Jueves, 25 de mayo de 2017

Encuentro del Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con los sacerdotes y religiosos de la nueva diócesis Mongomo (Mongomo, lunes 22 mayo 2017) (FIDES) 

 

Os saludo a todos, queridos hermanos y hermanas, y os traigo la bendición del Santo Padre Francisco. Saludo a los hermanos obispos aquí presentes y, en particular, a Su Excelencia Monseñor Juan Domingo-Beka Esono Ayang, primer obispo de vuestra diócesis, al cual reitero mi felicitación y le aseguro mis oraciones por un ministerio episcopal feliz y fructuoso. Saludo con gran estima y afecto fraterno al Nuncio Apostólico, a cuyo celo se debe la resolución de haber creado esta diócesis de Mongomo.

Doy gracias a la Divina Providencia por el hecho de encontrarme entre vosotros en este preciso momento histórico. Mi presencia entre vosotros es manifestación de la solicitud del Santo Padre y de la Iglesia Universal hacia la Iglesia-Familia de Dios. Por eso, deseo manifestaros en persona el apoyo de mi afecto y de mi oración en este largo y bello camino que debéis recorrer para realizar el objetivo para el cual el Santo Padre ha aprobado la creación de vuestra diócesis, respondiendo a la petición de los obispos de Guinea Ecuatorial. Estos, con ocasión de la Asamblea Ordinaria Plenaria de la Conferencia Episcopal que tuvo lugar del 27 [veintisiete] al 28 [veintiocho] de junio de 2011 [dos mil once], los obispos de Guinea Ecuatorial consideraron que la creación de nuevas circunscripciones eclesiásticas era una prioridad por motivos pastorales y organizativos. Lo que se pretendía era dar un nuevo impulso a la evangelización y, al mismo tiempo, asegurar a los fieles una formación cristiana más profunda, así como prepararlos a resistir a la invasión de las sectas. Se pensó también que la situación general de vuestra Iglesia, que está viva y en crecimiento, así como el renovado interés por el Evangelio y la misión, requerían un gobierno pastoral más eficaz de las diócesis, un cuidado pastoral mejor organizado y más cercano a los fieles, junto a un mayor apoyo espiritual y moral al clero.

La creación de la nueva circunscripción eclesiástica es, sin duda, el resultado de un largo proceso de maduración y de crecimiento de la fe en esta provincia, pero es también un signo elocuente de la confianza del Papa Francisco, que os confía la importante tarea de plantar y hacer creer la Iglesia de vuestra provincia. Os corresponde a vosotros el gran reto de poner en marcha la nueva diócesis, de levantar las estructuras necesarias para la organización pastoral y administrativa. Más allá de las estructuras, esta nueva diócesis necesita que se le infunda un espíritu. Sin el espíritu misionero, las estructuras, por muy bien organizadas que estén, no podrán hacer que se desarrolle una Iglesia auténticamente misionera.

  “Si vivimos del Espíritu, caminemos también según el Espíritu”, enseña San Pablo a los Gálatas (5, 25). Con estas palabras, el apóstol nos recuerda que la vida espiritual del sacerdote y del religioso debe ser animada y guiada por el Espíritu de Dios, que nos conduce a la santidad, perfeccionada por la caridad. Más aún que los demás fieles, vosotros estáis llamados a la santidad por vuestra misma identidad: habéis sido consagrados por la unción y el mandato de anunciar el Evangelio. La santificación del sacerdote consiste, sobre todo, en su relación íntima y profunda con Jesús, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Estáis llamados a vivir el compromiso del Evangelio siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente. El presbítero está llamado, antes que nada, a configurarse con Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote. En otras palabras, debemos tener el corazón de Jesús, es decir, amar como Jesús ama, pensar como Jesús piensa, obrar como Jesús obra, servir como Jesús sirve en cada momento de la vida. Según las palabras del Papa Francisco “el corazón del pastor de Cristo solo conoce dos direcciones: el Señor y la gente. El corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por esto ya no se mira a sí mismo –no debería mirarse a sí mismo– sino que se dirige a Dios y a los hermanos”. (Homilía en ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, 3 de junio de 2016). Para vivir plenamente la identidad sacerdotal, la vida espiritual del sacerdote se debe unir a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Oración y escucha, como María. Este es el comportamiento propio de quien pone su confianza en el poder de Dios, se deja transfigurar por Jesús, buen Pastor, se deja corregir por Dios y deja actuar a Dios en su propia vida.

No es solo tarea del obispo trabajar para alcanzar tales objetivos. Por lo tanto, quiero aprovechar este encuentro para dirigiros unas palabras de ánimo y haceros algunas recomendaciones útiles que os ayuden a afrontar los nuevos retos que se os presentan.

La participación de todos vosotros, en cuanto que sois primeros colaboradores del obispo, es indispensable para poner en marcha y llevar adelante la diócesis. Os exhorto a vivir vuestra identidad y vuestro ministerio sacerdotal en plena comunión con el obispo que el Señor ha elegido y establecido como Padre y Pastor de esta Iglesia. Amad a la diócesis. Estad dispuestos a colaborar con fidelidad y generosidad en la vida y en la pastoral diocesana, poniendo en común vuestras cualidades sacerdotales y pastorales, así como vuestras capacidades organizativas. Sentíos todos plenamente responsables de dar impulso a la nueva diócesis y de asegurarle una buena guía pastoral.

Como sacerdotes y religiosas, responsables de la Iglesia local, estáis llamados a ser “la sal y la luz” (cfr. Mt. 5,13-15) en esta sociedad, siguiendo el ejemplo de Jesús, Buen Pastor (Jn. 10). No hay nada que haga sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de los sacerdotes, religiosos y religiosas, es decir, de aquellos que, de custodios de las ovejas, se transforman en “ladrones de las ovejas” (Jn. 20, 1ss), ya sea porque las inducen a errores con sus doctrinas particulares o desviadas, ya sea porque las aprisionan en la red del pecado y de la muerte. La falta de testimonio o, lo que es peor, el anti-testimonio de los sacerdotes, religiosos y religiosas, sigue creciendo hoy. En realidad, la división entre los sacerdotes, la falta de colaboración con el obispo, la falta de obediencia, la falta de consideración a los laicos por parte de los pastores, la falta de compromiso pastoral y los escándalos, reducen la eficacia de la acción pastoral y ofuscan la imagen del sacerdote como custodio del rebaño de Dios, y la imagen del religioso o de la religiosa como testimonio de Cristo casto, pobre y obediente.

Y aquí, no puedo no preguntar: ¿qué figura de sacerdote queréis forjar en vuestra Iglesia? ¿Un sacerdote funcionario y administrador de lo sagrado y de lo social, aburguesado, señoril y autoritario, cuya vida no está en armonía con la santidad del ministerio inherente al sacerdocio? En efecto, como ha recordado el Papa Francisco: “No necesitamos… sacerdotes funcionarios que, mientras desempeñan un papel, buscan lejos de Dios la propia consolación. Solo quien tiene la mirada fija sobre lo que es verdaderamente esencial puede renovar su propio sí al don recibido y, en las distintas temporadas de la vida, perseverar en el don de sí; quien se deja configurar con el Buen Pastor encuentra la unidad, la paz y la fuerza en la obediencia del servicio” (cfr. Carta a los participantes en la Asamblea General Extraordinaria de la Conferencia Episcopal Italiana, 8 noviembre 2014).

 “Nuestro ser sacerdotes no es más que un nuevo y radical modo de unión con Cristo. Ésta se nos ha dado sustancialmente para siempre en el Sacramento. Pero este nuevo sello del ser puede convertirse para nosotros en un juicio de condena, si nuestra vida no se desarrolla entrando en la verdad del Sacramento”. (cfr. Benedicto XVI, Homilía de la Misa Crismal, 2009). La santidad personal del sacerdote resplandece siempre en favor de aquellos que le han sido confiados a su cuidado pastoral, a los cuales debe servir con pasión y altruismo. Vuestra vida de oración irradiará desde dentro vuestro apostolado. El sacerdote y el consagrado deben ser personas enamoradas de Cristo. La autoridad moral y la autoridad que sostiene el ejercicio de vuestro ministerio y de vuestro apostolado, podrán venir solamente de vuestra santidad de vida (cfr. Africae munus, 100). Y esto que se ha dicho para el sacerdote, vale también para el religioso y la religiosa.

En consecuencia, debéis vivir fielmente y con alegría vuestra identidad sacerdotal y religiosa. Esta fidelidad se refiere tanto a la pobreza, como a la obediencia, como a la castidad, de lo que os quiero hablar ahora.

La pobreza evangélica nos hace superar todo egoísmo y nos enseña a confiar en la Providencia de Dios. La verdadera pobreza nos enseña a ser solidarios con nuestro pueblo, a saber compartir con caridad. Esta se manifiesta también en una sobriedad de vida y nos pone en guardia contra los ídolos materiales, que ofuscan el sentido auténtico de la vida.

Por lo tanto, la búsqueda del bienestar y el apego a las cosas materiales son un peligro contra el cual debemos resguardarnos. Es un anti-testimonio que los sacerdotes y las personas consagradas se den al business, a los negocios, a la búsqueda de ciertos intereses solamente materialistas. En base a todo esto, querría confirmar en vuestro corazón la fidelidad a vuestra misión sacerdotal y religiosa, que es fidelidad de amor al anuncio del Evangelio, al servicio de los sacramentos, al carisma de la Congregación, al apoyo de las comunidades cristianas con una adhesión desinteresada a la Iglesia. El grito de san Pablo: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1 Cor. 9,16), puede movilizar siempre más energías físicas, intelectuales y espirituales de un sacerdote y de una persona consagrada.

Al igual que Jesús, los sacerdotes y las personas consagradas tienen el deber de llevar la alegría del Evangelio a cuantos desean escuchar y cumplir la voluntad de Dios, en la obediencia a Dios. Pero la obediencia a Dios pasa también a través de las mediaciones humanas. La voluntad de Dios se autentifica en la Iglesia por la moción interior del Espíritu Santo. Por favor, obedeced a vuestro obispo como a vuestro padre. Que sea una colaboración generosa, positiva y obediente. La obediencia es una vida en la lógica del Evangelio. Quiero subrayar que el ejercicio de la autoridad es el servicio: no nos debemos olvidar jamás, como obispos, párrocos o superiores de comunidades, que el verdadero poder, a cualquier nivel, es el servicio, cuyo faro es la Cruz. No seáis autoritarios, sino padres con autoridad: “Vosotros sabéis que los gobernantes de las naciones las dominan… Que entre vosotros no sea así…, sino que quien quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt. 20, 25-27).

La elección del celibato sacerdotal se debe considerar en el contexto de la “relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo, como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado” (Pastores Dabo Vobis, n. 29). Así acogerán el celibato el sacerdote y los religiosos, o sea, “con una libre y amorosa decisión que ha de renovarse continuamente” (ibid.), siendo conscientes de la debilidad de la propia condición humana. Sabemos, sin embargo, que, “para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal, es absolutamente necesaria la oración humilde y confiada” (ibid.). Una forma de conservar la vida sacerdotal es cultivar una relación fraterna con los hermanos en el sacerdocio y en la vida religiosa. El acompañamiento y el apoyo de los hermanos son siempre un don de gracia y un socorro precioso para vivificar nuestra vida y nuestro ministerio. Allí donde falta una relación serena y armoniosa entre sacerdotes, surgen siempre crisis. Es necesario conservar una buena relación de estima y confianza también con el propio obispo, padre y cabeza de nuestra Iglesia local.

Anunciad a vuestros hermanos la Palabra de vida. Pero esto solo es posible si vuestra Iglesia está en estado permanente de misión, es decir, no se trata de una estructura burocrática para organizarse la vida. Junto al obispo, debéis poneros en la primera línea para pasar “de una pastoral de simple observación a una pastoral decididamente misionera” Evangelii Gaudium, 15). La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera. Por este motivo, la evangelización es una prioridad. El Papa Francisco lo ha corroborado en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Hay que anunciar a Cristo, ir a las periferias. Además de la necesidad de profundizar en la fe que tienen los fieles cristianos, vuestros conciudadanos tienen sed de ver, de encontrar, de creer en Jesús. “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”, escribía San Pablo a los cristianos de Roma (cfr. Rm. 10,14-15). Pero, como recuerda el Santo Padre, no se trata de imponer la propia fe, sino de anunciar y dar testimonio: “La Iglesia no crece por proselitismo. La Iglesia crece por atracción, la atracción del testimonio que cada uno de nosotros da al Pueblo de Dios” (EG, 14). Es necesario el anuncio y el buen testimonio de vida en el plano espiritual, moral y pastoral.

Por lo que se refiere a la vida pastoral, el Santo Padre Francisco nos ha advertido del riesgo que corre quien pierde el gusto de la propia vida consagrada y del propio ministerio, “como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante” (EG, n. 81). Para dedicar toda la vida y todas las fuerzas al servicio de la Iglesia, tenemos necesidad de la caridad pastoral de Jesús, que ha dado la vida por su rebaño. Debemos imitar a Jesús en la donación de sí mismo y en su servicio. La caridad pastoral de la que nos hemos impregnado en algún momento, enriquecerá nuestro ministerio sacerdotal y determinará “nuestro modo de pensar y actuar, nuestro modo de relacionarnos con la gente” (Pastores Dabo Vobis, n. 23). La caridad pastoral nos exige una conversión pastoral, nos empuja a “salir de la propia comodidad y tener el coraje de llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, n. 20). Los destinatarios privilegiados de la caridad pastoral son los pobres, los marginados, los pequeños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos. La caridad pastoral se muestra siempre disponible a asumir cualquier tarea por el bien de la Iglesia y de las almas.   

Después de algunos años de vida sacerdotal o religiosa, podrían surgir algunas debilidades, entre ellas, el riesgo de sentirse funcionarios de lo sagrado (cfr. Pastores Dabo Vobis, n. 72). El sacerdocio no es un oficio ni un empleo burocrático que se puede desarrollar en el tiempo y luego se acaba. El sacerdocio es un estilo de vida, es un servicio a Dios y a la Iglesia, no un trabajo. Para ser siempre vivaces en la vida sacerdotal y religiosa será oportuno cuidar siempre vuestra formación permanente -que encomiendo a vuestro obispo-, para asegurar la fidelidad al ministerio sacerdotal, en un camino de continua conversión, para reavivar el don recibido por la ordenación (cfr. Pastores Dabo Vobis, n.70).

Queridos hermanos en el sacerdocio, os doy las gracias por el celo y la incansable solicitud con que lleváis adelante la evangelización. Caminemos hacia el frente, animados por el amor que compartimos por el Señor y por la Santa Madre Iglesia. Quedemos unidos en la oración, para que María, modelo misionero de la Iglesia, os enseñe a todos vosotros a generar y a conservar por todas partes la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, el cual renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

Recordad: de vosotros depende la construcción en Mongomo de una Iglesia según el Corazón de Cristo. De vosotros depende que la Iglesia de Guinea Ecuatorial sea de primera, segunda o tercera categoría. Queridos sacerdotes y religiosos, levantaos y caminad en y con vuestra Iglesia.

Y el Espíritu Santo os conceda una íntima consolación en vuestro trabajo.

 


Publicado por verdenaranja @ 12:40
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