Viernes, 12 de octubre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veintiocho del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 28º del T. Ordinario B

 

        Aquel joven, que nos presenta el Evangelio de este domingo, era muy bueno. Cuando Jesús le dice que, para heredar la vida eterna, tiene que cumplir los mandamientos, le responde: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Es lógico que Jesús se quedara mirándolo con cariño. Y como signo de su amor, le invita dar un paso más radical en su seguimiento y le dice: “Una cosa te falta: Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme”. Pero aquel joven no aceptó el reto de Jesús, y se fue, pesaroso, porque era muy rico.

        Pero a lo largo de la historia, han habido muchos jóvenes que no se marchan, que aceptan gozosos la invitación. Comenzando por los apóstoles. De ahí que Pedro empiece a decirle al Señor: “Ya ves que  nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido…”.

       Y después de los apóstoles, son muchos, muchísimos, los chicos y las chicas, que lo han dejado para seguir a Jesucristo y entregarse al servicio de la Iglesia, como sacerdotes, misioneros/as, religiosos/as y demás personas consagradas. Con frecuencia los encontramos trabajando y trabajando, aquí y allá, incluso, en los lugares más pobres de la tierra. ¡Cuántos ejemplos podríamos presentar!

        Ellos y ellas pueden decir lo que escuchamos en la primera lectura: “Vino a mí un espíritu de sabiduría: La preferí a los cetros y a los tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena y junto a ella la plata vale lo que el barro”.

       Constatamos aquí a cuánto puede comprometernos la Palabra de Dios que, en la segunda lectura, se nos presenta “más tajante que espada de doble filo…”

         Lo cierto es que a todos, jóvenes y mayores, el Señor nos llama a cimas cada vez más altas en su seguimiento. De este modo, comprendemos que nunca podemos pararnos e instalarnos en ningún tipo de mediocridad o medianía, pensando: “Tranquilo, ya está bien, ya cumples, no te preocupes más”. ¡La cuestión fundamental está en que  no podemos contentarnos con ser buenos, porque el Señor nos llama a ser santos!

        ¡Cómo cambia la perspectiva de nuestra vida cuando nos hacemos estos planteamientos!

        Y nadie “paga” como el Señor: “Cien veces más, en esta vida, con persecuciones, y, en la futura, vida eterna. No hay persona ni empresa en el mundo que dé más. Muchos consagrados/as lo han experimentado y nos dicen que es verdad. Lo que hace falta es que nos lo creamos nosotros, especialmente, la gente joven, cuando comienzan a sentirse llamados por el Señor.

         Y, además de todo eso, Jesús nos pone en guardia sobre el peligro de las riquezas. No porque los bienes de la tierra sean  malos, sino porque se pueden usar mal; y, de hecho, con frecuencia, se usan mal, hasta convertirlos en dioses, especialmente, el dinero. Y así tenemos “el dios dinero”. Jesús se refiere, en concreto, a "los que ponen su confianza en el dinero".

        S. Pablo nos advierte del peligro de “la codicia y la avaricia, que es una idolatría”        (Col, 3, 5). Nos sentimos fuertes  ante  Dios, prescindimos de Él, y podemos llegar a vivir en contra de Él.

        Y no olvidemos que donde está nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón.       (Mt 6, 21) ¡Y el corazón es lo fundamental!

        Se trata, en definitiva, de no perder sino de conservar y mejorar nuestra capacidad de valorar tantas realidades que están más allá del dinero y de lo puramente material.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR


Publicado por verdenaranja @ 19:38  | Espiritualidad
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DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO B  

 MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

En la lectura, que ahora escucharemos, se hace un elogio de la sabiduría divina, poniéndola por encima de la salud, la belleza, el dinero y el poder. Para los cristianos Jesucristo es la Sabiduría de Dios. 

 

SEGUNDA LECTURA

            Continuando con la lectura de la Carta a los Hebreos, se nos enseña hoy, en pocas palabras, la eficacia y la fuerza tan extraordinaria que tiene la Palabra de Dios, capaz de penetrar hasta lo más profundo de nuestro ser. 

 

TERCERA LECTURA

            En el Evangelio que vamos a escuchar, constatamos cómo la Palabra de Dios puede comprometernos a cosas muy difíciles, pero el Señor nos da su ayu-da y su gracia para conseguirlo.

            Aclamemos ahora  al Señor con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

            En la Comunión nos encontramos con Jesucristo, que es alimento y fuerza para progresar en su seguimiento.

            Pidámosle que nos ayude a cumplir cada día, con mayor perfección, su Palabra, de modo, que, en medio de las vicisitudes de nuestra vida, nos esforcemos en agradarle. De este modo nos sentiremos siempre ricos poseyendo-le a Él.


Publicado por verdenaranja @ 19:29  | Liturgia
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Viernes, 05 de octubre de 2018

Comentario Domingo 27 del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero. octubre 02, 2018 (ZENIT)

Domingo 27 del Tiempo Ordinario
Ciclo B
Textos: Gn 2, 18-24; Heb 2, 9-11; Mc 10, 2-16

Idea principal: La naturaleza religiosa  del matrimonio

Síntesis del mensaje: Hoy el mensaje litúrgico podría resumirse así: la naturaleza religiosa del matrimonio. No es sólo una institución natural. Desde el inicio está marcada por la mano de Dios. La creación del hombre y la creación del matrimonio son simultáneas; tienen la misma fuente: el Dios de Vida; y la misma meta: comunicar vida. Si Dios es la fuente de toda vida, el matrimonio, también al dar vida a nuevos hijos, tiene que ver con Dios; tiene una naturaleza religiosa. El divorcio, por tanto, nunca entró en los planos de Dios.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, el matrimonio no es sólo una institución sociológica, o algo privado entre el hombre y la mujer. El matrimonio es compartir el amor y el poder de Dios de comunicar vida a otros; por lo tanto, tiene una naturaleza religiosa. De ahí que Cristo en el evangelio defienda esta característica del matrimonio, prohibiendo el divorcio que nunca entró en los planos de Dios. La fidelidad es una cualidad bien conocida en el matrimonio cristiano y, ciertamente, en cualquier matrimonio realmente humano. Hay muchas razones para mantener el principio de inseparabilidad en el matrimonio. Dos razones apunto. Primera, está en la naturaleza del amor el ser fiel y verdadero el uno al otro, y permanentemente. El hombre y la mujer son los únicos seres en la tierra que pueden comprometerse para siempre. En esto también son imagen de Dios. Y segunda: la fidelidad permanente en el matrimonio es la única respuesta para mantener su estabilidad como institución, tan esencial para la formación de los hijos. Por eso, no sólo la enseñanza de Jesús, sino la experiencia humana confirma los valores religiosos del matrimonio. Es por eso por lo que el matrimonio es un sacramento, fuente de gracia divina.

En segundo lugar, ¿por qué entonces muchos matrimonios no viven esta dimensión religiosa en sus vidas? Muchos matrimonios andan hoy que no pueden con su alma. Han perdido, si es que lo tuvieron, o han olvidado, si es que lo vivieron, el espíritu de sacrificio, elemental e indispensable para aguantar mecha los influjos de la sociedad, los roces de la convivencia y las crisis de la vida. La crisis de la primavera matrimonial: la crisis de la desilusión, que aparece en el segundo o tercer año de matrimonio; se creía que todo sería color de rosa. No se había experimentado la convivencia diaria, los roces diarios, los defectos diarios. En el noviazgo sólo se ven las rosas; nunca las espinas. La crisis del verano matrimonial: la crisis del silencio. Si el marido y mujer, en vez de avanzar uno en dirección al otro, superando las decepciones inevitables que surgen en el transcurso de los primeros años, se atrincheran en el silencio y en el conformismo, entran, más o menos en esta época, en una etapa decisiva. Si el demonio mudo se apodera de ellos, conjugando sus esfuerzos con los estragos del tiempo, caen ambos en una especie de letargo. La crisis del otoño matrimonial: la de la indiferencia. Ha pasado el tiempo y ha paralizado el amor, e incluso lo ha matado. La crisis del invierno matrimonial: la pérdida. Se pierde el pelo, la buena presencia, la salud, la memoria, el dinero, los aplausos de ayer. Se pierden los seres queridos, a quien tanto amábamos. Vamos a la tumba. Y esto es doloroso y sangrante.

Finalmente, tiene que quedar claro hoy lo siguiente: el matrimonio, todo matrimonio, es el derecho natural del hombre y de la mujer a casarse; derecho natural que, por ser Dios el fundador, es de derecho divino y tiene naturaleza religiosa. Derecho divino en que, por ser de Dios, Dios manda, dispone y gobierna. O lo que es maravilloso: el matrimonio es uno, fiel, irrompible, irrepetible, inseparable, vitalicio… como el amor, como la vida, como Dios. Los cristianos, por ser portadores de la fe, de la gracia y del Espíritu, automáticamente elevan el matrimonio civil a sacramento. Ni siquiera los casados por lo civil tampoco pueden divorciarse. Si se casaron porque su conciencia les dio el visto bueno, sin impedimento dirimente alguno que obstaculizase la validez del matrimonio, si su voluntad fue casarse de una vez por todas y para siempre… no hay divorcio que valga.

Para reflexionar: ¿Viven todo esto nuestros matrimonios de hoy? ¿Por qué algunos matrimonios optan por el divorcio? ¿Qué hacer ante las crisis que vendrán para madurar los matrimonios?

Para rezar:

Señor, Padre santo,
Dios omnipotente y eterno,
te damos gracias y bendecimos
tu santo Nombre: tú has creado
al hombre y a la mujer
para que el uno sea para del otro
ayuda y apoyo. Acuérdate hoy de nosotros. Protégenos y concédenos
que nuestro amor sea entrega
y don, a imagen de Cristo y de la Iglesia.
Ilumínanos y fortalécenos en la tarea
de la formación de nuestros hijos,
para que sean auténticos cristianos
y constructores esforzados de la
ciudad terrena. Haz que vivamos
juntos toda nuestra vida, en alegría y paz,
para que nuestros corazones
puedan elevar siempre hacia ti,
por medio de tu Hijo en el Espíritu Santo,
la alabanza y la acción de gracias. Amén.

octubre 02, 2018 17:20Espiritualidad y oración

 


Publicado por verdenaranja @ 18:44  | Espiritualidad
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Reflexión a las lecturas del domingo veintisiete del tiempo ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 27º del T. Ordinario B

 

        La cuestión del divorcio no es nueva. En el país de Jesús también se discutía sobre el divorcio. Y también había una especie de “ley de divorcio”, el “Acta de repudio”. Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo, en el que unos fariseos, con mala intención, van a pedirle al Señor su opinión sobre este tema: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”

La respuesta del Señor es admirable. Va a la raíz de la cuestión planteada: El matrimonio no es un invento humano, que se deja a la libre voluntad de cada uno. Dios es el Creador del matrimonio, y lo dotó de propiedades y normas propias, de acuerdo con su  naturaleza.

 ¿Y quién entiende más de una cosa que el que la hizo? Cuando manejamos, por ejemplo, un electrodoméstico cualquiera,  tenemos que adaptarnos a las normas del que lo fabricó, porque, de lo contrario, se quema o se estropea enseguida. Igual sucede con el matrimonio.

Y además, si se unen el hombre y la mujer para formar “una sola carne” ¿quién podrá   separar lo que es una sola carne, una sola cosa? Por eso, cuando en la casa los discípulos vuelven a preguntarle sobre lo mismo, Jesucristo les dice que el que se divorcia comete  adulterio, tanto si lo hace el hombre como la mujer.

¡Así es el matrimonio cuando sale de las manos de Dios!  ¡Y la Liturgia de hoy nos aproxima a esa realidad maravillosa!

A pesar de todo, modernamente las leyes civiles han introducido el divorcio, como la solución a la problemática de la pareja que no marcha bien. ¡Cuántas reflexiones podríamos hacer sobre ello!

Pero más que discutir de normas y leyes, el cristiano busca en la Palabra de Dios y en la Doctrina de la Iglesia, la verdadera respuesta. Y es ésta: “La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza” (Fam. C., 13). Es decir, signo e instrumento eficaz de la acción de Dios en los esposos. ¡Y esta es la Buena Noticia que la Iglesia, de Oriente a Occidente, anuncia cada día en el mundo!

Pero los sacramentos, para ser provechosos, necesitan una adecuada preparación, celebración y vivencia. ¡Cuánto tendríamos que decir sobre esto!

Y continúa el Evangelio hablando de la acogida que hace Jesucristo a los niños que le acercaban para que los tocara. Y decía: “De los que son como ellos es el Reino de Dios”. Y también: “Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Me parece que, para comprender mejor las enseñanzas de Cristo sobre el  matrimonio, necesitaríamos   volver a ser niños y abrir nuestros ojos, nuestros oídos y nuestro corazón a su Palabra.

¡Cuántas gracias hemos de darle al Señor por el don del matrimonio, y porque hace posible que tantos matrimonios vivan felices!

Pero, en una ocasión como ésta, no podemos olvidar que son también muchos los que, a pesar de todo, no han conseguido, en su matrimonio, el bienestar que soñaron siempre. La Iglesia, a la que llamó el Papa San Juan XXIII “Madre y Maestra”, al exponer su doctrina, no mira con dureza e insensibilidad a los que han tenido que optar por otro camino (Fam. C. 84).

Termino haciendo alusión al salmo 127, que usamos hoy de salmo responsorial y que canta el bienestar familiar del que teme al Señor y sigue sus caminos. Y decimos: “Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida”.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


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DOMINGO 27º DEL T. ORDINARIO B       

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

            Con el estilo característico de los primeros capítulos del Génesis, la Palabra de Dios nos enseña que Dios creó al hombre y a la mujer para que formasen, en el matrimonio, una unión tan íntima y tan grande que nadie la pueda romper.

            Escuchemos. 

SALMO

La vida en familia, los hijos y el trabajo son bendición de Dios. Con el salmista pidamos al Señor que nos bendiga todos los días de nuestra vida. 

SEGUNDA LECTURA

            Desde hoy hasta el final de año litúrgico, leeremos, como segunda lectura, fragmentos de la Carta a los Hebreos. Es la exposición más bella y profunda sobre Jesucristo de todo el Nuevo Testamento. Escuchemos con atención la lectura de hoy. 

TERCERA LECTURA

La  pregunta que los fariseos le hacen a Jesús, con mala intención, le da pie para exponer la verdadera doctrina sobre la estabilidad del matrimonio cristiano.

Pero antes de escuchar el Evangelio, cantemos el aleluya. 

COMUNIÓN

            En la Comunión experimentamos la grandeza del amor de Dios para con nosotros. Él nos ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como alimento y fuerza para nuestra vida de cada día. Pidámosle que todos, especialmente los esposos cristianos, vivamos en el amor.

 


Publicado por verdenaranja @ 13:18  | Liturgia
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Viernes, 28 de septiembre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veintiséis del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

DOMINGO 26º DEL T. ORDINARIO B

 

        Si algo aprendemos en la Historia de la Salvación, es que Dios no se deja manipular y, mucho menos, monopolizar por nadie; que tiene un corazón muy grande donde cabemos todos los que soñamos y luchamos por el bien. Es lo que contemplamos en el Evangelio de hoy.

        El escenario es el mismo del domingo pasado: Jesús ha llegado a  Cafarnaún con los doce, está en casa y habla con ellos del Reino de Dios. Juan  le dice que han visto a uno que echaba demonios en su nombre, y quisieron impedírselo, porque no era del grupo de los discípulos, “no es de los nuestros”. Pero Jesús les advierte que en el Reino no se reacciona así, porque no se puede estar con Él y contra de Él al mismo tiempo; porque “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

        La primera lectura, como siempre, es anticipo y preparación de la enseñanza del Evangelio. En el campamento de Moisés, también quieren impedir que Eldad y Medad profeticen, porque no estaban en el grupo de los setenta ancianos, cuando bajó sobre ellos el Espíritu del Señor. Moisés les deja que profeticen. Se trata de que se haga el bien, de que hable el Espíritu del Señor, y, cuantos más lo hagan, mejor. De este modo, comprendemos que Dios no quiere a los creyentes aislados, sectarios, agresivos, sino abiertos al bien y a todo el que haga el bien.

        Como si se tratara de un imposible, Moisés dice: “¡Ojalá que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!”.

        Pues eso se ha hecho realidad. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, que no eran oficialmente profetas, y aquello se interpretó como el cumplimiento de esta profecía de Joel: “Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (Hch 2, 16-17). Y los apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo, sino también la misión de darlo a todos los fieles. Y en el Libro de los Hechos constatamos la preocupación e interés que tenían en hacerlo.

        Podemos contemplar hoy y siempre hasta qué punto se ha multiplicado la presencia y la acción del Espíritu Santo en el mundo, en la historia. Es una consecuencia del Misterio de la Pascua.

        En la Liturgia de esa gran solemnidad, proclamamos también que “El Espíritu del Señor llena la tierra”, que llena con su presencia el universo, y “promueve la verdad, la bondad y la belleza; y alienta en la Humanidad la firme esperanza de una tierra nueva” (L. Sede).

        Por eso, decimos muchas veces que el Espíritu del Señor actúa también más allá de las fronteras visibles de la Iglesia.

        Desde antiguo, se ha acuñado la expresión “semina Verbi”: “Las semillas del Verbo”. Son aquellas realidades, personas y acontecimientos, que parecen sembrados por el mismo Verbo de Dios, y que son como “señales de su paso”. Y, al mismo tiempo, son signos luminosos, que conducen a todos los hombres a la verdadera Iglesia de Cristo.

        Por este camino, nos encontramos en el corazón mismo del Movimiento Ecuménico y de otros movimientos, personas e instituciones, que propugnan la unidad de los creyentes y de todos los hombres de buena voluntad, para una acción común en el mundo.

        Y todo, como ya sabemos, para bien del hombre, de todo hombre y de cada hombre, por el que Cristo murió; para su alegría y su felicidad, en el tiempo y en la eternidad.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:22  | Espiritualidad
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DOMINGO 26º DEL T. ORDINARIO B         

Moniciones

  

PRIMERA LECTURA

            Nos enseña el Señor, en la primera lectura, que su Espíritu no es propiedad exclusiva de nadie; y que Él lo envía sobre quien quiere, y cuando quiere.

Escuchemos.

 

SALMO

            En el salmo vamos a repetir unas palabras que deberíamos recor-dar con frecuencia: "Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón". 

 

SEGUNDA LECTURA

            Escuchemos hoy el último fragmento de la carta de Santiago, que hemos venido escuchando durante los últimos domingos. La riqueza injusta, el lujo insolidario y el placer egoísta son testigos acusadores en el juicio de Dios. 

 

TERCERA LECTURA

            Jesús, como Moisés, quiere que todos hagan el bien, aunque no sean del grupo, y nos advierte, con palabras muy duras, sobre la necesidad de evitar el escándalo y entrar en la vida eterna.

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos al Señor como alimento y fuerza, para que nos ayude, especialmente, a cumplir nuestra misión, que nos lleva a la vida eterna. Nos invita, además, el Señor a reconocer la presencia y la acción de su Espíritu donde se encuentre, y a evitar el escándalo que aparta de Él a los hermanos.

 


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Viernes, 21 de septiembre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veincinco del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 25º del T. Ordinario B

 

Lógico que los apóstoles se quedaran callados, "azorrados",  cuando Jesús les pregunta de qué discutían por el camino. Mientras Él les hablaba de sufrimientos, de cruz y de muerte, ellos discutían sobre su tema favorito: ¡Quién era el más importante en el nuevo reino, que ellos pensaban que venía a instaurar!

Pero Cristo no destruye aquel afán, aquel deseo, sino que les señala el verdadero camino para conseguirlo: "El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos". ¡Y esta enseñanza del Evangelio es siempre actual!

También hoy estamos envueltos por la mentalidad de ser gente importante en la vida social, económica  y política. Y también, tantas veces, en la vida de la Iglesia. Muchas veces, incluso, en la vida familiar. “¡Que me sirvan!” podría ser el slogan.

¡Parece que se ha instalado por todas partes la ley del más fuerte!

Y Jesucristo coge un niño, signo de lo pobre, débil y puro, lo coloca entre los discípulos y lo abraza, para enseñarnos el verdadero camino para ser grandes e importantes.

Y también es verdad que, a cada paso,  encontramos a muchos hombres y mujeres, que han hecho de su vida un servicio, por amor a Dios y a los hermanos.

¡Y, de algún modo, este espíritu siempre ha estado en el corazón de la Iglesia!

Recuerdo que, cuando era pequeño, nos enseñaban que, si nos preguntaban nuestro nombre, teníamos que añadir: “Para servirle a Dios y a Vd”. Y también que, cuando, en una conversación, nos referíamos a nosotros mismos, no debíamos decir “yo” sino “un servidor”. Es la influencia de la cultura cristiana, que constamos con frecuencia.

¡Y esto está al alcance de todos!

Si nos dijeran que para ser grandes e importantes, “para ser el primero”, teníamos que ser sabios o ricos o  famosos, no todos podríamos aspirar a ese ideal. Pero si lo que se nos pide es servir, ¡ah! eso puede aprenderse con cierta facilidad;  especialmente, en un mundo, como el nuestro, lleno de necesidades de todo tipo. ¡Se trata de proponérselo, con la ayuda de Dios!            

Y Jesucristo es el prototipo de este estilo de vida. En el texto paralelo de S. Mateo (20, 28), nos dice: “Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por muchos”.

¡Perfecto! ¡Servir y dar la vida! ¡Servir hasta dar la vida! ¡Es muy difícil, como actitud constante, pero llena el corazón de alegría!

La segunda lectura nos presenta el peligro que supone, para la vida de la comunidad cristiana, el otro espíritu: “Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males…”

Ahora, que comienza el curso, qué importante sería que nos propusiéramos, como tarea, aquel ideal:  “El último de todos y el servidor de todos”. Es el lema episcopal de D. Damián, nuestro Obispo emérito. Llegaríamos, entonces, hasta sentir vergüenza de pretender para nosotros un camino distinto del que siguió Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador.   

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:40  | Espiritualidad
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 DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO B                     

 MONICIONES

         

PRIMERA LECTURA

            La presencia del justo es incómoda, porque es una acusación continua para los malvados, que éstos no pueden soportar. Para que sus malas obras no sean puestas en evidencia, prefieren liquidar al inocente. Es lo que sucede con Jesucristo.

Escuchemos ahora esta lectura  profética. 

 

SEGUNDA LECTURA

            La ambición y la codicia, el afán desordenado de tener y de ser más que los demás, es fuente de discordia y veneno que corroe a las personas, a las comunidades y a los grupos. Es el querer ser el más importante, que enemistaba a los discípulos y que Jesús quería corregir, tal como nos recordará el Evangelio que después escucharemos. 

 

TERCERA LECTURA

Acojamos la Palabra de Jesucristo en el Evangelio: Él no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos.                                      

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos a Jesucristo, que ha renovado entre nosotros su entrega salvadora, su servicio supremo: Su Pasión y Muerte en la Cruz.

Que Él nos ayude a seguir su ejemplo de servicio y entrega al Padre y a los hermanos, especialmente, a los más necesitados.


Publicado por verdenaranja @ 11:37  | Liturgia
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Comentario del 25º Domingo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. septiembre 18, 2018 (zenit)

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B

Textos: Sb 2, 17-20; St 3, 16- 4, 3; Mc 9, 29-36


Idea principal: Hacernos como niños.

Síntesis del mensaje: Reconquistemos la infancia espiritual.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, protagonistas a primera vista en el evangelio de hoy: los niños. Los japoneses tienen al niño en vitrina, los alemanes en el colegio, los españoles en los altares. Los judíos en cambio los toleraban porque serían algún día adultos. Su presencia nada significaba en las sinagogas, ni en parte alguna. Parecía que el llegar a viejo era la cima de los méritos. Conversar con un niño era tirar y desperdiciar las palabras. Cuando vemos a los apóstoles apartando de su Maestro a los críos entendemos que no hacían sino lo que hubiera hecho cualquier otro judío de la época. Pero Jesús rompería con su época. Donde prevalecía la astucia, entronizaría la sencillez; donde mandaba la fuerza, ensalzaría la debilidad; en un mundo de viejos, pediría a los suyos que volvieran a ser niños. Sí, algo tiene de especial la niñez para Jesús.

En segundo lugar, el niño de ordinario no tiende trampa, no es malicioso (1ª lectura). El niño tampoco se deja llevar de la codicia hasta el punto de ambicionar lo indeseable (2ª lectura). El niño es transparente, sincero. Quien mejor entendió esta infancia espiritual fue santa Teresita del Niño Jesús. He aquí sus palabras: “puedo, pues, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad. ¡Engrandecerme, es imposible! He de soportarme tal como soy, con mis innumerables imperfecciones; pero quiero buscar la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo…Quiero también encontrar un ascensor para remontarme hasta Jesús, puesto que soy demasiado pequeña para subir por la ruda escalera de la perfección…He pedido, entonces, a los Libros Santos que me indiquen el ascensor deseado, y he encontrado estas palabras pronunciadas por boca de la misma Sabiduría eterna: Si alguno es pequeñito que venga a mí. Me he acercado, pues, a Dios, adivinando que había encontrado lo que buscaba, y, al querer saber lo que hará Dios con el pequeñito, he proseguido buscando, y he aquí lo que he encontrado: Como una madre acaricia a su hijito, así os consolaré yo: a mi pecho seréis llevados, y os acariciaré sobre mis rodillas…¡Ah!, nunca habían venido a alegrar mi alma unas palabras tan tiernas y tan melodiosas. El ascensor, que me ha de subir al cielo, son vuestros brazos, ¡oh, Jesús! Para esto, no tengo ninguna necesidad de crecer, antes, al contrario, conviene que continúe siendo pequeña y, cada día, lo sea más”. Sí, algo de especial tiene la niñez a los ojos de Dios.

Finalmente, Jesús nos invita hoy a la reconquista de la infancia espiritual. Les dejo aquí unos párrafos de mi libro sobre Jesucristo: “la infancia que Jesús propone no es el infantilismo, que es sinónimo de inmadurez, egoísmo, capricho. Es, más bien, la reconquista de la inocencia, de la limpieza interior, de la mirada limpia de las cosas y de las personas, de esa sonrisa sincera y cristalina, de ese compartir generosamente mis cosas y mi tiempo. Infancia significa sencillez espiritual, ese no complicarme, no ser retorcido, no buscar segundas intenciones. Infancia espiritual significa confianza ilimitada en Dios, mi Padre; fe serena y amor sin límites. Infancia espiritual es no dejar envejecer el corazón, conservarlo joven, tierno, dulce y amable. Infancia espiritual es no pedir cuentas ni garantías a Dios. Ahora bien, la infancia espiritual no significa ignorancia de las cosas, sino el saber esas cosas, el mirarlas, el pensarlas, el juzgarlas como Dios lo haría. La tergiversación de las cosas, la manipulación de las cosas, los prejuicios y las reservas, ya traen consigo la malicia de quien se cree inteligente y aprovechado. Y esta malicia da muerte a la infancia espiritual. La infancia espiritual no significa vivir sin cruz, de espaldas a la cruz; no significa escoger el lado dulzón de la vida, ni tampoco escondernos y vendar nuestros ojos para que no veamos el mal que pulula en nuestro mundo. No. La infancia espiritual, lo comprendió muy bien santa Teresita del Niño Jesús, supone ver mucho más profundo los males y tratar de solucionarlos con la oración y el sacrificio. Y ante la cruz, poner un rostro sereno, confiado e incluso sonriente. Casi nadie de sus hermanas del Carmelo se daba cuenta de lo mucho que sufría santa Teresita. Ella vivía abandonada en las manos de su Padre Dios. Y eso le bastaba”.

Para reflexionar: Gran tarea: hacernos como niños. Requiere mucha dosis de humildad, de sencillez. Dios nos dice que debemos pasar por la puerta estrecha, si queremos entrar en el cielo. En el Reino de Dios sólo habrá niños, niños de cuerpo y de alma, pero niños, únicamente niños. Dios, cuando se hizo hombre, empezó por hacerse lo mejor de los hombres: un niño como todos. Podía, naturalmente, haberse encarnado siendo ya un adulto, no haber “perdido el tiempo” siendo sólo un chiquillo…Pero quiso empezar siendo un bebé. Lo mejor de este mundo, ¡vaya que lo sabía Dios!, son los niños. Ellos son nuestro tesoro, la perla que aún puede salvarnos, la sal que hace que el universo resulte soportable. Por eso dice Martín Descalzo que si Dios hubiera hecho la humanidad solamente de adultos, hace siglos que estaría podrida. Por eso la va renovando con oleadas de niños, generaciones de infantes que hacen que aún parezca fresca y recién hecha. Los niños huelen todavía a manos de Dios creador. Por eso huelen a pureza, a limpieza, a esperanza, a alegría. ¡No maniatemos a ese niño que llevamos dentro con nuestras importancias, no lo envenenemos con nuestras ambiciones! Por la pequeña puerta de la infancia se llega hasta el mismo corazón del gran Dios.

Para rezarSeñor, hazme como un niño. Sólo así podré entrar en tu ReinoQue vaya cada día recuperando mi inocencia. Que sea transparente en mis palabras, intenciones y acciones.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 11:33  | Espiritualidad
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