Jueves, 25 de mayo de 2017

Homilía del cardenal Filoni en la Misa con los obispos de Guinea Ecuatorial  (Mongomo, lunes 22 mayo 2017) (FIDES) 

Lunes, VI semana de Pascua

 Hch. 16, 11-15; Sal. 149; Jn. 15, 26-16.4a

 

Queridos hermanos: 

Durante el encuentro que acabamos de finalizar, os he hablado de la importancia de la comunión con Cristo y a todos los niveles de la vida eclesial, entre los obispos, el clero, los miembros de la vida consagrada y en el interior del Pueblo de Dios. El obispo tiene que ser, en efecto, un hombre de comunión, cercano a todos, capaz de compartir la vida del rebaño, incluidos los más pobres y lejanos, los excluidos y los marginados. Esto exige, según el Papa Francisco, una especial “sensibilidad eclesial” que se revela, concretamente, en la colegialidad y en la comunión entre los obispos y sus sacerdotes; en la comunión entre los mismos obispos; entre las diócesis material y vocacionalmente ricas y aquellas que pasan dificultades; entre el centro y las periferias. Esta comunión es obra del Espíritu Santo, que actúa gracias a los obispos pastores y no “obispos pilotos” (Discurso a los obispos italianos, 18 mayo 2015).

Pues bien, la Liturgia de la Palabra me ofrece la ocasión de proponer una meditación sobre la tarea misionera del obispo. Jesús dice en el Evangelio: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn. 15, 26-27).

El contexto en el que se sitúan estos dos versos habla de odio y de persecuciones que se avecinarán sobre los seguidores de Jesús, porque “un siervo no es mayor que su señor” y si a Él lo persiguieron, también a ellos los perseguirán (cfr. Jn. 15, 20). Aunque en Guinea Ecuatorial no existan hoy persecuciones contra los cristianos, como en algunos países del Medio Oriente, de Asia y de ciertas zonas de África, sí que hay varios problemas que amenazan la fe cristiana, en particular, la actividad agresiva de las sectas, la brujería, las envidias, el materialismo, el aislamiento, el individualismo, así como el degrado de la moralidad.

Frente a tales problemas, no debéis tener miedo (cfr. Lc. 12, 4-7). Hay que seguir adelante con valentía y confianza. Jesús ha prometido y ha enviado su Espíritu, y hay que destacar especialmente su esencial relación con la verdad: es el Espíritu de la verdad el que puede sostener la fe oscilante de los discípulos con su firme testimonio, de modo que también ellos puedan desarrollar su misión hacia los hermanos, dando testimonio, a su vez, de que Cristo es el único salvador del hombre.

Como Jesús, Pastor de pastores, vosotros estáis llamados a vivir enteramente para el Padre y, al mismo tiempo, a volveros con la mirada llena de compasión hacia todos, en el don cotidiano de vosotros mismos, para ofrecer a vuestro país, sediento de verdad y de amor, la prueba de que Dios nunca se cansa de buscar a los hombres y de transmitirles su amor y su misericordia.

A la luz de las lecturas de hoy, os quiero exhortar a un compromiso misionero más fuerte y decidido, apoyándoos sobre estas palabras de San Agustín: el episcopado “no es un título de honor, sino de servicio”. El que es jefe recibe la exigente tarea de servir a Cristo y, en su nombre, hacerse “siervo de sus siervos”, es decir, “pastor con olor de oveja y sonrisa de padre” (Papa Francisco), imagen y signo del amor incondicional de Cristo por cada persona humana.

Para vosotros, obispos, y para todo el Pueblo de Dios de este país, servir a Cristo significa dar testimonio y proclamar el Evangelio. En efecto, el encuentro con Jesús suscita en cada creyente la necesidad de anunciar a los demás, con la palabra y con el testimonio de vida, la alegría del Evangelio. El encuentro con Jesús nos hace discípulos-misioneros. En este sentido, la tarea misionera os concierne a todos los miembros de la unidad cristiana, como miembros del único cuerpo de Cristo, piedras vivas del único edificio espiritual. La misión no es una “cuestión privada” ni un encargo solitario, sino que implica a toda la Iglesia, misterio de comunión, a la que todos nosotros pertenecemos. No se puede guardar para uno mismo el don de la fe. Esta se debe comunicar a todas las personas que desean encontrarse con Cristo y creer en Él.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña que la obra de evangelización está inspirada y guiada por el Espíritu Santo. San Pablo sintetiza bien la idea al declarar que, “movido por el Espíritu” (Hch. 20, 22-23), se va a Jerusalén sin saber lo que le espera. Además de enseñarle la verdad, el Paráclito defiende a la Iglesia, la orienta, la guía en su actividad misionera y dispone a las personas para la misión (cfr. Hch. 13, 2-3). Esto debe animarnos a poner a nuestra Iglesia en un estado permanente de misión, sin miedo ni temor.

Queridísimos hermanos, el impulso misionero es señal de vitalidad y de crecimiento de una Iglesia (cfr. Rm. 2). Os deseo de corazón que os dejéis guiar por el Espíritu Santo (Gal. 5, 25), para que progreséis cada día más en vuestra configuración con Cristo, Buen Pastor, y para que dirijáis con un renovado ardor la obra de evangelización de este hermoso país.


Publicado por verdenaranja @ 12:33  | Hablan los obispos
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