Viernes, 02 de junio de 2017

Homilía de Su Eminencia el Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor  (Bata, jueves 25 mayo 2017)

 

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”
(Mt. 28, 19-20). 

 

Hermanos y hermanas, hoy en esta iglesia de Bata resuenan nuevamente las palabras de Jesús que acabamos de oír, dirigidas a sus discípulos el día de la Resurrección. Jesús Resucitado manda a sus discípulos a la misión. Los manda hacia todos los pueblos a evangelizar y bautizar.

Estamos aquí reunidos con la convicción de que el Resucitado está en medio de nosotros, como él mismo nos ha prometido: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Esta presencia suya es motivo de confianza y consolación. Con gran gusto vengo a veros y os traigo el cordial saludo y la bendición apostólica del Santo Padre, el Papa Francisco, que tiene en su corazón la situación pastoral de esta Iglesia local y de su misión evangelizadora. Al mismo tiempo, también yo os saludo con afecto. Quiero manifestar mi aprecio a vuestro amado pastor, Su Excelencia Monseñor Juan Matogo Oyana, renovando mi felicitación por sus 40 años de sacerdocio y sus 25 años de episcopado, cumplidos en diciembre y enero, respectivamente. A los sacerdotes, religiosos y religiosas dirijo mis palabras de ánimo, sabiendo que ejercéis vuestra misión con celo, a pesar de todas las dificultades.

A los hermanos obispos va mi cordial saludo y les doy las gracias por el bien que hacen. La presencia entre nosotros del Nuncio Apostólico indica el gran afecto y la estima con que él ha trabajado por la Iglesia en Guinea Ecuatorial y su crecimiento. Queridos hermanos y hermanas, laicos y laicas, os deseo a todos “la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor” (1 Co. 1,3).

La liturgia de la Palabra de este día nos revela que la Iglesia ha nacido para evangelizar, modo en que expresa su naturaleza propia. Y esta misión está abierta a todos los bautizados, sin excluir a ninguno. Siglos atrás, en 1645, la palabra de Cristo Resucitado: “Id y evangelizad”, movió a los Capuchinos, que fueron los primeros en llegar a esta tierra, la actual Guinea Ecuatorial, a venir aquí; ellos, como los demás misioneros que les han sucedido –sacerdotes de Toledo, Jesuitas y, sobre todo, Claretianos-, han demostrado su fidelidad al mandato del Maestro de enseñar a toda la gente (cf. Mt 28,19), y se han esforzado por indicar a los hermanos de esta tierra la salvación de Jesús. A todos ellos rindo aquí un tributo de gratitud y de estima por este gran trabajo de evangelización que han desarrollado, poniendo los fundamentos de la Iglesia en medio de vosotros.

Este mismo mandato misionero lo recomendó también el Señor en el día de su Ascensión al Cielo a aquellos que estaban con él, que andaban preocupados por saber cuál era su misión y por cuánto tiempo. Y Jesús les respondió: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1, 8). Hay, por tanto, una conexión igualmente imprescindible entre misión y testimonio. La misión se hace a través del testimonio. “El hombre contemporáneo escucha con más gusto a los testigos que a los maestros –decía el beato Papa Pablo VI [sexto]- o, si escucha a los maestros, es porque dan testimonio”.

Esta responsabilidad de la Iglesia os concierne a todos vosotros, y no solo a vuestros pastores, sacerdotes, religiosos y religiosas, como piensan muchos. Cada uno, en base a su propia identidad, cristiana o religiosa, está llamado a dar testimonio de Cristo Resucitado. Todos estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt. 5, 13-14) y a iluminar las tinieblas de nuestro mundo: pensemos, por ejemplo, en la inmoralidad actual, el uso de la droga, el robo como sistema de vida, la brujería, la violencia en la familia y en la sociedad, los sembradores de cizaña y de confusión en la fe.

Queridos fieles, la Iglesia realiza su misión, particularmente, a través de vosotros, sus miembros laicos, que la hacen presente y activa en la vida del mundo. Ese es también el sentido de la pregunta que hicieron a los apóstoles, que miraban al cielo después de la Ascensión de Jesús: “¿Por qué estáis ahí parados mirando al cielo?” (Hch. 1, 11).

Jesús volverá, y entonces recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que os hará capaces de dar testimonio de Cristo en todo el mundo. Fijemos, pues, la mirada en Cristo, que nos ha sido anunciado en la fe de la Iglesia para que encontremos en él encontraréis el sentido de nuestra vida cristiana. La fe no es una fuga de la tierra o del mundo, sino que nos indica la vía del bien por los caminos de nuestra vida. En efecto, es en nuestro camino cotidiano donde las personas que encontramos a diario hallan su camino hacia Jesús. Es en la historia de cada persona donde se puede reconocer la presencia de Dios. Es en las personas, sean quienes sean, donde se puede servir y amar a Dios.

Vosotros, laicos, tenéis un gran papel que desarrollar en la sociedad. Os invito de todo corazón a asumir vuestras responsabilidades en el campo político, económico y social. Sois, ciertamente, los “embajadores de Cristo” (2 Cor. 5, 20) en el espacio público, en el corazón del mundo (cfr. Africae Munus, n. 100). Haced que las realidades de vuestro país y de vuestra cultura se impregnen del sabor del Evangelio. Guardaos también de la confusión de las sectas.

Los que estaban con el Resucitado, estaban preocupados por saber si ya había llegado el tiempo en el que iba a reconstruir un reino material: “Señor, ¿es ahora cuando vas a reconstruir el reino de Israel?” (Hch. 1, 6). Pero el Señor Jesús respondió a esa preocupación haciendo notar a los suyos que ellos eran los artífices de un nuevo reino. Queridos hermanos y hermanas, Jesús no reconstruirá el reino de Dios en este mundo sin nuestra contribución, la de los cristianos. La venida del reino de Dios, que es un reino de amor, de verdad, de justicia y de paz, constituye un reto para todos aquellos que reconocen pertenecer a Cristo, para los cuales su causa es la más importante. Tenemos que ser testigos de Jesús, que vive en la Iglesia y en los corazones de los hombres para la salvación del mundo.

¡Queridos hermanos y hermanas! Vuestra Iglesia es como planta que crece y está destinada a llegar a ser un árbol. Como miembros suyos, estáis invitados a contribuir a su crecimiento. Os ruego que deis un valiente testimonio del Evangelio, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a aquellos que tienen sed de amor, de libertad, de verdad y de paz. Recordad que la perseverancia en las enseñanzas de los apóstoles y la comunión fraterna son las que han hecho crecer a la comunidad de los discípulos de Cristo desde el principio.

No tengáis miedo de la exigencia de la misión, rechazad cualquier temor o incertidumbre, porque el mismo Señor Jesús nos ha hecho una solemne promesa: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Que María Santísima, Nuestra Madre, nos ayude siempre en este propósito e interceda siempre por nosotros.


Publicado por verdenaranja @ 12:25  | Hablan los obispos
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