Viernes, 13 de octubre de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo veintiocho del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 28º del T. Ordinario A

 

Durante algunos domingos nos hemos venido preguntando por qué tiene el Señor que prescindir del pueblo de Israel, al que había elegido con un infinito amor, y formar un nuevo pueblo. A este interrogante tan importante, trata de responder Jesucristo con tres parábolas, que dirige a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, y que estamos escuchando y comentando estos domingos. Hoy llegamos a la tercera.

Se trata de un rey que celebraba la boda de su hijo. Nunca compara Jesús su Reino a cosas pobres o tristes, sino todo lo contrario. Hoy lo compara a unas bodas. Y ya sabemos cómo se celebraba una boda en Israel, en tiempos de Jesucristo.

La parábola nos dice que el rey mandó  a unos criados para avisar a los convidados que vinieran a la boda, al banquete, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados, urgiendo a los convidados que vinieran a la boda, y volvieron a hacer lo mismo. Es más, algunos llegaron al extremo de echarles mano y maltratarlos, hasta matarlos. ¿Y qué pasó? Que “el rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”.

Y todo esto, ¿qué significa? Lo que ya comentábamos el domingo pasado sobre una parábola muy parecida: los criados son los profetas, a quienes no hacían caso, y, a veces, los maltrataban y los mataban. Por tanto, es lógico que el rey diga a los criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales”. Esto quiere decir que el Señor ha dejado al pueblo de Israel, por imposible, y ha formado otro pueblo, constituido no ya sólo por judíos, sino por todos: judíos y gentiles; un pueblo que responda mejor a sus llamadas, a sus invitaciones. Es la Iglesia.

Esta parábola halla un eco especial en los que estamos involucrados en la Misión Diocesana. Se nos urge salir a los caminos a buscar “convidados”. Ojalá que se llene “nuestra sala” de invitados.

Pero no se puede pertenecer a la Iglesia de cualquier manera. Dice la parábola que “cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” Y lo expulsó. No basta, como decía, con  pertenecer a la Iglesia; hay que llevar el “vestido de fiesta”. El Vaticano II nos advierte que “no se salva el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia, pues está en el seno de la Iglesia, con “el cuerpo”, pero no con “el corazón”. (L. G. 14).

La celebración de estas bodas tendrá su punto culminante y definitivo en el Cielo, cuando el Señor Jesús vuelva en su gloria. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen sin cesar: ¡Ven! (Ap 22,17). Entonces nos reunirá en torno a otra mesa, mucho más grande y más amplia, para el banquete definitivo, del que nos habla la primera lectura. Aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación”.

Y por todo ello, proclamamos en el salmo responsorial de este domingo: “Habitaré en la casa del Señor, por años sin término”.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 21:26  | Espiritualidad
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