S?bado, 18 de mayo de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 5º de Pascua C

 

        Cuando muere una persona querida, recordamos sus palabras, sus gestos,  y, sobre todo, sus encargos y recomendaciones de despedida.

        Las palabras del Señor del Evangelio de hoy tienen acento de despedida. Se trata de un fragmento de la Última Cena, en la que el Señor nos deja el Mandamiento del Amor como su última recomendación, su último encargo: “Os  doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

        El  Tiempo de Pascua  es muy apropiado para reflexionar sobre ello, porque contempla- mos a Cristo Resucitado, que se ha entregado hasta la muerte por nosotros; y comprendemos así mejor su contenido y su alcance. San Juan lo expresa con mucha claridad: “En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Para el apóstol, el amor a los hermanos “hasta dar la vida”, es una consecuencia inmediata del amor que Jesucristo nos ha tenido. Por tanto, por mucho que amemos a los demás, siempre nos quedará mucho camino. ¿Quién puede amar como Jesucristo nos amó? Pero se nos presenta como un objetivo inalcanzable, para que luchemos y nos esforcemos por acercarnos  lo más que podamos  a ese ideal  y nos preserva de la tentación de pensar que ya no necesitamos amar más, que con lo que hacemos ya es suficiente.

        S. Agustín nos dice que, cuando alguien nos invite a una comida, tenemos que mirar bien lo que nos ponen delante, porque después, tendremos nosotros que corresponder con otra comida. Esto lo refiere a la Eucaristía en la que se nos da el Cuerpo y la Sangre del Señor; y nos enseña que los mártires han sido aquellos que lo han hecho con mayor perfección: Han tomado de la Mesa la Sangre de Cristo y luego, han entregado la suya.

        Pero tenemos que subrayar que el Señor nos ha dejado el  Mandamiento Nuevo como “la señal” de que somos discípulos suyos. Por tanto, señala el ser o no ser cristiano de cada uno. ¡Qué importante es todo esto! Y nos servirá para distinguir dónde hay un cristiano y dónde no.  No se trata, por tanto, de fijarnos a ver si hace esto o lo otro, si hace mucho o poco, si tiene muchas cualidades o pocas, si habla y se expresa bien o no. Resulta todo más sencillo: ¿Se esfuerza por amar como Jesucristo? Es cristiano. ¿No lo hace? Que no se esfuerce por darnos razones de su identidad cristiana. Sencillamente, si era cristiano, ha dejado de serlo. Bien lo entendió San Pablo cuando escribió lo que llamamos el himno de la caridad del capítulo 13 de la primera Carta a los Corintios: Ya podríamos hacer grandes cosas, nos dice, como entregar a los pobres todo lo que tenemos o dejarnos quemar vivos… ¡Si no tenemos amor, de nada nos sirve, en nada nos aprovecha!

        San Juan nos presenta esta realidad,  con una gran claridad y firmeza, cuando escribe: “Si alguno tiene de qué vivir, y, viendo a su hermano en necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo va a morar en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17).

        En este Tiempo de Pascua, la primera lectura nos presenta algunas veces, la vida de las primeras comunidades cristianas, donde, a pesar de las deficiencias de todo lo humano, todos se amaban y  nadie pasaba necesidad. Y, como contemplamos en la lectura de hoy, eran comunidades misioneras, evangelizadoras. Y ya sabemos que el mayor gesto de amor que podemos hacer a otra persona, es llevarla al conocimiento de Jesucristo, como hacían Pablo, Bernabé y todos aquellos primeros cristianos. Si lo hacemos así, nuestras comunidades se parecerán a la Iglesia del Cielo, de la que nos habla la segunda lectura, con dos imágenes atrayentes: una novia arreglada para su esposo, y un hogar familiar feliz, de donde ha desaparecido todo mal.                                                                      

                                                                                                              ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 5º DE PASCUA C      

MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

            La Iglesia de Antioquía se nos presenta hoy como ejemplo de toda comunidad cristiana: comunidad viva y fervorosa, que recibe a Pablo y a Bernabé, a quienes había enviado al trabajo apostólico. 

SEGUNDA LECTURA

            La segunda lectura nos presenta a la Iglesia del Cielo con dos imágenes atrayentes: como una novia engalanada para su esposo, y como una casa familiar feliz, de la que está ausente todo mal. 

TERCERA LECTURA

            El Evangelio nos presenta un pequeño fragmento de la Última Cena. Jesús, en su despedida, nos deja el mandamiento nuevo, como señal que nos identifica como discípulos suyos.

            Pero antes de escuchar el Evangelio, aclamemos al Señor con  canto del aleluya. 

COMUNIÓN

            La Eucaristía es signo y fuente de amor. Se trata de una doble comunión: con Cristo y con los hermanos. Al mismo tiempo, la Comunión es el alimento principal e indispensable para amar como Jesucristo nos amó. Por tanto, el que comulga ha de manifestar con una vida de amor, de entrega y de compromiso, la fuerza extraordinaria de este sacramento.


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Desde la Delegación Diocesana de la Pastoral de la Salud de la Diócesis de Tenerife nos envían los materiales para la celebración del Dia del Enfermo el sexto domingo de Pascua entre los que se encuentra el "MENSAJE DE LOS OBISPOS DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL"

Pascua del Enfermo, 26 de mayo de 2019

VOLUNTARIADO EN LA PASTORAL DE LA SALUD

“Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 10,8)

 

La Campaña del Enfermo de este año nos invita a poner nuestra mirada en los miles de voluntarios que cuidan de los enfermos y ayudan a los familiares y demás cuidadores. Ellos hacen visible el amor de Dios por los enfermos y son una parte esencial de la caridad de Cristo que la Iglesia está llamada a realizar, respondiendo así a la invitación de Jesús: “Gratis habéis recibido, dad gratis”, que es el lema propuesto por el Dicasterio para la Promoción Humana Integral de la Persona. 

1. Los voluntarios de Pastoral de la Salud están comprometidos en hacer presente aquí y ahora, que el Reino de los cielos está en medio de nosotros, se saben enviados por Cristo: “Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 10, 7-8). Ser voluntarios constituye una oportunidad única de acercarse al que sufre, descubrirse a sí mismo, ser portador de esperanza. En esta elección de vida, el voluntario descubre pronto que es él quien resulta ayudado. 

2. El número de personas enfermas a las que acompañar y cuidar es cada vez mayor. Esto implica la necesidad de animar a más hombres y mujeres a involucrarse en esta tarea. El Papa Francisco en el Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de este año nos exhorta a todos a promover la cultura de la gratuidad y del don: “Os exhorto a todos, en los diversos ámbitos, a que promováis la cultura de la gratuidad y del don, indispensable para superar la cultura del beneficio y del descarte”, recordándonos que es un camino  specialmente fecundo de evangelización: “La Iglesia, como Madre de todos sus hijos, sobre todo los enfermos, recuerda que los gestos gratuitos de donación, como los del Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización. (…) Frente a la cultura del descarte y de la indiferencia, deseo afirmar que el don se sitúa como el paradigma capaz de desafiar el individualismo”. 

3. En este mismo Mensaje, el Papa Francisco nos recuerda un aspecto esencial: “el cuidado de los enfermos requiere profesionalidad y ternura, expresiones de gratuidad, inmediatas y sencillas como la caricia, a través de las cuales se consigue que la otra persona se sienta querida”. Su cometido no es el de realizar gratuitamente el trabajo que corresponde al personal sanitario, pero si requiere una formación específica en función de las tareas que vayan a desarrollar. Así, si la labor fundamental va a ser acompañar a personas solas será, preciso una particular formación en técnicas de escucha; si se trata de coordinar un grupo de oración por los enfermos, requerirán una más atenta formación bíblico-litúrgica; si su misión fundamental es acoger a las personas enfermas, o a sus familiares, que puedan solicitar algún tipo de ayuda, será importante cuidar más las técnicas de comunicación; si su misión va a ser acompañar a personas que están en cuidados paliativos o en situaciones al final de la vida, requerirán una mayor preparación para ayudar en el duelo y en las necesidades espirituales en las etapas finales de la vida, etc.

4. Quienes prestan ayuda han de ser formados para poder hacer las cosas del modo más adecuado, para “hacer bien el bien”. Pero esto no es suficiente, precisamente, porque se trata de personas y estas necesitan una atención que sea no sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad, una atención cordial. Esto supone distinguirse por su dedicación al enfermo con una atención que sale del corazón. Se hace necesario una formación del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Habrá, por tanto, que cuidar esta dimensión de la formación, para que los voluntarios sean hombres y mujeres movidos, ante todo, por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo, despertando en ellos el amor al prójimo1. 

5. Entre los elementos esenciales de la formación habrá que considerar también el acompañamiento a los voluntarios. Un acompañamiento que permita la comunicación de experiencias y el modo en que la viven. Es preciso tener en cuenta que ninguna formación es capaz de contemplar todos los escenarios posibles, todos los contextos y situaciones que se pueden dar en un domicilio, en la habitación de un hospital, en una parroquia o en un grupo de personas. Los voluntarios han de ser acompañados para poner en práctica lo aprendido, reflexionar sobre la experiencia y evaluar para mejorar. Al tiempo, el acompañamiento colabora a generar procesos de participación del voluntariado en la organización, escuchar su opinión y dar respuesta a algunas demandas.

6. El voluntario cristiano no se distingue únicamente por la gratuidad de su entrega o su buen hacer. La razón por la que realiza su labor como voluntario en el cuidado de los enfermos es un elemento esencial, porque ésta le sostiene y anima, en una labor no siempre sencilla, y confiere un talante, que es el de Jesucristo. El Dios que se nos manifiesta en Jesucristo siente como propios los dolores, las miserias y sufrimientos de los hombres. El voluntario encuentra la motivación para la caridad en el haber sido amados por Jesucristo. 

7. Es decisivo recordar la importancia de no perder nuestra identidad en aras de una mayor eficiencia. Esto implica el necesario respeto a las distintas creencias de quienes son objeto de la solicitud de los voluntarios, pero sin que esto suponga “esconder” que es la caridad de Cristo quien les mueve. No hay ninguna persona que no sea objeto de la caridad de Cristo, por tanto, nadie queda excluido de sus cuidados. Sin embargo, siempre habrán de estar dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que se lo pidiere (cf. 1 Pe 3, 15).

 

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral

 

D. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo

D. Francesc Pardo Artigas, Obispo de Girona

D. José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva

D. Santiago Gómez Sierra, Obispo auxiliar de Sevilla

1 cf. Benedicto XVI, Encíclica “Deus caritas est”, 31-33


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Viernes, 17 de mayo de 2019

Comentario litúrgico del V Domingo de Pascua por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. mayo 14, 2019 (zenit)

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Ciclo C

Textos: Hech 14, 21b-27; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35

Idea principal: La caridad es la contraseña y la novedad del cristiano.

Síntesis del mensaje: En las lecturas de hoy el adjetivo nuevo ha salido cinco veces. Cuatro veces en la segunda lectura, y una vez en el evangelio. Lo antiguo –antónimo de nuevo- ya terminó (2ª lectura). Es la llamada a vivir una vida nueva en la fe. Pero, sobre todo, a vivir el mandamiento nuevo de la caridad. Aquí está la novedad y la contraseña del cristiano: “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, este regalo de la caridad es fruto de la Pascua y procede del corazón de Cristo entregado para nuestra salvación. Sólo Cristo pudo ofrecernos este presente, que trajo directamente del cielo y nos lo encomendó antes de partir de nuevo para el Padre, una vez terminada su misión aquí en la tierra. Para eso, Cristo en el bautismo tuvo que cambiar nuestro corazón de piedra y ponernos un corazón de carne, tuvo que purificar y limpiar nuestras venas y arterias, dilatar nuestro ventrículo y aurícula. En ese día nos puso una válvula divina para que podamos amar como Él nos ama: con un amor universal, misericordioso, delicado, bondadoso. Y gracias a la Eucaristía, otro de los dones del Cristo Pascual, el Espíritu nos comunicará la fuerza del amor de Cristo. Preguntemos a los santos y a los mártires: a san Esteban, a santa Inés, a san Ignacio de Antioquía, a san Maximiliano María Kolbe, a santa María Goretti, al beato Miguel Pro, etc.

En segundo lugar, ¿dónde reside la novedad de este mandamiento? Antes de Cristo, claro que existía el amor. Así se lo recuerda Jesús al letrado que le preguntó por el primer mandamiento de la ley: “Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, con toda el alma, con toda tu mente. Este es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39). Ahora bien, si bien existía ese mandamiento, era pura teoría, un ideal abstracto. Era simplemente algo distinto. Ciertamente, hubo hombres que se amaron también antes de Cristo; pero ¿por qué? Porque eran parientes, porque eran aliados, amigos, pertenecían al mismo clan o al mismo pueblo: o sea por algo que los ligaba entre sí, distinguiéndolos de todos los demás. Ahora hay que ir más allá: amar a quien nos persigue, amar a los enemigos, a los que no nos saludan ni nos aman. Es decir, amar al hermano por sí mismo y no por lo útil que pueda resultarnos. Es la palabra “prójimo” la que cambió el contenido: se dilató hasta comprender no sólo a quien está cerca de nosotros, sino también a cada hombre al que podemos acercarnos. Nuevo es, por tanto, el mandamiento de Cristo porque nuevo es su contenido. Nuevo también, porque Jesús le ha añadido esto: “Amaos, como Yo os he amado”. No podía haber un modelo tan perfecto de amor en el Antiguo Testamento. Y, ¿cómo nos amó Jesús? Con un amor generosísimo, sin límites, un amor universal y misericordioso; amor que sabe transformar el mal en ocasión de amor más grande, como hizo Jesús en su Pasión y Muerte.

Finalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1856 señala la importancia vital de la caridad para la vida cristiana. En esta virtud se encuentran la esencia y el núcleo del cristianismo, es el centro de la predicación de Cristo y es el mandato más importante (cf. Jn 15, 12; 15,17; Jn 13,34). No se puede vivir la moral cristiana haciendo a un lado a la caridad. La caridad es la virtud reina, el mandamiento nuevo que nos dio Cristo, por lo tanto, es la base de toda espiritualidad cristiana. Es el distintivo de los auténticos cristianos. La caridad es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es la virtud por excelencia porque su objeto es el mismo Dios y el motivo del amor al prójimo es el mismo: el amor a Dios. Porque su bondad intrínseca, es la que nos une más a Dios, haciéndonos parte de Dios y dándonos su vida (cf. 1 Jn. 4, 8). La caridad da vida a todas las demás virtudes, pues es necesaria para que éstas se dirijan a Dios. Sin la caridad, las demás virtudes están como muertas. La caridad no termina con nuestra vida terrena, en la vida eterna viviremos continuamente la caridad. San Pablo nos lo menciona en 1 Cor 13, 13; y 13, 87. Al hablar de la caridad, hay que hablar del amor. El amor “no es un sentimiento bonito” o la carga romántica de la vida. El amor es buscar el bien del otro. La caridad es más que el amor. El amor es natural. La caridad es sobrenatural, algo del mundo divino. La caridad es poseer en nosotros el amor de Dios. Es amar como Dios ama, con su intensidad y con sus características. La caridad es un don de Dios que nos permite amar en medida superior a nuestras posibilidades humanas. La caridad es amar como Dios, no con la perfección que Él lo hace, pero sí con el estilo que Él tiene. A eso nos referimos cuando decimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, a que tenemos la capacidad de amar como Dios.

Para reflexionar:  1 Cor 13, 4-7: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante. No se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido. El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Pero si hay dones de profecía, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará”. ¿Mi caridad y amor tienen estas características? ¿Tengo clavado este distintivo en mi vida cristiana?

Para rezar: nada mejor que el Himno de san Francisco, donde se resume la esencia del amor.

Hazme un instrumento de tu paz
donde haya odio lleve yo tu amor
donde haya injuria tu perdón señor
donde haya duda fe en ti.

Maestro, ayúdame a nunca buscar
el ser consolado sino consolar
ser entendido sino entender
ser amado sino yo amar.

Hazme un instrumento de tu paz
que lleve tu esperanza por doquier
donde haya oscuridad lleve tu luz
donde haya pena tu gozo, Señor .

Hazme un instrumento de tu paz
es perdonando que nos das perdón
es dando a todos como Tú nos das
muriendo es que volvemos a nacer.

Hazme un instrumento de tu paz.@legionaries.org

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero

 


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S?bado, 11 de mayo de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 4º de Pascua

 

          Una de las imágenes más hermosas y atrayentes de Jesucristo, es la que nos lo presenta como Buen Pastor. Es lo que sucede cada año el cuarto domingo de Pascua.

          En el tiempo pascual, en efecto, esta imagen adquiere un relieve especial, porque nos presenta a Jesús como el Pastor Bueno, que ha entregado su vida por las ovejas, y ha resucitado. Este domingo la Liturgia de la Iglesia proclama: “Ha resucitado el Buen Pastor que dio  la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya”.

          En el texto breve del Evangelio, Jesucristo nos presenta un resumen de su condición de Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano…” ¡Que hermoso!

          De este modo, encontramos nuestra seguridad en Él. No es vana aquella confianza de la que nos habla S. Pablo: “Bien sé de quién me he fiado” (2Tim 1, 12).

          Se nos invita, por tanto, este domingo a reflexionar y a orar, saboreando lo que proclamamos en el salmo responsorial: “Somos su pueblo y ovejas de su rebaño”.

            Y esto hemos de llevarlo a la práctica, siendo ovejas buenas de tal Señor, porque le escuchamos, le seguimos y le damos a conocer.

          La segunda lectura nos enseña que el Buen Pastor está en el Cielo, donde atiende con amor, ternura y eficacia infinitas, a los que han llegado de “la gran tribulación” y “están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo”. Y ya sabemos que, al mismo tiempo, quiere  también continuar siendo el Buen Pastor de su pueblo peregrino en la tierra. Esto se realiza a través de su Cuerpo, que es la Iglesia, en el que  hay “diversidad de ministerios y unidad de misión” (Ap. Act., 2). Y todos  tenemos que ayudarle a realizar esa tarea según la vocación de cada uno.

          A todo ello puede ayudarnos la celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se ha unido, desde hace más de 50 años, a este domingo IV de Pascua.

          ¡Qué necesidad tenemos de que aumenten las vocaciones en nuestras Iglesias de antigua tradición cristiana! ¡Somos tan pocos para tantas necesidades! ¡Oración y acción es la respuesta! ¡Don y tarea, que decimos siempre!

          Ante todo, la oración, porque la llamada viene de Dios, y la respuesta se apoya en Él y en su gracia. Pero hace falta también la acción. Solemos decir que Dios no tiene un teléfono u otros medios materiales para hacer llegar sus llamadas en directo, a cada uno, sino que cuenta con las mediaciones humanas. Y cuantas más sean las mediaciones humanas, más serán las llamadas, las vocaciones. Por tanto, ¡el que haya más o menos vocaciones también depende de nosotros!

          Pero, por otro lado, hay muchos países donde hay muchas vocaciones. ¡Son los países de Misión! Desde hace unos años, la Jornada de las Vocaciones Nativas se ha unido a la Jornada de Oración por las Vocaciones. Esta Institución Pontificia se llama la “Obra de S. Pedro”, que nació como ayuda a los jóvenes de los países de misión, que querían ser sacerdotes, y hace poco tiempo, que se ha ampliado a las mujeres, que tengan también la ilusión de consagrarse al Señor. El Papa San Juan Pablo II pedía que no se perdiera ninguna vocación “por falta de recursos económicos”. De ahí la colecta que se hace este día para esa finalidad, en nuestras parroquias y demás comunidades cristianas.

          Es impresionante, por tanto, el panorama que se nos ofrece este domingo: ¡Por un lado, falta, a veces alarmante, de vocaciones! ¡Por otro, abundancia de vocaciones, pero dificultades para llevarlas a término.

          En resumen, ¡felicitémonos porque Cristo es nuestro Pastor y porque ha puesto en nuestras manos tanta responsabilidad!        

                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!           


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DOMINGO IV DE PASCUA C   

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

        En los domingos de Pascua, la primera lectura nos va presentando relatos de los primeros tiempos de la Iglesia. Hoy contemplamos como, ante el rechazo de los judíos,  Bernabé y Pablo se deciden a anunciar el Evangelio a los gentiles.   Escuchemos con atención.

 

 SALMO RESPONSORIAL

         El salmo es una invitación a proclamar la universalidad de nuestra fe. Pablo y Bernabé anunciaron el Evangelio a los gentiles. Ahora nosotros invitamos a toda la tierra a aclamar al Señor por sus maravillas. 

 

SEGUNDA LECTURA

         En la segunda lectura de hoy se nos presenta a Cristo glorioso en el Cielo, donde recibe el culto de los santos, y donde es el Pastor bueno, que cuida y hace inmensamente felices, a los que vienen de “la gran tribulación”. 

 

TERCERA LECTURA

         Jesucristo es nuestro Pastor. Él conoce a sus ovejas y ellas le conocen, escuchan su voz, y le siguen. Nadie puede arrebatarlas de su mano ni de las manos del Padre.

        Pero antes de escuchar el Evangelio, le aclamamos cantando el aleluya. 

 

COMUNIÓN

        En la Comunión nos encontramos con Jesucristo, el Pastor Bueno, que alimenta a su rebaño con su propio Cuerpo.

        Que Él nos ayude a cumplir nuestro deber de fomentar las vocaciones, con nuestra oración y nuestro trabajo apostólico, y que seamos generosos en colaborar con las Vocaciones Nativas, para que muchos chicos y chicas de los países de Misión tengan la inmensa alegría de poder consagrarse al Señor.


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Viernes, 03 de mayo de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de P ascua C ofrecidapor el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Pascua C

 

       En las apariciones de Cristo Resucitado constatamos el interés que Él tiene por estas tres cosas: Porque los discípulos tengan la certeza, más allá de toda duda,  de que, realmente,  es el mismo Jesús que estaba con ellos, que ha resucitado; de que todo lo sucedido estaba ya anunciado en la Ley, en los profetas y en los salmos, es decir, en todo el Antiguo Testamento;  y, además, que había que dar a conocer este acontecimiento con todas sus consecuencias, en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

       El Evangelio de este domingo nos presenta la tercera aparición de Jesucristo Resucitado a los discípulos, que están iniciando su vida normal; están en la pesca, el trabajo habitual de algunos de ellos.

       En medio de la pesca, descubren la presencia de Cristo Resucitado. Ellos conocen, como nadie, el lago, han pescado toda la noche y no han cogido nada, y ahora, de repente, y por indicación de un desconocido, se llenan las redes de peces. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué ha pasado?

     “¡Es el Señor!” dice Juan, el más clarividente de todos.

       Y es importante observar que durante la comida, “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”.

      Se ha cumplido, por tanto, el primer objetivo de las apariciones: llevar al ánimo abatido de los discípulos la certeza de que Él había resucitado.

       Aquella comida es signo de la Eucaristía, el gran banquete de la Iglesia, y en el que “pregustamos y tomamos parte” del banquete del Cielo. Es lo que resalta la Liturgia de este día en el Evangelio: “Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”.

       Dice S. Jerónimo que 153 eran los peces conocidos entonces. Y  es posible que pueda  ser en  Juan,  un signo de la universalidad de la Iglesia, a la que todos  estamos llamados.

       Y la Iglesia tendrá como cabeza visible a Pedro que, después de la comida, es examinado sobre el amor y es confirmado en la misión que el Señor le había anunciado. ¡Hasta ese punto le perdona el Señor!

       En la primera lectura, comprobamos cómo se está cumpliendo también el tercer objetivo: Dar testimonio en todas partes de Cristo Resucitado con la luz y la fuerza del Espíritu Santo. En efecto, los apóstoles se presentan ante el Sanedrín como testigos de la Resurrección. Y formulan lo que nosotros conocemos como “una objeción de conciencia”: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y, una vez azotados, “salen contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”.

       Y es particularmente importante lo que les dice el Sumo Sacerdote: “Habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.

       En nuestro tiempo, en el que urge por todas partes, el anuncio de esta Buena Noticia, sería muy importante retener esta expresión: “habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza”. ¡Y nos sentimos animados a pensar qué necesario sería que en nuestros pueblos y ciudades, en nuestras parroquias y comunidades, se pudiera decir lo mismo de nosotros!

 

                                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:43  | Espiritualidad
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DOMINGO III DE PASCUA C 

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

       El convencimiento firme de la Resurrección del Señor y la acción del Espíritu Santo constituyen la única explicación del gran interés y de la valentía de los apóstoles por anunciar que Cristo había resucitado. 

 

SEGUNDA LECTURA

       En la segunda lectura, S. Juan nos presenta, en medio del lenguaje propio del libro del Apocalipsis, la gloria y la alabanza que Jesús, vivo y glorificado, recibe en el Cielo. 

 

TERCERA  LECTURA

       En el Evangelio escuchamos lo que sucede en la tercera aparición de Jesucristo resucitado a los discípulos.

       Pero antes de escuchar el Evangelio, proclamemos la alegría de este tiempo de Pascua, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

       En la Comunión recibimos al mismo Cristo, que fortaleció la fe de sus discípu-los en su Resurrección.

       Que Él nos dé la luz y la fortaleza que necesitamos para ser, como los apóstoles, mensajeros convincentes e incansables de su Resurrección en nuestros ambientes, con palabras y obras.

 


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Viernes, 26 de abril de 2019

Comentario litúrgico del SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. marzo 26, 2019 (zenit)

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Ciclo C

Textos: Hechos 5, 12-16; Ap 1, 9-11a .12-13.17-19; Jn 20, 19-31

Idea principal: Que los “Tomases” que andan por ahí pidiendo tercamente pruebas y con la fe decaída se encuentren con Jesús misericordioso y que les muestre con cariño sus llagas para que metan su dedo, crean en Él y lo anuncien por todas partes.

Síntesis del mensaje: A este domingo se le llamaba domingo “in albis”, o sea “in albis deponendis”, “el domingo en que se despojan ya de los vestidos blancos” aquellos que antiguamente habían recibido el bautismo en la noche de la Vigilia Pascual. Hoy a este domingo se le llama, por indicación del Papa Juan Pablo II, “Domingo II de Pascua o de la divina misericordia”. Que al pasar junto a nuestros hermanos, nuestra sombra refleje la luz de Cristo que les ilumina y consuela (1ª lectura).  Y así puedan encontrarse con Cristo resucitado y exclamar como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (evangelio).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, que muchos están atravesando una crisis de fe, es evidente. Repiten lo que otros han experimentado. Albert Camus en su libro “La Peste” hace decir al ateo Rieux, que no es más que su misma sombra: “Yo vivo en la noche”, pues no podía compaginar la bondad de Dios y el sufrimiento de los inocentes. El mayor místico de los siglos en la Iglesia, san Juan de la Cruz, dice: esto es “la noche oscura del alma”, porque de Dios no sentía ni el consuelo ni la mirada ni el susurro. Santa Teresa de Lisieux: “Me asaltan pensamientos como los que pueden tener los peores materialistas”, porque Dios se le borraba de las pantallas de la creación.

La Beata Teresa de Calcuta también vivió esta crisis: «Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan hondo que hace daño; un sufrimiento continuo, y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin celo… ¡El cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío!». Santa Teresa de Jesús, la gran mística de Ávila describe así la suya: «Oh válgame Dios, y qué son los trabajos interiores y exteriores que padece un alma hasta que entre en la séptima morada… Ningún consuelo se admite en esta tempestad …».Y, el colmo, Jesús en la cruz: “¡Dios mío… ¿por qué me has abandonado?!”. O sea que aquí, de “Tomases” por la vida, el que más y el que menos. Pues a estos “Tomases” quiere Jesús mostrarles sus llagas y curarles, como al apóstol Tomás.

En segundo lugar, ¿qué hacer ante estas dudas y crisis de fe? ¿Culpar al ateísmo teórico del marxismo y sus secuaces, al laicismo y escepticismo de intelectuales honrados o baratos, al humanismo ateo de progresistas cavernarios o cavernícolas, que reducen la religión a la corrección ética de la vida o al compromiso social con el proletariado o a la autorrealización de la persona? Pero, a decir verdad, parte de la culpa está en algunos cristianos. Así declararon los 2000 padres conciliares en el Concilio Vaticano II al hablar del ateísmo en 1965: “también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad…en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”(Gaudium et spes, 19). También a estos creyentes incoherentes Cristo resucitado quiere mostrarles su costado abierto para invitarles a meter la mano y volver a la fe sencilla que les transmitieron sus abuelos y tal vez la mamá de familia. Y así puedan exclamar de corazón: “Señor mío y Dios mío”.

Finalmente, y ahora nos toca ver el mensaje para cada uno de nosotros. Es el momento de revisar nuestra fe en Cristo resucitado, no sea que haya algún “Tomás” escondido entre alguna rendija de nuestro corazón o de nuestra mente. A todos nos viene la tentación de pedir a Dios un “seguro de felicidad”, o poco menos, ver el rostro de Dios, o recibir pruebas o signos de que vamos por buen camino. ¿Quién de nosotros no ha tenido una crisis de fe, o porque Dios parece haber entrado en eclipse en nuestra vida, o porque se han acumulado las desgracias que nos hacen dudar de su amor, o porque las tentaciones nos han llevado por caminos no rectos o porque nos hemos ido enfriando en nuestro fervor inicial? Jesús misericordioso quiere acercarse.  Nos invita a meter nuestro dedo también en sus llagas para que nuestras dudas se conviertan en certezas, nuestras tristezas en alegrías, nuestras desconfianzas en seguridades, nuestra terquedad en humildad, nuestras tempestades en calma. Aprendamos de Tomás a despojarnos de falsos apoyos, a estar un poco menos seguros de nosotros mismos y aceptar la purificación que suponen esos momentos de oscuridad. Si los santos los tuvieron, ¿quiénes somos nosotros para pedir a Dios que nos los quite? “Señor mío y Dios mío”.

Para reflexionar: ¿Cómo me comporto cuando hay nubarrones en mi vida? ¿Tengo miedos y me alimento de dudas? ¿O, al contrario, esos momentos son ocasión para madurar en mi fe? ¿Cuántas veces al día exclamo: “Señor mío y Dios mío”?

Para rezar: Con san Pablo VI recemos esta oración que dirigió en la Audiencia general del 30 de octubre de 1968:

Señor, yo creo, yo quiero creer en Ti

Señor, haz que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas.

Señor, haz que mi fe sea libre, es decir, que cuente con la aportación personal de mi opción, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta y que exprese el culmen decisivo de mi personalidad: creo en Ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea cierta: cierta por una congruencia exterior de pruebas y por un testimonio interior del Espíritu Santo, cierta por su luz confortadora, por su conclusión pacificadora, por su connaturalidad sosegante.

Señor, haz que mi fe sea fuerte, que no tema las contrariedades de los múltiples problemas que llena nuestra vida crepuscular, que no tema las adversidades de quien la discute, la impugna, la rechaza, la niega, sino que se robustezca en la prueba íntima de tu Verdad, se entrene en el roce de la crítica, se corrobore en la afirmación continua superando las dificultades dialécticas y espirituales entre las cuales se desenvuelve nuestra existencia temporal.

Señor, haz que mi fe sea gozosa y dé paz y alegría a mi espíritu, y lo capacite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres, de manera que irradie en el coloquio sagrado y profano la bienaventuranza original de su afortunada posesión.

Señor, haz que mi fe sea activa y dé a la caridad las razones de su expansión moral de modo que sea verdadera amistad contigo y sea tuya en las obras, en los sufrimientos, en la espera de la revelación final, que sea una continua búsqueda, un testimonio continuo, una continua esperanza.

Señor, haz que mi fe sea humilde y no presuma de fundarse sobre la experiencia de mi pensamiento y de mi sentimiento, sino que se rinda al testimonio del Espíritu Santo, y no tenga otra garantía mejor que la docilidad a la autoridad del Magisterio de la Santa Iglesia. Amén.

abril 23, 2019 14:34Espiritualidad y oración


Publicado por verdenaranja @ 14:07  | Espiritualidad
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Reflexión a las lecturas del segundo domingo de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 2º de Pascua C

 

            ¡Hemos llegado al “Día Octavo”, a la Octava de Pascua! Durante esta semana hemos estado celebrando cada día, aunque fuera jornada laboral, la Solemnidad de la Resurrección del Señor.

            Ya sabemos que la Resurrección es un acontecimiento muy grande, con unas consecuencias prácticas muy notables, y no cabe en un solo día. Por eso son 50 días, los del Tiempo Pascual.

            En cada Celebración se ha ido repitiendo el mismo esquema: En la primera lectura, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado algún testimonio de los apóstoles acerca de la Resurrección después de Pentecostés. Y, en el Evangelio, alguna de las apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos. Lógico es que, al llegar el día octavo, se nos presente, en el Evangelio, la aparición de ese día.

            La primera lectura, en lugar del testimonio de un apóstol, nos presenta el de toda la primera comunidad cristiana: Cómo vivían los primeros creyentes en la Resurrección. Y al ser domingo, se añade una segunda lectura, que es el comienzo del Libro del Apocalipsis, el libro de la esperanza.

            El Evangelio nos presenta en toda su crudeza el tema de la fe. Y sería fácil quedarnos con la conclusión de que Tomás era malo porque no creyó y nosotros, buenos, porque sí creemos… ¡Y ya está!

            Pero no sería lógico. Tendríamos que preguntarnos, más bien, cómo es nuestra fe: Si es una fe consciente, viva, activa, comprometida… Si conocemos los fundamentos de nuestra fe y si estamos capacitados para dar razón de nuestra esperanza, etc.

            El Papa San Pablo VI, en una célebre oración implorando el don de la fe, pedía al Señor una fe cierta “por una exterior congruencia de pruebas y por un interior testimonio del Espíritu Santo…”

     El Evangelio de hoy nos enseña que estos signos (milagros) “se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Por tanto, hay que conocerlos para llegar a la fe. Por algo se llama a la fe “rationabile obsequium”.  Se trata , pues, de algo que concuerda con la razón, aunque la trascienda.

            Recuerdo que, después de alguna  de mis homilías de este domingo, alguna persona me ha dicho: “Yo no había oído nunca decir a un sacerdote que debemos tener razones para creer”. Y porque todo esto es muy frecuente, me parece que nos viene bien traer este tema  a nuestro comentario litúrgico de hoy. Recuerdo que cuando el año 1982 el Papa San Juan Pablo II vino a España, dijo, en la Universidad de Salamanca, que la gente tiene hoy “necesidad de  certezas”.

            Entonces, ¿dónde estuvo el error de Tomás? En exigir demasiado. Pide una experiencia física para creer. Y esa posibilidad no existe cuando se trata de hechos del pasado. De los hechos históricos sólo podemos tener conocimiento por el testimonio de los que han tenido una relación directa con ellos. Por eso, no nos podemos cerrar, como hace Tomás, al testimonio de los otros.

            Además, ¡cuántos actos de fe hacemos cada día!: Tenemos que fiarnos de otras personas, incluso, a la hora de comer, no decimos: “¿Y esta comida no estará envenenada?”. Por poner sólo un ejemplo.

            De esta forma, el Evangelio de Juan establece el nexo de unión entre los cristianos que habían conocido al Señor y los que no lo habían conocido, y tenían que “creer sin ver”. Pero no sin razones, lo que los teólogos llaman “motivos de credibilidad”.

            Y no podemos olvidar que es éste el “Domingo de la Misericordia”. Los textos de la Misa se hacen eco de esta realidad, comenzando por la oración colecta, que comienza diciendo: “Dios de eterna misericordia, que reanimas la fe de este pueblo a ti consagrado, con la celebración anual de las fiestas pascuales…”

            A mi parece que este Domingo de la Divina Misericordia constituye como un resumen de toda la Semana Santa. Es lógico que en el salmo responsorial de este día proclamemos: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.             

                                                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:38  | Espiritualidad
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