Jueves, 08 de noviembre de 2018

Subsidio litúrgico para el Día de la Iglesia Diocesana 2018, remitido por el Departamento de Comunicación de la Diócesis de Tenerife

Día de la Iglesia Diocesana 2018
«Somos una gran familia contigo»

Monición de entrada

Siempre que nos reunimos a celebrar la eucaristía lo hacemos como Iglesia. La eucaristía es el centro de la Iglesia y de ella vive y crece. Pero hoy, queremos hacer resonar en nuestro corazón ala Iglesia diocesano que nos invita a formar una gran familia contigo. Recemos durante esta celebración por nuestra diócesis, por nuestra parroquia, por nuestro obispo, por los sacerdotes, por las vida consagrada, por todos los laicos... por todos los que formamos esta gran familia.

Monición a las lecturas

I R 17,10-16: La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías.
Sal 145,7.8-9a.9bc-10: Alaba, almo mía, al Señor.
Hb 9,24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. Mc 12,38-44: Esa pobre viuda ha echado más que nadie.

La lectura de libro de los Reyes nos presenta a una viuda que comparte con Elías lo necesario para vivir. Un gesto que no queda estéril en las monos del Señor.

La carta a los Hebreos nos recuerda el sacerdocio de Cristo que ofreció su vida por la salvación de los hombres. Jesucristo sigue ejerciendo su sacerdocio intercediendo por nosotros el cual se ofreció una solo vez para quitar los pecados del mundo.

El evangelio de Marcos nos presenta de nuevo a una viuda que comparte de lo necesario para vivir. Esta mujer vive su donación y entrega total dentro de su comunidad sabiendo que toda ofrenda a Dios vuelve en beneficio de los hermanos.

Monición a la colecta

En este día de la Iglesia Diocesana, donde se nos invita a ser una gran familia, presentamos en el altar los proyectos e ilusiones de nuestra comunidad. Como Cristo se ofrece en el altar, también nosotros entregamos nuestra vida para que él nos transforme. Especialmente, vamos a presentar en este momento nuestra aportación económica


Monición final

Las lecturas de este día y la celebración del día de la Iglesia diocesana nos han invitado a formar parte de una gran familia donde todos colaboramos entregando nuestro tiempo y comprometiéndonos en sus actividades. Hoy tú puedes colaborar con tu parroquia de muchas formas.


Publicado por verdenaranja @ 16:39  | Liturgia
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S?bado, 03 de noviembre de 2018

Comentario litúrgico del 31º Domingo Ordinariopor el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 30, 2018 (zenit)

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: Dt 6, 2-6; Heb 7, 23-28; Mc 12, 28b -34

Idea principal: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas… y a tu prójimo como a ti mismo”.

Síntesis del mensaje: Los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) nos recuerdan este mandamiento primero. Según Mateo y Marcos, es Jesús quien resume la ley en los dos mandamientos; según Lucas, fue el doctor de la ley quien lo hizo y Jesús lo aprobó. Este era un tema que apasionaba a los espíritus religiosos de la época. La ley de Moisés se había ido llenando de preceptos, explicaciones, reinterpretaciones. Urgía pues saber qué era lo esencial entre tantas reglas.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, cuenta la tradición judía –que no la Biblia- que por los años del siglo XIII a.C., Moisés, libertador, legislador y profeta del pueblo de Dios en la esclavitud, subió a las cumbres del Sinaí para entrevistarse con Dios y que Dios le dio 365 mandamientos negativos, “No harás”, -tantos como días tiene el año solar-, y 248 mandamientos positivos, “Harás”, -tantos como generaciones desde Adán y Eva hasta aquel entonces. Total, 613 mandamientos. Demasiados. Por eso, en el siglo XI a.C., David, rey de Judá-Israel y profeta del Altísimo, redujo los seiscientos trece mandamientos a once (Sal 15). En el siglo VIII a.C., el profeta Isaías redujo los once a seis (Is 33, 15). Ese mismo siglo el profeta Miqueas los redujo a tres (Miq 6,8), de nuevo Isaías de tres a dos ( Is 66,1) hasta que en el siglo VII a.C. el profeta Habacuc redujo los dos a uno. Este: “El santo vivirá por su fidelidad” (Hab 2,4). Donde “su” se refiere a Dios. O sea, los profetas, que tienen hilo directo con Dios, buscaron lo esencial de la religión, de la moral y del culto, y dijeron que es el amor a Dios por un lado y a los hombres por otro. Al fin llegó Jesús y dijo: amar a Dios es amar a los hombres y amar a los hombres es practicar con ellos el respeto, la verdad y la justicia.

En segundo lugar, pero ¿qué es amar a Dios? ¿Por qué y para qué debemos amar a Dios? ¿Cómo debemos amar a Dios? ¿Dónde y cuándo debemos amar a Dios? Dice la Didajé, el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos: “Hay dos caminos: uno de la vida, y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos. El camino de la vida, pues, es éste: Primero, amarás a Dios que te creó; y segundo, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo lo que no quieras que te suceda a ti, tú tampoco lo hagas a otro… El camino de la muerte, en cambio, es éste: Sobre todo es malo y lleno de maldición: los asesinatos, adulterios, concupiscencias, fornicaciones, hurtos, idolatrías, brujerías, preparación de venenos, rapiñas, falsos testimonios, hipocresía, doblez de corazón, dolo, malicia, orgullo, avaricia, conversaciones torpes, envidia, espíritu atrevido, altanería, ostentación”. Respondamos las preguntas que puse al inicio de este segundo punto: Amar a Dios significa darle todos los latidos de nuestro corazón desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, pues Él es nuestro Padre. Debemos amar a Dios porque Él nos amó primero, creándonos, redimiéndonos y nos está santificando a través de su Espíritu. Debemos amarlo con todo lo que somos y tenemos: mente, afectos, voluntad. Debemos amarlo cumpliendo sus mandamientos y sobre todo, amando a nuestros hermanos, que también son hijos de Dios. Sólo así le manifestaremos nuestra gratitud y nuestro cariño de hijos, de creaturas amadas por Él.

Finalmente, y, ¿quién es mi prójimo? ¿Qué es amar al prójimo? ¿Por qué debemos amar al prójimo? ¿Cómo debemos amar al prójimo? ¿Dónde y cuándo debemos amar al prójimo? Respondamos a estas preguntas: Mi prójimo es toda la gente del mundo.

Mi prójimo es mi esposo, mi esposa, mis hijos, los suegros, los parientes, los amigos, los vecinos, los de mi pueblo, los del pueblo de al lado, mis compañeros de trabajo, mis empleados, mi jefe. Mi prójimo es también, el que no me cae bien, el que me ha hecho alguna maldad, el que habla mal de mí. Debemos amar al prójimo porque es nuestro hermano, creado por Dios, redimido por Cristo, santificado por el Espíritu. Debemos amarlo con estas características que san Pablo enuncia en su primera carta a los corintios: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso.No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad.Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7). Debemos amar al prójimo siempre y en todo lugar, sin medida, a ejemplo de Cristo que nos amó y se entregó por todos nosotros. Es tan importante amar al prójimo que el apóstol san Pablo nos dice: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarásy todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm13, 8-10).

Para reflexionar: Cuando al final de la jornada de cada día hagamos el examen de conciencia, preguntémonos: ¿He amado hoy, o me he buscado a mí mismo? ¿Por qué me cuesta amar al prójimo? ¿Lo amo como Jesús lo ama, con un amor misericordioso, paciente? Pensemos en esa frase de san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”.

Para rezar: Señor, dame una señal de que me quieres; hazme hacer la experiencia del amor filial para que mi corazón se dilate y yo corra –antes que arrastrarme- por la vida de tus mandamientos (cf. Salm 119, 32). Haz que yo te ame por encima de todas las cosas y que ame a todas las cosas en Ti; que no haya en mi corazón “otro Dios salvo tú”, ningún ídolo o “dios extranjero” que provoque tus justos celos. Haz que te ame, Señor. Y en Ti, por Ti y como Tú, ame también a mi hermano.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

octubre 30, 2018 14:09Espiritualidad y oración

 


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Reflexión a las lecturas del domingo treintaiuno del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 31º del T. Ordinario B

 

          Era normal que aquel escriba le preguntara a Cristo por el mandamiento principal de la Ley. En la época de Jesús todo se había complicado, y los judíos contaban hasta 613 preceptos. "Una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar", decía S. Pedro (Hch 15, 10)

          Los maestros de la Ley discutían entre sí sobre el principal de todos los mandamientos, y era lógico que quisieran conocer la opinión de Jesús, en aquel ambiente de hostilidad, propio de los días previos a su Pasión.

          Jesús le recuerda la “Shemá”, que los judíos recitan varias veces al día, y que hemos escuchado en la primera lectura: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.

          Y, además, le dice que el segundo mandamiento, en orden de importancia, es “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

          Pero hay que tener en cuenta que Jesús habla con un judío acerca de la ley judía. Los cristianos formulamos el mandamiento segundo como Jesús  nos enseñó: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

          Estamos acostumbrados a formular el primer mandamiento de un modo más sencillo (amarás a Dios sobre todas las cosas), pero es importante recordar alguna vez “la Shemá” que expresa mejor la realidad del mandamiento primero, y recogen también nuestros catecismos.

          La tentación constante de Israel era la idolatría, rodeado como estaba de pueblos idólatras. Y, de alguna manera, es la tentación del hombre de todos los tiempos. Los dioses son ahora distintos, pero la idolatría es muy parecida.

          Por eso, lo primero es señalar de qué dios hablamos, en qué dios creemos, a qué dios hemos de amar. Dice el texto: “El Señor, nuestro Dios, es el único Señor”.

          Y a este Dios tenemos que amarlo, no de cualquier manera, sino con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser, como corresponde al Dios único, al Señor del Universo y de la Historia.

          Decíamos antes que los cristianos formulamos el segundo mandamiento de modo distinto, pero amar al prójimo como a nosotros mismos supone ya una gran exigencia y una gran elevación moral.

          ¡Cómo y cuánto nos queremos a nosotros mismos! Si somos capaces de amar al prójimo de esta manera, ya hacemos mucho, aunque nos quede todavía un largo camino.

          Por eso nos quedamos tan extrañados cuando oímos decir: “Yo no tengo pecados”.

          ¿Es que cumplimos ya perfectamente estos dos mandamientos, que resumen la Ley y los Profetas? (Mt 22, 40) ¿Amamos ya a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el ser? ¿Y a los hermanos, como Cristo nos amó?  ¿Para qué engañarnos y no ser sinceros?  (1 Jn 1, 8).

          Se ha dicho que la felicidad se encuentra en amar y sentirse amado. Es la dicha que quiere el Señor para nosotros y que tiene su cima y su raíz en el cumplimiento de sus mandatos. En la primera lectura escuchamos: “Para que te vaya bien y crezcas en número”.

          ¿Y dónde encontraremos la ayuda y la fortaleza que necesitamos?

          En Cristo, “que tiene el sacerdocio que no pasa”, como escuchamos en la Carta a los Hebreos (2ª Lect.)

          Y ya sabemos: en la oración y en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía, encontra-mos ayuda sobreabundante.

          En resumen, proclamemos con el salmo responsorial: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”.                                      

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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DOMINGO  31º DEL T. ORDINARIO  B    

MONICIONES    

 

PRIMERA LECTURA

          En la primera lectura, escucharemos una exhortación de Moisés a cumplir los mandatos del Señor para que les vaya bien en la tierra prometida, y la formulación del primer mandamiento de la Ley, que Jesús recordará en el Evangelio. 

 

SEGUNDA LECTURA

          Continuamos escuchando fragmentos de la Carta a los Hebreos, sobre el Sacerdocio de Cristo. Hoy  se nos presenta la supremacía del Sacerdocio y del Sacrificio de Cristo, ofrecido de una vez para siempre. 

 

TERCERA LECTURA

           Jesús responde a una cuestión que interesaba mucho a los entendidos en la Ley de su tiempo: ¿Cuál es el mandamiento más importante?

          Pero antes de escuchar la Palabra del Señor, cantemos el aleluya. 

 

COMUNIÓN

          El amor de Jesucristo por nosotros ha llegado al extremo de convertirse en Pan del Cielo, alimento de vida eterna, para que no nos falte la ayuda que necesitamos para cumplir sus mandatos. De este modo, nos irá bien y seremos felices como Él quiere, ahora, en el tiempo, y después, en la eternidad. 


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Viernes, 26 de octubre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo treinta del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 30º  del T. Ordinario B

 

            Bartimeo, el ciego del Evangelio de este domingo, tenía una ilusión en su vida: poder ver; pero ésta era una ilusión imposible, porque ¿cómo un ciego va a recobrar la vista?

            Pero aquel hombre tiene la suerte de encontrarse con Jesús, que pasa por el mismo camino donde estaba sentado, pidiendo limosna; pues, cuando oye que pasa Jesús, comienza a gritar: “Hijo de David, ten compasión de mí”.

Era normal que lo mandaran que a callar, entre otras cosas, porque, si estaba ciego,  era, según la mentalidad judía, porque había pecado, porque era un pecador.

            Pero ¿por qué sabía Bartimeo que Jesús era el Hijo de David? ¿Y la gente que va con Jesús lo creía también? ¿Y cómo sabía que Jesús podía curarle de su ceguera?          

            No lo sabemos. Lo cierto es que llega el momento en el que Jesucristo se para y dice: “llamadlo”. Y entonces es cuando le dicen: “ánimo, levántate, que te llama”.

            ¡Oh! mis queridos amigos, ¡la llamada del Señor! Nos dice San Marcos que, entonces aquel ciego “soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. ¡Qué impresionante!

            Y Jesús le cura: “Anda, tu fe te ha curado”. “Y lo seguía por el camino”. Se trata, por tanto, de una doble curación:  Jesucristo abre los ojos de aquel hombre a la luz del día y su corazón, a la luz de la fe. Por eso, puede seguirle.

            Aquella gente que va con Jesucristo tenía que recordar lo que habían anunciado los profetas y que hoy escuchamos en la primera lectura: “Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos”. Es el anuncio de la liberación del destierro y es anuncio también de los tiempos del Mesías. El profeta dice que entre los que vienen hay “ciegos y cojos, preñadas y paridas: Una gran multitud retorna”.

            Pero ya sabemos que hay muchas clases de ceguera; está incluso la ceguera “del que no quiere ver”.  En el seguimiento de Jesucristo es fundamental ver, poder ver, querer ver. Es la luz de la fe. Y ésta es imprescindible. Sin la fe todo yace en una profunda, permanente y terrible oscuridad. Y, en definitiva, si no tenemos una fe viva y auténtica, ¿cómo vamos a dar testimonio de “lo que hemos visto?”.

            Conocí en una ocasión a una mujer que era sordomuda y ciega. ¡Qué pena! ¡Estaba completamente cerrada a todo!

            Dicen que S. Marcos coloca aquí, al final de esta sección, la curación del ciego, para ayudar a comprender a las comunidades cristianas a las que dirige su Evangelio, que todo lo que hemos contemplado en los últimos domingos acerca de la vida cristiana y del seguimiento de Jesucristo,  es imposible si somos ciegos, si no vemos bien, si no queremos ver.

            Pero ¿será posible que seamos ciegos? Ciegos tal vez no, pero ¿quién puede decir que no tiene nada de ceguera? ¿Quién no anda un poco encandilado por tantas cosas como llaman nuestra atención y dificultan nuestro seguimiento de Cristo? En Canarias hay que tener cuidado con la iluminación nocturna de los pueblos y de las ciudades, porque se puede entorpecer la contemplación del cielo, que se hace desde los dos astrofísicos.

            ¡Y Cristo, que curó al ciego, puede curarnos también a nosotros! Y entonces, también nosotros le seguiremos, o le seguiremos mejor, por el camino.

            En la celebración de la Eucaristía de este domingo, nos encontramos con Jesucristo, que nos pregunta como al ciego: “¿Qué quieres que haga por ti?” Y nosotros ¿qué le vamos a contestar? “Maestro, que pueda ver, que pueda ver siempre, hasta que llegue a contemplarte, vivo y glorioso, por toda la eternidad.

             A ello nos ayuda el ejemplo y la intercesión materna de la Virgen de Candelaria, que estos días ha visitado nuestra Ciudad.                           

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:22  | Espiritualidad
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DOMINGO 30º DEL T. ORDINARIO B  

MONICIONES          

PRIMERA LECTURA

La primera lectura de hoy es un mensaje de esperanza: el profeta levanta el ánimo del pueblo de Dios desterrado en Babilonia, anunciándole la vuelta a su patria con gran alegría bajo la protección paterna del Señor. Y también los tiempos del Mesías.

                        Escuchemos con atención. 

SEGUNDA LECTURA

                        La Carta a los Hebreos contiene una amplia enseñanza sobre el Sacerdocio de Jesucristo, como escuchamos en el fragmento que se lee hoy: Jesús, Hijo de Dios y hermano de los hombres,  es el Pontífice de la Nueva Alianza, en favor de la humanidad entera. 

TERCERA LECTURA

                        Jesús cura al ciego de Jericó que le llama Hijo de David. Así recompen-sa su fe y confirma que han llegado los tiempos del Mesías.

                        Pero antes de escuchar el Evangelio, cantemos con gozo, el aleluya. 

COMUNIÓN

                        Dichosos nosotros que somos capaces de descubrir detrás de las especies de pan y de vino, al mismo Jesucristo que curó al ciego de Jericó.

                        “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Esta fue la súplica del ciego y es nuestra súplica, para que el Señor nos libere de toda ceguera espiritual, y podamos descubrirle siempre presente entre nosotros.  


Publicado por verdenaranja @ 14:18  | Liturgia
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La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:30 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 24 oct. 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre los Mandamientos, llegamos hoy a la Sexta Palabra, que concierne a la dimensión emocional y sexual, y dice: “No cometerás adulterio”. La llamada inmediata es a la fidelidad, y de hecho, ninguna relación humana es auténtica sin fidelidad y lealtad.

Uno no puede amar solo mientras “conviene”. El amor se manifiesta más allá del umbral del propio interés, cuando se da todo sin reservas. Como dice el Catecismo: “El amor quiere ser definitivo. No puede ser “hasta nuevo aviso” (No. 1646). La fidelidad es la característica de una relación humana libre, madura y responsable. También un amigo demuestra que es auténtico cuando sigue siéndolo en todas las circunstancias; de lo contrario no es un amigo. Cristo revela el amor verdadero, Él, que vive del amor ilimitado del Padre, y en virtud de esto, es el Amigo fiel que nos acoge incluso cuando cometemos errores y siempre quiere nuestro bien, incluso cuando no lo merecemos.

El ser humano necesita ser amado sin condiciones, y quien no recibe esta acogida a menudo se siente incompleto, incluso sin saberlo. El corazón humano trata de llenar este vacío con sucedáneos, aceptando componendas y mediocridades  que del amor tienen solo un vago sabor. El riesgo es llamar “amor” a las relaciones acerbas e inmaduras, con la ilusión de encontrar luz de vida en algo que, en el mejor de los casos, es solo un reflejo de ello.

Sucede entonces que se sobrestima, por ejemplo,  la atracción física, que en sí misma es un don de Dios, pero que está orientada a allanar el camino para una relación auténtica y fiel con la persona. Como decía San Juan Pablo II, el ser humano “está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones”, que “es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del corazón”. Es algo que se conquista, ya que todo ser humano “debe aprender con perseverancia y coherencia cual es el significado del cuerpo” (cf. Catequesis, 12 de noviembre de 1980).

La llamada a la vida conyugal requiere, por lo tanto, un discernimiento cuidadoso sobre la calidad de la relación y un tiempo de noviazgo para verificarla. Para acceder al sacramento del matrimonio, los novios deben madurar la certeza de que en su vínculo está la mano de Dios, que los precede y los acompaña, y les permitirá decir: “Con la gracia de Cristo, prometo serte fiel siempre ” . No pueden prometerse fidelidad  “en la alegría y en las penas, en la salud y en la enfermedad”, y amarse y honrarse todos los días de sus vidas, solo sobre la base de la buena voluntad o la esperanza de que “la cosa funcione”. Necesitan construir sobre el terreno sólido del amor fiel de Dios. Y por eso, antes de recibir el sacramento del matrimonio, hace falta una preparación cuidadosa, diría un catecumenado, porque se juega toda la vida en el amor, y con el amor no se bromea. No se puede definir como “preparación al matrimonio”, tres o cuatro conferencias dadas en la parroquia; no, eso no es preparación: esa es falsa preparación. Y la responsabilidad de quien lo hace recae sobre él: sobre el párroco, sobre el obispo que tolera estas cosas. La preparación debe ser madura y hace falta tiempo. No es un acto formal; es un Sacramento. Pero hay que prepararlo como un auténtico catecumenado.

La fidelidad es, en efecto, una forma de ser, una forma de vida. Se  trabaja con lealtad, se habla con sinceridad, se permanece fiel a la verdad en los propios pensamientos y acciones. Una vida tejida de fidelidad se expresa en todas las dimensiones y conduce a ser hombres y mujeres fieles y confiables en todas las circunstancias.

Pero para llegar a una vida tan hermosa, nuestra naturaleza humana no es suficiente, es necesario que la fidelidad de Dios entre en nuestra existencia, que nos contagie.  Esta Sexta Palabra nos llama a dirigir nuestra mirada a Cristo, quien con su fidelidad puede quitarnos un corazón adúltero y darnos un corazón fiel. En él, y solo en él, hay amor sin reservas ni replanteamientos, entrega completa sin paréntesis y tenacidad de la aceptación hasta el final.

De su muerte y resurrección se deriva nuestra fidelidad, de su amor incondicional se deriva la constancia en las relaciones. De la comunión con Él, con el Padre y con el Espíritu Santo se deriva la comunión entre nosotros y la capacidad de vivir con fidelidad nuestros lazos.

© Librería Editorial Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 14:15  | Habla el Papa
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Comentario del 30º Domingo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 23, 2018. (zenit)

Ciclo B

Textos: Jer 31, 7-9; Heb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

Idea principal: Proceso de fe e iluminación de este ciego hasta llegar a Jesús, encontrarse con Él, recibir la curación y seguirlo.

Síntesis del mensaje: la dinámica de la fe es la esencia del discipulado, porque sólo la adhesión total –la comunión estrecha con el Maestro- hace posible el seguimiento de él en todos los aspectos de la vida. Este hombre ciego y pobre es el modelo del que sabe responder al llamado de Jesús: “¡Ánimo, levántate, el Maestro te llama!” (10,49), pasando del estar “sentado a la orilla del camino” (10,46) al “seguirlo por el camino” (10,52).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, veamos la situación de este ciego. A la orilla del camino, aparece Bartimeo, humilde ciego y mendigo, quien ha ido a acomodarse en el lugar preciso por el que deben pasar los peregrinos. Excluido de la vida religiosa por su misma enfermedad, y estaba solo. En esta época del año, en el que la gente es más generosa, el ciego espera captar más limosnas. Él ya sabe la estrategia para lograrlas, por eso está allí en su “lugar de trabajo”. Ciertas enfermedades –en este caso la ceguera- eran consideradas castigo de Dios. Así, a la situación de ceguera de Bartimeo, se sumaba el prejuicio social. Los ciegos, al igual que otros enfermos y las mujeres, estaban eximidos y excluidos de participar en las fiestas religiosas. Bartimeo es el símbolo del hombre que busca en Jesús la luz de la fe. Y como “la fe no es propia de los soberbios, sino de los humildes” (San Agustín, Catena Aurea VI, p. 297), este ciego fue premiado. La fe está a punto de hacer ese milagro: el ciego, al dejar su manto, deja tras de sí una “vieja” vida para asumir una nueva detrás de Jesús. Quien estaba al margen del camino, ahora sigue a Jesús, que es el “Camino”.

En segundo lugar, veamos el camino del ciego hacia Jesús.La rutina del mendigo se rompe, y para siempre, cuando toma información y se entera que muy cerca de él pasa Jesús. Proceso: Primero, escucha el paso de Jesús; la fe viene por el oído; y de la ceguera pasa a la visión y de la marginalidad en el camino pasa a ser su activo peregrino. Segundo, el grito de la fe: Bartimeo, reconociéndole como Mesías, clama misericordia. Su oración tiene como trasfondo la oración penitencial del Salmo 51 (“miserere”, ten piedad), pero también la promesa mesiánica de Isaías 35,2-5: “se despegarán los ojos de los ciegos”. Tercero, superación de los obstáculos: además de sus dos primeras limitaciones, su ceguera y su pobreza, es reprimido para que se calle; él es imagen del que entra en el Reino despojado, abandonado con absoluta confianza en la presencia y la palabra de Jesús. El despojo es todavía más radical cuando hace dos gestos: arroja el manto y, dando un salto, va hacia Jesús. El manto es el mayor bien de un pobre, lo único que le queda (cf. Éxodo 22,25-26), es su cobija para la noche, su abrigo para el frío, su recipiente para la limosna. Su salto (¡inaudito para un ciego!) es un gesto de confianza total, expresión de apoyo en la palabra de Jesús. ¿Resultado? El ciego logra su objetivo: Jesús, se detiene ante él y lo llama. El encuentro personal comienza con una pregunta de Jesús: “¿Qué quieres que te haga?”. Y termina con la curación. Bartimeo ha cambiado completamente de situación: era ciego y ahora ve, estaba sentado al borde del camino y ahora está en el camino, estaba solo y ahora está con Jesús y su grupo. También podemos suponer que al recobrar la vista e incorporarse a la comunidad habrá dejado de mendigar. Y todo termina con el seguimiento a Jesús. Ahora Jesús tiene un nuevo discípulo, quien ha recibido el don de la vista y se caracteriza por su fe.

Finalmente, y nosotros, ¿qué? Me regocija saber que Jesús se deja cambiar de rumbo ante mi pedido, que va a detenerse para escucharme a mí, como hizo con este ciego Bartimeo. Pero también pienso que a veces los reclamos de los necesitados me molestan y busco acallarlos o prefiero no oír. Quiero tener como maestro de oración a Bartimeo, que sabía qué pedir, cómo pedir, dónde pedir y no se dejaba tapar la boca ni siquiera por los que estaban cerca de Jesús. Bartimeo pedía limosna, pero cuando Jesús pasó, pidió lo que realmente quería, que era ver. Quiero tener esa franqueza y esa libertad delante de Dios, y pedirle lo que realmente necesito para mi vida. Sin palabrerías ni oraciones floridas ni fórmulas de otros, con mi necesidad.

Para reflexionar: Meditemos este texto de san Gregorio Magno: “Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego. Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino, pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna. Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: ‘Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí’” (Homil. in Ev. 2, 2.8).

Para rezar: Mi Señor, que yo vea con tus ojos, que yo vea el bien y su fecundidad en medio de tantas tinieblas.Que mis ojos de fe provoquen tu obrar misericordioso en beneficio de los pobres pecadores, de las almas. Padre mío, que mi alma se enriquezca con la luz de la fe que brote de unos ojos de fe… que yo vea… que yo te vea en todo y en todos… que mi fe me lance audazmente a confiar ciegamente esperándolo TODO de Ti.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

octubre 23, 2018 12:26Espiritualidad y oración


Publicado por verdenaranja @ 13:58  | Espiritualidad
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De acuerdo con su costumbre, el Papa comentó el Evangelio este domingo 21 de octubre de 2018, antes del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, frente a unas 20,000 personas. (ZENIT – 21 octubre 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de hoy (cf. Mc 10, 35-45) describe a Jesús que, una vez más y con gran paciencia, trata de corregir a sus discípulos convirtiéndolos de la mentalidad del mundo a la de Dios. La ocasión surge de los hermanos Santiago y Juan dos de los primeros que Jesús encontró y les pidió que lo siguieran. Ya han recorrido un largo camino con él y pertenecen al grupo de los doce apóstoles.

Por lo tanto, mientras se dirigen a Jerusalén, donde los discípulos esperan ansiosamente que Jesús, con motivo de la Pascua, finalmente establezca el Reino de Dios, los dos hermanos se vuelven valientes y le  dirigen su petición al Maestro: “Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés  en tu gloria”(v. 37).

Jesús sabe que Santiago y Juan están animados por un gran entusiasmo por él y por la causa del Reino, pero también sabe que sus expectativas y su celo están contaminados por el espíritu del mundo. Por lo tanto, responde: “No sabéis lo que estás pidiendo” (v. 38). Y mientras hablaban de “tronos de gloria” sobre los cuales sentarse junto a Cristo Rey, Él habla de pasar la prueba que él pasará por una copa por beber y  de un “bautismo” para ser recibido, es decir, habla de su pasión y muerte. Santiago y Juan, siempre anhelando el privilegio esperado, dicen además: sí, “podemos”.

Pero, incluso aquí, realmente no se dan cuenta de lo que dicen. Jesús anuncia que su copa la beberá y su bautismo lo recibirán, es decir, ellos también, como los otros apóstoles, participarán en su cruz, cuando llegue el momento. Sin embargo – concluye Jesús – “eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concedérselo; es para aquellos para el cual ha sido preparado “(v.40). Cómo decir: ahora síganme y aprendan el camino del amor “en una pérdida”, y el Padre celestial pensará en ello, el camino del amor siempre es en pérdida  porque amar significa dejar de lado el egoísmo, la autoreferencialidad para servir a los demás.

Entonces, Jesús se da cuenta de que los otros diez apóstoles están enojados con Santiago y Juan, demostrando así que tienen la misma mentalidad mundana. Y esto le permite darles una lección que vale para los  cristianos de todos los tiempos, incluso para nosotros. Él dice: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre vosotros; al contrario el que quiera ser grande entre vosotros que sea su servidor, y el que quiera ser el primero de vosotros que sea el esclavo de todos “(v. 42), es la regla del cristiano.

El mensaje del Maestro es claro: mientras los grandes de la Tierra se construyen “tronos” para su propio poder, Dios escoge un trono incómodo, la cruz, desde donde reina dando la vida: “Así como el Hijo del Hombre – dice Jesús – que no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”(v. 45).

El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros lugares, es la medicina para los trepadores en esta búsqueda de los primeros lugares que contagia a tantos contextos humanos y que no ahorra ni siquiera a los cristianos ni al pueblo de Dios, ni siquiera a la Jerarquía Eclesial.

Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como una llamada a la conversión, para testimoniar con valor y generosidad una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez. Que la Virgen María, que se adhirió plenamente y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir con alegría a Jesús en el camino del servicio, el camino principal que conduce al Cielo.

octubre 21, 2018 16:29Angelus y Regina Caeli

 


Publicado por verdenaranja @ 13:54  | Habla el Papa
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El Papa Francisco ha proclamado santos al Pontífice Pablo VI (Giovanni Battista Montini) (1897-1978), al Arzobispo de San Salvador Óscar Arnulfo Romero Galdámez (1917-1980); al sacerdote diocesano Francesco Spinelli (1853-1913); al presbítero Vincenzo Romano (1751-1831); a la virgen Maria Caterina Kasper (1820-1898); a la virgen Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús (1889-1943); y al laico Nunzio Sulprizio (1817-1836).

La Misa de Canonización se ha celebrada este domingo, 14 de octubre, a las 10:15 horas, en la plaza de San Pedro, en el contexto del Sínodo de los Obispos, sobre los jóvenes, la fe y discernimiento vocacional, que se celebra en el Vaticano del 3 al 28 de octubre. (ZENIT – 14 oct. 2018)

La segunda lectura nos ha dicho que «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Hb 4,12). Es así: la palabra de Dios no es un conjunto de verdades o una edificante narración espiritual; no, es palabra viva, que toca la vida, que la transforma. Allí, Jesús en persona, que es la palabra viva de Dios, nos habla al corazón.

El Evangelio, en particular, nos invita a encontrarnos con el Señor, siguiendo el ejemplo de ese «uno» que «se le acercó corriendo» (cf. Mc 10,17). Podemos identificarnos con ese hombre, del que no se dice el nombre en el texto, como para sugerir que puede representar a cada uno de nosotros. Le pregunta a Jesús cómo «heredar la vida eterna» (v. 17). Él pide la vida para siempre, la vida en plenitud: ¿quién de nosotros no la querría? Pero, vemos que la pide como una herencia para poseer, como un bien que hay que obtener, que ha de conquistarse con las propias fuerzas. De hecho, para conseguir este bien ha observado los mandamientos desde la infancia y para lograr el objetivo está dispuesto a observar otros; por esto pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar?».

La respuesta de Jesús lo desconcierta. El Señor pone su mirada en él y lo ama (cf. v. 21). Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Aquella persona hablaba en términos de oferta y demanda, Jesús le propone una historia de amor. Le pide que pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida «tajante»: «Vende lo que tienes, dáselo a los pobres […] y luego ven y sígueme» (v. 21). Jesús también te dice a ti: «Ven, sígueme».Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones: encuentra en él al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte.

Jesús sigue diciendo: «Vende lo que tienes y dáselo a los pobres». El Señor no hace teorías sobre la pobreza y la riqueza, sino que va directo a la vida. Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él, único bien. Verdaderamente, no se puede seguir a Jesús cuando se está lastrado por las cosas. Porque, si el corazón está lleno de bienes, no habrá espacio para el Señor, que se convertirá en una cosa más. Por eso la riqueza es peligrosa y – dice Jesús–, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar. De ahí que san Pablo recuerde que «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Lo vemos: donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre.

Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso. También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada.

Queridos hermanos y hermanas, nuestro corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo (cf. Mt 6,24); vivir para amar o vivir para sí mismo (cf. Mc8,35). Preguntémonos de qué lado estamos. Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo? Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 95): se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto.

Así sucedió para ese hombre, que –cuenta el Evangelio– «se marchó triste» (v. 22). Se había aferrado a los preceptos y a sus muchos bienes, no había dado su corazón. Y aunque se encontró con Jesús y recibió su mirada amorosa, se fue triste. La tristeza es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. En cambio, un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió:

«Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad  de conocer la alegría, de escuchar su canto» (Exhort. ap. Gaudete in Domino, 9). Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino.

Pablo VI lo hizo, siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nunzio Sulprizio: el santo joven, valiente y humilde, que ha sabido encontrar a Jesús en el sufrimiento, en el silencio y en la ofrenda de sí mismo. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo.

© Librería Editorial Vaticano 


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