Viernes, 20 de abril de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de la Pascua B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez piñero bajo el epígrafe "DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Pascua B

 

El Domingo del Buen Pastor nos ofrece la oportunidad de contemplar la Pascua desde esta perspectiva concreta. Jesús, dirigiéndose a los fariseos, les habla de su condición de Buen Pastor. De este modo, se identifica con el Dios del Antiguo Testamento, que se presenta, tantas veces, como Pastor del pueblo de Israel.

Jesús se nos manifiesta como el Pastor Bueno, porque hay también pastores malos:  por ejemplo, aquellos fariseos que le escuchan y toda la clase dirigente de Israel, que se han sentado en la “Cátedra de Moisés” (Mt 23,2ss). Recordemos también la enseñanza del profeta Ezequiel sobre los malos pastores (Ez 34,1-25), y la de Jeremías, que nos anuncia pastores según el corazón de Dios (Jer 3,15).

Todos sabemos lo que hace un pastor: cuidar de su rebaño: guía a las ovejas, las cuida y las alimenta. Cura a la enferma, está pendiente de las más débiles, busca a la que se ha perdido. Podríamos decir que atiende a las ovejas, en su conjunto, y a cada una en particular. Pero lo específico de Jesucristo, es llegar hasta “dar la vida” por el rebaño, porque Jesús no es un asalariado a “quien no le importan las ovejas”, como sucedía con los malos pastores.

“Yo soy el buen Pastor –dice- que conozco a las mías  y las mías me conocen… Yo doy mi vida por las ovejas”. Y éstas no son palabras huecas, hiperbólicas, o imaginarias,  porque esto es lo que estamos celebrando en este Tiempo de Pascua. Por eso, la Iglesia, exultante de gozo, proclama este día: "¡Ha resucitado el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya!”

La primera lectura nos presenta a San Pedro, lleno del Espíritu Santo, que dice ante el Sanedrín: “Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar y, bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”.

Y la salvación que Él nos ha obtenido y nos ofrece a todos, no sólo nos libera del pecado y nos reconcilia con Dios Padre, sino que llega hasta el punto de hacernos hijos suyos, como escuchamos en la segunda lectura. San Juan, en efecto, lleno de asombro, escribe: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. ¡Y con todas sus consecuencias!

Todo esto nos llena de una inmensa alegría y nos mueve a la alabanza y a la acción de gracias a Jesucristo y a Dios Padre, que nos lo envió.

Desde hace muchos años se celebra este domingo, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: Jesús, en su ausencia visible, nos invita a todos, a la Iglesia entera, a cooperar con Él, en la hermosa tarea de continuar siendo el Buen Pastor de su pueblo. Pero elige, de una manera particular, a muchos hombres y mujeres, para que dediquen toda su vida, todo su corazón, todo su tiempo…, a esta tarea apasionante. Son los sacerdotes, religiosos, misioneros, consagrados en medio del mundo. Y por eso se llaman “vocaciones de especial consagración al servicio de la Iglesia”.

Y, como es Dios el que llama, el que tiene la iniciativa, se dedica esta Jornada a la oración, para que el Dueño de la mies envíe abundantes obreros –ellos y ellas- a sus campos. Y a todos los miembros de la Iglesia se nos urge, en este día, no sólo a orar, sino también a trabajar para que haya muchas vocaciones; porque el Buen Pastor ha querido contar también con nosotros para hacer resonar su voz en el corazón de los que Él llama. Por eso, la abundancia o escasez de vocaciones depende también de nuestra preocupación, de nuestra oración y de nuestro trabajo.

¡Qué hermosa es la tarea de suscitar en medio de la Iglesia, las vocaciones de especial consagración a su servicio!                    

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:26  | Espiritualidad
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DOMINGO 4º DE PASCUA B       

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

En estos domingos de Pascua escuchamos, en la primera lectura, relatos de los primeros tiempos de la Iglesia. Hoy se nos presenta la respuesta de San Pedro al Sanedrín, con relación a la curación del paralítico del templo, y de la que toma pie para anunciar a Jesucristo como único Salvador.

 SALMO

            Jesús es la piedra que desecharon los arquitectos, y que se ha convertido en la piedra angular, es decir, la más necesaria e importante. Cantemos ahora su alabanza con las palabras del salmo.

 SEGUNDA LECTURA

            Dispongámonos a escuchar ahora unas palabras breves y sencillas, pero muy importantes, que nos invitan a vivir la alegría y la esperanza de nuestra condición de hijos de Dios.

 TERCERA LECTURA

            Jesús es el Pastor bueno, que conoce a sus ovejas y las suyas le conocen. Él ha entregado su vida por su rebaño, y lo cuida con infinito amor. Él ha querido contar con nosotros, para que le ayudemos, en su ausencia visible, en la hermosa tarea de continuar siendo el Pastor bueno de su pueblo.

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya.

 COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos a Jesucristo que, como Pastor bueno de su pueblo, ha muerto y resucitado por nosotros. Él, que nos llama a todos a  trabajar en su viña, invita, especialmente, a algunos hombres y mujeres a una dedicación total a esa misión, como sacerdotes, religiosos, misioneros y consagrados en medio del mundo.

             Pidamos al Señor que nos conceda las vocaciones que necesitamos,  y que, para ello, nosotros estamos dispuestos a colaborar con Él.

 


Publicado por verdenaranja @ 14:19  | Liturgia
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La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar  a las 9:30 horas en la Plaza de San Pedro  donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT  18 abril 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos, en este tiempo de Pascua, la catequesis sobre el Bautismo. El significado del bautismo resalta claramente en su celebración, por lo que nuestra atención se dirige a ella. Si examinamos los gestos y las palabras de la liturgia, nos daremos cuenta de la gracia y del compromiso de este sacramento, que siempre debemos redescubrir. Lo recordamos en la aspersión con agua bendita que se puede hacer los domingos al comienzo de la Misa, así como en la renovación de las promesas bautismales durante la Vigilia Pascual. De hecho, lo que sucede en la celebración del bautismo despierta una dinámica espiritual que atraviesa toda la vida de los bautizados; es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Por lo tanto, regresar a la fuente de la vida cristiana nos lleva a comprender mejor el don recibido en el día de nuestro Bautismo y a renovar el compromiso de responder a él en la condición en que nos encontramos hoy. Renovar el compromiso, comprender mejor este don, que es el bautismo, y recordar el día de nuestro bautismo. El miércoles pasado puse esos deberes para casa y para cada uno de nosotros: Recordar el día del bautismo, el día en que fui bautizado. Sé que algunos de vosotros lo saben, otros, no; aquellos que no lo saben, que lo pregunten a los parientes, a esas personas, padrinos, madrinas… preguntad: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?” .Porque el bautismo es un renacimiento y es como un segundo cumpleaños. ¿Entendido? Haced estos deberes, preguntad: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?”.

En primer lugar, en el rito de recibimiento, se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona. Cuando nos presentamos, inmediatamente decimos nuestro nombre: “Yo me llamo así”, para salir del anonimato; el anónimo es el que no tiene nombre. Para salir del anonimato decimos inmediatamente nuestro nombre. Sin nombre, eres un desconocido, sin derechos ni obligaciones. Dios llama a cada uno por su nombre, amándonos individualmente, en la concreción de nuestra historia. El bautismo enciende la vocación personal de vivir como cristianos, que se desarrollará a lo largo de la vida. E implica una respuesta personal y no prestada, con un “copiar y pegar”. De hecho, la vida cristiana está entrelazada con una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro nombre a lo largo de los años, haciendo resonar de mil maneras su llamada a conformarse a su Hijo Jesús. ¡Así que el nombre es importante! ¡Es muy importante! Los padres piensan en el nombre que quieren  dar a sus hijos ya  antes de que nazcan: esto también forma parte de la espera de un niño que, con su propio nombre, tendrá una identidad original, también para la vida cristiana vinculada a Dios.

Por supuesto, convertirse en cristiano es un don que viene de lo alto  (véase Jn 3: 3-8). La fe no se puede comprar, pero puede pedirse y  puede recibirse como un don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una oración hermosa. ¡Que yo tenga fe!, es una oración hermosa. Se puede pedir como don, pero no se puede comprar. Efectivamente,”el Bautismo es, en primer lugar, el sacramento de la fe con que los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, responden al Evangelio de Cristo. “(Rito del Bautismo de los Niños, Introducción Gen., n. ° 3). La formación de los catecúmenos y la preparación de los padres tienden a suscitar y a despertar una fe sincera en respuesta al Evangelio, así como la escucha de la Palabra de Dios en la misma celebración del bautismo.

Si los catecúmenos adultos manifiestan en persona lo que quieren recibir como don de la Iglesia, los hijos son presentados por sus padres, con los padrinos. El diálogo con ellos les permite expresar la voluntad de que los niños reciban el Bautismo y a la Iglesia la intención de celebrarlo. “Expresión de todo esto es la señal de la cruz, que el celebrante y sus padres trazan en la frente de los niños” (Rito del Bautismo de los Niños, Introd., N. ° 16). “La señal de la cruz expresa el sello de Cristo sobre el que está a punto de pertenecerle y significa la gracia de la redención que Cristo ha adquirido para nosotros a través de su cruz” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1235). En la ceremonia, hacemos a los niños la señal de la cruz Pero me gustaría volver a un tema del que ya os he hablado. ¿Nuestros niños saben cómo hacer bien la señal de la cruz? uchas veces he visto niños que no saben hacer la señal de la cruz. Y tú, padre, madre, abuelos, abuelas, padrinos, madrinas, debéis enseñar a hacer bien la señal de la cruz porque es repetir lo que se hizo en el Bautismo. ¿Lo habéis entendido? Enseñad a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Si lo aprenden de niños, lo harán bien más tarde, cuando crezcan.

La cruz es la insignia que muestra quiénes somos: nuestro hablar, pensar, mirar, trabajar está bajo la señal de la cruz, es decir, bajo el signo del amor de Jesús hasta el final. Los niños son signados en la frente.  A los catecúmenos adultos también se les signan los sentidos, con estas palabras: ” Recibid la señal de la cruz, para que oigáis la voz del Señor”;en los ojos para que veáis la claridad de Dios”, “en la boca, para que respondáis a la palabra de Dios”; “en el pecho para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”, en la espalda para que llevéis el suave yugo de Cristo” (Rito de iniciación cristiana de adultos, n. ° 85). Nos convertimos en cristianos en la medida en que la cruz se imprime en nosotros como una marca de “Pascua” (véase Apocalipsis 14: 1, 22: 4), haciendo visible, incluso exteriormente, la manera cristiana de enfrentar la vida. Hacer la señal de la cruz cuando nos despertamos, antes de las comidas, antes de un peligro, para defendernos del mal, la noche antes de dormir significa decirnos a nosotros mismos y a los demás a quién pertenecemos, quién queremos ser. Por eso es tan importante enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Y, como hacemos cuando entramos en la iglesia, podemos hacerlo también en casa, teniendo un poco de agua bendita –algunas familias lo hacen- en un jarrón pequeño: así que, cada vez que entramos o salimos, haciendo la señal de la cruz con esa agua recordamos que estamos bautizados. Repito, no lo olvidéis, enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz.

© Librería Editorial Vaticano

 


Publicado por verdenaranja @ 14:11  | Habla el Papa
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PASCUA DEL ENFERMO (6 de mayo de 2018)

 

Monición de entrada 

En este VI domingo de Pascua la Iglesia española nos invita a celebrar la Pascua del Enfermo. Una celebración que pone fin a la Campaña del enfermo, iniciada el 11 de febrero con la Jornada Mundial.

El tema de esta Campaña es “Acompañar a la familia en la enfermedad”. Todos vivimos en el marco de una familia, y cuando un miembro enferma, enferma toda la familia.

En esta situación tan delicada y significativa la Iglesia tiene que estar volcada con la familia que sufre, especialmente con aquellas familias que forman parte de la comunidad parroquial, tratando de acompañar, aliviar, y crear las condiciones para que les resulte menos doloroso y difícil.

Pongamos hoy en nuestra oración a todas ellas, especialmente las que conocemos, y pidamos por los que –por tener que cuidar de sus enfermos- no pueden participar en esta Eucaristía.

Que Cristo Resucitado nos impulse en esta preciosa misión.

Con alegría y gozo, iniciamos esta celebración (y acogemos también en ella a los hermanos que van a recibir el Sacramento de la Unción).

  

Rito del Sacramento de la Unción 

Imposición de las manos

El sacerdote, en silencio, les impone las manos. Si el óleo está ya bendecido, dice sobre él la siguiente oración de acción de gracias:

 

Sacerdote: Bendito seas Dios, Padre todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste a tu Hijo al mundo.

Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

Sacerdote: Bendito seas Dios, Hijo unigénito, que te has rebajado haciéndote hombre como nosotros, para curar nuestras enfermedades.

Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

Sacerdote: Bendito seas Dios, Espíritu Santo Defensor, que con tu poder fortaleces la debilidad de nuestro cuerpo.

Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

 

Sacerdote: Mitiga, Señor, los dolores de estos hijos tuyos, a quienes ahora, llenos de fe, vamos a ungir con el óleo santo; haz que se sientan confortados en su enfermedad y aliviados en sus sufrimientos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos: Amén.

 

El sacerdote toma el santo óleo y unge al enfermo en la frente y en las manos, diciendo una sola vez:

 

Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo.

(Cruz en la frente)

R. Amén.

Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad.

(Cruz en la palma de las manos)

R. Amén. 

 

Después dice esta oración:

 

Oremos.

Te rogamos, Redentor nuestro, que por la gracia del Espíritu Santo, cures el dolor de estos enfermos, sanes sus heridas, perdones sus pecados, ahuyentes todo sufrimiento de su cuerpo y de su alma y les devuelvas la salud espiritual y corporal, para que, restablecidos por tu misericordia, se incorporen de nuevo a los quehaceres de su vida. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

Elevemos nuestra oración a Dios Padre, en quien ponemos nuestra confianza. Lo hacemos por mediación de María, salud de los enfermos, respondiendo: 

R. Señor resucitado, escúchanos.

—    Por la Iglesia: para que acoja en su seno a todas las familias y a sus enfermos; y sea una verdadera familia para los que carecen de ella. Oremos.

—    Por nuestros hermanos enfermos: para que, experimentando el misterio del dolor, sientan también la presencia cercana y maternal de la Virgen. Oremos.

—    Por las familias de los enfermos, los profesionales, los voluntarios, y todos aquellos que les atienden y cuidan, para que reciban la fuerza de María y se conviertan para nosotros en un ejemplo de acompañamiento. Oremos.

—    Por todos los religiosos y religiosas, consagrados al servicio de los enfermos y pobres: para que su dedicación y entrega sea reflejo del rostro misericordioso del Padre para quien nos necesite. Oremos.

—    Por nuestra comunidad cristiana: para que se convierta en hogar y familia para todos, especialmente aquellos que están más solos o no tienen una familia a su lado. Oremos.

Escucha, Padre, nuestra oración y danos tu Espíritu de vida, para que nos mostremos siempre más atentos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y nos comprometamos, sin miedo, a acompañarles. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Después de la comunión se puede recitar la siguiente oración por la familia de los enfermos:

 

ORACIÓN POR LA FAMILIA DE LOS ENFERMOS

 

Señor, Tú nos bendices

con el don de la familia. 

Te damos gracias por el amor,

la fuerza y el consuelo

que las familias dan al enfermo.

Vuelve hacia ellas tu mirada

y protégelas cada día. 

Haz que este momento doloroso

sirva para unirlas,

para que sus miembros

se preocupen más unos de otros

y sean capaces de manifestar

más abiertamente su amor mutuo

y su fe en Ti. 

Señor, acompáñalas en su camino

y bendícelas con tu gracia

para que sientan tu cercanía y tu ayuda

mientras cuidan a sus enfermos,

y sufren y gozan con ellos.

Amén.


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Comentario litúrgico del IV Domingo de Pascua por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. abril 17, 2018 14:30   (zenit)

Domingo del Buen Pastor

Ciclo B

Textos: Hech 4, 8-12; 1 Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18 

 

Idea principal: Jesús es nuestro Pastor. 

Síntesis del mensaje: Resumo el mensaje de este domingo con las palabras del beato Monseñor Óscar Romero, próximamente santo, a unos meses de ser asesinado celebrando la santa misa: “Como pastor de esta comunidad, estoy obligado a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas de muerte, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador”.

 

Puntos de la idea principal

En primer lugar, cuando Jesús se define como el buen Pastor está diciendo lo que Homero decía de Agamenón y Jenofonte de Ciro: “Yo soy el conductor de los hombres, el dirigente de las naciones, el salvador del mundo”. Y cuando Jesús añade que todos los demás pastores son unos “asalariados” está diciendo que muchos por ahí que se dicen pastores, guía de pueblos y naciones, dirigentes de comunidades, tanto políticos como religiosos, son unos arribistas, trepadores y galgueadores del dinero, de la vanidad y del poder. Ahora entendemos mejor algunas duras expresiones del papa Francisco cuando recuerda con harta frecuencia al clero para que no seamos mundanos, no busquemos honores ni prestigios ni carrerismo. Y cuando termina Jesús con que, los tales asalariados, en cuanto ven las orejas al lobo, dejan las ovejas y huyen, está dando una descarga durísima contra los jefes políticos y religiosos de su tierra, de su tiempo, de todas las tierras y tiempos de la historia. Basta ver el panorama mundial: ¡quién se enfrenta al lobo del relativismo y consumismo, a la hiena de la malversación de fondos y corrupción, al zorrillo de la ideología del género y manipulación genética! ¡Quién enfrenta a esos gobernantes sin escrúpulos que prometen el oro y el moro, y después nos salen con sus enjuagues y se quedan con la poltrona, el oro y el moro! También es verdad que hay pastores sacerdotes humildes, que se desviven por sus ovejas, y que tal vez nadie les ve, sólo Dios. Pastores que visibilizan a Cristo buen Pastor, con diez o veinte comunidades a atender, que apenas comen y descansan. Pastores entregados las veinticuatro horas a su rebaño. Nunca buscan el brillo ni las alabanzas ni el dinero. Sólo la gloria de Dios y el desgastarse por sus ovejas, que son de Cristo, y no de él. Pero que ese sacerdote las cuida, las alimenta, las defiende, las conoce, las alma y está dispuesto a dar mil veces la vida por ellas. ¡Felicidades, sacerdotes pastores según el corazón de Cristo buen Pastor! 

En segundo lugar, Cristo sí es el buen Pastor, el único Pastor auténtico, el único dirigente honesto y cabal, ejemplo para todos los que tienen una misión de pastorear en la Iglesia, en la sociedad y en las comunidades. A todos los dirigentes de ayer, de hoy y de mañana Cristo Pastor les está diciendo varias cosas: que vivan para su rebaño y no de su rebaño; que cuiden su rebaño y no su sola parcela familiar y sus fans de amigos; que defiendan su rebaño de todo tipo de lobos ideológicos; que esté dispuesto a dar la vida por su rebaño, si fuera necesario, dando a todos trabajo, salud, educación, y evitando en sus vidas la opulencia y el despilfarro, las ganancias desorbitadas, los sueldos escandalosos de funcionarios y parlamentarios centrales o autonómicos, los chalets de lujo, las vidas de sultanes, lo aviones privados…Cristo, único Pastor les grita que tienen que servir y no querer siempre ser servidos. ¡Cuántos sacerdotes viven en clave de servicio su misión de pastores! Vayamos a sus parroquias y veremos las maravillas que Dios hace a través de esos humildes y sacrificados pastores, como lo era san Juan María Vianney, san Rafael Guízar y Valencia, san Felipe Neri y tantos otros. ¡Felicidades, fieles sacerdotes pastores según el corazón de Cristo buen Pastor! 

Finalmente, Cristo Pastor también tiene palabras serias para quienes tenemos una misión en la Iglesia como sacerdotes. Que no seamos funcionarios, ventanilla y “vuelva usted mañana”. Que no seamos burócratas de las cuentas y el papeleo, administrador mecánico de la palabra de Dios y sacramentos rutinarios o postineros, arribista y ansioso de medros y prebendas, que hizo la carrera eclesiástica y a veces hasta el carrerón. Que conozcamos, amemos, alimentemos, defendamos y demos la vida por nuestras ovejas, que no son nuestras, que son de Cristo. Que seamos auténticos sacerdotes pastores, y no sacerdotes secularizados que entienden más de cine y deportes que de Dios, que encabezan reuniones y huelgas, pero no se arrodillan ni estudian ni enseñan a rezar a sus ovejas. Que seamos pastores cuya autoridad nos viene de Cristo para hacer crecer a las ovejas y llevarlas a Él, y no que fustigamos las ovejas con el látigo del autoritarismo. Nuestra autoridad es de servicio y no de mando. Cristo también tendrá palabras de alabanza a esos sacerdotes pastores fieles a su misión, que murieron en el anonimato, pero gastándose día a Dios por su rebaño: “Ven, siervo y pastor fiel…entra al gozo de tu Señor”. 

Para reflexionar: Reflexionemos en este poema-soneto de Lope de Vega:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Para rezar: Señor Jesús, Pastor, reviste mi corazón de las virtudes que adornaron tu vida de pastor: mansedumbre, bondad, ternura, desprendimiento, sacrificio, fortaleza, firmeza para poder llevar tu rebaño hasta el cielo. Te pido por todos los sacerdotes, pastores según tu Corazón, para que te sepan imitar en la entrega a su rebaño. Amén. 

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 13:57  | Espiritualidad
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La audiencia general ha tenido lugar esta mañana a las 9:30  horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 11 abril 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los cincuenta días del tiempo litúrgico pascual son propicios para reflexionar sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene de Cristo mismo. De hecho, somos cristianos en la medida en que permitimos que Jesucristo viva en nosotros. Entonces, ¿desde dónde podemos comenzar a reavivar  esta conciencia si no desde el principio, desde el Sacramento que ha encendido la vida cristiana en nosotros?. Este es el Bautismo. La Pascua de Cristo, con su carga de novedad, nos alcanza a través del Bautismo para transformarnos a su imagen: los bautizados son de Jesucristo, Él es el Señor de su existencia. El bautismo es el “fundamento de toda la vida cristiana” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213). Es el primero de los sacramentos, ya que es la puerta que permite  a Cristo el Señor  tomar morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

El verbo griego “bautizar” significa “sumergir” (véase CIC, 1214). El baño con agua es un ritual común a varias creencias para expresar la transición de una condición a otra, un signo de purificación para un nuevo comienzo. Pero para nosotros, los cristianos, no debe pasar por alto que si es el cuerpo el que se sumerge en el agua, es el alma la que se sumerge en Cristopara recibir el perdón del pecado y resplandecer con la luz divina (cf. Tertuliano, Sobre la resurrección de los muertos, VIII, 3: CCL 2, 931, PL 2, 806). En virtud del Espíritu Santo, el bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando  en la pila bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios y dando vida  al hombre nuevo, recreado en Jesús. En él, todos los hijos de Adán son llamados a una nueva vida. El Bautismo es, pues, un renacimiento. Estoy seguro, segurísimo de que todos nosotros recordamos la fecha de nuestro nacimiento: seguro. Pero yo me pregunto, con algo de duda, y os pregunto a vosotros : ¿Cada uno de nosotros recuerda la fecha de su bautismo? Algunos dicen que sí –está bien-. Pero es un sí algo débil porque quizás muchos no la recuerdan. Pero si celebramos el día en que nacimos ¿por qué no celebrar, o por lo menos recordar, el día del renacimiento? Yo os pongo unos deberes para casa. Los que no se acuerden de la fecha del bautismo, que pregunten a su madre, a los tíos, a los sobrinos, que pregunten: “¿Tú sabes cuál es la fecha de mi bautismo?” . Y no la olvidéis nunca. Y ese día dad gracias al Señor porque es precisamente el día en que Jesús entró en mí, en que el Espíritu Santo entró en mí. ¿Habéis entendido bien los deberes? Todos tenemos que saber la fecha de nuestro bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento. No os olvidéis de hacerlo, por favor.

Recordemos las últimas palabras del Señor Resucitado a los Apóstoles; son un mandato preciso: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). A través del lavacro bautismal, el  que cree en Cristo se sumerge en la misma vida de la Trinidad.

De hecho, no es un agua cualquiera la del Bautismo, sino el  agua sobre la que se invoca el Espíritu que “da vida” (Credo). Pensamos en lo que Jesús dijo a Nicodemo, para explicarle el nacimiento en la vida divina: “El que no nazca de agua y de espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu “(Jn 3: 5-6). Por lo tanto, el bautismo también se llama “regeneración”: creemos que Dios nos ha salvado “según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación  del Espíritu.” (Tito 3: 5).

El bautismo es, por lo tanto, un signo eficaz de renacimiento, para caminar en una nueva vida. San Pablo lo recuerda a los cristianos de Roma: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”(Rom 6: 3-4).

Al sumergirnos en Cristo, el Bautismo también nos hace miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, y partícipes de su misión en el mundo (Cfr. CCC 1213).Nosotros, los bautizados, no estamos aislados: somos miembros del Cuerpo de Cristo.  La vitalidad que fluye de la fuente bautismal se ilustra con estas palabras de Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto”(Jn 15, 5). Una misma vida, la del Espíritu Santo, fluye de Cristo a los bautizados, uniéndolos en un solo Cuerpo (cf. 1 Cor 12:13), con el crisma de la santa unción y alimentado  en  la mesa eucarística.

El bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros  vivir unidos a él, para colaborar en la Iglesia, cada uno según su condición, en la transformación del mundo. Recibido solo una vez, el lavacro bautismal ilumina toda nuestra vida, guiando nuestros pasos hacia la Jerusalén del Cielo. Hay un antes y un después del bautismo. El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien  pide el bautismo. Pero incluso los niños, desde la antigüedad, son bautizados en la fe de sus padres (véase Rito del Bautismo de los Niños, Introducción, 2).  Y  sobre esto quisiera deciros algo. Algunos piensan : pero ¿por qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, a que entienda y sea él mismo el que pida el bautismo . Pero esto significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo y el Espíritu Santo hace que crezcan en ese niño, desde pequeño, virtudes cristianas que florecerán después. Siempre hay que dar a todos esta  oportunidad , a todos los niños, la de tener dentro al Espíritu Santo que los guíe durante la vida. ¡No os olvidéis de bautizar a los niños! Nadie merece el Bautismo, que es siempre un don gratuito para todos, adultos y recién nacidos. Pero como sucede con una semilla llena de vida, este regalo arraiga y da fruto en una tierra alimentada por la fe. Las promesas bautismales que renovamos cada año en la Vigilia Pascual deben ser reavivadas todos los días para que el Bautismo “cristifique”: no hay que tener miedo de esta palabra: el bautismo nos “cristifica”, quien ha recibido el bautismo y es “cristificado”  se asemeja a Cristo , se transforma en Cristo y se hace de verdad otro Cristo.

© Librería Editorial Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 13:43  | Habla el Papa
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Homilía del Papa Francisco en la Eucaristía celebrada con 550 misioneros de la Misericordia, este martes, 10 de abril de 2018, a las 12 horas en el Altar de la Cátedra de la basílica vaticana, tras recibirlos en audiencia en la Sala Regia. (ZENIT – 10 abril 2018)

Hemos escuchado en el Libro de los Hechos: “Los apóstoles con gran poder, daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hechos 4:33).

Todo comienza desde la Resurrección de Jesús: de allí viene el testimonio de los apóstoles y, a través de él, se generan la fe y la vida nueva de los miembros de la comunidad, con su franco estilo evangélico.

Las lecturas de la misa de hoy ponen de manifiesto estos dos aspectos inseparables: el renacimiento personal y la vida de la comunidad. Y ahora, dirigiéndome a vosotros, queridos hermanos, pienso en vuestro ministerio que lleváis cabo desde el Jubileo de la Misericordia. Un ministerio que se mueve en ambas direcciones: al servicio de las personas, para que “renazcan desde lo alto” y al servicio de la comunidad, para que puedan vivir el mandamiento del amor con alegría y coherencia.

Hoy la Palabra de Dios ofrece dos indicaciones que me gustaría brindaros, pensando precisamente en vuestra misión.

El Evangelio recuerda que aquel que está llamado a dar testimonio de la Resurrección de Cristo debe, en primera persona, “nacer de lo alto” (Jn 3, 7). De lo contrario, se termina como Nicodemo que, a pesar de ser un maestro en Israel, no entendía las palabras de Jesús cuando decía  que para “ver el reino de Dios”  hay que  “nacer de lo alto”, nacer “del agua y del Espíritu” (cf. 3-5). Nicodemo no entendía la lógica de Dios, que es la lógica de la gracia, de la misericordia, por la cual  el que se hace pequeño se vuelve grande, el que se hace último pasa a ser el primero, el que  se reconoce enfermo se cura. Esto significa dejar realmente la primacía al Padre, a Jesús y al Espíritu Santo en nuestra vida. Atención: no se trata de convertirse en sacerdotes “poseídos”, casi como si se fuera depositario de un carisma extraordinario. No. Sacerdotes ordinarios, simples, humildes, equilibrados, pero capaces de dejarse regenerar constantemente por el Espíritu, dóciles a su fuerza, interiormente libres,- sobre todo de sí mismos- porque les mueve el “viento” del Espíritu que sopla donde quiere (Jn 3, 8).

La segunda indicación se refiere al servicio a la comunidad: ser sacerdotes capaces de “levantar” en el desierto del mundo el signo de la salvación, es decir, la Cruz de Cristo, como fuente de conversión y renovación para toda la comunidad y para el mundo mismo ( ver Jn 3: 14-15). En particular, me gustaría hacer hincapié en que el Señor muerto y resucitado es la fuerza que crea la comunión en la Iglesia y, a través de la Iglesia, en toda la humanidad. Jesús lo dijo antes de la Pasión: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Esta fuerza de comunión se manifestó desde el principio en la comunidad de Jerusalén donde, -como atestigua el Libro de los Hechos,-  “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma” (4,32). Era una comunión que compartía los bienes de forma concreta, de modo que “todo era en común entre ellos” (v. Ibíd.) Y “no había entre ellos ningún necesitado” (v. 34). Pero este estilo de vida de la comunidad también era “contagioso” para el exterior: la presencia viva del Señor resucitado produce una fuerza de atracción que, a través del testimonio de la Iglesia y de las diversas formas de proclamación de la Buena Nueva, tiende a alcanzar a todos, ninguno excluido. Vosotros, queridos hermanos, poned al servicio de este dinamismo vuestro ministerio específico de Misioneros de la Misericordia. En efecto, tanto la Iglesia como el mundo de hoy tienen una necesidad particular de Misericordia para que la unidad deseada por Dios en Cristo prevalezca sobre la acción negativa del maligno que aprovecha muchos medios actuales, en sí mismos buenos, pero que, mal utilizados, en lugar de unir, dividen. Estamos convencidos de que “la unidad es superior al conflicto” (Evangelii gaudium, 228), pero también sabemos que sin la Misericordia este principio no tiene fuerza para actuarse en lo concreto de la vida y de la historia.

Queridos hermanos, salid de este encuentro con la alegría de ser confirmados en el ministerio de la Misericordia. Antes que nada confirmados en la grata confianza de ser vosotros los primeros llamados a renacer siempre de nuevo “desde lo alto”, desde el amor de Dios. Y al mismo tiempo confirmados en la misión de ofrecer a todos el signo de Jesús “levantado” de la tierra, para que  la comunidad sea signo e instrumento de unidad en medio del mundo.

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Publicado por verdenaranja @ 13:37  | Habla el Papa
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 “¿Reincides en tu pecado? Reincide en la petición de misericordia. Esto es lo que el Papa Francisco lanzó celebrando la Misa dominical de la Octava Pascual, Domingo de la Misericordia, este 8 de abril de 2018, en la Plaza de San Pedro. Rodeado por 550 “Misioneros de la Misericordia”, instituidos en el Jubileo. (ZENIT 08 abril 2018)

En el Evangelio de hoy aparece varias veces el verbo ver: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20); luego, dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor» (v. 25). Pero el Evangelio no describe al Resucitado ni cómo lo vieron; solo hace notar un detalle: «Les enseñó las manos y el costado» (v. 20). Es como si quisiera decirnos que los discípulos reconocieron a Jesús de ese modo: a través de sus llagas. Lo mismo sucedió a Tomás; también él quería ver «en sus manos la señal de los clavos» (v. 25) y después de haber visto creyó (v. 27).

A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor. El Evangelio llama a Tomás «Dídimo» (v. 24), es decir, mellizo, y en su actitud es verdaderamente nuestro hermano mellizo. Porque tampoco para nosotros es suficiente saber que Dios existe; no nos llena la vida un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por más que sea justo y santo. No, tenemos también la necesidad de “ver a Dios”, de palpar que él ha resucitado por nosotros.

¿Cómo podemos verlo? Como los discípulos, a través de sus llagas. Al mirarlas, ellos comprendieron que su amor no era una farsa y que los perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien lo renegó y quien lo abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el amor inmenso que brota de su corazón. Es entender que su corazón palpita por mí, por ti, por cada uno de nosotros. Queridos hermanos y hermanas: Podemos considerarnos y llamarnos cristianos, y hablar de los grandes valores de la fe, pero, como los discípulos, necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría (cf. vv. 19-20) que son más sólidas que cualquier duda.

Tomás, después de haber visto las llagas del Señor, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Quisiera llamar la atención sobre este adjetivo que Tomás repite: mío. Es un adjetivo posesivo y, si reflexionamos, podría parecer fuera de lugar atribuirlo a Dios: ¿Cómo puede Dios ser mío? ¿Cómo puedo hacer mío al Omnipotente? En realidad, diciendo mío no profanamos a Dios, sino que honramos su misericordia, porque él es el que ha querido “hacerse nuestro”. Y como en una historia de amor, le decimos: “Te hiciste hombre por mí, moriste y resucitaste por mí, y entonces no eres solo Dios; eres mi Dios, eres mi vida. En ti he encontrado el amor que buscaba y mucho más de lo que jamás hubiera imaginado”.

Dios no se ofende de ser “nuestro”, porque el amor pide intimidad, la misericordia suplica confianza. Cuando Dios comenzó a dar los diez mandamientos ya decía: «Yo soy el Señor, tu Dios» (Ex 20,2) y reiteraba: «Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (v. 5). He aquí la propuesta de Dios, amante celoso que se presenta como tu Dios. Y la respuesta brota del corazón conmovido de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Entrando hoy en el misterio de Dios a través de las llagas, comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor.

¿Cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar. Pero ir a confesarse parece difícil, porque nos viene la tentación ante Dios de hacer como los discípulos en el Evangelio: atrincherarnos con las puertas cerradas. Ellos lo hacían por miedo y nosotros también tenemos miedo, vergüenza de abrirnos y decir los pecados. Que el Señor nos conceda la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro. Cuando sentimos vergüenza, debemos estar agradecidos: quiere decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal. El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al perdón.

Existe, en cambio, una puerta cerrada ante el perdón del Señor, la de la resignación. La experimentaron los discípulos, que en la Pascua constataban amargamente que todo había vuelto a ser como antes. Estaban todavía allí, en Jerusalén, desalentados; el “capítulo Jesús” parecía terminado y después de tanto tiempo con él nada había cambiado. También nosotros podemos pensar: “Soy cristiano desde hace mucho tiempo y, sin embargo, no cambia nada, cometo siempre los mismos pecados”.

Entonces, desalentados, renunciamos a la misericordia. Pero el Señor nos interpela: “¿No crees que mi misericordia es más grande que tu miseria? ¿Eres reincidente en pecar? Sé reincidente en pedir misericordia, y veremos quién gana”. Además —quien conoce el sacramento del perdón lo sabe—, no es cierto que todo sigue como antes. En cada perdón somos renovados, animados, porque nos sentimos cada vez más amados. Y cuando siendo amados caemos, sentimos más dolor que antes. Es un dolor benéfico, que lentamente nos separa del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es recibir el perdón de Dios y seguir adelante, de perdón en perdón. Así es la vida del cristiano: de vergüenza en vergüenza y de perdón en perdón. Es la vida cristiana.

Además de la vergüenza y la resignación, hay otra puerta cerrada, a veces blindada: nuestro pecado. Cuando cometo un pecado grande, si yo —con toda honestidad— no quiero perdonarme, ¿por qué debe hacerlo Dios? Esta puerta, sin embargo, está cerrada solo de una parte, la nuestra; que para Dios nunca es infranqueable. A él, como enseña el Evangelio, le gusta entrar precisamente “con las puertas cerradas”, cuando todo acceso parece bloqueado. Allí Dios obra maravillas. Él no decide jamás separarse de nosotros, somos nosotros los que le dejamos fuera. Pero cuando nos confesamos acontece lo inaudito: descubrimos que precisamente ese pecado, que nos mantenía alejados del Señor, se convierte en el lugar del encuentro con él. Allí, el Dios herido de amor sale al encuentro de nuestras heridas. Y hace que nuestras llagas miserables sean similares a sus llagas gloriosas. Porque él es misericordia y obra maravillas en nuestras miserias. Pidamos hoy como Tomás la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, en su misericordia nuestra esperanza.

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Viernes, 13 de abril de 2018

Reflexión a las lecturas del tercer domingo de Pascua B ofrecida por el secerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Pascua B

 

¡Realmente los discípulos eran torpes para creer! Lo constatamos  una vez más en el Evangelio de este domingo: Ante la presencia de Cristo Resucitado, se  llenan de miedo por la sorpresa, y creen ver un espíritu. Por eso, Jesús les habla, les explica, les enseña sus manos y sus pies y come delante de ellos, para ayudarles a comprender que realmente había resucitado, que no podía ser un espíritu, que era el mismo que había convivido con ellos, que todo lo sucedido estaba anunciado en todo el Antiguo Testamento.

S. León Magno, Papa en el siglo V, decía que “el Espíritu de la Verdad jamás hubiera permitido que los discípulos dudaran, si no hubiera sido a favor de nuestras dudas”.

Hemos de tener una fe firme, segura, convencida, más allá de toda duda; pero eso tiene su proceso, y lo normal es que, mientras no se llegue a una cierta madurez, surjan dudas y dificultades  para creer.

Con relación a la Resurrección de Cristo, cualquier cristiano podría preguntarse muchas cosas, como, por ejemplo: “¿Cómo saber con certeza que Jesucristo realmente ha resucitado? ¿Los apóstoles lo habrán constatado todo? ¿Habrán visto realmente a Cristo Resucitado o habrá sido todo una ilusión óptica, o una visión, o una sugestión colectiva? ¿Habrán sido ellos los testigos de todo, o será, más bien, que otros se lo contaron y ellos les creyeron y se dedicaron a anunciarlo?”

Sin embargo, cuando contemplamos, en los cuatro evangelios, cómo Jesús va deshaciendo las dificultades de los discípulos para creer, se van deshaciendo también las nuestras, y se va acrecentando la firmeza y la seguridad de nuestra fe. ¡Es lo que sucede este domingo!

Y todo llega a su punto culminante, en la tercera aparición, según el cómputo de San Juan, que escribe: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor” (Jn 21, 12).

Una de las realidades que más repite el Señor en sus apariciones es ésta que leemos en el Evangelio de hoy: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse”. Y dice el Evangelio que “entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escritu-ras…”.

¡Qué importante es eso! ¡Qué necesario es también para nosotros! Hace falta que Jesucristo, por el Espíritu Santo, abra nuestro entendimiento para comprender, cada vez mejor, las Escrituras.

Podemos recordar aquí la célebre oración del Papa Pablo VI implorando el don de la fe, en la que le pide al Señor, entre otras cosas, una fe cierta. Y dice: “Cierta por una exterior congruencia de pruebas, y por un interior testimonio del Espíritu Santo…”

La Muerte y Resurrección de Cristo es, además, el punto de partida de la obra de la salvación; hace falta ahora llevarla a cada ser humano de cada lugar y de cada tiempo. Por eso, les recuerda el Señor lo que estaba escrito: “Que en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.

En la primera lectura constatamos la transformación que se había realizado en los apóstoles. ¡Con qué firmeza y autoridad hablan de la Resurrección del Señor! ¡Es el fruto de las apariciones del Señor Resucitado y de la acción del Espíritu de Pentecostés!

En nuestra época, es necesario que también nuestro testimonio cristiano sea cada vez más firme y más convincente. Para ello, necesitamos ¡una fe cierta, convencida, comprome-tida!

                                                                                                    ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 3º DE PASCUA B                  

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

La lectura, que vamos a escuchar, nos sitúa después de Pentecos-tés, y en relación con la curación del paralítico del templo.

El apóstol Pedro se nos presenta como testigo de la Resurrección, e invita a los oyentes al arrepentimiento y a la conversión. Escuchemos.

 SEGUNDA LECTURA

De la primera carta de S. Juan, escuchamos ahora un mensaje de esperanza: En nuestra ,sacrificado por nuestros pecados.

 TERCERA LECTURA

                        Jesucristo se esfuerza por convencer a sus discípulos de que realmente ha resucitado. Esa experiencia tan viva y la fuerza del Espíritu Santo, harán posible su misión de testigos de la Resurrección y del perdón de los pecados, a todos los pueblos.

                        Pero antes de escuchar el Evangelio, cantemos, de pie, el aleluya.

 COMUNIÓN

                        En la Comunión nos encontramos con Jesucristo, vivo y glorioso. A los que acogen el mensaje de su Resurrección y reciben el perdón de los pecados, el Señor les  alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, para que perseveren en su amor y sean mensajeros, cada vez más convincentes, de su Resurrección.


Publicado por verdenaranja @ 21:15  | Liturgia
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Comentario litúrgico del III Domingo de Pascua por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logosen México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.  (zenit)

DOMINGO 3 DE PASCUA

Ciclo B

Textos: Hech 3, 13-15.17-19; 1 Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48

Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logosen México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

Idea principal: La Pascua nos compromete a una vida nueva en Cristo Jesús, vivo y glorioso entre nosotros.

Síntesis del mensaje: Vida nueva que implica arrepentirnos de nuestros pecados y convertirnos (1ª lectura). Vida nueva de santidad, gracias al perdón de los pecados ofrecido por Cristo como víctima de expiación por nuestros pecados (2ª lectura). Vida nueva que tenemos que transmitir a nuestros hermanos para que vuelvan también a Dios (evangelio).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la Pascua supone un encuentro con el Cristo resucitado y glorioso, a través de la Iglesia, a través de la carne de nuestro hermano en quien palpita la vida divina y a través de los sacramentos, donde dejó su huella invisible y regalos visibles que el Cristo Pascual nos dejó para derramar y compartir con nosotros la vida divina. El cristianismo es justamente el encuentro con una persona viva, Jesucristo, a quien el Padre resucitó venciendo las ataduras del pecado y de la muerte. Ahora bien, el encuentro con Cristo resucitado pide de cada uno de nosotros vivir la vida nueva que Cristo ganó con su muerte y resurrección. Vida nueva que implica arrepentirnos de nuestros pecados, causantes del sufrimiento y muerte de Cristo Jesús; implica dejar nuestra vida antigua y mundana, como tantas veces nos pide el papa Francisco. Este arrepentimiento nos llevará a arrodillarnos ante el sacramento de la Penitencia, donde la sangre de Cristo nos lava, nos purifica, nos santifica y vuelve a brillar en nosotros la vida nueva del Resucitado.

En segundo lugar, esta vida nueva nos lanza a una vida de santidad, que no significa ser inmaculados, sino una lucha contra el pecado en nuestra vida. San Juan en la segunda lectura de hoy nos urge a que no pequemos. El pecado ofende a Dios, ¡qué ingratitud para con nuestro Padre Dios! El pecado ofende a Cristo, ¡qué pena para nuestro Amigo y Redentor! El pecado ofende a la Iglesia, ¡qué falta de amor filial! El pecado ofende nuestra dignidad cristiana, ¡qué vergüenza! Cristo se inmoló como víctima de expiación por nuestros pecados. Por tanto, Él ya destruyó el pecado con su muerte. Lo que tenemos que hacer es cumplir con amor y por amor los mandamientos de Dios, seguirá diciendo san Juan en su carta. Cumpliendo sus mandamientos y nuestros deberes del propio estado estamos demostrando la vida nueva en nosotros, que es la vida de santidad a la que el Papa Francisco nos acaba de invitar en la última exhortación apostólica, recién publicada, titulada: “Gaudete et exsultate”.

Finalmente,la vida nueva no podemos guardarla para nosotros. Tenemos que transmitir a nuestros hermanos esta vida nueva, para que todos los que pasen a nuestro lado también experimenten los efectos de la vida de Cristo resucitado a través de nosotros, de nuestro testimonio y de nuestra palabra. Somos testigos ante el mundo de que Cristo vive, de que ha resucitado, de que está presente en su Iglesia y en cada uno de nosotros que tratamos de llevar una vida santa, llena de caridad y justicia. Así hizo Ignacio de Loyola con Francisco Javier cuando estudiaban en París. Así hizo José Anchieta con los indios cuando vino al Brasil en el siglo. Así hizo Juan Bosco con esos muchachos a quienes les enseñaba artes y ciencia, y por eso gritaba “dame almas, Señor, y quítame lo demás”.Así hizo el cura de Ars al llegar a su parroquia, después de años abandonada al pecado y a la disolución de costumbres. Y así hacen tantos misioneros y misioneras, consagrados y laicos, convencidos de Cristo que se lanzan a predicar el mensaje evangélico, para que nadie quede fuera de la salvación traída por Cristo Jesús, con su muerte y resurrección.

Para reflexionar:  San Pablo resume así la vida nueva de quien ha resucitado con Cristo: “Seréis así limpios e irreprochables; seréis hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala y perversa, entre la cual debéis brillar como lumbreras en medio del mundo, manteniendo con firmeza la palabra de vida” (Flp 2, 15-16).

Reflexionemos también en estas palabras del Papa Francisco en su última exhortación: “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”(Gaudete et exsultate, n.14).

Para rezar: Señor, revísteme de tu vida nueva. Que luche cada día con todo mi ser contra el pecado. Y que contagie a mi alrededor esta vida nueva de santidad.

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 20:38  | Espiritualidad
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Lunes, 09 de abril de 2018

Homilía del papa Francisco durante la misa del Domingo de la Divina Misericordia (Plaza de San Pedro, II domingo de Pascua, 8 de abril de 2018) (AICA)


En el Evangelio de hoy aparece varias veces el verbo ver: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20); luego, dijeron a Tomás: “Hemos visto al Señor” (v. 25). Pero el Evangelio no describe al Resucitado ni cómo lo vieron; solo hace notar un detalle: “Les enseñó las manos y el costado” (v. 20). Es como si quisiera decirnos que los discípulos reconocieron a Jesús de ese modo: a través de sus llagas. Lo mismo sucedió a Tomás; también él quería ver “en sus manos la señal de los clavos” (v. 25) y después de haber visto creyó (v. 27).

A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor. El Evangelio llama a Tomás “Dídimo” (v. 24), es decir, mellizo, y en su actitud es verdaderamente nuestro hermano mellizo. Porque tampoco para nosotros es suficiente saber que Dios existe; no nos llena la vida un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por más que sea justo y santo. No, tenemos también la necesidad de “ver a Dios”, de palpar que él ha resucitado por nosotros.

¿Cómo podemos verlo? Como los discípulos, a través de sus llagas. Al mirarlas, ellos comprendieron que su amor no era una farsa y que los perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien lo renegó y quien lo abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el amor inmenso que brota de su corazón. Es entender que su corazón palpita por mí, por ti, por cada uno de nosotros. Queridos hermanos y hermanas: Podemos considerarnos y llamarnos cristianos, y hablar de los grandes valores de la fe, pero, como los discípulos, necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría (cf. vv. 19- 20) que son más sólidas que cualquier duda.

Tomás, después de haber visto las llagas del Señor, exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” (v. 28). Quisiera llamar la atención sobre este adjetivo que Tomás repite: mío. Es un adjetivo posesivo y, si reflexionamos, podría parecer fuera de lugar atribuirlo a Dios: ¿Cómo puede Dios ser mío? ¿Cómo puedo hacer mío al Omnipotente? En realidad, diciendo mío no profanamos a Dios, sino que honramos su misericordia, porque él es el que ha querido “hacerse nuestro”. Y como en una historia de amor, le decimos: “Te hiciste hombre por mí, moriste y resucitaste por mí, y entonces no eres solo Dios; eres mi Dios, eres mi vida. En ti he encontrado el amor que buscaba y mucho más de lo que jamás hubiera imaginado”.

Dios no se ofende de ser “nuestro”, porque el amor pide intimidad, la misericordia suplica confianza. Cuando Dios comenzó a dar los diez mandamientos ya decía: “Yo soy el Señor, tu Dios” (Ex 20,2) y reiteraba: “Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso” (v. 5). He aquí la propuesta de Dios, amante celoso que se presenta como tu Dios. Y la respuesta brota del corazón conmovido de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Entrando hoy en el misterio de Dios a través de las llagas, comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor.

¿Cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar. Pero ir a confesarse parece difícil, porque nos viene la tentación ante Dios de hacer como los discípulos en el Evangelio: atrincherarnos con las puertas cerradas. Ellos lo hacían por miedo y nosotros también tenemos miedo, vergüenza de abrirnos y decir los pecados. Que el Señor nos conceda la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro. Cuando sentimos vergüenza, debemos estar agradecidos: quiere decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal. El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al perdón.

Existe, en cambio, una puerta cerrada ante el perdón del Señor, la de la resignación. La experimentaron los discípulos, que en la Pascua constataban amargamente que todo había vuelto a ser como antes. Estaban todavía allí, en Jerusalén, desalentados; el “capítulo Jesús” parecía terminado y después de tanto tiempo con él nada había cambiado. También nosotros podemos pensar: “Soy cristiano desde hace mucho tiempo y, sin embargo, no cambia nada, cometo siempre los mismos pecados”. Entonces, desalentados, renunciamos a la misericordia. Pero el Señor nos interpela: “¿No crees que mi misericordia es más grande que tu miseria? ¿Eres reincidente en pecar? Sé reincidente en pedir misericordia, y veremos quién gana”. Además —quien conoce el sacramento del perdón lo sabe—, no es cierto que todo sigue como antes. En cada perdón somos renovados, animados, porque nos sentimos cada vez más amados. Y cuando siendo amados caemos, sentimos más dolor que antes. Es un dolor benéfico, que lentamente nos separa del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es recibir el perdón de Dios y seguir adelante, de perdón en perdón.

Además de la vergüenza y la resignación, hay otra puerta cerrada, a veces blindada: nuestro pecado. Cuando cometo un pecado grande, si yo —con toda honestidad— no quiero perdonarme, ¿por qué debe hacerlo Dios? Esta puerta, sin embargo, está cerrada solo de una parte, la nuestra; que para Dios nunca es infranqueable. A él, como enseña el Evangelio, le gusta entrar precisamente “con las puertas cerradas”, cuando todo acceso parece bloqueado. Allí Dios obra maravillas. Él no decide jamás separarse de nosotros, somos nosotros los que le dejamos fuera. Pero cuando nos confesamos acontece lo inaudito: descubrimos que precisamente ese pecado, que nos mantenía alejados del Señor, se convierte en el lugar del encuentro con él. Allí, el Dios herido de amor sale al encuentro de nuestras heridas. Y hace que nuestras llagas miserables sean similares a sus llagas gloriosas. Porque él es misericordia y obra maravillas en nuestras miserias. Pidamos hoy como Tomás la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, en su misericordia nuestra esperanza.

Francisco


Publicado por verdenaranja @ 20:49  | Habla el Papa
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Resumen de la exhortación apostólica "GAUDETE ET EXULTATE" (AICA)

No es de esperar aquí un tratado académico o doctrinal sobre la santidad. El objetivo de este texto es “hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual.”

Capítulo 1: El llamado a la santidad
Hay muchos tipos de santos. Además de los santos oficialmente reconocidos por la Iglesia, muchas más personas corrientes están escondidas de los libros de historia y aún así, han sido decisivas para cambiar el mundo. Incluyen a muchos cristianos cuyo martirio es un signo de nuestro tiempo. “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio.” La santidad es vivir los misterios de la vida de Cristo, “morir y resucitar constantemente con él,” y reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor. “Permite al Espíritu Santo que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy,” en la misión de construir el reino de amor, justicia y paz universal.

La santidad es tan diversa como la humanidad; el Señor tiene en mente un camino particular para cada creyente, no solamente para el clero, los consagrados, o los que viven una vida contemplativa. Todos estamos llamados a la santidad, cualesquiera que sea nuestro papel, “viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio”, y en las ocupaciones de cada día, vueltos hacia Dios. Entre las formas de dar testimonio están los “estilos femeninos de santidad”, de mujeres santas famosas y también de tantas mujeres “desconocidas u olvidadas” que han transformado sus comunidades. Además de los grandes desafíos, la santidad crece a través de gestos pequeños: rechazando las críticas, escuchando con paciencia y amor, diciendo una palabra amable a una persona pobre.

La santidad te mantiene fiel a lo más profundo de ti mismo, libre de toda forma de esclavitud, y dando fruto en nuestro mundo. La santidad no te hace menos humano, ya que es un encuentro entre tu debilidad y el poder de la gracia de Dios. Pero necesitamos momentos de soledad y de silencio ante Dios, para enfrentarnos a nuestro yo verdadero y dejar entrar a Dios.

Capítulo 2: Dos sutiles enemigos de la santidad
El gnosticismo y el pelagianismo, dos “falsificaciones de la santidad” que surgieron en los primeros siglos cristianos, siguen siendo engañosas. Estas herejías proponen “un inmanentismo antropocéntrico disfrazado de verdad católica” al exagerar la perfección humana desconectada de la gracia.

Los gnósticos no miden la perfección de las personas por su grado de caridad, sino por la cantidad de datos y conocimientos que acumulen. Al separar el intelecto de la carne, reducen las enseñanzas de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo. Pero en realidad, la doctrina “no es un sistema cerrado, privado de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos.” La experiencia cristiana no es un conjunto de elucubraciones mentales, la verdadera sabiduría cristiana nunca debe desconectarse de la misericordia hacia el prójimo.

El mismo poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, los pelagianos comenzaron a atribuirlo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Aunque los pelagianos modernos hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorados, en el fondo suelen transmitir la idea de que todo se puede con la voluntad humana, como si ella fuera algo puro, perfecto, omnipotente, a lo que se añade la gracia. Se pretende ignorar que en esta vida las fragilidades humanas no son sanadas completa y definitivamente por la gracia.

La gracia, precisamente porque supone nuestra naturaleza, no nos hace superhombres de golpe sino que nos toma y transforma de una forma progresiva. Si rechazamos esta manera histórica y progresiva, de hecho podemos llegar a negar y bloquear la gracia del Señor. Su amistad nos supera infinitamente, no puede ser comprada por nosotros con nuestras obras y solo puede ser un regalo de su iniciativa de amor. Solamente a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar más y más.

Cuando sobrevaloran la voluntad humana y sus propias capacidades, algunos cristianos pueden tender hacia una obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. La vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. Ello priva al Evangelio de su sencillez cautivante y su sal, y lo reduce a un proyecto que deja poco espacio a la obra de la gracia.

Capítulo 3: A la luz del Maestro
En las Bienaventuranzas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas. Aquí la palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha. Solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo.

El papa Francisco describe cada una de las Bienaventuranzas y su invitación, concluyendo cada sección:
● “Ser pobre en el corazón, esto es santidad.”
● “Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.”
● “Saber llorar con los demás, esto es santidad.”
● “Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.”
● “Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.”
● “Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.”
● “Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.”
● “Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.”

En el capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), Jesús vuelve a detenerse en una de estas bienaventuranzas, la que declara felices a los misericordiosos. “Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados.” Cuando reconocemos a Cristo en el pobre y en el que sufre, se nos revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas. “El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias.”

Algunas ideologías engañosas nos llevan por un lado a separar estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, convirtiendo así el cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron los santos. Por otro lado, están los que viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si sólo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden.

La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero “igualmente sagrada” es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud. Tampoco la situación de los migrantes ha de considerarse un tema secundario al lado de los temas «serios» de la bioética. Para un cristiano “solo cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos.”

Capítulo 4: Signos de santidad en el mundo de hoy
El Papa se refiere después a “algunos aspectos del llamado a la santidad que espero sean especialmente significativos,” en forma de “cinco grandes expresiones de amor a Dios y al prójimo que considero particularmente importantes a la luz de algunos peligros y limitaciones presentes en la cultura actual.”

1) Perseverancia, paciencia y mansedumbre
Esto describe la fortaleza interior, basada en Dios, que hace posible dar un testimonio de constancia en hacer el bien. Hemos de reconocer y combatir nuestras inclinaciones agresivas y egoístas. Los cristianos “pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros o espacios de intercambio digital.” Los límites pueden sobrepasarse incluso en medios de comunicación católicos, y la difamación y la calumnia pueden convertirse en lugares comunes. “Es llamativo que a veces, pretendiendo defender otros mandamientos, se pasa por alto completamente el octavo: «No levantar falso testimonio ni mentir», y se destroza la imagen ajena sin piedad.”

No nos hace bien mirar desde arriba, colocarnos en el lugar de jueces sin piedad, considerar a los otros como indignos y pretender dar lecciones permanentemente. Esa es una sutil forma de violencia.

Estar en el camino hacia la santidad significa soportar “humillaciones diarias”, por ejemplo, “aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor.” Tal actitud “supone un corazón pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande.”

2) Alegría y sentido del humor
El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Irradian a los demás con un espíritu positivo y esperanzado, incluso en tiempos difíciles. El mal humor no es signo de santidad. La tristeza puede ser una señal de ingratitud por los dones recibidos de Dios. La alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy no brinda una alegría verdadera; el consumismo solo empacha el corazón.

3) Audacia y fervor
La santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. “La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión.” Si nos atrevemos a ir hacia las periferias, encontraremos a Jesús allí, en los corazones de nuestros hermanos, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida.

La Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida. Los santos nos sorprenden, nos desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante. El Espíritu Santo nos hace contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor.

4) En comunidad
La santificación es un camino en el que vivimos y trabajamos en comunidad con otros. Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera. Esto da lugar también a verdaderas experiencias místicas vividas en comunidad. Pero estas experiencias son menos frecuentes y menos importantes que las cosas pequeñas de cada día. Jesús invitaba a sus discípulos a prestar atención a los pequeños detalles: el vino que se acaba en una fiesta, una oveja que faltaba, las dos monedas de una viuda. A veces en medio de esos pequeños detalles se nos regalan experiencias consoladoras de Dios.

5) En oración constante
La oración confiada, cualquiera que sea su duración, es la respuesta de un corazón abierto al encuentro con Dios cara a cara, donde puede escucharse la voz suave del Señor. En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone. Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él siempre.

Dios ha querido entrar en la historia, y así también nuestra oración está tejida de recuerdos. Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia.

La oración de súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. La oración de petición tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La oración de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo.

En la Eucaristía, la Palabra alcanza su máxima eficacia, porque es presencia real del que es la Palabra viva.

Capítulo 5: Combate, vigilancia y discernimiento
El diablo está presente desde las primeras páginas de las Escrituras. No pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. No bajemos la guardia para acabar más expuestos.

Nuestro camino hacia la santidad es un combate constante para el que tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, etc.

El camino hacia la santidad es una fuente de paz y de alegría, que nos da el Espíritu. ¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es a través del discernimiento, que no es lo mismo que la inteligencia y el sentido común, es también un don que hay que pedir. Hoy día, el don del discernimiento se ha vuelto particularmente necesario porque la vida actual ofrece enormes distracciones, y el mundo las presenta como si fueran todas válidas y buenas.

El discernimiento es una gracia. No pertenece sólo a los más inteligentes o a los mejor educados. No requiere habilidades especiales, sino una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. Hemos de discernir los planes de Dios, para no olvidar su invitación a crecer. Por esta razón, pediré a todos los cristianos que examinen diariamente su conciencia en un diálogo sincero con Dios.

Necesitamos el silencio de la oración prolongada para percibir mejor el lenguaje de Dios, para interpretar el significado real de las inspiraciones que creamos haber recibido, para calmar nuestra ansiedad y ver el conjunto de nuestra existencia renovada a la luz de Dios.

Tal actitud de discernimiento implica la obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el “hoy” de la salvación; ya que la rigidez no tiene lugar ante el eterno “hoy” del Señor resucitado.

Dios pide todo de nosotros, y también nos lo da todo. No quiere entrar en nuestras vidas para disminuirlas sino para llevarlas a plenitud. Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar.+


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S?bado, 07 de abril de 2018

Reflexión a las lecturas deldomingo segundo de pascua B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez PIÑERO bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Pascua B

 

En la Iglesia todos somos conscientes de que el acontecimiento de la Resurrección del Señor, con todas sus consecuencias prácticas, no cabe en un solo día y que, por eso, se prolonga durante cincuenta días de alegría y de fiesta en honor de Cristo Resucitado. Y se nos advierte que el problema está en poder mantener durante tanto tiempo, el clima de alegría y de fiesta propio del Tiempo Pascual. ¡Dicen que somos más sensibles y solidarios con el mal que con el bien!

Los cincuenta días  comienzan con la Octava de Pascua: En cada uno de los días de esta primera semana, se celebra la solemnidad de la Resurrección, aunque sean días laborables. Hoy llegamos al octavo día, la Octava de Pascua.

Durante estos días la Liturgia de la Palabra nos ha venido presentando, en el Evangelio, distintas apariciones de Cristo Resucitado, que trata de ayudar a los discípulos a pasar, del temor, a la alegría desbordante; de la torpeza en creer, a la certeza, más allá de toda duda, de que el Crucificado, había resucitado, estaba realmente vivo. En la primera lectura de cada día se nos han venido presentando algunos testimonios de los apóstoles, casi siempre de Pedro, acerca de la Resurrección del Señor.

Al llegar el día octavo, es lógico que el Evangelio nos presente la aparición propia de la Octava, en el que se produce el encuentro del Señor con Tomás, que se rinde a la fe, con unas palabras impresionantes: “¡Señor mío y Dios mío!”

La primera lectura nos presenta, no ya el testimonio de los apóstoles, aunque también haga referencia a ellos, sino más bien, el testimonio de toda la comunidad: ¡Cómo vivían los primeros creyentes en la Resurrección del Señor!

En medio de todo esto, celebramos hoy el Domingo de la Divina Misericordia, instituido por el Papa San Juan Pablo II, que murió –qué coincidencia- la víspera de esta conmemoración. Pero ya, desde antes de la institución de esta Jornada, los textos de la Misa de este día contienen elementos que tratan de la misericordia de Dios: Por ejemplo, la oración colecta comienza diciendo: “Dios de misericordia infinita, que reanimas, con el retorno anual de las fiestas de Pascua, la fe del pueblo a ti consagrado….”

¿Y qué son estas fiestas sino el punto culminante de la manifestación y realización del amor de Dios Padre? “La prueba de que Dios nos ama –escribe S. Pablo- es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros…” (Rom 5, 6-9). Y también: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir por Cristo –estáis salvados por pura gracia-;  nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con Él…” (Ef 2, 4-7).

Esta Jornada, por tanto, constituye una llamada apremiante a contemplar los acontecimientos que estamos celebrando, desde la perspectiva de la misericordia de Dios, de manera que podamos proclamar con el salmo responsorial de los tres ciclos: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Y la misericordia de Dios nos impulsa con fuerza a practicar la misericordia con los hermanos, con el amor, el perdón y la ayuda fraterna. En efecto, estas realidades  deben constituir “la atmósfera”, el espíritu, que envuelve nuestra vida y la vida de nuestras comunidades, si quieren ser verdaderamente cristianas. En definitiva, “la señal” que nos dejó el Señor de la autenticidad de nuestro “ser cristiano” no es otra cosa que el amor a los hermanos (Jn 13, 35).

                      ¡Me parece que la misericordia divina es la clave de la alegría de la Pascua!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 23:04  | Espiritualidad
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DOMINGO II DE PASCUA B 

MONICIONES 

PRIMERA LECTURA

Cada domingo del Tiempo Pascual, recordaremos a las primeras comunidades cristianas. Escuchemos ahora cómo vivían y actuaban los primeros creyentes en la Resurrección del Señor. 

 

SALMO

Proclamamos ahora un salmo eminentemente pascual, que canta la obra maravillosa de la Resurrección de Jesucristo, y que nos invita a la acción de gracias por la bondad y la misericordia de Dios.

  

SEGUNDA LECTURA

Durante el Tiempo Pascual escucharemos este año, fragmentos de la primera carta del Apóstol S. Juan. Hoy nos habla del sentido y del alcance del amor fraterno y de la fe en Jesucristo Resucitado. 

 

TERCERA LECTURA

Escuchemos ahora el Evangelio característico de este  día: la doble aparición de Jesucristo resucitado a los discípulos: La del día de la Resurrección, y la de los ocho días, con especial referencia a la fe de Santo Tomás.

Pero antes de escuchar el Evangelio, cantemos, de pie, el aleluya. 

 

COMUNIÓN

Nuestra fe nos hace descubrir detrás de las especies de pan y vino, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo vivo y glorioso.

Que Él nos ayude a trabajar y a esforzarnos sin cesar por conseguir una fe cada vez más firme y más convencida; más activa y comprometida.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Liturgia
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Reflexión de Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo Emérito de SCLC. 4 abril 2018 (zenit)

 

VER

Leyendo algunos autores, me llama la atención que hablen de un “invierno eclesial”, porque resaltan algo que es verdad: Algunas iglesias europeas se van quedando vacías, sólo participan en las Misas personas mayores y ancianas, hay muy pocas vocaciones sacerdotales y religiosas, el número de quienes se declaran católicos va descendiendo y aumenta el indiferentismo, cosa que también sucede en nuestra América Latina. Esto es innegable, y no se debe sólo a los escándalos por los casos de pederastia clerical, sino sobre todo al ambiente de secularización que se agudizó desde hace décadas.

Sin embargo, hay muchos otros datos que nos demuestran un verano eclesial, por los frutos que estamos constatando en muchas partes. Enumero sólo algunos.

Durante la Semana Santa que acaba de pasar, a mi parroquia natal, que es pequeña, llegaron más de 80 jóvenes misioneros, promovidos por el Instituto “México” de los Hermanos Maristas, y se distribuyeron en diferentes lugares, sufriendo incomodidades y limitaciones, pero entusiastas de poder convivir con el pueblo y compartir el mensaje cristiano. Unos 30 jóvenes y adolescentes nativos de mi pueblo prepararon, durante varias semanas anteriores, una representación de diversas escenas de la Pasión de Jesús, y la llevaron a cabo con ánimo y mucha fe. Soy testigo de sus esfuerzos y sacrificios.

La Conferencia Episcopal Norteamericana informó que, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo, la Confirmación y Primera Comunión, más de 30,000 jóvenes y adultos. Hace dos años, en la misma fecha, bauticé a 70 adultos en Ocosingo. En las tres diócesis de Chiapas, fueron miles, no exagero, los que asumieron la fe católica en la Vigilia Pascual. En estas diócesis, han ido aumentando las vocaciones sacerdotales y religiosas, también indígenas.

De Bolivia, Marcos Jenaro, que colabora con la Conferencia Episcopal en el área de evangelización, me envió este mensaje: “Hemos celebrado como nunca los episodios pascuales de nuestra fe. Jesucristo, Señor de la Vida, de la Historia, del Cosmos, ha sido alabado en todas las lenguas de las etnias que habitan este País. Tiene un sabor especial, manifestar públicamente ser discípulo-misionero de Jesús, en un contexto social de persecución religiosa. Fieles cristianos católicos de urbes, de zonas periurbanas y comunidades rurales han testimoniado su fe y su pertenencia a la Iglesia. Hemos sentido, mínimamente, lo que sintieron nuestros hermanos de la Iglesia Apostólica”.

Fueron miles quienes se acercaron, con ocasión de la Pascua, al sacramento de la reconciliación. Ayer, un sacerdote me platicaba con entusiasmo de su pastoral en cárceles de Toluca. Ya viene el Sínodo mundial sobre la juventud, y se prepara uno especial sobre la Amazonia. Estamos preparando, en el CELAM, el VII Simposio de Teología India sobre Pneumatología y Pueblos Originarios. Etc., etc., etc.

PENSAR

No nos podemos dormir en nuestros laureles, pues también es cierto que hay muchas deficiencias en nuestra Iglesia. En Aparecida reconocimos, hace más de diez años, que hay sombras preocupantes, como cuando dijimos, asumiendo lo dicho por el Papa Benedicto XVI: “Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad. A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 12).

El Papa Francisco, por otra parte, nos invita a celebrar los frutos, no con un corazón tacaño, que sólo ve sombras, sino con fe y esperanza: “La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. La comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien” (EG 24).

ACTUAR

Sin ser ingenuos para no ver los problemas, seamos de mente y corazón abiertos para celebrar la obra del Espíritu Santo entre nosotros. A pesar de nuestros pecados, Jesús sostiene a su Iglesia y la fecunda con su Espíritu. ¡Ánimo y fructuosa Pascua!

 

 


Publicado por verdenaranja @ 22:55  | Hablan los obispos
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El Santo Padre Francisco ha celebrado la Audiencia General esta mañana, a las 9:30 horas en la Plaza de San Pedro, ante miles de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 4 abril 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena Pascua!

Veis que hoy hay flores: las flores dicen gozo, alegría. En algunos lugares Pascua se llama también “Pascua florida” porque florece el Cristo resucitado: es la flor nueva; florece nuestra justificación; florece la santidad de la Iglesia. Por eso, tantas flores: es nuestra alegría. Toda la semana celebramos Pascua, toda la semana. Por eso repetimos, una vez más, todos nosotros , el deseo  de “Buena Pascua”. Digamos juntos: “Buena Pascua”, ¡todos! (Responden: ¡Buena Pascua!). Me gustaría que deseásemos también una Buena Pascua –porque ha sido Obispo de Roma- al querido Papa Benedicto, que nos ve por televisión. Al Papa Benedicto, deseamos todos Buena Pascua. (Todos dicen: Buena Pascua). Y un fuerte aplauso.

Con esta catequesis concluimos el ciclo dedicado a la misa, que es precisamente la conmemoración, pero no solamente como memoria, se vive de nuevo la Pasión y la Resurrección de Jesús. La última vez llegamos a la Comunión y a la oración después de la Comunión. Después de esta oración la misa termina con la bendición impartida por el sacerdote y la despedida del pueblo (véase Instrucción general del Misal Romano, 90). Como había empezado con la señal de la cruz, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, de nuevo es en el nombre de la Trinidad como se sella la misa, es decir, la acción litúrgica.

Sin embargo, sabemos que cuando la misa termina, se abre el compromiso del testimonio cristiano. Los cristianos no van a misa para cumplir con una tarea semanal y luego se olvidan; no. Los cristianos van a misa para participar en la Pasión y Resurrección del Señor y vivir más como cristianos: se abre el compromiso del testimonio cristiano. Dejamos la iglesia para “ir en paz” a llevar la bendición de Dios a las actividades diarias, a nuestros hogares, al  ambiente de trabajo, a las ocupaciones de la ciudad terrenal, “glorificando al Señor con nuestra vida”. Pero si salimos de la iglesia chismorreando y diciendo: “Mira ese, mira ese otro”, con la lengua larga, la misa no ha entrado en mi corazón. ¿Por qué? Porque no soy capaz de vivir el testimonio cristiano. Cada vez que salgo de misa, tengo que salir mejor que cuando entré, con más vida, con más fuerza, con más ganas de dar testimonio cristiano. A través de la Eucaristía, el Señor Jesús entra en nuestro corazón y en nuestra carne, para que podamos “expresar en la vida el sacramento recibido en la fe” (Misal Romano, colecta del lunes de la Octava de Pascua).

De la celebración a la vida, pues, conscientes de que la Misa halla su cumplimiento en las elecciones concretas de los que se dejan involucrar en primera persona en los misterios de Cristo. No debemos olvidar que celebramos la Eucaristía para aprender a ser hombres y mujeres eucarísticos. ¿Qué significa esto? Significa dejar que Cristo actúe en nuestras obras: que sus pensamientos sean nuestros pensamientos, sus sentimientos  nuestros sentimientos,  sus decisiones las nuestras. Eso es la santidad: Hacer como hizo Cristo es la santidad cristiana. San Pablo lo expresa con precisión hablando de su asimilación a Jesús y dice así: “Con Cristo estoy crucificado, y no vivo yo, sino que es  Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gal 2: 19-20). Este es el testimonio cristiano. La experiencia de Pablo también nos ilumina a nosotros: En  la medida en que mortificamos nuestro egoísmo, es decir en que dejamos que muera cuanto se opone al Evangelio y al amor de Jesús, se crea dentro de nosotros un mayor espacio para la potencia de su Espíritu. Los cristianos son hombres y mujeres que se dejan ensanchar el alma con la fuerza del Espíritu Santo, después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¡Dejad que se os ensanche el alma” ¡No esas almas, así de estrechas y cerradas, pequeñas, egoístas ¡no! Almas anchas, almas grandes, con grandes horizontes… Dejaos ensanchar el alma con la fuerza del Espíritu, después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Dado que la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina con la misa (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1374), la Eucaristía se custodia en el sagrario para la comunión de los enfermos y la adoración silenciosa del Señor en el Santísimo Sacramento; de hecho, el culto eucarístico fuera de la misa, ya sea en forma privada o comunitaria, nos ayuda a permanecer en Cristo (cf. ibid., 1378-1380).

Los frutos de la Misa, por lo tanto, están destinados a madurar en la vida cotidiana. Podríamos decir así, forzando algo la imagen: la Misa es como la semilla, la semilla de trigo que después en la vida ordinaria crece, crece y madura en las obras buenas, en las actitudes que hacen que nos parezcamos a Jesús. Los frutos de la Misa, por lo tanto, están destinados a madurar en la vida de cada día. En verdad, al acrecentar nuestra unión con Cristo, la Eucaristía actualiza la gracia que el Espíritu nos ha dado en el Bautismo y la Confirmación, para que nuestro testimonio cristiano sea creíble (véase ibid., 1391-1392).

Todavía más, encendiendo en nuestros corazones el amor divino, ¿Qué hace la Eucaristía? Nos separa del pecado: “Cuanto más compartimos la vida de Cristo, a progresar en su amistad, tanto más difícil es separarnos de Él por el pecado mortal” (ibid, 1395. ).

Participar habitualmente en el banquete eucarístico renueva, fortalece y profundiza el vínculo con la comunidad cristiana a la que pertenecemos, de acuerdo con el principio de que la Eucaristía hace la Iglesia (cf. ibid., 1396), nos une a todos.

Por último, participar en la Eucaristía nos compromete con los demás, especialmente con los pobres, educándonos a pasar de la carne de Cristo a la carne de los hermanos, en los que espera ser por nosotros reconocido, servido, honrado, amado (cf. ibíd., 1397).

Ya que llevamos el tesoro de la unión con Cristo en vasijas de barro (2 Cor 4,7), necesitamos regresar constantemente al santo altar, hasta que, en el paraíso, saboreemos plenamente la felicidad del banquete de las bodas del Cordero (cf. Ap 19.9).

Demos gracias al Señor por el camino de redescubrimiento de la Santa Misa que nos ha concedido cumplir juntos, y dejémonos atraer con renovada fe a este encuentro real con Jesús, muerto y resucitado por nosotros, contemporáneo nuestro. Y que nuestra vida sea siempre “florida”, así, como Pascua, con las flores de la esperanza, de la fe, de las buenas obras. ¡Qué encontremos siempre fuerza para ello en la Eucaristía, en la unión con Jesús! ¡Buena Pascua a todos!

© Librería Editorial Vaticano

 


Publicado por verdenaranja @ 22:48  | Habla el Papa
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Comentario litúrgico 2º Domingo de Pascua por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (ZENIT)

DOMINGO 2º DE PASCUA

Ciclo B

Textos: Hech 4, 32-35; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31

Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

Idea principal: Ver y tocar para creer.

Síntesis del mensaje: Tenemos que agradecer a Tomás ese querer ver y tocar para creer. Encontrarse con un resucitado no es de todos los días como para creerlo sin más. Y menos Tomás, el realista, que no se fiaba de su sombra, para quien un resucitado sería un fantasma de los corrientes.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Tomás me cae muy bien, es de los míos: independiente, realista, desconfiado, segurón, escéptico… Lo que se dice, un hombre de hoy: científico (que pruebas son razones y no buenas afirmaciones), materialista (¡a vivir de los sentidos, que son cuatro días! O como decía mi padre, que en paz descanse, cuando el médico le quiso recetar una dieta espartana: “Para tres días que vivimos, como lo que me da la real gana, y ya”), pesimista (que el mundo va de cráneo y lo peor es siempre lo más seguro). Este Tomás es un tipo tan de hoy. Quiere meter los dedos en las heridas de las manos y del costado. Quiere pisar firme en su vida. No quiere ser ingenuo, ni tontaina, ni bobalicón, ni hablar por boca de ganso, como decimos en español. Quiere seguridades…¿y quién no? Tomás realmente era el portavoz de todos nosotros y de los demás apóstoles, que pensaban y esperaban, creían y dudaban, por igual. Todos pasaron y pasamos nuestras gripes de fe, ninguno cree a pies juntillas que Jesús era Dios. En cuanto le vieron en la cruz decidieron: “Esto ha sido una equivocación; todos a casa, al lago, las redes y las barcas”.

En segundo lugar, ese Tomás, sí dio el salto a la fe. Tomás también creyó. Creyó, pero dolorosamente. Por su carácter segurón se había construido un fortín y allí dentro vivía, sin puerta ni ventanas a la esperanza, la ilusión, la sorpresa, el futuro…no fueran a colársele la desilusión, el fracaso, el sufrimiento. Tenía miedo a creer. Sí creía, pero altaneramente. Tomás creía y les ponía difícil la fe a los demás apóstoles y a nosotros. Nuestra fe no puede ser bobalicona e ingenua, irracional y simplona. ¿Cómo nos propone Tomás a Cristo? Nos lo propone como un Señor vivo … “con heridas”. Sin saberlo, el descreído Tomás (perfecto símbolo de todos nosotros) nos ha mostrado un itinerario de fe que se sale de lo imaginado. A Jesús no lo reconocemos mediante argumentos impecables. Ni siquiera a través de milagros llamativos. A Jesús lo reconocemos … por sus heridas. Sólo cuando metemos la mano en ellas reconocemos que está vivo, que no es un cuento.

Finalmente, a este Tomas y a todos los que somos como él, Jesús nos dice: “Déjate de ti, que eres sólo hombre, y atiéndeme, que soy Dios. Déjate de experimentos y pruebas, que la fe, siendo racional, no es racionalista ni de laboratorio. Déjate de echarle tanta cabeza y échale más corazón, que por ahí va la fe: en esto de la fe, como en lo otro del amor, ‘el corazón tiene sus razones, que la razón no conoce…Es el corazón el que siente a Dios, y no la razón. Y eso es precisamente la fe: Dios sensible al corazón, no a la razón’ (Pascal)”. ¡Dichoso el que así se fía del corazón y así se fía de Dios! ¡Dichoso el que, con verle, se fía de Dios, que nunca dejó a nadie en la estacada. Tú, que dudas, ven al que no duda: que dudas de Dios, ven a Dios que no duda del hombre!

Para reflexionar“Señor mío y Dios mío”. Después de ese profundo acto de fe, Tomás se fue a propagar el evangelio, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado. Preciosas dudas de Tomás que obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: “Dichosos serán los que crean sin ver“. Caminemos de la mano de Tomás,  metamos nuestros dedos en las muchas heridas que el Crucificado sigue teniendo hoy, en nuestros hermanos pobres y necesitados, como ama decir el papa Francisco: “Tocar la carne de Cristo en el pobre”. ¿De qué heridas estamos huyendo? ¿Por qué caminos falsos estamos buscando al Resucitado? Y, curados del escepticismo por la fuerza del sufrimiento, tal vez podamos rendirnos al misterio del Señor que se niega a revelarse en una ecuación matemática, pero que se siente muy a gusto escondido en las células agresivas de un cáncer terminal y en los repliegues de una depresión.

Para rezarSeñor, creo, pero aumenta mi fe. Señor, quiero meter mis dedos en tu costado, en los sacramentos y en mis hermanos más necesitados.

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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Viernes, 06 de abril de 2018

Al mediodía, después de celebrar la misa en la Plaza de San Pedro, el Papa dio la bendición “Urbi et Orbi” a la ciudad y al mundo: esta bendición especial, confiere la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales previstas por la Iglesia, incluida la confesión sacramental y la comunión, incluidos los que siguen la bendición por televisión, radio o Internet, se da en Navidad y Pascua, así como en la elección de un nuevo Papa. (ZENIT – 1 abril 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Pascua! Jesús ha resucitado de entre los muertos.

Junto con el canto del aleluya, resuena en la Iglesia y en todo el mundo, este mensaje: Jesús es el Señor, el Padre lo ha resucitado y él vive para siempre en medio de nosotros.

Jesús mismo había preanunciado su muerte y resurrección con la imagen del grano de trigo. Decía: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Y esto es lo que ha sucedido: Jesús, el grano de trigo sembrado por Dios en los surcos de la tierra, murió víctima del pecado del mundo, permaneció dos días en el sepulcro; pero en su muerte estaba presente toda la potencia del amor de Dios, que se liberó y se manifestó el tercer día, y que hoy celebramos: la Pascua de Cristo Señor

Nosotros, cristianos, creemos y sabemos que la resurrección de Cristo es la verdadera esperanza del mundo, aquella que no defrauda. Es la fuerza del grano de trigo, del amor que se humilla y se da hasta el final, y que renueva realmente el mundo. También hoy esta fuerza produce fruto en los surcos de nuestra historia, marcada por tantas injusticias y violencias. Trae frutos de esperanza y dignidad donde hay miseria y exclusión, donde hay hambre y falta trabajo, a los prófugos y refugiados —tantas veces rechazados por la cultura actual del descarte—, a las víctimas del narcotráfico, de la trata de personas y de las distintas formas de esclavitud de nuestro tiempo.

Y, hoy, nosotros pedimos frutos de paz para el mundo entero, comenzando por la amada y martirizada Siria, cuya población está extenuada por una guerra que no tiene fin. Que la luz de Cristo resucitado ilumine en esta Pascua las conciencias de todos los responsables políticos y militares, para que se ponga fin inmediatamente al exterminio que se está llevando a cabo, se respete el derecho humanitario y se proceda a facilitar el acceso a las ayudas que estos hermanos y hermanas nuestros necesitan urgentemente, asegurando al mismo tiempo las condiciones adecuadas para el regreso de los desplazados.

Invocamos frutos de reconciliación para Tierra Santa, que en estos días también está siendo golpeada por conflictos abiertos que no respetan a los indefensos, para Yemen y para todo el Oriente Próximo, para que el diálogo y el respeto mutuo prevalezcan sobre las divisiones y la violencia. Que nuestros hermanos en Cristo, que sufren frecuentemente abusos y persecuciones, puedan ser testigos luminosos del Resucitado y de la victoria del bien sobre el mal.

Suplicamos en este día frutos de esperanza para cuantos anhelan una vida más digna, sobre todo en aquellas regiones del continente africano que sufren por el hambre, por conflictos endémicos y el terrorismo. Que la paz del Resucitado sane las heridas en Sudán del Sur: abra los corazones al diálogo y a la comprensión mutua. No olvidemos a las víctimas de ese conflicto, especialmente a los niños. Que nunca falte la solidaridad para las numerosas personas obligadas a abandonar sus tierras y privadas del mínimo necesario para vivir.

Imploramos frutos de diálogo para la península coreana, para que las conversaciones en curso promuevan la armonía y la pacificación de la región. Que los que tienen responsabilidades directas actúen con sabiduría y discernimiento para promover el bien del pueblo coreano y construir relaciones de confianza en el seno de la comunidad internacional.

Pedimos frutos de paz para Ucrania, para que se fortalezcan los pasos en favor de la concordia y se faciliten las iniciativas humanitarias que necesita la población.

Suplicamos frutos de consolación para el pueblo venezolano, el cual —como han escrito sus Pastores— vive en una especie de «tierra extranjera» en su propio país. Para que, por la fuerza de la resurrección del Señor Jesús, encuentre la vía justa, pacífica y humana para salir cuanto antes de la crisis política y humanitaria que lo oprime, y no falten la acogida y asistencia a cuantos entre sus hijos están obligados a abandonar su patria.

Traiga Cristo Resucitado frutos de vida nueva para los niños que, a causa de las guerras y el hambre, crecen sin esperanza, carentes de educación y de asistencia sanitaria; y también para los ancianos desechados por la cultura egoísta, que descarta a quien no es «productivo”

Invocamos frutos de sabiduría para los que en todo el mundo tienen responsabilidades políticas, para que respeten siempre la dignidad humana, se esfuercen con dedicación al servicio del bien común y garanticen el desarrollo y la seguridad a los propios ciudadanos.

Queridos hermanos y hermanas,

También a nosotros, como a las mujeres que acudieron al sepulcro, van dirigidas estas palabras: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,5-6). La muerte, la soledad y el miedo ya no son la última palabra. Hay una palabra que va más allá y que solo Dios puede pronunciar: es la palabra de la Resurrección (cf. Juan Pablo II, Palabras al término del Vía Crucis, 18 abril 2003). Ella, con la fuerza del amor de Dios, «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual).

¡Feliz Pascua a todos!

© Librería editorial del Vaticano


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Y yo, hoy, en esta Pascua 2018, ¿qué estoy haciendo?” Esta es la pregunta que hizo el Papa Francisco al celebrar la Misa del Domingo de Pascua el 1 de abril de 2018. Hablando de una abundancia de corazón en su homilía desde la Plaza de San Pedro, el Papa subrayó que “los anuncios de Dios siempre son sorpresas… Dios te sorprende”. (ZENIT – 1 abril 2018)

Después de escuchar la palabra de Dios de este pasaje del Evangelio me nace decir tres cosas.

Primero: El anuncio, allí hay un anuncio: el Señor ha resucitado, ese anuncio que desde los primeros tiempos de los cristianos iba de boca en boca; era el saludo, el Señor ha resucitado. Y las mujeres allí que fueron para ungir el cuerpo del Señor, se encontraron ante una sorpresa, los anuncios de Dios son siempre sorpresas, porque nuestro Dios es el Dios de las sorpresas. Es así desde los inicio de la historia de la salvación, desde nuestro padre Abraham.  Dios te sorprende: “deja tú tierra, ve”. Siempre hay una sorpresa detrás de otra.  Dios no sabe hacer un anuncio sin sorprendernos. Y la sorpresa es lo que nos conmueve el corazón, los que nos toca precisamente allí, donde no lo espera. Para decirlo en el lenguaje de los jóvenes: la sorpresa es un golpe bajo; tú no te la esperas. Y Él va y te conmueve, el primer anuncio hecho, sorpresa.

Segundo: La prisa. Las mujeres corren, van de prisa: “Pero, para decirnos ¡hemos encontrado esto!” las sorpresas de Dios nos ponen en camino, inmediatamente, sin esperar, y así corren para ver. Y Pedro y Juan corren. Los pastores, en la noche de Navidad, corren: “Vamos a Belén a ver lo que nos dijeron los ángeles”.  Y la Samaritana, corre para decir a su gente: “Esto es una novedad: encontré a un hombre que me dijo todo lo que hice”. Y la gente sabía todo lo que ella había hecho. Y esa gente corre, deja lo que está haciendo, también el ama de casa deja las papas en la olla – las encontrará quemadas -pero lo importante es ir, corren, para ver esa sorpresa, el anuncio. También hoy sucede, en nuestros barrios, en nuestros pueblos, cuando sucede algo extraordinario, la gente corre a ver. Ir de prisa. Andres no perdió su tiempo y fue de prisa a lo de Pedro para decir: “Hemos encontrado al Mesías”. Las sorpresas, las buenas noticias, se dan siempre así: de prisa. En el Evangelio, hay uno que se toma un poco de tiempo; no quiere arriesgar. Pero el Señor es bueno y lo espera con amor.

El anuncio sorpresa, la respuesta apresurada y la tercera cosa que quisiera decirles hoy es una pregunta: “¿Y yo qué? ¿Tengo mi corazón abierto a las sorpresas de Dios? ¿Soy capaz de ir de prisa a las sorpresas de Dios? ¿Puedo ir a toda prisa o siempre con este coro? “Pero mañana veré, mañana, mañana?”. ¿Qué me dice la sorpresa? Juan y Pedro fueron corriendo hacía el sepulcro. El Evangelio nos dice de Juan: “Él creyó”. Pedro también: “Él creyó”, pero en cierto modo, con la fe un poco mezclada de remordimiento por haber negado al Señor.

El anuncio sorprende, la carrera, ir corriendo, y la pregunta: “Y yo, hoy, en esta Pascua 2018, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué estás haciendo? ”

© Traducción de Zenit, Raquel Anillo

 


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Este es el texto de la homilía pronunciada por el Papa durante la celebración. (ZENIT – 31 marzo 2018)

Esta celebración la hemos comenzado fuera… inmersos en la oscuridad de la noche y en el frío que la acompaña. Sentimos el peso del silencio ante la muerte del Señor, un silencio en el que cada uno de nosotros puede reconocerse y cala hondo en las hendiduras del corazón del discípulo que ante la cruz se queda sin palabras.

Son las horas del discípulo enmudecido frente al dolor que genera la muerte de Jesús: ¿Qué decir ante tal situación? El discípulo que se queda sin palabras al tomar conciencia de sus reacciones durante las horas cruciales en la vida del Señor: frente a la injusticia que condenó al Maestro, los discípulos hicieron silencio; frente a las calumnias y al falso testimonio que sufrió el Maestro, los discípulos callaron. Durante las horas difíciles y dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de «jugársela» y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron (cfr. Jn 18,25-27).

Es la noche del silencio del discípulo que se encuentra entumecido y paralizado, sin saber hacia dónde ir frente a tantas situaciones dolorosas que lo agobian y rodean. Es el discípulo de hoy, enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos.

Es el discípulo atolondrado por estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza y lo habitúa al «siempre se hizo así». Es el discípulo enmudecido que, abrumado, termina «normalizando» y acostumbrándose a la expresión de Caifás: «¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no perezca la nación entera?» (Jn 11,50).

Y en medio de nuestros silencios, cuando callamos tan contundentemente, entonces las piedras empiezan a gritar (cf. Lc 19,40)[1] y a dejar espacio para el mayor anuncio que jamás la historia haya podido contener en su seno: «No está aquí ha resucitado» (Mt 28,6). La piedra del sepulcro gritó y en su grito anunció para todos un nuevo camino. Fue la creación la primera en hacerse eco del triunfo de la Vida sobre todas las formas que intentaron callar y enmudecer la alegría del evangelio. Fue la piedra del sepulcro la primera en saltar y a su manera entonar un canto de alabanza y admiración, de alegría y de esperanza al que todos somos invitados a tomar parte.

Y si ayer, con las mujeres contemplábamos «al que traspasaron» (Jn 19,36; cf. Za 12,10); hoy con ellas somos invitados a contemplar la tumba vacía y a escuchar las palabras del ángel: «no tengan miedo… ha resucitado» (Mt 28,5-6). Palabras que quieren tocar nuestras convicciones y certezas más hondas, nuestras formas de juzgar y enfrentar los acontecimientos que vivimos a diario; especialmente nuestra manera de relacionarnos con los demás. La tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia. Resucitó de la muerte, resucitó del lugar del que nadie esperaba nada y nos espera —al igual que a las mujeres— para hacernos tomar parte de su obra salvadora.

Este es el fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad. ¡No está aquí…ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad. ¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio!

Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos.

Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos.  Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza.

La piedra del sepulcro tomó parte, las mujeres del evangelio tomaron parte, ahora la invitación va dirigida una vez más a ustedes y a mí: invitación a romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia. Una invitación que va dirigida allí donde estamos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la «cuota de poder» que poseemos. ¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?

¡No está aquí ha resucitado! Y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: No tengas miedo, sígueme.

[1] «Yo os digo: si ellos callan, gritarán las piedras»

© Librería editorial del Vaticano 

 


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La Misa con la que se conmemora la Última Cena del Señor, el Jueves Santo, fue presidida por el Santo Padre, ayer, 29 de marzo de 2018, en la cárcel romana Regina Coeli. (ZENIT – 30 marzo 2018)

Jesús termina su discurso diciendo: «Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis». Lavar los pies. Los pies en aquel tiempo eran lavados por los esclavos. Era un trabajo de los esclavos. La gente recorría las calles, no había asfalto, no había “sampietrini”; en aquel tiempo había polvo en el camino y la gente se ensuciaba los pies. Y en el ingreso de las casas estaban los esclavos que lavaban los pies. Era un trabajo de esclavos pero era un servicio: un servicio hecho por los esclavos. Jesús quiso hacer este servicio para darnos un ejemplo de cómo nosotros tenemos que servirnos los unos a los otros.

Una vez, cuando estaban en camino, dos de los discípulos que querían hacer carrera, pidieron a Jesús ocupar los puestos importantes, uno a su derecha y el otro a la izquierda, (cfr. Mc 10,35-45). Jesús los miró con amor -Jesús siempre miraba con amor – y les dijo: «No saben lo que piden». Los jefes de las naciones – dice Jesús –  “dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad” (v.48) Pensemos, en aquella época de los reyes, emperadores, muchos crueles, que se hacían servir por los esclavos. Entre ustedes – dice Jesús – no debe ser así: el que quiera ser grande, que se haga servidor. El jefe vuestro debe ser vuestro servidor. Jesús revierte la costumbre sólida y cultural de aquella época y también la de hoy. El que manda debe ser un bravo jefe, sea donde sea, debe servir.

Pienso muchas veces – no en este tiempo porque cada uno está vivo todavía y tiene la oportunidad de cambiar de vida y no podemos juzgar – pero pensemos en la historia: si tantos reyes, emperadores, jefes de estado hubieran entendido esta enseñanza de Jesús y en vez de dominar, ser crueles, matar gente, hubieran hecho esto: ¡cuántas guerras se hubieran evitado! El servicio: de verdad que hay gente que no facilita esta actitud, gente soberbia, gente odiosa, gente que tal vez nos desea el mal; pero nosotros estamos llamados a servirlos aún más. Y también hay gente que sufre, que está descartada por la sociedad, al menos por un tiempo, y Jesús va allí para decirles “tú eres importante para mí”. Jesús viene a servirnos, y la señal que Jesús nos sirve hoy aquí, en la cárcel de Regina Coeli, es que ha querido elegir a doce de ustedes para lavarles los pies. Jesús arriesga por cada uno de nosotros. Jesús no se llama Poncio Pilato, no sabe “lavarse las manos”, sabe sólo arriesgar. Miren esta imagen tan bella: Jesús, inclinado entre las espinas, arriesgando herirse para agarrar a la oveja perdida. Hoy yo, que soy pecador como ustedes, pero que represento a Jesús, soy embajador de Jesús. Hoy cuando me incline ante cada uno de ustedes piensen: “Jesús ha arriesgado en este hombre, un pecador, para venir a verme y decirme que me ama”. Éste es el servicio, éste es Jesús: no nos abandona nunca, nunca se cansa de perdonar, nos ama tanto. ¡Miren como arriesga Jesús!

Y así, con este sentimiento, vamos adelante en esta ceremonia que es simbólica. Antes de darnos su Cuerpo y su Sangre, Jesús se arriesga por cada uno de nosotros, y arriesga en el servicio porque nos ama tanto.

Palabras del Papa en el gesto de la paz

Y ahora, todos nosotros – estoy seguro que todos nosotros- tenemos el deseo de estar en paz con todos. Pero en nuestros corazones hay tantos sentimientos contrastantes. Es fácil estar en paz con aquellos que amamos y con aquellos que nos hacen bien; pero no es fácil estar en paz con aquellos que nos han hecho mal, que no nos aman, con quienes estamos enemistados. En silencio, un momento, que cada uno piense en quienes nos quieren y a quienes queremos, y también cada uno de nosotros piense en los que no nos quieren y también en los que no queremos, y también, es más, de quienes querríamos vengarnos. Y le pedimos al Señor, en silencio, la gracia de dar a todos, buenos y malos, el don de la paz.


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El predicador de la Casa Pontificia, P. Raniero Cantalamessa, ha pronunciado la homilía de la celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. (ZENIT – 30 marzo 2018)

«QUIEN LO HA VISTO DA TESTIMONIO DE ELLO» 

Predicación del Viernes Santo 2018, en la Basílica de San Pedro 

 

Al llegar donde estaba Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados con una lanza le atravesó el costado, e inmediatamente salió sangre y agua. Quien lo ha visto da testimonio de ello y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis (Jn 19, 33-35).

Nadie podrá nunca convencernos de que esta solemne declaración no corresponda a la verdad histórica, que quien dice que estaba allí y vio, en realidad no estaba allí y no vio. En este caso se juega en ello la honestidad del autor. En el Calvario, a los pies de la cruz, estaba la Madre de Jesús y, junto a ella, «el discípulo que Jesús amaba». ¡Tenemos un testigo ocular!

Él «vio» no sólo lo que ocurría bajo la mirada de todos. A la luz del Espíritu Santo, después de la Pascua, vio también el sentido de lo que había sucedido: que en ese momento era inmolado el verdadero Cordero de Dios y se realizaba el sentido de la Pascua antigua; que Cristo en la cruz era el nuevo templo de Dios, de cuyo costado, como había predicho el profeta Ezequiel (47,1ss.), brota el agua de la vida; que el espíritu que él entrega en el momento de la muerte (Jn 19, 30) da comienzo a la nueva creación, como «el Espíritu de Dios», aleteando sobre las aguas había transformado, al principio, el caos en el cosmos. Juan, entendió el sentido recóndito de las últimas palabras de Jesús: «Todo está cumplido».

Pero, ¿por qué —nos preguntamos—, esta ilimitada concentración de significado en la cruz de Cristo? ¿Por qué esta omnipresencia del Crucificado en nuestras iglesias, en los altares y en cualquier lugar frecuentado por cristianos? Alguien ha sugerido una clave de lectura del misterio cristiano, diciendo que Dios se revela «sub contraria specie», bajo lo contrario de lo que él es en realidad: revela su potencia en la debilidad, su sabiduría en la necedad, su riqueza en la pobreza…

Esta clave de lectura no se aplica a la cruz. En la cruz Dios se revela «sub propia specie», por lo que él es, en su realidad más íntima y más verdadera. «Dios es amor», escribe Juan (1 Jn 4,10), amor oblativo, y sólo en la cruz se hace manifiesto hasta dónde se abre paso esta capacidad infinita de auto-donación de Dios. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); «Tanto amó Dios al mundo que dio (¡a la muerte!) al Hijo unigénito» (Jn 3,16); «Me amó y entregó (¡a la muerte!) a sí mismo por mí» (Gál 2,20).

* * *

En el año en que la Iglesia celebra un Sínodo sobre los jóvenes y quiere ponerlos en el centro de la propia preocupación pastoral, la presencia en el Calvario del discípulo que Jesús amaba, encierra un mensaje especial. Tenemos todos los motivos para creer que Juan se adhirió a Jesús cuando todavía era bastante joven. Fue un auténtico enamoramiento. Todo el resto pasó de golpe a segunda línea. Fue un encuentro «personal», existencial. Si en el centro del pensamiento de Pablo está el obrar de Jesús, su misterio pascual de muerte y resurrección, en el centro del pensamiento de Juan está el ser, la persona de Jesús. De ahí todos esos «Yo soy» de resonancias eternas que salpican su Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», «Yo soy la luz», «Yo soy la puerta», simplemente «Yo soy».

Juan era, casi con certeza, uno de los dos discípulos del Bautista que, al comparecer en la escena de Jesús, fueron detrás de él. A su pregunta: «Rabbì, ¿dónde vives?», Jesús respondió: «Venid y veréis». «Fueron, pues, y ese día se quedaron con él; eran aproximadamente las cuatro de la tarde» (Jn 1,35-39). Esa hora decidió sobre su vida y por eso nunca la olvidó.

Justamente nos esforzaremos en este año por descubrir qué espera Cristo de los jóvenes, qué pueden dar a la Iglesia y a la sociedad. Lo más importante, sin embargo, es otra cosa: es hacer conocer a los jóvenes lo que Jesús tiene que aportarles. Juan lo descubrió estando con él: «vida en abundancia», «alegría plena».

Hagamos que en todos los discursos sobre los jóvenes y a los jóvenes resuene en el trasfondo la apremiante invitación del Santo Padre en la Evangelii gaudium: «Invito a todo cristiano, en cualquier lugar y situación que se encuentre, a renovar hoy mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de buscarlo cada día sin descanso. No hay motivo para que alguien pueda pensar que esta invitación no es para él» (EG 3). Encontrar personalmente a Cristo también es posible hoy porque él está resucitado; es una persona viva, no un personaje. Todo es posible después de este encuentro personal; nada cambiará realmente en la vida sin él.

* * *

Además del ejemplo de su vida, el evangelista Juan dejó también un mensaje escrito a los jóvenes. En su Primera Carta leemos estas conmovedoras palabras de un anciano a los jóvenes de sus Iglesias:

«Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno. ¡No améis el mundo, ni las cosas del mundo!» (1 Jn 2,14-15)

El mundo que no debemos amar, y al cual no debemos someternos, no es, lo sabemos, el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del mundo a cuyo encuentro, por el contrario, siempre debemos ir, especialmente a los pobres, a los últimos. El «mezclarse» con este mundo del sufrimiento y de la marginación es, paradójicamente, el mejor modo de «separarse» del mundo, porque es ir allá donde el mundo evita ir con todas sus fuerzas. Es separase del principio mismo que rige el mundo, es decir, el egoísmo.

No, el mundo que no hay que amar es otro; es el mundo tal como ha llegado a ser bajo el dominio de Satanás y del pecado, «el espíritu que está en el aire» lo llama san Pablo (Ef 2,1-2). Un papel decisivo desempeña en él la opinión pública, hoy también literalmente espíritu «que está en el aire» porque se difunde por el aire a través de las infinitas posibilidades de la técnica. «Se determina un espíritu de gran intensidad histórica, al que el individuo difícilmente se puede sustraer. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él es considerado cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces no se osa ya situarse frente a las cosas y a la situación, y sobre todo a la vida, de manera diferente a como las presenta»1.

Es lo que llamamos adaptación al espíritu de los tiempos, conformismo. Un gran poeta creyente del siglo pasado, T.S. Eliot, escribió tres versos que dicen más que libros enteros: «En un mundo de fugitivos, la persona que toma la dirección opuesta parecerá un desertor»2.

Queridos jóvenes cristianos, si se le permite a un anciano como Juan dirigirse directamente a vosotros, os exhorto: ¡Sed de los que toman la dirección opuesta! ¡Tened la valentía de ir contra corriente! La dirección opuesta, para nosotros, no es un lugar, es una persona, es Jesús nuestro amigo y redentor.

Se os confía particularmente una tarea a vosotros: salvar el amor humano de la deriva trágica en la que ha terminado: el amor que ya no es don de sí, sino sólo posesión —a menudo violenta y tiránica— del otro. En la cruz Dios se reveló como ágape, amor que se dona. Pero el ágape nunca está separado del eros, del amor de búsqueda, del deseo y de la alegría de ser amado. Dios no nos hace sólo la «caridad» de amarnos: nos desea; en toda la Biblia se revela como esposo enamorado y celoso. También el suyo es un amor «erótico», en el sentido noble de este término. Es lo que explicó Benedicto XVI en la encíclica «Deus caritas est».

«Eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente […]. La fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones» (nn.7-8).

No se trata, pues, de renunciar a las alegrías del amor, a la atracción y al eros, sino de saber unir al eros el ágape, al deseo del otro, la capacidad de darse al otro, recordando lo que san Pablo refiere como un dicho de Jesús: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).

Es una capacidad que no se forja en un día. Es necesario prepararse para donarse totalmente uno mismo a otra criatura en el matrimonio, o a Dios en la vida consagrada, empezando por donar el propio tiempo, la sonrisa y la propia juventud en la familia, en la parroquia, en el voluntariado. Lo que muchos de vosotros silenciosamente hacéis.

Jesús en la cruz no sólo nos ha dado el ejemplo de un amor de donación llevado hasta el extremo; nos ha merecido la gracia de poderlo ejercitar, en pequeña parte, en nuestra vida. El agua y la sangre que brotaron de su costado llegan a nosotros hoy en los sacramentos de la Iglesia, en la Palabra, aunque sólo mirando con fe al Crucificado. Juan vio proféticamente una última cosa bajo la cruz: hombres y mujeres de todo tiempo y de cada lugar que miraban a «quien fue traspasado» y lloraba de arrepentimiento y de consuelo (cf. Jn 19, 37; Zac 12,10). A ellos nos unimos también nosotros en los gestos litúrgicos que seguirán dentro de poco.

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[1] H. Schlier, Demoni e spiriti maligni nel Nuovo Testamento, in Riflessioni sul Nuovo Testamento (Paideia, Brescia 1976) 194s.

[2] T. S. Eliot, Family Reunion, part II, sc. 2: «In a world of fugitives – The person taking the opposite direction – Will appear to run away».

© Traducción del original italiano Pablo Cervera Barranco

 


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