S?bado, 13 de mayo de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Pascua A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"          

Domingo 5º de Pascua A

 

Conocí una vez en la catequesis a una niña a quien se le había muerto su madre. Era preciosa, simpática y alegre. Ya ha pasado mucho tiempo. Alguien me dijo que su madre, antes de morir, había “preparado” a la niña para su ausencia. ¡Y lo había hecho muy bien!

En el Evangelio de este domingo contemplamos cómo el Señor “prepara”  a sus discípulos, que están tristes y abatidos por su marcha. Es su Muerte y su Resurrección. Y les señala, entre otras, dos cuestiones fundamentales  sobre el sentido de su  marcha: No se trata de una huída ni de un abandono. No va a terminarse todo. Se trata de ir a prepararles sitio en la Casa del Padre. Y además no les va a dejar solos. El Padre, desde el Cielo, va a enviarles  "otro Defensor", el Espíritu Santo, que estará siempre con ellos.  El primer tema será objeto de nuestra atención este domingo. El segundo, el próximo.

¿Y por qué estos temas? ¿Por qué estos textos del evangelio y no otros?

Porque el Tiempo de Pascua se va acercando a su fin. Y eso quiere decir que vamos a celebrar pronto dos solemnidades muy importantes: La Ascensión y Pentecostés. La Ascensión marca la ausencia visible y definitiva de Cristo, que vuelve al Padre. No podemos verle hasta su Vuelta Gloriosa. Pentecostés es la Venida del Espíritu Santo. Porque ¡llega su hora! Según el modo humano que tenemos los cristianos de atribuir las obras de Dios a las tres divinas Personas, el Padre ha realizado la obra de la Creación y su designio de salvación; el Hijo ha hecho la Redención; y sube al Cielo.  Ahora toca al Espíritu Santo, que es el don más importante de la Pascua. Él nos lleva al Padre, por el Hijo, en un mismo Espíritu. Estamos, por tanto en la “época del Espíritu Santo”. Son, como decía, formas humanas de hablar.

Por todo ello, estas últimas semanas, en la celebración eucarística de cada día, la lectura del Evangelio tiene acento de despedida. Escuchamos textos de la Última Cena, que es la despedida fundamental de Jesucristo. La semana siguiente, se refieren al Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos trae una gran revelación: “¡En la Casa del Padre hay muchas estancias!”. Y Jesucristo va a prepararnos sitio, porque quiere que donde Él está, estemos también nosotros para siempre.  

¡Qué grandeza! ¡Qué futuro más hermoso  nos ofrece el Señor! Y la pregunta de Tomás es fundamental: “Señor, queremos estar contigo para siempre, pero ¿cómo podremos llegar hasta allí? ¿Por dónde se va? ¿Cuál es el camino?”. Y Jesús responde a Tomás: “¡Yo soy el camino!” Es decir, la Palabra de Cristo, sus mandatos, su ejemplo…, constituyen el camino seguro para llegar a la Casa del Padre.

¡Qué dicha la nuestra! ¡Conocemos el camino!

¿Y cómo será la Casa donde Dios vive…? ¡Ese es nuestro destino definitivo! Y añade algo sorprendente: “Nadie va al Padre sino por mí”. Está claro. “Todo no vale”. No podemos hacernos ilusiones de llegar hasta allí por cualquier camino, con cualquier estilo vida. Es evidente que no. ¡Si no vamos por el verdadero camino, no llegaremos nunca al final! ¡Por mucho que caminemos!  Si vamos, por ejemplo, por un camino, en dirección contraria, cuanto más caminemos, más nos alejaremos del lugar a donde queremos ir.

        ¡Y hacen falta, además, las provisiones para el camino! Pero ¡Jesús es también la verdad y la vida! ¡Dichosos nosotros si nos fiamos de Él!   

      ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:43  | Espiritualidad
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