Viernes, 15 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo once del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"         

Domingo 11º  del T. Ordinario B

 

Es un misterio sobre el que nunca reflexionaremos bastante: Dios, para realizar su obra de salvación, ha querido valerse de lo frágil, de lo sencillo, de lo humano; incluso, de lo inútil.

Para realizar la Redención de los hombres, se hizo  hombre. Frágil y débil como nosotros. Igual en todo a nosotros, menos en el pecado.

No usa un lenguaje elevado, grandilocuente, difícil de entender, sino que habla, valién-dose de comparaciones sencillas -las parábolas-, que toda la gente entiende. Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo.

Ahora, en la vida de la Iglesia, tampoco prefiere al grupo de los selectos, ni a las personas importantes, poderosas e influyentes, sino, más bien, a la gente sencilla.

Eso mismo observamos en los signos sacramentales: agua, pan, vino, aceite… Y los divinos misterios son realizados por hombres frágiles, como nosotros. Y, sin embargo, a través de estos signos, llegan a nosotros los dones de la salvación.

Se ha valido, incluso de lo inútil, de lo que, humanamente, no es posible. Por ejemplo, cuando elige a una mujer estéril, de la que, sin embargo, surge un héroe como Sansón, un profeta como Samuel o el mismo Juan, el Precursor del Señor. Incluso, para hacerse hombre, elige a una mujer que no conoce varón.

S. Pablo nos advierte que “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria, es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Co 4, 7).

Y nos dice también: “Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario…” ( 1 Co 12, 6-29).

Y esto es lo que contemplamos en la Liturgia de este domingo: Jesús compara su Reino a una semilla, que encierra una potencia extraordinaria. Sin que sepamos cómo ni por qué, va germinando ella sola, de día y de noche, hasta dar fruto.

Algunos llaman a este texto la parábola del optimismo apostólico. Por muy desanimados que estemos, no podemos olvidar la capacidad enorme que tiene la semilla, la Palabra, el Reino…, para irse desarrollando por sí mismo, el solo.

También compara el Señor su Reino a la semilla más pequeña, que se conocía entonces, un grano de mostaza, que, siendo tan insignificante, se convierte en un arbusto considerable, que es capaz de albergar a los pájaros del cielo. No es una mostaza como la nuestra, como la que nosotros conocemos.

Ya en la primera lectura, el profeta Ezequiel anuncia esta misma realidad, cuando nos habla de una rama tierna de un alto cedro, que Dios plantará en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble, porque Él “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos”. Se anunciaba así, a un tiempo, la próxima venida de un rey y los tiempos del Mesías.

No cabe duda de que este mensaje no concuerda con los intereses, los valores, la mentalidad de la gente de hoy, de la sociedad actual. Es la sociedad del poder y del tener; la sociedad de los cargos, de los títulos, de las recompensas. ¡La sociedad de las apariencias!

Pero constatamos aquí que, con frecuencia, los caminos del Señor no son nuestros caminos. (Is 55,8-9).

Como Jesús, también nosotros debemos dar gracias y alabar al Padre, que ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos, y se los ha revelado a la gente sencilla.       

(Lc 10, 21).                                                             

                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                                             


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DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO B

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

El profeta anuncia la llegada de un rey para Israel y los tiempos mesiánicos, mediante la imagen de una rama de un alto cedro, que se convertirá en un cedro grande y fuerte, porque el Señor “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes”.

 

SEGUNDA LECTURA

Nos dice S. Pablo que los cristianos tenemos una seguridad tan grande en los bienes del Cielo, “que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor”. Y además, que “en destierro o en patria, nos esforzamos por agra-darle”. 

 

TERCERA LECTURA

Nos dice el Evangelio que Jesús “les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se los exponía en parábolas, pero a los discípulos se lo explica-ba todo en privado”.

Aclamémosle ahora al Señor, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

Con unos medios sencillos, pobres y frágiles, el Señor nos hace llegar sus dones. Es lo que sucede ahora, en la Comunión: Bajo las especies de pan y de vino, recibimos el Cuerpo y Sangre de Cristo, que, de este modo, nos alimenta y fortalece, para que demos fruto abundante.

 


Publicado por verdenaranja @ 21:20  | Liturgia
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Comentario del 11º Domingo del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. junio 12, 2018 12:24 (zenit)

DOMINGO 11 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: Ez 17, 22-24; 2 Co 5, 6-10; Mc 4, 26-34

Idea principal: El Reino de Dios es como una planta.

Síntesis del mensaje: Este Reino como planta comienza primero como sencilla semilla el día de nuestro bautismo. Viene el tallo débil. Con el agua y el sol de la gracia y de los sacramentos, esa planta crece y se convierte en árbol con hojas, flor y fruto. Y nos da sombra y nos alimenta.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ese Reino de Dios comenzó humilde con doce hombres débiles. Jesús plantó esa semilla en el interior de esos hombres pescadores. Fue regando esa semilla con el agua de su Palabra y con el abono y nutriente de su sangre. Y ese Reino iba creciendo en la mente, en el corazón y en la voluntad de los apóstoles. ¡En tres años de vida pública cuánto cambio en esos pobres y sencillos  hombres! Su mente hecha sólo de categorías humanas –pesca, impuestos, ambiciones, fanatismos- fue abriéndose a la dimensión transcendente: pesca de hombres, impuestos compartidos, ambiciones convertidas en espíritu de servicio, y fanatismos, en apertura y respeto por todos. Su corazón que estaba circunscrito al grupo de sus familiares y amigos fue dilatándose y abriendo a otras culturas a las que también estaba destinada esa semilla del Reino de Cristo. Y cada uno de los apóstoles fue a evangelizar por estos pueblos de Dios con una voluntad de hierro. En el año 150 pudo decir Tertuliano: “Somos de ayer y llenamos el mundo”. Y el huracán llamado Saulo de Tarso que viajó por Asia, Grecia, Roma…fundando comunidades eclesiales y llevando el polen de esa planta del Reino, aunque esto le supusiera hambres, cárcel, torturas, naufragios y peligros sin fin.

En segundo lugar, ese Reino de Dios fue creciendo y extendiendo sus ramas allá donde le permitían, llegando a lugares insospechados donde había imperios imponentes con árboles añosos y culturas bimilenarias, pero donde faltaba la savia divina y evangélica. Y así ese primer grupo de pescadores fue expandiéndose por el mundo, formando la Iglesia. Iglesia que es el fruto de la muerte de Cristo, regada con su agua, vivificada con su sangre; agua y sangre que brotaron de su costado abierto. Los apóstoles, después de Pentecostés salieron y extendieron sus ramos, haciéndose árbol frondoso, donde muchos de sus frutos fueron comidos por las fieras, otros pisoteados, burlados; y algunos fueron saboreados por almas hambrientas de paz, amor, justicia y felicidad. Y después de los apóstoles muchos misioneros, dejando sus patrias y familias, se embarcaban a mundos desconocidos, con el único imperativo interior de llevar la semilla de ese Reino de Cristo: el Nuevo Mundo de América, Asia, África y Oceanía. No fue fácil la expansión de esa semilla, de siglo en siglo. En algunas épocas fue sofocada por la moral decadente, por el poder arbitrario de los Estados absolutistas, por las herejías que trataban de mezclar la buena semilla con cizaña, por apostasías que clamaban al cielo, por filosofías ateas, por ideologías de cuño marxista, liberal, hedonista y materialista; por grandes tempestades y huracanes que querían destruir esa semilla, y, lógicamente, apenas había espacio para germinar.

Finalmente, ese Reino de Dios quiere también crecer en cada uno de nosotros, interiormente. Para ello tenemos que dejar abierta nuestra mente para que entre y puedan cuajar los criterios evangélicos. Para ello tenemos que abrir el corazón para que esa semilla se cuele y purifique nuestros afectos limpiándolos y elevándolos con la caridad de Cristo. Para ello tenemos que permitir que la semilla del evangelio encuentre un hueco en nuestra voluntad y provoque la revolución de la conversión del pecado a la gracia.

Para reflexionar: ¿Cómo están las raíces de mi árbol cristiano, fuertes porque están alimentadas por la Palabra y la Eucaristía? ¿cómo está el tronco: firme o a punto de caer ante el primer vendaval? ¿Y las hojas: verdes o secas o ya podridas? ¿Estoy dando frutos sabrosos de virtudes? ¿Comparto esos frutos en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, entre mis amigos? ¿Cuántos “pájaros vienen a cobijarse a la sombra de mi árbol”?

Para rezar: Señor, sigue regando y abonando con tu gracia el árbol del Reino que ha crecido en mi interior para que llegue a la madurez y dé frutos de vida eterna. Y dame fuerzas y coraje y osadía para llevar el polen de mi buen ejemplo y de mi palabra convencida y sincera a fin de que llegue a todas las extremidades de la tierra y queden fecundadas con la semilla de tu Evangelio.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected] 


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo once del Tiempo Ordinario B 

CON HUMILDAD Y CONFIANZA

 

A Jesús le preocupaba que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les ha de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como «un grano de mostaza», que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

José Antonio Pagola

Domingo 11 Tiempo ordinario – B (Marcos 4,26-34)

Evangelio del 17 / Jun / 2018

por Coordinador - Mario González Jurado


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S?bado, 09 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo décimo del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 10º del T. Ordinario B

La Liturgia de este domingo nos traslada al pecado original. Es un tema que, desde hace tiempo, me preocupa mucho. Porque es un poco difícil, porque es muy importante, y porque es desconocido para muchos. Y suelo decir que hay que tener cuidado con la doctrina del pecado original, porque, si nos descuidamos mucho, no entenderemos ni la Venida de Cristo ni su Obra de Redención.

En los primeros capítulos del Génesis, en medio de su lenguaje característico, se nos enseñan verdades muy importantes, fundamentales; por ejemplo, el origen del mundo y el origen del mal y de la muerte.

¡Hay mucha gente que le echa la culpa a Dios de todo lo malo que le sucede!

Sin embargo, nos dice San Pablo: “Por el pecado la muerte” (Rom. 5, 12). El Apóstol es un testigo cualificado de la existencia y de las consecuencias del pecado original. (Cfr. Benedicto XVI,  3-12-2008).

El texto de este domingo nos sitúa en el momento del castigo después del pecado y, en concreto, en lo que se refiere a la serpiente. De este modo, se nos presenta, la promesa de la salvación. Dios, que había creado el universo con un amor inmenso, se resiste a verlo medio destruido. Y, en su misericordia infinita, se decide a reconstruirlo.

El Evangelio nos presenta a Jesucristo, el Salvador prometido, en medio de una situación muy compleja: Su vida despierta muchos interrogantes, no deja a nadie indiferente, y se producen reacciones diversas:

Hay mucha gente que le busca, de tal manera, que no le dejan tiempo ni para comer. Algunos parientes se lo quieren llevar porque no lo entienden,  y piensan que no está bien de la cabeza. Otros se resisten a creer, hasta tal punto, que caen en el pecado contra el Espíritu Santo, el único pecado que no se perdona. Se trata de los que decían que tenía dentro a Belzebú y expulsaba a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Es el hombre que se resiste a la luz, que no quiere ver, por evidente que sea el tema, que se resiste a la acción del Espíritu Santo.

Y, por último, se presentan su madre y sus hermanos, que le buscan. Y entonces, el Señor nos enseña que ha venido a la tierra a formar una familia que está constituida por aquellos, que cumplen la voluntad de Dios. Y, de esta manera, nos señala la verdadera grandeza de María: “La que cumple la voluntad de Dios”. Y ello explica su condición de Madre de Dios y su misión específica en la obra de la salvación.

A la luz de estas distintas reacciones, también nosotros, como discípulos de Jesucristo, tendría-mos que abordar la nuestra. ¿Qué pensamos, qué sentimos, de todas estas cosas? ¿Cuál es nuestra actitud real ante Jesucristo, su misión, su mensaje, su obra redentora, su grandeza?

San Pablo, en la segunda lectura, nos presenta el punto culminante de la Obra de la Redención: ¡La resurrección y la vida con Dios para siempre!

Y es que, como decía San León Magno, ¡en Cristo, “hemos recibido mayores bienes que los que habíamos perdido por la envidia del diablo!” Por eso, la Iglesia canta en la Vigilia Pascual: “¡Feliz la culpa, que nos mereció tal Redentor!”

Y esta realidad asombrosa es la que la Iglesia anuncia cada día, por todo el mundo, como Buena Noticia, como la mejor Noticia.

¡Y es la tarea que se nos ha encomendado a todos! Y que se nos recuerda, de un modo especial, en estos tiempos de la Nueva Evangelización y de la Misión Diocesana.

En medio de todo ello, San Pablo nos recuerda la expresión de la Escritura, “creí, por eso, hablé”. Y añade: “También nosotros creemos y por eso hablamos”.  

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 10º DEL T. ORDINARIO B

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                Después del pecado original, y, en medio del castigo a la serpiente, Dios realiza la promesa de la salvación: La descendencia de la mujer vencerá a la descendencia de la serpiente.

          Escuchemos. 

 

SALMO

También nosotros hemos pecado. A todos ha llegado el veneno de la antigua serpiente. Todos necesitamos acogernos a la misericordia de Dios. 

 

SEGUNDA LECTURA

                San Pablo nos presenta, en la segunda lectura, el punto culminante de la obra de la salvación, realizada por Cristo: La Resurrección y la vida con Dios para siempre. 

 

TERCERA LECTURA

                En Cristo se cumple la profecía de la primera lectura. Él es el Salvador, Él es el Vencedor definitivo sobre la descendencia de la serpiente. La expulsión de los demonios, que contemplamos en el Evangelio, prefigura su victoria definitiva sobre el demonio y sobre todo mal. 

 

COMUNIÓN

                La vida del cristiano es una lucha constante, como nos anuncia el Señor en la primera lectura: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya”. Por eso, necesitamos alimentarnos con frecuencia con Cristo, Pan de Vida. De esta manera, nuestra victoria estará garantizada. 


Publicado por verdenaranja @ 11:50  | Liturgia
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Comentario del 10º Domingo del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logosen México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. junio 05, 2018 (zenit)

Ciclo B

Textos: Gn 3, 9-15; 2 Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35 

Idea principal: el demonio existe.

Síntesis del mensaje:  Así habló el beato Papa Pablo VI del diablo: «Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres? Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma. Nosotros sabemos que este ser oscuro y perturbador existe verdaderamente y que está actuando de continuo con una astucia traidora. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia de la humanidad. Es el seductor pérfido y taimado que sabe insinuarse en nosotros por los sentidos, la imaginación, la concupiscencia, la lógica utópica, las relaciones sociales desordenadas, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o psíquicas o a nuestras aspiraciones profundas»(29 de junio de 1972, noveno aniversario de su coronación).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, el demonio existe…y si no, preguntemos a Adán y Eva (1ª lectura). Él fue el causante de que nuestros primeros padres fallasen a Dios, le desobedeciesen. El demonio les inoculó el veneno de la soberbia y rebeldía, para ser autónomos y no depender de nadie. Satanás les tocó el talón de Aquiles “ser como dioses”, es decir, sin tener que dar cuenta a nadie, ser autosuficientes, dueños de sí mismos. El proceso que el tentador siguió con ellos fue así: entró en diálogo con ellos, les inoculó la duda de la bondad de Dios, les presentó el mal como bien y ellos cedieron, cegados por la soberbia, lastimando y ofendiendo a Dios Creador y Padre. Y después que cedieron a la tentación no asumieron su responsabilidad culpando al otro. Dios, triste, tuvo que imponer su pena a nuestros primeros para que recapacitasen de la gravedad del pecado.

En segundo lugar, el demonio existe…y si no, preguntemos a Cristo que tuvo que lidiar con él toda su vida terrena. Jesús habló de Satanás varias veces. Pero sobre todo, tuvo que luchar contra él. Al inicio de su ministerio, ahí estaba Satanás esperándole en el desierto para hacerle caer y así tergiversase su misión de Mesías; no ya un Mesías de cruz e infamia, sino de glorias y honores. Y como Cristo le venció, el demonio no se desanimó y le esperó para otra oportunidad, cuando estuviese más débil humanamente hablando, en el huerto de Getsemaní. Durante su ministerio cuántas veces tuvo que luchar contra Satanás y los demás demonios que habían entrado en tantos corazones (evangelio) y que le insultaban. Satanás se apoderó del alma traidora de Judas. En la cruz, fue Satanás quien gritaba por la boca odiosa de aquel turista que por ahí pasaba: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”.Cristo vino al mundo para derrotar a Satanás en el mismo campo donde él había vencido: en el hombre, desde que lo creó. Y Cristo le ganó con su pasión, muerte y resurrección.

Finalmente, el demonio existe…y si no, preguntémonos a la Iglesia, a la sociedad y a nosotros mismos. ¿Quién provocó tantas herejías, cismas a lo largo de los siglos? Sólo podía ser el gran provocador, Satanás, que tantas veces puso la zancadilla en el camino. Nuestra sociedad hoy en muchas partes ha apostatado primero de la Iglesia, luego de Cristo, y ahora de Dios. ¡Cuántas leyes inicuas están promulgando en algunos Estados! ¿Quién está dirigiendo esta sinfonía infernal sino Satanás, príncipe de este mundo como lo llamó Cristo? ¿Quién no ha sido tentado por el demonio, ya sea en la carne, ya sea en el espíritu? Todos hemos sido tentados por esta fuerza malévola, por este ser misterioso y horrible, para que desobedezcamos a Dios y pasemos a sus filas.

Para reflexionar: La demonología es un capítulo «muy importante» de la teología católica y que hoy en día se descuida demasiado. Existe una laguna en la enseñanza de la teología, en la catequesis y en la predicación. Y esta laguna solicita ser colmada. Estamos ante «una de las necesidades más grandes» de la Iglesia en el momento presente. ¿Quién lo habría previsto? La catequesis de Pablo VI sobre la existencia a influencia del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez más, se acusó a la Cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado! – nos quieren hacer creer. El Papa Francisco también ha hablado varias veces del demonio: “La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia y la Biblia termina también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio…Vigilemos siempre, pues¡jamás el demonio ha sido expulsado para siempre! Sólo el último día lo será”(En santa Marta, 13 de octubre 2014).

Para rezar: Recemos la oración a san Benito: “Glorioso Padre Benito, ayúdanos en la lucha contra el demonio, el mundo y la carne. Aleja de nosotros cualquier influencia maligna, las tentaciones, el poder del Mal, los peligros para nuestro espíritu y para nuestro cuerpo. Ayúdanos a confiar en el Amor de Dios nuestro Padre, en la Fuerza de Cristo nuestro Salvador, y en la Presencia del Espíritu Santo nuestro Defensor. Amén”.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


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Viernes, 01 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas de la Solemnidad del Corpus Christi ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 SOLEMNIDAD DEL CORPUS

   

      Cada año, la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo nos recuerda y nos centra en la realidad asombrosa del Misterio Eucarístico. ¡Nunca reflexionaremos bastante sobre su inmenso contenido!

    Desde su origen, esta fiesta ha querido subrayar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, también después de la Santa Misa. Y, si miramos la historia, esto tiene una gran importancia. Hay un ritual que se llama “de la Sagrada Comunión y del Culto a la Eucaristía fuera de la Misa”. De ahí la importancia que tiene, en esta celebración, la Procesión del Santísimo por las calles.

    Luego la Liturgia de la Palabra de cada año –de los tres en que se divide la Liturgia- nos invita a reflexionar y celebrar algún aspecto fundamental de la Doctrina Católica sobre este Sacramento admirable: La Eucaristía, Sacrificio del Señor, La Eucaristía, Alianza de Dios con su pueblo y la Eucaristía, Banquete de los cristianos.

    Este año, que es el II ó ciclo B, la celebración de Corpus centra nuestra atención en la Eucaristía como Alianza de Dios con los hombres, ratificada por la Sangre de Cristo.

    Y es que en la vida de los hombres, hay muchas ocasiones, en que se hacen necesarios los acuerdos, los pactos, las alianzas. ¡Y hace falta garantizar su cumplimiento! Cuántos ejemplos podríamos poner sobre las garantías, que avalan los acuerdos, los pactos. ¡Hasta llegar a la sangre! Esto era algo propio de antiguas civilizaciones.

    Dios, en su relación salvadora con nosotros, también se ha valido de estas realidades. En el Antiguo Testamento, se fueron sucediendo distintas alianzas: con Noé, con Abrahán…, hasta llegar a la alianza con todo el pueblo elegido, en el Sinaí. En la  primera lectura de este domingo, contemplamos esta alianza, que se realiza a través de Moisés. Él es el que presenta al pueblo las condiciones del pacto. Y el pueblo responde: “Haremos todo lo que dice el Señor y le obedeceremos”. Y Moisés rocía al pueblo con sangre de animales sacrificados. ¡Esto nos da idea de la importancia y la gravedad del acuerdo! ¡Y de aquí viene la expresión Antiguo Testamento!

    El Evangelio nos presenta el Cáliz de la Sangre de Cristo, que se derrama como Sangre de la Alianza nueva y eterna.

    La segunda lectura es un comentario acerca de esta Alianza: “Si la sangre de machos cabríos o de toros y el rociar con las cenizas de una becerra, tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la Sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo”.

    Lo peculiar de este pacto, que se realiza en la Última Cena, y que tiene su punto culminante en la Cruz, es que se renueva, se actualiza, se hace presente, cada vez que se celebra la Santa Misa. Por eso, ¡nuestra participación en ella nos compromete tanto!

    En cada celebración, especialmente, al terminar la Liturgia de la Palabra, también tenemos que decir nosotros: “Haremos todo lo que dice el Señor y le obedeceremos”.

     Por eso, nuestra participación en la Eucaristía tiene que hacernos mejores cumplidores de los mandatos del Señor, especialmente, del mandamiento nuevo, porque son los términos del pacto. ¡Y eso tiene que notarse en la vida de cada día!  

     Los términos de la alianza, por tanto, se refieren al amor a Dios y a los hermanos. Por eso las grandes celebraciones eucarísticas suelen estar relacionadas con algún aspecto de la dimensión caritativo–social de la vida cristiana. Así, en el Corpus, celebramos el Día Nacional de Caridad y el Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno.

     En efecto, reconocer y adorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, ha de purificar nuestros ojos y nuestro corazón para reconocerle después presente en los hermanos, especialmente, en los que sufren y en los pobres. ¡Hay tanta gente que sufre! ¡Hay personas, que han sido enfermas, o necesitadas, durante toda su vida! ¡Y ahí contemplamos el rostro de Cristo, o, como dice el Papa Francisco, “ahí tocamos la  carne de Cristo!

     En este tiempo, que todavía es de crisis, las necesidades se han multiplicado y urgen nuestra caridad que, como sabemos, es “la mejor forma de justicia”. Y siempre tenemos delante de nuestros ojos, el reto de la  comunidad cristiana de Jerusalén, en la que “ninguno pasaba necesidad” (Hch 4, 34).

     En medio de tantas dificultades y sufrimientos, nos alegra constatar la respuesta positiva de tantos cristianos y asociaciones e instituciones de la Iglesia, especialmente, de Cáritas.

     Y esto siempre lo tenemos que intensificar, porque se trata, en definitiva, de cumplir, de llevar a la práctica, nuestra Alianza con el Señor!                                                

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:38  | Espiritualidad
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  SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

  MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

       En la antigüedad los pactos se sellaban, a menudo, con sangre. En la lectura que vamos a escuchar, contemplamos cómo Dios hace alianza con el pueblo de Israel, liberado de la  esclavitud de Egipto, y es ratificada  con la sangre de animales sacrificados. 

 

SEGUNDA LECTURA

              La alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres, no se sella con sangre de animales, sino con la misma Sangre de Cristo, que es la única que tiene poder para purificar el interior del hombre.

 

TERCERA LECTURA

        Sintámonos presentes en la Cena del Señor con sus discípulos. Él entrega su Cuerpo, que va a ser sacrificado, su Sangre, que va a ser derramada. Cada vez que nos reunimos para  celebrar la Eucaristía, se actualiza lo que Jesús hizo entonces: Su Sacrificio Redentor.

    Aclamémosle con el canto del aleluya.

 

OFRENDAS

        En este día de Corpus, Jornada Nacional de Caridad, presentamos al Señor, junto con el pan y el vino, nuestras aportaciones económicas, para ayudar a nuestros hermanos más necesitados.

 

COMUNIÓN

      En la Comunión recibimos el "Corpus Christi", el Cuerpo de Cristo. Así llegamos al punto culminante de nuestra participación en la Alianza con el Señor. Que Él nos ayude a vivir pendientes de todos los miembros de su Cuerpo Místico, especialmente, de los que sufren cualquier tipo de pobreza.


Publicado por verdenaranja @ 13:26  | Liturgia
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La audiencia general de esta mañana ha comenzado a las 9:35 horas en la Plaza de San Pedro, hora a la que el Santo Padre llegaba al encuentro de grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 30 mayo 2018)

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con el tema de la Confirmación o Crismación, hoy deseo resaltar la “íntima relación de este sacramento con toda la iniciación cristiana” (Sacrosanctum Concilium, 71).

Antes de recibir la unción espiritual que confirma y fortalece la gracia del bautismo, los que van a ser confirmados están llamados a renovar las promesas hechas un día por sus padres y padrinos. Ahora son ellos mismos los que profesan la fe de la Iglesia, dispuestos a responder “creo” a las preguntas del obispo. Dispuestos, en particular, a creer “en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que hoy os será comunicado de un modo singular por el sacramento de la Confirmación, como fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés” (Rito de Confirmación, No. 26).

Ya que la venida del Espíritu Santo requiere corazones reunidos en oración (Hechos 1:14), después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, con las manos extendidas sobre los que se van a confirmar, suplica a Dios que infunda en ellos su santo Espíritu Paráclito. Uno sólo es el Espíritu, (cf. 1 Cor 12,4) pero viniendo a nosotros trae consigo riqueza de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, 28-29). Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que trae el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11: 2), estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para el cumplimiento de su misión. También San Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5, 22). El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: él es el Autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así, el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas, pero del mismo modo aporta la armonía, es decir la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros, los cristianos.

Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de las manos (cf. Hechos 8.15 a 17; 19.5 a 6; Heb 6,2). A este gesto bíblico, para reflejar mejor la efusión del Espíritu que impregna a los que la reciben, muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma)[1]], mantenida en uso hasta hoy, tanto en Oriente como en Occidente. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289).

El óleo –el crisma- es una sustancia terapéutica y cosmética que, al penetrar en los tejidos del cuerpo cura las heridas y perfuma los miembros; por estas cualidades fue asumido por el simbolismo bíblico y litúrgico para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas. El sacramento es conferido mediante la unción con el crisma en la frente, efectuada por el obispo con la imposición de la mano y con estas palabras: “Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo”[2]. El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es su sello visible.

Al recibir en la frente la señal de la cruz con el óleo perfumado, el confirmado recibe así una huella espiritual indeleble, el “carácter” que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracia para difundir entre los hombres el “buen olor” (ver 2 Cor 2:15).

Escuchemos nuevamente la invitación de San Ambrosio al recién confirmado. Dice así: “Recuerda que has recibido el sello espiritual […] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón como prenda al Espíritu “(De mysteriis 7,42: CSEL 73,106; cf. CIC, 1303). El Espíritu es un don inmerecido, que hay que recibir con gratitud, dejando espacio a su creatividad inagotable. Es un don para conservar con cuidado, para secundar con docilidad, dejándose moldear, como la cera, por su ardiente caridad, ‘para reflejar a Jesucristo en el mundo de hoy’ (ibid.Gaudete et Exsultate, 23).

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[1] Este es un pasaje de la oración para la bendición del crisma “Te pedimos que te dignes santificar con tu bendición  +  este óleo y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo, de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de Santo Crisma, infundas en él la fuerza del Espíritu Santo con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires… haz que las personas consagradas por esta unción, libres del pecado en que nacieron, y convertidas en templo de tu divina presencia, exhalen el perfume de una vida santa”

[2] La fórmula “recibir el Espíritu Santo”- “el don del Espíritu Santo” aparece en Jn 20,22, Hechos 2,38 y 10, 45-47


Publicado por verdenaranja @ 13:21  | Habla el Papa
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