Viernes, 10 de noviembre de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo treintidos del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"     

 Domingo 32º del T. Ordinario A

 

Está terminando el Año Litúrgico. Pronto comenzaremos el Tiempo de Adviento, que nos prepara para la Navidad. Es como el declinar de un día, un atardecer…

Y cada año, por estas fechas, la Iglesia nos invita a recordar y celebrar “la espera dichosa” de la Venida gloriosa del Señor. Y a eso nos invitan las lecturas de estos domingos, en los que  se nos recuerda que la Historia humana no terminará en la destrucción y el fracaso, sino en la Vuelta Gloriosa del Señor. En la segunda lectura San Pablo sitúa aquí la resurrección de los muertos, el día de la glorificación y del premio, el comienzo de una vida sin fin.

También nos centramos en esta realidad las primeras semanas de Adviento. Un tiempo, pues, un tanto amplio para recordar y celebrar esta verdad, que profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. También cada vez que celebramos la Eucaristía, profesamos esa fe y esa esperanza.

Pero, a pesar de todo eso, hay un gran desconocimiento en el pueblo cristiano de este grandioso acontecimiento, el más importante, que esperamos.

Hemos de esforzarnos siempre por tener una conciencia muy viva de que los cristianos trabajamos, descansamos…, celebramos la Eucaristía, “mientras esperamos la Gloriosa Venida de nuestro Salvador Jesucristo”, como decimos después del Padrenuestro. Y lo primero que le pedimos al Señor, al llegar al altar, en la Consagración, es “Ven, Señor Jesús”.

El Evangelio de este domingo nos invita a reflexionar sobre este Misterio, a la luz  de la parábola de “las diez vírgenes”. Jesús se vale de la forma en que se celebraban las bodas en su tierra, para hablarnos de esta realidad. Veamos:

Un tiempo después de los desposorios, llegaba el día de la boda. Entonces iba el novio acompañado de unos amigos a la casa de la novia, que esperaba rodeada de sus amigas, y era conducida solemnemente a la casa del novio, donde se celebraba el banquete, y comenzaba la vida común. Ni que decir tiene que todo estaba perfectamente programado. Pero Jesús se imagina una boda en la que falla todo: el novio tarda en llegar; las amigas de la novia se duermen; algunas de ellas no han llevado suficiente aceite para sus lámparas; el esposo llega a medianoche, y se oye una voz: “que llega el esposo. Salid a recibirlo”. Y sólo las que estaban preparadas, con aceite para sus lámparas, entraron al banquete de bodas; y se cerró la puerta. Las otras, las necias, que fueron a comprar el aceite,  no pudieron entrar, por mucho que insistieron.

La finalidad de la parábola nos la dice Jesucristo expresamente: "Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora".

Y es que todos los acontecimientos importantes de esta vida, tienen un día y una hora, pero Jesucristo ha querido ocultarnos el día y la hora de este hecho, decisivo y fundamental. Por eso, tenemos que vivir siempre pendientes de su Venida, esperándole, como aquellas jóvenes sensatas.

De esta doctrina surgen muchas consecuencias prácticas.

Los primeros cristianos, que esperaban la Venida de Cristo, de forma inminente, tenían una manera concreta de vivir, a la espera del Señor: “Eran constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. (Hch 2, 42).

               Podemos también recordar ahora, el rito de la luz de la celebración del  Bautismo, en el que el sacerdote dice: “A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestros hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe, puedan salir con todos los santos encuentro del Señor."

               ¡Y esto es vivir con la sabiduría de la que nos habla la primera lectura!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:26  | Espiritualidad
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