Viernes, 09 de marzo de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de la Cuaresma ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe  "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo IV de Cuaresma B

 

              San Juan XXIII llamó a la Iglesia “Madre y Maestra” en un documento memorable. Y eso lo constatamos en este tiempo de Cuaresma: ¡Con cuánta preocupación, con cuánto cuidado, con cuánto acierto, nos prepara la Iglesia, día a día, para la celebrar la Pascua!

              Este domingo nos invita a la alegría, porque esta gran solemnidad se acerca. Es el domingo que, desde antiguo, se llama “Laetare”, “alegraos”. Y la alegría se multiplica hoy a la luz de la Palabra de Dios, que trata de poner delante de nuestros ojos, el amor inmenso, infinito, que Dios nos tiene.

              Cuando uno lee despacio la Sagrada Escritura, siente verdadero asombro al contemplar el afán, el interés, tan grande de Dios por salvar al hombre, porque nos vaya bien, porque seamos felices… Hasta llegar a darnos a su Hijo Unigénito, no “para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”, como escuchamos en el Evangelio de hoy.

              Éste es el último eslabón y el más importante, de esa preciosa cadena de amor con la que el Señor nos “ata a su lado”. S. Alfonso pone en labios de Dios esta expresión: “Desde que existo, te amo”.

              En la primera lectura contemplamos cómo, en medio de las infidelidades del pueblo, Dios le envía avisos por medio de sus mensajeros, los profetas, “porque tenía compasión de su pueblo y de su morada”; hasta que no hubo más remedio, y llega la dura experiencia del destierro de Babilonia; Incluso, nos impresiona cómo Dios se vale de un rey pagano, Ciro, para liberarlo, y para animarle a reconstruir el templo de Jerusalén.

              S. Pablo resume la historia del amor de Dios, diciendo que Él, “rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. 

              En otro lugar, el mismo Apóstol nos dice: “La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8). Y este es el tema de aquella conversación memorable de Jesús con Nicodemo, que nos presenta el Evangelio de este domingo.

               En ella, Jesús le dice:  “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”. Se trata de acoger “la vida eterna” que, iniciada en el tiempo, no termina jamás.

              ¡A esa grandeza, a esa dicha inmensa, nos ha llamado el Señor! Pero eso, ¡no se impone a la fuerza! Ya decía S. Agustín: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

              En concreto, se trata de hacer opción por la luz y no por las tinieblas, como nos advierte el Señor en este texto. Y la historia de cada hombre es una lucha constante entre la luz y las tinieblas, que tiene repercusiones eternas.

              El Señor nos advierte que no se trata sólo de pensar rectamente, sino que la propia conducta influye en nuestro modo de pensar y actuar: “Todo el que obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

              En este sentido, recuerdo que, cuando iba a visitar las escuelas de la parroquia, entre los parvulitos, había algunos niños, que se acercaban, contentos, a enseñarme algún dibujo... ¡Es que pensaban que les había salido bien! ¡Y buscaban la luz del reconocimiento!

              Por eso hoy, al leer y comentar este texto, me acuerdo de aquellos parvulitos.

                                                                      


Publicado por verdenaranja @ 20:38  | Espiritualidad
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