S?bado, 17 de febrero de 2018

Comentario litúrgico del I Domingo de Cuaresma por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 13 febrero 2018 (zenit)

 

rimer Domingo de Cuaresma

Ciclo B
Textos: Gn 9, 8-15; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15

Idea principal: La Alianza que Dios ha hecho con nosotros es eterna y definitiva.

Síntesis del mensaje: La Alianza que pactó Dios en el Antiguo Testamento con la humanidad es universalista, estable, cósmica (1ª lectura). Con Cristo, esa Alianza será eterna, definitiva, nueva y totalmente purificadora y santificadora, y nos llama a llevar una vida digna (2ª lectura). Por eso, esa Alianza requiere de nosotros una vigilancia constante para ser fieles, pues Satanás estará detrás de nosotros, como hizo con Cristo, para que fallemos a Dios (evangelio).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la Alianza en el Antiguo Testamento. El mundo de la Biblia, como todo mundo humano, conoce la experiencia del berit, principal término hebreo para decir alianza, relación de solidaridad entre dos contrayentes: individuos (Gén 21,32), cónyuges (Ez 16,8), pueblos (Jos 9), soberanos o súbditos (2Sam 5,3); para resolver disputas de propiedad, de vecindad, de proyectos en contraste entre ellos (Gén 21,32; 31,44; 2Sam 3,12-19). Antes que categoría religiosa, la alianza es una profunda experiencia humana de relación constructiva a muchísimos niveles privados y públicos, individuales y colectivos, no por juego, sino para regir el peso de la vida. Por este motivo tan existencialmente significativo y universal, la alianza no podía dejar de ser asumida por Dios, según el principio de la pedagogía divina, como símbolo y paradigma de su relación con el hombre, obviamente según las características específicas de tal proporción, única en sí misma. ¿Cuáles? Se trata de una relación entre partes infinitamente desiguales (Dios y el hombre); se trata de una relación totalmente no preestablecida, una relación querida con libre elección por parte de Dios, según su lógica de amor (Dt 4,37), donde más que contrato bilateral, es un juramento de Dios de elegirse el pueblo como aliado, por lo que es fácil el paso de alianza a testimonio o testamento de Dios. Última característica: la alianza de Dios se vale de sus servidores o ministros, los cuales, por su parte, se presentan como aliados por excelencia con Dios y a la vez solidarios con el pueblo, testigos ejemplares y creíbles en primera persona de cuanto anuncian a los demás.

En segundo lugar, la Alianza en el Nuevo Testamento realizada en Cristo y por Cristo. Por medio está la muerte sacrificial y victoriosa de Jesús, en cuyo contexto, durante la Última Cena, Jesús pronuncia por primera y última vez el término alianza: «Tomad y bebed… Este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22,20). La referencia está netamente relacionada con la sangre de la alianza sinaítica (cf Ex 24,8). Pero con el matiz fundamental de que se trata de una alianza verdaderamente nueva, o sea, correspondiente al designio de Dios. De tal novedad, en estrecha e iluminadora confrontación con la antigua alianza, se mueve sobre todo la Carta a los hebreos, que usa el término 17 veces. Jesús es la alianza personificada: en Él se expresa la fidelidad de Dios y al mismo tiempo la fidelidad del hombre, para siempre. Gracias a Él el hombre recibe el corazón de una nueva criatura y el don del Espíritu (cf. Heb 8,10). También en la Última Cena Jesús afirma: «Os aseguro que ya no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que beba un vino nuevo en el reino de Dios» (Mc 14,25). Con estas palabras revela que la nueva alianza no es un acontecimiento estático, sino que viene a ser una incesante oferta que interpela a toda persona, aun a aquellas que no lo saben, hasta que el Reino llegue en plenitud. Entonces llegará a puerto esta singular relación de Dios con el hombre, sembrada en la creación, hecha visible en el pueblo de Israel, debilitada y rota por el pecado y finalmente, en Cristo, convertida en el gran proyecto realizado (cf. Ef 1,4-6).

Finalmente, nosotros entramos a formar parte de esa Alianza de Cristo el día de nuestro bautismo. Y toda la liturgia, todos los sacramentos, especialmente la eucaristía y el matrimonio, los demás signos sacramentales (el canto, los lugares de culto, el pan y el vino, el altar, otros símbolos…) son relacionados y contemplados dentro del misterio de la alianza sellada con la sangre de Cristo. Esta alianza nos exige una vida santa y una lucha contra el pecado.

Para reflexionar: ¿Vivo mi vida cristiana en clave de Alianza con Dios? ¿Mi matrimonio, mi consagración a Dios en la vida religiosa o sacerdotal…los vivo en clave de Alianza con Dios? ¿Qué hago para defender esa Alianza con Dios?

Para rezarSeñor, hazme fiel a tu Alianza. Perdona mis negligencias. Dame fuerzas para corresponder a esta tu Alianza de amor. 

Email del padre Antonio Rivero, [email protected]


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Reflexión a las lecturas del domingo primero de Cuaresma B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuell Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 1º de Cuaresma B

 

Estos días se nos hace un anuncio muy importante y alegre: ¡Dentro de 40 días celebraremos la Pascua! Y ya sabemos que esta es la fiesta más grande e importante de los cristianos. Y, si es la más importante, será la que más y mejor tenemos que preparar.

¿Y cómo prepararla? Las fiestas de la Iglesia están centradas  en las celebraciones litúrgicas y en el corazón de los fieles. Se trata, por tanto, de una preparación, fundamentalmente, interior.

Para ello seguimos el ejemplo de Jesucristo, que, al comienzo de su Vida Pública, “fue empujado por el Espíritu” al desierto, donde se deja tentar por el diablo, como leemos en el Evangelio de hoy. Allí se prepara para la misión, que, inmediatamente, va a comenzar, y que tiene enormes dificultades, hasta terminar en la Cruz.

Como los grandes personajes de la Historia Santa, Jesús  vendrá del desierto. ¡Siempre ha sido el desierto un punto de referencia en la Historia de la Salvación y en vida de la Iglesia! Muchos cristianos, en los primeros siglos, se retiraban al desierto, y allí se dedicaban a la oración y a la penitencia. ¡Y todos necesitamos esa experiencia! Y, si no podemos ir al desierto, de algún modo, tenemos que hacer desierto en nuestra vida, incluso en nuestra propia casa. ¡Por aquí se comienza a entrar en la Cuaresma! En efecto, sin un encuentro con Dios, que nos llama y nos habla, no hay Cuaresma posible. Y sin Cuaresma, es decir, sin preparación, no habrá una Semana Santa verdadera ni unas buenas Fiestas de Pascua. 

Y esta experiencia importante de la Cuaresma nos servirá de punto de referencia para el resto del año, porque siempre necesitamos algunos espacios de desierto en nuestra vida.

Antes, hacíamos referencia a que el Evangelio de hoy nos dice que Jesús “se deja tentar” por Satanás. Y la tentación es real: Jesús se siente verdaderamente tentado; pero vence al enemigo, triunfa en la tentación. ¡Y esta victoria de Cristo prefigura su triunfo definitivo por su Resurrección, para cuya celebración nos preparamos!

Cuando comenzamos nuestro itinerario cuaresmal, también con sus tentaciones y dificultades, ¡cuánto nos ayuda y cuánto nos anima contemplar la figura de Cristo Vencedor!

Me impresiona cada año ver cómo el Papa y toda la Curia Romana, se retiran a practicar los Ejercicios Espirituales, en la primera semana de Cuaresma. ¡Eso es tomar la Cuaresma en serio!

La primera lectura de hoy nos presenta la alianza del Señor con Noé, al terminar el Diluvio; y en  la segunda, S. Pedro nos dice que aquello prefiguraba el Bautismo, en el que el hombre consigue del Señor “una conciencia pura”.

Con relación a este sacramento, la Cuaresma se celebra de dos formas distintas: Los adultos, que van a ser bautizados la Noche Santa de la Pascua, intensificando su preparación para el Bautismo y los demás sacramentos de Iniciación Cristiana; los que estamos ya bautizados, preparándonos para renovar en serio, en la Noche de la Pascua, nuestro Bautismo, como si comenzáramos de nuevo a ser cristianos. De un modo o de otro, la Cuaresma hay que celebrarla siempre en clave bautismal.

Y el Evangelio de hoy nos da la clave fundamental para todo este tiempo. Es lo que anuncia Jesús en Galilea: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”.

Y si alguien me preguntara: “¿Qué me aconseja para este tiempo de Cuaresma?”, le contestaría, sin ninguna duda: “Seguir fielmente la Liturgia de cada día”.               

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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PRIMER DOMINGO CUARESMA B

MONICIONES

  

PRIMERA LECTURA

Durante estas semanas de Cuaresma, escucharemos, en la primera lectura, diversos pasajes del Antiguo Testamento, que nos muestran los momentos más importantes de la Historia de la Salvación; esa historia que culmina en la Muerte y Resurrección de Jesucristo, es decir, en la Pascua. Hoy se nos narra la alianza que Dios establece con Noé al terminar del Diluvio.  

Escuchemos con atención y con fe. 

SEGUNDA LECTURA

      Las aguas del Diluvio, nos dirá S. Pedro, en esta segunda lectura, prefiguraban las aguas del Bautismo. Una misma agua puso fin al pecado y dio origen a una humanidad nueva.

      El Bautismo es punto fundamental de referencia constante en el tiempo de Cuaresma. 

TERCERA LECTURA  

El Evangelio nos muestra a Jesús, tentado en el desierto, y predicando la conversión en Galilea.

Acojamos su Palabra con alegría y esperanza. 

COMUNIÓN

      La Eucaristía tiene un relieve especial en el tiempo de  Cuaresma.

      La Palabra de Dios, que escuchamos, nos llama a la conversión. El Cuerpo del Señor, que recibimos nos da fuerza sobreabundante para conse-guirlo. 


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo segundo de Cuaresma B 

ENTRE CONFLICTOS
Y TENTACIONES 

 

Antes de comenzar a narrar la actividad profética de Jesús, Marcos nos dice que el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Se quedó allí cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Estas breves líneas son un resumen de las tentaciones o pruebas básicas vividas por Jesús hasta su ejecución en la cruz.

Jesús no ha conocido una vida fácil ni tranquila. Ha vivido impulsado por el Espíritu, pero ha sentido en su propia carne las fuerzas del mal. Su entrega apasionada al proyecto de Dios le ha llevado a vivir una existencia desgarrada por conflictos y tensiones. De él hemos de aprender sus seguidores a vivir en tiempos de prueba.

«El Espíritu empuja a Jesús hacia el desierto»

No lo conduce a una vida cómoda. Lo lleva por caminos de pruebas, riesgos y tentaciones. Buscar el reino de Dios y su justicia, anunciar a Dios sin falsearlo, trabajar por un mundo más humano es siempre arriesgado. Lo fue para Jesús y lo será para sus seguidores.

«Se quedó en el desierto cuarenta días»

El desierto será el escenario por el que transcurrirá la vida de Jesús. Este lugar inhóspito y nada acogedor es símbolo de pruebas y dificultades. El mejor lugar para aprender a vivir de lo esencial, pero también el más peligroso para quien queda abandonado a sus propias fuerzas.

«Tentado por Satanás»

Satanás significa «el adversario, la fuerza hostil a Dios y a quienes trabajan por su reinado. En la tentación se descubre qué hay en nosotros de verdad o de mentira, de luz o de tinieblas, de fidelidad a Dios o de complicidad con la injusticia.

A lo largo de su vida, Jesús se mantendrá vigilante para descubrir a «Satanás» en las circunstancias más inesperadas. Un día rechazará a Pedro con estas palabras: «Apártate de mí, Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios». Los tiempos de prueba los hemos de vivir, como él, atentos a lo que nos puede desviar de Dios.

«Vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

Las fieras, lo seres más violentos de la tierra, evocan los peligros que amenazarán a Jesús. Los ángeles, los seres más buenos de la creación, sugieren la cercanía de Dios, que lo bendice, cuida y sostiene. Así vivirá Jesús: defendiéndose de Antipas, al que llama «zorro», y buscando en la oración de la noche la fuerza del Padre.

Hemos de vivir estos tiempos difíciles con los ojos fijos en Jesús. Es el Espíritu de Dios el que nos está empujando hacia el desierto. De esta crisis saldrá un día una Iglesia más humana y más fiel a su Señor.

José Antonio Pagola

Domingo 1 Cuaresma – B (Marcos 1,12-15)
Evangelio del 18 / Feb / 2018
Publicado el 12/ Feb/ 2018
por Coordinador - Mario González Jurado 


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Martes, 13 de febrero de 2018

“si quieres puedes purificarme”. Esta es la invitación del Papa Francisco en el Ángelus de este domingo 11 de febrero de 2018, Día Mundial de los Enfermos. (ZENIT – 11 febrero 2018)

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, el Evangelio, según San Marcos, nos muestra a Jesús sanando todo tipo de enfermos. En este contexto, se sitúa la Jornada Mundial del enfermo, que se celebra hoy 11 de febrero, memoria de la Santa Virgen María de Lourdes. Por lo tanto, con el corazón vuelto a la gruta de Massabielle, contemplamos a Jesús como verdadero médico del cuerpo y del alma, que Dios Padre ha enviado al mundo para curar a la humanidad, marcada por el pecado y sus consecuencias.

El pasaje del Evangelio de hoy (cf. Mc 1,40-45) nos presenta la curación de un hombre enfermo de lepra, patología que en el Antiguo Testamento era considerada como una grave impureza y comportaba la separación del leproso de la comunidad: vivían solos. Su condición era verdaderamente penosa, porque la mentalidad de la época los hacía sentirse impuro no solo delante de los hombres sino también ante Dios, por eso el leproso del Evangelio suplica a Jesús con estas palabras: “Si quieres, puedes purificarme” (v. 40).

Al oír esto Jesús siente compasión (v. 41). Es muy importante fijar la atención sobre esta resonancia interior de Jesús, como hemos hecho a lo largo del Jubileo de la Misericordia. No se entiende la obra de Jesús, no se entiende a Cristo mismo, sino se entra en su corazón lleno de compasión y de misericordia. Esto es lo que le impulsa a extender la mano hacía aquel hombre enfermo de lepra, a tocarlo y decirle: “¡Quiero, queda purificado!” (v. 40). El hecho más sorprendente, es que Jesús toca al leproso, porque esto estaba absolutamente prohibido por la ley de Moisés. Tocar a un leproso significaba ser contagiado también dentro, en el espíritu, es decir, hacerse impuro. Pero en este caso el influjo no va del leproso a Jesús para transmitir el contagio, sino de Jesús al leproso para darle la purificación.

En esta curación, nosotros admiramos más allá de la compasión y de la misericordia, también la audacia de Jesús, que no se preocupa ni del contagio ni de las prescripciones, sino que está motivado por la voluntad de liberar a este hombre de la maldición que lo oprime.

Ninguna enfermedad es causa de impureza; la enfermedad ciertamente involucra a toda la persona, pero en ningún modo impide o prohíbe su relación con Dios. Al contrario, una persona enferma puede estar más unida a Dios. En cambio el pecado, esto sí nos hace impuros, el egoísmo, la soberbia, el entrar en el mundo de la corrupción, estas son enfermedades del corazón del cual se necesita ser purificado, dirigiéndonos a Jesús como el leproso: “¡Si quieres, puedes purificarme!”.

Y ahora, hagamos un momento de silencio y cada uno de nosotros –  vosotros, todos, yo –  podemos pensar y ver en su corazón, ver dentro de sí y ver las propias impurezas, los propios pecados, cada uno de nosotros, en silencio,  con la voz del corazón, decir a Jesús: “¡Si quieres, puedes purificarme!”. Hagámoslo todos en silencio.

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

Y cada vez que nos dirigimos al sacramento de la Reconciliación con el corazón arrepentido, el Señor nos repite también a nosotros: “¡Quiero, queda purificado!”. Así la lepra del pecado desaparece, volvemos a vivir con alegría nuestra relación filial con Dios y somos admitidos plenamente en la comunidad.

Por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre Inmaculada, pidamos al Señor, que ha traído a los enfermos la salud, sanar también nuestras heridas interiores con su infinita misericordia, para darnos así la esperanza y la paz del corazón.

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo


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Comentario litúrgico del Miércoles de Ceniza por el P. Antonio Rivero, Legionario de Cristo, Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 2 febrero 2018 (ZENIT)

 Miércoles de Ceniza

Ciclo C

Textos: Joel 2, 12-18; Sal 50, 3-6.12-14-17; 2 Co 5, 20-6,2; Mt 6, 1-6.16-18

Idea principal: Conversión para avanzar en el camino de la santidad que nos conduce al Cristo Pascual.

Síntesis del mensaje: la ceniza que ahora nos será impuesta nos debe recordar que somos poca cosa, que no podemos sentirnos orgullosos, ni tener odios, ni egoísmos… y de esta manera alcancemos “por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados; y alcancemos, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu reino”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, un poco de historia. En los siglos VIII y IX la imposición de la ceniza se unía, en el contexto litúrgico, a la penitencia pública. Aquel día se mandaba salir a los “penitentes” de la iglesia. Y este gesto repetía, de alguna manera, aquél otro de Dios arrojando a Adán y Eva, pecadores, del paraíso… En esta perspectiva se colocan las palabras del Génesis que se refieren precisamente a este episodio: “Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás… Y el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo de donde lo había sacado” (Gn 3,19s). Sólo más tarde la imposición de la ceniza tomó un simbolismo distinto: el de la fragilidad y brevedad de la vida. El recuerdo de la muerte. La referencia a la tumba. Me parece, sin embargo, que es válido, sobre todo, el significado primitivo, que expresa penitencia, expiación por el pecado. “El hombre-polvo” quiere decir el hombre que se ha alejado de Dios, que ha rehusado el diálogo, que ha sido echado de su casa, que ha rechazado el dinamismo del amor para caminar siguiendo una trayectoria de desilusión y de muerte. “El hombre-polvo” es el hombre que se opone a Dios, da la espalda a su propio ser y se condena a la nada. Pero en este dramático itinerario de alejamiento y visitación, existe la posibilidad del retorno. Retorno al origen. En lugar de precipitarse hacia la tumba, es posible cambiar de dirección -¡he ahí la conversión¡- y volver a la fuente. “Acuérdate que eres polvo y como polvo volverás… a Dios”. Con tal que lo quieras. Ya, en este momento.

En segundo lugar, y Dios, ¿qué espera de nosotros? ¡Conversión, cambio de vida, vuelta a comenzar! Me vuelvo tierra y me confío al Constructor para que me rehaga del todo. Me he equivocado. He perdido el camino de la vida. He perdido el reino. He comprometido incluso a los otros en mi pecado (todo pecado es un pecado “público” con consecuencias desastrosas para toda la comunidad eclesial). Es justo que se me ponga a la puerta. Pero, a la vuelta de la esquina, vuelvo a condición de… polvo. O sea, de materia prima. Y él se inclinará aún sobre este polvo para darle el aliento de vida. Así mi “nada” es tocada por la plenitud divina. De la ceniza salta una chispa de vida. Y ahora la sutil capa de polvo ya no puede ocultar el esplendor del rostro de un hijo de Dios. Todo, pues, comienza de nuevo. Puede ser “nuevo” si acepto no el… fin, sino el principio. No el montoncito de ceniza de la tumba. Sino el puñado de tierra en las manos del Artífice. El poco de tierra dispuesta a recibir el “aliento”. Y convertirse así, de nuevo, en un “viviente”. La cita, pues, con la ceniza es fundamentalmente la cita con la Vida. ¡La ceniza me recuerda la cuna, no la tumba!

Finalmente, los medios que Dios pone en nuestras manos en esta cuaresma para llevar a cabo nuestra conversión son los que Jesús nos recomienda en el evangelio de hoy: oración, limosna o caridad y ayuno. Oración: Intensificar nuestros espacios de oración. Pero sobre todo orar mejor. Ayuno: Ayunar de las muchas cosas que empequeñecen nuestra vida cristiana. Limosna: la llamamos también “caridad”: amor. El amor al hermano, sobre todo al necesitado, en quien Cristo se hace más presente, pasa por el socorro material suficiente y digno, no mezquino. Todo eso se convierte entonces en un gran empuje para avanzar, para caminar. Jesús, en el evangelio, nos ha hablado de este camino. Nos ha dicho que tenemos que dar de lo nuestro a los que lo necesitan; nos ha dicho que tenemos que orar, que tenemos que acercarnos a Dios con todo nuestro ser; nos ha dicho que tenemos que ayunar, que tenemos que renunciar a tantas cosas (comida, televisión, diversión, lo que sea) para dedicarnos con más ahínco al Evangelio. Y nos ha dicho que todo eso lo tenemos que hacer no para que nos vean y nos feliciten, sino por fe, por amor, por deseo de fidelidad. En este tiempo de Cuaresma hemos de vivir intensamente este empuje para avanzar. Cada uno de nosotros tenemos que proponernos hacer de esta Cuaresma un verdadero paso adelante en la vida cristiana. Reconociendo el propio pecado, poniendo toda nuestra confianza en Dios, esforzándonos de verdad en el seguimiento de Jesucristo. Para llegar llenos de gozo a la Pascua.

Para reflexionar: la llamada sigue siendo la misma: ¿das de verdad limosna, sí o no? Y esto quiere decir: ¿compartes con los otros y vas a compartir más aún durante esta cuaresma?; ¿rezas o no rezas, y estás dispuesto a rezar más durante esta cuaresma?; ¿aceptarás una vida más ascética para salir de la comodidad… y también para poder compartir un poco más? No hay nada que nos impida escoger otros esfuerzos, otros progresos; no faltan sugerencias para ello en el evangelio. Lo que debe animarnos y hasta entusiasmarnos es que una cuaresma tomada así, en serio, puede marcar profundamente nuestra vida.

Para rezar: Recemos con el salmo 50, 9-11:

Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]

 


Publicado por verdenaranja @ 19:49  | Espiritualidad
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Palabras del Papa antes del Ángelus (ZENIT – 4 febrero 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo continúa la descripción de una jornada de Jesús en Cafarnaúm, un sábado, fiesta semanal para los judíos (cf. Mc 1,21-39). Esta vez el evangelista Marcos pone de relieve la relación entre la actividad taumatúrgica de Jesús y el despertar de la fe en las personas que encuentra. En efecto, con los signos de curación que cumple en los enfermos de todo tipo, el Señor quiere suscitar como respuesta la fe.

La jornada de Jesús en Cafarnaúm comienza por la curación de la suegra de Pedro y termina con la escena de toda la ciudad que se agolpa delante de la casa donde él se alojaba, para llevarle a todos los enfermos (cf. V. 33). La gente, marcada por sufrimientos físicos y miserias espirituales, constituye, por así decir, “el ambiente vital” en el que se cumple la misión de Jesús, hechos de palabras y de gestos que sanan y consuelan. Jesús no ha venido a traer la salvación en un laboratorio; no predica en un laboratorio, separado de la gente: ¡está en medio de la multitud en medio del pueblo! Pensad que la mayor parte de la vida pública de Jesús la ha pasado en el camino, para estar con  la gente, para predicar el Evangelio, para curar las heridas físicas y espirituales. Es una humanidad marcada por los sufrimientos,  que Jesús quiere acercar a esa pobre humanidad la acción poderosa, liberadora, y renovadora de Jesús está dirigida hacia esta pobre humanidad. Así, en medio de la gente hasta el anochecer, se concluye ese sábado. ¿Y qué hace Jesús después?.

Antes del alba del día siguiente, sale de incógnito por la puerta de la ciudad y se retira a un lugar apartado para orar. Jesús ora. De esta manera, aleja su persona y su misión a una visión triunfalista, que malinterpreta el sentido de los milagros y de su poder carismático. Los milagros, en efecto, son “signos” que invitan a la respuesta de la fe; signos que están siempre acompañados por la palabra, que les ilumina; y juntos, signos y palabras, provocan la fe y la conversión por la fuerza divina de la gracia de Dios.

La conclusión del pasaje evangélico de hoy (vv.35-39) indica que el anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús encuentra su lugar propio en el camino. A los discípulos que le buscan para llevarle a la ciudad – los discípulos han ido a buscarle al lugar donde oraba, querían llevarle a la ciudad – ¿qué responde Jesús? “Vamos a otra parte a las aldeas cercanas para que también allí yo proclame el Evangelio” (v. 38). Este ha sido el camino del Hijo de Dios y este será el camino de sus discípulos. Y este deberá ser el camino de todo cristiano. El camino, como lugar del anuncio gozoso del Evangelio, coloca la misión de la Iglesia bajo el signo del “ír”,  la Iglesia en camino, bajo el signo de “movimiento” y nunca de la inmovilidad.

Que la Virgen María nos ayude a estar abiertos a la voz del Espíritu Santo, que impulsa a la Iglesia a dirigir siempre más su tienda en medio de la gente, para llevar a todos la palabra de curación de Jesús, médico de las almas y de los cuerpos.

 © Traducción para ZENIT, Raquel Anillo

 


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Reflexión a las lecturas del Miércoles de Ceniza ofrecida por el scerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epigrafe "ECOS DEL DÍA DE SEÑOR"

 MIÉRCOLES DE CENIZA

 

El Miércoles de Ceniza se nos hace un anuncio muy importante y alegre: ¡Dentro de cuarenta días, celebraremos la Pascua!

Ésta es, como sabemos, la fiesta más importante y gozosa del año. ¡Y hay que prepararla bien! Una fiesta que no se prepara, o no se celebra, o se celebra mal. Y eso es lo que sucede con frecuencia con las celebraciones de la Semana Santa y, en concreto, con la Pascua. ¡Que no estamos preparados!

Me parece que hoy deberíamos realizar una doble mirada: a la Pascua y a nosotros mismos. Al mirar a la Pascua, contemplamos el Misterio central de  nuestra fe, la Muerte y la Resurrección del Señor. Al mirarnos a nosotros mismos, nos vemos partícipes del Misterio Pascual, por el Bautismo y los demás sacramentos, y por el Misterio mismo de la Iglesia, que nace de la Pascua.

Entonces, enseguida, constatamos la necesidad de la conversión, de un cambio en nuestra vida. ¿Quién puede decir que todo esto lo vive con perfección, en plenitud?

Necesitamos mejorar nuestra condición de bautizados, de partícipes de los sacramentos y de la vida de la Iglesia. ¡Necesitamos prepararnos para celebrar, de la mejor manera, la Pascua! El tiempo de Cuaresma nos ayudará, sobre todo, a ser capaces de renovar, la Noche Santa de la Pascua, nuestro Bautismo; y no de cualquier manera, sino como si esa Noche comenzáramos de nuevo a  ser cristianos. ¡Es muy exigente para nosotros todo esto! ¡No sólo necesitamos entrar en la Cuaresma, sino que hemos de recorrer, de la mejor forma posible, este camino!

 Por todo ello,  en la oración de la Misa de este día le pedimos al Señor, mantenernos en “espíritu de conversión”, que es más que una simple conversión rutinaria, para “cumplir con la Cuaresma”. Por eso, se nos dice, en una de las fórmulas de la imposición de la ceniza, “Convertíos y creed el Evangelio”.

Con este anhelo de conversión, comenzamos, nos adentramos en este santo tiempo, “vistiéndonos de saco y ceniza”, como hemos aprendido en la Iglesia. Hay devoción entre la gente de recibir hoy la ceniza. Y hay que ayudarles a comprender que, sin espíritu de conversión, no tiene sentido.

La primera lectura llama a la conversión a todo el pueblo de Dios: “Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión, congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos, congregad a los muchachos y niños de pecho…”

Escuchando a S. Pablo, en la segunda lectura, recordamos que el Tiempo de Cuaresma es un gran don de Dios. Y “no podemos echar en saco roto la gracia de Dios”, porque “ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación”. Y, además, somos también, de alguna forma, “embajadores de Dios”, para anunciar la alegre noticia de “la Reconciliación con Dios y con la Iglesia”, a la que también ofendemos con nuestros pecados.

El Evangelio nos presenta la conversión en positivo. Y responde a esta pregunta fundamental: ¿Qué tenemos que hacer en la Cuaresma? “La práctica de la justicia”, que se expresa, en concreto, en “la limosna, la oración y el ayuno”, siguiendo el orden del texto. Son prácticas que tenemos que hacer de cara a Dios, no para que las vea la gente; de lo contrario, nos dice el Señor: “ya han recibido su paga”.

¡Y porque la Cuaresma es todo esto, es un Tiempo de alegría y de esperanza!

                             

                                                                           ¡BUENA CUARESMA!


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MIERCOLES DE CENIZA   

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

Escuchemos ahora la voz del profeta, que convoca al pueblo de Dios a la conversión y a la penitencia: "Rasgad los corazones, no las vestiduras”,     

SEGUNDA LECTURA

      La exhortación que nos hace el apóstol S. Pablo, podemos aplicarla a este tiempo de Cuaresma, que comenzamos: "No echéis en saco roto la gracia de Dios...""Os lo pedimos por Cristo: Dejaos reconciliar con Dios". 

TERCERA LECTURA

      El Señor nos habla ahora del espíritu con que hemos de realizar las prácticas cuaresmales, para que sea gratas al Padre del Cielo, y provechosas para nosotros.

Escuchemos con atención.

COMUNIÓN

      En la Comunión nos encontramos con Jesucristo, el Señor, que, con su palabra y su ejemplo, nos señala el camino de la Cuaresma. Que Él mueva nuestros corazones y nos ayude a prepararnos debidamente para la celebración de la Pascua.


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Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma 2018 (AICA)

Queridos hermanos y hermanas: 

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,(1) que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. 

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12). 

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio. 

Los falsos profetas 
Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? 

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad. 

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien. 

Un corazón frío 
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;(2) su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros? 

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.(3) Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas. 

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte. 

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.(4) 

¿Qué podemos hacer? 
Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno. 

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos,(5) para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida. 

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?(6) 

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre. 

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos. 

El fuego de la Pascua 
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo. 

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental. 

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,(7) para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad. 

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí. 

Vaticano, 1 de noviembre de 2017 
Solemnidad de Todos los Santos 

Francisco
 

Notas

(1) Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta. 
(2) «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (Infierno XXXIV, 28-29). 
(3) «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014). 
(4) Núms. 76-109. 
(5) Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33. 
(6) Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III. 
(7) Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.


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S?bado, 10 de febrero de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo sexto del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 6º del T. Ordinario B

 

La situación de aquel hombre que se acerca a Jesucristo, era terrible. ¡Se trata de un leproso! En la primera lectura escuchamos lo que decía la Ley de Moisés acerca de estos enfermos. ¡El leproso era un hombre maldito ante Dios y ante los demás! Tenía que vivir “fuera del campamento”. Y tenía que estar gritando: “¡Impuro, impuro!”. Era una enfermedad contagiosa e incurable hasta hace relativamente poco tiempo. Alguna vez he tenido la ocasión de ver la película “Molokay, la Isla Maldita”. Se refería a San Damián, “el apóstol de los leprosos”. Con ella nos podíamos hacer una idea de la vida de los leprosos hace unos siglos.

El hecho es que aquel hombre tiene la suerte de poder acercarse a Jesús y, estando muy cerca de Él, suplicarle: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Y ¿cómo puede aquel leproso acercarse tanto a Jesús? ¿Y cómo llegó al convencimiento de que Jesús podía curarle? No lo sabemos. Dice el Evangelio que Jesús siente lástima de aquel hombre, extiende su mano, y lo toca diciéndole: “Quiero, queda limpio”.

Tocar a un leproso estaba prohibido por la Ley de Moisés; pero a Cristo no le importa quedar impuro ante la Ley. Él ha venido a traernos la Ley Nueva, la del amor.

  Tenemos que sentir lástima ante las dificultades de los demás, no acostumbrarnos a ver sufrir a la gente. Como se reza en la Liturgia de las Horas, “que el corazón no se me quede desentendidamente frío”. Hoy lo decimos, especialmente, pensando en la Jornada de Manos Unidas contra el hambre en el mundo.

El Evangelio continúa diciendo que Jesús le encarga severamente: “No se lo digas a nadie”. S. Marcos recoge con frecuencia expresiones como ésta, por el temor que tenía Jesucristo de que la gente entendiera mal su condición de Mesías. Pero ¡qué difícil es no hablar de Jesucristo cuando hemos sido “tocados”, curados por Él! Por eso, aquel hombre, “cuando se fue, comenzó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo”.

Cuando vemos que se tambalea la práctica cristiana de mucha gente, cuando es tibio o frío el espíritu de tantos, cuando la dimensión apostólica de la vida cristiana está prácticamente ausente en muchos lugares, ¿será que no nos hemos sentido “tocados” por el Señor, curados por Él?

¿Y por qué le dice que vaya a presentarse al sacerdote? Sencillamente, porque el sacerdote era el encargado de comprobar si se trataba de una verdadera curación, e integrarle o no, en la comunidad. Y aquel sacerdote tendrá que reconocer que Cristo, el “Profeta de Nazaret”, era capaz de curar la lepra. ¡Qué impresionante nos resulta todo!

¿Y ahora? Ya Los Santos Padres nos enseñaban que aquel poder extraordinario con el que Jesús realizaba tantas obras prodigiosas, ha pasado ahora a los sacramentos. Y en efecto, ¿qué es más difícil curar a un  leproso, o limpiar  de  todo pecado, por el sacramento de la Reconciliación, a una persona que lleva 30 años sin confesarse, y que ha hecho de todo en la vida?

Jesús decía que el que creyera, haría “las mismas obras que Él hacía, y aún mayores” (Jn 14, 12). ¡Y Cristo “es el mismo ayer, hoy y siempre!” (Hb 13, 8). Es necesario que nos acerquemos a Él, como el leproso. Con su misma fe, con su mismo convencimiento, para que cure nuestra lepra, la que sea, cada uno conoce la suya.

El problema del hambre en el mundo, que hoy se nos recuerda y se nos urge una vez más, es un reto continuo a nuestra condición de cristianos, que tenemos que amar “no sólo de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1 Jn 3, 18).

                                                                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:52  | Espiritualidad
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DOMINGO 6º DEL T. ORDINARIO B    

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

La situación de los leprosos, en la época de Jesús, era terrible. Escuchémoslo en la primera lectura de hoy. De este modo nos preparamos para escuchar y entender el Evangelio.

 

SALMO

La lepra se considera una imagen del hombre frágil, enfermo, pecador. Cantemos ahora con el salmo al Señor, que nos acoge y nos perdona. 

 

SEGUNDA LECTURA

                        S. Pablo nos resume hoy, en la segunda lectura, las actitudes básicas que deben mover la vida de un cristiano, hasta el punto de poder decir: “Seguid mi ejemplo como yo sigo el de Cristo”.

Escuchemos.

 

TERCERA LECTURA

                        Frente a aquellas leyes tan duras, que regulaban la situación de los leprosos, como escuchábamos en la primera lectura, vamos a contemplar cómo actúa Jesús ante uno de aquellos enfermos. ¡También Él tiene poder sobre la lepra!

            Aclamémosle ahora cantando el aleluya.

 

COMUNIÓN

                        La Comunión es un encuentro con Jesús, que siente lástima de aquel leproso. En esta Jornada de Manos Unidas, también nosotros, debemos sentir lástima de tantos hombres y mujeres, que viven en las peores situaciones materiales y espirituales.

Ojalá que podamos acercarnos hoy a Él y decirle con la fe del leproso: “Si quieres, puedes limpiarme”. 


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Comentario litúrgico del 6º Domingo del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 6 febrero 2018  (zenit)

Domingo 6º del Tiempo Ordinario
Ciclo B
Textos: Lev 13, 1-2.44-46; 1 Co 10, 31-11,1; Mc 1, 40-45


Idea principal: La peor lepra en nuestra vida es la lepra del pecado que carcome nuestra alma, nos aparta de Dios, nos margina de los hombres y mata nuestras más nobles aspiraciones.

Síntesis del mensaje: Si no hubiera venido Cristo, todos seguiríamos leprosos. Y con la lepra la maldición. Y con la maldición, la condenación. Pero Cristo nos curó y nos cura mediante los sacramentos que realizan lo que significan. Y con Cristo, la salvación.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, en el tiempo bíblico la lepra –parece que llamaban así prácticamente a todas las enfermedades de la piel- era la enfermedad más temida y la que más reacción contraria producía. Causaba desfiguraciones y mutilaciones repulsivas. El Levítico por higiene y también porque atribuían este mal a los pecados de la persona, prescribía una marginación realmente dura. En tiempos de Jesús, al leproso se le echaba de casa a la calle, de la ciudad al campo y de la sociedad al sepulcro. Se le obligaba por ley a andar andrajoso y greñudo, alertar a gritos a los transeúntes y a morar en los sepulcros vacíos. Y todo porque era un enfermo de alto riesgo, que contagiaba al que tocaba, y un impuro legal sin derechos a la comunidad de culto, porque volvía impuro todo lo que tocaba. Un gran cristiano de nuestro tiempo, Raúl Follereau, luchó titánicamente por su erradicación, y aún ahora la Fundación Anesvad insiste incansable en concienciarnos sobre ella. Héroe indiscutible de esta enfermedad fue el Beato Damián, de Molokai, misionero contagiado de lepra cuidando a los leprosos. El bacilo de la lepra, conocido por el nombre de su descubridor, “Hansen”, no ha sido descubierto hasta 1874. Pero ha sido una monja francesa, Sor María Zuzanne, la que encontró el suero eficaz para combatirlo, que lleva el nombre de su descubridora, “Microbacterium Marianum”. Hoy la lepra está más controlada. Pero tiene como compañía otros males parecidos, como el sida, que invade grandes regiones del mundo.

En segundo lugar, en la Edad Media, el sacerdote se colgaba la estola al cuello, empuñaba el crucifijo en alto, metía al leproso en el templo y le celebraba el oficio de difuntos. Entonces los arquitectos de templos y catedrales dejaban unos orificios en las paredes, las mirillas de los leprosos, para que éstos pudieran asistir a la misa sin entrar en la iglesia. Luego, terminando la misa, se lo recluía en los lazaretos, hospitales inmundos donde pudieran tranquilamente morirse de asco. Y en la Edad Posmoderna, que es la nuestra, ¿qué hacemos con los leprosos de ayer que son los contagiados de sida hoy? El sida se contagia sólo de sangre a sangre: por las relaciones sexuales, por las trasfusiones, por las agujas de drogadictos contagiados y por la gestación de la madre al hijo. El sida comenzó sus andanzas por las naciones en 1981. En 1987 teníamos 5 millones de sidatas en el mundo; al año siguiente ya eran 10 millones. ¿Y hoy? Tenebroso y escalofriante. El sida es la peste negra al día, la que en 1384 vació los conventos de Marseille y Carcassone, diezmó a Europa, destruyó dos generaciones y dejó por terminar las torres de las catedrales de Colonia y Estrasburgo. El enfermo de sida de hoy es el leproso de ayer.

Finalmente, la peor lepra es la del pecado. Necesitamos que Cristo nos toque. Jesús ha tocado al leproso, que hacía muchos años que no había experimentado ni un solo contacto, desde que su madre le acariciaba cuando era niño. Ahora está sintiendo el cálido afecto del tacto de la mano todo bondad y ternura de Jesús, mientras toda una oleada de vida electrizó todo su cuerpo. Y se han cambiado los papeles: el leproso ha quedado limpio y Jesús, según la ley del Levítico, impuro: “El que toca al impuro queda contaminado, porque el impuro le transmite su impureza”(1,5). San Pablo relaciona la lepra con el pecado, y nos lo dice así: “Al que no conoció pecado, le hizo pecado en lugar nuestro, para que seamos justicia de Dios en El” (2 Cor 5, 21). Sí, la peor lepra es la del pecado. Lepra de mente, cuando pensamos cosas indignas. Lepra de los ojos, cuando miramos lo que no debemos. Lepra del corazón, cuando odiamos y deseamos el mal, o la mujer o el varón que no nos corresponde. Lepra de las manos, cuando nos peleamos o cuando no compartimos. Lepra de los pies, cuando transitamos por lugares tenebrosos. Y con esta lepra del pecado vienen todas las consecuencias: nos apartamos de Dios, nos alejamos de los hombres, matamos nuestra alma, y los demás males del mundo. ¿Y por qué Dios no manda de nuevo el Diluvio (Gn 6) o hace caer fuego sobre las nuevas Sodomas y Gomorras (Gn 19)? Tanto ama el Padre al mundo que hace a su Hijo leproso, para que los hombres sientan la calidez y la ternura de Dios en sus carnes.

Para reflexionar: ¿Qué lepra invade mi vida? ¿A qué espero para acercarme a Cristo para gritarle que me cure en la confesión? ¿Por qué no ayudo a otros hermanos leprosos para que se acerquen a Cristo?

Para rezar: Señor, si tú quieres, puedes limpiarme. Y si me curas, se lo contaré a todos los que me rodean, tenlo por seguro, Señor.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


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Jueves, 08 de febrero de 2018

Monseñor  Bernardo Álcarez Afonso ha enviado carta a sus diocesanos con motivo de la "Campaña de Manos Unidas 2018" con el título "COMPARTE LO QUE IMPORTA"

MANOS UNIDAS:  CAMPAÑA 59 CONTRA EL HAMBRE

 

Queridos hermanos:

 

La realidad del hambre y la pobreza continúa siendo un azote permanente para millones de personas en todo el mundo. Durante mucho tiempo se ha querido atribuir este fenómeno a la escasez de recursos alimentarios, insuficientes –se decía- para satisfacer las necesidades básicas de la población mundial.

Hoy decimos que es un problema de distribución: Producimos alimentos más que suficientes para satisfacer al conjunto del planeta, pero la injusta distribución de los recursos de producción y consumo condena al hambre a más de 800 millones de personas.

Hay que decirlo abiertamente: Las causas del hambre se encuentran, principalmente, en nuestro sistema socio-económico, en nuestro comportamiento y actitudes. A eso se añaden la inestabilidad política, los conflictos bélicos y el cambio climático, todo ello causado por los seres humanos. Coyunturalmente, en algunas zonas, las catástrofes naturales, también pueden generar situaciones de hambre y empobrecimiento.

La FAO [Organización de la ONU para la Alimentación y Agricultura], aporta estos datos:

  • 815 millones de personas padecen hambre en el mundo, 11% más que el año anterior. 520 millones en Asia, más de 243 millones en África y 42 millones en América Latina y el Caribe.
  • 489 millones de personas que sufren hambre viven en países en conflicto y 122 millones son niños menores de 5 años.

Además, no podemos olvidar que el hambre no es sólo un problema de alimentos. Si consideramos, también, el hambre de salud, de educación, de libertad, etc., tirando por lo bajo, las cifras anteriores se multiplican por cuatro. Todo lo que atenta contra los Derechos Humanos fundamentales genera pobreza y sufrimiento.

Como nos recordaba el Papa Francisco, en su Mensaje con motivo de la 1ª Jornada Mundial de los Pobres, "la pobreza nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada" (n. 5).

¿Qué podemos hacer? En medio de esta dramática realidad, una primera impresión puede ser que no hay solución posible, como si el hambre fuera una fatalidad o un destino irreparable para muchas personas. Además, ante las dimensiones del problema, tenemos la tentación de pensar que, como no está en mi mano resolverlo todo, no puedo hacer nada.

Sin embargo, es mucho lo que podemos hacer y MANOS UNIDAS es una prueba de ello. A lo largo de 59 años, esta ONG de la Iglesia Católica, con recursos aportados por los fieles cristianos y otras personas de buena voluntad, año tras año, mediante proyectos concretos de promoción humana, en los países en vías de desarrollo, ha contribuido a que millones de seres humanos hayan mejorado sus condiciones de vida.

Como se suele decir, "muchos pocos, hacen mucho". El anhelo de una justicia universal, en la que todos los bienes de la tierra estén equitativamente distribuidos entre todos los hombres, es una aspiración legítima  por la que tenemos que luchar. La cuestión está en cómo conseguirlo. Hay quienes menosprecian el ejercicio de la caridad y de la limosna, que consideran como un "tapar heridas sin curarlas",  y apuestan  por la justicia, como si fueran cosas contrapuestas. Se olvida que la caridad y la limosna implican "desprendimiento" de si mismo y preocupación por los demás, y nos empuja a luchar por su dignidad y sus derechos.

MANOS UNIDAS lucha por la justicia y la igualdad de todos los seres humanos. Como se suele decir, no se limita a "dar pescado" a quien lo necesita,  sino que pone en sus manos una caña y le enseña a pescar.  Sus proyectos de ayuda, son proyectos de promoción de los derechos humanos allí donde están conculcados. Y eso es luchar por la justicia, pero una justicia que, en este caso, se hace con la generosa colaboración económica  –caridad y limosna- de mucha gente así como por la prestación personal de quienes desinteresadamente  comparten su tiempo y su saber en diversas acciones encaminadas en la misma dirección.

En la campaña de este año, con el lema "COMPARTE LO QUE IMPORTA",  Manos Unidas nos invita a poner en común nuestra vida, nuestros bienes y nuestro compromiso por un mundo mejor, en el que los derechos humanos sean respetados y donde cada persona pueda disponer de los medios necesarios para vivir con dignidad. 

"COMPARTE LO QUE IMPORTA" es una invitación a seguir colaborando, con aportaciones económicas o mediante el voluntariado. Es una invitación a compartir lo más importante para acabar con el hambre en el mundo, respondiendo así a la imperiosa necesidad de humanizar la vida de millones de seres humanos que siguen subsistiendo en condiciones inaceptables. Información completa en:  http://www.manosunidas.org/

Las palabras de San Juan, "no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1Jn 3,18), son un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. En esta línea, en su mensaje de Cuaresma para este año 2018, el Papa Francisco nos dice a los católicos: «El ejercicio de la limosna nos libera del ansia de poseer y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida».

La Palabra de Dios es clara en este sentido y no podemos ignorarla: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tus propios intereses […] Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Is. 58,7.9-10)

Sí, la generosidad tiene unos efectos que no se pueden conseguir por otros medios, pues no solo favorece al que recibe, sino al que da, porque  "hay más alegría en dar que en recibir" (Hech. 20,35).

Prueben y verán que es verdad. Es una experiencia que podemos vivir, colaborando con los proyectos de MANOS UNIDAS.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense


Viernes, 02 de febrero de 2018

Reflexión a las lectruras del domingo quinto del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 5º del T. Ordinario B

 

¡Qué bien nos presenta S. Marcos la figura de Jesucristo! Cuánto nos enseña a nosotros, hombres y mujeres de esta época de la Nueva Evangelización, en la que tenemos que presentar a Jesucristo con “nuevo ardor, nuevos métodos, nueva expresión”. Cuando tantos se van de la Casa del Señor, de la Iglesia, cuando tantos se alejan de Él, S. Marcos nos dice hoy que Pedro y sus compañeros, al encontrarle orando, le dijeron: “Todo el mundo te busca”.

¿A qué se debe esta enorme diferencia? Aquella gente había llegado a una doble conclusión: La primera es que tienen necesidad de muchas cosas, son pobres y enfermos muchos de ellos; la segunda es que están convencidos de que Jesucristo, y sólo Él, puede ayudarles. ¡A Él no se le resiste ningún mal! Por eso le buscan, le escuchan, le siguen. “Al anochecer, cuando se puso el sol, dice el Evangelio, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta”. Es la dura realidad del sufrimiento humano, que nos presenta hoy el Libro de Job, en la primera lectura, pero que en Cristo, se abre a la esperanza.

Sin embargo, al hombre de nuestro tiempo se le hace muy difícil comprender la relación que existe entre la práctica religiosa y  el progreso y el bienestar del hombre y de la sociedad, más aún, de toda la humanidad, y piensa, está convencido de ello, de que es capaz, por sí mismo, de edificar la ciudad terrena, de organizar, sólo con sus medios y sus fuerzas, la vida de la sociedad en sus diversas dimensiones. Los falsos postulados del marxismo no desaparecieron del todo con la caída del Muro, porque, como escribía el Cardenal Ratzinger, aquello no fue el resultado de “una conversión”, sino “la constatación de un fracaso”.

Por aquel camino, se llega a pensar que Dios no hace falta; más todavía, que estorba; que no vale para resolver los problemas, tantas veces graves y angustiosos, que afligen a la humanidad. Incluso, se piensa y se dice, que la religión distrae a la gente de lo real, que es la lucha por su progreso y su bienestar; y, además, que nos agobia y hasta nos paraliza con sus pretensiones éticas y con su reproche moral.

Por todo ello, uno de los objetivos fundamentales de la Nueva Evangelización, consiste en ayudar a descubrir al hombre de nuestro tiempo, más allá de toda duda, su “radical necesidad de Dios”.

Cuando el Vaticano II nos habla de los desequilibrios del mundo moderno, nos enseña que éstos hunden sus raíces en otro desequilibrio más profundo, que está situado en el corazón del hombre (G. Spes, 10); y nos advierte que “el porvenir de la humanidad está en manos de aquellos, que sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (G. et Spes, 31). Y por  aquí se comienza a comprender la necesidad de Dios. Ya el Libro de los Salmos nos advierte: “Los que se alejan de ti se pierden” (73,27). ¡Y cuántas realidades humanas se van perdiendo en nuestros días, en que al hombre se le ha ocurrido alejarse de Dios! Más todavía, ¿no es la sociedad, la humanidad misma, la que está, tantas veces, en peligro de perderse? El mismo Libro de los Salmos nos advierte también que si “el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas” (127,1); y que tantas cosas, que nos preocupan e, incluso, nos agobian, Dios las “da a sus amigos mientras duermen” (127,2).

¡Que Dios vuelva a ocupar su puesto en el mundo y en la Historia fue el gran empeño del Papa Benedicto XVI! Por eso, el slogan de su último viaje a Alemania era: “¡Donde está Dios, allí hay futuro!”. 

En resumen, se trata estudiar y decidir, con sumo cuidado, cómo debe construirse el presente y el futuro del hombre y de la sociedad, “no vaya a ser que se repita el error de quién, queriendo construir un mundo sin Dios, sólo ha conseguido construir una sociedad contra el hombre" (Juan Pablo II. Mensaje Obispos de Europa).              

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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   DOMINGO  5º DEL TIEMPO ORDINARIO B 

    MONICIONES

  

PRIMERA LECTURA       

        En la primera lectura escuchamos el lamento angustiado de Job, abatido por el sufrimiento, y que nos recuerda el de tantos enfermos que acuden a Jesús, para ser curados por Él, según escucharemos después en el Evangelio.

 

SALMO

         El salmo de hoy es un canto de alabanza al Señor, que no quiere el dolor ni el sufrimiento; que lucha con nosotros contra el mal, y nos sostiene en nuestras dificultades. 

 

SEGUNDA LECTURA

         Siguiendo la carta a los corintios, se nos presentan hoy los esfuerzos de San Pablo por ganar nuevos hermanos para Cristo; y también, aquella famosa expresión que debería hacernos reflexionar: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.             

 

TERCERA LECTURA

         El Evangelio nos presenta a Jesucristo curando toda enfermedad y dolencia del pueblo, y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Todos le buscan, porque lo necesitan. 

 

COMUNIÓN

         Venimos a la santa Misa porque sentimos necesidad de Dios, el único Salvador, el único que tiene palabras de vida eterna.

         Ahora, bien dispuestos y preparados, nos acercamos a recibirle como verdadero Pan del Cielo, que nos alimenta y fortalece para poder seguirle siempre con fidelidad.

 


Publicado por verdenaranja @ 14:10  | Liturgia
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Sigue la catequesis completa del Santo Padre, pronunciada esta mañana en italiano, en la Audiencia General, y traducida al español por la Oficina de Prensa de la Santa Sede. (ZENIT – 31 enero 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Después de hablar sobre los ritos de introducción consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte constitutiva porque nos reunimos para escuchar lo que Dios ha hecho y todavía tiene la intención de hacer por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar “en vivo” y no de oídas, porque “cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en la palabra, anuncia el Evangelio.” (Instrucción General del  Misal Romano, 29, ver   Const. Sacrosanctum Concilium, 7; 33). Y cuántas veces mientras se lee la Palabra de Dios, se charla: “Mira ése, mira ésa, mira el sombrero que se ha puesto aquella: es ridículo”. Y se empieza a comentar. ¿No es verdad? ¿Hay que hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? (responden: “¡No!). No, porque si charlas con la gente no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la Biblia –la primera lectura, la segunda, el salmo responsorial y el evangelio- tenemos que escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo quien nos habla y no tenemos que pensar en otras cosas o decir otras cosas ¿De acuerdo? Os explicaré que pasa en esta Liturgia de la Palabra.

Las páginas de la Biblia dejan de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios que, a través de la persona que lee, nos habla y nos interpela a nosotros, que lo escuchamos con fe. El Espíritu, “que habló a través de los profetas” (Credo) e inspiró a los autores sagrados, hace que “la Palabra de Dios realice efectivamente en los corazones  lo que suena en los oídos” (Leccionario, Introd., 9). Pero para escuchar la Palabra de Dios también hay que tener el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón. Dios habla y nosotros lo escuchamos, para después poner en práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. A veces, quizás, no entendemos del todo porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla igual de otra manera. (Hay que estar) en silencio y escuchar la Palabra de Dios. No lo olvidéis. En misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios.

¡Necesitamos escucharlo! Es, efectivamente, una cuestión de vida, como bien recuerda la certera frase  “no solo de pan vive el hombre, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). La vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la “mesa” que el Señor prepara para alimentar nuestra vida espiritual. La mesa litúrgica es una mesa abundante, servida en gran parte con los tesoros de la Biblia (véase SC, 51), tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento porque en ellos  la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo (véase Leccionario, Introd., 5). Pensemos en la riqueza de las lecturas bíblicas presentes en los tres ciclos dominicales que, a la luz de los Evangelios sinópticos, nos acompañan durante el año litúrgico: una gran riqueza. Aquí también deseo recordar la importancia del Salmo responsorial, cuya función es favorecer la meditación sobre lo que se ha escuchado en la lectura que lo precede. Es bueno que el salmo se valorice cantando  al menos en la respuesta (véase OGMR, 61; Leccionario, Introd., 19-22).

La proclamación litúrgica de dichas lecturas, con los cantos procedentes de la Sagrada Escritura, expresa y fomenta la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y cada uno de nosotros.  Así se entiende porqué algunas decisiones subjetivas, como la omisión de las lecturas o su sustitución por textos no bíblicos, estén prohibidas. He oído que alguno, si hay una noticia, lee el periódico porque es la noticia del día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios!. El periódico se puede leer después. Pero allí se lee la Palabra de Dios. Es el Señor quien nos habla. Sustituir esa Palabra con otras cosas  empobrece y compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Por el contrario,  (se requiere) la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos lectores y salmistas. Pero hay que buscar buenos lectores, que sepan leer, no esos que leen (tragándose las palabras) y no se entiende nada. Es así. Buenos lectores. Tienen que ensayar antes de misa para leer bien. Y así se crea un clima de silencio receptivo.

Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda indispensable para no perdernos, como reconoce el salmista que, dirigiéndose  al Señor, confiesa: «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino» (Sal 119,105). ¿Cómo podríamos enfrentar nuestra peregrinación terrena, con sus fatigas  y sus pruebas, sin ser nutridos e iluminados regularmente por la Palabra de Dios que resuena en la liturgia?

Ciertamente, no es suficiente escuchar con los oídos, sin recibir la semilla de la Palabra divina en el corazón, para que dé fruto. Recordemos la parábola del sembrador y los diferentes resultados según los diferentes tipos de terreno (véase Mc 4, 14-20). La acción del Espíritu, que hace eficaz la respuesta, necesita corazones que se dejen cultivar y trabajar, para que lo que se escucha en la misa pase a la vida cotidiana, según la admonición del apóstol Santiago: “Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). La Palabra de Dios se abre camino dentro de nosotros. La escuchamos con los oídos y pasa al corazón; no se queda en los oídos; tiene que llegar al corazón y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido de la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las manos. Aprendamos estas cosas. ¡Gracias!

© Librería Editorial Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 14:06  | Habla el Papa
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Comentario litúrgico 5º Domingo del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 30 enero 2018   

Domingo 5º del Tiempo Ordinario
Ciclo B
Textos: Job 7, 1-4.6-7; 1 Co 9, 16-19.22-23; Mc 1, 29-39

Idea principal: Un día en la vida de Jesús de Nazaret profeta, misionero y apóstol.

Síntesis del mensaje: Cristo delante de todas las miserias materiales y espirituales del hombre se compadece, se acerca y trata de solucionarlas, si así es la voluntad de su Padre. En vez de deprimirse por tanto dolor y lágrima, Él se refugia en la oración, de donde saca la fuerza para salir al paso de todo sufrimiento humano (1ª lectura y evangelio) y darle sentido con su predicación (2ª lectura). Su horario diario era: oración a su Padre, predicación y curación de las personas, convivencia con sus seres queridos y terminaba el día con la oración.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, de mañana rezaba. Hombre de oración. Prioridad en su vida: Dios su Padre. ¿Qué hacía en la oración? ¿Por qué y para qué rezaba? ¿A quién rezaba? ¿Cómo rezaba? Su intimidad con Dios, su amante identificación con su Padre es la fuente de la compasión y compromiso con los demás. Por ser una persona contemplativa también es una persona compasiva y misionera. En la oración Jesús abría su corazón a su Padre, le contaba los avances del Reino, le pedía fuerza y ternura para después derramarla por doquier. Allí en la oración solazaba su corazón herido por las ingratitudes de tantos hombres, cerrados a su Palabra y obstinados en el mal. A veces su oración era delicia, otras amargura, también desolación; pero siempre terminaba en luz y fuerza para el cumplimiento de su misión redentora.

En segundo lugar, después descansaba y crecía en sus lazos humanos y afectivos en la casa de Pedro, que también era la casa de Jesús. Hombre muy humano. Antes de salir a la predicación, comía y alimentaba sus afectos en casa de sus amigos íntimos. Con qué cariño y ternura trataría a la suegra de Pedro, que en ese día estaba enferma con fiebre. Cómo abriría su corazón a sus amigos, como lo hacía en la casa de Betania. Ahí reponía sus fuerzas físicas y psicológicas, pues era hombre al fin. Qué lejos está de Jesús ese comportamiento huraño, antisocial, avinagrado, escurridizo. Jesús era rico en afectos humanos, pero al mismo tiempo se sentía libre en su corazón y a su alrededor, y no atado a criaturas que tanto paz nos quitan, cuando a ellas nos apegamos.

Finalmente, en la tarde, predicaba en la sinagoga, curaba y expulsaba demonios, pues todos le buscaban. Hombre Dios, apóstol y médico. Jesús aparece como la respuesta de Dios a los males de este mundo, al dolor de estos corazones destrozados. Hoy cura a la suegra de Pedro y a otros varios enfermos, y libera de sus espíritus malignos a los posesos. ¡Cuánto tiempo emplea Jesús, a lo largo del evangelio, atendiendo a las personas que buscan, que sufren, que están desesperadas! Quiere una liberación integral y total, que incluye la curación de males físicos, psíquicos y espirituales. Es Maestro y Misionero, pero también Médico. Ahora bien, no acepta ser monopolizado por un grupo de personas, un pueblo, un área. Su misión es predicar el Reino más allá y en todas partes. “Sigamos a las villas vecinas para que pueda proclamar la Buena Nueva allá también”.

Para reflexionar: ¿Cuál de estos rasgos de la personalidad de Jesús me gustan más? ¿Mi vida se parece en algo a la de Jesús? ¿En qué? ¿Tengo compasión para acercarme al hermano que sufre y trato de curarlo? ¿O paso de largo, insensible e indiferente? ¿Comienzo y termino el día de rodillas en oración?

Para rezar: Señor, que sepa dar prioridad en mi vida a la oración, y de ahí, salga a remediar los males de mis hermanos. Que me haga cercano, próximo a mi hermano con afecto sincero, la ayuda desinteresada, una mano tendida, una cara acogedora, una palabra oportuna. Que me haga solidario de todos y que sepa acompañarlos en su via-crucis, sea cual sea. Amén.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 13:59  | Espiritualidad
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Desde la Delegación Diocesana de Pastoral de la Salud nos envían el siguiente recurso litúrgico para la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo que en nuestra diócesis de Tenrife se celebrará el 18 de Febrero 2018.

JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

18 de febrero de 2018

MONICIÓN DE ENTRADA

 

Queridos hermanos: 

En este día la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada Mundial del Enfermo. Una celebración que, en España da inicio a la Campaña que discurrirá hasta la Pascua del enfermo el VI domingo de Pascua.

El tema de esta Jornada es “Acompañar a la familia en la enfermedad”. Todos vivimos en el marco de una familia y cuando uno enferma, enferma toda la familia.

En la dura experiencia de la enfermedad, la Iglesia tiene que estar volcada con la familia que la sufre, tratando de acompañar, aliviar y crear las condiciones para que esta situación le afecte lo menos posible.

Que María, madre, nos impulse en esta preciosa misión.

 

ENVÍO DE AGENTES DE PASTORAL DE LA SALUD 

La misión de atender a los enfermos forma parte indispensable de la tarea encomendada por Jesús a su Iglesia, como cauce por el cual llega hasta ellos la Buena Noticia del Evangelio. Para llevar a cabo esta tarea, el Señor elige a miembros de su pueblo y los envía con esta misión a confortar, consolar y acompañar a quienes atraviesan por la circunstancia de la enfermedad propia o de un ser querido. 

Vamos a proceder a continuación a la presentación y envío de los miembros de nuestra parroquia que se sienten llamados por Dios a desempeñar este valioso servicio. 

(A continuación se nombra a los miembros del equipo de Pastoral de la Salud y se van colocando delante del altar)

 

Queridos hermanos: el vuestro es un servicio que nos corresponde realizar a todos los discípulos de Jesucristo, que hemos de descubrir la presencia del Señor en toda persona que sufre en su cuerpo o en su espíritu.

Sin embargo, vosotros, como miembros del equipo parroquial de Pastoral de la Salud, asumís este compromiso con una exigencia mayor. Vais a prestar una valiosa colaboración a la misión caritativa de la Iglesia y, en consecuencia, vais a trabajar en su nombre, abriendo a todos los hombres los caminos del amor cristiano y de la fraternidad universal.

Cuando realicéis vuestra tarea, procurad actuar siempre movidos por el Espíritu del Señor, es decir, por un verdadero amor de caridad sobrenatural. De este modo seréis reconocidos como auténticos discípulos de Cristo. 

(El sacerdote, con las manos extendidas sobre ellos, pronuncia la siguiente oración de bendición)

Oremos: 

Oh Dios, que derramas en nuestros corazones, por el Espíritu Santo, el don de la caridad, bendice + a estos hermanos nuestros, para que, practicando la caridad en la visita y atención de los enfermos, contribuyan a hacer presente a tu Iglesia en el mundo, como un sacramento de unidad y de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Ahora, queridos hermanos, para mostrar vuestra disponibilidad a prestar este servicio en nuestra comunidad parroquial, os invito a recitar juntos esta oración que tenéis en vuestras manos, pidiendo la ayuda de Dios para llevar a cabo la misión que habéis recibido.

 

(Todos juntos recitan en voz alta la siguiente oración) 

Señor, en mi vida me pregunto muchas veces

cómo actuarías Tú.

Te veo junto a los enfermos, cómo les ayudas

y cómo afrontas Tú el sufrimiento.

¡Cuánto me falta para parecerme a Ti!

Dame tu Espíritu, Señor.

Dame un corazón misericordioso como el tuyo.

Llénalo de esperanza cuando estoy enfermo

o cuando acompaño a quien lo está.

Ilumina mi mirada

para acercarme a los enfermos y sus familias

descubriendo sus necesidades,

pero también sus riquezas y recursos.

Y tú, María, que guardabas

todos los misterios de la vida en el corazón,

haz que yo guarde en el mío

las preciosas -y a veces dolorosas- experiencias

compartidas en medio del dolor y las transforme en vida.

(Terminada la oración, se retiran a su lugar y continúa la celebración con el Credo y la oración de los fieles)

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

Elevemos nuestra oración a Dios Padre, en quien ponemos nuestra confianza. Lo hacemos por mediación de María, Salud de los enfermos, respondiendo: 

R. Padre, en Ti confiamos

—    Por la Iglesia: para que asuma su vocación maternal y así acoja en su seno a todas las familias y a sus enfermos, siendo una verdadera familia para los que carecen de ella. Oremos. 

—    Por nuestras familias, marcadas por el sufrimiento a causa de la enfermedad: para que descubran en el Cristo de la cruz un modelo para afrontar las dificultades. Oremos

—    Por nuestros hermanos enfermos: para que, experimentando el misterio del dolor, sientan también la presencia cercana y maternal de la Virgen. Oremos. 

—    Por las familias de los enfermos, los profesionales, los voluntarios y todos aquellos que les atienden y cuidan, para que reciban la fuerza de María y se conviertan para nosotros en un ejemplo de acompañamiento. Oremos. 

—    Por todos los religiosos y religiosas consagrados al servicio de los enfermos y pobres: para que su dedicación y entrega sea reflejo del rostro misericordioso del Padre para quien los necesite. Oremos.

—    Por nuestra comunidad cristiana: para que se muestre siempre cercana a las necesidades de las familias con miembros enfermos y sea un verdadero hogar de acogida, acompañamiento y servicio para ellas. Oremos.

 

Escucha, Padre, nuestra oración y danos un corazón compasivo como el de María, para que nos mostremos siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y nos comprometamos, sin miedo, a acompañarles. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

(Antes de terminar la celebración, después de la comunión, si se estima oportuno, se puede rezar la oración por las familias de los enfermos que viene a continuación)

 

ORACIÓN POR LAS FAMILIAS DE LOS ENFERMOS

 

Señor, Tú nos bendices con el don de la familia.

Te damos gracias por el amor, la fuerza y el consuelo que las familias dan al enfermo. Vuelve hacia ellas tu mirada y protégelas cada día.

Haz que este momento doloroso sirva para unirlas, para que sus miembros se preocupen más unos de otros y sean capaces de manifestar más abiertamente su amor mutuo y su fe en Ti.

Señor, acompáñalas en su camino y bendícelas con tu gracia para que sientan tu cercanía y tu ayuda mientras cuidan a sus enfermos, y sufren y gozan con ellos. Amén.

 


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Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus (ZENIT – 28 enero 2018)

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf.Mc.1,21-28), forma parte de una narración más amplia designada como el “día de Cafarnaúm”. En el centro del relato de hoy, hay un acontecimiento del exorcismo, por el cual Jesús está presente como un poderoso profeta en palabras y en obras.

Entra en la Sinagoga de Cafarnaúm  el sábado, y comienza a enseñar. La gente se impresiona con sus palabras, porque no son palabras ordinarias, no se parecen a las que escuchan habitualmente. De hecho, los escribas enseñan pero sin tener una autoridad personal; se fundan en las tradición, en lo que Moisés y los profetas dijeron antes que ellos. Y Jesús enseña con autoridad. Jesús al contrario enseña como alguien que tiene autoridad, revelándose así como el Enviado de Dios, y no como un simple hombre que debe fundar sus enseñanzas en las tradiciones anteriores. Jesús tiene plena autoridad. Su doctrina es nueva: “Una nueva enseñanza dada con autoridad” (v.27)

Al mismo tiempo, Jesús se revela poderoso también en obras. En la Sinagoga de Cafarnaúm, hay un hombre poseído por un espíritu impuro que se manifiesta gritando estas palabras: “¿Qué quieres de nosotros Jesús de Nazaret? ¿Has venido para destruirnos? Yo sé que eres el Santo de Dios!” (v. 24). El diablo dice una verdad: Jesús ha venido para vencer al diablo, para la pérdida del demonio, para vencerlo. Este espíritu inmundo conoce el poder de Jesús y proclama también su santidad. Jesús le reprende diciendo: “¡Cállate! Sal de él” (V.25). Estas pocas palabras de Jesús son suficientes para obtener la victoria sobre satanás  que sale de este hombre “sacudiéndolo y gritando fuerte” (v. 26).

Este hecho impresiona mucho a los presentes y todos quedan presos del temor y se preguntan: “¿qué significa esto? […..] Él ordena a los espíritus inmundos, y le obedecen” (v.27). El poder de Jesús confirma la autoridad de su enseñanza. Él no solo dice palabras sino que actúa. Manifiesta así el proyecto de Dios por las palabras y por el poder de sus obras. En efecto, en el Evangelio, vemos que Jesús, en su misión terrenal, revela el amor de Dios sea por la predicación sea por los innumerables gestos de atención y de ayuda a los enfermos, los necesitados, los niños, los pecadores.

Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras. Jesús nos comunica toda la luz que ilumina los caminos, a veces oscuros de nuestra existencia. Nos comunica también la fuerza necesaria para superar las dificultades, las pruebas, las tentaciones. ¡Pensemos en esta gran gracia que es para nosotros el hecho de haber conocido este Dios tan poderoso y tan bueno!. Un maestro y un amigo que nos indica el camino y que nos cuida, especialmente cuando lo necesitamos.

Que la Virgen María, mujer de la escucha, nos ayude a hacer silencio alrededor nuestro y en nosotros, para escuchar, en el fragor de los mensajes del mundo, la palabra que tiene más autoridad: la de su Hijo Jesús, que anuncia el sentido de nuestra existencia y nos libera de toda esclavitud, incluso la del Maligno.

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo 


Publicado por verdenaranja @ 13:29  | Habla el Papa
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Mensaje del Papa Francisco para la 52ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. 24 enero 2018 (ZENIT)

Queridos hermanos y hermanas:

En el proyecto de Dios, la comunicación humana es una modalidad esencial para vivir la comunión. El ser humano, imagen y semejanza del Creador, es capaz de expresar y compartir la verdad, el bien, la belleza. Es capaz de contar su propia experiencia y describir el mundo, y de construir así la memoria y la comprensión de los acontecimientos.

Pero el hombre, si sigue su propio egoísmo orgulloso, puede también hacer un mal uso de la facultad de comunicar, como muestran desde el principio los episodios bíblicos de Caín y Abel, y de la Torre de Babel (cf. Gn 4,1-16; 11,1-9). La alteración de la verdad es el síntoma típico de tal distorsión, tanto en el plano individual como en el colectivo. Por el contrario, en la fidelidad a la lógica de Dios, la comunicación se convierte en lugar para expresar la propia responsabilidad en la búsqueda de la verdad y en la construcción del bien.

Hoy, en un contexto de comunicación cada vez más veloz e inmersos dentro de un sistema digital, asistimos al fenómeno de las noticias falsas, las llamadas «fake news». Dicho fenómeno nos llama a la reflexión; por eso he dedicado este mensaje al tema de la verdad, como ya hicieron en diversas ocasiones mis predecesores a partir de Pablo VI (cf. Mensaje de 1972: «Los instrumentos de comunicación social al servicio de la verdad»). Quisiera ofrecer de este modo una aportación al esfuerzo común para prevenir la difusión de las noticias falsas, y para redescubrir el valor de la profesión periodística y la responsabilidad personal de cada uno en la comunicación de la verdad.

  1. ¿Qué hay de falso en las «noticias falsas»?

«Fake news» es un término discutido y también objeto de debate. Generalmente alude a la desinformación difundida online o en los medios de comunicación tradicionales. Esta expresión se refiere, por tanto, a informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas.

La eficacia de las fake news se debe, en primer lugar, a su naturaleza mimética, es decir, a su capacidad de aparecer como plausibles. En segundo lugar, estas noticias, falsas pero verosímiles, son capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración. Su difusión puede contar con el uso manipulador de las redes sociales y de las lógicas que garantizan su funcionamiento. De este modo, los contenidos, a pesar de carecer de fundamento, obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen.

La dificultad para desenmascarar y erradicar las fake news se debe asimismo al hecho de que las personas a menudo interactúan dentro de ambientes digitales homogéneos e impermeables a perspectivas y opiniones divergentes. El resultado de esta lógica de la desinformación es que, en lugar de realizar una sana comparación con otras fuentes de información, lo que podría poner en discusión positivamente los prejuicios y abrir un diálogo constructivo, se corre el riesgo de convertirse en actores involuntarios de la difusión de opiniones sectarias e infundadas. El drama de la desinformación es el desacreditar al otro, el presentarlo como enemigo, hasta llegar a la demonización que favorece los conflictos. Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio. A esto conduce, en último análisis, la falsedad.

  1. ¿Cómo podemos reconocerlas?

Ninguno de nosotros puede eximirse de la responsabilidad de hacer frente a estas falsedades. No es tarea fácil, porque la desinformación se basa frecuentemente en discursos heterogéneos, intencionadamente evasivos y sutilmente engañosos, y se sirve a veces de mecanismos refinados.

Por eso son loables las iniciativas educativas que permiten aprender a leer y valorar el contexto comunicativo, y enseñan a no ser divulgadores inconscientes de la desinformación, sino activos en su desvelamiento. Son asimismo encomiables las iniciativas institucionales y jurídicas encaminadas a concretar normas que se opongan a este fenómeno, así como las que han puesto en marcha las compañías tecnológicas y de medios de comunicación, dirigidas a definir nuevos criterios para la verificación de las identidades personales que se esconden detrás de millones de perfiles digitales.

Pero la prevención y la identificación de los mecanismos de la desinformación requieren también un discernimiento atento y profundo. En efecto, se ha de desenmascarar la que se podría definir como la «lógica de la serpiente», capaz de camuflarse en todas partes y morder. Se trata de la estrategia utilizada por la «serpiente astuta» de la que habla el Libro del Génesis, la cual, en los albores de la humanidad, fue la artífice de la primera fake news (cf. Gn 3,1-15), que llevó a las trágicas consecuencias del pecado, y que se concretizaron luego en el primer fratricidio (cf. Gn 4) y en otras innumerables formas de mal contra Dios, el prójimo, la sociedad y la creación.

La estrategia de este hábil «padre de la mentira» (Jn 8,44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes. En la narración del pecado original, el tentador, efectivamente, se acerca a la mujer fingiendo ser su amigo e interesarse por su bien, y comienza su discurso con una afirmación verdadera, pero sólo en parte: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3,1). En realidad, lo que Dios había dicho a Adán no era que no comieran de ningún árbol, sino tan solo de un árbol: «Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás» (Gn 2,17). La mujer, respondiendo, se lo explica a la serpiente, pero se deja atraer por su provocación:

«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» (Gn 3,2). Esta respuesta tiene un sabor legalista y pesimista: habiendo dado credibilidad al falsario y dejándose seducir por su versión de los hechos, la mujer se deja engañar. Por eso, enseguida presta atención cuando le asegura: «No, no moriréis» (v. 4). Luego, la deconstrucción del tentador asume una apariencia creíble: «Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (v. 5). Finalmente, se llega a desacreditar la recomendación paternal de Dios, que estaba dirigida al bien, para seguir la seductora incitación del enemigo: «La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable» (v. 6). Este episodio bíblico revela por tanto un hecho esencial para nuestro razonamiento: ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos.

De lo que se trata, de hecho, es de nuestra codicia. Las fake news se convierten a menudo en virales, es decir, se difunden de modo veloz y difícilmente manejable, no a causa de la lógica de compartir que caracteriza a las redes sociales, sino más bien por la codicia insaciable que se enciende fácilmente en el ser humano.

Las mismas motivaciones económicas y oportunistas de la desinformación tienen su raíz en la sed de poder, de tener y de gozar que en último término nos hace víctimas de un engaño mucho más trágico que el de sus manifestaciones individuales: el del mal que se mueve de falsedad en falsedad para robarnos la libertad del corazón. He aquí porqué educar en la verdad significa educar para saber discernir, valorar y ponderar los deseos y las inclinaciones que se mueven dentro de nosotros, para no encontrarnos privados del bien «cayendo» en cada tentación.

  1. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32)

La continua contaminación a través de un lenguaje engañoso termina por ofuscar la interioridad de la persona. Dostoyevski escribió algo interesante en este sentido: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás.

Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo» (Los hermanos Karamazov, II,2).

Entonces, ¿cómo defendernos? El antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad. En la visión cristiana, la verdad no es sólo una realidad conceptual que se refiere al juicio sobre las cosas, definiéndolas como verdaderas o falsas. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras, «desvelar la realidad», como lleva a pensar el antiguo término griego que la designa, aletheia (de a-lethès, «no escondido»). La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz ‘aman, de la cual procede también el Amén litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, «verdadero», es el Dios vivo. He aquí la afirmación de Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). El hombre, por tanto, descubre y redescubre la verdad cuando la experimenta en sí mismo como fidelidad y fiabilidad de quien lo ama. Sólo esto libera al hombre: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).

Liberación de la falsedad y búsqueda de la relación: he aquí los dos ingredientes que no pueden faltar para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos, dignos de confianza. Para discernir la verdad es preciso distinguir lo que favorece la comunión y promueve el bien, y lo que, por el contrario, tiende a aislar, dividir y contraponer. La verdad, por tanto, no se alcanza realmente cuando se impone como algo extrínseco e impersonal; en cambio, brota de relaciones libres entre las personas, en la escucha recíproca. Además, nunca se deja de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad, también cuando se dicen cosas verdaderas. Una argumentación impecable puede apoyarse sobre hechos innegables, pero si se utiliza para herir a otro y desacreditarlo a los ojos de los demás, por más que parezca justa, no contiene en sí la verdad.

Por sus frutos podemos distinguir la verdad de los enunciados: si suscitan polémica, fomentan divisiones, infunden resignación; o si, por el contrario, llevan a la reflexión consciente y madura, al diálogo constructivo, a una laboriosidad provechosa.

  1. La paz es la verdadera noticia

El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas, personas que, libres de la codicia, están dispuestas a escuchar, y permiten que la verdad emerja a través de la fatiga de un diálogo sincero; personas que, atraídas por el bien, se responsabilizan en el uso del lenguaje. Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias.

Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz.

Por lo tanto, deseo dirigir un llamamiento a promover un periodismo de paz, sin entender con esta expresión un periodismo «buenista» que niegue la existencia de problemas graves y asuma tonos empalagosos. Me refiero, por el contrario, a un periodismo sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos – y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal.

Por eso, inspirándonos en una oración franciscana, podríamos dirigirnos a la Verdad en persona de la siguiente manera:

Señor, haznos instrumentos de tu paz.
Haznos reconocer el mal que se insinúa en una comunicación que no crea comunión.
Haznos capaces de quitar el veneno de nuestros juicios.
Ayúdanos a hablar de los otros como de hermanos y hermanas.
Tú eres fiel y digno de confianza; haz que nuestras palabras sean semillas de bien para el mundo:
donde hay ruido, haz que practiquemos la escucha;
donde hay confusión, haz que inspiremos armonía;
donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad;
donde hay exclusión, haz que llevemos el compartir;
donde hay sensacionalismo, haz que usemos la sobriedad;
donde hay superficialidad, haz que planteemos interrogantes verdaderos;
donde hay prejuicio, haz que suscitemos confianza;
donde hay agresividad, haz que llevemos respeto;
donde hay falsedad, haz que llevemos verdad.
Amén.

Vaticano, 24 de enero de 2018, fiesta de san Francisco de Sales

FRANCISCO

© Librería Editorial Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 13:20  | Habla el Papa
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El Santo Padre ha compartido con los fieles en la Audiencia General, este miércoles 24 de enero de 2018, su experiencia en Chile y en Perú, viaje que realizó del 15 al 21 de enero de 2018, “dos pueblos buenos, buenos…”, ha señalado. (ZENIT – 24 enero 2018)

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Esta catequesis se desarrolla en dos lugares conectados: vosotros aquí, en la Plaza y un grupo de niños, algo enfermos, que están en el Aula. Ellos os verán y vosotros los veréis; así estamos conectados, Saludemos a los niños que están en el Aula: era mejor que no se resfriasen, y por eso están allí.

Hace dos días regrese del viaje apostólico a Chile y Perú. ¡Un aplauso para Chile y Perú! Dos pueblos buenos, buenos… Doy gracias al Señor porque todo ha salido bien: pude encontrar al Pueblo de Dios en camino por esas tierras, -también a los que no están en camino, están algo parados… pero son buena gente- y alentar el desarrollo social de esos países. Renuevo mi gratitud a las autoridades civiles y a los obispos, que me recibieron con tanto cariño y generosidad; así como a todos los colaboradores y voluntarios. Pensad que en cada uno de los dos países había más de 20.000 voluntarios: 20.000 y algunos más en Chile, 20.000 en Perú. Gente buena, la mayoría jóvenes.

Mi llegada a Chile estuvo precedida por varias manifestaciones de protesta por varios motivos, como habéis leído en los periódicos. Y esto hizo que el lema de mi visita fuera aún más actual y vivo: “Mi paz os doy”. Son las palabras que Jesús dirigió a los discípulos, que repetimos en cada Misa: el don de la paz, que solo Jesús muerto y resucitado puede dar a quienes se confían a él. No solamente cada uno de nosotros necesita la paz, también el mundo hoy, en esta tercera guerra mundial a trozos… ¡Por favor, recemos por la paz!

En el encuentro con las autoridades políticas y civiles del país, alenté el camino de la democracia chilena, como un espacio de encuentro solidario y capaz de incluir la diversidad; para ese fin indiqué como método el camino de la escucha: en particular la escucha de los pobres, de los jóvenes y de los ancianos, de los inmigrantes, y también la escucha de la tierra.

En la primera eucaristía, celebrada por la paz y la justicia, resonaron las Bienaventuranzas, especialmente “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Una bendición para testimoniar con el estilo de la proximidad, de la cercanía, del compartir, reforzando así, con la gracia de Cristo, el tejido de la comunidad eclesial y de toda la sociedad.

En este estilo de proximidad cuentan más los gestos que  las palabras, y un gesto importante que pude hacer fue visitar el penitenciario femenino en Santiago: los rostros de esas mujeres, muchas de ellas madres jóvenes, con sus pequeños en brazos, expresaban, a pesar de todo, tanta esperanza. Las animé  a exigir, de ellas mismas y de las instituciones, un serio camino de preparación para la reinserción, como un horizonte que da sentido a la pena diaria. No podemos imaginar una cárcel, cualquier cárcel, sin esta dimensión de la reinserción, porque sin esta esperanza de reinserción social la cárcel es una tortura infinita. En cambio, cuando se trabaja para la reinserción –también los condenados a cadena perpetua pueden reinsertarse- mediante el trabajo de la cárcel a la sociedad, se abre un diálogo. Pero siempre una cárcel debe tener esta dimensión de la reinserción, siempre.

Con los sacerdotes y personas consagradas y con los obispos de Chile, viví dos encuentros muy intensos, todavía más fecundos por el sufrimiento compartido de algunas heridas que afligen a la Iglesia en ese país. En particular, confirmé a mis hermanos en el rechazo de cualquier compromiso con el abuso sexual de menores, y al mismo tiempo en la confianza en Dios, que a través de esta dura prueba purifica y renueva a sus ministros.

Las otras dos misas en Chile se celebraron una en el sur y otra en el norte. La del sur, en Araucanía, la tierra donde viven los indios mapuches, transformó en alegría los dramas y las fatigas de este pueblo, lanzando un llamamiento a una paz que sea armonía de la diversidad y al repudio de toda violencia. La del norte, en Iquique, entre el océano y el desierto, fue un himno al encuentro entre los pueblos, que se expresa de manera singular en la religiosidad popular.

Los encuentros con los jóvenes y con la Universidad Católica de Chile respondieron al desafío crucial de ofrecer un sentido grande a la vida de las nuevas generaciones. Dejé la palabra programática de San Alberto Hurtado a los jóvenes: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Y en la Universidad propuse un modelo de formación integral, que traduce la identidad católica en la capacidad de participar en la construcción de sociedades unidas y plurales, donde los conflictos no se ocultan sino que se gestionan con el diálogo. Siempre hay conflictos: también en casa, siempre los hay. Pero, tratar mal los conflictos es todavía peor. No hay que esconder los conflictos debajo de la cama: los conflictos que salen a la luz, se enfrentan y se resuelven con el diálogo. Pensad en los pequeños conflictos que hay seguramente en vuestra casa: no hay que esconderlos, sino enfrentarlos. Buscad la ocasión y se habla: el conflicto se resuelve así, con el diálogo.

En Perú, el lema de la visita fue: “Unidos por la esperanza”. Unidos no en una uniformidad estéril, todos iguales: esa no es unión; sino en toda la riqueza de las diferencias que heredamos de la historia y la cultura. Un testimonio emblemático de ello fue el encuentro con los pueblos de la Amazonía peruana, que también puso en marcha el itinerario del Sínodo Pan-Amazónico convocado para octubre de 2019, como también lo atestiguan los momentos vividos con la gente de Puerto Maldonado y con los niños del Hogar “El Principito”. Juntos dijimos “no” a la colonización económica y a la colonización ideológica.

Hablando a las autoridades políticas y civiles de Perú, manifesté mi aprecio por el patrimonio ambiental, cultural y espiritual de ese país y me centré en las dos realidades que más lo amenazan: la degradación ecológico-social y la corrupción. No sé si vosotros habéis oído hablar de corrupción… no lo sé… No existe solamente allí. Aquí también y es más peligrosa que la gripe. Se mezcla y arruina los corazones. La corrupción arruina los corazones. Por favor, no a la corrupción. Subrayé que nadie está exento de responsabilidad frente a estas dos plagas y que el compromiso de contrarrestarlas concierne a todos.

Celebré la primera misa pública en Perú en la orilla del océano, cerca de la ciudad de Trujillo, donde la tormenta llamada “Niño costero” golpeó duramente a la población el año pasado. Por eso la alenté a reaccionar frente a ella, pero también ante otras tormentas como el hampa, la falta de educación, de trabajo y vivienda segura. También en Trujillo también conocí a los sacerdotes y consagrados del norte del Perú, compartiendo con ellos la alegría de la llamada y de la misión, y la responsabilidad de la comunión en la Iglesia. Les exhorté  a ser ricos de memoria y fieles a sus raíces. Y entre estas raíces está  la devoción popular a la Virgen María. Siempre en Trujillo tuvo lugar la celebración mariana en la que coroné a la Virgen de la Puerta, proclamándola “Madre de la Misericordia y la Esperanza”.

El último día del viaje, el domingo pasado, se desarrolló en Lima, con un fuerte acento espiritual y eclesial. En el santuario más famoso de Perú, donde se venera el cuadro de la Crucifixión llamado “Señor de los Milagros”, encontré a unas 500 religiosas de clausura, de vida contemplativa: un verdadero “pulmón” de fe y oración para la Iglesia y para toda la sociedad. En la catedral recé una oración especial por la intercesión de los santos peruanos, a la  que siguió el encuentro con los obispos del país, a quienes propuse la figura ejemplar de San Toribio di Mogrovejo.

Asimismo señalé a los jóvenes peruanos a los santos como hombres y mujeres que no perdieron el tiempo en “maquillar” su propia imagen, sino que siguieron a Cristo, que los miró con esperanza. Como siempre, la palabra de Jesús le da pleno significado a todo y así también el Evangelio de la última celebración eucarística resumió el mensaje de Dios a su pueblo en Chile y Perú: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1:15). ). Así – parecía decir el Señor -: recibiréis la paz que os doy y estaréis unidos en mi esperanza. Este es, más o menos, el resumen de este viaje. Oremos por estas dos naciones hermanas, Chile y Perú, para que el Señor las bendiga.

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