Viernes, 02 de junio de 2017

Encuentro de Su Eminencia el Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, con los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los consagrados de la diócesis de Bata (Bata, jueves 25 mayo 2017) 

 

Mi visita a vuestro país, con ocasión de la ordenación episcopal de tres nuevos obispos, la pongo bajo el signo de la solidaridad y en apoyo por parte de la Sede Apostólica hacia la Iglesia-Familia de Dios que está en Guinea Ecuatorial. Por eso, querría, antes que nada, transmitiros a todos el cordial saludo y la bendición apostólica del Santo Padre, el Papa Francisco. El Papa reza por vosotros y tiene muy en su corazón la situación pastoral de esta Iglesia local, así como de todos los que la componen: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.

A estos paternales sentimientos del Sumo Pontífice, me permito unir también la profunda comunión de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y su benévola disponibilidad para sostener los esfuerzos de vuestra Iglesia en su obra de evangelización en esta amada tierra de Guinea Ecuatorial. La presencia entre nosotros del Nuncio Apostólico indica el gran afecto y la estima con que él ha trabajado por la Iglesia en Guinea Ecuatorial y su crecimiento.

Es, por tanto, para mí, un gran placer encontrarme con vosotros para dirigiros también una palabra de ánimo y aprecio, y también para escuchar vuestras preocupaciones como estrechos colaboradores del obispo. Saludo con afecto a Su Excelencia Monseñor Juan Matogo, vuestro Pastor, y a todos vosotros, hermanos y hermanas. Os manifiesto mi gratitud y aprecio por vuestra activa presencia y vuestro generoso compromiso en la pastoral diocesana y, en particular, en la catequesis, en el ámbito de la educación y de la salud. Vuestras diversas y multiformes actividades pastorales constituyen una ayuda preciosa y necesaria para la actividad misionera de la Iglesia y manifiesta su naturaleza misionera.

La Iglesia ha nacido para evangelizar. Esta es su misión natural que, en nuestro tiempo, es considerada en todo el mundo como un importante reto. La solemnidad de la Ascensión del Señor, que hoy celebramos, pone a la luz la exigencia fundamental del testimonio que la Iglesia está llamada a dar al mundo. Y, si bien el testimonio de la Iglesia se pide a todos sus miembros, recae de forma particular sobre los sacerdotes y las personas consagradas, en virtud de su especial unión con Cristo.

El valor y el significado del testimonio en nuestro tiempo ya fueron expuestos claramente por el Beato Papa Pablo VI [sexto], que afirmó: “El hombre contemporáneo escucha con más gusto a los testigos que a los maestros o, si escucha a los maestros, es porque dan testimonio”. La I [primera] Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos sobre África destacó este desafío al elegir el tema: «La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000 [dos mil]: “Seréis mis testigos” (Hch. 1, 8)». Y al mismo compromiso de testimonio volvió a apelar el Papa Benedicto XVI [dieciséis] en la II [segunda] Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos sobre África, para que la Iglesia en África fuera verdaderamente “sal de la tierra” y “luz del mundo” (cfr. Mt. 5, 13-14), especialmente en el servicio por la reconciliación, la justicia y la paz.

Queridísimos hermanos en el sacerdocio y hermanas en Cristo, para responder a nuestras responsabilidades pastorales, el Santo Juan Pablo II [segundo] invitó a la Iglesia, al inicio del nuevo milenio, mientras se cerraba el Gran Jubileo del 2000 [dos mil], a volver a partir desde Cristo. En esta estela os propongo yo también mi invitación y os exhorto a vivir generosamente vuestro seguimiento de Cristo. Vuestra santidad personal debe resplandecer en beneficio de aquellos que han sido confiados a vuestro cuidado pastoral y a los que vosotros debéis servir. Vuestra vida de oración irradiará desde dentro vuestro apostolado. El sacerdote y el consagrado deben ser personas enamoradas de Cristo. La autoridad moral y la autoridad que sostiene el ejercicio de vuestro ministerio y de vuestro apostolado, podrán venir solamente de vuestra santidad de vida (cfr. Africae munus, 100).

Para ser, hoy y en este país, auténticos testigos de la presencia vivificante de su amor, es imprescindible que los sacerdotes y las personas consagradas vuelvan a la fuente, es decir, a Cristo, para emprender el camino: “Duc in altum”, o sea, “rema mar adentro”. Como bien sabéis, la vida sacerdotal y consagrada son, esencialmente, un don de Dios a la Iglesia. A través de este don, Dios quiere que los ministros sagrados y las personas consagradas, mediante la observancia de los consejos evangélicos, hagan visible en medio del mundo los rasgos característicos de Jesús misionero –pobre, casto y obediente-, que desde el inicio de su ministerio público decía: “El Espíritu del Señor está sobre mí; para esto me ha consagrado con la unción y me ha mandado a llevar a los pobres la buena noticia, a proclamar a los prisioneros la libertad y a los ciegos la vista; a liberar a los oprimidos” (Lc. 4, 18).

En consecuencia, es inderogable que cada uno se pregunte: ¿Qué clase Iglesia quiero yo para Guinea Ecuatorial y para Bata? ¿Qué clase de sacerdocio, qué vida religiosa o consagrada vivo yo? ¿Obro en vi vida de tal modo que la Iglesia de Bata sea un testimonio de Cristo?

Al igual que Jesús, vosotros, sacerdotes, y vosotras, personas consagradas, estáis llamados a llevar la alegría del Evangelio a los pobres. El Papa Francisco insiste en que la Iglesia debe ir a las periferias reales y existenciales, dando testimonio de Cristo, que, de rico que era, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros fuéramos ricos a través de su pobreza (cfr. 2 Cor. 8,9). En efecto, la pobreza evangélica nos hace superar todo egoísmo y nos enseña a confiar en la Providencia de Dios. La verdadera pobreza nos enseña a ser solidarios con nuestro pueblo, a saber compartir con caridad. Esta se manifiesta también en una sobriedad de vida y nos pone en guardia contra los ídolos materiales, que ofuscan el sentido auténtico de la vida.

Por eso, es motivo de preocupación el éxodo hacia los países europeos de sacerdotes que, después de los estudios no vuelven para servir a sus diócesis. Igualmente preocupante es el rechazo de los sacerdotes y religiosos a llegar a algunos lugares a los que son enviados, porque se trata de zonas lejanas o más pobres. Es preocupante que se busque la parroquia en la ciudad, pero no en las estaciones misioneras de los pueblos lejanos. Recordad las palabras del Señor: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt. 6, 33). La búsqueda del bienestar y el apego a las cosas materiales son un peligro contra el cual debemos resguardarnos. Es un anti-testimonio que los sacerdotes y las personas consagradas se den al business, a los negocios, a la búsqueda de ciertos intereses solamente materialistas. En base a todo esto, querría confirmar en vuestro corazón la fidelidad a vuestra misión sacerdotal y religiosa, que es fidelidad de amor al anuncio del Evangelio, al servicio de los sacramentos, al carisma de la Congregación, al apoyo de las comunidades cristianas con una adhesión desinteresada a la Iglesia. El grito de san Pablo: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1 Cor. 9,16), puede movilizar siempre más energías físicas, intelectuales y espirituales de un sacerdote y de una persona consagrada.

Al igual que Jesús, vosotros, sacerdotes, y vosotras, personas consagradas, estáis llamados a llevar el buen anuncio del Evangelio a los pobres con un corazón libre. En tal perspectiva, la castidad es un carisma, un don precioso. Esta amplía la libertad y lleva a Dios a los demás, con la ternura, la misericordia, la cercanía de Cristo. La castidad por el Reino de los Cielos muestra cómo la afectividad tiene su puesto en una libertad madura y se convierte en un signo del mundo futuro, para hacer que resplandezca siempre el primado de Dios.

Por consiguiente, la castidad debe ser “fecunda”, es decir, una castidad que se traduce en comunión, en unidad y colaboración en el seno del presbyterium y de las comunidades, siendo antídoto contra los gérmenes de división y ayudando a ponerse a la escucha del Espíritu Santo. Cuando digo “gérmenes de división”, pienso en el espíritu de envidia y de confrontación que, a veces, se manifiesta bajo la forma de calumnia, con acusaciones recíprocas y falsas. Todo esto es grave, especialmente, en el clero, que está llamado a la unidad con el obispo y consigo mismo.

Al igual que Jesús, los sacerdotes y las personas consagradas tienen el deber de llevar la alegría del Evangelio a cuantos desean escuchar y cumplir la voluntad de Dios, en la obediencia a Dios. Pero la obediencia a Dios pasa también a través de las mediaciones humanas. La voluntad de Dios se autentifica en la Iglesia por la moción interior del Espíritu Santo. Por favor, obedeced a vuestro obispo como a vuestro padre. Que sea una colaboración generosa, positiva y obediente. La obediencia es una vida en la lógica del Evangelio. Quiero subrayar que el ejercicio de la autoridad es el servicio: no nos debemos olvidar jamás, como obispos, párrocos o superiores de comunidades, que el verdadero poder, a cualquier nivel, es el servicio, cuyo faro es la Cruz. No seáis autoritarios, sino padres con autoridad: “Vosotros sabéis que los gobernantes de las naciones las dominan… Que entre vosotros no sea así…, sino que quien quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt. 20, 25-27). Prestad atención, por tanto, a ese mal escondido, o sea, el querer subir y hacer carrera, que tantas veces ha denunciado también el Papa Francisco.

Queridísimos hermanos y hermanas, haced que todo vuestro ser proclame el gozoso anuncio del Evangelio en la pobreza, la castidad y la obediencia. Los males actuales que afligen a nuestra sociedad y empañan el rostro de la Iglesia no los podemos desafiar si no es con el redescubrimiento y la vivencia de los valores evangélicos. Y vosotros estáis llamados a ser modelos de ello. Por tanto, os exhorto a renovar el don de Dios en vosotros (cfr. 2 Tim. 1, 6), en bien de la eficacia del testimonio de la vida sacerdotal, religiosa y consagrada en este país vuestro. Y esto solo podrá suceder si cada día descubrís con alegría que sois discípulos de Jesús. De ahí se deriva también la exigencia de cuidar siempre vuestra propia vida espiritual, viviendo profundamente la amistad con Cristo, que os llama a seguirlo todos los días por los caminos del mundo y que os acompaña por las calles de la misión como a los discípulos de Emaús.

Que la Bienaventurada Virgen María Auxiliadora, Estrella de la Evangelización y Reina de las Misiones, interceda por todos vosotros. 


Publicado por verdenaranja @ 12:28  | Hablan los obispos
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