Viernes, 16 de agosto de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo veinte del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario C

    

          Pueden sorprendernos las palabras de Jesús de este domingo:

  • He venido a prender fuego en la tierra, y cuánto deseo que ya esté ardiendo.                         
  • Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustia sufro hasta que se cumpla!
  • ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división…
  • En la familia todos estarán divididos….

          Pero, por poco que reflexionemos, comprendemos enseguida lo que significan estas frases: Cristo viene a traer la paz, pero la paz verdadera, la que se basa en la verdad, la justicia, la libertad, el amor, como explicaba el papa San Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris” (1963).

          Una paz que es el resultado de una relación adecuada con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos, con toda la Creación.

          Una paz que nace de ese “bautismo” del que hoy nos habla el Señor, es decir, de su Pasión y Muerte de Cruz, y que tiene su sede y su fundamento en el corazón. “Él es nuestra paz”, escribía San Pablo (Ef 2, 14).

          Y la paz es un don. Para el israelita piadoso la paz era el conjunto de todos los dones divinos.

          Muchas veces la paz, que tenemos o que queremos, no es la verdadera paz. Hay muchas clases de paz. También hay una paz que se llama “la paz de los cementerios”.

          La verdadera paz choca con muchos intereses egoístas, con formas de pensar y de actuar que se oponen a la verdad y al bien, pero que, tal vez, nos agradan o nos interesan más; y entonces se produce la lucha, la discordia y el conflicto, a los que se refiere el Evangelio de hoy.

          ¿Y dónde comienza la lucha? En los que están más cerca, en la propia familia. Una lucha que radica dentro y fuera de nosotros.

          Es posible que, cuando Lucas escribía el Evangelio, los cristianos estuvieran siendo perseguidos,  y estas palabras del Señor les sirvieran de luz, fortaleza y consuelo. Y ya Él nos advirtió que el discípulo no puede ser más que su Maestro y que seríamos perseguidos como Él fue perseguido (Jn 15, 20).

          ¡He ahí, por tanto, el reino del bien y el reino del mal!

          Pero el reino del bien, de la paz verdadera, no se consigue por la fuerza ni por los poderes de este mundo. Se hace imprescindible la ayuda de Dios, que se obtiene, principalmente, en  la oración y en los sacramentos.          Y se suele decir que la paz del corazón es el don más grande que podemos recibir de Dios en esta vida. ¡Es la paz y la alegría del Espíritu Santo, que llenan el corazón!

          Contemplamos, en la primera lectura, cómo el profeta Jeremías es también perseguido y condenado injustamente, porque busca la verdadera paz. El profeta prefigura a Cristo, signo de contradicción (Lc 2, 34).

          La segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, nos exhorta a correr en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús, porque la vida cristiana es eso: Una carrera, un combate, una lucha y un fuego que arde y se extiende. Y tenemos que hacernos a la idea de que es así, para no caer en la tentación de situarnos en la pasividad, la comodidad y la falta de compromiso, y llevar nuestro seguimiento Jesucristo sin la intensidad y el entusiasmo necesarios. Bien que lo entenderían aquellos cristianos, procedentes del judaísmo, a los que se dirige esta Carta,  que habían sido cruelmente perseguidos y que se encontraban en medio de muchas dificultades.

           La cuestión está en que la mayoría de los cristianos no estamos acostumbrados a tener proble-mas y dificultades por ser cristianos, a sufrir por el Evangelio, porque, normalmente, no nos encontra-mos en una situación de verdadera persecución, y, además, con mucha frecuencia se huye de todo lo que suponga dificultad, contradicción  o compromiso,  se disimula la verdad,  y se pacta con el mal. Sin embargo, el Señor y los apóstoles nos advirtieron con toda claridad que “todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús, será perseguido” (2 Tim 3, 12)

          En resumen, este es el fuego que Cristo vino a traer a la tierra y que quiere ver siempre ardiendo.                                                                                  

                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO C           

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

            En la primera lectura, contemplamos al profeta Jeremías, perseguido por anunciar la Palabra de Dios y como signo de contradicción: Mientras unos le condenan, otros le salvan.

 

SALMO

            Con las palabras del salmo nos unimos al profeta Jeremías que alaba al Señor porque le ha escuchado y le ha salvado de la muerte.

 

SEGUNDA LECTURA

            El cristiano ha de tener en su vida el temple de un  campeón de carrera, fijos los ojos en el ejemplo de Jesús y de los santos.

  

TERCERA LECTURA

            El Evangelio nos presenta unas palabras de Jesús que, a primera vista, pueden parecernos extrañas.

            Escuchemos con atención y con fe. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión se nos ofrece la ayuda y la fuerza, que necesitamos, para superar las dificultades que nos pueda ocasionar nuestra pertenencia al Señor, y para vivir nuestra existencia cristiana de una manera auténtica, como Él nos enseñó. 

 


Publicado por verdenaranja @ 17:49  | Liturgia
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Viernes, 09 de agosto de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo diecinueve del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 19º del T. Ordinario C

 

     La Segunda Venida del Señor es un dato fundamental de nuestra fe. Lo profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”. Y también: “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”.

    Cada año lo recordamos y celebramos durante un tiempo largo: En las últimas semanas del Tiempo Ordinario  y en las primeras semanas de Adviento. En diversas ocasiones, a lo largo del año, también el Señor nos recuerda esta verdad. Es lo que sucede este domingo. Sin embargo es este un tema desconocido para grandes sectores del pueblo cristiano. No sucede, por desgracia, como en tiempos de los primeros cristianos, primera y segunda generación, cuando esto se vivía con una especial intensidad.

¿Y a qué viene el Señor?

A consumar y a llevar a su plenitud la Historia Humana, con la manifestación gloriosa de su Victoria, iniciada en su Resurrección y Ascensión.  Y toda la Creación renovada y transformada, participará para siempre de la gloria de los hijos de Dios (Rom 8, 19-24).

Entonces se acabará el sufrimiento y la muerte. “El último enemigo aniquilado será la muerte”, nos dice San Pablo (1 Co 15, 26).

Es también el día del Juicio Universal, en el que esperamos conseguir, por la misericordia de Dios, el premio a tantos trabajos y sufrimientos: “Los que hayan hecho el bien resucitarán para una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio” (Jn 5, 28-29). “Y así, estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4, 18). Porque “su Reino no tendrá fin”.  “Por siempre, siempre, siempre…”, que le gustaba repetir a Santa Teresa.

Por todo ello, los cristianos tenemos que vivir a la espera de este hecho glorioso, como el más importante y decisivo de la Historia.

Y con razón se nos dice que no sólo hemos de esperar sino desear, más todavía, anhelar, ese acontecimiento. Por eso, es lógico que lo primero que pidamos al Señor cuando viene al altar, en la Consagración de la Misa, es “Ven, Señor Jesús”.

Y, como no sabemos “el día ni la hora”, el Evangelio de este domingo nos recuerda la necesidad de estar preparados: “Ceñida la cintura, y encendidas las lámparas, como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame”. Y se establece una doble posibilidad: La de los criados, a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela, y la del criado, que piensa que el amo tarda en llegar, “y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, y a comer y beber y emborracharse”.

En medio del verano, encontramos aquí una ocasión privilegiada para la  reflexión, recordando estas enseñanzas del Señor,  y para revisar nuestra vida a la luz de esta gran verdad, que profesamos.

Cuentan que San  Antonio Abad recomendaba a sus monjes vivir cada día como si fuera el último día. Es una forma concreta de vivir preparados.        

                           

                                                                           ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO DECIMONOVENO C     

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Un sabio israelita recuerda, con tono solemne, la liberación de los israelitas de Egipto, con destino a la tierra prometida. Aquella fue una noche de vigilia para el pueblo santo.

                  Nosotros, los cristianos, somos la Iglesia, que peregrina hacia la nueva tierra prometida, el Cielo, mientras aguardamos la Vuelta gloriosa del Señor.    

 

SEGUNDA LECTURA

         Durante cuatro domingos, escucharemos pasajes de la Carta a los Hebreos. El fragmento de hoy nos dice qué es creer y nos presenta el testimonio de la fe de los patriarcas, sobre todo, el de Abrahán. 

 

TERCERA LECTURA

        En el Evangelio Jesús nos invita a pensar en lo que es definitivo, y a estar preparados para su Venida gloriosa. El Señor declara dichosos a los que encuentre esperándole. 

 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos al mismo Jesucristo, que un día volverá, lleno de gloria, para juzgar a vivos y muertos.

        Pidámosle que ese día no nos encuentre dormidos en la pereza y el pecado, sino vigilantes y a la espera de su llegada, como unos criados buenos y fieles, que esperan a su señor.

 

 


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Viernes, 26 de julio de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo diecisisiete del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe"ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 17º del T. Ordinario C

 

          Este domingo se nos recuerda algo muy importante, extraordinario:  ¡Podemos hablar con Dios!

          Los personajes, la gente importante de este mundo, con frecuencia, son inaccesibles, es imposible hablar con ellos. Y, a veces, ¡bien que lo desearíamos o que lo necesitaríamos!

         Sin embargo, ¡podemos hablar con Dios! En cualquier momento del día o de la noche, en cualquier circunstancia. Nos escucha siempre, las 24 horas. ¡No tenemos que someternos a un horario estricto o a una larga lista de espera!

       ¡Y podemos y debemos hablar con Dios,  porque somos sus hijos! Y Dios no quiere que sus hijos sean mudos o sordos. ¡Quiere que hablemos con Él!; ¡que le escuchemos! ¡Tiene tantas cosas que decirnos!

       ¿Y qué le vamos a decir a Dios? ¿Qué le vamos a pedir?

       El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús nos ha enseñado a orar. El Padre nuestro es la oración que nos enseñó el Señor, la oración de los cristianos, porque orar no es sólo encomendar a Dios nuestras cosas, encerrándonos en nuestros intereses. Orar es, en primer lugar, abrirnos a “los intereses”, a “las intenciones” de Dios y a las grandes intenciones y necesidades de la Iglesia y del mundo (Cfr. Mt 6, 9-14).

       El Padre nuestro nos acerca, de algún modo, a la forma de orar de Jesucristo, nuestro Maestro: ¿Cómo oraría el Señor? ¿Qué le diría al Padre? ¿Qué le pediría? ¿Por quién o por quiénes rezaría? Hay muchos textos en el Evangelio que nos muestran cómo oraba Jesús. El Padre nuestro me parece que es una síntesis de todos.

       Y nos dirigimos a Dios llamándole Padre. ¡Llamar a Dios Padre es impresionante! ¿Cómo lo harían, por ejemplo, los esclavos cristianos de los primeros siglos?

       Y le llamamos Padre nuestro, es decir, de todos, sin excepción, es el Padre universal.

       Y le pedimos, en primer lugar, que su Nombre sea santificado, que venga su Reino, que se haga su voluntad en la tierra como se hace en el cielo.  

       ¡Estas son las grandes “intenciones y necesidades” del Hijo de Dios!; lo que más quiere, lo que más le interesa, lo que más le preocupa. ¡Qué impresionante es todo esto!

       Sólo después de eso, le pedimos el pan de cada día. El pan significa y resume todas nuestras necesidades materiales, y también el Pan de la Eucaristía. Y le pedimos el pan nuestro, es decir, de todos y de cada uno; y de cada día, sin agobiarnos por el mañana (Mt 6, 25-34).

       Y le rogamos, además, que nos perdone como nosotros perdonamos, porque somos pecadores; y le pedimos también que nos conceda la gracia de no caer en la tentación, de no ofenderle nunca. Y que nos libre de todo mal y del Maligno. De este modo, se nos ayuda a comprender que el mayor mal es el pecado y el peor enemigo, el Diablo, que trata siempre de engañarnos, de alejarnos de Dios.

       El Evangelio, además, nos anima a pedir con insistencia, sin desanimarnos, como el amigo inoportuno de la parábola. Y también con la confianza que tiene un hijo con su padre.

       Y Jesús termina preguntándonos: “Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

       ¿Pero nosotros le pedimos que nos dé El Espíritu Santo? ¿O hay otras cosas que nos interesan más? ¡El Espíritu Santo es, sin duda, el mayor Don que podemos recibir de Dios!

       Ojalá que oremos siempre de tal manera, que podamos proclamar con en el salmo responsorial de hoy: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”

                                                                                                                

                                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 18:07  | Espiritualidad
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DOMINGO 17º DEL T. ORDINARIO C 

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

     Escuchamos ahora un diálogo conmovedor: Abrahán, el hombre de la fe y de la confianza en Dios, trata de conseguir el perdón para la ciudad pecadora de Sodoma. Escuchemos con atención.

 

SEGUNDA LECTURA

       S. Pablo nos recuerda que, por el Bautismo, hemos muerto y resucitado con Cristo: La muerte de Cristo nos ha merecido el perdón de los pecados y nos ha enriquecido con la vida de hijos de Dios.

 

TERCERA LECTURA

        El Evangelio nos trasmite la oración que nos enseñó el Señor y nos invita a pedir con insistencia.

        Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

         La presencia del Dios vivo en nuestros corazones por la Comunión eucarística, es un momento privilegiado para hablar con Dios. Él viene a nosotros; y hemos orar para adorarle, alabarle, darle gracias, pedirle perdón, pedirle tantas cosas como necesitamos. Pedirle especialmente el don de su Espíritu Santo.


Publicado por verdenaranja @ 18:03  | Liturgia
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Viernes, 19 de julio de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo dieciséis del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 16º del T. Ordinario C

 

            Los pueblos primitivos tenían una rica tradición de hospitalidad. Cuando no existían los grandes hoteles, residencias, pensiones…, que tenemos ahora, la acogida se realizaba en la propia casa, y esto tenía especiales dificultades, incomodidades y gastos. La Palabra de Dios y la enseñanza de los Santos Padres y escritores cristianos, exhortaban con frecuencia a la hospitalidad, a la acogida de los que iban de camino (Hb 13, 2). Nosotros hemos recogi-do toda esa rica tradición, y la guardamos como una gran herencia.

            Hay una obra de misericordia que dice: “Dar posada al peregrino”.

            En el mundo moderno, con toda la movilidad que lleva consigo, se nos invita también a acoger a los demás, a los de cerca, y también a los que vienen de lejos, especialmente, a los inmigrantes y refugiados.

                        La palabra de Dios centra hoy nuestra atención en este tema: También el Señor quiere gozar de nuestra hospitalidad. También Él quiere ser acogido en muestra propia casa, en nuestro corazón, en nuestra vida de cada día; y Él se siente también personificado en todo hombre o mujer que va de paso. “Fui peregrino y me hospedasteis” (Mt 25,36).

          En la primera  lectura, Abrahán acoge al Señor, personificado en aquellos tres misteriosos caminantes, a los que brinda una especial hospitalidad. Ellos le recompensan con la promesa del próximo nacimiento de un hijo: Isaac, que significa “sonrisa de Dios”.

           Y aunque este texto no se refiera directamente a la Santísima Trinidad, ¿quién no ve en aquellos caminantes una imagen, una profecía, incluso, de la gran revelación del Nuevo Testamento?

            En el Evangelio contemplamos cómo Jesucristo, que va de camino hacia Jerusalén, es acogido en casa de Marta.

            En aquel contexto, Lucas se detiene en un dato concreto, que indica el clima y el grado de amistad y confianza que tenía Jesús en aquella casa. Y enseguida nos damos cuenta de que su reproche a Marta es un hecho anecdótico, que Cristo quiere aprovechar para enseñar la importancia y supremacía de la escucha de su Palabra. Me parece, pues, que hemos de retener la enseñanza del Señor, pero sin extralimitarla. Marta también acogería la Palabra de Cristo en muchas ocasiones. Le tengo una especial simpatía a Santa Marta por su rica personalidad, tal como la contemplamos en el Evangelio, y, especialmente, por su profesión de fe en Cristo: “Si, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27).

          Hemos de admitir que no faltan ocasiones en que, frente a la urgencia de los quehaceres materiales, consideramos lo espiritual como una “pérdida de tiempo”. Por ahí va el reproche del Señor. Y por eso también el Vaticano II nos recuerda la primacía  de  la oración y de la contemplación, por mucho que urjan las necesidades materiales (P. C. 7).         

         Además fijémonos un momento en las palabras de Jesús a Marta: “Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: Sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se le quitarán”.

          ¿No es esto un reproche a la gente de nuestro tiempo, inquiera y nerviosa tantas veces, olvidada, con frecuencia, de la parte mejor? ¿No es ésta una especie de radiografía del hombre moderno?

          S. Benito, cuya fiesta acabamos de celebrar, hizo la síntesis: “Ora et labora”. Y la Congregación de Marta y María, que atiende nuestra Casa Sacerdotal, se esfuerza por conseguirla.                                                            

                                                                                              ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:32  | Espiritualidad
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DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO C  

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Escucharemos ahora una historia del Antiguo Testamento, que nos muestra el espíritu acogedor y hospitalario de Abrahán.

        En aquellos caminantes, que se acercan a su tienda, Abrahán reconoce al mismo Dios.

        Escuchemos con atención y con fe. 

 

SEGUNDA LECTURA

        S. Pablo nos habla con alegría de su misión al servicio del Evangelio. En medio de sus dificultades y sufrimientos, se siente animado considerando su sentido y su valor. Escuchemos. 

 

TERCERA LECTURA

        El Evangelio nos presenta a Jesús que, camino de Jerusalén, disfruta de la hospitalidad de María y de Marta. Una escuchaba y la otra servía.

                Aclamemos a Jesucristo con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos a Jesucristo, que quiere gozar de nuestra hospitalidad. Le acogemos en nuestro corazón y en nuestra vida. El Evangelio nos ofrece las dos maneras de recibirle y atenderle bien: escucharle y servirle, especialmente en los hermanos.


Publicado por verdenaranja @ 17:28  | Liturgia
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S?bado, 13 de julio de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo quince del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe  "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 15º del T. Ordinario C

 

        La pregunta que aquel maestro de la Ley le hace a Jesús, con mala intención, pone delante de nuestros ojos la cuestión  fundamental y decisiva de nuestra vida: lo que hay que hacer para heredar la vida eterna.

        Existen muchas personas, incluso cristianas, que reducen la existencia humana a la vida presente. El maestro de la Ley habla de una herencia, de una vida que no termina, que es eterna. La pregunta, por tanto, resulta fundamental, decisiva.

        Jesucristo le responde: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

        Y el escriba le contesta con la formulación del primer mandamiento de la Ley y del segundo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”

        Jesucristo le responde: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”.

        Todo parece un eco de la primera lectura: “El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable”. No está en el cielo ni más allá del mar. “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

        ¡Qué importante, qué trascendental es todo esto!

        Y aquel maestro de la Ley, queriendo aparecer como justo, le pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”

        Entonces Jesús le cuenta la parábola impresionante y hermosa, al mismo tiempo, del buen samaritano.  Y termina preguntándole: “¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del cayó en manos de los bandidos?”

        “¿Quién se portó como prójimo?”

         Para Jesucristo lo importante, lo fundamental, no es saber quién es el prójimo, sino “quién se comportó como prójimo”.

         En definitiva, ¿de qué me vale saber quién es mi prójimo si, a la hora de la verdad, doy un rodeo y paso de largo, como el sacerdote y el levita?

         Y Jesucristo es el verdadero buen samaritano, que, compadecido de la humanidad, herida por el pecado, se hizo hombre y murió por nosotros; “que, en su vida terrena,  pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal; que también hoy se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

         Nosotros, los cristianos, lo reconocemos también, misteriosamente presente, en todo hombre herido, al borde del camino de la existencia, en todo hombre o mujer que sufre por cualquier motivo… Y todos cuando, “incluso, nos vemos sumergidos en la noche del dolor, vislumbramos la luz pascual en el Hijo, muerto y resucitado” (Pref. VIII).

         ¡Jesucristo!  Él es, por tanto,  el buen samaritano, Él es el herido, Él con la Iglesia, que es su Cuerpo, es también la posada; Él, por su Espíritu, es el aceite y el vino; Él es el Maestro y el Señor. A Él la gloria ahora y siempre y por todos los siglos. Amén.                               

                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 10:56  | Espiritualidad
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DOMINGO DECIMOQUINTO C 

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

            La Ley del Señor no es una norma puramente externa, impuesta al hombre desde fuera, sino que es algo muy íntimo y personal, grabado en el corazón humano por el mismo Dios. 

 

SEGUNDA LECTURA

            S. Pablo nos habla de Jesucristo con un gran entusiasmo. Nos presenta al Señor en toda su grandeza de Hijo de Dios, que se hace hombre para ser el primogénito de toda criatura, el buen samaritano del hombre caído, el principio de una humanidad nueva. 

 

TERCERA LECTURA

            El Señor nos invita a caminar en el amor. La parábola del buen samaritano ilustra el segundo mandamiento de la Ley de Moisés: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

            Escuchemos con atención y con fe. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión nos encontramos con Jesucristo, nuestro Salvador, el buen samaritano de la humanidad caída al borde del camino de la historia.

            Recibámosle con gratitud y con fe.

 


Publicado por verdenaranja @ 10:52  | Liturgia
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