Domingo, 19 de febrero de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo séptimo del Tiempo Ordinario A ofrecida por el scerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 7º del T. Ordinario A

 

Escuchábamos el domingo pasado: “No he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Y, a continuación, el Señor comenzaba a presentar una serie de antítesis: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo…” Este domingo continuamos escuchándolas y se refieren al trato con los que nos hacen mal, con nuestros enemigos. Y comienza así : “Sabéis que está mandado: Ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia…”

¿Y qué quiere decir esto? ¿Que tenemos soportarlo todo y dejar pasar todo el mal que nos hagan? ¿Qué uno no se puede defender? Entonces, ¿el que denuncia a su enemigo en el juzgado lo hace mal?

No quiere decir nada de eso. El Señor nos enseña que pueden haber circunstancias, en las que sea necesario o conveniente renunciar a nuestro derecho a defendernos, por un bien superior. Y que, además, es bueno ese estilo de vida.

Y Jesús continúa diciendo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os aborrecen y calumnian…”

Lo que el Señor nos enseña es algo muy grande y valioso, pero también muy difícil, por lo menos, en algunas ocasiones. Hay personas que se sienten incapaces de perdonar.

El perdón es una expresión de amor a Dios y a los hermanos. Un obispo alemán pedía en su testamento: “Si he ofendido a alguno, perdonadme por amor a Jesucristo”.

¡El perdón es como una ofrenda de amor que hacemos al Señor! ¡De ahí viene su valor y su mérito! ¡El perdón, como el amor cristiano, es teologal!

El Señor nos presenta muchos motivos para hacerlo, a lo largo del Evangelio y de las cartas de los Apóstoles. En el Evangelio de hoy nos dice que tenemos que actuar así, porque ser cristiano es ser hijo de Dios; y el hijo tiene que parecerse al Padre del cielo, que no sólo nos perdona, sino que, además, “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.  Y Jesús continúa diciendo: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué  premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos?”

¡Ser cristiano es, por tanto, ser diferente!

Toda esta doctrina está enmarcada en una ley de perfección, porque el Señor termina diciendo: “Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Que es lo mismo que ya escuchábamos en la primera lectura: “Seréis santos, porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo”.

¡Constatamos aquí, una vez más, la novedad, la grandeza y la elevación moral del Sermón de la Montaña!

Recuerdo también ahora,  la enseñanza del Papa Juan Pablo II en la Encíclica “Dives in Misericordia”,  en la que dice que la justicia no es suficiente para salvaguardar la vida de la  sociedad.  Hace falta introducir el perdón y la misericordia. No podemos olvidar que somos  seres frágiles y pecadores, necesitados siempre de comprensión y de perdón.

Vivamos todos la alegría de que “el Señor es compasivo y misericordioso”, como proclamamos hoy en el salmo responsorial.  

 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Espiritualidad
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