Viernes, 17 de marzo de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma  A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Cuaresma A

 

¡Agua, luz y vida! Estas tres realidades centrarán nuestra atención los tres domingos de Cuaresma que quedan. Son signos que nos hablan del Bautismo, de Jesucristo, de nuestra condición de bautizados. Agua, luz y vida corresponden al Domingo de la Samaritana –el agua- al Domingo del Ciego de Nacimiento –la luz- y al Domingo de la Resurrección de Lázaro – la vida.

Por tanto, después de los Evangelios comunes a todos los años (1º y 2º domingos), la Cuaresma da un giro, y se centra en estos textos del Evangelio de S. Juan, que han servido, durante siglos, para guiar a los adultos que se preparan al Bautismo –los catecúmenos-, que intensifican su preparación durante la Cuaresma, para la Noche Santa de Pascua, que es la Noche de los sacramentos de Iniciación Cristiana: El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Este domingo centra nuestra atención en el agua,  el principal signo bautismal, y que constituye la materia del Sacramento del Bautismo.

Donde se experimenta el rigor de la sed y la necesidad del agua es, sobre todo, en el desierto. La primera lectura nos presenta al pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, que, en su marcha por el desierto, se queda sin agua y se desespera… Y protesta contra Moisés y contra Dios. En medio del desierto, el Señor le ofrece agua abundante, que le salva de la muerte y que garantiza la vida y la limpieza, la alegría.

El agua salía de una roca. “Y la roca era Cristo”, dirá S. Pablo. (1Co 10, 4). El agua del desierto prefigura el agua del Bautismo, que nos libera de la muerte eterna, y nos da la vida de Dios, por el Espíritu Santo. Éste llega a nosotros por los méritos de la Cruz del Señor.

Y de agua nos habla, sobre todo, el Evangelio. La samaritana, el icono de este domingo, era una mujer sedienta. Y no sólo del agua del pozo de Jacob, sino de una vida  más feliz. Había tratado de saciar su sed por el camino del sexo desordenado -eran ya seis los maridos- pero no lo había conseguido. Junto al pozo de Jacob, Jesús, “cansado del camino”, la espera. También Él tiene “sed de la fe de aquella mujer” (Prefacio), a la que revela su condición de Mesías. En una conversación impresionante, Jesucristo le ofrece un agua nueva, “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”, de modo que el que tome de esa agua “nunca más tendrá sed”. Es el don del Espíritu Santo,  que se nos da, de un modo inicial, en el Bautismo y, en plenitud, en la Confirmación.

El Espíritu Santo, como decía antes, es el que crea en nosotros una vida nueva, la vida de Dios, la vida de la gracia, que implica una forma nueva de ser y de vivir: “El ser cristiano”. Hay que nacer del agua y del Espíritu le dice Jesús a Nicodemo (Jn 3, 2-6).

Nosotros, los ya bautizados, nos preparamos para la Pascua, recordando nuestro Bautismo, mirando a ver si seremos capaces de renovarlo la Noche Santa de la Pascua, como si esa noche fuéramos a ser bautizados de nuevo, como si comenzáramos de nuevo a ser cristianos. Por eso, a la luz de los textos de este domingo, tendríamos que preguntarnos hoy muchas cosas: Si nos interesa el agua que Cristo nos ofrece, si nos interesa el Bautismo que hemos recibido, si estamos dispuestos a renovarlo, y si, en definitiva, queremos seguir siendo cristianos, más cristianos, mejores cristianos.

Y ya sabemos que la mejor forma de renovar el Bautismo, es recibir el Sacramento de la Reconciliación o Penitencia, al que los Santos Padres llamaban “el segundo bautismo”. Por eso, este sacramento es muy importante, fundamental, en la Cuaresma.

 Acojamos, por tanto, este domingo, el agua viva que nos ofrece el Señor. ¡Él es el Dios de la vida y de la alegría!                       

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:21  | Espiritualidad
 | Enviar