Domingo, 13 de agosto de 2017

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Asunción ofrecida por el scerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Asunción de la Virgen María

 

 Es esta una fiesta hermosa, alegre, esperanzadora… Viene a confirmar nuestra fe, nuestra certeza, en nuestra victoria definitiva sobre la muerte. ¡Es la Pascua de María! Su glorificación. “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección”, escuchamos en la segunda lectura.

Y continúa diciéndonos. “Pero cada uno en su puesto: Primero Cristo, como primicia, después cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo”. “El último enemigo aniquilado será la muerte”. Por eso, todos continuamos sufriendo la muerte. Y el Apóstol añade: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”. “Entonces se cumplirá la Palabra escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria”. (1 Co 15, 54)

En la Asunción de María no tratamos, por tanto, de una ilusión, de una imaginación, o de un deseo… ¡Se trata de un dato fundamental de nuestra fe!

Entonces ¿qué nos dice, nos grita, esta solemnidad?

Que la Virgen no ha tenido que esperar, como nosotros, hasta la Segunda Venida  del Señor, para ser glorificada, sino que, terminada su vida en la tierra, ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo.   

Por tanto, la Palabra de Dios acerca de la resurrección de los muertos y de la vida del mundo futuro, ha comenzado a cumplirse ya, en la Virgen, Madre de Dios. Fue el Vaticano II el que nos enseñó que la Iglesia contempla ahora en María, lo que ella misma espera y ansía ser. (S.C. 103). Ella es, por tanto, el espejo en el que podemos contemplar nuestro futuro eterno.

Hoy es un día en el que experimentamos la dicha de creer. “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, escuchamos en el Evangelio de este día. Una antífona de esta fiesta dice: “Que se ha cumplido ya en ti”.

En esta solemnidad comprendemos mejor la necesidad de conservar y acrecentar nuestra fe, y también de transmitirla a todos, especialmente, a los que lloran la muerte de seres queridos.

La Santa Misa, que celebramos, es acción de gracias. ¡Cómo daremos gracias al Señor, que nos concede un destino tan glorioso! Y Jesús nos dice: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día”. (Jn 6, 54). Por tanto, el que quiera tener vida, ya sabe dónde se encuentran las fuentes de la vida.

La Iglesia, que peregrina rumbo a la Eternidad gloriosa, levanta siempre los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos.     (L.G.65). Ella, “asunta al Cielo, no ha olvidado su función salvadora, sino que continúa procurándonos, con su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan  y viven entre angustias y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz” (L. G. 62).

Esta condición gloriosa de María la contemplamos en la mayoría de sus imágenes como, por ejemplo, en la de la Virgen de la Candelaria, Patrona de nuestras islas, que recordamos y festejamos este día. En esta imagen bendita, en efecto, está representada su condición gloriosa, que contemplamos en la primera lectura. No en vano la vemos con  una corona en su cabeza, con un manto enriquecido con prendas, con la luna bajo sus pies, llena de luces y flores. Y en el salmo cantamos: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir”.

Toda esta grandeza, ha de tener su repercusión en la vida de cada día: “Os anima a esto, nos dice San Pablo, lo que Dios os tiene reservado en los cielos…” (Col 1, 5). 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


Publicado por verdenaranja @ 21:25  | Espiritualidad
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