Jueves, 28 de septiembre de 2017

Palabras del Papa Francisco antes del ángelus (ZENIT – Roma, 24 de septiembre de 2017)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

En la página del evangelio de hoy (Mt 20, 16-16), encontramos la parábola de los obreros llamados cada día, que Jesús cuenta para comunicar dos aspectos del Reino de Dios: el primero, que Dios quiere llamar a todos a trabajar en su Reino; y segundo, que al final quiere dar a todos la misma recompensa es decir la salvación, la vida eterna.

El patrón de una viña, que representa a Dios, sale al alba y recluta a un grupo de trabajadores, acordando con ellos el salario de un denario para toda la jornada – era un salario justo – y después vuelve a salir en las siguientes horas, cinco veces en ese día, hasta la tarde, para reclutar a otros obreros que los ve desocupadas. Al final de la jornada, el patrón ordena que se pague un denario a cada uno, incluso a aquellos que habían trabajado pocas horas. Naturalmente, los jornaleros contratados a primera hora se lamentan, porque se ven pagados de la misma manera que aquellos que han trabajado menos. Pero el patrón les recuerda que han recibido lo que habían acordado, si después él quiere ser generoso con los demás, ellos no tienen por qué ser envidiosos.

En realidad, esta “injusticia”-entre comillas- del patrón, sirve para provocar, en quien escucha la parábola, un salto de nivel, porque aquí, Jesús no quiere hablar del problema del trabajo y del salario justo, no, quiere hablar del Reino de Dios! Y el mensaje es el siguiente: en el Reino de Dios, no existen desocupados, todos están llamados a hacer su parte y para todos al final habrá una recompensa que viene de la justicia divina, no humana – para nuestra suerte – es decir la salvación que Jesucristo nos ha adquirido con su muerte y resurrección. Una salvación que no es merecida, sino regalada, la salvación es gratuita, de manera que “los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos” (Mt 20.16).

Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre, que es, gratuito y generoso. Se trata de dejarse maravillar y fascinar por los “pensamientos” y por “los caminos” de Dios que, como nos recuerda el profeta Isaías, no son nuestros pensamientos, no son nuestros caminos (Is 55, 8). Los pensamientos humanos a menudo están marcados por egoísmos y por intereses personales, y nuestros senderos estrechos y tortuosos no son comparables con los caminos amplios y rectos del Señor. Él usa misericordia, no os olvidéis, usa misericordia, perdona largamente, ampliamente, está lleno de generosidad y de bondad, que vuelca sobre cada uno de nosotros, abre a todos el territorio ilimitado de su amor y de su gracia, que solo pueden dar al corazón humano la plenitud de la alegría.

Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de este patrón: la mirada con la cual ve a cada uno de los obreros en espera del trabajo y los llama a ir a su viña. Es una mirada llena de atención, de benevolencia; es una mirada que llama, que invita a levantarse, a ponerse en marcha, porque él quiere la vida para cada uno de nosotros, quiere una vida plena, comprometida, salvada del vacío y de la inercia. Dios que no excluye a nadie y quiere que cada uno alcance su plenitud. Este es el amor de nuestro Dios, de nuestro Dios que es Padre.

Que la Santísima Virgen María nos ayude a acoger en nuestra vida la lógica del amor que nos libera de la presunción de merecer la recompensa de Dios y del juicio negativo de los otros.

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo 


Publicado por verdenaranja @ 22:51  | Habla el Papa
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