Viernes, 09 de junio de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo de la Santísima Trinidad ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo de la S.  Trinidad A

 

En todos los tiempos, el hombre se ha esforzado por descubrir la existencia de Dios y relacionarse con Él. De este modo, ha buscado una respuesta al sufrimiento, al mal y a la muerte, y abrirse a la esperanza. Así se han formado lo que conocemos con el nombre de “religiones naturales”.

Pero también Dios ha querido encontrarse con el hombre, manifestarse a él, tratar de los temas fundamentales del hombre caído: Su salvación, su anhelo de trascendencia, su relación con Él, su vida junto a Él para siempre. Son las llamadas "religiones reveladas". Entre ellas está el cristianismo. Éste nos enseña que Dios se ha ido revelando progresivamente al hombre, a través de los patriarcas y los profetas, a través de los acontecimientos todos de la Historia Santa, hasta que llega la plenitud de los tiempos,  y  Dios se acerca al hombre al máximo, en Jesús de Nazaret, el Hombre - Dios, que viene a salvarnos.

En medio de este proceso,  Dios se nos ha ido revelando como  comunidad perfectísima de vida y amor, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la Santísima Trinidad, cuya solemnidad celebramos este domingo.

Éste es el Misterio más grande que Jesucristo nos ha revelado acerca de Dios. Misterio quiere decir que, en parte, se nos ha manifestado y, en parte, permanece oculto. No podemos pretender una comprensión total de Dios.

En la Liturgia de la Palabra de hoy, Dios se nos manifiesta, en la primera lectura, como un Ser “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. En la segunda, como Comunidad de Personas, que nos ofrecen gracia, amor y comunión. Y el Evangelio nos presenta la conversación de Jesús con Nicodemo, en la que le dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. Lógico es que el salmo responsorial sea un himno de alabanza y acción de gracias: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.

Y si esto es así, no podemos vivir como si Dios no existiera, sin relacionarnos con Él, sin entrar en comunicación y en comunión con Él. Muchas realidades se encargan de recordárnoslo con frecuencia, especialmente, “los testigos de Dios” en el mundo. Precisamente, en esta solemnidad recordamos a los monjes y monjas de clausura, cuyos monasterios son como un faro de luz, que están siempre indicando, desde una vida de silencio, oración y trabajo, la existencia de Dios, su amor y su misericordia, su acción constante en la Iglesia y en el mundo.

Es, por tanto, importante, fundamental,  que Dios ocupe su lugar en nuestra vida y en toda la historia humana, con todas sus dimensiones, como quería, especialmente, el Papa Benedicto. “No vaya a ser que se repita el error de quien, queriendo construir un mundo sin Dios, sólo ha conseguido construir una sociedad contra el hombre”. (S. Juan Pablo II)                     

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:12  | Espiritualidad
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