Jueves, 25 de mayo de 2017

Encuentro del Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, con los obispos de Guinea Ecuatorial  (Mongomo, lunes 22 mayo 2017) (FIDES)  

Queridísimos hermanos en el episcopado: 

Antes que nada, me gustaría manifestar mi alegría de poder vivir con vosotros este momento especial, como cuerpo episcopal de este país, aumentado por la presencia de los nuevos miembros. Esta es una señal de crecimiento de la Iglesia y, al mismo tiempo, una fuerte invitación a una colaboración mayor entre vosotros. En efecto, al haber sido reunidos como pastores y hermanos, formáis, como los apóstoles en torno al Maestro, un cuerpo de personas responsables de la Iglesia de Guinea Ecuatorial. El Señor os ha llamado, con vuestras diversas historias de vida y de experiencias humanas y pastorales, porque siempre pueden servir en la búsqueda de soluciones concretas, para la difusión del mensaje de salvación que os ha sido confiado.

En general, la situación eclesial de vuestro país presenta algunos elementos positivos y esperanzadores, que hacen entrever un renovado interés por el Evangelio y por la misión. A ese respecto, la creación de dos nuevas diócesis es un signo tangible del dinamismo y del crecimiento de la fe. Este resultado es mérito vuestro y de los muchos agentes pastorales –sacerdotes, religiosos, religiosas y catequistas- que se dedican con generosidad y espíritu de sacrificio a la obra de la evangelización.

Permitidme, por tanto, queridos hermanos, que aproveche la ocasión para manifestaros la gratitud de la Sede Apostólica por el notable progreso de vuestra Iglesia y que comparta con vosotros algunas reflexiones, para responder al anhelo misionero.

Ya he mencionado la importancia de la comunión, palabra que expresa nuestra unidad en Cristo. Esto no quita las diferencias, los dones específicos, sino que manifiesta nuestra pertenencia. Esta comunión presente en el ámbito de la Conferencia, necesita ser sostenida y reforzada en cada una de las diócesis. Habéis sido elegidos por Cristo para ser pastores, padres y hermanos. Esta paternidad y fraternidad deben expresarse, particularmente, hacia nuestros primeros colaboradores, que son los sacerdotes. Como formamos una familia en Cristo, debemos crear este clima de comprensión y de solidaridad entre nuestro clero, para poder ayudar a los sacerdotes a sentirse miembros de una familia. Ciertamente, el derecho canónico nos da indicaciones para formar las necesarias estructuras diocesanas, como, por ejemplo, el Consejo Presbiteral, el Colegio de Consultores, el Consejo Pastoral y Económico, que no deben existir en la teoría, sino realmente, y que deben facilitar la colaboración y la corresponsabilidad en el servicio de nuestras Iglesias particulares. El buen trabajo de nuestros sacerdotes debe ser apreciado, así como también las pequeñas acciones, los pequeños logros, en particular, cuando alguno experimente muchas dificultades. El obispo debe tener siempre el hábito, como recomienda con frecuencia el Papa Francisco, de estar disponible a tiempo completo para los hermanos sacerdotes.

La comunión a nivel diocesano se debe manifestar además en la continua colaboración con los religiosos y religiosas. En vuestro país tenéis una buena presencia de institutos de vida consagrada, también gracias a la  histórica ayuda proveniente de España. Estos años de incansable trabajo misionero, de compromiso formativo, educativo y catequético, de silencioso trabajo en el campo sanitario, merecen realmente un fuerte aprecio. Procurad, queridísimos, sostener esta preciosa colaboración, ayudando a todos los institutos presentes en vuestro territorio también en su obra vocacional. Creo que comprendéis bien la importancia de esta indicación, porque algunos de vosotros provenís de institutos religiosos. Las palabras de la última Exhortación Apostólica del Sínodo sobre África decían: “Que el Señor bendiga a los hombres y mujeres que han decidido seguirlo sin condiciones. Su vida oculta es como la levadura en la masa. Su oración constante sostendrá el esfuerzo apostólico de los obispos, sacerdotes, de otras personas consagradas, de los catequistas y de toda la Iglesia” (Africae munus, 119).

El aspecto positivo de la Iglesia local está, por desgracia, contrastado por algunos límites debidos al inconstante acompañamiento de formación, a la escasa vida espiritual y al deseo de hacer carrera de algunos presbíteros y personas consagradas. De esto se sigue un gradual decaimiento de la moralidad, un cierto aburguesamiento y una progresiva autonomía en la toma de decisiones de algunos sacerdotes que se sienten solos. La comunidad cristiana sufre también de divisiones étnicas, envidas y rencores. Quiero llamar, además, vuestra atención sobre la infiltración entre el Pueblo de Dios de las sectas. Donde nosotros nos retiramos o perdemos el celo, allí se abre la puerta a la cizaña, a las sectas. Por favor, afrontad este problema con vuestro clero, con los religiosos y con los líderes laicos.

Queridos hermanos, a vosotros se os ha confiado la grave responsabilidad (munus) de enseñar, gobernar y santificar al Pueblo de Dios. El ejercicio de un encargo tal exige de vosotros una permanente configuración con Jesús Buen Pastor. Debéis sentir, obrar y amar como Él. ¿Sois realmente conscientes de ello? ¿Qué clase de Iglesia queréis para el futuro de Guinea? Amad a vuestra Iglesia, trabajad no para vosotros mismos, sino por el bien de la Iglesia y de los fieles que se os han encomendado. Recordad las palabras con las que el papa Benedicto XVI [dieciséis] concluyó la Exhortación Apostólica Africae Munus: Levántate y camina” (Jn. 5, 8), para mantener viva la llama de la fe, sin tener miedo de afrontar con espíritu paterno y firmeza los problemas que afligen a la Iglesia.

El obispo es padre de la diócesis. Padre quiere decir responsable; es el punto de referencia para la familia; es el que escucha para luego decidir; es el que ama y tiene una mirada hacia el futuro. Este amor y esta responsabilidad deben ayudar a crecer a los demás. El buen padre, por tanto, tiene la valentía de regañar al hijo cuando toma un camino equivocado. En este sentido, el obispo, como padre, ayuda a que la Iglesia que se le ha confiado crezca y favorece la formación de los sacerdotes, por ejemplo, con los ejercicios espirituales anuales, los retiros, las jornadas de oración, las celebraciones litúrgicas que manifiestan la unidad del presbiterio diocesano. Mira al presente, pero tiene también una visión de futuro: por ejemplo, prepara a sacerdotes prometedores para los estudios superiores, con el fin de adquirir una cualificada colaboración en la diócesis. Cuida las nuevas vocaciones. En esto, debo decir que aprecio muchísimo los esfuerzos que la Iglesia de Guinea Ecuatorial ha hecho para reforzar el Seminario Nacional y animo a mantener una continua solicitud en ese campo. Recientemente, la Congregación del Clero, con la ayuda de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, ha preparado un importante documento-guía para la formación de los sacerdotes, titulado “El don de la vocación sacerdotal”. Es importante el estudio de este documento para adaptarlo a las exigencias y a los retos de la Iglesia guineana. Considero de una importancia suprema el que los candidatos al sacerdocio encuentren en el seminario formadores íntegros y preparados desde el punto de vista intelectual y espiritual, para que acompañen en el discernimiento de la vocación a los jóvenes seminaristas. Necesitáis nuevos sacerdotes, pero, sobre todo, necesitáis sacerdotes idóneos al ministerio y de vida santa.

La solicitud paterna del obispo no se expresa solamente hacia los sacerdotes, sino hacia todo el Pueblo de Dios que constituye la realidad diocesana. Hoy en día, la pastoral de la familia, profundamente tocada por tantas crisis, ocupa un papel crucial. Justamente en el ambiente familiar tiene lugar también el primer desarrollo de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Hay que cuidar de forma especial a las familias jóvenes. Todo esto implica la necesidad de tener líderes parroquiales buenos y bien formados. En todas las parroquias sería bueno proponer diversas iniciativas sociales y espirituales, valiéndose también de la colaboración de los movimientos que se han desarrollado en los últimos tiempos, siempre bajo la guía y la responsabilidad de los sacerdotes que trabajan in loco. De este modo, la parroquia se convierte en lugar de crecimiento, de cultura, de desarrollo humano, capaz de responder a las diversas exigencias de nuestros fieles. Y, lo que es más importante, la parroquia debe ser un lugar de profunda vida cristiana, de encuentro y de anuncio evangélico. Tened el arrojo de crear y sostener, en cada una de ellas, equipos de base que las ayuden ser verdaderos centros de dinamismo cristiano. Animad a los laicos a asumir con alegría la responsabilidad de “sembrar la buena semilla del Evangelio en la vida del mundo, a través del servicio de la caridad, del compromiso político, a través también de la pasión educativa y de la participación en el confronto cultural” (Papa Francisco, Discurso a la Acción Católica Italiana, 30 abril 2017).

Queridísimos hermanos, estamos viviendo este tiempo de alegría y de crecimiento de la Iglesia guineana. Debemos, verdaderamente, dar gracias al Señor que nos ayuda en este camino. Cuanto más adelante vayamos, más notaremos el mucho trabajo pastoral que aún nos queda. Os agradezco todo lo que hacéis; os exhorto a no cansaros nunca en la difusión del mensaje de salvación que se os ha confiado. El Papa Francisco nos enseña y nos da ejemplo de cómo salir de la visión de una Iglesia cómoda y nos empuja a ir hacia las periferias reales y existenciales; nos pide que seamos hombres de diálogo, que llevan un auténtico mensaje espiritual que nuestra sociedad realmente necesita. Concluyo con las palabras de San Juan Pablo II [segundo], dirigidas justamente a la Iglesia de Guinea, para que sea cierto su deseo: “Confío en que la acción generosa que lleváis a cabo dará sus frutos en orden a una evangelización cada vez más intensa, capaz de penetrar en el corazón y la mente de los hombres y mujeres de Guinea Ecuatorial” (Papa San Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Guinea Ecuatorial, 15 febrero 2003). Antes de terminar, dejadme decir unas palabras de aprecio y gratitud al Nuncio Apostólico por su trabajo entre vosotros. Gracias, Excelencia. Que el Señor se lo recompense.

La Virgen Santísima, Madre del Verbo, Reina de África, os ayude a ser incansables portadores de esta palabra de salvación, capaces de ofrecer siempre un testimonio de esperanza.

Sea alabado Jesucristo.


Publicado por verdenaranja @ 12:29  | Hablan los obispos
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