Viernes, 16 de marzo de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Cuaresma B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Párez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 5º de Cuaresma B

 

No conocemos la identidad de aquellos griegos que quieren ver a Jesús. En aquellos tiempos  existían gentiles que practicaban la religión de Israel; el Evangelio de hoy nos presenta a dos de ellos, que vienen a la fiesta de Pascua. ¡Y quieren ver a Jesús! Y se acercan a un discípulo de nombre griego, Felipe, y Felipe y Andrés, que también tiene nombre griego,  van a decírselo a Jesús. La expresión de S. Juan “queremos ver a Jesús”, apunta a algo más que una simple mirada física”, buscan un encuentro con Él.

     Parece como si San Juan quisiera señalar aquí la universalidad de la salvación, que Cristo nos trae. Pero el texto no nos dice nada de lo que pasó con los griegos, sino que nos presenta este hecho como la señal de que ha llegado la “Hora de Jesús”.

     Hasta entonces, todos los intentos de detener a Jesucristo habían fracasado “porque no había llegado su hora”. De este modo manifiesta su poder sobre los acontecimientos y, sobre todo, que a Él nadie le quita la vida, sino que la entrega libremente (Jn 10,18).  

     Y cuando llega su hora, ya no hay vuelta atrás. Cristo habla del significado profundo de su hora con siete imágenes o pequeñas enseñanzas, que nos presenta el Evangelio.

     Ya sabemos que la hora de Jesús es la llegada de su Pasión, Muerte y Resurrección. Su glorificación comienza en la Cruz, porque la Muerte de Cristo no es el final de todo, un fracaso total, del que se ha presentado como el Mesías esperado, sino que es sólo camino, paso, Pascua, “para entrar en su gloria” como dirá a los discípulos de Emaús.

     Su condición humana “se agita” ante un sufrimiento tan terrible, pero su voluntad se inclina ante la voluntad del Padre, porque para eso ha venido. Y se pone en manos del que lo va a glorificar. Por eso, dice: “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”; y también: “Ahora va a ser juzgado el mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera”.

     De esta forma, se establece la nueva alianza de Dios con su pueblo, de la que habla la primera lectura. Y cada vez que celebramos la Eucaristía, se actualiza nuestra alianza con el Padre, en la sangre de Cristo; por eso nuestra participación en la Eucaristía tiene que hacernos mejores, pues renovamos nuestro sí a los mandatos del Señor.

     Por todo ello, Jesús compara su entrega, al grano de trigo, que si quiere  convertirse en una preciosa espiga, tiene que morir, ser transformado en el surco. Al mismo tiempo, nos enseña que recibimos el don de la vida para entregarla, de un modo o de otro, por un camino o por otro; no para “quemarla” en la hoguera de nuestro egoísmo.

     ¡Qué fuerza tiene la expresión “Donde esté yo, allí estará también mi servidor”; Y también, “a quien me sirva, el Padre le premiará!”

     A la victoria, a la glorificación de Cristo por su Misterio Pascual, alude también la segunda lectura cuando dice  que Cristo, “a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte;  y, llevado a la consumación, se ha convertido para los que le obedecen en autor de salvación eterna”.

     En esta semana –llamada durante mucho tiempo “de Pasión”- y en la Semana Santa, se nos invita, se nos urge a “mirar” la Cruz del Señor. Ojalá que esta contemplación nos lleve al encuentro con el Cristo vivo de los sacramentos.

     ¡Y no podemos olvidar que, en nuestros días, siguen existiendo muchos “griegos” que quieren ver a Jesús!                                               

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:24  | Espiritualidad
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