Viernes, 03 de febrero de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo quinto del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

Domingo 5º del T. Ordinario (A) 

 

Ser cristiano no es compatible con una forma de vida encerrada en sí misma, sin proyección externa, sin preocuparse de los demás, en una especie de “egoísmo religioso”. “Yo cumplo con Dios y ya está”. ¡No vale…!

En el Sermón de  la Montaña, el Señor señala enseguida la dimensión misionera y fraterna de la existencia cristiana. Con nuestra palabra y con nuestro testimonio de vida, tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo, es decir, tenemos que vivir abiertos a los demás, preocupándonos de compartir con todos  el Evangelio, la “Buena Noticia”, que hemos recibido.

Y el Señor se vale de estas comparaciones sencillas, que todo el mundo entiende, para señalarnos la misión del cristiano en el mundo y la importancia y la necesidad apremiante de que se haga realidad.

¿Qué sería de nosotros si  nos encontráramos sin sal y sin luz? ¿Cómo nos alimentaríamos sin sal, o entraríamos en la noche sin luz? Pues esta es la necesidad y la urgencia que tenemos del mensaje del Evangelio en nuestra vida de cada día. Como la sal, nosotros tenemos que mostrar a todos, que ser cristiano es dar sabor, gusto, sentido a la vida, especialmente, en los momentos más difíciles.

Hoy se habla mucho de corrupción. Pues los cristianos tenemos que preservarnos y preservar a los demás de cualquier tipo de corrupción. También para eso sirve la sal.

Y si queremos ser sal,  no podemos buscar protagonismo, lucimiento personal… Para que la sal dé  gusto a la comida,  tiene que diluirse, desaparecer.

Hoy casi todo se recicla. Sin embargo, si la sal se estropea, no se puede reciclar. “No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”.  Igual sucede al cristiano: Si pierde la condición de sal de la tierra, no sirve para nada.

¿Y qué sería de nuestra vida sin la luz? No sólo por la noche. Son ya tantas las cosas que dependen de la electricidad, que, cuando se va la luz, se paraliza casi todo. Y, además, queremos una luz de calidad. No nos conformamos ni nos vale ya cualquier tipo de luz: Una vela, una linterna… No. Nos hemos acostumbrado a la luz eléctrica y ya no podemos vivir sin ella.  ¡Lo mismo sucede a nuestra sociedad, al mundo, sin la luz del Evangelio!

La primera lectura de hoy nos enseña que, cuando hacemos  el bien a los demás, comenzando por el hambriento, el  pobre sin techo, el desnudo, somos  como la luz de la aurora. Y cuando desterramos de nuestra vida la opresión, las amenazas, la maledicencia, y, cuando damos pan al hambriento y al indigente, somos como la luz del mediodía. “Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: Aquí estoy”.

Y, además, ¿a quién se le ocurre encender una luz para ocultarla, esconderla,  e impedir que alumbre? Sin embargo, hay tantos cristianos que son luces escondidas, apagadas… Por eso muchas veces anda la gente en oscuridad, en tinieblas. Y nos lamentamos y criticamos…, sin darnos cuenta de nuestra propia responsabilidad.

Ya Paul Claudel lanzaba a los cristianos este reto profético: “Vosotros que veis, ¿qué habéis hecho con la luz?”.

 Decía antes que la sal no permite protagonismos, personalismos, lucimientos… La luz tampoco. A la luz nadie la considera ni le da las gracias. Está ahí y vale. Del mismo modo, nosotros, cuando seamos sal de la tierra y luz del mundo, hemos de decir: “Somos unos pobres siervos. Hemos hecho lo que teníamos que hacer”. (Lc 17, 10).

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR


Publicado por verdenaranja @ 21:10  | Espiritualidad
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