Jueves, 25 de mayo de 2017

Homilía del Cardenal Filoni en la Santa Misa de toma de posesión del nuevo obispo de la diócesis de Ebebiyin Su Excelencia Monseñor Miguel Ángel Nguema, SDB   (Ebebiyin, miércoles 24 mayo 2017) (fides)

Fiesta de Santa María Auxiliadora 

Hch. 1, 12-14

Ef. 1, 3-6; 11-12

Mt. 12, 16-50

 

Querido obispo Miguel, Señor Nuncio Apostólico y hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ilustres autoridades,hermanos y hermanas en Cristo,

 

Estamos celebrando esta solemne liturgia en la catedral de la diócesis de Ebebiyin y vivimos la alegría de ser testimonios de la toma de posesión del nuevo obispo, Su Excelencia Monseñor Miguel Ángel Nguema, salesiano. Al inicio me gustaría saludaros a todos vosotros, reunidos en esta importante circunstancia y compartir vuestro contento. Tras la partida de Su Excelencia Monseñor Juan Nsue Edjang Mayé a la archidiócesis de Malabo, en febrero de 2015 [dos mil quince], vuestra diócesis quedó vacante. Ahora puedo participar de vuestra satisfacción de tener un nuevo Pastor, ordenado hace unos días, a quien el Santo Padre ha puesto como guía de esta diócesis. Como bien sabemos, el nuevo obispo, Monseñor Miguel, comienza su ministerio en esta diócesis que existe ya desde hace treinta y cinco años, pero que, con la creación de la nueva diócesis de Mongomo, tendrá un territorio y un clero más reducidos. Esto es para facilitar al nuevo Pastor el que pueda estar más presente entre vosotros y dedicaros más tiempo. Pero esto comporta también la necesidad de una mayor colaboración por vuestra parte. En efecto, os encontráis en el momento de la reorganización de las estructuras diocesanas, que deben ser precedidas por un profundo análisis de la situación. ¿Queréis tomar parte activa ayudando a vuestro obispo en este discernimiento? Pues entonces, ayudadlo a sentirse Padre para con vosotros, según la hermosa expresión de San Agustín: “con vosotros, soy cristiano; para vosotros, soy un padre”.

El Santo Padre ha elegido al obispo Miguel porque, aunque es joven, es una persona con suficiente experiencia de vida sacerdotal y una buena preparación humana y espiritual. Él ha realizado sus estudios en África y en Roma, y tiene conocimientos pastorales y de gobierno en el ámbito de la Sociedad Salesiana. Creo vivamente, queridos hermanos y hermanas, que si colaboráis juntos en esta diócesis renovada, podréis edificar y reforzar vuestra pertenencia a la Iglesia, trabajando juntos por el bien de todos.

La Liturgia de la Palabra nos propone uno de los tres grandes himnos cristológicos de San Pablo. Este himno de la carta a los Efesios nos hace reflexionar sobre el papel de Jesús en el proyecto de amor del Padre. Trata, en particular, de la predestinación de los creyentes. El proyecto de Dios sobre el hombre se actúa por medio de Jesucristo y consiste en hacer partícipes a todos los creyentes de su condición de Hijo único y amado. Desde el principio de los tiempos, Dios Padre ha pensado en vosotros, para haceros santos, para haceros hijos suyos. Cada uno de vosotros está llamado a este camino de santidad, es decir, a mantener una relación de amor fuerte e incondicional con el Señor. Cada uno de vosotros está llamado a ser parte de la verdadera familia de Jesús, constituida por aquellos que hacen la voluntad de Dios Padre. En esta familia, se distingue San Pablo por su ejemplo de celo apostólico y de unión con Cristo. El encuentro con el Resucitado sobre la vía de Damasco le cambió totalmente la vida. De feroz perseguidor contra los cristianos, se convirtió en gran predicador del Evangelio.

Con su pasión por Cristo, San Pablo intentó convencer a sus oyentes, educados en la cultura y dotados de saber, para aceptar la fe. Parecía que todo su discurso, a pesar del esfuerzo, no había alcanzad un buen resultado. En efecto, se burlaron del Apóstol cuando habló de Jesús Resucitado: “Ya te escucharemos otro día”, le dijeron los atenienses mientras se marchaban. Sin embargo, la gracia de Dios tocó el corazón de algunas personas sencillas y deseosas de conocer la buena noticia de Pablo, y “algunos se unieron a él y se hicieron creyentes” –así lo cuenta el libro de los Hechos, que narra los inicios de la evangelización en Grecia. No obstante las primeras impresiones negativas, también esta predicación de Pablo tuvo sus frutos. También allí alguno descubrió que Cristo podía responder plenamente a aquello de lo se necesita en la vida, no solo a cosas materiales. Para Dios no es importante que nuestras acciones obtengan resultados grandes o pequeños. Lo importante es tener valentía, no cansarse nunca de dar testimonio de nuestra fe y dejar actuar la gracia en los corazones humanos, creer que la gracia actúa verdaderamente. Nosotros, con frecuencia, nos sentimos tentados por la necesidad de ver los resultados de nuestras obras, hasta el punto de que alguno se pregunta si vale la pena hacer algo cuando no está seguro de conseguir un buen resultado. San Pablo no se desanimó, porque, después de haber encontrado a Cristo, había puesto en Él toda su confianza. Es verdad que, a menudo, los resultados no se ven enseguida, pero hay que dar tiempo para que crezcan. San Pablo nos enseña a seguir siempre hacia delante, con generosidad, en la obra de evangelización, en la proclamación de la Palabra de Dios, en el servicio a los pobres y a los necesitados, y, como recuerda el Papa Francisco, en el coraje de ir a los lugares más difíciles y marginados. Este es mi deseo para el obispo Miguel y para esta joven diócesis de Ebebiyin.

¿De dónde, por tanto, tomaba las fuerzas San Pablo, para no desanimarse ante las dificultades? La respuesta se encuentra en la promesa de Jesús: “Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” –dice Jesús-. La fuerza de los apóstoles, la fuerza de la Iglesia, la fuerza del catolicismo en Guinea y en la diócesis de Ebebiyin es la fuerza que viene de lo alto. Esta fuerza supera todas nuestras posibilidades, es capaz de transformar nuestros esfuerzos, que parecen poco prometedores, en un río de gracia. ¿No fue San Pedro el que, anunciando a Jesús Resucitado y su perdón pudo convertir a miles de personas? En realidad, era el Espíritu Santo el que actuaba. ¿No fue San Pablo el que en Atenas, una ciudad difícil, consiguió conducir hasta Jesús a algunos fieles? Todo fue obra del Espíritu Santo, que actuaba en ellos y a través de ellos. “No tengáis miedo de salir e ir al encuentro de estas personas, de estas situaciones. No os dejéis bloquear por los prejuicios, las costumbres, rigideces mentales o pastorales, por el famoso «siempre se ha hecho así». Se puede ir a las periferias sólo si se lleva la Palabra de Dios en el corazón y si se camina con la Iglesia, como san Francisco. De otro modo, nos llevamos a nosotros mismos, no la Palabra de Dios, y esto no es bueno, no sirve a nadie. No somos nosotros quienes salvamos el mundo: es precisamente el Señor quien lo salva” (Papa Francisco, Homilía del 4 de octubre de 2013, Asís). Tened, por tanto, el valor de dejaros guiar por el poder del don del Espíritu.

Queridos hermanos y hermanas, no es imposible que teniendo la fe y la generosidad podamos quedar desilusionados y perder el entusiasmo inicial. Hoy, la Iglesia celebra la Fiesta de María Auxiliadora. María, auxilio de los cristianos. María, a la que Jesús desde la Cruz confió a San Juan. En Él, todos hemos sido confiados a ella. En nuestro obrar, podemos siempre invocar su maternal ayuda, especialmente cuando llegan los momentos de desánimo y de miedo, cuando nos sentimos débiles frente a los desafíos, que parecen más grandes que nuestras posibilidades. Con las palabras del gran devoto de la Virgen, San Bernardo, rezamos: “Acuérdate, o piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti”. Igual que María estuvo presente en Jerusalén, junto a los apóstoles, durante Pentecostés, al inicio de la Iglesia, también ahora protege y guía a la Iglesia durante los siglos. Nos protege y guía a la Iglesia también hoy.

Confiando a María la Iglesia de Ebebiyin y los inicios del ministerio episcopal de vuestro obispo, renuevo mis deseos de que todos vosotros seáis testigos de Cristo, llevando en vosotros la fuerza del Espíritu, la audacia de actuar con generosidad en la misión de bien que se os confía.

Hacemos nuestra la oración mariana del Papa Francisco: “Eres toda belleza, María. Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica: que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca, que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero” (Papa Francisco, 8. XII. 2013). 


Publicado por verdenaranja @ 12:52  | Hablan los obispos
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