria a descubrir, después de lo físico y de lo metafísico. En las controversias cristológicas, el título de Theotókos era valorizado más en función de la persona de Cristo que respecto a María, si bien era un título mariano. De tal título no se sacaban aún las consecuencias teológicas que se refieren a la persona de María, en particular, su santidad única. El título de Theotókos hacía correr el riesgo de volverse un arma de batalla entre las opuestas corrientes teológicas en cambio de una expresión de la fe y de la piedad hacia María.

Lo demuestra un particular incómodo que no va callado. Justamente Cirilo Alejandrino, que combatió como un león por el título de Theotokos, es el hombre que entre los Padres de la Iglesia, desentona singularmente respecto a la santidad de María. El fue entre los pocos que admitió francamente debilidades y defectos en la vida de María, especialmente a los pies de la cruz. Aquí, según él, la Madre de Dios vaciló en la fe: “El Señor -escribe- tuvo en ese punto que proveer a la Madre que había caído en el escándalo y no había entendido la Pasión, y lo hizo confiándola a Juan, como a un óptimo maestro para que la corrigiera” 10.

¡No podía admitir que una mujer, aunque fuera la madre de Jesús, pudiera haber tenido una fe mayor de la que tuvieron los apóstoles que, aunque eran hombres, vacilaron en el momento de la Pasión! Son palabras que derivan del general menosprecio hacia la mujer que había en el mundo antiguo y que muestran cuanto poco favoreciera reconocer a María una maternidad física y metafísica respecto a Jesús, si no se reconocía en ella también una maternidad espiritual, o sea del corazón además que del cuerpo.

Aquí se coloca la gran aportación de los autores latinos, en particular de san Agustín, al desarrollo de la mariología. La maternidad de María es vista por ellos como una maternidad en la fe. Sobre la palabra de Jesús: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica, (Lc 8, 21), Agustín escribe:

“¿Podría no haber hecho la voluntad del Padre, la Virgen María, ella que por fe creyó, por fe concibió, que fue elegida para que de ella naciera la salvación de los hombres, que fue creada por Cristo, antes que en ella fuera creado Cristo? Seguramente santa María hizo la voluntad del Padre y por lo tanto es cosa más grande para Maria haber sido discípula de Cristo, que haber sido Madre de Cristo” 11.

Esta última osada afirmación se basa en la respuesta que Jesús dio a la mujer que proclamaba ‘beata’, la madre por haberlo llevado en su seno y amamantado: “Bienaventurados más bien aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,27-28).

La maternidad física de María y aquella metafísica están ahora coronadas por el reconocimiento de una maternidad espiritual o de fe, que hace de María la primera y más dócil discípula de Cristo. El fruto más bello de esta nueva visión sobre la Virgen es la importancia que asume el tema de la ‘santidad’ de María. De ella -escribe también san Agustín- “por el honor debido al Señor no se debe ni siquiera hacer mención cuando se habla de pecado”.12 La Iglesia latina expresará esta prerrogativa con el título de “Inmaculada” y la Iglesia griega con el de “Toda Santa” (Panhagia).

4. El tercer nacimiento de Jesús
Ahora intentemos ver qué es lo que “el misterio” del nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo de María Virgen significa “para nosotros”. Hay un pensamiento osado sobre la Navidad, que pasó de una época a otra en la boca de los más grandes doctores y maestros del espíritu de la Iglesia: Orígenes, san Agustín, san Bernardo y otros. Este dice en sustancia así: “De qué me serviría a mí que Cristo haya nacido una vez en Belén de María, si él no nace por fe también en mi corazón?”. 13 “Dónde es que Cristo nace en el sentido más profundo, sino en tu corazón y en tu alma?”, escribe san Ambrosio 14.

Santo Tomás de Aquino recoge la tradición constante de la Iglesia cuando explica las tres misas que se celebran en Navidad en referencia al triple nacimiento del Verbo: aquella del Padre, la temporaria de la Virgen y la espiritual del alma creyente.15 Haciéndose eco de esta tradición, san Juan XXIII, en el mensaje navideño de 1962 elevaba esta ardiente oración: “Oh verbo eterno del Padre, Hijo de Dios y de María, innova también hoy en el secreto de las almas, el admirable prodigio de tu nacimiento”

¿De dónde viene esta idea osada de que Jesús no solamente ha nacido “para” nosotros sino también “en” nosotros? San Pablo habla de Cristo, que debe “formarse” en nosotros (Gal 4,19); dice también que en el bautismo el cristiano se “reviste de Cristo (Rm 13,14) y que Cristo tiene que venir a “habitar por la fe en nuestros corazones”(Ef 3,17).El tema del nacimiento de Cristo en el alma reposa sobre todo en la doctrina del cuerpo místico. De acuerdo con ella, Cristo repite místicamente “en nosotros” lo que ha obrado una vez “para nosotros”, en la historia. Esto vale para el misterio pascual, pero también para el misterio de la encarnación: “El Verbo de Dios, escribe san Máximo Confesor, quiere repetir en todos los hombres el misterio de su encarnación”.16

El Espíritu Santo nos invita por lo tanto a “volver al corazón” para celebrar en este, una Navidad más íntima y más verdadera, que vuelva “verdadera” también la Navidad que celebramos exteriormente, en los retiros y en las tradiciones.

El Padre quiere generar en nosotros a su Verbo, para poder pronunciar siempre y nuevamente, dirigiéndose a Jesús y a nosotros juntos, aquella dulcísima palabra: “Tú eres mi hijo; hoy te he generado” (Eb 1,5). El mismo Jesús desea nacer en nuestro corazón. Es así que lo debemos pensar en la fe: como si en estos últimos días de Adviento, él pasase en medio de nosotros y golpeara de puerta en puerta como aquella noche en Belén, en la búsqueda de un corazón en el cual nacer espiritualmente.

San Buenaventura ha escrito un opúsculo titulado: “Las cinco fiestas del Niño Jesús”. Allí escribe qué quiere decir concretamente, hacer nacer a Jesús en el propio corazón. El alma devota, escribe, puede espiritualmente concebir al Verbo de Dios como María en la Anunciación, darlo a luz como María en la Navidad, darle el nombre como en la Circuncisión, buscarlo y adorarlo con los Magos en la Epifanía, y finalmente ofrecerlo al Padre como en la Presentación del Templo17.

El alma, explica, concibe a Jesús cuando, descontenta de la vida que conduce, estimulada por santas inspiraciones y encendiéndose de santo ardor, y para concluir tomando distancia decididamente de sus viejos hábitos y defectos es como fecundada espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe en propósito de una vida nueva. ¡Fue la concepción de Cristo!

Este propósito de vida nueva debe entretanto traducirse, sin tardar, en algo concreto, en un cambio posiblemente también externo y visible en nuestra vida y en nuestros hábitos. Si el propósito no es puesto en práctica, Jesús es concebido pero no es “dado a luz”. ¡No se celebra “la segunda fiesta” del Niño Jesús que es el Navidad”. Es un aborto espiritual, uno de los numerosos ‘dejar para después’ de la cual la vida está llena y una de las razones principales por las cuales tan pocas personas se vuelven santos.

Si decides cambiar estilo de vida, dice san Buenaventura, deberás enfrentar dos tipos de tentaciones. Primero te se presentarán los hombres carnales de tu ambiente para decirte: “es demasiado arduo lo que emprendes; no lo lograrás nunca, te faltarán las fuerzas, te perjudicarás la salud; estas cosas no van bien con tu situación, comprometes el buen nombre y la dignidad de tu cargo…”.

Superado este obstáculo, se presentarán otros que tienen fama de ser y, quizás lo son también de hecho, personas pías y religiosas, pero que no creen verdaderamente en la potencia de Dios y de su Espíritu. Estos te dirán que si inicias a vivir de esta manera -dando tanto espacio a la oración, evitando las críticas inútiles, haciendo obras de caridad- serás considerado en breve un santo, un hombre espiritual, y como tú sabes muy bien de no serlo, acabarás por engañar a la gente y a ser un hipócrita, atrayendo sobre ti la ira de Dios que indaga los corazones. ¡Deja, tienes que hacer como todos!

A todas estas tentaciones hay que responder con fe: “¡No se ha vuelto demasiado corta la mano del Señor al punto de no poder salvarnos!” (Is 59, 1), y casi con ira contra nosotros mismos, exclamar, como Agustín a la vigilia de su conversión: “Si estos y estas, por qué no también yo?18.

Terminemos recitando la oración encontrada en un antiguo papiro en el que la Virgen es invocada con el título de Theotokos, Dei genitrix, Madre de Dios:

Sub tuum praesidium confugimus,
Sancta Dei Genetrix.
Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus,
sed a periculis cunctis libera nos semper,
Virgo gloriosa et benedicta.

Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

(Traducción de ZENIT)

1 S. Agustin, Epistola 55,1,2 (CSEL, 34,1, p.170).
2 S. León Magno, Sermone VI de Navidad, 2 (PL 54, 213).
3 Isacco de la Estrella, Sermo 51; PL 194, 1863. 1865.
4 S. Ambrosio, De Spiritu Sancto, 11,40-43.
5 S. Agustin, Sermo Denis, 25,7; PL 46,938.
6 S. Bonaventura, Lignum vitae 1,3.
7 Dante, Par. XXXIII,1.
8 S. Ignacio de Antiochia, Efesinos, 7,2.
9 S. Cirillo Al., Anatematismo I contra Nestorio (DS, nr. 252)
10 S. Cirillo Al., In Johannem. XII,19-25-27 (PG 74,661-665).
11 S. Agustin, Sermones 72 A (Miscellanea Agostiniana, I, p.162).
12 S. Agostino, Natura e grazia, 36,42 (CSEL 60,p.263s.).
13 Cf. per es. Origene, Commento al vangelo di Luca 22,3 (SCh 87,p. 302).
14 S. Ambrogio, In Lucam, 11,38.
15 S. Tommaso d’Aquino, S. Th. IlI, q. 83,2.
16 S. Màximo Confesor, Ambigua (PG 91,1084.
17 S. Buenaventura, Las cinco fiestas del Nino Jésus, prologo (ed. Quaracchi, 1949, pp. 207 ss.).
18 S. Agustin, Confesiones,VIII,8 (“Si isti et istae, cur non ego?” ).


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S?bado, 24 de diciembre de 2016

 Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio de la Natividad del Señor - A 

UN DIOS CERCANO

 

La Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artilugios de nuestra sociedad de consumo.

Los creyentes tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir detrás de tanta superficialidad y aturdimiento el misterio que da origen a nuestra alegría. Tenemos que aprender a «celebrar» la Navidad. No todos saben lo que es celebrar. No todos saben lo que es abrir el corazón a la alegría.

Y, sin embargo, no entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, alegrarnos con la vida que se nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.

En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (León Magno). No se trata de una alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué. «Tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre y ha venido a habitar entre nosotros» (Leonardo Boff). Hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura.

Una alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo rehuir a quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos acoger o rechazar.

Dios no puede ser ya el Ser «omnipotente» y «poderoso» que nosotros sospechamos, encerrado en la seriedad y el misterio de un mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su sonrisa.

El hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante este niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué el corazón de un creyente debe estar transido de una alegría diferente estos días de Navidad.

José Antonio Pagola

 

Natividad del Señor – A (Lucas 2,1-14)

Evangelio del 25 / Dic / 2016

Publicado el 19/ Dic/ 2016

por Coordinador Grupos de Jesús


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Viernes, 23 de diciembre de 2016

Reflexión a las lecturas del día de la Natividad del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

La Natividad del Señor          

 

¡Por el camino del Adviento hemos llegado a la Navidad!

Nos disponemos, pues, a celebrar el Nacimiento de Jesús y sus primeras manifestaciones hasta llegar a su Bautismo, cuando va a iniciar su Vida Pública. ¡Es el Tiempo de Navidad! ¡Recordamos y celebramos, por tanto, casi toda la vida del Señor!

Y no celebramos estos acontecimientos como si se tratara sólo del recuerdo de algo que sucedió hace mucho tiempo; porque la Liturgia de la Iglesia –el misterio del Año Litúrgico- hace que estos acontecimientos se hagan, de algún modo, presentes, de manera que podamos ponernos en contacto con ellos, y llenarnos de la gracia de la salvación (Const. Liturgia, 102). ¡Es lo que se llama el “hoy” de la Liturgia!

Y esto es muy importante  ¡Cambia por completo el sentido de la celebración! El Papa S. León Magno (S. V), en una homilía de Navidad, decía: “Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos…” (Hom. Nav. I). Y en la Misa de Medianoche, por poner sólo otro ejemplo, proclamamos en el salmo responsorial: “Hoy nos ha nacido un Salvador: El Mesías, el Señor”.

Y lo tomamos tan en serio, que nos felicitarnos unos a otros por la “suerte” que hemos tenido, al haber encontrado a Jesucristo en nuestro camino, al haber sido acogidos en la Iglesia, que es Madre y Maestra, y al poder celebrar la llegada de la salvación.

¡Cuántas gracias debemos dar a Dios Padre, que nos concede, un año más, celebrar estas fiestas tan grandes y tan hermosas!

Éstas son fiestas de mucha alegría, como comentaba el Domingo 3º de Adviento. Alegría que, decía, radica en el corazón, y que es desbordante en manifestaciones externas, ya tradicionales. ¡Alegría que debe ser mucho mayor que si nos hubiera tocado la lotería!

Es tan importante y real todo esto, que la Navidad nos exige un cambio de vida, y debe marcar un antes y un después en la vida de cada cristiano. Es lo que nos dice San Pablo en la segunda lectura de la Misa de Medianoche: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a llevar ya, desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”.

Y nadie puede decir, por ningún motivo: “Se me estropeó la Navidad.” O también: “¿En estas circunstancias, cómo puedo celebrar la Navidad?” “¿Cómo vamos a felicitar la Navidad a un enfermo?, me decía alguien, en una ocasión.

La Navidad nos encuentra cada año en una situación distinta. Y desde ahí, desde ese “lugar concreto”, tenemos que salir al encuentro del Señor que llega, que quiere llegar a cada uno de nosotros, sin ninguna excepción. Y esto se realiza, especialmente, en la Eucaristía de la Navidad, en la que el Señor viene a cada uno, en la Comunión. Es lo más parecido al Portal de Belén y al mismo Cielo.

Ya San León Magno, en la homilía que antes comentaba, decía: “Nadie tiene que sentirse alejado de la participación de semejante gozo; a todos es común la razón para el júbilo”.

En resumen, como los pastores, “vayamos a Belén a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor”; y que, también, como ellos, podamos volver al encuentro de los hermanos “dando gloria y alabanza a Dios” por todo lo que hemos  visto y  oído”. (Cfr. Lc 2, 15-20).                                                                                   

¡FELIZ NAVIDAD!


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MISA DE MEDIANOCHE DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA             

        El profeta anuncia el gozo inmenso de la salvación, semejante al del labrador, que recoge una cosecha abundante y al del guerrero, que reparte un rico botín. La victoria sobre el enemigo es obra de un Niño Rey, dado por Dios a los hombres. Escuchemos.

 

SALMO

El salmo que vamos a proclamar como respuesta a la Palabra de Dios, expresa la alegría inmensa de la  llegada del Salvador en esta noche santa. Proclamemos ahora todos esa gran alegría, cantando: “Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.

 

SEGUNDA LECTURA

        El apóstol extrae del acontecimiento de la venida del Señor, unas consecuencias prácticas fundamentales para la vida de los cristianos. Parecen expresamente inspiradas para el hombre de hoy.  Escuchemos con atención.

 

TERCERA LECTURA

Con una gran solemnidad S. Lucas nos guía hasta un pesebre de las afueras de Belén, donde nace Jesús, el Señor de la historia y del mundo entero. Los pobres y los sencillos, los pastores, son los primeros en llegar. ¡El cielo se une con la tierra! ¡Dios está en medio de nosotros!

Cantemos el aleluya al Señor Jesús, nacido para nuestra salvación.

 

OFRENDAS

        Como los pastores fueron a Belén llevando sus dones, llevemos ahora nosotros al altar, con generosidad y alegría, nuestra ofrendas parala Eucaristía.

 

COMUNIÓN       

En la Comunión, recibimos al mismo Señor Jesucristo que se encarnó en la Virgen María, y nació en Belén para nuestra salvación. Después de haber recibido el sacramento dela Penitenciaen las celebraciones del Adviento, recibimos ahora la Comunión. Ésta es la mejor manera de celebrar la Navidad. Jesucristo viene a nosotros como vino un día a María, como nació un día en Belén. ¡Cada vez que un hombre recibe el Cuerpo del Señor es  Navidad!


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Jueves, 22 de diciembre de 2016

 Reflexión de Enrique Díaz Díaz. 22 diciembre 2016 (zenit)

Navidad, el Niño te espera

 

Isaías 52, 7-10: “La tierra entera verá la salvación que viene de nuestro Dios”.

Salmo 97: “Toda la tierra ha visto al Salvador”.
Hebreos 1, 1-6: “Dios nos ha hablado por medio de su Hijo”.
San Juan 1, 1-18: “Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

Contemplando un nacimiento Tsotsil, con sus borregas y sus vacas, con sus ángeles y sus pastores, con la gran imaginación de nuestros artesanos que engalanan a María y José con vistosos trajes tradicionales, con un niñito indígena de cara sonriente… llega hasta mí el mensaje comprometedor y profundo del Prólogo de San Juan. Se mezclan en mi mente los conceptos y las imágenes. Cada una de las palabras tiene un sonido especial que se refleja en la candidez de las figuras del nacimiento. ¿Cómo comunicar la grandeza de un amor que rebasa los límites del tiempo y del espacio? Los profetas lo anunciaron desde antiguo con bellas imágenes y con fuertes comparaciones, pero al final su anuncio queda en palabras frágiles que se pierden en el vacío de los corazones o en la indiferencia de las personas. ¿Cómo hacer entender la locura de un Dios enamorado de su pueblo hasta perdonarlo y olvidar una y otra vez sus infidelidades? Aparece entonces la sonrisa tierna y amorosa de ese Niño que es puro amor. La Palabra se ha hecho carne, carne concreta, carne real. Cristo se transforma en el rostro de la misericordia infinita del Padre. Descubrimos en el prólogo de San Juan el significado más profundo de la Navidad de Jesús. Él es la Palabra de Dios que se hizo hombre. Así es “Dios con nosotros”, Dios que nos ama, que camina con nosotros. Este es el mensaje de Navidad: La Palabra se hizo carne.

¿Cómo no experimentar al amor concreto en unos ojos que nos miran con dulzura a pesar de nuestros pecados? ¿Cómo resistir al encanto del amor cuando se percibe el calor de unas manitas que nos acarician y de unos brazos que nos envuelven con su ternura? La Palabra se ha hecho carne concreta que nos salva, que nos sana, que nos acaricia. La Palabra no es efímera, sino concreta, en un cuerpecito que nos grita por todos sus poros, por todos sus miembros, el amor inconcebible de un Dios misericordioso. Contemplemos a este Niño, dejémonos invadir de su ternura, experimentemos la riqueza de su misericordia.

Las casitas típicas del nacimiento me traen las palabras de San Juan al continuar su prólogo: “habitó entre nosotros”. Son las paradojas del amor: el hijo de Dios entró en este mundo como un hijo que no tiene casa; el que ha puesto su ‘tienda’, su morada entre los hombres, aparece errante y peregrino buscando una cuna donde recostarse. Quizás no quiso tener casa para buscar alberge en todos los corazones, quizás su santuario más precioso sea el interior de los pobres y humildes. Por eso el Evangelista escribe: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. ¡En estas palabras, que nunca dejan de sorprendernos, está todo el cristianismo! ¡Dios se hizo mortal, frágil como nosotros, compartió nuestra condición humana, excepto el pecado, – pero tomó sobre sí los nuestros como si fueran propios – ha entrado en nuestra historia, se volvió plenamente “Dios con nosotros”! El nacimiento de Jesús nos muestra que Dios ha querido unirse a todos los hombres y mujeres, a cada uno de nosotros, para comunicarnos su vida y su alegría.

La Navidad revela el inmenso amor de Dios por la humanidad. De ahí deriva también el entusiasmo, la esperanza de nosotros los cristianos, que en nuestra pobreza sabemos que somos amados, visitados, acompañados por Dios; y miramos al mundo y la historia como el lugar donde caminar con Él, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva. Con el nacimiento de Jesús, nace una promesa nueva, nace un mundo nuevo, y también un mundo que siempre puede ser renovado. Dios está siempre presente para suscitar hombres nuevos, para purificar el mundo del pecado que lo envejece, del pecado que lo corrompe. Aunque la historia humana y la de cada uno de nosotros esta marcada por las dificultades y debilidades, la fe en la Encarnación nos dice que Dios es solidario con el hombre y su historia.

Mientras contemplo una estrella del peculiar nacimiento, Juan continúa recordándome: “Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. La luz todo lo penetra, la luz todo lo ilumina, la luz llega hasta lo más profundo. ¡Esta cercanía de Dios al hombre, a cada uno de nosotros es un don que nunca tiene ocaso! ¡Él está con nosotros! Y esta proximidad nunca tiene ocaso. Aquí está la buena noticia de la Navidad: la luz divina que llenó los corazones de la Virgen María y de San José, y guió los pasos de los pastores y los magos, brilla para nosotros hoy. Los pueblos que vivían en la tiniebla han visto una gran luz. ¡Qué regalo sería para nuestro pueblos que se iluminaran con la luz del Recién Nacido!

Este nacimiento tan especial, también ha escenificado a Herodes y su comitiva, aunque un poco separados. Quizás teniendo muy en cuenta lo que dice San Juan: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Tanta gracia, tanto don, tanta luz, está supeditada a la libertad de cada uno de nosotros. La Palabra de Dios pone su tienda entre nosotros, pecadores y necesitados de misericordia. ¡Pero nosotros podemos rechazarla! Todos nosotros deberíamos apresurarnos para recibir la gracia que nos ofrece. Sin embargo, igual que Herodes, nosotros somos capaces de rechazar la salvación y preferimos permanecer en la cerrazón de nuestros errores y en la angustia de nuestros pecados.

Hoy nuevamente es Navidad, y no como un recuerdo que queda en el pasado, sino como una realidad que se renueva cada día y cada momento. Jesús no se da por vencido y nunca deja de ofrecerse a sí mismo y de ofrecer su gracia que nos salva. Jesús es paciente. Jesús sabe esperar. Nos espera siempre. En el pesebre de Belén, ese más concreto de miseria y de maldad, ese más cercano a nosotros, ese que está junto a nuestro corazón, Jesús vuelve a nacer, renueva su deseo de nuestro amor y de nuestra respuesta. Hoy es Navidad, hoy se hace carne para ti y para mí, hoy pone su tienda en nuestro corazón, hoy se hace luz que te ilumina y te da vida.

Jesús, sonríe paciente, con la sonrisa de niño, recostado en el pesebre esperando la respuesta de nuestro amor. Navidad es un mensaje de esperanza, un mensaje de salvación, antiguo y siempre nuevo. Y nosotros estamos llamados a testimoniar con alegría este mensaje del Evangelio de la vida y de la luz, de la esperanza y del amor. ¡Porque el mensaje de Jesús es éste: vida, luz, esperanza, amor!

Padre Bueno, concédenos que, al vernos envueltos en la luz nueva de tu Palabra hecha carne, resplandezca en nuestras obras lo que por la fe brilla en nuestro interior. Amén.


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Mi?rcoles, 21 de diciembre de 2016

Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel.  21 diciembre 2016 (zenit)

A pesar de todo hay esperanza

 

VER

En los medios informativos, se resaltan mucho asesinatos, asaltos, secuestros, accidentes, guerras, la corrupción, las confrontaciones, los errores de las autoridades, la pederastia, los desastres naturales y, en fin, lo negativo del mundo. Son pocas las ocasiones en que se resaltan los hechos positivos y alentadores.

En nuestros frecuentes análisis de la realidad, superabunda lo que juzgamos como injusticia y pecado. Pareciera que nada está bien, que vamos de mal en peor, que no se vislumbra una salida satisfactoria, que todos los demás, menos nosotros, son corruptos y perversos. Hay una sensación de pesimismo e impotencia. En las campañas electorales, todo está mal y se descalifica a todos los demás.

Para alentarnos ante esta situación, durante la anual convivencia navideña que tenemos con religiosas, sacerdotes y otros agentes de pastoral, nos propusimos el objetivo de: Fortalecer nuestra esperanza, para consolar al pueblo. Para ello, compartimos, en las siete zonas pastorales en que está organizada nuestra diócesis, dos preguntas que intencionadamente pedían sólo datos favorables: ¿Qué signos positivos de esperanza, de Reino de Dios, hay en nuestra parroquia o misión? ¿Qué signos positivos de familia y de misericordia hay en nuestra diócesis? Comparto algunas de las respuestas:

Una actitud de búsqueda, de crecer en comunión; la pastoral de la tierra; las mujeres que inciden en todas las áreas y servicios; fuertes deseos de más formación. La Palabra de Dios que nos ayuda a ver la realidad. Hay signos de solidaridad; hay vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Los grupos juveniles van tomando más conciencia de su fe y de su compromiso a partir de su realidad. La valoración y hermandad con el indígena. Hay deseo de formar una gran familia diocesana. La devoción guadalupana. La participación de todo el pueblo, no solo de los sacerdotes y consagrados. Las peregrinaciones que denuncian los males que sufre nuestro pueblo. La promoción de las casas para migrantes. La ordenación de nuevos diáconos y su testimonio de vida. La pastoral penitenciaria.

La participación de los laicos, sus aportes. El aumento de catequistas, sobre todo jóvenes. La práctica de las obras de misericordia en la catequesis. El aumento de fieles en los actos litúrgicos. El uso correcto de los medios de comunicación. Hay más sacerdotes y seminaristas indígenas. El movimiento ecuménico en la diócesis. La unidad entre las congregaciones religiosas. El papel de la Iglesia en la sociedad. La generosidad de los fieles ante desastres naturales. Hay el deseo de confiarnos, querernos, buscarnos. Hay signos de hermandad y solidaridad que no se ven, ayuda sin ningún interés. Se buscan maneras de acompañar los movimientos eclesiales. Vamos corrigiendo y quitando actitudes excluyentes. Hay dinámica de reconciliación, de diálogo.

Buscamos acompañar el dolor de la gente. La búsqueda de la justicia y la paz: un pueblo que ora y lucha. Hay mucho compromiso en los laicos y el aumento de vocaciones autóctonas. Comunidades que, a pesar de su pobreza, cuando les visitan, dan de comer a todos. La solidaridad con otras diócesis, cuando están pasando por una situación difícil. Participación de las y los jóvenes, niñas y niños, en los procesos de pastoral. La aceptación de los carismas y la valoración de la diversidad de aportes. El hacer equipo religiosos y diocesanos. La solidaridad hacia el seminario, la identidad propia que va adquiriendo.

PENSAR

El Papa Francisco nos ha dicho: “La esperanza cristiana es muy importante, porque no decepciona. El optimismo decepciona; la esperanza no. La necesitamos mucho, en estos tiempos que aparecen oscuros, en el que a veces nos sentimos perdidos delante del mal y la violencia que nos rodean, delante del dolor de muchos hermanos nuestros. Es necesaria la esperanza. Nos sentimos perdidos y también un poco desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no termine nunca. Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros. Yo espero, porque Dios está junto a mí, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos, el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida” (7-XII-2016).

ACTUAR

Para transformar la realidad y generar esperanza, acerquémonos a Jesús niño en el pesebre, que nos contagie de su luz y de su vida, para ser constructores de un mundo nuevo.


Publicado por verdenaranja @ 21:04  | Hablan los obispos
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Texto de la catequesis del Papa. 21 Dciembre 2016. (AICA)


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos iniciado hace poco un camino de catequesis sobre el tema de la esperanza, muy apropiado para el tiempo del Adviento. El profeta Isaías ha sido quien nos ha guiado hasta ahora.

Hoy, a pocos días de la Navidad, quisiera reflexionar de modo más específico sobre el momento en el cual, por así decir, la esperanza ha entrado en el mundo, con la encarnación del Hijo de Dios. El mismo profeta Isaías había preanunciado el nacimiento del Mesías en algunos pasajes: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel» (7,14); y también – en otro pasaje – «Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces» (11,1).

En estos pasajes se entre ve el sentido de la Navidad: Dios cumple la promesa haciéndose hombre; no abandona a su pueblo, se acerca hasta despojarse de su divinidad. De este modo Dios demuestra su fidelidad e inaugura un Reino nuevo, que dona una nueva esperanza a la humanidad. Y ¿cuál es esta esperanza? La vida eterna.

Cuando se habla de la esperanza, muchas veces se refiere a lo que no está en el poder del hombre y que no es visible. De hecho, lo que esperamos va más allá de nuestras fuerzas y nuestra mirada. Pero el Nacimiento de Cristo, inaugurando la redención, nos habla de una esperanza distinta, una esperanza segura, visible y comprensible, porque está fundada en Dios.

Él entra en el mundo y nos dona la fuerza para caminar con Él –Dios camina con nosotros en Jesús–, caminar con Él hacia la plenitud de la vida; nos da la fuerza para estar de una manera nueva en el presente, a pesar de ser difícil.

Entonces, esperar para el cristiano significa la certeza de estar en camino con Cristo hacia el Padre que nos espera. La esperanza jamás está detenida, la esperanza siempre está en camino y nos hace caminar. Esta esperanza, que el Niño de Belén nos dona, ofrece una meta, un destino bueno en el presente, la salvación para la humanidad, la bienaventuranza para quien se encomienda a Dios misericordioso.

San Pablo resume todo esto con la expresión: «Solamente en esperanza hemos sido salvados» (Rom 8,24). Es decir, caminando de este modo, con esperanza, somos salvados. Y aquí podemos hacernos una pregunta, cada uno de nosotros: ¿yo camino con esperanza o mi vida interior está detenida, cerrada? ¿Mi corazón es un cajón cerrado o es un cajón abierto a la esperanza que me hace caminar? No solo sino con Jesús. Una buena pregunta para hacernos.

El pesebre
En las casas de los cristianos, durante el tiempo de Adviento, se prepara el pesebre, según la tradición que se remonta a San Francisco de Asís. En su simplicidad, el pesebre transmite esperanza; cada uno de los personajes está inmerso en esta atmósfera de esperanza.

Antes que nada notamos el lugar en el cual nace Jesús: Belén. Un pequeño pueblo de Judea donde mil años antes había nacido David, el pastor elegido por Dios como rey de Israel.

Belén no es una capital, y por esto es preferida por la providencia divina, que ama actuar a través de los pequeños y los humildes. En aquel lugar nace el “hijo de David” tan esperado, Jesús, en el cual la esperanza de Dios y la esperanza del hombre se encuentran.

Luego, miramos a María, Madre de la esperanza. Con su “si” abrió a Dios la puerta de nuestro mundo: su corazón de joven estaba lleno de esperanza, completamente animada por la fe; y así Dios la ha elegido y ella ha creído en su palabra.

Aquella que durante nueve meses ha sido el arca de la nueva y eterna Alianza, en la gruta contempla al Niño y ve en Él el amor de Dios, que viene a salvar a su pueblo y a la entera humanidad.

Junto a María estaba José, descendiente de Jesé y de David; también él ha creído en las palabras del ángel, y mirando a Jesús en el pesebre, piensa que aquel Niño viene del Espíritu Santo, y que Dios mismo le ha ordenado llamarle así, “Jesús”.

En este nombre está la esperanza para todo hombre, porque mediante este hijo de mujer, Dios salvará a la humanidad de la muerte y del pecado. Por esto es importante mirar el pesebre: detenerse un poco y mirar y ver cuanta esperanza hay en esta gente.

Y también en el pesebre están los pastores, que representan a los humildes y a los pobres que esperaban al Mesías, el «consuelo de Israel» (Lc 2,25) y la «redención de Jerusalén» (Lc 2,38).

En aquel Niño ven la realización de las promesas y esperan que la salvación de Dios llegue finalmente para cada uno de ellos. Quien confía en sus propias seguridades, sobre todo materiales, no espera la salvación de Dios. Pero fijemos esto en la cabeza: nuestras propias seguridades no nos salvaran. Las propias seguridades no nos salvaran, solamente la seguridad que nos salva es aquella de la esperanza en Dios, aquella que nos salva, aquella fuerte.

Y aquella que nos hace caminar en la vida con alegría, con ganas de hacer el bien, con las ganas de ser felices para toda la eternidad. Los pequeños, los pastores, en cambio confían en Dios, esperan en Él y se alegran cuando reconocen en este Niño el signo indicado por los ángeles (Cfr. Lc 2,12).

Y justamente ahí está el coro de los ángeles que anuncia desde lo alto el gran designio que aquel Niño realiza: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él» (Lc 2,14). La esperanza cristiana se expresa en la alabanza y en el agradecimiento a Dios, que ha inaugurado su Reino de amor, de justicia y de paz.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, contemplando el pesebre, nos preparamos para el Nacimiento del Señor. Será verdaderamente una fiesta si acogemos a Jesús, semilla de esperanza que Dios siembra en los surcos de nuestra historia personal y comunitaria. Cada “si” a Jesús que viene es un germen de esperanza.

Tengamos confianza en este germen de esperanza, en este sí: “Si Jesús, tú puedes salvarme, tú puedes salvarme”. ¡Feliz Navidad de esperanza para todos! (Trad.Radio Vaticana)+ 


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Martes, 20 de diciembre de 2016

Comentario a la liturgia – Misa de Nochebuena por el P. Antonio Rivero. 20 diciembre 2016  (ZENIT – México)

 Ciclo A

Textos: Isaías 9, 1-3.5-6; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14.

Idea principal: Hoy, Nochebuena, nace Cristo para nosotros y nos invita a festejarla con nosotros.

Resumen del mensaje: “Hoy” nos ha nacido el Salvador. Este “hoy” quiere significar que lo que celebramos en la Navidad no es un simple aniversario, sino un “sacramento’, o sea una actualización sacramental del hecho salvífico del nacimiento humano del Hijo de Dios.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la Navidad es la condensación del “ayer” de Belén y del “mañana” de la última venida del Señor en el “hoy” de la celebración de este año, que es un acontecimiento siempre nuevo, no sólo un recuerdo folclórico de hechos pasados. “Hoy”, después del duro y cruel destierro, estamos viendo una Luz grande que nos brilla y nos salva. “Hoy” hay gozo y alegría por esta victoria y liberación. “Hoy” de la estirpe de David-Rey nos ha nacido un Niño, que es el Libertador, el Dios Fuerte, Príncipe de la paz . “Hoy” ese Niño instaura su Reino y nos trae su gracia divina, el derecho, la justicia (primera lectura).

En segundo lugar, este Dios que en Cristo nos trae “hoy” la salvación, lo hizo a través de su entrega. Así nos rescató de toda iniquidad y nos purificó. Esto nos exige “hoy” llevar una vida digna, sobria, justa y piadosa; renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos (segunda lectura). Sólo así podemos festejar su fiesta con Él.

Finalmente, “hoy” María sigue buscando un lugar, un corazón, donde poner su Hijo Jesús. “Hoy” José nos pide una ayuda para limpiar y adecentar nuestro pesebre interior. “Hoy” María nos ofrece a su Hijo para nuestra adoración y admiración. “Hoy” cada uno de nosotros podemos envolverle con los pañales de nuestro amor y cariño. “Hoy” podemos cantarle como hicieron los ángeles en esa bendita noche con las voces de nuestra fe y humildad. “Hoy” deberíamos ir corriendo a la gruta, como los pastores, para ofrecerle lo mejor que tenemos y somos: “nuestro requesón, manteca y vino” como dice el villancico.

Para reflexionar: ¿Tengo el corazón abierto y limpio para hospedar a este Niño Jesús que viene humilde para traerme la salvación “hoy”? ¿Hay algo “hoy” que me impide abrirle la puerta de mi posada? ¿Qué es? ¿Tendrá que pasar de largo María porque encontró todo cerrado en mí?

Para rezar: Ten mi corazón, Jesús. Quiero que nazcas en él y me llenes de todas tus gracias, para que pueda hoy repartirlas entre mis hermanos. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 22:07  | Espiritualidad
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Lunes, 19 de diciembre de 2016

El Papa en el ángelus invita a prepararnos a la verdadera Navidad, la de Jesús. 18 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

“¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!”. La liturgia de la cuarta y último domingo de Adviento se caracteriza por el tema de la cercanía de Dios a la humanidad. El pasaje del evangelio (cfr Mt 1,18-24) nos muestra a dos personas que más que todas las otras fueron involucradas en este misterio de amor: la Virgen María y su esposo san José.

María es presentada a la luz de la profecía que dice: “”La Virgen concebirá y dará a luz un hijo”. El evangelista Mateo reconoce que esto sucedió en María, quien concibió a Jesús por obra del Espírtu Santo, sin necesidad de José. El Hijo de Dios “viene” a sus entrañas para volverse hombre y Ella lo acoge.

Así, de manera única, Dios se ha acercado al ser humano tomando la carne de una mujer. También para nosotros, de manera diversa, Dios se acerca con su gracia para entrar en nuestra vida y ofrecernos como un don a su Hijo.

¿Y nosotros qué hacemos? Lo recibimos o lo rechazamos? Como María, que ofreciéndose libremente al Señor de la historia le ha permitido cambiar el destino de la humanidad, así también nosotros recibamos a Jesús y busquemos de seguirlo cada día, para cooperar con su designio de salvación sobre nosotros mismos y sobre el mundo.

çMaría aparece por lo tanto como modelo al que es necesario mirar y un apoyo sobre el cual contar en nuestra búsqueda de Dios y en nuestro empeño para construir la civilización del amor.

El otro protagonista del evangelio de hoy es san José. El evangelista pone en evidencia como José por si mismo no puede explicarse lo sucedido que ve verificar bajo sus ojos, o sea que María estaba embarazada.

Justamente entonces, Dios le es cercano con su mensajero y él es iluminado sobre la naturaleza de aquella maternidad: “El Niño engendrado en ella proviene del Espíritu Santo”. Así delante del hecho extraordinario, que seguramente suscita muchos interrogantes, se confía totalmente en Dios y siguiendo su invitación no rechaza a la prometida esposa, sino que la toma consigo.

Recibiendo a María, José acoge sin saberlo y con amor a Aquel que en ella ha sido concebido por obra admirable de Dios, para quien nada es imposible. José, hombre humilde y justo nos enseña a confiar siempre en Dios, a dejarnos guiar por Él con voluntaria obediencia.

Estas dos figuras, María y José, que recibieron primeros a Jesús mediante la fe, nos introduzcan en el misterio de la Navidad. María nos ayuda a ponernos en una actitud de disponibilidad para recibir al Hijo de Dios en nuestra vida concreta, en nuestra carne. José nos incita a buscar siempre la voluntad de Dios y a seguirla con plena confianza

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros»”. Este anuncio de esperanza que se cumple en Navidad lleve a su cumplimiento la espera de Dios también en cada uno de nosotros, en toda la Iglesia y en tantos pequeños que el mundo desprecia, pero que Dios ama”.

El Papa reza el ángelus y después dice:

“Queridos hermanos y hermanas, saludo a todos los fieles, romanos y peregrinos que han venido desde diversos países, a las familias, a los grupos parroquiales, a las asociaciones. En particular saludo al nutrido grupo de Unitalsi de Roma, que ha dado vida a un pesebre viviente que incluye a personas con discapacidad, así como a los estudiantes del Instituto Calabrés de Política Internacional.

Les deseo a todos un buen domingo. ¡El tiempo está lindo!

El próximo domingo es Navidad. En esta semana tratemos de encontrar algún momento para detenerlos, hacer un poco de silencio, e imaginar a la Virgen y a san José que están yendo hacia Belén: el camino, el cansancio, pero también la gloria, la conmoción, como el ansia por poder encontrar un lugar, la preocupación…, etc.

En esto nos ayuda mucho el pesebre. Busquemos entrar en la verdadera Navidad, la de Jesús, para recibir la gracia de esta fiesta, que es una gracia de amor, de humildad y de ternura. Y en estos momentos acuérdense de rezar también por mi”. Y concluyó con la frase “¡Buon pranzo e arrivederci!”.


Publicado por verdenaranja @ 23:27  | Habla el Papa
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Texto completo de la tercera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa. 16 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Tercera predicación de Adviento 2016
LA SOBRIA EBRIEDAD DEL ESPÍRITU

1. Dos tipos de ebriedad

El lunes después de Pentecostés de 1975, en ocasión de la clausura del Primer Congreso mundial de la Renovación Carismática Católica, el beato Pablo VI dirigió a los diez mil participantes reunidos en la basílica de San Pedro un discurso en el que la definió como “una oportunidad para la Iglesia”.

Una vez concluida la lectura del discurso oficial el Papa añadió, improvisando, las siguientes palabras:

“En el himno que leemos esta mañana en el breviario y que se remonta a san Ambrosio, en el IV siglo, se encuentra esta frase difícil de traducir aunque sea muy simple: Laeti, que significa con alegría; bibamus, que significa bebamos; sobriam, que significa bien definida y moderada; profusionem Spiritus, o sea la abundancia del Espíritu. ‘Laeti bibamus sobriam profusionem Spiritus’. Podría ser el lema de vuestro movimiento: un programa y un reconocimiento del movimiento mismo”.

La cosa importante que debemos notar enseguida es que aquellas palabras del himno no fueron escritas en el origen para la Renovación carismática. Ellos siempre fueron parte de la liturgia de las horas de la Iglesia universal; son por lo tanto una exhortación dirigida a todos los cristianos y como tal quiero nuevamente proponerla, en estas meditaciones dedicadas a la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia.

En verdad en el texto original de san Ambrosio, en el lugar de “profusionem Spiritus”, la abundancia del Espíritu, está “ebrietatem Spiritus”, o sea la ebriedad del Espíritu1.

La tradición sucesiva había considerado a esta última expresión demasiado audaz y la había sustituido con una más blanda y aceptable. Entretanto de esta manera se había perdido el sentido de una metáfora antigua como el mismo cristianismo. Justamente por lo tanto, en la traducción italiana del breviario se ha recuperado el sentido original de la frase ambrosiana. Una estrofa del himno de Laudes, de la cuarta semana del salterio, en idioma italiano de hecho dice:

Sea Cristo nuestro alimento,
sea Cristo el agua viva:
en Él probamos sobrios
la ebriedad del Espíritu.

Lo que empujó a los Padres a retomar el tema de la “sobria ebriedad”, ya desarrollado por Filone Alessandrino2, fue el texto en el cual el Apóstol exhorta a los cristianos de Éfeso diciendo:

“No se emborrachen de vino, el cual produce desenfreno, sino sean colmados por el Espíritu, entreteniéndose juntos con salmos, himnos, cantos espirituales, cantando y alabando al Señor con todo vuestro corazón” (Ef 5,18-19).

A partir de Orígenes son incontables los textos de los Padres que ilustran este tema, jugando a veces sobre la analogía, otras sobre la contradicción entre la ebriedad material y la ebriedad espiritual. La analogía consiste en el hecho que ambas ebriedades infunden alegría, hacen olvidar los esfuerzos y hacen salir de uno mismo.

La contraposición consiste en el hecho de que mientras la ebriedad material (alcohol, droga, sexo, éxito) vuelve vacilantes e inseguros, la espiritual nos vuelve estables en el bien; la primera hace salir de sí mismos para vivir por debajo del propio nivel racional, la segunda hace salir de sí mismos para vivir por encima de la propia razón. Para ambas se usa la palabra “éxtasis” (¡nombre dado recientemente a una droga tremenda!), pero uno es un éxtasis hacia el bajo y lo otro un éxtasis hacia lo alto.

Aquellos que en Pentecostés confundieron a los apóstoles por ebrios tenían razón, escribe san Cirilo de Jerusalén; se equivocaban solamente en atribuir la ebriedad al vino ordinario, cuando en cambio se trataba del “vino nuevo”, elaborado de la “viña verdadera” que es Cristo; los apóstoles estaban sí ebrios, pero de aquella sobria ebriedad que da la muerte al pecado y da vida al corazón 3.

Tomando inspiración en el episodio del agua que fluye de la roca en el desierto (Es 17, 1-7), y del comentario que hace san Pablo en la Carta a los Corintios (“Todos bebieron de la misma bebida espiritual… Todos hemos bebido de un solo Espíritu). (1 Cor 10,4; 12,13), el mismo san Ambrosio escribía:

“El Señor Jesús hace surgir agua de la roca y todos bebieron de ella. Los que la bebieron en la figura quedaron saciados; aquellos que la bebieron en la verdad quedaron incluso ebrios. Buena es la ebriedad que infunde alegría. Buena es la ebriedad que afirma los pasos de la mente sobria… Bebe a Cristo que es la vid; bebe a Cristo que es la roca de la cual brota el agua; bebe a Cristo para beber su sus palabras… La Escritura divina se bebe, la Escritura divina se devora cuando lo central de la palabra eterna baja en las venas de la mente y en las energías del alma”. 4

2. De la ebriedad a la sobriedad

¿Qué nos dice hoy a nosotros este sugestivo oxímoron de la sobria ebriedad del Espíritu? Una primera enseñanza es esta. Existen dos modos diversos de actuar para el cristiano, un modo humano y otro modo divino, un modo natural y un modo sobrenatural. Un modo en el cual el protagonista es el hombre con su racionalidad, también si iluminada por la fe, y un modo en el cual el protagonista, el “agente principal” es el Espíritu Santo.

Este segundo modo es el que san Pablo llama “dejarse conducir por el Espíritu” (cfr. Gal 5,18), o actuar “en el Espíritu”. Aunque los efectos sean diversos de acuerdo a si se actúa únicamente “en sabiduría”, o sea siguiendo la prudencia, el buen sentido, la experiencia, la organización, la diplomacia, o si a todo esto se añade “la manifestación del Espíritu y su potencia”(cfr. 1 Cor 2,4).

¿Cómo hacer para retomar este ideal se la sobria ebriedad y encarnarlo en la actual situación histórica y eclesiástica? ¿Dónde está escrito que un modo así “fuerte” de sentir al Espíritu era una exclusividad de los Padres y de los tiempos de la Iglesia, pero que no lo es más para nosotros? El don de Cristo no se limita a una época particular, pero se ofrece en cada época.

Hay bastante para todos en el tesoro de su redención. Es justamente el rol del Espíritu el que vuelve universal la redención de Cristo, disponible para cada persona, en cada punto del tiempo y del espacio. En el pasado el orden que se inculcaba era, generalmente, el que va de la sobriedad a la ebriedad. En otras palabras, el camino para obtener la ebriedad espiritual o el fervor, se pensaba, es la sobriedad, o sea la abstinencia de las cosas de la carne, el ayunar del mundo y de sí mismo, en una palabra la mortificación. En este sentido el concepto de sobriedad ha sido profundizado en particular por la espiritualidad monástica ortodoxa, relacionada a la llamada ‘oración de Jesús’. En esa la sobriedad indica “un método espiritual” hecho de “vigilante atención” para librarse de los pensamientos pasionales y de las palabras malas, substrayendo a la mente cualquier satisfacción carnal y dejándole, como única actividad la compunción por el pecado y la oración.5

Con nombres distintos (desvestirse, purificación, mortificación, es la misma doctrina ascética que se encuentra en los santos y en los maestros latinos. San Juan de la Cruz habla de un “despojarse y desnudarse por el Señor de todo lo que no es del Señor”6.

Estamos en los períodos de la vida espiritual llamados purgativo e iluminativo. En estos el alma se libera con fatiga de sus hábitos naturales, para prepararse a la unión con Dios y a sus comunicaciones de gracia. Estas cosas caracterizan el tercer nivel, la “vida unitiva” que los autores griegos llaman “divinización”.

Nosotros somos herederos de una espiritualidad que concebía el camino de perfección de acuerdo a esta sucesión: antes es necesario vivir largo tiempo en el nivel purgativo, antes de acceder a aquel unitivo; es necesario ejercitarse largamente en la sobriedad, antes de sentir la ebriedad. Cada fervor que se manifestara antes de aquel momento había que considerarlo sospechoso. La ebriedad espiritual, con todo lo que eso significa, está colocada por lo tanto al final, reservado a los “perfectos”. Los otros, “los proficientes”, tienen que ocuparse sobre todo de la mortificación, sin pretender, porque están lejos aún con los propios defectos, de tener una experiencia fuerte y directa de Dios y de su Espíritu.

Hay una gran sabiduría y experiencia en la base de todo esto, y pobre de aquel que considere estas cosas como superadas. Es necesario entretanto decir que un esquema así rígido indica también un lento y progresivo desplazamiento del acento de la gracia al esfuerzo del hombre, de la fe a las obras, hasta resentir a veces de pelagianismo. De acuerdo al Nuevo Testamento, hay una circularidad y una simultaneidad entre las dos cosas: la sobriedad es necesaria para llegar a la ebriedad del Espíritu, y la ebriedad del Espíritu es necesaria para llegar a practicar la sobriedad.

Una ascesis tomada sin un fuerte empuje del Espíritu sería esfuerzo muerto y no produciría otra cosa que “vanidad de la carne”. Para san Pablo es “con la ayuda del Espíritu” que nosotros debemos “hacer morir las obras de la carne”(cfr. Rm 8,13). El Espíritu nos ha sido dado para que estemos en grado de mortificarnos, antes aún que como premio para ser mortificados.

Una vida cristiana llena de esfuerzos acéticos y de mortificación, pero sin el toque vivificante del Espíritu, se asemejaría -decía un antiguo Padre- a una misa en la que se leyeran tantas lecturas, se cumplieran todos los ritos y se llevaran tantas ofrendas, pero en la cual no se realizara la consagración de las especies por parte del sacerdote. Todo quedaría aquello que era antes: pan y vino.

“Así –concluía aquel Padre– sucede también con el cristiano. Aunque él haya cumplido perfectamente el ayuno y la vigilia, la salmodia y toda la ascesis y cada virtud, pero no se ha cumplido por la gracia, en el altar de su corazón la mística operación del Espíritu Santo, todo este proceso ascético está inconcluso y es casi vano, porque él no tiene la exultación del Espíritu místicamente operante en el corazón”. 7

Esta segunda vía –que va de la ebriedad a la sobriedad– fue la que Jesús le hizo seguir a sus apóstoles. Y si bien tuvieron como maestro y director espiritual al mismo Jesús, antes de Pentecostés ellos no fueron capaces de poner en práctica casi ninguno de los preceptos evangélicos. Pero cuando en Pentecostés fueron bautizados con el Espíritu Santo, entonces se los ve transformados, con la capacidad de soportar por Cristo molestias de todo tipo y hasta el mismo martirio. El Espíritu Santo fue la causa de su fervor, más que el efecto de ese.

Hay otro motivo que nos lleva a redescubrir este camino que va de la ebriedad a la sobriedad. La vida cristiana no es solamente una cuestión de crecimiento personal en la santidad; es también ministerio, servicio, anuncio, y para cumplir estas tareas tenemos necesidad de la “potencia que viene desde lo alto”, de los carismas; en una palabra, de una experiencia fuerte, pentecostal, del Espíritu Santo.

Nosotros tenemos necesidad de la sobria ebriedad del Espíritu, más aún de lo que tuvieron los Padres. El mundo se ha vuelto refractario al Evangelio, tan seguro de sí que solo el “vino fuerte” del Espíritu puede prevalecer a su incredulidad y quitarlo fuera de su sobriedad toda humana y racionalista que se hace pasar por “objetividad científica”.

Solamente las armas espirituales, dice el Apóstol, “tienen de Dios la potencia para abatir las fortalezas, destruyendo los raciocinios y toda arrogancia que se levanta contra el conocimiento de Dios, y sometiendo cada intelecto a la obediencia de Cristo. (2Cor 10, 4-5).

3. El bautismo en el Espíritu

¿Cuáles son los “lugares en donde el Espíritu actúa hoy de este modo pentecostal?

Escuchemos nuevamente la voz de san Ambrosio que fue el cantor por excelencia entre los Padres latinos, de la sobria ebriedad del Espíritu. Después de haber recordado los dos “lugares” clásicos en donde encontrar el Espíritu -la Eucaristía y las Escrituras-, él indica una tercera posibilidad. Dice:

“Hay también otra ebriedad que se realiza a través de aquella penetrante lluvia del Espíritu Santo. Fue así que en los Actos de los Apóstoles, aquellos que hablaban en idiomas diversos aparecían a los oyentes como si estuvieran llenos de vino”. 8

Después de haber recordado los medios “ordinarios” san Ambrosio, con estas palabras indica un medio diverso, “extraordinario”, en el sentido de que no ha sido fijado antes y no es algo instituido. Consiste en revivir la experiencia que los apóstoles hicieron en día de Pentecostés. Ambrosio no entendía seguramente señalar esta tercera posibilidad para decir al público que esta estaba excluida para ellos, siendo reservada solamente a los apóstoles y a la primera generación de los cristianos. Al contrario, él entendía animar a sus fieles a hacer como la primera generación de los cristianos. Él anima a sus fieles a hacer experiencia de aquella “lluvia penetrante del Espíritu” que se verificó en Pentecostés.

Queda por lo tanto abierta también para nosotros la posibilidad de contactar al Espíritu por esta vía nueva, personal, independiente, que depende únicamente de la soberana y libre iniciativa de Dios. No debemos caer en el error de los fariseos y de los escribas que a Jesús le decían: “Existen nada menos que seis días para trabajar, ¿por qué actuar fuera de ellos, de esta manera nueva e inusitada?”.

El teólogo Yves Congar en su informe al Congreso Internacional de Penumatología que se realizó en 1981 en el Vaticano, en ocasión del XVI centenario del Concilio Ecuménico de Constantinopla, hablando de los signos del despertar del Espíritu Santo en nuestra época dijo:

“¿Cómo no situar aquí la corriente carismática, mejor llamada Renovación en el Espíritu? Esto se ha difundido como fuego que corre sobre los pajares. Es algo muy diverso de una moda… Por un aspecto, sobre todo, esto se asemeja a un movimiento de despertar: por el carácter público y verificable de su acción que cambia la vida de las personas… Y como una juventud, una frescura y nuevas posibilidades en el seno de la vieja Iglesia, nuestra madre. Salvo excepciones muy raras, Renovación se coloca en la Iglesia y lejos de poner en discusión las instituciones clásicas, las reanima” 9.

Es verdad que esta como otras análogas realidades nuevas de la Iglesia de hoy, presenta a veces problemáticas, excesos, divisiones, pecados. Esto fue también para mi al inicio una piedra de escándalo. Pero esto sucede con todos los dones de Dios, apenas caen en las manos de los hombres. ¿A caso la autoridad ha sido siempre ejercitada en la Iglesia como la entiende el Evangelio, sin manchas humanas de autoritarismo o búsqueda de poder? Y a pesar de ello nadie sueña de querer eliminar este carisma de la vida de la Iglesia. No fueron exentos de desórdenes y defectos ni siquiera las primeras comunidades carismáticas cristianas, como la de Corinto. El Espíritu no vuelve ni a todos ni inmediatamente santos. Actúa en grado diverso y de acuerdo a la correspondencia que encuentra.

El instrumento principal con el cual la Renovación en el Espíritu “cambia la vida de las personas es el bautismo en el Espíritu. Hablo sobre ello sin ninguna intención de proselitismo, sino solamente porque pienso sea justo que se conozca en el corazón de la Iglesia una realidad que involucra a millones de católicos. Se trata de un rito que no tiene nada de esotérico, sino que es hecho más bien de gestos de gran simplicidad, calma y alegría, acompañados por actitudes de humildad, de arrepentimiento, de disponibilidad de volverse niños, que es la condición para entrar en el Reino.

Es una renovación y una actualización no solo del bautismo y de la confirmación, sino de toda la vida cristiana: para los casados, del sacramento del matrimonio, para los sacerdotes, de su ordenación, para los consagrados, de su profesión religiosa. El interesado se preparara, además que con una buena confesión, participando a encuentros de catequesis en los cuales viene puesto en un contacto vivo y alegre con las principales verdades y realidades de la fe: el amor de Dios, el pecado, la salvación, la vida nueva, la transformación en Cristo, los carismas, los frutos del Espíritu.

Una década después que llegó la Renovación carismática en la Iglesia católica, Karl Rahner escribía:

“No podemos refutar que el hombre pueda hacer aquí abajo experiencias de gracia, que le dan un sentido de liberación, le abren horizontes enteramente nuevos, se imprimen profundamente en él, lo transforman, plasmando también por largo tiempo su actitud cristiana más íntima. Nada prohibe llamar a tales experiencias bautismo del Espíritu”10.

¿Es justo esperarse que todos pasen por esta experiencia? ¿Es este el único modo posible para sentir la gracia de Pentecostés?

Si por bautismo en el Espíritu entendemos un cierto rito, en un determinado contexto, debemos responder no; no es el único modo para tener una experiencia fuerte en el Espíritu. Hubo y hay incontables cristianos que han hecho una experiencia análoga, sin saber nada del bautismo en el Espíritu, recibiendo una efusión espontánea del Espíritu, a continuación de un retiro, de un encuentro, de una lectura, de un toque de la gracia.

Es necesario decir entretanto que el “bautismo en el Espíritu” se ha revelado un medio simple y potente para renovar la vida de millones de creyentes en todas las Iglesias cristianas y sería necesario pensarlo bien antes de decir que no está hecho para nosotros, si el Señor nos pone en el corazón el deseo y nos ofrece la ocasión.

También un curso de ejercicios espirituales puede muy bien concluirse con una especial invocación del Espíritu Santo, si quien lo guía ha hecho experiencia y los participantes lo desean. He tenido una experiencia el año pasado. El obispo de una diócesis del sur de Londres convocó, por iniciativa suya, a un retiro carismático abierto también al clero de otras diócesis. Estaban presentes un centenar entre sacerdotes y diáconos permanentes y al final todos pidieron recibir y recibieron la efusión del Espíritu, con el apoyo de un grupo de laicos de Renovación que vinieron para la ocasión. Si los frutos del Espíritu son “amor, alegría y paz”, al final estos se podían tocar con las manos, entre los presentes.

No se trata de adherir a uns más bien que a otros movimientos actuales en la Iglesia. No se trata ni siquiera, propiamente hablando de un movimiento, sino de una “corriente de gracia” abierta a todos, destinada a perderse en la Iglesia como una descarga eléctrica que se dispersa en la masa, para después desaparecer una vez que se cumplió esta tarea.

Concluimos con las palabras del himno litúrgico recordado en el inicio:

Sea Cristo nuestro alimento,
sea Cristo el agua viva:
en él saboreamos sobrios
la ebriedad del Espíritu.

Notas:

1 S. Ambrosio, himno “Splendor paternae gloriae”, en Sancti Ambrosii, Opera, 22: Hymni, Inscriptiones, Fragmenta, Milano, Roma 1994, p. 38.
2 Filone Alejandrino, Legum allegoriae, I, 84 (ed. Claude Mondesert, Paris, u Cerf 1962, p. 88 (methē nefalios).
3 S. Cirillo de G., Cat. XVII, 18-19 (PG 33, 989).
4 S. Ambrosio, Comm. al Sal 1, 33.
5 Cfr. Esichio, Carta a Teodulo, in Filocalia, I, Torino 1982, p. 230ss).
6 S. Juan de la Cruz, La subida del monte Carmelo 5, 7; en Opere, Roma 1979, p. 82)
7 Macario Egipcio, in Filocalia, 3, Torino 1985, p. 325).
8 S. Ambrosio, Comm. al Sal 35, 19.
9 Y. Congar, Actualité de la Pneumatologie, in Credo in Spiritum Sanctum, Libreria Editrice Vaticana, 1983, I, p. 17ss.
10n K. Rahner, Erfahrung des Geistes. Meditation auf Pfingsten, Herder, Friburgo i. Br. 1977.


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Jueves, 15 de diciembre de 2016

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo cuarto de Adviento A 

EXPERIENCIA INTERIOR

 

El evangelista Mateo tiene un interés especial en decir a sus lectores que Jesús ha de ser llamado también «Emmanuel». Sabe muy bien que puede resultar chocante y extraño. ¿A quién se le puede llamar con un nombre que significa «Dios con nosotros»? Sin embargo, este nombre encierra el núcleo de la fe cristiana y es el centro de la celebración de la Navidad.

Ese misterio último que nos rodea por todas partes y que los creyentes llamamos «Dios» no es algo lejano y distante. Está con todos y cada uno de nosotros. ¿Cómo lo puedo saber? ¿Es posible creer de manera razonable que Dios está conmigo si yo no tengo alguna experiencia personal, por pequeña que sea?

De ordinario, a los cristianos no se nos ha enseñado a percibir la presencia del misterio de Dios en nuestro interior. Por eso muchos lo imaginan en algún lugar indefinido y abstracto del universo. Otros lo buscan adorando a Cristo presente en la eucaristía. Bastantes tratan de escucharlo en la Biblia. Para otros, el mejor camino es Jesús.

El misterio de Dios tiene, sin duda, sus caminos para hacerse presente en cada vida. Pero se puede decir que, en la cultura actual, si no lo experimentamos de alguna manera vivo dentro de nosotros, difícilmente lo hallaremos fuera. Por el contrario, si percibimos su presencia en nosotros podremos rastrear su presencia en nuestro entorno.

¿Es posible? El secreto consiste sobre todo en saber estar con los ojos cerrados y en silencio apacible, acogiendo con un corazón sencillo esa presencia misteriosa que nos está alentando y sosteniendo. No se trata de pensar en eso, sino de estar «acogiendo» la paz, la vida, el amor, el perdón… que nos llega desde lo más íntimo de nuestro ser.

Es normal que, al adentrarnos en nuestro propio misterio, nos encontremos con nuestros miedos y preocupaciones, nuestras heridas y tristezas, nuestra mediocridad y nuestro pecado. No hemos de inquietarnos, sino permanecer en el silencio. La presencia amistosa que está en el fondo más íntimo de nosotros nos irá apaciguando, liberando y sanando.

Karl Rahner, uno de los teólogos más importantes del siglo XX, afirma que, en medio de la sociedad secular de nuestros días, «esta experiencia del corazón es la única con la que se puede comprender el mensaje de fe de la Navidad: Dios se ha hecho hombre». El misterio último de la vida es un misterio de bondad, de perdón y salvación, que está con nosotros: dentro de todos y cada uno de nosotros. Si lo acogemos en silencio conoceremos la alegría de la Navidad.

 

José Antonio Pagola

4 Adviento – A (Mateo 1,18-24)


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Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 14 de diciembre de 2016 (ZENIT- Ciudad del Vaticano)

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos estamos acercando a la Navidad, y el profeta Isaías una vez más nos ayuda a abrirnos a la esperanza acogiendo la Buena Noticia de la venida de la salvación. El capítulo 52 de Isaías empieza con la invitación dirigida a Jerusalén para que se despierte, se sacuda el polvo y las cadenas y se ponga los vestidos más bonitos, porque el Señor ha venido a liberar a su pueblo (vv. 1-3). Y añade: «Por eso mi Pueblo conocerá mi Nombre en ese día, porque yo soy aquel que dice: «¡Aquí estoy!» (v. 6).

A este “aquí estoy” dicho por Dios, que resume toda su voluntad de salvación, responde el canto de alegría de Jerusalén, según la invitación del profeta. Es el final del exilio de Babilonia, es la posibilidad para Israel de encontrar a Dios y, en la fe, de encontrarse a sí mismo. El Señor se hace cercano, y el “pequeño resto”, que en exilio ha resistido en la fe, que ha atravesado la crisis y ha continuado creyendo y esperando también en medio de la oscuridad, ese “pequeño resto” podrá ver las maravillas de Dios.

A este punto el profeta introduce un canto de júbilo. «Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación, y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!». […] Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, él redime a Jerusalén! El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, verán la salvación de nuestro Dios» (Is 52,7.9-10).

Estas palabras de Isaías, sobre las que queremos detenernos, harán referencia al milagro de la paz, y lo hacen de una forma muy particular, poniendo la mirada no solo en el mensajero sino sobre los pies que corren veloces: «Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia...».

Parece el esposo del Cantar de los Cantares que corre hacia la amada: «Ahí viene, saltando por las montañas, brincando por las colinas.» (Ct 2,8). Así también el mensajero de paz corre, llevando el feliz anuncio de liberación, de salvación, y proclamando que Dios reina.

Dios no ha abandonado a su pueblo y no se ha dejado derrotar por el mal, porque Él es fiel, y su gracia es más grande que el pecado. Esto tenemos que aprenderlo ¿eh? ¡Porque somos cabezotas! Y no aprendemos esto. Pero os haré una pregunta: ¿quién es más grande, Dios o el pecado? ¿Quién? [Responden: “Dios”]. ¡Ah, no estáis convencidos eh! ¡No oigo bien! [Responden: “Dios”].  ¿Y quién vence al final? ¿Dios o el pecado? [Responden: “Dios”]. ¿Y Dios es capaz de vencer al pecado más grande? ¿También el pecado más vergonzoso? También el pecado que es terrible, el peor de los pecados, ¿es capaz de vencerlo? [Responden: “Sí”]. Y esta pregunta no es fácil, vemos si entre vosotros hay una teóloga o un teólogo para responder: ¿con qué arma vence Dios al pecado? [Responden: “El amor”]- ¡Oh, muy buenos! ¡Muchos teólogos! ¡Buenos!

Esto  – que Dios vence al pecado- quiere decir que “Dios reina”; son estas las palabras de la fe en un Señor cuyo poder se inclina sobre la humanidad para ofrecer misericordia y liberar al hombre de lo que desfigura en él la bella imagen de Dios. Y el cumplimiento de tanto amor será precisamente el Reino instaurado por Jesús, ese Reino de perdón y de paz que nosotros celebramos con la Navidad y que se realiza definitivamente en la Pascua.

Y la alegría más bonita de la Navidad es esa alegría interior de paz: el Señor ha cancelado mis pecados, el Señor me ha perdonado, el Señor ha tenido misericordia de mí, ha venido a salvarme. Esa es la alegría de la Navidad.

Son estos, hermanos y hermanas, los motivos de nuestra esperanza. Cuando parece que todo a terminado, cuando, frente a tantas realidades negativas, la fe se hace cansada y viene la tentación de decir que nada tiene sentido, aquí está sin embargo la buena noticia traída de esos pies rápidos: Dios está viniendo a realizar algo nuevo, a instaurar un reino de paz; Dios ha “descubierto su brazo” y viene a traer libertad y consolación. El mal no triunfará para siempre, hay un fin al dolor. La desesperación es vencida.

Y también a nosotros se nos pide despertar, como Jerusalén, según la invitación que dirige el profeta; somos llamados a convertirnos en hombres y mujeres de esperanza, colaborando con la venida de este Reino hecho de luz y destinado a todos.

Pero qué feo es cuando encontramos un cristiano que ha perdido la esperanza: “Pero yo no espero nada, todo ha terminado para mí”, un cristiano que no es capaz de mirar horizontes de esperanza y delante de su corazón solamente un muro. ¡Pero Dios destruye estos muros con el perdón! Y por eso, nuestra oración, porque Dios nos da cada día la esperanza y la da a todos, esa esperanza que nace cuando vemos a Dios en el pesebre en Belén.

El mensaje de la Buena Noticia que se nos ha confiado es urgente, también nosotros tenemos que correr como el mensajero en las montañas, porque el mundo no puede esperar, la humanidad tiene hambre y sed de justicia, de verdad, de paz.

Y viendo el pequeño Niño de Belén, los pequeños del mundo sabrán que la promesa se ha cumplido; el mensaje se ha realizado. En un niño recién nacido, necesitado de todo, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, está encerrado todo el poder del Dios que salva. Es necesario abrir el corazón a tanta pequeñez y a tanta maravilla. Es la maravilla de la Navidad, a la que nos estamos preparando, con esperanza, en este tiempo de Adviento. Es la sorpresa de un Dios niño, de un Dios pobre, de un Dios débil, de un Dios que abandona su grandeza para hacerse cercano a cada uno de nosotros. 


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Martes, 13 de diciembre de 2016

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero. 13 diciembre 2016 (ZENIT – México)

Cuarto domingo de adviento Ciclo A

Textos: Isaías 7,10-14; Romanos 1, 1-7; Mateo 1,18-24

Idea principal: ese Dios que nace es Dios-con-nosotros, Emmanu-El. Hagámosle un lugar en nuestro corazón, como María.

Resumen del mensaje: Después de habernos invitado a despertar (primer domingo de adviento), a convertirnos (segundo domingo), a alegrarnos (tercer domingo), hoy Dios nos invita a mirar a María, pues por Ella nos vino el Enmanuel (primera lectura y evangelio), para renovar nuestro mundo y nuestros corazones, cegados por tanto pecado (segunda lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ese Dios que viene a través de María no sólo es “el Dios que es…el  que está…el que ve el dolor de su pueblo” sino que es el “Dios con nosotros que nos salva” (primera lectura y evangelio). Dios hecho hombre, de la estirpe de David (segunda lectura), cuyo último eslabón será José.  Es Emmanu-El. Jesús es “Emmanu”, es decir, “con nosotros”; es uno de nosotros, nuestro hermano. Pero Jesús también es “El”, es decir, Dios. Si fuera sólo “con nosotros”, pero no fuera “Dios”, no podría salvarnos. Si fuera sólo “Dios”, pero no “con nosotros”, su salvación  no nos interesaría; él también habría quedado como un Dios desconocido, lejos de las esperanzas del hombre.  Don gratuito de Dios a María y a la humanidad. Esto ha sido posible “por obra del Espíritu Santo”, lo cual significa que está en marcha una “nueva creación”. Este es el misterio teológico y profundo de la Navidad: de Dios Altísimo se ha vuelto un Dios próximo, un Dios para los hombres. En la primera creación, Dios nos hablaba a distancia, por los profetas. Ahora, en la nueva creación, es un Dios que nos habla al corazón por su Hijo.

En segundo lugar, fijemos la mirada en María, de quien nos vino el Emmanuel. Se dejó invadir por el Espíritu y por el misterio. Embarazada de Dios, sin perder la virginidad. Ese Emmanuel fue creciendo en María, gracias a su fe, esperanza y caridad. Ella llevaba a ese Emmanuel en su mente, en su corazón, en su afecto y en su voluntad. Nunca se separó de Él.

Finalmente, si Dios está con nosotros y es el EmmanuEl, nada ni nadie puede separarnos de Él. Eso sí, nosotros podemos volverle la espalda, vivir como si Él nunca hubiera venido, como si no hubiese hablado (segunda lectura). No nos sirve de nada ni siquiera que Dios esté con nosotros, si nos negamos a estar con Él, de su parte. Por eso, la Navidad es una ocasión para volver a sentir la necesidad de este Salvador. Y esta salvación nos la ofrece en cada Eucaristía y en la confesión. Que nos pase lo que dice la poesía del posadero de Belén: 

¡He!, Tú, ¡posadero!
¿No habrá una habitación para esta noche?
– Ninguna cama libre. Todo lleno.
Y Dios pasó de largo, qué pena posadero.

Para reflexionar: Dejar a este Emmanu-El que nazca en nuestra alma y que esté con nosotros en casa, en nuestro trabajo, en nuestras empresas, en nuestros proyectos. Sólo en Él está la salvación y la auténtica liberación. Y con Él alcanzaremos la santidad, la gracia y la paz (segunda lectura). El Espíritu Santo hizo posible este milagro. ¿Cómo es mi relación con el Espíritu Santo?

Para rezar: Quédate con nosotros, Señor, esta noche. Quédate para adorar, alabar y dar gracias al Padre por nosotros, mientras dormimos; que baje del cielo tu Misericordia sobre el mundo. Sé nuestro Emmanuel eterno desde el silencio del Sagrario, y nada temeremos. Amén.


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Lunes, 12 de diciembre de 2016

Mensaje del Papa por la Jornada Mundial de la Paz 2017. 12 diciembre 2016 (ZENIT)

«La no violencia: es el estilo de la política para la paz»

Mensaje del Santo Padre Francisco
Jornada mundial de la Paz ,1 enero 2017

«La no violencia: es el estilo de la política para la paz»

Al comienzo de este nuevo año formulo mis más sinceros deseos de paz para los pueblos y para las naciones del mundo, para los Jefes de Estado y de Gobierno, así como para los responsables de las comunidades religiosas y de los diversos sectores de la sociedad civil. Deseo la paz a cada hombre, mujer, niño y niña, a la vez que rezo para que la imagen y semejanza de Dios en cada persona nos permita reconocernos unos a otros como dones sagrados dotados de una inmensa dignidad. Especialmente en las situaciones de conflicto, respetemos su «dignidad más profunda»1 y hagamos de la no violencia activa nuestro estilo de vida.

Este es el Mensaje para la 50 Jornada Mundial de la Paz. En el primero, el beato Papa Pablo VI se dirigió, no sólo a los católicos sino a todos los pueblos, con palabras inequívocas: «Ha aparecido finalmente con mucha claridad que la paz es la línea única y verdadera del progreso humano (no las tensiones de nacionalismos ambiciosos, ni las conquistas violentas, ni las represiones portadoras de un falso orden civil)». Advirtió del «peligro de creer que las controversias internacionales no se pueden resolver por los caminos de la razón, es decir de las negociaciones fundadas en el derecho, la justicia, la equidad, sino sólo por los de las fuerzas espantosas y mortíferas». Por el contrario, citando Pacem in terris de su predecesor san Juan XXIII, exaltaba «el sentido y el amor de la paz fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el amor».2 Impresiona la actualidad de estas palabras, que hoy son igualmente importantes y urgentes como hace cincuenta años.

En esta ocasión deseo reflexionar sobre la no violencia como un estilo de política para la paz, y pido a Dios que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos. Que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Cuando las víctimas de la violencia vencen la tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles en los procesos no violentos de construcción de la paz. Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas.

Un mundo fragmentado

El siglo pasado fue devastado por dos horribles guerras mundiales, conoció la amenaza de la guerra nuclear y un gran número de nuevos conflictos, pero hoy lamentablemente estamos ante una terrible guerra mundial por partes. No es fácil saber si el mundo actualmente es más o menos violento de lo que fue en el pasado, ni si los modernos medios de comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos hace más conscientes de la violencia o más habituados a ella. En cualquier caso, esta violencia que se comete «por partes», en modos y niveles diversos, provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente.

¿Con qué fin? La violencia, ¿permite alcanzar objetivos de valor duradero? Todo lo que obtiene, ¿no se reduce a desencadenar represalias y espirales de conflicto letales que benefician sólo a algunos «señores de la guerra»?

La violencia no es la solución para nuestro mundo fragmentado. Responder con violencia a la violencia lleva, en el mejor de los casos, a la emigración forzada y a un enorme sufrimiento, ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares son sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes del mundo. En el peor de los casos, lleva a la muerte física y espiritual de muchos, si no es de todos.

La Buena Noticia

3. También Jesús vivió en tiempos de violencia. Él enseñó que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano: «Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Pero el mensaje de Cristo, ante esta realidad, ofrece una respuesta radicalmente positiva: él predicó incansablemente el amor incondicional de Dios que acoge y perdona, y enseñó a sus discípulos a amar a los enemigos (cf. Mt 5,44) y a poner la otra mejilla (cf. Mt 5,39). Cuando impidió que la adúltera fuera lapidada por sus acusadores (cf. Jn 8,1-11) y cuando, la noche antes de morir, dijo a Pedro que envainara la espada (cf. Mt 26,52), Jesús trazó el camino de la no violencia, que siguió hasta el final, hasta la cruz, mediante la cual construyó la paz y destruyó la enemistad (cf. Ef 2,14-16). Por esto, quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación, según la exhortación de san Francisco de Asís: «Que la paz que anunciáis de palabra la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones».3

Ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de la no violencia. Esta —como ha afirmado mi predecesor Benedicto XVI— «es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de Dios».4

Y añadía con fuerza: «para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la “revolución cristiana”».5

Precisamente, el evangelio del amad a vuestros enemigos (cf. Lc 6,27) es considerado como «la charta magna de la no violencia cristiana», que no se debe entender como un «rendirse ante el mal […], sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12,17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia».6

Más fuerte que la violencia

4. Muchas veces la no violencia se entiende como rendición, desinterés y pasividad, pero en realidad no es así. Cuando la Madre Teresa recibió el premio Nobel de la Paz, en 1979, declaró claramente su mensaje de la no violencia activa: «En nuestras familias no tenemos necesidad de bombas y armas, de destruir para traer la paz, sino de vivir unidos, amándonos unos a otros […]. Y entonces seremos capaces de superar todo el mal que hay en el mundo».7
Porque la fuerza de las armas es engañosa. «Mientras los traficantes de armas hacen su trabajo, hay pobres constructores de paz que dan la vida sólo por ayudar a una persona, a otra, a otra»; para estos constructores de la paz, Madre Teresa es «un símbolo, un icono de nuestros tiempos».8 En el pasado mes de septiembre tuve la gran alegría de proclamarla santa. He elogiado su disponibilidad hacia todos por medio de «la acogida y la defensa de la vida humana, tanto de la no nacida como de la abandonada y descartada […]. Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes —¡ante los crímenes!— de la pobreza creada por ellos mismos».9 Como respuesta —y en esto representa a miles, más aún, a millones de personas—, su misión es salir al encuentro de las víctimas con generosidad y dedicación, tocando y vendando los cuerpos heridos, curando las vidas rotas.

La no violencia practicada con decisión y coherencia ha producido resultados impresionantes. No se olvidarán nunca los éxitos obtenidos por Mahatma Gandhi y Khan Abdul Ghaffar Khan en la liberación de la India, y de Martin Luther King Jr. contra la discriminación racial. En especial, las mujeres son frecuentemente líderes de la no violencia, como, por ejemplo, Leymah Gbowee y miles de mujeres liberianas, que han organizado encuentros de oración y protesta no violenta (pray-ins), obteniendo negociaciones de alto nivel para la conclusión de la segunda guerra civil en Liberia.

No podemos olvidar el decenio crucial que se concluyó con la caída de los regímenes comunistas en Europa. Las comunidades cristianas han contribuido con su oración insistente y su acción valiente. Ha tenido una influencia especial el ministerio y el magisterio de san Juan Pablo II. En la encíclica Centesimus annus (1991), mi predecesor, reflexionando sobre los sucesos de 1989, puso en evidencia que un cambio crucial en la vida de los pueblos, de las naciones y de los estados se realiza «a través de una lucha pacífica, que emplea solamente las armas de la verdad y de la justicia».10

Este itinerario de transición política hacia la paz ha sido posible, en parte, «por el compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad». Y concluía: «Ojalá los hombres aprendan a luchar por la justicia sin violencia, renunciando a la lucha de clases en las controversias internas, así como a la guerra en las internacionales».11

La Iglesia se ha comprometido en el desarrollo de estrategias no violentas para la promoción de la paz en muchos países, implicando incluso a los actores más violentos en un mayor esfuerzo para construir una paz justa y duradera.

Este compromiso en favor de las víctimas de la injusticia y de la violencia no es un patrimonio exclusivo de la Iglesia Católica, sino que es propio de muchas tradiciones religiosas, para las que «la compasión y la no violencia son esenciales e indican el camino de la vida».12

Lo reafirmo con fuerza: «Ninguna religión es terrorista».13

La violencia es una profanación del nombre de Dios.14

No nos cansemos nunca de repetirlo: «Nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa. Sólo la paz es santa, no la guerra».15

La raíz doméstica de una política no violenta

Si el origen del que brota la violencia está en el corazón de los hombres, entonces es fundamental recorrer el sendero de la no violencia en primer lugar en el seno de la familia. Es parte de aquella alegría que presenté, en marzo pasado, en la Exhortación apostólica Amoris laetitia, como conclusión de los dos años de reflexión de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges, padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón.16 Desde el seno de la familia, la alegría se propaga al mundo y se irradia a toda la sociedad.17

Por otra parte, una ética de fraternidad y de coexistencia pacífica entre las personas y entre los pueblos no puede basarse sobre la lógica del miedo, de la violencia y de la cerrazón, sino sobre la responsabilidad, el respeto y el diálogo sincero. En este sentido, hago un llamamiento a favor del desarme, como también de la prohibición y abolición de las armas nucleares: la disuasión nuclear y la amenaza cierta de la destrucción recíproca, no pueden servir de base a este tipo de ética.18

Con la misma urgencia suplico que se detenga la violencia doméstica y los abusos a mujeres y niños.

El Jubileo de la Misericordia, concluido el pasado mes de noviembre, nos ha invitado a mirar dentro de nuestro corazón y a dejar que entre en él la misericordia de Dios. El año jubilar nos ha hecho tomar conciencia del gran número y variedad de personas y de grupos sociales que son tratados con indiferencia, que son víctimas de injusticia y sufren violencia. Ellos forman parte de nuestra «familia», son nuestros hermanos y hermanas. Por esto, las políticas de no violencia deben comenzar dentro de los muros de casa para después extenderse a toda la familia humana. «El ejemplo de santa Teresa de Lisieux nos invita a la práctica del pequeño camino del amor, a no perder la oportunidad de una palabra amable, de una sonrisa, de cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad. Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo».19

Mi llamamiento

La construcción de la paz mediante la no violencia activa es un elemento necesario y coherente del continuo esfuerzo de la Iglesia para limitar el uso de la fuerza por medio de las normas morales, a través de su participación en las instituciones internacionales y gracias también a la aportación competente de tantos cristianos en la elaboración de normativas a todos los niveles. Jesús mismo nos ofrece un «manual» de esta estrategia de construcción de la paz en el así llamado Discurso de la montaña. Las ocho bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-10) trazan el perfil de la persona que podemos definir bienaventurada, buena y auténtica.

Bienaventurados los mansos —dice Jesús—, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, y los puros de corazón, los que tienen hambre y sed de la justicia. Esto es también un programa y un desafío para los líderes políticos y religiosos, para los responsables de las instituciones internacionales y los dirigentes de las empresas y de los medios de comunicación de todo el mundo: aplicar las bienaventuranzas en el desempeño de sus propias responsabilidades.

Es el desafío de construir la sociedad, la comunidad o la empresa, de la que son responsables, con el estilo de los trabajadores por la paz; de dar muestras de misericordia, rechazando descartar a las personas, dañar el ambiente y querer vencer a cualquier precio. Esto exige estar dispuestos a «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso».20

Trabajar de este modo significa elegir la solidaridad como estilo para realizar la historia y construir la amistad social. La no violencia activa es una manera de mostrar verdaderamente cómo, de verdad, la unidad es más importante y fecunda que el conflicto. Todo en el mundo está íntimamente interconectado.21

Puede suceder que las diferencias generen choques: afrontémoslos de forma constructiva y no violenta, de manera que «las tensiones y los opuestos [puedan] alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida», conservando «las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna».22

La Iglesia Católica acompañará todo tentativo de construcción de la paz también con la no violencia activa y creativa. El 1 de enero de 2017 comenzará su andadura el nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que ayudará a la Iglesia a promover, con creciente eficacia, «los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la creación» y de la solicitud hacia los emigrantes, «los necesitados, los enfermos y los excluidos, los marginados y las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados y las víctimas de cualquier forma de esclavitud y de tortura».23

En conclusión

Como es tradición, firmo este Mensaje el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. María es Reina de la Paz. En el Nacimiento de su Hijo, los ángeles glorificaban a Dios deseando paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad (cf. Lc 2,14). Pidamos a la Virgen que sea ella quien nos guíe.

«Todos deseamos la paz; muchas personas la construyen cada día con pequeños gestos; muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla».24 En el 2017, comprometámonos con nuestra oración y acción a ser personas que aparten de su corazón, de sus palabras y de sus gestos la violencia, y a construir comunidades no violentas, que cuiden de la casa común. «Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz».25 Vaticano, 8 de diciembre de 2016 Francisco ___________

1 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228.
2 – Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1968.
3 «Leyenda de los tres compañeros»: Fonti Francescane, n. 1469.
4 Angelus (18 febrero 2007). 5 Ibíd.
6 Ibíd. 7 Discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz (11 diciembre 1979).
8 Homilía en Santa Marta, «El camino de la paz» (19 noviembre 2015).
9 Homilía en la canonización de la beata Madre Teresa de Calcuta (4 septiembre 2016)
10 N. 23.
11 Ibíd.
12 Discurso, Audiencia interreligiosa (3 noviembre 2016).
13 Discurso a los participantes al tercer Encuentro Mundial de los Movimientos Populares (5 noviembre 2016).
14 Cf. Discurso en el Encuentro interreligioso con el Jeque de los musulmanes del Cáucaso y con representantes de las demás comunidades religiosas del país, Bakú (2 octubre 2016).
15 Discurso, Asís (20 septiembre 2016).
16 Cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 90-130.
17 Ibíd., 133.194.234.
18 Cf. Mensaje con ocasión de la Conferencia sobre el impacto humanitario de las armas atómicas (7 diciembre 2014).
19 Carta Enc. Laudato si’, 230.
20 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 227.
21 Cf. Carta Enc. Laudato si’, 16.117.138.
22 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228.
23 Carta apostólica en forma de «Motu Proprio» con la que se instituye el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (17 agosto 2016).

 


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Información facilitada por Carlos Peinó Agrelo, Peregrino, cursillistas.ex-notario Adjunto del Tribunal Eclesiástico (Archidiócesis de Madrid, España) Causa de Canonización del Venerable Manuel Aparici, Colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus, ex- Vice Postulador de la Cusa, etc.   

«CARISMA DEL MOVIMIENTO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD»

 

 

CARISMA Y ESPIRITUALIDAD DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD

-Documentos Históricos- Sebastián Gayá Riera [1]. 2013. 

 

            «[…] Se publicaron ocho artículos, de que tengamos constancia [2], a saber (que enuncia pero que no reproduzco).

            »Parece digno de mención que Sebastián entregó fotocopias de tres de estos artículos al Editor del presente libro. De los otros cinco no hizo siquiera mención. […] La razón de esta selección me parece clara: no tenía ningún interés en publicitar su propia obra, pero no dejó de dar a conocer aquello que estimaba de verdad importante para Cursillos.

            »Los artículos que él quiso que fueran conocidos, y que publicamos a continuación, fueron, por este orden. El asesor del Movimiento de CursillosEl director espiritual del Cursillo y El carisma fundacional del MCC. Sobre la importancia del tercero habla por sí solo su título. Pero conviene subrayar que los otros dos, que tratan del tema de los sacerdotes en relación con Cursillos, eran considerados también esenciales para el autor», pp. 120-121. 

            «Acerca del tercer artículo [«Carisma fundacional del MCC»,], pp. 122-124,  se impone una aclaración. No sabemos de donde surgió el título que contiene la delicada palabra “fundacional” como calificativo de carisma. No es infrecuente que el director de una revista encargue una colaboración especificando el título preciso, pero tampoco podemos afirmar que ese fuera el caso presente. Si lo hubiera sido, no tendría nada de extraño que Sebastián, que no era nada polémico, lo hubiera aceptado por el momento sin discutir, dejando para el contenido del artículo y para otras ocasiones la puntualización del alcance del término fundacional. También es verdad que, en la época que precedió a la redacción de este artículo, el debatido tema del “fundador” o “fundadores” de Cursillos todavía no había alcanzado las repercusiones incluso internacionales, especialmente en Internet, que adquirió en la década sucesiva.

            »Al respecto tenemos un importantísimo testimonio de Sebastián. Veamos para empezar su contexto: En época del Concilio no fueron pocos los que se refirieron al brillante Obispo de Ciudad Real como “el fundador de los Cursillos”. Lamentablemente Don Juan Hervás no advirtió, a lo que parece, que esta halagadora contaminación del típico lenguaje eclesiástico, que nunca debió aplicarse a lo que en esencia es un Movimiento y no una institución [3], era una peligrosa bomba de relojería. Años más tarde, desde luego después de la muerte de Hervás acaecida en 1982, y en vista de que éste no había desmentido el título que injustamente le habían atribuido, Bonnín empezó a reivindicarlo para sí. Y no le faltaron, ni le faltan hoy, seguidores.

            »Ante este panorama, el Secretariado Nacional de España le pregunta en 2004: ¿Qué papel jugo Eduardo Bonnín en el nacimiento de Cursillos?, y Sebastián responde así: 

»“Un papel decisivo, de tal manera que entre los laicos el papel que jugó Eduardo Bonnín era preeminente por encima de todos los demás, las aportaciones de Eduardo, son aportaciones básicas, son fundamentales, y el espíritu de Eduardo invadiendo el Movimiento de Cursillos es algo sin lo cual … bueno el Señor se puede valer … de lo que se vale, pero yo diría que como si le costara bastante tenerlo que hacer sin tal persona [Eduardo] Es una persona que, en la historia del Movimiento, realmente tiene un papel muy relevante” [4].

»[La Introducción del Estatuto del OMCC] “pone ahí una serie de seglares al frente de los cuales nombra, muy bien nombrado, a Eduardo Bonnín, porque realmente entre todos los seglares se distinguía por su lucidez, por su profundidad, por su ambición apostólica; por tanto entre todos venía a ser el jefe de todos los seglares, no sé si con un cargo oficial, pero que realmente lo admitía todo el mundo que era el jefe, eso sí [5] … Por otra parte creo que hay que hacer constar que allí también había sacerdotes; si no, a mí que me expliquen en qué consistió mi vida desde el año 47 en que fui nombrado Consiliario Diocesano de los Jóvenes; desde el año 47 y muchos años antes del 47, cuando ya en el año 44 tenía que … dirigir la escuela que entonces llamábamos la Escuela de Propagandistas, lo que vino a ser luego la Escuela de Dirigentes. Y siempre hemos sido Grupo de sacerdotes y seglares” [6].

»“Ahora bien, esa teoría de que el Movimiento de Cursillos nació de un Grupo de sacerdotes y seglares, no creas que sea admitida por todo el orbe, principalmente en distintos sitios, dirán que tienen empeño –un empeño que no acabo de entender, si hablamos de que el Movimiento de Cursillos es obra del Espíritu santo, que no acabo de entender por qué tengan tanto interés– en decir que Eduardo Bonnín fue el único y exclusivo fundador del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Yo no dudo de la importancia de la figura de Eduardo en la historia del Movimiento de Cursillos; creo que soy el primero en proclamarlo con mucha justicia, además de con mucho cariño; pero de eso a pasar a decir que sea el único y exclusivo fundador del Movimiento de Cursillos… Yo creo que el Movimiento de Cursillos no tiene fundadores; el Fundador no vive por estos barrios”» [7].

 

            «Sobre este transfondo, que nos hace entender por qué Sebastián terminó sus días exhortándonos a ser “santos y apóstoles” y a permanecer “unidos”, puede leerse y disfrutarse su testimonio y su enseñanza acerca de los principales temas actualmente debatidos en nuestro Movimiento: la eclesialidad de Cursillos y su carisma» [8].

 

                        Escuela de Propagandistas. 

En la p. 82 se lee: «En 1944 fundó y dirigió la Escuelade Propagandistas del Consejo Diocesano de los Jóvenes [de Acción Católica, en la que ya participan Bonnín y los demás iniciadores de Cursillo, p. 159], en cuyo seno nacieron los Cursillos de Cristiandad. El primer Cursillo se dio el 7 al 10 de Enero de 1949, en el que participó los dos últimos días [9], presidiendo la clausura del mismo. 

Del primero de los artículos, El asesor del Movimiento de Cursillos, pp. 125-134, destaco lo siguiente: 

            «Si todo ello debe darse en todo el ámbito de los eclesial, dentro del campo propio de Cursillos cabría destacar que esta conjunción [binomio sacerdote-laicado] se consigue, sin confusión ni igualación de ministerios, al calor de una amistad entrañable, carisma del Movimiento, sin que sea óbice para la consideración, la estima y el respeto recíprocos […], p. 126. 

                        »Todo ello conlleva cuatro fidelidades: 

                        -fidelidad a Dios, que ha suscitado el Movimiento de Cursillos;

                        -fidelidad a la Iglesia, a su doctrina, a su ministerio, a su misión;

-                      -fidelidad al hombre histórico, actual, concreto, que debe ser evangelizado dentro de unas ciertas coordenadas; y

            -fidelidad al Movimiento, a sus objetivos, a su estrategia, a su método, a su carisma inicial, sin originalidades, que no vengas impuestas por los ritmos de los tiempos», p. 134. 

            Del segundoEl director espiritual del Cursillo, no destaco nada porque no se habla en él del carisma del Movimiento. 

            Del terceroCarisma fundacional del MCC, es cuanto sigue: 

            2. Carismas y Cursillos, destaco: 

            «Esta cita de Juan Pablo II puede introducirnos en el campo de los Cursillos de Cristiandad, instrumento suscitado por Dios para anunciar el Evangelio en nuestro tiempo (Juan Pablo II, enla II Ultreya Nacional de Italia, 20-04-1985) […].

            »En aquel carisma que insinuaba Pablo VI, enla Ultreya Mundial de Roma [28 de Mayo de  1966] refiriéndose al Movimiento de Cursillos […].

            »Es el carisma del que habla implícitamente Juan Pablo II en la II Ultreya Nacional de Italia […] (20-04-1985). Y en la III Ultreya Nacional de Italia añade: “Todo os llega de Él; pero Él os pide la disponibilidad de vuestras personas” (24-11-90) […].

            »Me agrada cerrar este capítulo con las fervorosas, sinceras palabras de nuestro Obispo, Mons. Hervás: Los Cursillos de Cristiandad entrañan, pues, un verdadero carisma, renovador de ala Iglesia y del mundo en los tiempos actuales. ¡Sepamos todos emplear bien este don del Cielo, para extender el Reino de Cristo en la tierra! (Carismas y Cursillos de Cristiandad, p. 27)» [10].

            3. Carisma fundacional, destaco: 

            «La mentalidad –clave explicativa del Movimiento de Cusillos– se define, en Ideas Fundamentales […] (IFMCC , 8) […].

            »Tal mentalidad –se afirma también allí– comporta un núcleo irreductible, originario y originante, que, en último término, la identifica; es como el carisma inicial (IFMCC, 6), el de los tiempos primeros, el de los días inaugurales, el que es causa los orígenes, el que exige la presencia y la acción discreta del Espíritu, si tiene que ser un instrumento suscitado por Dios (Juan Pablo II, II Ultreya N. de Italia, 2).

            »Así entendemos lo que aquí llamamos carisma fundacional, no para solazarnos narcisísticamente, sino para proclamar, a renglón seguido, con convicción profunda, sentida, vivida, que la preparación más refinada  del evangelizador no consigue absolutamente nada sin la acción discreta del Espíritu […].

            »Por eso -nada menos que por eso- el carisma fundacional, la gracia de los orígenes secundada por el esfuerzo de los hombres, independientemente de las manos  y  las  voces  que  lo  transmiten, es algo intangible en su sustancia, que debe ser acogido con sincera humildad, con respetuosa fidelidad, con gozo en el espíritu […].

 

            4. El Carisma fundacional de los Cursillos, destaco: 

            «Los postulados precedentes vienen a darnos las premisas necesarias para llegar a la conclusión de cuáles son los carismas de Cursillos; o, mejor dicho, cuáles son los pivotes en que se fundamenta el carisma de Cursillos de Cristiandad. Con el natural respeto a otras opiniones divergentes, desde  mi visión de los años fundacionales, sintetizaría así los puntos básicos de dicho carisma [que expone] […].

            »Creo que los diez postulados pueden hallarse, de alguna forma, en El Cómo y el Porqué, el primer libro de Cursillos, el que primero nació, junto a la misma cuna, cuando empezaba a vivirse el carisma fundacional.

            »Si un cambio en el carisma fundacional desfiguraría el rostro del Movimiento de Cursillos, tendríamos que llegar a la convicción de que, trastocando cualquier de estos diez postulados, se podría trastocar la fisonomía sustantiva de Cursillos de Cristiandad» [11]

 

P/S.       Debo esta información a la Fundación Sebastián Gayá a la que expreso mi más cordial agradecimiento. 


[1]  Editor Jordi Girau Reverter, editor.

[2]  Debemos la información al Sr. Felipe Vanososte, del Secretariado Nacional de Venezuela, a quienla Fundación “Sebastián Gayá expresa su cordial agradecimiento.

[3] «El verbo fundar significa poner cimientos, justamente para lo que sobre ellos se levanta no se mueva. Se aplica en primer lugar, a los edificios y, metafóricamente, a las instituciones. Es absurdo (aunque sea eclesiásticamente frecuente) aplicarlo a un Movimiento, porque los verbos que concuerdan con un  movimiento son iniciar, impulsar, acelerar, frenar, detener, etc. No percatarse de algo tan evidente sólo puede ser debido a tópicos clericales y/o al apasionamiento de una polémica anticlerical, Para evitar la polémica, ¿no sería mejor hablar del carisma (de Cursillos) sin más, sin adjetivarlo fundacional o inicial

[4]  Entrevista VII, 14.

[5]  Cita, a continuación, a los seglares del primer Cursillo que (me parece) todavía vivían por aquellas fechas: Bartolomé Riutort, Andrés Rullán, Andrés [¿no será Guillermo?] Estarellas y Guillermo Font.

[6]  De los sacerdotes refiere también a Juan Capó, Miguel Fernández, Guillermo Payeras, Jaime Daviu, Martorell, y, posteriormente, Francisco Suárez y Jaime Capó.


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Domingo, 11 de diciembre de 2016

Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel. 10 diciembre 2016 (zenit)

¿Por qué Dios no acaba con la corrupción?

 

VER

¡No! No es una blasfemia. El poder de Dios es infinito y podría terminar con toda la corrupción, como nos indican las catequesis bíblicas del diluvio y la destrucción de Sodoma y Gomorra, y como se simboliza en las escenas del Apocalipsis. Dios todo lo puede; si no lo pudiera, no sería Dios.

Pero determinó crearnos libres, capaces del bien y del mal. Nos advierte las consecuencias a que nos exponemos si nos dejamos atrapar por el mal, como la corrupción y otros graves pecados, pero nos deja libres.

Es la grandeza y la limitación del ser humano. Somos semejantes a Dios, un poco menos que los ángeles, sobre todo cuando amamos y hacemos el bien; pero también degradamos nuestra dignidad de ser imágenes de Dios cuando, en vez de amar y servir a los demás, los perjudicamos y les dañamos en su persona y en sus derechos. Los corruptos hacen mucho daño, porque utilizan su poder para su propia conveniencia, dejando desamparados a los más débiles.

Dios nos llama a ser santos como Él, pero nos advierte a cada momento sobre el peligro de desviarnos del camino que nos propone para ser perfectos y felices. Por eso, nos ordena no robar. Jesucristo escogió al equipo central de su obra redentora, pero Judas le salió muy corrupto. No fue culpa de Jesús, sino decisión libre de Judas. También Juan y Santiago, muy cercanos a Jesús, quisieron usar las influencias de su madre para obtener un puesto que no les correspondía. En la Iglesia, antes y ahora, ha habido corruptos, incluso en las más altas esferas. Los sumos pontífices, salvo lamentables excepciones de siglos remotos, han luchado contra la corrupción eclesial, pero no siempre ha habido total transparencia, sino todo lo contrario. En nuestras diócesis y parroquias, en las juntas o mayordomías, por más que tratemos de evitarlo, se nos cuelan corruptos, que echan a perder toda la obra evangelizadora.

Cuando un candidato a puestos públicos asegura y promete que acabará con la corrupción, cosa muy de alabar, olvida que el dinero y la seducción del poder se meten hasta las rendijas más profundas del alma y que nadie está exento de esa tentación. ¡No hay que prometer lo que no se puede cumplir! Las intenciones son excelentes, pero hay que ser realistas y no demagogos. Hay que luchar contra toda corrupción, claro que sí, pero hay que ser humildes para reconocer las limitaciones humanas. Hay pecados que se nos salen de control.

PENSAR
El Papa Francisco, con ocasión de que este 9 de diciembre es la jornada mundial, establecida por la ONU, contra la corrupción, dijo que la“debemos combatir, comenzando por la conciencia personal y vigilando los ámbitos de la vida civil, especialmente sobre los que están más en riesgo”.

En Evangelii gaudium, con toda claridad dice: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites” (56). “Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes” (60).

Y advierte a los agentes de pastoral sobre una tentación que afecta a todos: “Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien” (97).

ACTUAR
Luchemos todos contra cualquier forma de corrupción en la familia, en la escuela, en las iglesias, en el deporte, en la política, en todos los ámbitos, empezando por nosotros mismos.


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Viernes, 09 de diciembre de 2016

El Papa en el ángelus de la fiesta de la Inmaculada del 8 de diciembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas ¡Buen día!

Las lecturas de hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, presenta dos pasajes cruciales en la historia de la relación entre el hombre y Dios: podríamos decir que nos conducen a los orígenes del bien y del mal. Estos dos pasajes nos conducen en el origen del bien y del mal.

El libro del Génesis nos muestra el ‘no’ de los orígenes, el ‘no’ humano, cuando el hombre ha preferido mirarse a sí más bien que a su Creador, cuando ha querido hacer con su cabeza y ha decidido bastarse a sí mismo.

Pero así haciendo, al salirse de la comunión con Dios, justamente se ha perdido él mismo y ha comenzado a tener miedo, a esconderse y a acusar a quien le está cerca. Estos son los síntomas: el miedo, un síntoma de miedo a Dios, indica que estoy diciendo ‘no’ a Dios; acusar a los otros y no acusarme a mi mismo significa que me estoy alejando de Dios y esto hace el pecado.

Pero el Señor no deja al hombre a merced de su mal; enseguida lo busca y le dirige una palabra llena de temor: ‘¿Dónde estás?’. Como si digiera: ‘detente’. Es la pregunta de un padre o de una madre que busca a su hijo perdido: ‘¿Dónde estás?’. ‘¿En qué situación has terminado?’. Y esto Dios lo hace con tanta paciencia, hasta colmar la distancia que se crea en los orígenes.

Este es uno de los pasajes. El segundo pasaje crucial narrado hoy en el Evangelio, es cuando Dios viene a habitar entre nosotros, se hace hombre como nosotros. Y esto ha sido posible por medio de un gran ‘sí’; el del pecado era un ‘no’, este es un ‘sí’, un gran ‘sí’, es el de María en el momento de la Anunciación.

Por esto Jesús inició su recorrido en los caminos de la humanidad; lo inició en María, transcurriendo los primeros meses de vida en el seno materno; no apareció ya adulto y fuerte, pero siguió todo el recorrido de un ser humano. Se hizo en todo igual a nosotros, excepto en una cosa: ese ‘no’, excepto en el pecado.

Por esto ha elegido a María, la única criatura sin pecado, inmaculada. En el evangelio, con una palabra sola ella es llamada ‘llena de gracias’, o sea rebosante de gracia. Quiere decir que en ella, inmediatamente llena de gracia, no hay espacio para el pecado. Y también nosotros cuando nos dirigimos a ella reconocemos esta belleza: la invocamos ‘llena de gracia’, sin sombra de mal.

María responde a la propuesta de Dios diciendo: ‘Aquí está la esclava del Señor’. No dice: ‘Bueno, esta vez haré la voluntad de Dios, me vuelvo disponible, después veré…’.

No, el suyo es un ‘sí’ que es pleno y sin condiciones. Y así como el ‘no’ de los orígenes había cerrado el paso del hombre a Dios, así el ‘sí’ de María ha abierto el camino de Dios entre nosotros. Es el ‘sí’ más importante de la historia, el ‘sí’ humilde que derroca el ‘no’ soberbio de los orígenes, el ‘sí’ fiel que sana la desobediencia, el ‘sí’ disponible que derroca el egoísmo del pecado.

También cada uno de nosotros tiene una historia de salvación hecha de ‘sí’ y de ‘no’ a Dios. A veces pero somos expertos en los medios ‘sí’: somos buenos para fingir que no hemos entendido bien lo que Dios querría y la conciencia nos sugiere. Somos también astutos para no decir un ‘no’ verdadero y propio a Dios y decimos: ‘Pero discúlpame no puedo’, ‘no hoy pero mañana’, ‘mañana seré mejor, mañana rezaré, haré el bien…, mañana’. Esta astucia nos aleja de Dios y nos lleva al ‘no’ del pecado, de la mediocridad. El famoso ‘pero…’, ‘si Señor pero…’

Así cerramos la puerta al bien y el mal se aprovecha de estos ‘sí’ que faltaron. Cada uno de nosotros tiene una colección dentro, de ‘sí’ que han faltado.

En cambio cada ‘sí’ pleno a Dios da origen a una historia nueva: decir sí a Dios es verdaderamente ‘original’, no el pecado que nos vuelve viejos en nuestro interior. Han pensado que el pecado nos vuelve viejos en el interior, nos envejece rápidamente. Cada ‘sí’ a Dios da origen a historias de salvación para nosotros y para los demás.

En este camino de Adviento, Dios desea visitarnos y espera nuestro sí: pensemos… yo hoy qué ‘sí’ tengo que decir a Dios, pensemos, nos hará bien y escucharemos la voz del Señor en nuestro interior que los llevará a realizar un paso adelante, con el cual le decimos: “Creo en ti, espero en ti, te amo; se cumpla en mi tu voluntad de bien”. Con generosidad y confianza imitando a María digamos hoy, cada uno de nosotros, este sí personal a Dios”.

Después de rezar el ángelus Francisco pronunció las siguientes palabras:

“Queridos hermanos y hermanas, ayer un fuerte terremoto golpeó la Isla de Sumatra, en Indonesia. Deseo asegurarles mi oración, por las víctimas y por sus familiares, por los heridos y por todos los que han perdido su casa. El Señor dé fuerza a la población y apoye la obra de socorro.

Saludo con afecto a todos ustedes, peregrinos presentes hoy, especialmente a las familias y grupos parroquiales. Saludo a los fieles de Rocca di Papa con su procesión de velas natalicias, al grupo “Proyecto Rebeca” que se ocupa de niños necesitados, y a los fieles de Biella.

En esta fiesta de María Inmaculada la Acción Católica Italiana vive la renovación de la adhesión. Envío un pensamiento especial a todas las asociaciones diocesanas y parroquiales. La Virgen bendiga a la Acción Católica y la vuelva siempre más una escuela de santidad y de generoso servicio a la Iglesia y al mundo.

Hoy por la tarde estaré en Piazza di Spagna para renovar el tradicional acto de homenaje y oración a los pies del monumento de la Inmaculada. Después iré a Santa Maria Maggiore, a rezar a la Salus Populi Romani. Les pido que se unan espiritualmente a mi en este gesto que expresa la devoción filial a nuestra Madre celeste.

A todos les deseo una buena fiesta y un buen camino de Adviento con la guía de la Virgen María. Y por favor no se olviden de rezar por mi. ‘¡Buon pranzo e arrivederci!'”.


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A los pies de la imagen de María, el Papa recitó esta oración (8 de Diciembre de 2016) (zenit)

Oh María, Madre nuestra Inmaculada,
en el día de tu fiesta vengo a ti,
y no vengo solo: traigo conmigo
a todos aquellos que tu Hijo me ha confiado,
en esta ciudad de Roma y en el mundo entero,
para que tú los bendigas y los salves de los peligros.

Te traigo Madre, a los niños,
especialmente a aquellos solos, abandonados,
y que por este motivo son engañados y explotados.

Te traigo Madre, a las familias,
que llevan adelante la vida y la sociedad
con su empeño cotidiano y escondido;
de manera particular a las familias que hacen más esfuerzo
debido a tantos problemas internos y externos.

Te traigo Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres,
y te confío especialmente a quien por necesidad,
se esfuerza para realizar un trabajo indigno
y a quien perdió el trabajo y no logra encontrarlo.

Tenemos necesidad de tu mirada inmaculada,
para encontrar la capacidad de mirar a las personas
o las cosas con respeto y reconocimiento,
sin intereses egoístas o hipocresías.

Necesitamos de tu corazón inmaculado,
para amar de manera gratuita,
sin segundas intenciones sino buscando el bien del otro,
con simplicidad y sinceridad,
renunciando a máscaras y maquillajes.

Necesitamos tus manos inmaculadas,
para acariciar con ternura, para tocar la carne de Jesús
en los hermanos pobres, enfermos despreciados,
para levantar a quien ha caído y dar apoyo a quien vacila.
Tenemos necesidad de tus pies inmaculados,
para ir hacia quien no sabe dar el primer paso,
para caminar por los senderos de quien está perdido,
para ir a encontrar a las personas solas.

Te agradecemos, oh madre, porque mostrándote
a nosotros libre de toda mancha de pecado,
tú nos recuerdas que antes de todo está la gracia de Dios,
está el amor de Jesucristo que ha dado la vida por nosotros,
está la fuerza dl Espíritu Santo que renueva todo.

Haz que no cedamos al desánimo,
sino que confiando en tu constante ayuda
nos empeñamos a fondo para renovarnos nosotros
a esta ciudad y al mundo entero.
Reza por nosotros, Santa Madre de Dios.


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Mi?rcoles, 07 de diciembre de 2016

Señales ciertas – III Domingo de Adviento. Por Enrique Díaz Díaz. 7 diciembre 2016 (Zenit)

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede

Isaías 35, 1-6.10: “Dios mismo viene a salvarnos”

Salmo 145: “Ven, Señor, a salvarnos”
Santiago 5, 7-10: “Manténganse firmes, porque el Señor está cerca”
San Mateo 5, 7-10: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

No pudo dar un paso más y se derrumbó en plena calle. La gente indiferente no se detuvo a ayudarlo, esquivaron el cuerpo y fingieron no mirarlo: era un pobre más tirado en el camino; era un indígena del que nadie hizo caso. Horas después, muchas horas para la necesidad del indigente, alguien se apiadó y llamó a las ambulancias de servicio público. Tardaron eternidades en llegar, revisaron y levantaron el cuerpo. Dijeron que ya nada se podía hacer, que si hubieran hablado antes… Durante días permaneció el cadáver en calidad de desconocido y pasado un tiempo fue colocado en la fosa común: sin familia, sin amigos, sin nadie que se compadeciera de él. Quizás en tierras lejanas una madre tenga la corazonada de la muerte de su hijo, quizás una esposa y unos hijos lloren su ausencia… acá solamente es un personaje anónimo que se perdió en la indiferencia. Mientras nos llegan las palabras del Adviento: “¡Ánimo, no teman. He aquí que llega su Dios, vengador y justiciero, viene a salvarlos!”

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Es la pregunta que desde la cárcel por medio de sus mensajeros hace Juan y quizás es la pregunta que nosotros hoy haríamos a Jesús. ¿Debemos esperar otro? Es extraño, después de haber preparado el camino a Aquel que ha de venir, el mensajero está ahora encerrado, consumido por las dudas y envía una expedición de sus discípulos para pedirle a Jesús que manifieste su identidad, que presente señales ciertas que permitan reconocerlo, que se explique mejor, pues no parece responder a los esquemas de Mesías que se tenían sobre él. Pero Jesús no responde directamente a la pregunta sino que remite a sus obras y a la Escritura. Ahí está la historia de todos conocida: Él cura al pueblo de sus heridas, enfermedades y carencias, le da vida y anuncia la Buena Noticia a los pobres. La respuesta de Jesús orienta al Bautista y a todos los oyentes. Es respuesta a los oráculos de los profetas y a la vida sencilla del pueblo, pero no todos están de acuerdo con su estilo de vida ni con su forma de mesianismo. De ahí que el mismo Jesús tenga que proclamar: “Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi”. No todos aceptan las señales que Jesús ofrece.

Quizás nosotros nos sintamos defraudados por Él y estemos esperando “otro”. Cada año llega el Adviento y la Navidad, sin embargo dejamos para otra oportunidad, el abrir el corazón y manifestar con señales que el Mesías ha llegado. Para transformar nuestro mundo y nuestro ambiente esperamos otra época, otras situaciones, condiciones más claras y dejamos para otra ocasión nuestro compromiso. Para atender al pobre, lo dejamos para otra ocasión, para otro pobre menos fastidioso, para un después que nunca llega. ¿Creemos realmente que Jesús ha llegado? Las señales que nos proporciona Jesús son muy claras: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”, pero hoy Él quiere hacerlas a través de nuestras manos, de nuestro anuncio, de nuestra participación. Quiere que nosotros ofrezcamos esas señales.

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede. Pero muchas veces nuestras respuestas son ambiguas y mucho más ambiguas nuestras acciones. No nos presentamos como discípulos comprometidos con la justicia y con la verdad, no abrimos los ojos de los ciegos, no fortalecemos las rodillas vacilantes… nos dejamos arrastrar por la ola de conformismo, miedo e indiferencia que ahoga las buenas intenciones. Quizás la pregunta nos queme en las manos porque cuestiona la esencia de nuestro cristianismo, quizás busquemos responder con fórmulas y rezos, pero la respuesta de Cristo resplandece luminosa en misericordia y compromiso con los más necesitados. Reflexionemos nuestra respuesta y descubramos nuestras señales. No seremos verdaderos discípulos si en lugar de Buena Nueva, estamos recriminando, destruyendo y apagando la mecha que aún humea. Debemos mirar muy dentro de nosotros si somos los cristianos esperados que se comprometen con la causa de los pobres, que luchan a corazón abierto contra la injusticia, que denuncian con valor las hipocresías, que tienen la suficiente humildad para reconocer las propias culpas antes de constituirse en jueces de los otros. ¿Seremos estos cristianos nosotros, o se debe esperar a otros?

Los incontables Juanes que están en la cárcel, que viven en la miseria, que sufren las injusticias, que están aguardando, quizás ya desilusionados y cansados de esperar, necesitan que alguien vaya a contarles no sólo que ha escuchado o leído, sino las señales que ha visto, las señales que hemos hecho con nuestros pobres esfuerzos. Es fácil el discurso, es más difícil el actuar. Pero en este Adviento no necesitamos discursos ni palabras bonitas, necesitamos señales que anuncien la venida inminente del Salvador.

Nuevamente Isaías se nos presenta con su grito de alegría y de esperanza: “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios…” Dios quiere la felicidad de los hombres. Los cristianos deberíamos reconocer que la Buena Nueva es siempre un mensaje de salvación, un mensaje de alegría y de liberación. Hemos construido un mundo cada vez más rico de posibilidades, pero también cada vez más hundido en un torbellino de contradicciones: más riqueza pero más pobres, más medios para la salud pero más muertos por enfermedades; más alimentos pero más hambre. En este mundo absurdo se requieren cristianos que anuncien que es posible construir la nueva humanidad fundada en la victoria de Cristo, que a pesar de todas las contradicciones es posible construir el Reino de Dios, que hay muchos pequeñitos e insignificantes que lo han tomado en serio y están en el camino. Pero eso afirma Isaías que hay que fortalecer las manos cansadas, afianzar las rodillas vacilantes y animar los corazones vacilantes.

Es Adviento, es tiempo de dar señales verdaderas de conversión, de amor y de fraternidad. ¿Cómo estamos construyendo este mundo que gime y grita en busca de salvación? ¿Hemos cerrado nuestros oídos a los dolores, al sufrimiento y a la injusticia? ¿Qué señales estamos dando de una Nueva Noticia?

Padre Bueno, mira al pueblo que en medio del dolor espera la Venida de tu Hijo, concédele celebrar el gran misterio de la Navidad con un corazón nuevo, compasivo y misericordioso. Amén

 


Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Espiritualidad
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Señales ciertas – III Domingo de Adviento. Por Enrique Díaz Díaz. 7 diciembre 2016 (Zenit)

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede

Isaías 35, 1-6.10: “Dios mismo viene a salvarnos”

Salmo 145: “Ven, Señor, a salvarnos”
Santiago 5, 7-10: “Manténganse firmes, porque el Señor está cerca”
San Mateo 5, 7-10: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

No pudo dar un paso más y se derrumbó en plena calle. La gente indiferente no se detuvo a ayudarlo, esquivaron el cuerpo y fingieron no mirarlo: era un pobre más tirado en el camino; era un indígena del que nadie hizo caso. Horas después, muchas horas para la necesidad del indigente, alguien se apiadó y llamó a las ambulancias de servicio público. Tardaron eternidades en llegar, revisaron y levantaron el cuerpo. Dijeron que ya nada se podía hacer, que si hubieran hablado antes… Durante días permaneció el cadáver en calidad de desconocido y pasado un tiempo fue colocado en la fosa común: sin familia, sin amigos, sin nadie que se compadeciera de él. Quizás en tierras lejanas una madre tenga la corazonada de la muerte de su hijo, quizás una esposa y unos hijos lloren su ausencia… acá solamente es un personaje anónimo que se perdió en la indiferencia. Mientras nos llegan las palabras del Adviento: “¡Ánimo, no teman. He aquí que llega su Dios, vengador y justiciero, viene a salvarlos!”

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Es la pregunta que desde la cárcel por medio de sus mensajeros hace Juan y quizás es la pregunta que nosotros hoy haríamos a Jesús. ¿Debemos esperar otro? Es extraño, después de haber preparado el camino a Aquel que ha de venir, el mensajero está ahora encerrado, consumido por las dudas y envía una expedición de sus discípulos para pedirle a Jesús que manifieste su identidad, que presente señales ciertas que permitan reconocerlo, que se explique mejor, pues no parece responder a los esquemas de Mesías que se tenían sobre él. Pero Jesús no responde directamente a la pregunta sino que remite a sus obras y a la Escritura. Ahí está la historia de todos conocida: Él cura al pueblo de sus heridas, enfermedades y carencias, le da vida y anuncia la Buena Noticia a los pobres. La respuesta de Jesús orienta al Bautista y a todos los oyentes. Es respuesta a los oráculos de los profetas y a la vida sencilla del pueblo, pero no todos están de acuerdo con su estilo de vida ni con su forma de mesianismo. De ahí que el mismo Jesús tenga que proclamar: “Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi”. No todos aceptan las señales que Jesús ofrece.

Quizás nosotros nos sintamos defraudados por Él y estemos esperando “otro”. Cada año llega el Adviento y la Navidad, sin embargo dejamos para otra oportunidad, el abrir el corazón y manifestar con señales que el Mesías ha llegado. Para transformar nuestro mundo y nuestro ambiente esperamos otra época, otras situaciones, condiciones más claras y dejamos para otra ocasión nuestro compromiso. Para atender al pobre, lo dejamos para otra ocasión, para otro pobre menos fastidioso, para un después que nunca llega. ¿Creemos realmente que Jesús ha llegado? Las señales que nos proporciona Jesús son muy claras: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”, pero hoy Él quiere hacerlas a través de nuestras manos, de nuestro anuncio, de nuestra participación. Quiere que nosotros ofrezcamos esas señales.

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede. Pero muchas veces nuestras respuestas son ambiguas y mucho más ambiguas nuestras acciones. No nos presentamos como discípulos comprometidos con la justicia y con la verdad, no abrimos los ojos de los ciegos, no fortalecemos las rodillas vacilantes… nos dejamos arrastrar por la ola de conformismo, miedo e indiferencia que ahoga las buenas intenciones. Quizás la pregunta nos queme en las manos porque cuestiona la esencia de nuestro cristianismo, quizás busquemos responder con fórmulas y rezos, pero la respuesta de Cristo resplandece luminosa en misericordia y compromiso con los más necesitados. Reflexionemos nuestra respuesta y descubramos nuestras señales. No seremos verdaderos discípulos si en lugar de Buena Nueva, estamos recriminando, destruyendo y apagando la mecha que aún humea. Debemos mirar muy dentro de nosotros si somos los cristianos esperados que se comprometen con la causa de los pobres, que luchan a corazón abierto contra la injusticia, que denuncian con valor las hipocresías, que tienen la suficiente humildad para reconocer las propias culpas antes de constituirse en jueces de los otros. ¿Seremos estos cristianos nosotros, o se debe esperar a otros?

Los incontables Juanes que están en la cárcel, que viven en la miseria, que sufren las injusticias, que están aguardando, quizás ya desilusionados y cansados de esperar, necesitan que alguien vaya a contarles no sólo que ha escuchado o leído, sino las señales que ha visto, las señales que hemos hecho con nuestros pobres esfuerzos. Es fácil el discurso, es más difícil el actuar. Pero en este Adviento no necesitamos discursos ni palabras bonitas, necesitamos señales que anuncien la venida inminente del Salvador.

Nuevamente Isaías se nos presenta con su grito de alegría y de esperanza: “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios…” Dios quiere la felicidad de los hombres. Los cristianos deberíamos reconocer que la Buena Nueva es siempre un mensaje de salvación, un mensaje de alegría y de liberación. Hemos construido un mundo cada vez más rico de posibilidades, pero también cada vez más hundido en un torbellino de contradicciones: más riqueza pero más pobres, más medios para la salud pero más muertos por enfermedades; más alimentos pero más hambre. En este mundo absurdo se requieren cristianos que anuncien que es posible construir la nueva humanidad fundada en la victoria de Cristo, que a pesar de todas las contradicciones es posible construir el Reino de Dios, que hay muchos pequeñitos e insignificantes que lo han tomado en serio y están en el camino. Pero eso afirma Isaías que hay que fortalecer las manos cansadas, afianzar las rodillas vacilantes y animar los corazones vacilantes.

Es Adviento, es tiempo de dar señales verdaderas de conversión, de amor y de fraternidad. ¿Cómo estamos construyendo este mundo que gime y grita en busca de salvación? ¿Hemos cerrado nuestros oídos a los dolores, al sufrimiento y a la injusticia? ¿Qué señales estamos dando de una Nueva Noticia?

Padre Bueno, mira al pueblo que en medio del dolor espera la Venida de tu Hijo, concédele celebrar el gran misterio de la Navidad con un corazón nuevo, compasivo y misericordioso. Amén

 


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Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 7 de diciembre de 2016. 7 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Comenzamos hoy una nueva serie de catequesis, sobre el tema de la esperanza cristiana. Es muy importante, porque la esperanza no decepciona. El optimismo decepciona, la esperanza no. ¿Claro? La necesitamos mucho, en estos tiempos que aparecen oscuros, en el que a veces nos sentimos perdidos delante del mal y la violencia que nos rodean, delante del dolor de muchos hermanos nuestros. Es necesaria la esperanza. Nos sentimos perdidos y también un poco desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no termine nunca.

Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros, yo espero porque Dios está junto a mí y esto podemos decirlo todos nosotros, cada uno de nosotros puede decir: yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano, me lleva de la mano. Dios no nos deja solos, el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida.

Y entonces, en particular en este tiempo de Adviento, que es el tiempo de la espera, en el que nos preparamos a acoger una vez más el misterio consolador de la Encarnación y la luz de la Navidad, es importante reflexionar sobre la esperanza. Dejémonos enseñar por el Señor qué quiere decir esperar. Escuchemos por tanto las palabras de la Sagrada Escritura, iniciando con el profeta Isaías, el gran profeta del Adviento, el gran mensajero de la esperanza.

En la segunda parte de su libro, Isaías se dirige al pueblo con un anuncio de consolación:

«¡Consuelen, consuelen a mi pueblo,

dice su Dios!

Hablen al corazón de Jerusalén

y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada […]».

Una voz proclama:

¡Preparen en el desierto el camino del Señor,

tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!

¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas;

que las quebradas se conviertan en llanuras

y los terrenos escarpados, en planicies!

Entonces se revelará la gloria del Señor

y todos los hombres la verán juntamente,

porque ha hablado la boca del Señor» (40,1-2.3-5).

Esto es lo que dice el profeta Isaías.

Dios Padre consuela suscitando consoladores, a los que pide animar al pueblo, a sus hijos, anunciando que ha terminado la tribulación, ha terminado el dolor, y el pecado ha sido perdonado. Es esto lo que sana el corazón afligido y asustado. Por eso el profeta pide preparar el camino al Señor, abriéndose a sus dones de salvación.

La consolación, para el pueblo, comienza con la posibilidad de caminar sobre el camino de Dios, un camino nuevo, rectificada y viable, un camino para preparar en el desierto, así para poder atravesarlo y volver a la patria. Porque el pueblo al que el profeta se dirige está viviendo en ese tiempo la tragedia del exilio de Babilonia, y ahora sin embargo se escucha decir que podrá volver a su tierra, a través de un camino hecho cómodo y largo, sin valles ni montañas que hacen cansado el camino, un camino allanado en el desierto. Preparar ese camino quiere decir por tanto preparar un camino de salvación y un camino de liberación de todo obstáculo y tropiezo.

El exilio del Pueblo de Israel fue un momento dramático en la historia, cuando el pueblo había perdido todo, el pueblo había perdido la patria, la libertad, la dignidad, y también la confianza en Dios. Se sentía abandonado y sin esperanza. Sin embargo, este es el llamamiento del profeta que abre de nuevo el corazón a la fe. El desierto es un lugar en el que es difícil vivir, pero precisamente allí ahora se podrá caminar para volver no solo en patria, sino volver a Dios, y volver a esperar y volver a sonreír. Cuando estamos en la oscuridad, en las dificultades, no viene la sonrisa. Es precisamente la esperanza la que nos enseña a sonreír en ese camino para encontrar a Dios. Una de las primeras cosas que suceden a las personas que se separan de Dios, es que son personas sin sonrisas. Quizá son capaces de hacer una gran carcajada, hacen una detrás de otra. Una broma, una carcajada. Pero la sonrisa falta. La sonrisa solo la da la esperanza. ¿Habéis entendido esto? La sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios.

La vida a menudo es un desierto, es difícil caminar dentro de la vida, pero si nos encomendamos a Dios se puede convertir en bonita y larga como una autovía. Basta no perder nunca la esperanza, basta continuar a creyendo, siempre, a pesar de todo. Cuando nos encontramos delante de un niño, quizá tendremos muchos problemas, muchas dificultades, pero cuando estamos delante de un niño te viene de dentro la sonrisa. La sencillez, porque nos encontramos delante de la esperanza, un niño es una esperanza. Y así tenemos que ver en la vida, en este camino, la esperanza de encontrar a Dios, Dios que se ha hecho niño por nosotros. Y nos hará sonreír, nos dará todo.

Precisamente estas palabras de Isaías vienen después usadas por Juan Bautista en su predicación que invitaba a la conversión. Decía así: «Voz que clama en el desierto: preparad el camino al Señor» (Mt 3,3). Es una voz que grita donde parece que nadie pueda escuchar. Pero ¿quién puede escuchar en el desierto? Los lobos. Y que grita en su pérdida debido a la crisis de fe. Nosotros no podemos negar que el mundo de hoy está en crisis de fe. Sí, decimos, yo creo que Dios, yo soy cristiano, yo soy de esa religión, pero tu vida está muy lejos de ser cristiano, está bien lejos de Dios. La religión, la fe ha caído en una palabra. Yo creo, sí, pero no. Aquí se trata de volver a Dios, convertir el corazón a Dios e ir por este camino para encontrarlo. Él nos espera. Esta es la predicación de Juan Bautista, preparar, preparar el encuentro con ese Niño que nos dará de nuevo la sonrisa. Los israelitas, cuando el Bautista anuncia la venida de Jesús, es como si estuvieran todavía en el exilio, porque están bajo la dominación romana, que les hace extranjeros en su propia patria, gobernados por ocupantes poderosos que deciden sobre sus vidas. Pero la verdadera historia no es la hecha por los poderosos, sino la hecha por Dios junto con sus pequeños. La verdadera historia, la que permanecerá en la eternidad, es la que escribe Dios con sus pequeños. Dios con María, Dios con Jesús, Dios con José, Dios con los pequeños. Esos pequeños y sencillos que encontramos junto a Jesús que nace: Zacarías e Isabel, ancianos y marcados por la esterilidad; María, joven virgen prometida con José; los pastores, que eran despreciados y no contaban nada. Son los pequeños, hechos grandes por su fe, los pequeños que saben continuar esperando. La esperanza es una virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza, no saben qué es.

Son ellos, los pequeños con Dios, con Jesús, que transforman el desierto del exilio, de la soledad desesperada, del sufrimiento, en un camino plano sobre el que caminar para ir al encuentro a la gloria del Señor. Y llegamos al por tanto. Dejémonos enseñar la esperanza, dejémonos enseñar la esperanza, esperando con confianza la venida del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, cada uno sabe en qué desierto camino, cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, se convertirá en un jardín florecido. La esperanza no decepciona. Lo decimos otra vez. La esperanza no decepciona. Gracias. 


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Comentario a la liturgia dominical por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, director espiritual y profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 6 diciembre 2016 (ZENIT – México)

Tercer Domingo de Adviento Ciclo A

 Textos: Isaías 35,1-6.10; Santiago 5, 7-10; Mateo 11,2-11.

Idea principal: Abrirnos a la alegría mesiánica que nos trae Cristo.

Resumen del mensaje: el primer domingo de Adviento Dios nos invitaba a despertar. En el segundo a convertirnos. Hoy nos invita a la alegría, a la alegría mesiánica. Es el domingo del “Gaudete”, es decir, “Alegraos”. La vida cristiana tiene que ser vivida desde la alegría, aun en medio de dificultades y desiertos de la vida (primera lectura), porque la tenemos fundamentada en Cristo, como Juan Bautista (evangelio). Alegría que tenemos que regar, abonar, cuidar (segunda lectura) y transmitir a nuestro alrededor.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, este Cristo Salvador que viene en Navidad nos llenará de su alegría, pues Él es la alegre noticia del Padre, y por eso “el desierto y el yermo (de nuestro corazón) se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa” (primera lectura). Sí, habrá descalabros, calamidades, quebraderos de cabeza, pero el cristiano hoy debe escuchar la voz profética que le invita a la esperanza y a la alegría, porque Dios entró y entra en nuestra historia, en nuestra vida. Y Él es fiel (salmo). Hará que los cojos caminen, que los mudos hablen, que el desierto se convierta en jardín, que los cobardes se vuelvan valientes. ¿Soy un cristiano de esperanza gozosa o un cristiano triste y pesimista? Dice el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Evangelii gaudium, n. 2)

En segundo lugar, esta alegría recibida por Cristo el día de su Encarnación tiene que ser cultivada, regada, abonada con el esfuerzo y la paciencia, para que dé fruto precioso (segunda lectura), como hace el buen labrador. De lo contrario, se agosta y fenece. No tengamos miedo a las escarchas, a las nieves, a los vientos y la lluvia; todo es necesario para que florezca mi vida, pues lo permite Dios. ¿Mi vida florece o está seca? ¿Si está seca, no será que he abandonado el riego y el abono? ¿Tal vez no arranco las malas hierbas de mi corazón y se están comiendo esa alegría de la salvación que Jesús sembró en mi corazón? “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” ((Evangelii gaudium, n. 1).

Finalmente, la alegría de Juan Bautista, ¿en qué y en quién se basaba? (evangelio). Él estaba en la cárcel, porque su predicación era clara e invitaba al rey Herodes a convertirse, pues vivía en adulterio. No era para estar alegre. Tampoco su alegría consistía en cosas, pues vivía en austeridad y pobreza. La alegría de Juan Bautista se basaba en haberse encontrado y aceptado a Cristo en su vida, y por eso daba testimonio valiente de Cristo. ¿En dónde está mi alegría? ¿Qué hago por llevar esa alegría de Cristo a mi casa, a mi casa, a mi puesto de trabajo?

Para reflexionar: revisemos en este domingo de la alegría a quién estamos transmitiendo esa alegría de nuestro corazón. Y en el caso de que esa alegría haya muerto por el pecado, acerquémonos a la confesión en estos días para recuperar la alegría de la salvación. Será la mejor manera de acercarnos a la Navidad. “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (Evangelii gaudium, n. 5).

Para rezar:

Dame, Señor, el don de la alegría,

que canta sin reservas,

la belleza del mundo,

la grandeza del hombre,

la bondad de su Dios.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que me haga siempre joven,

aunque los años pasen;

la alegría que llena de luz el corazón.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que colma de sonrisas,

de abrazos y de besos,

el encuentro de amigos, la vida y el amor.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que me una contigo,

el Dios siempre presente,

en quien todo converge y en quien todo se inspira.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que alienta el corazón

y nos muestra un futuro

lleno de bendiciones, a pesar del dolor.

Amén.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


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Martes, 06 de diciembre de 2016

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Inmacula Concepción ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Inmaculada Concepción

En medio del Tiempo de Adviento, cuánto nos ayuda esta solemnidad de la Virgen. Parece como si estuviera pensada, expresamente, para nuestra preparación para la Navidad.  Por eso me parece que sería bueno encuadrar nuestra contemplación de este misterio de la Virgen, en el Tiempo de Adviento. En efecto, la solemnidad que celebramos nos ayuda a comprender mejor la necesidad de un Salvador, nos  indica cómo prepararnos para su Venida en la Navidad y para su Vuelta Gloriosa, y nos dice, incluso, cómo tiene que ser toda nuestra vida cristiana.

En la 1ª Lectura contemplamos cómo el hombre rompe con Dios. Pierde su condición de hijo, y aparece el sufrimiento, el mal y la muerte. ¡Es el pecado original!

De esta forma, se mete en un callejón sin salida: Ha podido alejarse de Dios, pero ahora, por sí mismo, no puede volver a Él. Tendrá que venir Dios mismo a salvarle.

¡Se necesita un Salvador!  Y no sólo lo necesitaron nuestros primeros padres, sino todo hombre y toda mujer. A todos nos llegan las consecuencias de un pecado que no cometimos. Y la misma sociedad experimenta, de algún modo, “el misterio del mal”, las consecuencias del pecado y la necesidad de un libertador.

¿Y qué es celebrar la Navidad sino saltar de gozo, al contemplar al Salvador que llega? De este modo, comprendemos mejor la necesidad de prepararnos bien para esta gran festividad que se acerca. ¿Y cómo hacerlo? ¿De qué mejor manera  que como Dios mismo preparó a la Virgen María desde el momento mismo de su Concepción? En efecto, cuando el alma de la Virgen se va a unir a su cuerpo en el seno de su madre, Dios interviene y la preserva del pecado original y la llena de gracia. Por eso hablamos de Concepción Inmaculada, es decir, sin mancha. En el Evangelio de hoy escuchamos cómo el ángel la saluda como la llena de gracia. Así, nosotros, en nuestra preparación para la Navidad, tenemos que esforzarnos por liberarnos de todo pecado y crecer en santidad.

Hoy contemplamos, por tanto, a María, toda limpia, toda hermosa. Y la Iglesia en este día proclama: "Todo es hermoso en ti, Virgen María, ni siquiera tienes la mancha del pecado original".

Y cuando los poetas se han acercado a este misterio de María, se han quedado sin palabras: "Bien lo sé yo, musa mía, el gran himno de María no lo rima ni lo canta miel de humana poesía ni voz de humana garganta”. Y también: “Sol del más hermoso día, Vaso de Dios puro y fiel. ¡Por ti pasó Dios, María! Cuán pura el Señor te haría, para hacerte digna de Él”. (Gabriel y Galán).

Por último, descubrimos aquí cómo tiene que ser toda nuestra vida: un esfuerzo constante por  vencer el pecado y crecer en santidad, como nos recuerda la segunda lectura de hoy.

De este modo, podremos proclamar siempre con el salmo responsorial: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”.               

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

                


Publicado por verdenaranja @ 19:36  | Espiritualidad
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LA INMACULADA CONCEPCIÓN     

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Con un lenguaje  característico, propio del Libro del Génesis, se nos presenta, en esta lectura, la caída en el pecado de nuestros primeros padres y el anuncio de nuestra liberación. Es el pecado original del que fue preservada, en su Concepción, la Inmaculada Virgen María. 

SALMO

        La acción salvadora de Dios, expresada en la Concepción sin pecado de María, provoca en nuestra asamblea un canto agradecido y triunfal al Dios que hace maravillas. Su misericordia y fidelidad son eternas. 

SEGUNDA LECTURA

        La grandeza de la Virgen María hemos de contemplarla dentro de todo el proyecto grandioso, que Dios establece, desde toda la eternidad, y del que nos habla ahora S. Pablo. 

TERCERA LECTURA

        En el momento de la Anunciación, el ángel saluda a María como llena de gracia. La Maternidad divina de la Virgen, que aquí se anuncia, es la razón de todas las gracias singulares, que adornan el cuerpo y el alma de la Santísima Virgen María.

Aclamemos ahora al Señor  de pie, con el canto del aleluya. 

COMUNIÓN

        Al acercarnos a comulgar miremos a la Virgen María: su alma es limpísima, exenta de pecado y llena de la plenitud de la gracia.

Pidámosle al Señor que nos ayude a parecernos cada día más a ella, que es nuestra Madre, y a recibir siempre al Señor en la Comunión,  como ella lo recibió.

 


Publicado por verdenaranja @ 19:34  | Liturgia
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Texto completo del papa Francisco en el ángelus del 4 de diciembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este segundo domingo de Adviento resuena la invitación de Juan el Bautista: “¡Convertíos porque el reino de los cielos está cerca!” (Mt 3,2). Con estas palabras Jesús dará inicio a su misión en Galilea (cfr Mt 4,17); y tal será también el anuncio que deberán llevar los discípulos en su primera experiencia misionera (cfr Mt 10,7). El evangelista Mateo quiere así presentar a Juan como el que prepara el camino al Cristo que viene, y los discípulos como los continuadores de la predicación de Jesús. Se trata del mismo alegre anuncio: ¡viene el reino de Dios, es más, está cerca, está en medio de nosotros! Esta palabra es muy importante: “el reino de Dios está en medio de vosotros”, dice Jesús. Y Juan anuncia esto que Jesús luego dirá: “El reino de Dios ha venido, ha llegado, está en medio de vosotros”. Este es el mensaje central de toda misión cristiana. Cuando un misionero va, un cristiano va a anunciar a Jesús, no va a hacer proselitismo como si fuera un hincha que busca más seguidores para su equipo. No, va simplemente a anunciar: “¡El reino de Dios está en medio de vosotros!”. Y así el misionero prepara el camino a Jesús, que encuentra a su pueblo.

¿Pero qué es este reino de Dios, reino de los cielos? Son sinónimos. Nosotros pensamos enseguida en algo que se refiere al más allá: la vida eterna. Cierto, esto es verdad, el reino de Dios se extenderá sin fin más allá de la vida terrena, pero la buena noticia que Jesús nos trae — y que Juan anticipa– es que el reino de Dios no tenemos que esperarlo en el futuro: se ha acercado, de alguna manera está ya presente y podemos experimentar desde ahora el poder espiritual. Dios viene a establecer su señorío en la historia, en nuestra vida de cada día; y allí donde esta viene acogida con fe y humildad brotan el amor, la alegría y la paz.

La condición para entrar a formar parte de este reino es cumplir un cambio en nuestra vida, es decir, convertirnos. Convertirnos cada día, un paso adelante cada día. Se trata de dejar los caminos, cómodo pero engañosos, de los ídolos de este mundo: el éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, la sed de riquezas, el placer a cualquier precio. Y de abrir sin embargo el camino al Señor que viene: Él no quita nuestra libertad, sino que nos da la verdadera felicidad. Con el nacimiento de Jesús en Belén, es Dios mismo que viene a habitar en medio de nosotros para librarnos del egoísmo, del pecado y de la corrupción, de estas estas actitudes que son del diablo: buscar éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, tener sed de riquezas y buscar el placer a cualquier precio.

La Navidad es un día de gran alegría también exterior, pero es sobre todo un evento religioso por lo que es necesaria una preparación espiritual. En este tiempo de Adviento, dejémonos guiar por la exhortación del Bautista: “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos” (v. 3).

Nosotros preparamos el camino del Señor y allanamos sus senderos cuando examinamos nuestra conciencia, cuando escrutamos nuestras actitudes, cuando con sinceridad y confianza confesamos nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. En este sacramento experimentamos en nuestro corazón la cercanía del reino de Dios y su salvación. La salvación de Dios es trabajo de una amor más grande que nuestro pecado; solamente el amor de Dios puede cancelar el pecado y liberar del mal, y solamente el amor de Dios puede orientarnos sobre el camino del bien.

Que la Virgen María nos ayude a prepararnos al encuentro con este Amor cada vez más grande que en la noche de Navidad se ha hecho pequeño pequeño, como una semilla caída en la tierra, la semilla del reino de Dios.

Después del ángelus, el Papa ha añadido:

Queridos hermanos y hermanas,

¡Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos!

Saludo en particular a los fieles venidos de Córdoba, Jaén y Valencia, de España; de Split y Makarska, en Croacia; de las parroquias de Santa María de la Oración y del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo en Roma.

A todos os deseo un feliz domingo y un buena camino de Adviento. Este preparar el camino al Señor, convertirnos cada día.

Hasta el jueves por la fiesta de María Inmaculada. En estos días rezamos unidos pidiendo su materna internación por la conversión de los corazones y el don de la paz.

Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo!

 


Publicado por verdenaranja @ 19:31  | Habla el Papa
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‘Derribar muros’.  Por  Enrique Díaz Díaz. 2 diciembre 2016 (Zenit)

Segundo domingo de Adviento

Isaías 11, 1-10: “Les hará justicia a los pobres”
Salmo 71: “Ven, rey de justicia y de paz”
Romanos 15, 4-9: “Cristo salvó a todos los hombres”
San Mateo 3, 1-12: “Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los cielos”

Me llega una invitación de esas que animan y alegran el corazón: “El próximo 18 de diciembre, ‘Día del Migrante’, se llevará a cabo la bendición de la Cocina-comedor de los hermanos migrantes, ubicado en la comunidad Emiliano Zapata, Palenque, Chis.” Y siguen unas palabras de motivación: “para con su presencia solidaria abrir nuestras fronteras a los hermanos migrantes centroamericanos porque ‘ningún ser humano es ilegal’, ‘Ser migrante no es delito’”. Es uno de tantos esfuerzos que a lo largo de la Frontera Sur y de muchos sitios de México, hace la gente sencilla que abre su corazón a la necesidad de los migrantes que aparecen ahora como desplazados y buscan refugio. Así, mientras a nivel nacional e internacional se escuchan reproches, insultos xenofóbicos y discriminatorios, y se pretende construir muros, alambradas y vallados… los pobres construyen puentes, abren puertas y enderezan caminos: hacen Adviento. ¡Qué diferentes actitudes!

Juan Bautista llega como una aparición fantasmal con pelos en su túnica de camello, pero sin pelos en la lengua. El desierto en la Biblia tiene un significado profundo. Al desierto se va a hacer oración, a encontrarse con Dios. Pero ahora desde el desierto nos llega una voz exigente: “Conviértanse… preparen… enderecen”. El llamado de urgencia a velar que recordábamos el domingo anterior, ahora se transforma en acciones concretas. La voz de Juan es como un aguijón que quiere lanzarnos al encuentro del Señor que ya llega. Adviento se traduce en salir al encuentro, en enderezar el camino, en abrir el corazón. Hemos vivido nosotros la experiencia dura del aislamiento, del que se queda solo, sin comunicación, abandonado. Así no se puede salvar. Nuestro mundo, a pesar de tantas comunicaciones, va encerrando al hombre en sus prisiones de aislamiento y soledad, de individualismo y egoísmo. Buscando la propia seguridad y bienestar rompe la relación con los demás, rompe con la naturaleza, rompe consigo mismo y rompe con Dios. Solamente acepta relaciones superficiales. Es cierto, llena su corazón de naderías, ocupa su mente en banalidades, pero no establece verdaderas relaciones con nadie.

La crítica demoledora de Juan el Bautista alcanza nuestros tiempos y nuestras situaciones. Sus tronantes acusaciones no quedan en el pasado. Exigir la justicia y la verdad, denunciar las falsas seguridades, enderezar los caminos, son temas de todos los tiempos y de toda la humanidad. Ciertamente lastima y ofende a quienes se sienten aludidos, a quienes se han montado en las estructuras del poder. Desenmascara y denuncia las hipocresías. Con sus verdades hiere y hace sufrir a los fariseos, pero en realidad si la verdad hace sufrir no es culpa de quien la dice, sino de quien la distorsiona. Y muestra el camino para el cambio del corazón: “Hagan ver con obras su conversión”.

Tiempo de Adviento es tiempo de tender lazos, de romper muros, de abrir corazones. Nuestro camino en el desierto, aquel que lleva al encuentro con Dios que se hace hombre, debe llamarse “conversión”: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. La única manera de celebrar verdaderamente la Navidad será posible cuando nos hayamos convertido, cuando el hombre se descubra necesitado y abra su corazón. El Papa, nos invita a no dobleglarnos ante los muros, a no tener miedo: “Porque la misericordia es el mejor antídoto contra el miedo. Mucho más eficaz que los muros, las rejas, las alarmas y las armas. Y es gratis: es un don de Dios. No nos dejemos engañar: todos los muros caen. Sigamos trabajando para construir puentes entre los pueblos, puentes que nos permitan derribar los muros de la exclusión y la explotación. Enfrentemos el Terror con Amor”.

Muy cercana a esas exigencias del Bautista, pero en un tono optimista y soñador se nos presenta la visión de Isaías en la Primera Lectura de este domingo. A algunos les sonará a utopía pura, idealismo y sueño de locos, pero no debe ser así. Exigir la justicia para los pobres, preocuparse realmente por los oprimidos, hablar con valentía sin acomodarse a los propios intereses o a los caprichos de los poderosos, no caer en la complicidad de corrupción y engaño, son tareas esenciales del creyente que todos podemos y debemos realizar. No juzgar según las apariencias ni amarrarse a posiciones o partidos antes que a la verdad, son principios elementales que pueden traducirse en acciones en nuestra realidad cotidiana.

Ciertamente el día en que el lobo habite con el cordero, que la pantera se eche junto al novillo o que el niño juegue tranquilamente con la víbora, está todavía lejano. Pero mientras tanto podríamos ir comenzando por reconocernos como hermanos, construyendo una fraternidad creíble; se podría intentar vivir y convivir juntos sin hacer discriminaciones, se podría compartir el pan y el vestido, se podrían realizar tantas pequeñas acciones de cercanía, de compasión y de fraternidad… Tantas cosas que parecería que estamos alcanzando la utopía.

El canto de Isaías y las palabras de Juan son una interpelación y al mismo tiempo una buena noticia. Interpelación a la conversión, como insiste Juan Bautista. Conversión desde lo más profundo. ¡Qué exigente es con los fariseos y saduceos que pretendían recibir el bautismo pero seguir con su misma vida! Los llama raza de víboras y los amenaza con la imagen del hacha que está cortando las raíces. Pero al mismo tiempo es una buena noticia porque la promesa de Dios es para todos. Si aprendemos a vivir en solidaridad, si hacemos lo posible porque la justicia y la verdad lleguen a todos los pobres, si, como dice San Pablo, vivimos en armonía y nos acogemos los unos a los otros, ciertamente se va haciendo realidad la promesa de Dios hecha a su pueblo. Si construimos puentes en lugar de muros, si abrimos el corazón en lugar de rechazos… estará más cerca la Navidad.

¿Es posible romper nuestra caparazón de individualismo y egoísmo para abrirnos a los demás? ¿Estamos dispuestos a construir un mundo nuevo? ¿Qué necesitamos para restablecer relación con Dios, con los demás, con la naturaleza?

Padre bueno que nos has llamado a la unidad y al amor, al prepararnos al nacimiento de tu Hijo Jesús, concédenos construir los caminos de justicia y de paz que hagan posible el mundo de fraternidad anunciado por los profetas. Amén.

 


Publicado por verdenaranja @ 19:27  | Espiritualidad
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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel.  2 diciembre 2016 (Zenit)

No muros, sino apertura

VER
Donald Trump insiste en su decisión de aumentar y hacer más efectivo el muro que separa a nuestro país de los Estados Unidos. En otras partes del mundo también existen ese tipo de impedimentos para que las personas se trasladen de un país a otro. La muralla china es un exponente histórico. También lo fue el Muro de Berlín. Entre Israel y Palestina hay una separación no sólo física, sino bélica. En algunos lugares, son las montañas o los ríos los que separan a los pueblos, pero se han construido puentes y túneles que unen.

Hay otro tipo de muros. Hay personas que se consideran las únicas capaces, y crean muros a su alrededor; no se juntan con nadie, porque juzgan y condenan a todos los que no son como ellos. En los propios hogares, a veces hay muros que impiden el diálogo, la convivencia serena, la armonía y la paz. Entre partidos, hay diferencias que son normales y positivas, pero también distancias que impiden alianzas sanas y provechosas para el bien común. En grupos de Iglesia, hay muros entre los mismos creyentes, por sus diferentes maneras de entender y vivir la fe. Se excluyen unos a otros y no quieren reunirse para nada con los otros.

PENSAR
El Papa Francisco ha dicho recientemente: “La separación ha sido una fuente inmensa de sufrimientos e incomprensiones. Nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente” (31-X-2016). “El diálogo es la única vía para todos los conflictos. O se dialoga, o se grita; no hay otra” (1-XI-2016).

“El diálogo permite a las personas conocerse y comprender las exigencias los unos de los otros. Sobre todo, es señal de gran respeto. No dialogamos cuando hacemos prevalecer nuestra posición frente a la del otro. No dialogamos cuando no escuchamos suficientemente o tendemos a interrumpir al otro para demostrar que tenemos razón: ¡No! ¡No! ¡No es así! Y no dejamos que la persona termine de explicar lo que quiere decir.

Dialogar ayuda a las personas a humanizar las relaciones y a superar las incomprensiones. ¡Hay tanta necesidad de diálogo en nuestras familias, entre los profesores y sus alumnos; o entre directivos y obreros! El diálogo derriba los muros de las divisiones y de las incomprensiones. Dialogar es escuchar lo que me dice el otro y decir con docilidad lo que pienso yo. Pero si yo no dejo que el otro diga todo lo que tiene en el corazón y empiezo a gritar, no llegará a buen fin la relación entre marido y mujer, entre padres e hijos. Escuchar, explicar, con docilidad, no chillar al otro, no gritar al otro, sino tener un corazón abierto. Los invito a ser, por medio del diálogo, instrumentos que creen una red de respeto y fraternidad para derribar los muros de la división y de la incomprensión, y así crear puentes de comunicación para ser dignos de la misericordia de Dios” (28-X-2016).

“La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad. Estamos llamados a ser seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón. Los aliento a actuar, al estilo de Jesús, con gran respeto y solidaridad con los hermanos y hermanas de las otras iglesias y comunidades cristianas” (1-XI-2016).

ACTUAR
Animémonos a dar los primeros pasos para acercarnos a aquellos con quienes tenemos diferencias de cualquier índole. Aprendamos a escuchar sus posturas, incluso sus reproches y sus quejas, sin defendernos en todo y sin atacar sistemáticamente. Descubramos la parte de verdad que tienen, que en el fondo puede ser la misma que la nuestra, pero desde otro ángulo que nos enriquece. No nos hagamos los autorreferenciales, como si fuéramos los perfectos y el centro del universo.

Entre creyentes, es más lo que nos une que lo que nos divide. Creemos en Jesús y queremos colaborar en la construcción de su Reino. Pero su Reino no es sólo justicia; es también verdad y vida, santidad y gracia, amor, misericordia y paz. Y cada grupo y persona construimos un aspecto de ese Reino; entre todos, avanzamos más. No nos encerremos en nosotros mismos. Los demás también valen.

 


Publicado por verdenaranja @ 19:23  | Hablan los obispos
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Texto completo de la primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa. 2 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

“CREO EN EL ESPÍRITU SANTO”

 

La novedad del post-concilio

Con la celebración del 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II se concluyó la primera fase del “después del Concilio” y se abre otra. Si la primera fase ha estado caracterizada por los problemas relativos a la “recepción” del Concilio, esta nueva se caracterizará, creo, por el completar e integrar el Concilio; en otras palabras, el releer el Concilio a la luz de los frutos producidos, dando luz también a lo que falta, o que estaba presente solo en la fase seminal.

La mayor novedad del post Concilio, en la teología y en la vida de la Iglesia, tiene un nombre precioso: el Espíritu Santo. El Concilio no había ignorado su acción en la Iglesia, pero había hablado casi siempre en passant, mencionándolo a menudo, pero sin dar luz al rol central, ni tampoco en la constitución sobre la Liturgia. En una conversación, en el tiempo en el que estábamos juntos en la Comisión Teológica Internacional, recuerdo que el padre Yves Congar usó una imagen fuerte respecto a esto; habló de un Espíritu Santo, esparcido aquí y allí en los textos, como se hace con el azúcar sobre los dulces que, sin embargo, no entra a formar parte de la composición de la masa.

El deshielo sin embargo había comenzado. Podemos decir que la esperanza de san Juan XXIII del concilio como de “un nuevo Pentecostés para la Iglesia” ha encontrado su actuación solo después, con el concilio concluido, como ha sucedido a menudo, por otro lado, en la historia de los concilios.

En el año entrante se celebra el 50º aniversario del inicio, en la Iglesia católica, de la Renovación Carismática. Es uno de los muchos signos -el más evidente por la vastedad del fenómeno- del despertar del Espíritu y de los carismas en la Iglesia. El Concilio había allanado el camino a su acogida, hablando, en la Lumen gentium, de la dimensión carismática de la Iglesia, junto a esa institucional y jerárquica, e insistiendo en la importancia de los carismas[1]. En la homilía de la misa crismal del Jueves Santo de 2012, Benedicto XVI afirmó:

“Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en movimientos llenos de vida y que hacen casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo”.

Contemporáneamente, la renovada experiencia del Espíritu Santo ha estimulado la reflexión teológica[2]. Después del concilio se han multiplicado los tratados sobre el Espíritu Santo: entre los católicos, el del mismo Congar[3], de K. Rahner[4], de H.Mühlen[5] y de von Balthasar[6]; entre los luteranos el de J. Moltmann[7] y de M. Welker[8], y de muchos otros. Por parte del magisterio ha estado la encíclica de san Juan Pablo II “Dominum et vivificantem”. Con ocasión del XVI centenario del concilio de Constantinopla del 381, el mismo Sumo Pontífice promovió un congreso internacional de Pneumatología en el Vaticano, cuyos actos fueron publicados por la Librería Editrice Vaticana, en dos grandes volúmenes titulados “Credo in Spiritum Sanctum” [9].

En los últimos años estamos asistiendo a un paso decidido hacia delante en esta dirección. Hacia el final de su carrera, Karl Barth hizo una afirmación provocadora que era, en parte, también una autocrítica. Dijo que en un futuro se desarrollaría una teología diferente, la “teología del tercer artículo”. En el mismo sentido se expresó Karl Rahner. Por “tercer artículo” se entiende, naturalmente, el artículo del credo sobre el Espíritu Santo. La sugerencia no cayó en el vacío. De aquí se inició la actual corriente denominada, precisamente, “Teología del tercer artículo”.

No creo que tal corriente quiera sustituir a la teología tradicional (sería un error si lo pretendiera), sino más bien estar a su lado y vivificarla. Esta se propone hacer del Espíritu Santo no solo el objeto del tratado que a él se refiere, la Pneumatología, sino por así decir la atmósfera en la que se desarrolla toda la vida de la Iglesia y cada búsqueda teológica, la “luz de los dogmas”, como un antiguo Padre de la Iglesia definía al Espíritu Santo.

La exposición más completa de esta reciente corriente teológica es el volumen de ensayos que apareció en inglés el pasado octubre, con el título “Teología del tercer artículo. Para una dogmática pneumatológica”[10]. En él, partiendo de la doctrina trinitaria de la gran tradición, teólogos de diferentes Iglesias cristianas ofrecen su contribución, como premisa a una teología sistemática más abierta al Espíritu y que responde más a las exigencias actuales. Se me ha pedido también a mí, como católico, contribuir con un ensayo sobre “Cristología y pneumatología en los primeros siglos de la Chiesa”.

El credo leído desde abajo

Las razones que justifican esta nueva orientación teológica no son solamente de orden dogmático, sino también histórico. En otras palabras, se entiende mejor qué es, y qué se propone, la teología del tercer artículo si se tienen en cuenta cómo se ha formado el símbolo actual Niceno-Constantinopolitano. De esta historia emerge clara la utilidad de leer una vez tal símbolo “a la inversa”, es decir, empezando por el final en vez de que desde el principio.

Trato de explicar qué pretendo decir. El símbolo Niceno-Constantinopolitano refleja la fe cristiana en su fase final, después de todas las declaraciones y las definiciones conciliares, terminadas en el siglo V. Refleja el orden alcanzado al final del proceso de formulación del dogma, pero no refleja el proceso mismo. No corresponde, en otras palabras, al proceso con el que de hecho la fe de la Iglesia se ha formado históricamente, y tampoco corresponde al proceso con el que se añade hoy a la fe, entendida con fe viva en un Dios vivo.

En el credo actual, se parte de Dios Padre y creador, de Él se pasa al Hijo y a su obra redentora, y finalmente al Espíritu Santo operante en la Iglesia. En la realidad, la fe siguió el camino inverso. Fue la experiencia pentecostal del Espíritu que llevó a la Iglesia a descubrir quién era verdaderamente Jesús y cuál había sido su enseñanza. Con Pablo y sobre todo con Juan, se llega a subir de Jesús al Padre. Es el Paráclito que, según la promesa de Jesús, conduce a los discípulos a la “plena vedad” sobre Él y el Padre (Jn 16, 13).

San Basilio de Cesárea resume en estos términos el desarrollo de la revelación y de la historia de la salvación:

“El camino del conocimiento de Dios procede del único Espíritu, a través el único Hijo, hasta el único Padre; inversamente la bondad natural, la santificación según la naturaleza, la dignidad real se difunden desde el Padre, por medio del Unigénito, hasta el Espíritu” [11].

En otras palabras, en el orden de la creación y del ser, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y llega a nosotros en el Espíritu; en el orden de la redención y del conocimiento, todo comienza con el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre. ¡Podemos decir que san Basilio es el verdadero iniciador de la teología del tercer artículo! En la tradición occidental todo esto está expresado sintéticamente en la estrofa final del himno del Veni creator. Dirigiéndose al Espíritu Santo, en esta la Iglesia reza diciendo:

Per te sciamus da Patrem,

noscamus atque Filium,

te utriusque Spiritum

credamus omni tempore.

Haz que por ti conozcamos al Padre

y sabemos también quien es el Hijo

y que en ti, Espíritu de ambos,

creamos ahora y eternamente.

Esto no significa mínimamente que el credo de la Iglesia no sea perfecto o que deba ser reformado. Es la manera de leerlo que de vez en cuando es útil cambiar, para rehacer el camino con el que se ha formado. Entre las dos formas de utilizar el credo – como producto cumplido, o en su mismo hacerse -, está la misma diferencia que hacer personalmente, de buena mañana, la escalada del Monte Sinaí partiendo del monasterio de Santa Caterina, o leer el relato de uno que ha hecho la escalada antes que nosotros.

Un comentario sobre el “tercer artículo”

Intentaré por lo tanto, en las tres meditaciones de Adviento, proponer reflexiones sobre algunos aspectos de la acción del Espíritu Santo, partiendo justamente del tercer artículo del credo que se refiere a esto. Esto comprende tres grandes afirmaciones: partamos de la primera:

a.“Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida”.

El credo no dice que el Espíritu Santo es “el” Señor (un poco antes, en el credo se proclama: “creo en un solo Señor Jesucristo”. Señor (en el texto original, to kyrion, neutro!) indica aquí la naturaleza, no la persona; dice qué cosa es, no quién es el Espíritu Santo. “Señor” quiere decir que el Espíritu Santo comparte la Señoría de Dios, que está de la parte del Creador, no de las criaturas; en otras palabras que es de naturaleza divina.

A esta certeza la Iglesia había llegado basándose no solamente en la Escritura, pero también en la propia experiencia de salvación. El Espíritu, escribía ya san Atanasio, no puede ser una creatura porque cuando somos tocados por él (en los sacramentos, en la Palabra, en la oración) sentimos la experiencia de entrar en contacto con Dios en persona, no con un intermediario suyo. Si nos diviniza, quiere decir que es el mismo Dios[12].

¿No se podía, en el símbolo de la fe, decir la misma cosa de una manera más explícita, definiendo al Espíritu Santo pura y simplemente “Dios y consustancial con el Padre”, como se había hecho con el Hijo en el concilio de Nicea? Seguramente y fue justamente esta la crítica hecha por algunos obispos, entre los cuales san Gregorio Nazianzeno, a la definición. Por motivos de oportunidad y de paz, se prefirió decir la misma cosa con expresiones equivalentes, atribuyendo al Espíritu, además que el título de Señor, también la isotimia, o sea la igualdad con el Padre y el Hijo en la adoración y en la glorificación de la Iglesia.

La expresión sucesiva, según la cual el Espíritu Santo “da la vita”, es traída de diversos pasajes del Nuevo Testamento: “Es el Espíritu que da la vida” (Jn 6, 63); “La ley del Espíritu da la vida en Cristo Jesús” (Rm 8, 2); “El último Adan se volvió espíritu dador de vida” (1 Cor 15, 45); “La letra mata, el Espíritu vivifica” (2 Cor 3, 6).

Nos ponemos tres preguntas. Primero, ¿qué vida da el Espíritu Santo? Respuesta: da la vida divina, la vida de Cristo. Una vida sobre-natural, no una super-vida natural; crea al hombre nuevo, no al superhombre de Nietzsche “inflado de vida”. Segundo, ¿dónde nos da tal vida? Respuesta: en el bautismo, que es presentado de hecho como un “renacer del Espíritu” (Jn 3, 5), en los sacramentos, en la palabra de Dios, en la oración, en la fe, en el sufrimiento aceptado en unión con Cristo. Tercero, ¿cómo nos da la vida, el Espíritu? Respuesta: haciendo morir las obras de la carne. “Si con la ayuda del Espíritu hacen morir las obras de la carne vivirán” dice san Pablo en Romanos 8,13.

b.“… y procede del Padre (y del Hijo) y con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado”.

Pasemos ahora a la segunda afirmación del credo sobre el Espíritu Santo. Hasta ahora el símbolo de fe nos ha hablado de la naturaleza del Espíritu, no aún de la persona; nos ha dicho que es, no quien es el Espíritu, nos ha hablado de lo que acomuna al Espíritu Santo al Padre y al Hijo – el hecho de ser Dios y de dar la vida. Con la presente afirmación se pasa a lo que distingue al Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Lo que lo distingue del Padre es que procede de él (otro es aquel que procede, otro aquel del que procede); lo que lo distingue del Hijo es que procede del Padre no por generación, pero por espiración, para expresarnos en términos simbólicos, no como el concepto (logos) que procede de la mente, pero como el soplo procede de la boca.

Es el elemento central del artículo del credo, aquello con lo que se entendía definir el lugar que el Paráclito ocupa en la Trinidad. Esta parte del símbolo es conocida sobre todo por el problema del Filioque, que fue por un milenio el objeto principal del desacuerdo entre Oriente y Occidente. No me detengo sobre este problema que fue incluso demasiado discutido, también porque yo mismo he hablado de él en esta sede, abordando el tema de la comunión de fe entre Oriente y Occidente, en la cuaresma del año pasado.

Me limito a poner en claro aquello que podemos recoger de esta parte del símbolo y que enriquece nuestra fe común, dejando de lado las disputas teológicas. Esto nos dice que el Espíritu Santo no es un pariente pobre de la Trinidad. No es un simple “modo de actuar” de Dios, una energía o un fluido que atraviesa el universo como pensaban los estoicos; es una “relación subsistente”, por lo tanto una persona.

No tanto la “tercera persona singular”, sino más bien “la primera persona plural”. El “Nosotros” del Padre y del Hijo[13]. Cuando, para expresarnos de manera humana, el Padre y el Hijo hablan del Espíritu Santo, no dicen “él”, sino “nosotros”, porque él es la unidad del Padre y del Hijo. Aquí se ve la fecundidad extraordinaria de la intuición de san Agustín para quien el Padre es quien ama, el Hijo el amado y el Espíritu el amor que los une, el don intercambiado. Sobre esto se basa la creencia de la Iglesia occidental, según la cual el Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo”.

El Espíritu Santo, a pesar de todo, quedará siempre el Dios escondido, también si logramos conocer los efectos. Él es como el viento: no se sabe de donde viene y adonde va, pero se ven los efectos cuando pasa. Es como la luz que ilumina todo lo que está delante, quedando esa escondida. Por esto es la persona menos conocida y amada de los Tres, a pesar de que sea el Amor en persona. Nos resulta más fácil pensar en el Padre y en el Hijo como “personas”, pero es más difícil para el Espíritu.

No existen categorías humanas que puedan ayudarnos a entender este misterio. Para hablar de Dios Padre nos ayuda la filosofía que se ocupa de la causa primera (el “Dios de los filósofos”); para hablar del Hijo tenemos la analogía humana de la relación padre – hijo y tenemos también la historia, porque el Verbo se hizo carne. Para hablar del Espíritu no tenemos sino la revelación y la experiencia. La misma Escritura nos habla de él sirviéndose casi siempre de símbolos naturales: la luz, el fuego, el viento, el agua, el perfume, la paloma.

Comprenderemos plenamente quién es el Espíritu Santo solamente en el paraíso. Más aún, lo viviremos en una vida que no tendrá fin, en una profundidad que nos dará inmensa alegría. Será como un fuego dulcísimo que inundará nuestra alma y la colmará de gozo, como cuando el amor arrolla el corazón de una persona y esta se siente feliz.

c.“… y ha hablado por medio de los profetas”

Estamos en la tercera y última gran afirmación sobre el Espíritu Santo. Después de haber profesado nuestra fe en la acción vivificadora y santificadora del Espíritu Santo en la primera parte del artículo (el Espíritu que es Señor y da la vida), ahora se indica también su acción carismática. De ella se nombra un carisma para todos, aquel que Pablo considera el primero por importancia, o sea la profecía. (cf 1 Cor 14).

También del carisma profético se menciona solamente una etapa: el Espíritu que “ha hablado por medio de los profetas”, o sea en el Antiguo Testamento. La afirmación se basa sobre diversos textos de la Escritura, y en particular en 2 Pedro 21: “Movidos por el Espíritu Santo, hablaron algunos hombres de parte de Dios”.

Un artículo que es necesario completar

La Carta a los Hebreos dice que “después de haber hablado un tiempo por medio de los profetas, en los últimos tiempos Dios nos ha hablado en el Hijo” (cf Hb 1,1-2). El Espíritu no ha dejado por lo tanto de hablar por medio de los profetas; lo ha hecho con Jesús y lo hace también hoy en la Iglesia. Esta y otras lagunas del símbolo fueron colmadas poco a poco en la práctica de la Iglesia, sin necesidad, por esto, de cambiar el texto del credo (como sucedió lamentablemente en el mundo latino con el añadido del Filioque). Tenemos un ejemplo en la epiclesi de la liturgia ortodoxa llamada de San Jacobo, que dice así:

“Manda tu santísimo Espíritu, Señor y vivificador, que está sentado contigo, Dios y Padre, y con tu Hijo unigénito; que reina, consustancial y coeterno. Él ha hablado en la Ley, en los profetas del Nuevo Testamento; ha bajado en forma de paloma sobre Nuestro Señor Jesucristo en el río Jordán, reposando sobre él, y bajó sobre los santos apóstoles el día de la santa Pentecostés”. [14]

Uno quedaría desilusionado por lo tanto si quisiera encontrar en el artículo sobre el Espíritu Santo todo o también solamente lo mejor de la revelación bíblica sobre él. Esto pone en evidencia la naturaleza y el límite de cada definición dogmática. Su finalidad no es decir todo sobre un dato de la fe, sino trazar un perímetro dentro del cual se debe colocar cada afirmación y que ninguna afirmación puede contradecir. A esto se añade en nuestro caso, el hecho que el artículo fue compuesto en un momento en el cual la reflexión sobre el Paráclito había apenas iniciado y, por añadidura, razones históricas contingentes (el deseo de paz del emperador) imponía un compromiso entre las partes.

Pero nosotros no tenemos solamente las pocas palabras del credo sobre el Paráclito. La teología, la liturgia y la piedad cristiana, sea en Occidente que en Oriente, han revestido de “carne y sangre” las escarzas afirmaciones del símbolo de la fe. En la secuencia de Pentecostés la íntima relación y personal del Espíritu Santo con cada alma – una dimensión completamente ausente en el símbolo – ha sido expresada con títulos como padre de los pobres, luz de los corazones, dulce huésped del alma, dulcísimo alivio.

La misma secuencia dirige al Espíritu Santo una serie de oraciones que sentimos particularmente bellas y necesarias. Concluimos proclamándolas juntas, buscando de individuar entre ellas aquella que sentimos más necesaria para nosotros:

Lava quod ests órdidum,
Riga quod est áridum,
sana quod est sáucium.

Flecte quod est rígidum,
fove quod est frígidum,
rege quod est dévium.

Lava lo que está sucio,
riega lo que está árido,
sana lo que sangra.

Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está gélido,
endereza lo que está desviado.

________________________________________

Traducción de Zenit

[1] Lumen gentium 12.

[2]Cf. La riscoperta dello Spirito. Esperienza e teologia dello Spirito Santo, a cura di Claus Hartmann e Heribert Muhlen, Milano 1975 (ed. originale, Erfahrung und TheolgiedesHeiligenGeistes, München 1974).

[3] Y. Congar, Credo nello Spirito Santo,2, Brescia 1982, pp. 157-224

[4] K. Rahner, Erfahrung des Geistes. Meditation auf Pfingsten, Herder, Friburgo i. Br. 1977.

[5] H. Mühlen ,Der Heilige Geist als Person. Ich – Du – Wir, Münster in W., 1963

[6] U. von Balthasar, Spiritus Creator, Brescia 1972, p. 109

[7] J. Moltmann, Lo Spirito della vita, , Brescia 1994, pp. 102-108.

[8] M. Welker, Lo Spirito di Dio. Teologia dello Spirito Santo, Brescia 1995, p.62.

[9] Editi da Libreria Editrice Vaticana nel 1983.

[10]Third Article Theology: A PneumatologicalDogmatics, a cura di MykHabets, Fortress Press, Settembre 2016.

[11] Basilio di Cesarea, De SpirituSancto XVIII, 47 (PG 32 , 153).

[12] S. Atanasio, Cartas a Serapiòn, I, 24 (PG 26, 585).

[13]Cf H. Mühlen, Der Heilige Geist als Person. Ich – Du – Wir, Aschendorff, Münster in W. 1963. Il primo a definire lo Spirito Santo il «divino Noi» è stato S. Kierkegaard, Diario II A 731 (23 aprile 1838).

[14] In A. Hänggi – I. Pahl, PrexEucharistica, Fribourg, Suisse, 1968, p. 250.


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Lunes, 05 de diciembre de 2016

Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 30 de noviembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la catequesis de hoy concluimos el ciclo dedicado a la misericordia. Pero las catequesis terminan, pero ¡la misericordia debe continuar! Agradecemos al Señor por todo esto y conservémoslo en el corazón como consolación y fortaleza.

La última obra de misericordia espiritual pide de rezar por los vivos y por los difuntos. A esta podemos unir también la última obra de misericordia corporal que invita a enterrar a los muertos. Puede parecer una petición extraña esta última; en cambio, en algunas zonas del mundo que viven bajo el flagelo de la guerra, con bombardeos que de día y de noche siembran temor y víctimas inocentes, esta obra es tristemente actual. La Biblia tiene un hermoso ejemplo al respecto: aquel del viejo Tobías, quien, arriesgando su propia vida, sepultaba a los muertos no obstante la prohibición del rey (Cfr. Tob 1,17-19; 2,2-4). También hoy existen algunos que arriesgan la vida para dar sepultura a las pobres víctimas de las guerras. Por lo tanto, esta obra de misericordia corporal no es ajena a nuestra existencia cotidiana. Y nos hace pensar a lo que sucede el Viernes Santo, cuando la Virgen María, con Juan y algunas mujeres estaban ante la cruz de Jesús. Después de su muerte, fue José de Arimatea, un hombre rico, miembro del Sanedrín pero convertido en discípulo de Jesús, y ofreció para él un sepulcro nuevo, excavado en la roca. Fue personalmente donde Pilatos y pidió el cuerpo de Jesús: ¡una verdadera obra de misericordia hecha con gran valentía! (Cfr. Mt 27,57-60). Para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad, pero también un acto de gran fe. Depositamos en la tumba el cuerpo de nuestros seres queridos, con la esperanza de su resurrección (Cfr. 1 Cor 15,1-34). Este es un rito que perdura muy fuerte y apreciado en nuestro pueblo, y que encuentra repercusiones especiales en este mes de noviembre dedicado en particular al recuerdo y a la oración por los difuntos. Rezar por los difuntos es, sobre todo, un signo de reconocimiento por el testimonio que nos han dejado y el bien que han hecho. Es un agradecimiento al Señor porque nos los ha donado y por su amor y su amistad. Dice el sacerdote: «Acuérdate también, Señor, de tus hijos, que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canon romano). Un recuerdo simple, eficaz, lleno de significado, porque encomienda a nuestros seres queridos a la misericordia de Dios. Oremos con esperanza cristiana que estén con Él en el paraíso, en la espera de encontrarnos juntos en ese misterio de amor que no comprendemos, pero que sabemos que es verdad porque es una promesa que Jesús ha hecho. Todos resucitaremos y todos permaneceremos por siempre con Jesús, con Él.

El recuerdo de los fieles difuntos no debe hacernos olvidar también de rezar por los vivos, que junto a nosotros cada día enfrentan las pruebas de la vida. La necesidad de esta oración es todavía más evidente si la ponemos a la luz de la profesión de fe que dice: “Creo en la comunión de los santos”. Es el misterio que expresa la belleza de la misericordia que Jesús nos ha revelado. La comunión de los santos, de hecho, indica que todos estamos inmersos en la vida de Dios y vivimos en su amor. Todos, vivos y difuntos, estamos en la comunión, es decir, unidos todos, ¿no?, como una unión; unidos en la comunidad de cuantos han recibido el Bautismo, y de aquellos que se han nutrido del Cuerpo de Cristo y forman parte de la gran familia de Dios. Todos somos de la misma familia, unidos. Y por esto rezamos los unos por los otros.

¡Cuántos modos diversos existen para orar por nuestro prójimo! Son todos válidos y aceptados por Dios si son hechos con el corazón. Pienso de forma particular en las madres y en los padres que bendicen a sus hijos por la mañana y por la noche. Todavía existe esta costumbre en algunas familias: bendecir al hijo es una oración; pienso en la oración por las personas enfermas, cuando vamos a visitarlos y oramos por ellos; en la intercesión silenciosa, a veces con las lágrimas, en tantas situaciones difíciles, orar por estas situaciones difíciles. Ayer vino a la misa en Santa Marta un buen hombre, un empresario. Ese hombre joven debe cerrar su fábrica porque ya no puede y lloraba diciendo: “Yo no puedo dejar sin trabajo a más de 50 familias. Yo podría declarar la bancarrota de la empresa, yo me voy a casa con mi dinero, pero mi corazón llorará toda la vida por estas 50 familias”. Este es un buen cristiano que reza con las obras: vino a misa para rezar para que el Señor le dé una salida, no solo para él, sino para las cincuenta familias. Este es un hombre que sabe orar, con el corazón y con los hechos, sabe orar por el prójimo. Es una situación difícil. Y no busca la salida más fácil: “Que se ocupen ellos”. Este es un cristiano. ¡Me ha hecho mucho bien escucharlo! Y tal vez existan muchos así, hoy, en este momento en el cual tanta gente sufre por la falta de trabajo; pienso también en el agradecimiento por una bella noticia que se refiere a un amigo, un pariente, un compañero… “¡Gracias, Señor, por esta cosa bella!”, también esto es orar por los demás. Agradecer al Señor cuando las cosas van bien.  A veces, como dice San Pablo, “no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26). Es el espíritu que ora dentro de nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón, de modo que el Espíritu Santo, escrutando los deseos que están en lo más profundo, los pueda purificar y llevar a cumplimiento. De todos modos, por nosotros y por los demás, pidamos siempre que se haga la voluntad de Dios, como en el Padre Nuestro, porque su voluntad es seguramente el bien más grande, el bien de un Padre que no nos abandona jamás: rezar y dejar que el Espíritu Santo ore por nosotros. Y esto es bello en la vida: reza agradeciendo, alabando a Dios, pidiendo algo, llorando cuando hay alguna dificultad, como aquel hombre. Pero siempre el corazón abierto al Espíritu para que rece por nosotros, con nosotros y por nosotros.

Concluyendo estas catequesis sobre la misericordia, comprometámonos a orar los unos por los otros para que las obras de misericordia corporales y espirituales se conviertan cada vez más en el estilo de nuestra vida. Las catequesis, como he dicho principio, terminan aquí. Hemos hecho el recorrido de las 14 obras de misericordia, pero la misericordia continua y debemos ejercitarla en estos 14 modos. Gracias.


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 Homilía del Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el Card. Fernando Filoni, durante la Misa que ha presidido la tarde del sábado 3 de diciembre en la iglesia romana del Jesús, en la fiesta del Santo Patrón de las Misiones.

(Chiesa del Gesù)

Omelia – Festa di San Francesco Saverio

3 dicembre 2016

 

Celebriamo oggi la ricorrenza liturgica di San Francesco Saverio, co-fondatore della Compagnia di Gesù, grande missionario nella storia della Chiesa, che l’ha voluto come Patrono delle Missioni.  Per questo è sempre un momento assai emozionante per la Congregazione per l’Evangelizzazione dei Popoli celebrare la sua memoria liturgica in questa Chiesa del Gesù che ne conserva alcune preziose reliquie, perché Francesco Saverio è all’origine di quella missionarietà moderna che si apriva ai nuovi mondi e che si andava affermando nel corso dei secoli XV e XVI. Infatti, quando nacque Francesco Saverio, nel 1506, erano appena passati quattordici (14) anni dalla scoperta dell’America (1492) -le cosiddette Indie Occidentali- e solo otto (8) anni dall’apertura delle rotte verso le Indie Orientali con Vasco de Gama, che aveva circumnavigato l’Africa.  Si era, cioè, agli albori di quel secolo che avrebbe indotto la Sede Apostolica a occuparsi dell’evangelizzazione a Occidente, a Oriente e a Sud dell’Europa, anche se poi, si dovrà attendere dapprima S. Pio V (Papa tra il 1566 e il 1572) e poi Gregorio XIII (Papa tra il 1572 e il 1585) per avere le prime Commissioni di Cardinali per le missioni e, nel 1599, la struttura antesignana della Congregazione di Propaganda Fide. A quel tempo, Francesco Saverio era morto a Sanchian (Cina) da 47 anni, ma le sue lettere, le sue relazioni e le sue gesta avevano avuto tanto rilievo in Europa da obbligare i Papi del tempo a manifestare ogni attenzione non solo nel finanziare i viaggi apostolici dei missionari, ma ad assumere l’iniziativa missionaria. Così definitivamente e stabilmente nel 1622 venne eretta la Sacra Congregatio de Propaganda Fide dal Papa Gregorio XV.

Perché richiamo quegli eventi storici?  Perché, ad un’attenta considerazione di quei tempi, Francesco Saverio si può effettivamente ritenere l’uomo che fu preso totalmente dalla grazia dello Spirito Santo per una missione, come il Diacono Filippo per la catechizzazione dell’Etiope ministro della regina Candace (cfr At 8, 26-36), passò i mari ed appare come il precursore di quella Istituzione pontificia, cioè la Sacra Congregatio de Propaganda Fide, che avrebbe reso più efficace, insieme all’anelito missionario, la sollecitudine dei Papi per l’annuncio del Vangelo fino agli estremi confini della Terra secondo l’insegnamento di Gesù: Andate, ammaestrate tutte le nazioni, battezzandole nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo (Mt 28, 16-20).  Come Paolo sognò il Macedone che lo invitava a passare in Macedonia (cfr At 16, 9ss), così Francesco Saverio, indicato da Ignazio, sogna le Indie e partì nel 1541 per Goa.

            Allo stesso modo di Francesco Saverio, anche oggi il compito di evangelizzare è sempre urgente davanti a noi, quasi nell’adempimento delle parole del Salmista che sogna il giorno in cui tutti i popoli verranno davanti al Signore per dare gloria al Suo nome (cfr So 3, 14ss).  Sulle tracce di Paolo di Tarso e Francesco Saverio, un immenso stuolo di missionari in questi secoli si sono succeduti nel portare il Vangelo in tutti i continenti.

            La sfida missionaria ci spinge allora ad accogliere, con intima adesione, l'invito di Papa Francesco nell’essere una Chiesa in uscita, una comunità missionaria che sempre prende l’iniziativa per raggiungere tutti i popoli e si coinvolge tra gli uomini, senza essere troppo preoccupata di sé, lamentosa o frustrata se a volte non le si vede riconosciuto un ruolo, o che non avrebbe più, o che le si negherebbe.

             Questa sfida  - l’annuncio del Vangelo -  appartiene a tutti i battezzati, non unicamente ai sacerdoti, ai religiosi, alle religiose o a pochi laici ispirati. Il Signore Risorto affida questo compito a tutta la Chiesa, e tutta la Chiesa è responsabile dell’attività e dello stesso impegno missionario che fu di Paolo,  poi di Francesco Saverio, di Teresa di Gesù Bambino e di Paolina Jaricot. 

Francesco Saverio rimane nel cuore della Chiesa il grande e straordinario viaggiatore missionario, al pari di Teresa di Gesù Bambino, la grande mistica di clausura che seppur fisicamente appartata nel suo monastero e lontana dalle terre di missione, è sempre spiritualmente proiettata all’annuncio del Vangelo attraverso la preghiera e l’immenso anelito per i popoli lontani, e al pari di Paolina Jaricot, la giovane laica fondatrice dell’Opera della Propagazione della Fede, che, attraverso la Catena del Rosario e la raccolta delle offerte tra le operaie della fabbrica in cui lavorava, rendeva quelle giovani donne di Lione (Francia) partecipi dell’opera missionaria di quanti agivano negli avamposti.  Tre personalità, diverse e così profondamente amanti della missionarietà, zelanti nel sostegno spirituale e materiale, assillate dal desiderio che Gesù Cristo fosse portato, conosciuto e amato da tutti gli uomini e da tutte le donne; tre personalità in cui troviamo come la sintesi, di tutto il Popolo di Dio che si slancia nell’annunzio del Vangelo.

            Davanti alla grande opera missionaria moderna che ebbe inizio con Francesco Saverio e fu continuata da innumerevoli schiere di missionari e di  missionarie, non possiamo non percepire, come assai adeguate, e mi riferisco alla Liturgia della Parola di oggi, le espressioni profetiche di Isaia, che intravedeva le nazioni come nella ricerca ansiosa della radice di Iesse, Cristo, il quale, diceva il Profeta, “si leverà a vessillo per tutti i popoli” (Is 11, 9).  

La missionarietà della Chiesa porta in sé la gioia dell’annunzio del Vangelo, il quale non è un bel libro di filosofia o di racconti edificanti, ma è l’incontro con Cristo; la missionarietà è portare, andare incontro a Cristo Signore.  La fede stessa, ha detto con espressione felice il Papa Benedetto, ripresa da Papa Francesco, è un incontro, ed è proprio da questo incontro che nasce sempre il desiderio di annunciarlo e di portarlo:  Abbiamo incontrato il Signore! (cfr Gv 1, 41ss.), gridano i primi discepoli di Gesù ai loro amici increduli; ho incontrato uno che mi ha detto tutto quello che ho fatto, il Messia!, strilla eccitata la Samaritana ai suoi concittadini di Sicar (cfr Gv 4, 29), i quali poi le diranno: noi crediamo non perché tu ce l’hai detto, ma perché lo abbiamo incontrato noi stessi (cfr Gv 4, 41ss)! Giovanni Battista, nel brano evangelico di oggi, predica di prepararsi all’incontro con Gesù: “Preparate la via al Signore!”(Mt 3, 3).  A motivo della sua esperienza missionaria, Paolo nella Lettera ai Romani rileva che “le genti glorificano Dio per la sua misericordia”(Rm 15, 9) e cita a suo sostegno il Salmo 16, versetto 18: “Per questo ti celebrerò tra le genti e canterò inni al tuo nome”.

Trovarci questa sera in questa magnifica Chiesa del Gesù che conserva il braccio destro di San Francesco Saverio, con cui ha battezzato migliaia di nuovi cristiani dall’India al Giappone, per noi vuol significare un rinnovato impegno, un impegno che la nostra Congregazione sente sempre come particolarmente suo.

In una recente Udienza generale il Papa, con riferimento a tante suore, tanti preti, tanti religiosi e laici che hanno «bruciato» la propria vita per il Vangelo, ha detto rivolgendosi ai giovani: È bello avere la «possibilità di diventare missionari per portare l’amore, l’umanità, la fede in altri Paesi.  Non per fare proselitismo: no. Quello lo fanno quelli che cercano un’altra cosa».  È bello annunciare il Vangelo «con la testimonianza e con la parola.  Lentamente!».

            Mi piace, questa sera, accogliere e rilanciare questi sentimenti, alla presenza delle reliquie di San Francesco Saverio, colui che ha solcato i mari,  mari non dissimili dalla liquidità del nostro tempo, per portare Gesù e per annunciarlo con rinnovato ardore.


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Viernes, 02 de diciembre de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Adviento C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR              

Domingo 2º de Adviento A

 

En nuestro caminar por el Adviento rumbo a la Navidad, surge hoy, en nuestra celebración, la figura entrañable de Juan el Bautista. Podríamos decir que Juan es el mensajero inmediato, que tiene que preparar al Señor, ya cercano, “un pueblo bien dispuesto”. Y, además, es el  encargado de señalarle presente en medio de su pueblo: “¡Éste es!”  “¡Este es el Cordero de Dios!” (Jn 1, 29).

¿Y  cómo lo hace? Con su palabra recia y fuerte, y con su testimonio de vida. El evangelista S. Mateo se fija, incluso, en su vestido y en su comida, en su vida austera y pobre. ¡Él es el hombre del desierto! “¡Él era la lámpara que ardía y brillaba!” (Jn 5, 35). Pero  “¡no era él la luz,  sino testigo de la luz!” (Jn 1, 8).

            ¿Y qué anuncia? Que el Mesías, aquel personaje que los judíos esperaban, y en quien tenían puestas todas sus ilusiones y esperanzas, iba a venir muy pronto. Es más, que ya había llegado: “¡Está en medio de vosotros!” (Jn 1, 26-28).

            La primera lectura de este domingo, nos anuncia los tiempos del Mesías, de una manera muy hermosa. El Espíritu Santo vendrá sobre Él, que trae un reino de justicia y de paz tan grande, que nadie puede siquiera imaginar. Por tanto, hay que preparar a la gente para que sea capaz de acogerle… Y lo hace con la imagen de unos caminos que hay que preparar porque si no, es imposible que llegue.

            ¿Y cuáles son esos caminos? Está muy claro. Los caminos del corazón y de la vida. ¡Conversión es la palabra!

Y el Bautista lo hace con tanto acierto, que “acudía a él toda la gente de  Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán”. Así se preparó la Navidad, la única Navidad, que la Liturgia de la Iglesia va haciendo presente cada año; la que nos disponemos a celebrar en las fiestas que se acercan. Y tenemos que prepararla así cada uno de nosotros, si queremos una auténtica Navidad. Ya sabemos que “las fiestas, en la vida de la Iglesia,  tienen su centro en las celebraciones  litúrgicas y en el corazón de cada cristiano”.

En estas fechas, todo el mundo prepara algunas cosas para la Navidad: El adorno de la casa y de las calles, las comidas, los regalos, las felicitaciones…, ajustándose “al presupuesto de la crisis”, y conscientes de que tenemos también  que compartir con los que no tienen nada, o tienen menos. Pero son muchos los que no se han dado cuenta de que tienen que prepararse a sí mismos para la celebración de la Venida del Señor. Y aquí está la cuestión fundamental, la clave, para entender el Adviento y la Navidad: ¡Que no se trata sólo de lo exterior! ¡Que la cosa va en serio! ¡Que el Señor quiere venir a nosotros, al corazón de  cada uno de nosotros! ¡Y esta es la tarea del Tiempo de Adviento! Decíamos el otro día, que sin Adviento no hay Navidad Y así es.

Nos dice, además, el Evangelio de hoy que había algunos fariseos y saduceos, que “se apuntaban” también al bautismo de Juan, y acudían al desierto. El Bautista los descubre y les advierte que no se admite ni la falsedad ni las apariencias; que hay que dar “el fruto que pide la conversión”, porque “ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto, será talado y echado al fuego”.

¡También hoy, por todas partes, se nos exige a los cristianos coherencia con lo que creemos y celebramos! 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 18:42  | Espiritualidad
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DOMINGO 2º DE ADVIENTO A  

 MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

Escuchemos la gozosa profecía de Isaías. Desde el fondo de la Historia de Israel -el tronco de Jesé, padre de David-, surgirá aquél que traerá el cumplimiento de todas las esperanzas, el Mesías, que inaugurará el tiempo nuevo: el tiempo de la vida, de la justicia y de la paz para todos, que culminará en su Vuelta gloriosa. Escuchemos con atención.           

SALMO

Cantemos ahora nuestra esperanza, la esperanza en la justicia y la vida nueva que vendrá; la esperanza en aquél que ha prometido reconstruir la vida de los hombres.

 

SEGUNDA LECTURA

La segunda lectura de hoy nos enseña que el Señor ha venido para todos los hombres, judíos y gentiles. A ejemplo suyo, debemos acogernos unos a otros y vivir unidos.

 TERCERA LECTURA

“Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos”. Juan el Bautista. se presenta en el Evangelio de hoy como aquél que anuncia y prepara al pueblo de Dios para la llegada inminente del Mesías.

COMUNIÓN

En la Comunión se nos ofrece la fortaleza que necesitamos para preparar al Señor, como Juan el Bautista, un pueblo bien dispuesto para la celebración de su primera Venida, la Navidad, y para su Venida gloriosa. 


Publicado por verdenaranja @ 18:39  | Liturgia
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Texto completo del mensaje del Papa Francisco al II Simposio internacional sobre la economía de los religiosos. 27 noviembre 2016 (ZENIT – Roma)

Carisma, lealtad y repensar la economía

“Queridos hermanos y hermanas

Les doy las gracias por vuestra disponibilidad para reunirse, reflexionar  y rezar juntos sobre un tema tan vital para la vida consagrada como es la gestión económica de vuestra obras. Doy las gracias a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica por la preparación de este segundo simposio y, dirigiéndome a ustedes, me dejo guiar por las palabras que forman el título de vuestra reunión: carisma, lealtad, repensar la economía.

Carisma
Los carismas en la Iglesia no son algo estático y rígido, no son “piezas de museo”. Son más bien ríos de agua viva (cfr Jn 7, 37-39)que corren por  el terreno de la historia para regarla y hacer  germinar las semillas del  bien. A veces, a causa de una cierta nostalgia estéril, podemos sentir la tentación de la “arqueología carismático.” ¡No suceda que cedamos a esta tentación! El carisma es siempre una realidad viva y como tal está llamada a dar sus frutos, como nos enseña la parábola de las monedas de oro que el rey entrega a sus siervos (cf. Lc 19.11 a 26), para crecer en fidelidad creativa, como nos recuerda constantemente la Iglesia (cfr. Juan Pablo II, Exh. Apost. Vita consecrata, 37)

La vida consagrada, por su naturaleza, es signo y profecía del reino de Dios. Por lo tanto, esta doble característica no puede faltar en cualquiera de sus formas, siempre y cuando nosotros, los  consagrados,  permanezcamos vigilantes y atentos  para escudriñar el horizonte de nuestras vidas y del momento actual. Esta actitud hace que los carismas, dados por el Señor a su Iglesia a través de nuestros fundadores y fundadoras, se mantengan  vitales y puedan responder a las situaciones concretas de los lugares y los tiempos en los que estamos llamados a compartir y a dar testimonio de la belleza del seguimiento de Cristo.

Hablar de carisma significa hablar del don, de la gratuidad y de la gracia; significa moverse en un área de significado iluminada de la raíz charis . Sé que a muchos de los que trabajan en el campo económico éstas palabras  les parecen irrelevantes, como si hubiera que relegarlas a la esfera privada y religiosa. En cambio, es de conocimiento común a estas alturas, incluso entre los economistas, que una sociedad sin charis no puede funcionar bien y termina deshumanizándose. La economía y su gestión nunca son ética y antropológicamente  neutras. O se combinan para construir relaciones de justicia y solidaridad, o generan situaciones de exclusión y rechazo.

Como personas consagradas estamos llamados a convertirnos en profecía a partir de nuestra vida animada por la charis, por  la lógica del don, de la gratuidad; estamos llamados a crear fraternidad  comunión, solidaridad con los pobres y necesitados. Como recordaba el Papa Benedicto XVI, si queremos ser verdaderamente humanos, debemos “dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (Enc. Caritas in veritate, 34)

Pero la lógica evangélica  del don pide ser acompañada de una actitud interior de apertura a la realidad y a la escucha de Dios que nos habla en ella. Debemos preguntarnos si estamos dispuestos a “ensuciarnos las manos”, trabajando en la historia de hoy; si nuestros ojos pueden discernir los signos del Reino de Dios en los pliegues de eventos sin duda complejos y contradictorios, pero que Dios quiere bendecir y salvar; si realmente somos compañeros de viaje de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de tantos que yacen heridos  a lo largo de nuestros caminos, porque con ellos compartimos expectativas, temores, esperanzas y también lo que hemos recibido, y que es de todos; si nos  dejamos vencer por la lógica diabólica  de la ganancia (el diablo a menudo entra por la billetera  o por la tarjeta de crédito); si nos defendemos de lo que  no entendemos huyendo de ello, o si por el contrario  sabemos  quedarnos allí gracias a la promesa del Señor, con su mirada benévola y sus entrañas de misericordia, convirtiéndonos en  buenos samaritanos para los pobres y los excluidos.

Leer las preguntas para responder, escuchar el llanto para consolar , reconocer las injusticias para compartir también nuestra economía, discernir las inseguridades para ofrecer la paz, mirar al miedo  para tranquilizar , son diferentes caras del tesoro multifacético que es la vida consagrada. Aceptando  que no tenemos todas las respuestas y, a veces,  permanecer en silencio, tal vez también nosotros inciertos, pero nunca, nunca sin esperanza.

Fidelidad
Ser fieles  significa preguntarse lo que hoy, en esta situación, el Señor nos pide que seamos y hagamos. Ser fiel nos compromete en una tarea asidua  de discernimiento  para que las obras, coherentes con el carisma, sigan siendo medios eficaces para que llegue  a muchos la ternura de Dios.

Las obras propias  de las que se ocupa este simposio, no son sólo un medio para asegurar la sostenibilidad del propio instituto, sino que pertenecen a la fecundidad del carisma. Esto implica preguntarse si nuestras obras manifiestan o no  el carisma que hemos profesado, si cumplen o no la misión que nos fue confiada por la Iglesia. El criterio principal de valoración de las obras no es su rentabilidad, sino  si se corresponden con el carisma y la misión que el  Instituto está llamado a realizar.

Ser fieles al carisma a menudo requiere un acto de valor: no se trata de vender todo o  de ceder todas las obras,  sino de discernir seriamente, manteniendo los ojos bien fijos en Cristo, los oídos atentos a su Palabra y a la voz de los pobres . De esta manera, nuestras obras pueden, al mismo tiempo, ser fructíferas para la trayectoria del instituto y expresar la predilección de Dios por los pobres.

Repensar la economía
Todo esto implica repensar la economía, a través de una lectura atenta de la Palabra de Dios y de la historia. Escuchar el susurro de Dios y el grito de los pobres, los pobres de todos los tiempos y los nuevos pobres; entender lo que el Señor pide hoy y, después de haberlo entendido, actuar, con esa confianza valiente en la providencia del Padre (cf. Mt 6,19ss) que tuvieron nuestros fundadores y fundadoras. En algunos casos, el discernimiento podrá  sugerir que conviente mantener  en vida una obra viva que produce pérdidas –teniendo cuidado de que no se generan por la incapacidad o la incompetencia– pero devuelve  la dignidad a  personas  víctimas del descarte, débiles y frágiles; a los recién nacidos, los pobres, los enfermos ancianos, los discapacitados graves. Es cierto que hay problemas que se derivan de la  avanzada edad de muchas personas consagradas y de la complejidad de la gestión de algunas obras, pero la disponibilidad a Dios nos hará encontrar soluciones.

Puede ser que el  discernimiento sugiera que hay que replantearse una  obra, que tal vez se ha vuelto demasiado grande y compleja, pero se pueden encontrar entonces  formas de colaboración con otras instituciones o tal vez transformar la misma  obra de forma que continue, aunque con otras modalidades, como obra  de la Iglesia.

También por eso es importante la comunicación y la colaboración dentro de los institutos, con los demás institutos y con la Iglesia local. Dentro de los institutos, las diversas provincias no pueden concebirse de forma auto-referencial, como si cada una viviera para sí misma, ni tampoco los gobiernos generales pueden ignorar las diferentes peculiaridades.

La lógica del individualismo también puede afectar a nuestras comunidades. La tensión entre la realidad local y general que existe a nivel de inculturación del carisma, también existe en el ámbito  económico , pero no debe dar  miedo, hay que vivirla y enfrentarla. Es necesario aumentar la comunión entre los diferentes institutos ; y también conocer bien los instrumentos  legislativos, judiciales y económicos que permiten hoy hacerse red,  encontrar nuevas respuestas, aunar los esfuerzos,  la profesionalidad  y las capacidades de los institutos al servicio del Reino y de la humanidad. También  es muy importante hablar con la Iglesia local, de modo que, siempre que sea posible, los bienes eclesiásticos sigan siendo bienes de  la Iglesia.

Repensar la economía quiere expresar el discernimiento  que, en este contexto, apunta a la dirección, los propósitos, el significado y las implicaciones sociales y eclesiales de las opciones económicas de los institutos de vida consagrada. Discernimiento que comienza a partir de la evaluación de las posibilidades económicas derivadas de los recursos financieros y personales; que hace uso del trabajo de especialistas para el uso de herramientas que permiten una gestión sensata  y un control de la gestión sin improvisaciones ; que opera respetando las leyes y está al servicio de la ecología integral.

Un discernimiento que, por encima de todo, se define a contracorriente porque se sirve del dinero y no está al servicio del dinero por ningún motivo, incluso el más justo y santo. En este caso, sería el estiércol del diablo, como decían los Santos Padres.

Repensar la economía requiere de habilidades y capacidades específicas, pero es una dinámica que afecta la vida de todos y cada uno. No es una tarea que se pueda delegar a otro, sino que atañe a  la plena responsabilidad de cada persona. También en este caso nos encontramos ante un desafío educativo, que no puede dejar de lado el consagrado.

Un desafío que, efectivamente, toca en primer lugar a los ecónomos y a los que están involucrados personalmente en las decisiones de la institución. A ellos se les pide tener la capacidad de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (cf. Mt 10:16). Y la astucia cristiana permite distinguir entre un lobo y una oveja, por que hay muchos lobos disfrazados de ovejas, especialmente cuando hay dinero en juego.

No debe ser silenciado  que los mismos institutos de vida consagrada no están exentos de algunos riesgos que se indican en la encíclica Laudato si’:” El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía”.( n. 195).

¿Cuántos consagrados  piensan todavía  que las leyes de la economía son independientes de cualquier consideración ética? ¿Cuántas veces la evaluación de  la transformación de una obra o la venta de un inmueble se ve solamente sobre la base de un análisis de coste-beneficio y valor de mercado? Dios nos libre del espíritu de funcionalismo y  de caer en la trampa de la codicia.

Además, debemos educarnos a una austeridad responsable. No es suficiente  haber hecho la profesión religiosa de ser pobres. No basta atrincherse detrás de la afirmación de que no tengo nada  nada porque soy religioso, si mi instituto me permite gestionar o disfrutar de todos los bienes que quiero, y de controlar las fundaciones civiles erigidos para sostener las propias obras, evitando así los controles de la Iglesia. La hipocresía de las personas consagradas que viven como ricos hiere a la conciencia de los fieles y daña a la Iglesia.

Tenemos que empezar desde las pequeñas decisiones diarias. Todo el mundo está llamado a hacer su parte, a utilizar los bienes para tomar decisiones solidarias, a tener cuidado de la creación,  a medirse con la pobreza de las familias que viven al lado. Se trata de adquirir un habitus, un estilo en el signo de la justicia y de la compartición,  haciendo el esfuerzo – porque a menudo sería más cómodo lo contrario  – de tomar decisiones de honestidad, sabiendo que es sencillamente lo que teníamos que hacer (cf. Lc 17,10).

Hermanos y hermanas, me vienen en mente  dos textos bíblicos sobre los que me gustaría que reflexionaseis. Juan escribe en su primera carta: “Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?Hijitos míos, no hablemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad  “(3.17- 18). El otro texto es bien conocida. Me refiero a Mateo 25,31-46: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos, más pequeños a mí me lo hicistéis. […] Cuanto dejásteis de hacer  con uno de estos más  pequeños,  también conmigo dejasteis de hacerlo. ” En la fidelidad al carisma repensad vuestra economía.

Les doy las gracias. No se olviden de rezar por mí. Que el Señor les bendiga y la Virgen Santa les cuide.

 


Publicado por verdenaranja @ 18:34  | Habla el Papa
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Francisco en el ángelus: ‘Rezo por Centroamérica azotada por un huracán’ – Texto completo.  27 noviembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hoy en la Iglesia inicia un nuevo año litúrgico, o sea un nuevo camino de fe del pueblo de Dios. Y como siempre iniciamos con el Adviento.

La página del evangelio (cfr Mt 24,37-44) nos introduce a uno de los temas más sugestivos del tiempo de Adviento: la visita del Señor a la humanidad. La primera visita se realizó con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la segunda es en el presente: el Señor nos visita continuamente cada día, camina a nuestro lado y es una presencia de consolación; y para concluir estará la última visita, que profesamos cada vez que recitamos el Credo: “De nuevo vendrá en la gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. El Señor hoy nos habla de esta última visita suya, la que sucederá al final de los tiempos y nos dice dónde llegará nuestro camino.

La palabra de Dios subraya el contraste entre el desarrollarse normal de las cosas y la rutina cotidiana y la venida repentina del Señor. Dice Jesús: “Como en los días que precedieron el diluvio, comían, bebían, tomaban esposa y tomaban marido, hasta el día en el que Noe entró en el arca, y no se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y embistió a todos”. (vv. 38-39).

Siempre nos impresiona pensar a las horas que preceden a una gran calamidad: todos están tranquilos, hacen las cosas de siempre sin darse cuenta que su vida está por ser alterada.

El evangelio no quiere inculcarnos miedo, sino abrir nuestro horizonte a la dimensión ulterior, más grande, que de una parte relativiza las cosas de cada día y al mismo tiempo las vuelve preciosas, decisivas. La relación con el Dios que viene a visitarnos da a cada gesto, a cada cosa una luz diversa, un espesor, un valor simbólico.

De esta perspectiva viene también una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, de las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas.

Si por el contrario nos dejamos condicionar y dominar por ellas, no podemos percibir que hay algo mucho más importante: nuestro encuentro final con el Señor que viene por nosotros. En aquel momento, como dice el Evangelio, “dos hombres estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado” (v. 40). Es una invitación a la vigilancia, porque no sabiendo cuando Él vendrá, es necesario estar siempre listos para partir.

En este tiempo de Adviento estamos llamados a ensanchar los horizontes de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades. Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas consolidados, porque el Señor viene en la hora en la que no nos imaginamos. Viene para introducirnos en una dimensión más hermosa y más grande.

Nuestra Señora, Virgen del Adviento, nos ayude a no considerarnos propietarios de nuestra vida, a no hacer resistencia cuando el Señor viene para cambiarla, pero a estar listos para dejarnos visitar por Él, huésped esperado y grato, aunque desarticule nuestros planes”.

El Papa reza el ángelus y después dice:

“Queridos hermanos y hermanas,

quiero asegurar que rezo por las poblaciones de Centroamérica, especialmente las de Costa Rica y Nicaragua, golpeadas por un huracán y este último país también por un fuerte sismo. Y rezo también por las del norte de Italia, que están sufriendo debido a los aluviones.

Saludo a los peregrinos aquí presentes, que han venido de Italia y de diversos países: a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones. En particular saludo a los fieles que vienen de Egipto, Eslovaquia y al coro de Limburg (Alemania).

Saludo con afecto a la comunidad ecuatoriana de Roma, a las familias del Movimiento “Tra Noi”; a los grupos de Altamura, Rieti, San Casciano en Val di Pesa; a la UNITALSI de Capaccio y a los alumnos de Bagheria.

A todos les deseo un buen domingo y un buen camino de Adviento. ¡Que sea tiempo de esperanza! La esperanza verdadera fundada sobre la fidelidad de Dios y sobre nuestra responsabilidad. Y por favor no se olviden de rezar por mi. ¡Buon pranzo e arrivederci!


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Jueves, 01 de diciembre de 2016
Mensaje del papa Francisco para la 54ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (IV Domingo de Pascua, 7 de mayo)

Empujados por el Espíritu para la Misión

Queridos hermanos y hermanas:

En los años anteriores, hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre dos aspectos de la vocación cristiana: la invitación a «salir de sí mismo», para escuchar la voz del Señor, y la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado en el que la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta

Ahora, con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (Exht. Ap. Evangelium gaudium, 21).

Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria. No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?”. Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is 6,7-8).

Todo discípulo misionero siente en su corazón esta voz divina que lo invita a «pasar» en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos (cf. Hch 10,38). En efecto, como ya he recordado en otras ocasiones, todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos (cf. Catequesis, 30 enero 2016). Esto vale especialmente para los que han sido llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes, que con generosidad han respondido «aquí estoy, mándame». Con renovado entusiasmo misionero, están llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres (cf. Homilía durante la Santa Misa Crismal, 24 marzo 2016). La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44).

Ciertamente, son muchas las preguntas que se plantean cuando hablamos de la misión cristiana: ¿Qué significa ser misionero del Evangelio? ¿Quién nos da la fuerza y el valor para anunciar? ¿Cuál es la lógica evangélica que inspira la misión? A estos interrogantes podemos responder contemplando tres escenas evangélicas: el comienzo de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-30), el camino que él hace, ya resucitado, junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y por último la parábola de la semilla (cf. Mc 4,26-27).

[/n]Jesús es ungido por el Espíritu y enviado. [/n] Ser discípulo misionero significa participar activamente en la misión de Cristo, que Jesús mismo ha descrito en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18). Esta es también nuestra misión: ser ungidos por el Espíritu e ir hacia los hermanos para anunciar la Palabra, siendo para ellos un instrumento de salvación.

Jesús camina con nosotros. Ante los interrogantes que brotan del corazón del hombre y ante los retos que plantea la realidad, podemos sentir una sensación de extravío y percibir que nos faltan energías y esperanza. Existe el peligro de que veamos la misión cristiana como una mera utopía irrealizable o, en cualquier caso, como una realidad que supera nuestras fuerzas. Pero si contemplamos a Jesús Resucitado, que camina junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-15), nuestra confianza puede reavivarse; en esta escena evangélica tenemos una auténtica y propia «liturgia del camino», que precede a la de la Palabra y a la del Pan partido y nos comunica que, en cada uno de nuestros pasos, Jesús está a nuestro lado. Los dos discípulos, golpeados por el escándalo de la Cruz, están volviendo a su casa recorriendo la vía de la derrota: llevan en el corazón una esperanza rota y un sueño que no se ha realizado. En ellos la alegría del Evangelio ha dejado espacio a la tristeza. ¿Qué hace Jesús? No los juzga, camina con ellos y, en vez de levantar un muro, abre una nueva brecha. Lentamente comienza a trasformar su desánimo, hace que arda su corazón y les abre sus ojos, anunciándoles la Palabra y partiendo el Pan. Del mismo modo, el cristiano no lleva adelante él solo la tarea de la misión, sino que experimenta, también en las fatigas y en las incomprensiones, «que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266).

Jesús hace germinar la semilla. Por último, es importante aprender del Evangelio el estilo del anuncio. Muchas veces sucede que, también con la mejor intención, se acabe cediendo a un cierto afán de poder, al proselitismo o al fanatismo intolerante. Sin embargo, el Evangelio nos invita a rechazar la idolatría del éxito y del poder, la preocupación excesiva por las estructuras, y una cierta ansia que responde más a un espíritu de conquista que de servicio. La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo» (Mc 4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.

Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.

Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, también hoy podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

María Santísima, Madre de nuestro Salvador, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión nos obtenga su misma apertura de corazón, la disponibilidad para decir nuestro «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc 1,39), para anunciarlo al mundo entero.

Vaticano, 27 de noviembre de 2016
Primer Domingo de Adviento

Francisco


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Habla el Papa
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