Mi?rcoles, 17 de abril de 2019

Comentario litúrgico del Jueves Santo por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. abril 15, 2019 (zenit)

JUEVES SANTO

Ciclo C

Textos: Ex 12, 1-8.11-14; 1 Co 11, 23-26; Jn 13, 1-15.

“Los tres regalos de Jesús en el Jueves Santo”

Idea principal: Gracias, Señor, por los tres dones que hoy nos das: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento de la caridad.

Síntesis del mensaje:  Aunque la celebración principal de estos días, y por tanto de todo el año, es la Eucaristía de la Vigilia Pascual, la de hoy es también entrañable para el pueblo cristiano: recuerda la institución de la Eucaristía, sublime sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo para nuestra salvación y alimento en el camino; el mandamiento del amor fraterno –con el gesto simbólico del lavatorio de los pies- para que tengamos el “tatuaje” de discípulos de Cristo impreso en los ojos, en la boca, en las manos y en el corazón; y finalmente, la institución del ministerio sacerdotal, donde hombres de carne y hueso son investidos y revestidos con la dignidad de Cristo sacerdote, pastor y cabeza, a quien visibilizan y representan, no por sus propios méritos, sino porque Dios los eligió.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, gracias, Señor, por el don de la Eucaristía. En este sacramento Cristo se hace presente bajo las especies del pan y vino, que en el momento de las palabras de la consagración se convierten en el Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad de Cristo glorioso y resucitado –¡misterio de fe!-. En este sacramento se actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz, y quedamos una vez vivificados, purificados, realizándose en nuestra alma una auténtica “diálisis espiritual” donde las escorias del pecado son disueltas, expiadas y destruidas al contacto con la sangre de Cristo.

Este sacramento se convierte en Banquete sacrifical, donde comulgamos a Cristo, entramos en común unión con Él y nos hace partícipes de su vida divina y resucitada. En cada Eucaristía, nos incorporamos primero a Cristo, aumentando la gracia y el perdón de los pecados veniales; segundo, nos unimos a la Iglesia, pues la Eucaristía simboliza la unidad de la Iglesia, como nos dice san Agustín; y tercero, recibimos en prenda la gloria futura, es decir, la Eucaristía es banquete del Reino celestial, instaurado por Cristo y que se consumará de forma definitiva en el cielo. Dicho en otras palabras, la comunión es el germen y remedio de inmortalidad y de nuestra resurrección y anticipación de la vida eterna, como diría san Ignacio de Antioquía.

En segundo lugar, gracias, Señor, por el don del Sacerdocio. ¿Quién es el sacerdote? Primero, es un hombre elegido; por ser hombre, estará sujeto a flaquezas y miserias del humano linaje, para que, conociéndolas, incluso por experiencia, sea capaz de condolerse con los hombres y orientarlos hacia Dios con mayor eficacia. Si el sacerdote en vez de ser hombre fuera un ángel, un espíritu puro, independiente de la materia, difícilmente sería capaz de calibrar las limitaciones de los hombres, y por lo mismo, difícilmente podría condolerse y comprender a los demás.

Segundo, es un consagrado, ungido para el cargo que va a ocupar. Consagrado, es decir, apartado de las cosas profanas, para que en adelante pueda dedicarse al servicio exclusivo de Dios y de sus hermanos, los hombres. Unido, por una parte, al Dios que lo ha “tomado” o elegido, deberá asimismo estar en comunión con los hombres a favor de los cuales ha sido ungido. Por eso, todo sacerdote tiene algo de “pontífice”, palabra que en su sentido original significa “hacedor de puentes”. En su persona deberán unirse dos riberas, distantes entre sí, la ribera de Dios y la ribera de los hombres. El sacerdote es así un mediador.

Y tercero, para ofrecer un sacrificio, que es el acto por excelencia de la virtud de religión. Así lo dice el texto de la carta a los Hebreos. El sacrificio es un acto externo y social por el cual el sacerdote ofrece a Dios, en nombre de la inmensa familia humana, una víctima inmolada, para simbolizar así su reconocimiento del supremo dominio de Dios, su deseo de reparar las ofensas cometidas contra su majestad, de darle gracias por sus beneficios y solicitarle las gracias que los hombres necesitan.

Finalmente, gracias, Señor, por el don del Mandamiento de la caridad. La caridad será la señal por la que reconocerán al cristiano. Nuestro trato con el Señor se manifiesta inmediatamente en el trato con los demás. Por eso la caridad se alimenta principalmente en el trato personal con Jesucristo. No serviremos ni lavaremos los pies de nuestros hermanos si primero no nos hemos encontrado íntimamente con Cristo siervo humilde que tomó la palangana y la toalla y se arrodilló para lavar los pies de sus apóstoles.

La caridad pide además exigencias prácticas, además de sentir compasión interior, como podemos ver en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 33-35): vendar las heridas, derramar en ellas aceite y vino, poner a disposición la propia cabalgadura y montar al hermano necesitado, conducirle al mesón, pagar al mesonero. ¡Cuántos gestos de caridad! La caridad se demuestra en obras.

Dios nos pone al prójimo con sus necesidades en el camino y en las periferias de la vida, y la caridad hace lo que el momento y la hora exigen. No siempre son actos heroicos o difíciles; muchas veces son cosas sencillas de la vida ordinaria y con los más cercanos o enfermos, preocupándonos por su salud, por su descanso, por su alegría. No olvidemos las obras de misericordia, modo práctico de vivir la caridad.

Para reflexionar: ¿Cómo estoy viviendo el sacramento de la Eucaristía o santa misa? ¿Soy amigo de Cristo Eucaristía y le hago alguna visita al día con calma y con cariño? ¿Cómo trato a los sacerdotes: con veneración, respeto? ¿Colaboro con ellos en la parroquia y en los diversos grupos y movimientos? ¿Soy buen samaritano con mis hermanos más necesitados? ¿Tengo las manos dispuestas siempre para lavar los pies de mis hermanos?

Para rezar: Señor, adoro tu Eucaristía. Señor, venero y rezo por la fidelidad y fervor de los sacerdotes. Señor, ensancha mi corazón para que ame a mis hermanos como Tú los amas.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

abril 15, 2019 09:00Espiritualidad y oración

 


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Comentario litúrgico del Viernes Santopor el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. abril 16, 2019 (zenit)

VIERNES SANTO

Ciclo C

Textos: Is 52, 13-53, 12; Heb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1- 19, 42

Idea principal: Dios no nos amó en broma. ¡Miremos la cruz!

Síntesis del mensaje: El Viernes Santo es el día del año donde la misericordia de Dios llegó hasta el extremo y la locura. Jesús hoy nos repite a nosotros lo que dijo un día a la beata Angela da Foligno cuando estaba meditando la pasión del Señor: “¡No te he amado de broma!”. Tiene razón Jesús cuando nos repite hoy, desde lo alto de su cruz, con las palabras de la liturgia: “Pueblo mío, ¿qué más podía hacer por ti que aún no haya hecho? ¡Respóndeme! “. ¡Miremos la cruz!

Puntos de la idea principal: las palabras que dirigió el Papa emérito Benedicto XVI después del Via Crucis del Viernes Santo de 2006 me han parecido cargadas de lo que quisiera hoy desarrollar aquí.

En primer lugar, miremos la Cruz de Cristo. “En el espejo de la cruz hemos visto todos los sufrimientos de la humanidad de hoy. En la cruz de Cristo hoy hemos visto el sufrimiento de los niños abandonados, de los niños víctimas de abusos; las amenazas contra la familia; la división del mundo en la soberbia de los ricos que no ven a Lázaro a su puerta y la miseria de tantos que sufren hambre y sed. Pero también hemos visto “estaciones” de consuelo. Hemos visto a la Madre, cuya bondad permanece fiel hasta la muerte y más allá de la muerte. Hemos visto a la mujer valiente que se acerca al Señor y no tiene miedo de manifestar solidaridad con este Varón de dolores. Hemos visto a Simón, el Cirineo, un africano, que lleva la cruz juntamente con Jesús. Y mediante estas “estaciones” de consuelo hemos visto, por último, que, del mismo modo que no acaban los sufrimientos, tampoco acaban los consuelos”. Dios no nos ha amado en broma.

En segundo lugar, sigamos mirando la Cruz de Cristo. “Hemos visto cómo san Pablo encontró en el “camino de la cruz” el celo de su fe y encendió la luz del amor. Hemos visto cómo san Agustín halló su camino. Lo mismo san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, san Maximiliano Kolbe, la madre Teresa de Calcuta… Del mismo modo también nosotros estamos invitados a encontrar nuestro lugar, a encontrar, como estos grandes y valientes santos, el camino con Jesús y por Jesús:  el camino de la bondad, de la verdad; la valentía del amor. Hemos comprendido que el vía crucis no es simplemente una colección de las cosas oscuras y tristes del mundo. Tampoco es un moralismo que, al final, resulta insuficiente. No es un grito de protesta que no cambia nada. El vía crucis es el camino de la misericordia, y de la misericordia que pone el límite al mal:  eso lo hemos aprendido del Papa Juan Pablo II. Es el camino de la misericordia y, así, el camino de la salvación. De este modo estamos invitados a tomar el camino de la misericordia y a poner, juntamente con Jesús, el límite al mal”. Dios no nos ha amado en broma.

Finalmente, alguien podría decir: Sí, es verdad que Cristo nos amó locamente entonces, cuando vivió en la tierra; ¿pero ahora? Ahora que ya no está entre nosotros, ¿qué queda de aquel amor, a no ser un pálido reflejo, tal vez inmortalizado en una cruz que cuelga de la pared? Los discípulos de Emaús decían: “Hace ya tres días que sucedió esto”, y nosotros nos sentimos tentados de decir: “¡Hace ya dos mil años…!”. Pero se equivocaban, porque Jesús había resucitado y estaba caminando con ellos.

Y también nosotros nos equivocamos cuando pensamos como ellos, pues su amor sigue aún en medio de nosotros, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Y ese amor misericordioso sigue derramándose desde su Cruz en cada confesión donde recibimos el perdón de manos del ministro de Dios. Y ese amor misericordioso sigue alimentando nuestra alma en cada comunión que recibimos con fervor y el alma limpia en cada Eucaristía.

Y ese amor misericordioso sigue siendo palpable en cada gesto de nuestros padres, de nuestros maestros, de nuestros amigos, de tantos médicos que se desviven por sus pacientes, de esas monjas que cuidan a enfermos y ancianos, de nuestros sacerdotes que se entregan con dedicación, sacrificio y generosidad, sin pedir compensaciones. No, Dios no nos ha amado en broma. Su amor fue, es y será muy serio. Y amor con amor se paga. Al menos eso hacen las almas nobles.

Para reflexionar: ¿Me dejo curar y abrazar por la Cruz de Cristo? ¿Experimento todos los días en la oración y en la participación de los sacramentos ese amor de Cristo que me ha amado y me sigue amando en serio? ¿Soy portador de ese amor misericordioso de Cristo a mis hermanos y hermanas que viven a mi lado y que están llevando una cruz tal vez más pesada que la mía? ¿Alargo también yo mis brazos para echarles una mano, como buen cireneo, o extenderles mi manto para enjugar sus lágrimas y su sangre, como hizo la Verónica con Cristo?

Para rezar: Pidamos al Señor que nos ayude a ser “contagiados” por su misericordia. Pidamos a la santa Madre de Jesús, la Madre de la misericordia, que también nosotros seamos hombres y mujeres de la misericordia, para contribuir así a la salvación del mundo, a la salvación de las criaturas, para ser hombres y mujeres de Dios. Amén.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

abril 16, 2019 09:00Espiritualidad y oración

 


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Viernes, 12 de abril de 2019

Reflexión a las lecturas del Domingo de Ramos C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe  "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Ramos

 

                        ¡La Liturgia del Domingo de Ramos es muy hermosa!

                        En la primera parte, recordamos y revivimos la Entrada del Señor en Jerusalén, que le recibe como Rey y Mesías. Nuestras aclamaciones y nuestros cantos se unen a los de aquella gente, que le acoge de una manera tan extraordinaria, y a los cristianos, que, a lo largo de los siglos, han celebrado esta fiesta con el mejor espíritu.

                        La segunda parte es la Misa de Pasión. De este modo, ¡la Cruz del Señor se convierte en el centro de la Semana! La misma procesión, llena de colorido y de fiesta, prefigura la gloria de la Resurrección, que celebraremos el próximo domingo.

                        ¡El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa! ¡Cuántas gracias hemos de dar al Padre del Cielo, que nos concede un año más, celebrar la Pascua, la fiesta más grande e importante de los cristianos!

                        Y hemos de acoger estos días santos con el mejor sentido de responsabilidad: “No podemos echar en saco roto la gracia de Dios”, que escribía San Pablo (2 Co 6, 1).

                        Nuestra atención tiene que centrarse en las celebraciones litúrgicas de nuestras iglesias. Las procesiones, tantas y tan importantes, expresan y alimentan también lo que conmemoramos, siempre que no estén desconectadas de la participación en los actos litúrgicos.

                        Los sacramentos, que brotan de la Muerte y Resurrección del Señor, constituyen el núcleo de estos días santos, especialmente, El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía,  sacramentos de la Iniciación Cristiana, que vamos a renovar la Noche Santa de la Pascua.

                        El espíritu cuaresmal presenta a los cristianos dos caminos o formas fundamentales de celebrarla: Los catecúmenos, intensificando la preparación para el Bautismo, que van a recibir la Noche de la Resurrección del Señor, junto con la Confirmación y la Eucaristía. Los que ya estamos bautizados, luchando y disponiéndonos, para ser capaces de renovar nuestro Bautismo, el que recibimos de pequeños, como si fuéramos esa Noche a ser bautizados de nuevo, como si esa Noche comenzáramos de nuevo a ser cristianos. Por eso la Cuaresma es tan importante y da tanto fruto cada año en nuestra vida cristiana y en la vida de toda la Iglesia.   

                        Y la mejor manera de renovar estos sacramentos es recibir el de la Penitencia o de la Reconciliación, tan propio de estas fechas, y que nos deja limpios y llenos de gracia, como el día de nuestro Bautismo, para celebrar la Pascua de la mejor manera posible.

                        Ya el Papa S. León Magno (siglo V) decía que es propio de las fiestas pascuales, que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados, tanto los que llegan nuevos a ella por la recepción del Bautismo, como los que han tenido la dicha de haber recibido, desde hace mucho tiempo, esa gracia incomparable.

                        Y la Eucaristía está siempre presente, como la forma principal e imprescindible, de celebrar los distintos acontecimientos que recordamos.

                        Y la Semana Santa la celebramos como cristianos, es decir, como personas que están ya experimentando y valorando constantemente en sus vidas, los frutos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

                        Hagámoslo también tratando de compartir con todos los hermanos el mensaje gozoso de la Semana Santa, de la Pascua del Señor, como miembros de una Iglesia en salida misionera.                                                                                  

                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

MONICIONES

  

PRIMERA LECTURA

          En la Pasión, Jesús se nos presenta como el Siervo doliente del Padre, como se había profetizado. Es lo que vamos a escuchar en la primera lectura. 

SALMO RESPONSORIAL

          El sufrimiento se considera, muchas veces, como un abandono de Dios, como si el Señor se hubiera olvidado de nosotros. Sin embargo, el cristiano le invoca, desde lo profundo de su corazón, sabiendo que Él le escucha y le ama, y, después de la dificultad, llegará de nuevo la dicha y la alegría. 

SEGUNDA LECTURA

          Escuchemos ahora, con atención y con fe, una síntesis preciosa de la vida de Cristo, que solemos recordar con frecuencia: Él no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó tomando la forma de siervo, hasta la muerte. Por lo cual fue exaltado y glorificado por su Resurrección. 

TERCERA LECTURA

          En el centro de nuestra celebración de hoy, escuchamos ahora el relato estremecedor de la Pasión de Jesús según San Lucas. ¡Él muere en un acto supremo de amor y de fidelidad! ¡De su Cruz nos viene la salvación y la vida!   

          Por eso le aclamamos ahora, disponiéndonos a escuchar y contemplar su entrega. 

COMUNIÓN

          En la Comunión recibimos a Jesucristo, al que hemos contemplado hoy, aclamado en la Ciudad Santa de Jerusalén. Abramos las puertas de nuestro corazón al Redentor, que contemplamos estos días, pobre, despreciado, crucificado y también, resucitado y glorioso.

Pidámosle que nos ayude a aprovechar al máximo esta Semana Santa.


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Viernes, 05 de abril de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 5º de Cuaresma C

 

        El Evangelio de Jesucristo es un mensaje y un camino de liberación verdadera, como contemplamos en la Liturgia de este domingo.

        ¡Una mujer sorprendida en adulterio!

        Según la Ley de Moisés tenía que morir apedreada. Pero los fariseos y escribas aprovechan la ocasión, para tender una trampa al Señor: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. ¿Tú qué dices?”

        Ante su insistencia responde: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

        Entonces “se fueron escabullendo uno a uno, comenzando por los más viejos”.

        ¡Son sinceros! ¡Se reconocen pecadores y comienzan a marcharse!

    Pero tantos cristianos de hoy, que dicen que no tienen pecados, ¿qué harían? ¿Le tirarían la primera piedra? ¿Y la segunda…? ¡Es para pensarlo!        

    Cuando se han marchado todos, se queda Jesús solo con la mujer.

    ¡Jesús es el único que puede tirar la primera piedra a aquella mujer, porque Él sí que está libre de pecado! Sin embargo, le dice: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante, no peques más”.

    Jesús no niega el pecado de aquella mujer. Sólo que no la condena a muerte y le concede el perdón y la paz. Por eso, su liberación es verdadera; no es una falsa liberación, como sucede, tantas veces, cuando se le dice a una persona que eso no es pecado, que no tiene tanta importancia, que, en las circunstancias en que se encuentra, puedes hacerlo con tranquilidad, no pasa nada, etc. Cristo, como decía, le libera del pecado y la reintegra en la vida social y religiosa de Israel.

        ¡Y la mujer recobra la dignidad perdida y vuelve a su casa liberada y dignificada!

      Y Jesucristo la despide diciéndole: “Anda, y, en adelante, no peques más”.

     ¡Qué impresionante es todo esto! El Señor siempre nos perdona si estamos verdaderamente arrepentidos. ¡Nos da siempre una segunda oportunidad…! ¡Y una tercera…! En el pecado, siempre da lugar al arrepentimiento, a la conversión, a la que nos llama  cada día,  este Tiempo de Cuaresma.

         En toda la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se nos recuerda constantemente esta verdad.

    Algo parecido contemplábamos el domingo pasado, cuando el padre de la parábola mandaba que a su hijo, que vuelve arrepentido, le vistan con el mejor traje, le pongan un anillo en la mano y sandalias en los pies... De este modo, le reconoce como un verdadero hijo y restaura su dignidad; quiere que sea tratado así, como un hijo, no como un jornalero.

         La primera lectura de hoy es un mensaje de liberación al pueblo de Dios, desterrado en Babilonia. El profeta asocia a toda la naturaleza a esta obra de salvación, que prefigura la que realizará Jesucristo, el Mesías, nuestro Salvador. ¡Es lo que contemplaremos en la Semana Santa y en la Pascua!

     La segunda lectura nos presenta el testimonio de un liberado por Cristo, Pablo, que nos dice: “Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él…” ¿Y qué vería el Apóstol en Cristo para hablar de esta manera?

   Por todo ello, es lógico que, este domingo proclamemos todos en el salmo responsorial: “¡El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres!”

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 5º DE CUARESMA C           

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Durante el tiempo de Cuaresma hemos venido escuchando, en la primera lectura, los grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación, en favor del pueblo de Israel. Hoy escuchamos al profeta Isaías que, en medio del destierro, les anuncia, con un lenguaje lleno de poesía, la buena noticia de su liberación. 

SALMO

                El salmo 125 es el canto de liberación del pueblo de Israel, que se prepara para el retorno del destierro a su tierra.

        Este acontecimiento prefigura la gran liberación que se realizará por Jesucristo, nuestro Salvador. Por eso proclamamos todos ahora: "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres".  

SEGUNDA LECTURA

        El descubrimiento de Jesucristo como valor supremo, que realiza      S. Pablo, es lo que explica y da contenido a toda su vida y a toda su actividad. Escuchemos ahora su testimonio. ¡Constituye un reto para nosotros! 

TERCERA LECTURA

     "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra".

Jesucristo, liberando a la mujer adúltera de la muerte y, perdonándole su pecado, anuncia la llegada de la liberación cristiana: liberación del pecado, del mal y de la muerte.

Aclamémosle ahora antes de escuchar el Evangelio. 

COMUNIÓN

        "Anda, y, en adelante, no peques más" es  la exhortación de Jesucristo a la mujer del Evangelio, y también a nosotros, cuando nos perdona por el sacramento de la Penitencia.

        En la Comunión nos encontramos con el mismo Jesucristo, que nos ofrece fuerza sobreabundante para poder seguirle y cumplir sus mandatos.


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Viernes, 29 de marzo de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Cuaresma ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

  Domingo 4º de Cuaresma C

 

Nunca reflexionaremos bastante sobre este misterio: Cuando Dios se hace hombre, es criticado porque no anda con los sabios y los buenos, sino con los publicanos y pecadores. Nos parecería más lógico que hubiera sido de la otra manera.

Los fariseos y escribas están disgustados por eso, porque Jesús trata con gente de mala fama. Y a ellos va dirigida la parábola del evangelio de hoy. Quiere explicarles por qué lo hace. Sencillamente, porque actúa como el Padre del Cielo, al que contempla constantemente, y que está representado en el padre de la parábola. El hijo menor representa a los publicanos y pecadores y el hijo mayor, a los escribas y fariseos.

La descripción que se hace del pecado y de la conversión es admirable: El pecado se nos presenta como una ruptura definitiva con el padre y con su casa; como un derroche, como una degradación, como una muerte. La conversión es recapacitar y volver a la casa del Padre, que le recibe no como a “uno de los jornaleros”, sino como a un verdadero hijo: Por eso, dice que hay que vestirle como un hijo y hay que hacer fiesta “porque el hijo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Los fariseos y escribas quedan retratados en el hijo mayor. Ellos no tienen el corazón de un verdadero hermano, que se alegraría con la vuelta del que se había marchado, y no entienden a Jesucristo, porque no conocen realmente al Padre del Cielo, que es rico en bondad y misericordia.

Jesucristo ha venido a revelarnos, con obras y palabras, el verdadero rostro y el verdadero corazón del Padre, y, por eso, busca a los que se han alejado y los llama a la conversión. ¡Él es el verdadero hermano mayor!

La parábola va hoy por nosotros. A todos nos enseña algo. Y, en definitiva, ¿quién puede decir que no tiene nada de cada uno de los dos hijos?

En la segunda lectura, S. Pablo nos habla del servicio de la reconciliación con Dios, que la Iglesia ha recibido de los apóstoles, y que no sólo es mensaje y  buena noticia, sino también su realización, una verdadera reconciliación con Dios y con la Iglesia, que se ofrece continuamente a cada cristiano, a través  ministerio apostólico, que han recibido los obispos y los presbíteros. El Tiempo de Cuaresma está especialmente indicado para recibir este sacramento. Ya San León Magno, en el siglo V, hablaba de que “es propio de las fiestas pascuales que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados”.

La Iglesia siempre ha manifestado su preocupación por los que se han alejado. Ha sido constante, a lo largo de los siglos, su “oración por los pecadores”, y su esfuerzo por reconciliarles con Dios y con la Iglesia. Hoy la preocupación por los alejados es uno de los signos de los tiempos. El Vaticano II nos enseña que la Iglesia ayuda a los que vuelven “con caridad, ejemplos y oraciones” (L. G. 11).

El domingo pasado acogíamos la llamada a la conversión, que el Señor nos hace siempre, pero, especialmente, en este tiempo de Cuaresma. Por eso, esta parábola nos resulta muy apropiada para este día, como una continuación y complemento de lo que contemplábamos el domingo.

En la comunión con Dios y con los hermanos, que obtenemos por el sacramento de la Reconciliación, tiene su raíz más profunda la alegría cristiana a la que nos invita este domingo de Cuaresma, que, desde antiguo, se llama “Laetare” (Alégrate) porque se acerca ya la Pascua.

Alegrémonos, por tanto, este domingo, porque, en las fiestas de Pascua, el Señor nos espera para mostrarnos y hacernos partícipes a todos de la obra admirable de la Redención, que es más grande que la obra de la Creación y que proceden ambas de su infinita bondad y misericordia.                                                           

                                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 4º DE CUARESMA C

MONICIONES

  

 

PRIMERA LECTURA

            Las lecturas  del Antiguo Testamento nos hacen revivir durante este tiempo cuaresmal,  las grandes intervenciones de Dios a favor de su pueblo Israel. Hoy se nos presenta, por fin, la llegada del pueblo a la tierra prometida y la celebración de la primera Pascua. 

SALMO

            Con la llegada del pueblo de Israel a la tierra prometida, constatamos una vez más, que el Señor es bueno y fiel a sus promesas. Por eso proclamamos en el salmo: "Gustad y ved qué bueno es el Señor". 

SEGUNDA LECTURA

            S. Pablo nos urge a reconciliarnos con Dios a través de la Iglesia, a la que Cristo ha confiado el mensaje de la reconciliación y el servicio de reconciliar. Escuchemos con atención. 

TERCERA LECTURA

            Los fariseos critican a Jesús porque trata con los pecadores y come con ellos. Jesús les responde con varias parábolas, entre ellas, ésta que vamos a escuchar. 

COMUNIÓN

La Eucaristía es el banquete al que el Padre invita a sus hijos, reconciliados con Él,  y donde nos ofrece como comida el verdadero cordero pascual, Cristo, inmolado por nuestra salvación.

            Ojalá que sepamos corresponder siempre a la invitación que el Señor nos hace a participar activa, consciente y fructuosamente en estos santos misterios.                                       


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Jueves, 28 de marzo de 2019

Comentario litúrgico del IV Domingo de Cuaresma por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. marzo 26, 2019 (zenit)

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Ciclo C

Textos: Josué 5, 9a.10-12; 2 Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32

Idea principal: Llamada a la conversión y a dejarnos envolver por la misericordia de Dios.

Síntesis del mensaje: El Papa Francisco dice en su carta Misericordiae vultus: “En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (n. 9). El hombre que tuvo dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio y todo aquello que Dios nos dio para que lo conociésemos y alabásemos.

Puntos de la idea principal: Saquemos al proscenio de nuestra vida a los personajes de la parábola, bajo la inspiración de algunos santos Padres de la Iglesia.

En primer lugarel hijo menor. Es el pueblo gentil. Se alejó de la casa del Padre hacia una región lejana, para derrochar el tesoro y disipar la herencia que Dios pródigamente le había confiado. Y allá en esa región del pecado se fue oscureciendo la imagen y semejanza que el Creador había impreso en su alma. Quería una libertad sin límites. Se dejó llevar por ilusorios espejismos, tratando de saciar la sed de felicidad que se anidaba en su corazón con los placeres de este mundo.

¿Qué pasó? Cayó en la más profunda degradación espiritual, moral, existencial. Dos elementos fueron fundamentales para la vuelta a casa: la reflexión y el sentido de familia en la formación espiritual de los hijos. Primero, la reflexión. Este hijo menor reflexionó. Dios permite nuestra miseria para que, volviendo sobre nosotros mismos, experimentemos nuestra indigencia, sintamos la nostalgia de la casa del Padre y retornemos al único Bien que puede apagar nuestra sed de infinito. “Nos ha hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín, Confesiones I, 1).

Será la reflexión sobre nuestros pasos la que nos permitirá conocernos mejor a la luz de Dios, confesando así nuestra miseria. Santa Teresa de Jesús, maestra del diálogo entre el alma y Dios, decía que el primer paso de la vida de oración era conocerse a sí mismo a la luz de Dios. Y segundoel sentido de familia. Si este hijo menor se decide a volver es porque en la casa de su Padre siente seguridad, el amor y ternura de su Padre, además de las comodidades que le brindaba la vida familiar. ¡Atención a los padres de familia para que rodeen a sus hijos de cariño, calor y abrazos, para que no se dejen llevar de los reclamos de la carne y de los paraísos engañosos de la droga y falsas ideologías! Es en la familia donde se siembran las primeras semillas de la fe y se forman los hábitos que liberan a los hijos de la esclavitud interior.

En segundo lugar, el hijo mayor. Es el pueblo judío cumplidor de la ley, fiel a la Alianza divina, guiado por los Patriarcas y Profetas. Sin embargo, poco a poco, un gusano fue carcomiendo esta fidelidad, el peor de los males, la soberbia. Olvidando que la elección divina era un don gratuito, y no algo que le era debido en justicia, comenzó a despreciara aquellos se habían marchado a regiones lejanas. Perdió el sentido universal de su misión, enterró el talento que le había sido confiado, sin hacerlo producir para bien de todos. Pueblo este inmisericorde y despiadado con quienes no cumplían a la letra lo que ellos consideraban la ley de Dios. Se creía con derechos ante su padre. Se creía justo. A la soberbia y presunción del mérito proprio, se le juntaron el resentimiento, la envidia, la ira, la tristeza interior. ¡Qué pena, pues este hijo mayor vino a romper la sinfonía maravillosa de la casa y no quiso entrar en la fiesta de la misericordia!

Finalmente, el padre misericordioso. Misericordioso con el hijo menor y con el mayor, también. Con los dos usó de su infinita misericordia. Con el hijo menor, misericordia concretizada en estos detalles: le respeta la libertad, sabe esperar con paciencia el tiempo de la maduración de su hijo, lo recibe con júbilo y esplendidez, y lo restituye en su dignidad humana y espiritual. Con el hijo mayor, misericordia concretizada en estos detalles: sale para llamar al hijo, le invita a la fiesta común, soporta la humillación de su hijo al echarle en cara tanta misericordia con el menor, y le dice que en casa no es esclavo, sino hijo, y que puede disponer de los bienes de la familia. Derramó lágrimas de alegría, sí, por la vuelta del hijo menor; pero también de tristeza y pena, por el hijo mayor.

Para reflexionar: ¿Soy consciente de la lucha y violencia terrible que el demonio y el espíritu del mundo desatan contra la familia, contra la pureza del amor humano tal cual Dios los ha creado y redimido en Cristo, contra la inocencia de los niños despertando en ellos la desconfianza hacia sus padres y hacia toda autoridad legítima, proponiendo “nuevos maestros”, hablando de amor libre, de divorcio, llamando normales a conductas destructivas para la familia, manipulando la vida humana por los abusos de la ingeniería genética? ¿Con cuál de los dos hijos me identifico? ¿Tengo corazón misericordioso como ese padre de la parábola?

Para rezar: Nunca mejor que hoy para rezar el acto de contrición: “¡Señor mío, Jesucristo! Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amen”.

O estas líneas de santa Faustina Kowalska: “Deseo transformarme en tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti, oh Señor. Que este más grande atributo de Dios, es decir su insondable misericordia, pase a través de mi corazón y mi alma al prójimo. Ayúdame Señor, a que mis ojos sean misericordiosos para que yo jamás sospeche o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle. Ayúdame Señor, a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos. Ayúdame Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás critique a mi prójimo, sino que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.  Ayúdame Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas. Ayúdame Señor, a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo. Ayúdame Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí. Jesús mío, transfórmame en Ti porque tú lo puedes todo. Amén” (Diario 163). 

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

marzo 26, 2019 10:39Espiritualidad y oración

 


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S?bado, 23 de marzo de 2019

Comentario III Domingo de Cuaresma por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. marzo 19, 2019 (zenit)

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Ciclo C

Textos: Ex 3, 1-8a.13-15; 1 Co 10, 1-6.10-12: Lc 13, 1-9

Idea principal: La higuera de nuestra alma está llamada a dar frutos de penitencia y conversión.

Síntesis del mensaje: Sin duda alguna que todos los males que sufrimos a nivel personal, familiar, social, eclesial, mundial…se deben a nuestros pecados. No es que Dios nos castigue. Pero nuestros pecados no quedan impunes. Pagamos las consecuencias de nuestros extravíos. Por eso, urge dar frutos de conversión. Sólo si nos arrepentimos, obtendremos la misericordia de Dios (evangelio) y Él nos llenará de frutos de santidad. Cuaresma es el tiempo de la experiencia de la misericordia y liberación de Dios (1ª lectura). Quien crea que está firme, que cuide para no caer (2ª lectura). 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Cristo en esta Cuaresma, y durante nuestra vida toda, nos llama a la conversión y a dar frutos de conversión. Sólo así llegaremos preparados para la Pascua. Somos higueras que Él plantó en el jardín del mundo. Dios nos ha dotado con la capacidad de hacer el bien, de cultivar la justicia y de mantener unas relaciones sanas con  los demás y con Dios mismo. Pero como dueño y Señor de esas higueras que somos nosotros, puede exigirnos y pedirnos cuentas. La conversión lleva consigo la renuncia al pecado y al estado de vida incompatible con las enseñanzas de Cristo, y la vuelta sincera a Dios. No bastaría el proponernos cambiar de vida, si no hay dolor por las faltas cometidas. La conversión no es sólo hacer penitencia, en el sentido de realizar unas obras de ayuno o de limosna. La palabra griega para penitencia es “metánoia”, que significa cambio de mentalidad. Lo que nos pide Dios en la Cuaresma es un cambio en un nivel bastante más profundo que el de las meras obras exteriores. Una conversión, si es auténtica, “hace daño”, porque significa meter el “dedo en la llaga” y corregir las raíces de nuestros males. Si hay que “operar”, tenemos que estar dispuesto a coger el bisturí y a cortar lo que sea necesario, y no conformarnos con aplicar una pomada suave que no llega a las raíces de nuestro mal. Y lo que tenemos que cortar sin contemplaciones son las causas de nuestros pecados que ofenden a Dios y a nuestros hermanos.

En segundo lugar, Cristo espera frutos concretos de conversión de nuestra higuera (evangelio). Pablo en la segunda lectura a los cristianos de Corinto les echó en cara que algunos de los israelitas que hicieron el camino con Moisés por el desierto no agradaron a Dios, ni fueron fieles a la Alianza, dejándose llevar de las tentaciones de los pueblos vecinos. Se buscaron otros dioses permisivos. Por eso no entraron en la tierra prometida. Para Pablo eso debería servirnos de escarmiento a nosotros. No basta con pertenecer al pueblo de Dios, o con decir unas oraciones o llevar unas medallas o ir de peregrinación a un Santuario. Algo tiene que cambiar en nuestra vida para que nuestra higuera personal dé los frutos que Dios espera. Tenemos que ser sinceros y entrar en nuestra huerta interior y matar todo bicho o plaga que está destruyendo nuestra higuera: egoísmo, indiferencias, protestas, rebeldías interiores, maltrato al prójimo, infidelidad matrimonial o sacerdotal, mentiras y estafas. Si hay que fumigar con abono eficaz la huerta, ¿a qué esperamos? Si hay que regarla con la oración, ¿por qué le damos largas? Si hay que podar, tomemos las tijeras y cortemos sin contemplaciones. La paciencia de Dios puede tener un límite: “Corta esa higuera”.

Finalmente, ¡cuántos siglos viene Dios pidiendo frutos! Pensemos en aquella Europa cristiana[1], que recibió la primera semilla de la fe por boca de los apóstoles mismos, regada con la sangre de innumerables mártires, protegida por santos pastores, civilizada por multitud de monjes, enriquecida con toda clase de dones. Beneficiaria, ella también, de un amor de gran predilección por parte del Señor. ¿Y qué encuentra ese Dueño? Algunos frutos buenos, ¡bendito sea Dios! Pero cuánto fruto malo: ateísmo, agnosticismo, indiferentismo, relativismo, caída de la fe y cierre de iglesias y monasterios, avance de otras religiones fanáticas y blasfemas, como dijo el Papa Francisco, que en nombre de Dios perpetran atentados inhumanos. ¿Dónde están las virtudes cristianas que hicieron posible la edificación de las magníficas catedrales, la creación de las escuelas y universidades, la construcción de una sociedad que tenía por ley el Evangelio, los tesoros del arte, las obras maestras de la literatura cristiana, el gobierno de príncipes santos: san Fernando III de Castilla, santa Margarita de Escocia, san Vladimiro de Kiev, san Luis IX de Francia, san Matilde de Ringelheim, y tantos otros? Oremos por aquellos cristianos fieles que en la vieja Europa, madre de nuestra cultura y de nuestra fe, siguen combatiendo el buen combate, y pidamos con ellos al dueño del campo que le dé a aquella bendita tierra “un año más”, y la gracia de que sus corazones se abran a la penitencia que da frutos de vida eterna.

Para reflexionar:  Nuestro Señor Jesucristo es un Rey misericordioso que perdonará a quienes confiesen humildemente sus pecados; no perdonará a quienes se rehúsen a echarse a sus manos bondadosas. ¡Abramos nuestras almas al regalo de su misericordia! Sólo así podremos dar frutos de conversión, de santidad y de vida eterna. Miremos nuestro corazón, ¿qué frutos estamos dando a nivel personal, a nivel familiar, a nivel laboral, a nivel parroquial?

Para rezarSeñor y Dios nuestro, tenme paciencia, pues quiero dar fruto abundante para mayor gloria tuya. No me maldigas, como maldijiste aquella higuera en la que sólo encontraste hojas (cf. Mt 21, 19). No quiero que me quites tu Reino, para entregarlo a un pueblo que produzca los frutos que esperas (cf. Mt 21, 43). Que tome conciencia, Señor, que tu Padre Dios será glorificado cuando dé mucho fruto y muestre así que soy tu discípulo (cf. Jn 15, 8).

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

[1]Idea tomada del padre Alfredo Saénz en su libro “Palabra y vida”, Gladius 1994.

marzo 19, 2019 13:51Espiritualidad y oración


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