Viernes, 27 de noviembre de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo primero de Adviento B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 1º de Adviento B

 

Este domingo se hace necesario un esfuerzo de adaptación a la vida litúrgica de la Iglesia, porque estos días, en medio del acontecer normal de nuestra existencia, se produce un hecho muy importante: termina un Año Litúrgico y comienza otro, que llamamos Ciclo II o B. Dejamos al evangelista S. Mateo, que nos ha acompañado en las celebraciones de este año, y acogemos con veneración y afecto, a San Marcos.

Un nuevo Año Litúrgico, es decir, un nuevo recorrido por las distintas celebraciones litúrgicas de la Iglesia, constituye un gran don, que Dios nos hace. Y hemos de acogerlo con  gratitud y con ilusión: con los mejores deseos de aprovecharlo al máximo.

Y comenzamos por el Tiempo de Adviento, por nuestra preparación para la Navidad; ¡porque esta fiesta hay que prepararla intensamente! Una fiesta que no se prepara, o no se celebra o sale mal. ¡Y la Navidad es la segunda fiesta en importancia después de la Pascua! Para ello, se nos van ofreciendo cada día, los medios oportunos, para que lleguemos a las celebraciones que se acercan, bien preparados,  bien dispuestos.  En una de las  oraciones de Adviento  le decimos al Señor que la Navidad  es celebrar la alegría de un gran acontecimiento de salvación y que nos conceda celebrarla “con solemnidad y con júbilo desbordante”.

Comenzamos este Tiempo, recordando que siempre, de algún modo, estamos en Adviento, porque siempre estamos a la espera de la Venida Gloriosa del Señor, como  hemos venido recordando y celebrando las tres últimas semanas del Tiempo Ordinario, y continuaremos haciéndolo las dos primeras semanas de Adviento, concretamente, hasta el día 17 de Diciembre, en que comienzan “las ferias mayores de Adviento”, la preparación inmediata para la Navidad.

En el Evangelio de este domingo, Jesucristo nos advierte que tenemos que vivir siempre a la espera, porque no sabemos cuándo vendrá  “el señor de la casa” que quiere encontrarnos en la tarea, que nos ha señalado.

Jesús se vale de una comparación sencilla: un hombre se va de viaje y deja a cada uno de los criados su tarea,  encargándole al portero que permaneciera a en vela.

De igual modo, el día de la Ascensión Jesucristo se marchó visiblemente al Cielo y volverá (Hch 1, 9-12). Y nos ha dejado la tarea de extender su Reino por el mundo entero.  

Hoy nos advierte que llegará inesperadamente, y puede que nos encuentre sin hacer nada, o, incluso, dormidos. Y es que los acontecimientos importantes e, incluso, muchos  menos importantes de esta vida, tienen fecha: día y hora. Sin embargo, el acontecimiento más trascendental  de todos, no la tiene.

De este modo, todas las generaciones cristianas  pueden tener la experiencia de estar a la espera de la Venida del Señor. ¡La Vuelta imprevista de Cristo puede ser mañana o puede ser dentro de un miles de años. No lo sabemos! ¡Y hay tanta gente despistada, que no sabe nada de esto, ni le interesa! ¡Hay tanta gente dormida!:  “¿Simón duermes?” dijo el Señor a Simón Pedro, en el Huerto de los Olivos, cuando los discípulos, en lugar de velar en oración, dormían (Mc 14,37).  Lo mismo lo podría decir hoy, y, de hecho, lo dice de tantos cristianos, que somos por naturaleza “discípulos misioneros” del Reino de Dios, ¡y, a pesar de ello, andamos dormidos!

Al comenzar este Tiempo hacemos nuestra  la súplica de aquellos israelitas, que acababan de llegar del destierro (1ª Lect.): “Ojalá rasgases el Cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia”.  

De todos modos, Pablo nos advierte este domingo (2ª Lect.) que no carecemos de ningún don los que aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Por todo ello, proclamemos con el salmo responsorial de hoy: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO B

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                El libro de Isaías nos presenta la lamentación del pueblo de Israel, que llega del destierro de Babilonia, y se encuentra con un país desolado; En esas circunstancias, acude al Señor reconociendo sus pecados y solicitando su misericordia.

 

SALMO RESPONSORIAL

                También nosotros necesitamos la ayuda de Dios, especialmente, ahora, al comenzar un nuevo Año Litúrgico, por el tiempo de Adviento, que nos  prepara para la Navidad.               

 

SEGUNDA LECTURA

                San Pablo nos recuerda que, mientras esperamos la Venida definitiva del Señor, hemos sido enriquecidos en todo. No carecemos de ningún don. Y Dios es fiel. No lo olvidemos. 

 

TERCERA LECTURA

                El Evangelio de hoy es una fuerte llamada a permanecer vigilantes, pues no sabemos cuándo vendrá “el señor de la casa”.

                Aclamemos al Señor, que viene, con el canto del aleluya 

 

COMUNIÓN

                El Señor, que vino a Belén y que ahora esperamos en su Segunda Venida, está realmente presente en medio de nosotros, aunque de manera invisible. Él nos sostiene en nuestra espera hasta que vuelva visiblemente, lleno de gloria. Es lo que experimentamos ahora, en la Comunión.


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Jueves, 26 de noviembre de 2020

Comentario del Evangelio del primer domingo de Adviento B, 29 de noviembre de 2020, Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, escrito por el padre Antonio Rivero L.C.  Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (ZENIT)

DOMINGO I DE ADVIENTO

Ciclo B

Textos: Is 63, 16-17.19; 64, 2-7; 1 Co 1, 3-9; Mc 13, 33-37

Introducción: Desde hoy hasta el día del Bautismo del Señor, el domingo siguiente a la Epifanía, recorreremos con la fe y el amor seis semanas litúrgicas de “tiempo fuerte” en que celebramos la Buena Noticia: la venida del Señor.

Adviento es un tiempo anual para contemplar la venida de Cristo al mundo, esperarla, desearla, prepararla en nuestras vidas y, en definitiva, a celebrarla. La venida histórica de Cristo, que conmemoramos en la Navidad, deja en nosotros el anhelo de una venida más plena.

Por eso decimos que el Adviento celebra una triple venida del Señor: (1) la histórica, cuando asumió nuestra misma carne para hacer presente en el mundo la Buena Noticia de Dios; (2) la que se realiza ahora, cada día, a través de la Eucaristía y de los demás sacramentos, y a través de tantos signos de su presencia, comenzando por el signo de los hermanos, y de los hermanos pobres; (3) y finalmente, la venida definitiva, al final de los tiempos, cuando llegará a plenitud el Reino de Dios en la vida eterna.

¿Qué necesitamos? Estar atentos y vigilantes en la esperanza, preparar y limpiar el corazón, y acogerlo con alegría, como Juan Bautista, María y José. ¡Ven, Señor Jesús, y no tardes!

Idea principal: ¡Alertas! ¡Velad!

Síntesis del mensaje: Nuestro Amo, que se ha ido de viaje y a quien vemos con la fe, puede volver a casa en cualquier momento. Nosotros, servidores de este Amo, debemos estar preparados (evangelio) para recibirle cuando llegue y darle cuenta de la administración de los bienes y dones de su viña (segunda lectura y salmo) que nos confió con tanta confianza y amor. No endurezcamos nuestro corazón, alejándonos de sus mandamientos y consignas dadas para la fiel administración de estos bienes (primera lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¡alertas y velad!, preparémonos para la Parusía, que será la manifestación gloriosa del Señor al fin de los tiempos. ¡Maranatha, ven, Señor Jesús! Era el grito de los primeros cristianos, proclamando su fe y esperanza en Jesús resucitado junto con el deseo de que el Señor se mostrase públicamente como Rey de la Iglesia, de las naciones y del universo, como juez que da la victoria a los buenos y permite el derrumbe de los malos.

La Iglesia, y nosotros con ella, espera este acontecimiento con impaciencia, anhela ansiosamente el Adviento final, la redención consumada, en retorno en gloria, el día del Señor, el fin del exilio y la entrada definitiva en la eternidad.

La Iglesia-esposa nunca deja de suspirar por sus bodas eternas, nunca se cansa de anhelar su encuentro definitivo con el Esposo, tal como lo deja transparentar en los textos de la liturgia del Adviento: no tardes, ya se acerca, ya está ahí. ¿Con qué actitudes debemos prepararnos para este Adviento final?

Con la esperanza gozosa, fijos nuestros ojos en la eternidad, agradecidos en el corazón por todos los bienes que Dios, dueño de nuestra viña, ha puesto en nuestras manos y con el esfuerzo en cuidarlos y hacerlos producir en obras de caridad, justicia, humildad y pureza (primera lectura y salmo).

En segundo lugar, ¡alertas y velad!, preparémonos para conmemorar un año más la Navidad y renovarla en nuestro corazón. ¿Con qué actitudes? Dado que la Navidad condensa en sí misma el pasado (Belén) y el futuro (parusía), tenemos que vivirla en la firmeza de la fe que nos llevará a la vigilancia y sobriedad (evangelio).

Primero, firmes en la fe para no dejarnos llevar por el oleaje de las falsas ideologías y los errores del tiempo (ideología del género, manipulación del lenguaje genético, confusión doctrinal deliberada, proclive al inmanentismo y al mito del progreso indefinido y del paraíso en la tierra…) y no perder nunca de vista la patria definitiva.

Y segundo, siendo sobrios y vigilantes para usar y no abusar de las cosas de este mundo, no echar raíces demasiado querenciosas en esta tierra, porque la figura de este mundo desaparece. Así pasaremos por los bienes temporales sin perder los eternos.

Finalmente, ¡alertas y velad!, preparémonos para descubrir la venida escondida de Cristo en ese pobre que encontramos en nuestro camino o que toca la puerta de nuestra casa; en ese hermano que nos hirió, en esa cruz de la enfermedad que se clavó en nuestro cuerpo, en esa noche oscura de nuestra alma cuando no vemos perspectiva en la vida o no sentimos a Dios.

¿Con qué actitudes prepararnos para descubrir la venida de Cristo aquí? Estemos con los ojos de buenos samaritanos abiertos, con el corazón sensible que capta como un sismógrafo los latidos del necesitado y con las manos abiertas a la caridad efectiva y generosa.

Para reflexionar: ¿Cómo debo vivir el Adviento? ¿Cómo ayudar a vivir el Adviento a mis familiares y amigos? ¿Qué regalo quiero llevar a Cristo en Navidad que le haga sonreír?

Para rezar: Ven, Señor Jesús, ven a nuestros corazones, renaciendo en la fiesta de Navidad. Ven al fin de los tiempos, clausurando la historia del mundo con tu amor. Pero ven también ahora en la Eucaristía, en este sacramento que debemos celebrar “hasta que vuelvas”.

Y cuando entres en nuestras almas deposita la semilla de la esperanza. Haz que no saquemos el pasaporte definitivo en este mundo transeúnte. Que tu Madre Santísima nos tome de la mano para no perdernos en este camino a la eternidad.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano, ofrece su reflexión semanal, titulada “Qué significa ser cardenal”. (ZENIT)

Qué significa ser cardenal

VER

Me tomó de sorpresa el anuncio que hizo el Papa Francisco, el domingo 25 de octubre, al terminar el Ángelus, de elegirnos como nuevos cardenales de la Iglesia a trece obispos y sacerdotes de varias partes del mundo: de Malta, Italia, Ruanda, Estados Unidos, Filipinas, Chile, Malasia y México. Ese domingo estaba en mi pueblo natal, Chiltepec, como todos los domingos, y hacía mi oración con el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas. Acostumbro, en la segunda lectura, abrir mi computadora y meditar lo que dice el Papa en el Ángelus dominical, pero empecé a ver varios mensajes de felicitación, que me inquietaron. Abrí la página del Vaticano y comprobé que yo estaba entre los elegidos. Fue una sorpresa, porque no se me había avisado previamente. Lo primero que hice fue decirle a Dios: ¿Por qué yo? Después, entre lágrimas, agradecí, pedí perdón por mis deficiencias y oré al Espíritu para que me ilumine en esta nueva etapa de mi vida. Pedí la intercesión de la Virgen María. Luego se enteraron mi familia y mi pueblo, y empezaron las felicitaciones.

No han faltado quienes me alaban y me dicen que es un reconocimiento a mi trabajo pastoral, sobre todo en Chiapas con los indígenas. Lo califican como un mérito personal, como un honor y un premio. Agradezco mucho sus expresiones, pero pido al Espíritu que me conceda no exaltarme ni engrandecerme, porque sería la ruina.

Lo que soy y he podido hacer, como dice San Pablo, “no soy yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor 15,10). Todo se lo debo a Dios y a la Iglesia: a mis raíces que son mi familia y mi pueblo natal, que hoy pertenece a la diócesis de Tenancingo, a mi ahora arquidiócesis y a mi amado seminario de Toluca. Se lo debo a la Iglesia universal; en particular, a la Iglesia en México y en América Latina, a las diócesis de Tapachula y San Cristóbal de Las Casas en Chiapas. Soy fruto de la Iglesia, sin desconocer mis limitaciones. Este título, pues, no es tanto personal, sino para la Iglesia, de la cual soy hijo.

Fui ordenado sacerdote cuando se estaba realizando el Concilio Vaticano II y me he esforzado por no olvidarlo y llevarlo a la práctica. Soy fruto también de las conferencias generales del episcopado latinoamericano en Medellín (1968) y Puebla (1979). Cuando fue la de Río de Janeiro, en 1955, apenas empezaba mi formación en el Seminario. Participé en Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007). Todo se lo debo también a la CEM (Conferencia del Episcopado en México), a la OSMEX (Organización de Seminarios en México), a la OSLAM (Organización de Seminarios Latinoamericanos) y al CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), que han influido mucho en mi servicio pastoral. Por estas instituciones, el Espíritu Santo ha ido indicando a la Iglesia los caminos que debe recorrer. He procurado ser hijo de esta Iglesia.

Las exhortaciones, encíclicas y demás documentos de los Papas me han iluminado mucho, desde Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y II, Benedicto XVI y Francisco. El Espíritu Santo, por mediación de los Papas, nos ha señalado cómo debe ser y servir la Iglesia.

En síntesis, es el Pueblo de Dios quien ha influido en mi vida: mi abuela Rosa, mis padres Coínta y Moisés, mis paisanos, mis familiares y amigos, mis enemigos, mis compañeros, los campesinos e indígenas, los fieles creyentes de las comunidades, los agentes de pastoral, los catequistas y diáconos permanentes indígenas, los sacerdotes, obispos y cardenales, los hermanos de otras religiones. Las críticas y observaciones que se me han hecho, me han ayudado a repensar mi vida, y las agradezco de corazón; es lo que nos ayuda a crecer.

PENSAR

El Papa Francisco, al anunciar nuestra elección, dijo: Recemos por los nuevos Cardenales, para que, confirmando su adhesión a Cristo, me ayuden en mi ministerio de Obispo de Roma, por el bien de todo el santo pueblo fiel de Dios”. Es muy claro lo que implica este nombramiento: en primer lugar, es un llamado a confirmar nuestra adhesión a Cristo.  Esto es lo primero y lo fundamental. Sin ese cimiento, todo flota en el aire y la mundanidad nos corrompe. El cardenalato es una invitación a tener a Cristo como único camino, como criterio definitivo en nuestro modo de ser y de pensar. Que El sea nuestra inspiración en lo que hacemos, decimos o queremos. Ni el Papa ni nosotros sustituimos a Cristo, no somos dueños de la lglesia, sino que él y nosotros somos sólo colaboradores del Señor.

Somos llamados también a colaborar con el Papa en su ministerio de Obispo de Roma, y por ello se nos asigna una parroquia en esta ciudad, como signo de comunión entre esa comunidad y quien preside esta Iglesia local, que es el Papa. Esto sin hacer a un lado al párroco del lugar y a su comunidad. Al mismo tiempo, el Papa nos pide ayudarle a procurar el bien de todo el pueblo fiel de Dios. Nos puede confiar alguna tarea especial, pero este servicio no implica vivir en Roma, sino seguir trabajando en lo que cada quien hacemos, procurando siempre la comunión afectiva y efectiva de nuestros pueblos con el Papa y, sobre todo, con Jesucristo.

n una carta que me envió, el Papa Francisco me dice: “Deseo que esta vocación a la que el Señor te llama te haga crecer en humildad y en espíritu de servicio. ´Somos siervos inútiles´ es lo que nos enseñó el Señor a decir después de haber hecho nuestro trabajo; y con esta palabra, también a no pretender otra paga: sólo ésta, y la gracia de ser elegido para servir. Rezo para que éste sea tu gozo en el día de hoy y a lo largo de toda tu vida y que, al final, le puedas decir al Señor: ´Nunca puse tu luz debajo de la cama´. Recibirás saludos y expresiones de cercanía de mucha gente que te quiere bien; acéptalos con sencillez y, en tu corazón, te hará bien recordar, en medio de esta alegría, la entrada de Jesús en Jerusalén… y el viernes subsiguiente. Te recomiendo cuidar que las celebraciones que los fieles te hagan sean sencillas y lejos de todo espíritu mundano. Rezo por ti; por favor hazlo por mí. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide”.

 ACTUAR

Ruego que oren al Espíritu Santo, a la Virgen María y a los santos de nuestra devoción, para que me ayuden a ser fiel a Cristo y a su Iglesia, sirviendo con todo mi ser al Pueblo de Dios.


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Viernes, 20 de noviembre de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo treinticuatro del Tiempo Ordinario A - solemnidad de Jesucristo Rey del universo ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 34º del T. Ordinario A 

       La Solemnidad de Cristo, Rey del Universo, es una fiesta muy hermosa ¡Cuántas resonancias, cuantos “ecos” despierta en el corazón de todos nosotros y de todos los cristianos!  No es una fiesta muy antigua. Fue instituida el año 1.925 por el Papa Pío XI, en un contexto social, político y eclesial, completamente distinto al nuestro. No podemos detenernos ahora en ello. La Reforma Conciliar la ha colocado en el domingo 34º, el último, del Año Litúrgico. Ha sido situada por tanto, en el contexto en el que nos encontramos estas últimas semanas:  La Venida Gloriosa del Señor.

       Por eso, me parece interesante  que, al llegar a este domingo, hagamos un resumen de lo que se nos enseña estas tres últimas semanas:  el domingo 32º, la parábola de las diez vírgenes, respondía a la pregunta: ¿cuándo será la Venida del Señor? Y el mismo Cristo nos respondía: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”. El domingo pasado, a la luz de la parábola de los talentos, se nos respondía a otra cuestión:  “¿Y qué tenemos que hacer mientras esperamos?” La respuesta era: “negociar con los talentos, que se nos han confiado”. Y este domingo, responde a otras dos preguntas: “¿Y cómo vendrá el Señor?”  “¿Y a qué vendrá?” El Evangelio nos da la respuesta: “Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante Él todas las naciones”. Y entonces, se nos examinará acerca de nuestra conducta, especialmente, con los más necesitados: los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los enfermos, los encarcelados…

       ¡Nunca reflexionaremos bastante sobre la enseñanza y la advertencia que nos hace hoy el Señor: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Y a la inversa!

       Según eso, a unos dirá: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo…” Y a los otros: “Apartaos de mi, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles…”

       ¡Comprendemos aquí que Dios no puede ser indiferente ante el bien y el mal que hayamos hecho a los hermanos, que ahora son ya miembros de su Cuerpo Místico o llamados a serlo.

       Por tanto, juzgar para Jesucristo no es sólo ni sobre todo, castigar. El Señor viene, especialmente, a traer la recompensa y el premio que corresponde a cada uno por sus obras. Pero es lógico que si alguien no ha querido seguir el camino señalado por el Evangelio, a pesar de sus continuas llamadas a la conversión, termine allí donde conduce el camino que él ha ido eligiendo libremente.

       Más todavía, son muchos los cristianos, que tienen toda su esperanza en la recompensa divina de aquel Día. Escribía San Pablo a los cristianos de Colosas: “Os anima a esto (su vida de fe y caridad) la  esperanza que os está reservada en el Cielo” (Col 1, 3-6). ¿Y qué diremos de otros cristianos, por ejemplo, de los mártires: ¿Por qué han entregado su vida definitiva y generosamente?

       Como decía San Juan de la Cruz: “En el atardecer de la vida nos examinarán del amor”.

       El Credo nos responde, por tanto, de una manera clarísima , a las preguntas que nos hacíamos al principio: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. 

       Resumiendo mucho, podríamos decir, que el Año Litúrgico  termina como mismo terminará la Historia: Con la manifestación plena y gloriosa de Cristo, Rey del Universo, que destruirá definitivamente la muerte y todo mal  y hará que Dios lo sea todo para todos, como nos dice la segunda lectura. En efecto, sea cual sea el fin material del Universo, esta solemnidad viene a recordarnos con vigor que la Historia humana no terminará, simplemente, con una gran destrucción cósmica o con una catástrofe de otro tipo, o con un fracaso cualquiera, sino con la Venida Gloriosa de Cristo Rey, que nos traerá la recompensa  y nos abrirá a la existencia de la humanidad nueva con el gozo de un encuentro magnífico  y  eterno  con Dios, con los hermanos y con la Creación entera, que será transformada “para participar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom 8, 19-21).

                                                                                                    

                                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:03  | Espiritualidad
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  DOMINGO 34 DEL TIEMPO ORDINARIO A

 Cristo, Rey del Universo  

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

El profeta nos presenta al Señor como un pastor, que cuida de sus ovejas. Según la mentalidad de aquella sociedad primitiva, el pastor era el jefe o rey de la comunidad, que tiene también la misión de juzgar entre uno y otro. 

 

SALMO RESPONSORIAL

Como respuesta ala Palabrade Dios, que hemos escuchado, aclamemos al Señor como nuestro Pastor y nuestro Rey.

 

 

SEGUNDA LECTURA

S. Pablo nos presenta a Jesucristo como el nuevo Adán, vencedor por su Muerte y Resurrección del pecado, del mal y de la muerte, y que tiene que reinar hasta que “Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte”. 

 

TERCERA LECTURA

Jesucristo nos recuerda, en el Evangelio, su segunda Venida en la que, como Pastor-Rey de toda la humanidad, nos juzgará según haya sido nuestra conducta con los más débiles de este mundo.

Aclamemos ahora con el aleluya al Señor y a su Reino. 

 

COMUNIÓN

Enla Comuniónrecibimos a Jesucristo, Rey del Universo y Pastor bueno de su pueblo y de toda la humanidad, que nos ofrece su Cuerpo y su Sangre como alimento y fuerza para permanecer, como fieles seguidores suyos, entregados a la hermosa tarea de hacer el bien y de extender su Reino, mientras esperamos su Vuelta Gloriosa.


Publicado por verdenaranja @ 12:05  | Liturgia
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Martes, 17 de noviembre de 2020

Comentario del Evangelio de la solemnidad de Cristo Rey del domingo 22 de noviembre de 2020, Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, escrito por el padre Antonio Rivero L.C.  Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (ZENIT)

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Ciclo A

Textos: Ez 34, 11- 12.15-17; 1 Co 15, 20-26.28; Mt 25, 31-46

Idea principal: Cristo es Rey…pero muy distinto a nuestros reyes y jefes de estado.

Síntesis del mensaje: La Iglesia católica celebra hoy con gran júbilo la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, con la cual se cierra el año litúrgico. De este modo la liturgia conmemora, cada año, el misterio completo de la Redención del género humano, desde la espera de la venida del Salvador, o sea el Adviento, hasta la celebración del reinado universal y eterno de Jesucristo.

Fiesta instituida por el papa Pío XI en 1925. “Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat”. Ahí están los vítores escritos con bronce triunfal en el obelisco de Heliópolis, hincado en la Plaza de san Pedro.

Puntos de la idea principal

En primer lugar, Jesús habló muchas veces -90 sólo en el evangelio de san Mateo- de “el Reino de los cielos”. Y eso porque no podía decir lo que quería – “El Reino de Dios”-, y eso porque el judío tenía tal piedad, respeto y miedo a Dios que ni a mencionarlo se atrevía.

Pero del título de rey, Jesús huía. Tras la multiplicación de los panes, los estómagos agradecidos quisieron nombrarle rey, pero Él puso tierra de por medio y se perdió en la montaña. De reyes, jefes de Estado, presidentes de naciones, políticos…Jesús tenía mala opinión; los llamó “tiranos” y “opresores” (cf. Mt 2025).

tro día, incitó a la gente contra su propio rey, Herodes: “Id y decid a ese zorro… (Lc 13, 32). Cristo sólo una vez aceptó la corona, el cetro y el manto, y eso porque el manto era un trapo viejo, el cetro una caña rota y la corona era de espinas. Pilatos le sacó así en público: “Aquí tenéis a vuestro rey”.

En segundo lugar, el verdadero reinado Cristo lo quiere instaurar en la conciencia, en el corazón y en la vida de los hombres, de todo hombre. Ese es el único Cristo Rey, esa es la única victoria, reino e imperio que le importa al mundo, a la Iglesia y a Dios.

Cristo quiere reinar en cada familia y poner su reinado de amor y paz, desterrando toda pelea, divisiones y egoísmo. Cristo quiere reinar en cada joven y poner su reinado de pureza y alegría, desterrando toda miseria y desenfreno moral.

Cristo quiere reinar en cada comunidad eclesial y poner su reinado de unión, desterrando envidias, pujas, murmuraciones y ansias de protagonismo. Cristo quiere reinar en cada obispo, sacerdote, diácono y poner su reinado de servicio humilde, desterrando todo autoritarismo y ansias de carrerismo y ambiciones.

Cristo quiere reinar en cada laico, aunque sea incrédulo, ateo, agnóstico. Cristo quiere reinar en cada asilo de ancianos y poner ternura y cuidado amoroso, desterrando la ideología del descarte. Cristo quiere reinar en cada hospital y poner paciencia, alivio e interés por el enfermo.

Cristo quiere reinar en cada Parlamento y poner su reinado de justicia y de verdad, desterrando toda explotación, venganza y ansias de dominio. Cristo quiere reinar en cada nación, instaurando su libertad en este mundo que quiere enarbolar la bandera del liberalismo; venciendo, con la fe y el amor, el marxismo comunista que ha dejado millones de muertes y naciones enteras devastadas.

Y ante este Nuevo Orden Mundial que nos quiere imponer (aborto, eutanasia, homosexualidad aprobada e incentivada, ingeniería genética sin límites…), Cristo quiere reafirmar su Reinado verdadero, ganado con su sangre bendita.

Finalmente, Cristo sobre todo quiere reinar en nuestra vida. Sobre nuestra mente, para que tengamos los criterios de Cristo. Sobre nuestra afectividad, para que nuestros amores sean los de Cristo. Sobre nuestra voluntad, para que nuestras decisiones sean como las de Cristo. Sobre nuestra familia, a ti consagrada.

Para reflexionar: ¿Dejaremos reinar a Cristo en nuestra vida o preferimos ser nosotros rey de nuestras decisiones? ¿Qué ganamos si Cristo es nuestro Rey? ¿Qué perdemos si Él no es nuestro Rey?

Para rezar: Señor, quiero gritar como nuestros hermanos mártires de España y de México cuando eran torturados: “¡Viva Cristo Rey!”. Gracias, por haberme escogido como súbdito de tu Reino. Perdóname por las veces que seguí a otros reyes: el rey de copas del placer; el rey de espadas de la violencia; el rey de oro del dinero. Prometo en este día serte fiel hasta la muerte, con la ayuda de tu gracia.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 21:34  | Espiritualidad
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Viernes, 13 de noviembre de 2020

Comentario del Evangelio del domingo 15 de noviembre de 2020, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, escrito por el padre Antonio Rivero L.C.  Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (ZENIT)

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Textos: Prov 31, 10-13.19-20.30-31; 1 Tes 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

Idea principal: Dios nos da a cada quien unos talentos según nuestra capacidad: a uno, cinco; a un segundo, dos; y al tercero, uno. Talentos materiales y naturales, talentos humanos y espirituales.

Síntesis del mensaje: Ante esos talentos caben estas posturas: o hacerlos rendir con responsabilidad y tesón, o malgastarlos por frivolidad e infantilismo, o esconderlos por pereza y negligencia. Pero Cristo al final de los tiempos nos pedirá cuentas de la administración de esos talentos, destinados a producir, en unos el cien por ciento; en otros, el cincuenta o el veinte por ciento. En esto nos jugamos la santidad aquí y la salvación eterna allá.

Puntos de la idea principal

En primer lugar, comentemos lo que son los talentos. Si vamos a la isla de Creta, por el mar Egeo, y visitamos el palacio rojo de Minos podremos encontrar en el museo los talentos: unos bloques planos, más o menos cuadrados y lobulados, de unos 45 centímetros de lado y peso de 26 a 36 kilos.

No son moneda de bolsillo, sino peso de pago y que, según tiempos y culturas, fueron de oro, plata o bronce. Un talento era un peso. Equivalía a 21.000 gramos de plata. Para entender esto, si un denario equivalía a 4 gramos de plata, entonces un talento equivalía a 6.000 denarios.

Un jornalero judío ganaba un denario en todo un día de trabajo (Mateo 20, 2). Si un jornalero quisiera ganar tan solo un talento, tendría que trabajar 6.000 días, o mejor dicho, ¡casi 20 años! Si hacemos los cálculos correctos, podremos entender que el siervo que recibió cinco talentos en realidad recibió un sueldo de 100 años, el que recibió dos recibió lo equivalente a un sueldo de 40 años y el que recibió uno solo estaba recibiendo el sueldo de 20 años de trabajo.

En segundo lugar, ¿qué tenemos que hacer con esos talentos espirituales, intelectuales, profesionales, deportivos, culturales…que Dios generosamente nos dio gratuitamente? En el evangelio se nos da la clave: negociar.

Es decir, colocar el dinero en el banco, darlo a préstamo con interés, invertirlo en valores. A los dos criados que lo hicieron, el dueño les alabó, y echó fuera al que no lo hizo. ¿Qué hubiera hecho al que hubiese desperdiciado a tontas y a locas, o le hubiesen robado el talento por negligencia? No quiero ni pensarlo, pues se me pone la piel de gallina.

Este evangelio aboga por el sistema “capitalismo -¡ojo!- espiritual”. El amo de la parábola es el Hijo de Dios que, antes de partir para su destino extranjero, que es el cielo, nos dejó una fortuna –la vida y una patria, la familia, la inteligencia, la voluntad,  la afectividad, la sexualidad, los amigos, la salud, la fe, las virtudes teologales y cardinales, los sacramentos, el perdón, el amor, la justicia, el matrimonio, el sacerdocio o la vida religiosa, etc. ¡Y a negociar!

Y, si no, de la parábola aprendamos que otros harán lo que nosotros dejamos de hacer y se cumplirá el evangelio: pasará la fortuna a otros para que negocien y, el que no, que se atenga a las consecuencias de su pereza, de su despilfarro y de su inconsciencia y superficialidad.

Finalmente, una cosa es el talento, la letra del evangelio y otra la música, que es el talante. Jesús estaba hablando a sus discípulos, pero estaban escuchando los fariseos. El fariseo era bien cumplidor: tenía 613 mandamientos y los cumplía, ¡vaya que sí! A rajatabla.

ara talante inmovilista, el suyo. Pero Cristo pedía talante inversionista, creativo, esforzado. Y aquí viene la parte que nos pide Cristo ante esos talentos: nuestro ingenio para invertir honestamente en el banco de la voluntad, esos talentos que Él nos dio gratuitamente y con tanto amor y esperanza. Negociar, emprender, comprometerse.

Con riesgo y todo. Sin miedo al miedo de jugarse la salvación, que sólo se arriesga cuando, como condena Jesús en el evangelio, uno se apunta a conservador, prudente y segurón, vago y cobarde. Y así, de un evangelio, que a primer golpe de vista, parece capitalista, resulta que es un evangelio, no de talentos sólo, sino de talantes.

Para reflexionar: ¿Estoy haciendo rendir los talentos naturales y espirituales que Cristo me ha dado? ¿Tendré que escuchar de Él: “Servidor malo y perezoso”? ¿O escucharé, por el contrario: “Te felicito, servidor bueno y fiel”?

Para rezar: Señor, gracias por los talentos que me has dado, sin yo merecerlos. Perdóname si al presente he desperdiciado, malgastado o enterrado alguno de ellos. Dame voluntad, ingenio, talante y responsabilidad para de ahora en adelante invertirlos para Gloria tuya, bien de la humanidad y mi propia santificación. Amén.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 14:17  | Espiritualidad
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Reflexión a las lecturas del domingo treintitrés del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 33º  del T. Ordinario A

 

La parábola de los talentos despierta siempre nuestra atención e interés, y nos llama al sentido de la responsabilidad ante los dones que hemos recibido de Dios. La parábola está situada en el contexto de la Venida Gloriosa del Señor, que cada año, por estas fechas, recordamos y celebramos.

El Evangelio del domingo pasado era la parábola de las diez vírgenes, y respondía a la pregunta: “¿Cuándo vendrá el Señor? La respuesta la daba el mismo Jesucristo: “Velad porque no sabéis el día ni la hora.” Es lo mismo que nos advierte S. Pablo en la segunda lectura de hoy.

La parábola de los talentos de este domingo, responde a otra pregunta: “Y mientras llega el Día del Señor, ¿qué tenemos que hacer?” En un texto paralelo de S. Lucas, la parábola de las minas, se nos advierte: “Negociad mientras vuelvo”. (Lc 19,13).

El Evangelio nos explica que los empleados que habían recibido cinco y dos talentos, negociaron con ellos y consiguieron otro tanto. Por eso, cuando, después de mucho tiempo, vuelve su señor, recibieron la alabanza y la recompensa que merecían; pero el que había recibido uno y no negoció con él, recibe la reprobación y el castigo.

Es interesante recordar que un talento equivalía a 6000 denarios, y un denario era lo que cobraba un obrero por un día de trabajo. Los cinco talentos equivalían, por tanto, a unos 80 años de trabajo. Incluso, al que le dieron un talento, recibió lo que correspondía a 6000 días. Una cantidad muy importante.

Por todo ello, no podemos interpretar la parábola en clave exclusivamente individual como se hace muchas veces: Dios me dejó unos talentos, una serie de dones personales y cuando llegue la muerte me examinará de lo que he hecho.

No. La parábola, en sí misma, está encuadrada en torno a la Segunda Venida del Señor, como corresponde al capítulo 25 de San Mateo y al domingo 33º del Tiempo Ordinario.

En efecto, el día de su Ascensión Jesús se marchó visiblemente al Cielo, y dejó sus talentos: los tesoros de la salvación, a los apóstoles y, por ellos, a toda la Iglesia; y por la Iglesia, a cada uno de nosotros. Dice San Pablo: “El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros” (Ef 1, 8). Y a cada uno de nosotros nos los deja a la medida de nuestra capacidad, según la vocación de cada uno.

Jesucristo volverá como nos ha dicho; y ese Día, grande y glorioso, tendremos que darle cuenta  de la “administración” de los dones de la salvación que nos ha encomendado con las consecuencias personales y eclesiales que expresa la parábola.

Ahora, por tanto, se nos urge realizar la tarea que nos ha sido confiada: anunciar el Evangelio al mundo entero, llevar los tesoros de la salvación a todos los hombres, cuidar y mejorar todo lo recibido del mismo Jesucristo, para compartirlo con los demás.

Y todo ello siguiendo el dinamismo y el sentido de la responsabilidad de la mujer hacendosa de la primera lectura.

La Jornada de los pobres que celebramos, por cuarta vez, este domingo, constituye y subraya también la urgencia de la tarea porque son ellos los destinatarios preferentes  de los frutos de nuestro trabajo.

Acostumbro a decir que no podemos materializar la ayuda a los pobres: nuestra atención tiene que ser material y espiritual a un tiempo. Me impresionó cuando leí en  Evangelii Gaudium que ¡los pobres hoy no son evangelizados! Y si eso es así, ¿que tipo de Iglesia formamos? ¿La de Jesucristo que vino a evangelizar a los pobres? Y, en el número 200 del mismo documento, dice el Papa que la ayuda preferente que deben recibir los pobres es la asistencia espiritual. Ya nos advierte el Señor: “Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo lo demás se os dará por añadidura”. (Mt 6, 33).

                                                               

                                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:42
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DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO A  

MONICIONES  

 

PRIMERA LECTURA

                Escucharemos, en la primera lectura, el elogio de una esposa ideal. Las circunstancias son distintas a las de la vida actual, pero no es difícil traducir su mensaje. 

 

SALMO RESPONSORIAL

                El salmo es un canto al hombre que teme al Señor, es decir que le profesa un respeto filial, sigue sus enseñanzas y cumple sus mandatos. 

 

SEGUNDA LECTURA

                Ni San Pablo ni nosotros sabemos cuándo vendrá el Señor. Por eso hemos de vivir sobriamente y vigilantes como auténticos hijos de la luz. 

 

TERCERA LECTURA

                En el contexto de la Vuelta Gloriosa del Señor, vamos a escuchar este domingo, en el Evangelio, la parábola de los talentos. Un texto muy apropiado para  esta Jornada del Pobre.

                Aclamemos ahora a Jesucristo, el Señor, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

                Como miembros de una misma Iglesia, nos acercamos al Señor en la Comunión. Él nos ofrece su Cuerpo entregado y su Sangre derramada, como alimento y fuerza para que seamos capaces de llevar a cabo la tarea que Él nos ha señalado en su Iglesia, especialmente con relación a los hermanos más pobres y vulnerables.


Publicado por verdenaranja @ 13:37  | Liturgia
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