Viernes, 18 de junio de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo doce del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR·

Domingo 11º del T. Ordinario B

 

Los que entienden de estas cuestiones nos explican por qué es fácil y frecuente que se forme un temporal en el Lago de Galilea. Hay peregrinos que guardan algún recuerdo de este tipo. Cuando esto sucede en alguna peregrinación, todos se asustan, se protegen como pueden y luego lo vienen contando.

Aquello que nos narra el evangelio de este domingo, tuvo que ser muy fuerte: “las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua”. Los discípulos luchaban contra la tempestad, contra el mar embravecido, mientras Jesús estaba en la popa dormido sobre un cabezal, hasta que se deciden a despertarlo, agobiados y llenos de miedo, diciéndole: “¿No te importa que perezcamos?”

“Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Silencio, enmudece! El viento cesó y vino una gran calma”.

Era lógico que los discípulos se quedaran desconcertados y llenos de miedo y se dijeran unos a otros: “¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!”

Nosotros, los cristianos, sabemos perfectamente quién es. Es el Hijo de Dios, el que ha creado aquel Lago hermoso, aunque alguna vez produzca algún susto, pero Él lo gobierna todo con poder, como hemos recordamos en la primera lectura.

Por todo ello, reprocha a los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”

¡Con hechos y palabras Jesús les va adentrando en el camino de la fe. Y ellos, poco a poco, se van abriendo al misterio!

Aquella barca simboliza nuestra vida, nuestra familia y la vida de la Iglesia que surca el mar de la historia. ¡Y aprendemos aquí la importancia de recordar y vivir conscientes de que en la embarcación de nuestra vida y de la vida de la Iglesia va el Señor! ¡Puede parecer que está dormido, pero está, va con  nosotros!

Y eso supone un estilo de vida: de oración, de lectura de la Palabra de Dios, de recepción frecuente de los sacramentos, de unión y vinculación intensas con el Señor y con los hermanos…

Nos dice el Evangelio que otras barcas lo acompañaban. Pero sólo en una de ellas va el Señor.

Así sucede muchas veces: Que no siempre va el Señor en la barca de nuestra vida porque puede parecernos que no lo necesitamos o, sencillamente, que no nos interesa; que, por nosotros mismos, somos capaces de defendernos de todas las tempestades. ¡Lo característico de nuestra época consiste en echar a Dios de casi todas partes! ¡Reducirlo a las iglesias para los nostálgicos! ¡Y así nos va!

¡A todos nos hace sufrir el “sueño de Jesús”, el “silencio de Dios!” ¡Tantas veces parece que está dormido!, ¡que no está!, ¡que no dice nada!

Sin embargo, en medio de todo ello y, cuando llegue el momento, Él nos responde con un amor inmenso, nos atiende con calma,  y no va adentrando en el misterio…

Además siempre podemos despertarle…, aunque nos reproche nuestra falta de fe.

Recuerdo aquel canto que dice: “Cristo está conmigo, junto a mi va el Señor, me acompaña siempre, en mi vida, hasta el fin”. Y las estrofas van diciendo: Ya no temo, Señor, la tristeza, la soledad, la noche, la muerte y la eternidad… Es un canto fácil y muy bonito.

También en el salmo 22 proclamamos: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo”.

Con el salmo responsorial demos gracias al Señor porque, a pesar de todo, Él sigue en nuestra barca en el mar de Galilea de nuestra vida de cada día.

                                                                                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

                                                               


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DOMINGO 12º DEL T. ORDINARIO B             

MONICIONES 

 

 

 

PRIMERA LECTURA

      Escuchamos en esta primera lectura un fragmento breve del libro de Job, que nos prepara para escuchar el Evangelio. En esta lectura se nos presenta a Dios como dominador de las fuerzas de la naturaleza, concretamente, del mar. En el Evangelio veremos como Jesús domina también las olas del mar, para salvar a sus discípulos.

 

SEGUNDA LECTURA

      Escuchemos ahora unas palabras de S. Pablo inspirado por el Espíritu Santo, y que, por ello, son palabra de Dios. En ellas nos habla de la vida nueva que Jesucristo nos ha dado y de las exigencias que eso lleva consigo. 

 

TERCERA LECTURA

      Aclamemos ahora con el canto del aleluya a Cristo el Señor que tiene poder sobre el viento y las olas del Lago de Galilea.     

 

COMUNIÓN

      Los santos padres nos enseñaron que aquel poder con el que Jesucristo realizaba los grandes milagros, ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia.

      En la Comunión, Jesús, el Señor, nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre, para que tengamos fuerza sobreabundante en nuestras luchas de cada día.     


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Viernes, 11 de junio de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo undécimo del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo XI del T. Ordinario B

 

Es este un misterio sobre el que nunca reflexionaremos bastante: Dios, para realizar su obra de salvación en el mundo, ha querido valerse de lo frágil, de lo sencillo, de lo humano; incluso de lo inútil.

Para realizar la redención de los hombres, se hizo  hombre; frágil y débil como nosotros: igual en todo a nosotros, menos en el pecado.

No usa un lenguaje elevado, grandilocuente, difícil de entender, sino que habla valiéndose de comparaciones sencillas -las parábolas-, que todo el mundo entiende. Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo.

Ahora, en la vida de la Iglesia, tampoco busca un grupo de selectos ni prefiere a las personas importantes, poderosas o influyentes, sino, más bien, a la gente sencilla.

Eso mismo observamos en los signos sacramentales: agua, pan, vino, aceite…, y los divinos misterios son realizados por hombres frágiles como nosotros. Y, sin embargo, a través de estos signos, llegan a nosotros los dones de la salvación.

Se ha valido, incluso de lo inútil, de lo que, humanamente no cuenta. Por ejemplo, cuando elige a una mujer estéril de la que, sin embargo, surge un héroe como Sansón, un profeta como Samuel o el mismo Juan, el Precursor del Señor. Incluso, para hacerse hombre, elige a una mujer que no conoce varón.

S. Pablo nos advierte que “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria, es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Co 4, 7).

Y nos dice también: “Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario…” ( 1 Co 12, 6-29).

¡Por todo ello, la Iglesia, la familia de Jesús  está abierta todos; todos podemos pertenecer a ella!

Y esto es lo que contemplamos en la Liturgia de este domingo: Jesús compara su Reino a una semilla pequeña pero  que encierra una potencia extraordinaria. Sin que sepamos cómo ni por qué, va germinando ella sola, de día y de noche, hasta dar fruto.

Algunos llaman a este texto la parábola del optimismo apostólico. Por muy desanimados que estemos, no podemos olvidar la capacidad enorme que tiene la semilla, la Palabra, el Reino…, para irse desarrollándose por sí mismo, él solo.

También compara el Señor su Reino a la semilla más pequeña, que se conocía entonces en su tierra, un grano de mostaza, que, siendo tan insignificante, se convierte en un arbusto considerable, que es capaz de albergar a los pájaros del cielo.

Ya en la primera lectura, el profeta Ezequiel anuncia esta misma realidad, cuando nos habla de una rama tierna de la cima de un alto cedro que Dios plantará en la montaña más alta de Israel para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble, porque Él “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos”. Se anunciaba así, a un tiempo, la próxima venida de un rey y los tiempos del Mesías.

No cabe duda de que este mensaje no concuerda con los intereses, los valores, la mentalidad de la gente de hoy, de la sociedad actual. Esta es la sociedad del poder y del tener; la sociedad de los cargos, de los títulos, de las recompensas. ¡La sociedad de las apariencias!

Pero constatamos aquí que, con frecuencia, los caminos del Señor no son nuestros caminos. (Is 55,8-9).

Como Jesús, también nosotros debemos dar gracias y alabar al Padre que ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos y se los ha revelado a la gente sencilla. (Lc 10, 21).                                                                   

                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO B

 MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

El profeta anuncia los tiempos mesiánicos, mediante la imagen de una rama del “alto cedro”, que se convertirá en un cedro grande y fuerte, porque el Señor “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes”. 

 

SEGUNDA LECTURA

Nos dice S. Pablo que los cristianos tenemos una seguridad tan grande en los bienes del Cielo, “que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor”. Y además, “en destierro o en patria, nos esforzamos por agradarle”.

 TERCERA LECTURA

Nos dice el Evangelio que Jesús “les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se los exponía en parábolas, pero a los discípulos se lo explica-ba todo en privado”.

Aclamémosle ahora al Señor, con el canto del aleluya. 

COMUNIÓN

Con unos medios sencillos, pobres y frágiles, el Señor nos hace llegar sus dones. Es lo que sucede ahora, en la Comunión: Bajo las especies eucarísticas  recibimos el Cuerpo y Sangre de Cristo, que, de este modo, nos alimenta y fortalece, para que demos fruto abundante.

 


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Viernes, 04 de junio de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

       La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo  nos recuerda y nos centra cada año, en la realidad asombrosa del Misterio Eucarístico. ¡Nunca reflexionaremos bastante sobre su inmenso contenido!

Desde su origen, esta fiesta ha querido subrayar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía también después de la Santa Misa. De ahí la importancia que tiene en esta celebración la Procesión del Santísimo por las calles. Este año de nuevo la pandemia no nos permite realizarla.

La Liturgia de la Palabra de cada ciclo litúrgico nos invita a reflexionar y celebrar algún aspecto fundamental de la doctrina católica sobre este sacramento admirable: la Eucaristía, Sacrificio del Señor; La Eucaristía, Alianza de Dios con su pueblo; y la Eucaristía, Banquete Pascual de los cristianos.

Este año, que es el ciclo B o II, la Celebración del Corpus centra nuestra atención en la Eucaristía como alianza de Dios con los hombres, ratificada por la Sangre de Cristo.

Ya sabemos que en la vida de los humanos hay muchas ocasiones en que se hacen necesarios los acuerdos, los pactos, las alianzas. ¡Y hace falta garantizar su cumplimiento! Cuántos ejemplos podríamos poner sobre esas garantías que avalan los acuerdos, los pactos. ¡Hasta llegar a la sangre! Esto era algo propio de las antiguas civilizaciones.

Dios, en su relación salvadora con nosotros, también se ha valido de estas realidades. En el Antiguo Testamento se fueron sucediendo distintas alianzas: con Noé, con Abrahán…, hasta llegar a la alianza con todo el pueblo elegido en el Sinaí. En la primera lectura de hoy contemplamos esa alianza, que se realiza a través de Moisés. Él es el que presenta al pueblo las condiciones del pacto. Y el pueblo responde: “Haremos todo lo que dice el Señor y le obedeceremos”. Y Moisés rocía al pueblo con sangre de animales sacrificados. ¡Esto nos da idea de la importancia y la gravedad del acuerdo!

El Evangelio nos presenta el cáliz de la Sangre de Cristo, que se derrama como Sangre de la alianza nueva y eterna.

La segunda lectura es un comentario acerca de esta alianza: “Si la sangre de machos cabríos y de toros, la ceniza de una becerra santifican con su aspersión  los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la Sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo”.

Lo peculiar de este pacto que se realiza en la última Cena y que culmina en la  Cruz, es que se renueva y se hace presente cada vez que se celebra la Santa Misa. ¡Es como si se realizara de nuevo! Por eso, ¡nuestra participación en ella nos compromete tanto. En efecto, en cada celebración, especialmente, al terminar la Liturgia de la Palabra, también tendríamos que decir nosotros: “Haremos todo lo que dice el Señor y le obedeceremos”.

Por tanto, nuestra participación en la Eucaristía de cada domingo o de cada día tiene que hacernos mejores. ¡Y eso tiene que notarse después en la vida de cada día!

Los términos de la alianza se refieren al amor a Dios y a los hermanos, que es la síntesis de nuestro compromiso cristiano. Por eso las grandes celebraciones eucarísticas suelen estar relacionadas con algún aspecto de la dimensión caritativo–social de la Iglesia. Así, en el Corpus celebramos el Día Nacional de Caridad y el Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno.

En efecto, reconocer y adorar la presencia de Cristo en la Eucaristía ha de purificar nuestros ojos y nuestro corazón para reconocerle después presente en los hermanos, especialmente, en los que sufren y en los pobres y para tener la fortaleza y el acierto necesario a la hora de realizarlo.

En este tiempo en que nos encontramos en una crisis tan grande y tan grave, las necesidades se han multiplicado y urgen nuestra caridad.

En medio de tantas dificultades y sufrimientos, nos alegra constatar la respuesta positiva de tantos cristianos y personas de buena voluntad y también de tantas asociaciones e instituciones de la Iglesia y de la sociedad, especialmente, de Cáritas. ¡Todos hemos de esforzarnos por intensificarla!  

¡Aquí, en definitiva, se manifiesta nuestro ser o no ser cristianos!            

                                                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:05  | Espiritualidad
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SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

            En la antigüedad los pactos se sellaban, a menudo, con sangre. En la lectura que vamos a escuchar, contemplamos cómo Dios hace alianza con el pueblo de Israel, liberado de la  esclavitud de Egipto, y es ratificada  con la sangre de animales sacrificados.

 

SEGUNDA LECTURA

            La alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres, no se sella con sangre de animales, sino con la misma Sangre de Cristo, que es la única que tiene poder para purificar el interior del hombre.

 

SECUENCIA

            La Secuencia de Corpus es un himno antiguo al Misterio Eucarístico. Lo hacemos en su forma más breve. Unámonos de corazón a esta oración de la Iglesia.

 

TERCERA LECTURA

            Sintámonos presentes en la Cena del Señor con sus discípulos. Él entrega su Cuerpo que va a ser sacrificado y su Sangre que va a ser derramada. Cada vez que nos reunimos para  celebrar la Eucaristía, se actualiza lo que Jesús hizo entonces: Su Sacrificio Redentor.

     Aclamémosle con el canto del aleluya.

 

OFRENDAS

        En este día de Corpus, Jornada Nacional de Caridad, presentamos al Señor, junto con el pan y el vino, nuestras aportaciones económicas, para ayudar a nuestros hermanos más necesitados.

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos el "Corpus Christi", el Cuerpo de Cristo. Así llegamos al punto culminante de nuestra participación en la Alianza con el Señor. Que Él nos ayude a vivir pendientes de todos los miembros de su Cuerpo Místico, especialmente, de los que sufren cualquier tipo de necesidad.


Publicado por verdenaranja @ 13:00  | Liturgia
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Mi?rcoles, 26 de mayo de 2021

Desde la Vicaría para la Vida Consagrada de la Diócesis deTenerife nos remiten el material  para la Jornada Pro Orantibus 20021.  Colocamos Subsidio litúrgico para el monitor.

La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo

Monición de entrada

Celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, en la que confesamos y veneramos a Dios Padre, a Jesucristo y al Espíritu que es el Amor divino: la Trinidad de Personas en la unidad de Dios. En la eucaristía somos invitados a la mesa de la Trinidad donde el Padre, por obra del Espíritu Santo, nos sigue dando a su Hijo, pan de vida eterna.

Los monjes, las monjas y toda la vida contemplativa se ofrecen en alabanza continua a la Santa Trinidad y oran intercediendo por la comunidad cristiana y el mundo entero, especialmente en este tiempo de pandemia que ha producido tanto sufrimiento y dolor.

Por eso, la Iglesia que peregrina en España celebra en este domingo la Jornada por la vida contemplativa, conocida como Jornada Pro Orantibus. Este año los obispos españoles proponen como lema “La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo”.

Somos invitados a celebrar con gratitud y oración en este domingo de la Santa Trinidad, bendiciendo al Señor por la vocación consagrada contemplativa y pidiendo hoy por tantos hermanos y hermanas nuestras que viven, oran y misionan en cientos de monasterios esparcidos por la geografía española.

Oración universal

El sacerdote, con las manos juntas, invita a los fieles a orar diciendo:

Oremos al Padre, por Jesucristo, su Hijo, en la unidad del Espíritu Santo.

Las intenciones son propuestas por un diácono o, en su defecto, por un lector u otra persona idónea.

— Por la unión de las Iglesias, para que los cristianos dispersos seamos reunidos en la unidad de la Iglesia de Cristo. Roguemos al Señor.

— Por los gobernantes de todas las naciones, para que promuevan la honradez y la justicia. Roguemos al Señor.

— Por los no cristianos, para que reconozcan en el Hombre Jesús al Dios vivo y verdadero. Roguemos al Señor.

— Por los hermanos y hermanas que han recibido en la Iglesia la vocación contemplativa, para que, desde el corazón de la Iglesia sean la voz de tantos hombres y mujeres que, en medio de sus sufrimientos, no saben, no quieren o no pueden rezar. Roguemos al Señor.

— Por todos nosotros, para que sepamos descubrir el testimonio misionero de tantas mujeres y hombres que viven la vida contemplativa y, siguiendo su ejemplo, sepamos estar en el mundo, pero apartándonos en todo momento de lo mundano. Roguemos al Señor.

El sacerdote, con las manos extendidas, termina la plegaria común diciendo: DIOS único y verdadero, omnipotente y misericordioso, tú nos has llamado a compartir tu vida en la comunidad de las tres Personas.

Escucha, Padre nuestro, la oración de tu Iglesia, que ora en el Espíritu Santo, en nombre de tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Preparación de los dones

Antes de llevar el pan y el vino al altar para la eucaristía, se pueden poner ante él una lámpara y unas flores.

Al acercar la lámpara, un lector puede decir:

Cristo Jesús es la Luz del mundo. Su Palabra, su Evangelio, su Pascua ha iluminado nuestras vidas haciéndonos también a nosotros luz para el mundo. Que en medio de la oscuridad, del dolor y las tinieblas del sufrimiento brille en nuestro mundo la luz de nuestra fe, esperanza y caridad que el Señor ha encendido en nuestros corazones.

Al acercar las flores, puede añadir:

Cristo Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida para el mundo. Su Pascua ha triunfado sobre la muerte y nos ha regalado una nueva vid. Estas flores que traemos para adornar tu altar nos recuerden la belleza de la vida que nos has regalado. Que podamos, con tu gracia, exhalar el perfume de las buenas obras en medio del dolor de nuestro mundo.

Una vez dispuesto el altar, algunos fieles llevan el pan y el vino para la celebración de la eucaristía.


Publicado por verdenaranja @ 17:32  | Liturgia
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Desde la Vicaría para la Vida Consagrada de la Diócesis de Tenerife nos remiten el material  para la Jornada Pro Orantibus 20021.  Colocamos la Presentación de los Comisión Episcopal Española  para la Vida Consagrada.

PRESENTACIÓN

Recogiendo los ecos de la Pascua del Señor y de la efusión del Espíritu en Pentecostés, celebramos un año más la solemnidad de la Santísima Trinidad y, con ella, la Jornada Pro orantibus 2021. Este es un año más, pero no un año cualquiera. Estamos atravesando una situación global que ha trastocado fuertemente nuestras vidas. La crisis sanitaria que se desató a principios de 2020 y las consecuencias de todo tipo derivadas de la misma han sembrado nuestra cotidianidad de muerte, enfermedad, pobreza, desempleo, miedo, distancia y soledad. La nuestra y la de muchas personas vulnerables a lo largo y ancho del planeta que lo son hoy aún más, si cabe. El mundo, que ha padecido siempre de muchos modos y ha gritado su dolor de mil maneras —quién puede olvidar el drama enquistado de la hambruna, la violencia, la trata de personas, la indigencia, la miseria, etc.—, lo hace también en nuestros días con acentos nuevos desde los tanatorios, los  ospitales, las residencias, las colas del hambre, las oficinas del paro, los colegios, los templos, los hogares, las redes sociales... Un clamor que recorre nuestra sociedad y que atraviesa también los muros de monasterios y conventos donde hombres y mujeres del Espíritu elevan al Señor de la Vida su himno y su plegaria.

La vida contemplativa sufre cuando el mundo sufre porque su apartarse del mundo para buscar a Dios es una de las formas más bellas de acercarse a él a través de Él. La suya es una historia de cercanía con Cristo y con el dolor humano en la que uno y otro —el Señor que salva y el ser humano sediento de salvación— se requieren y se encuentran cada día a través de la búsqueda y la contemplación sagrada del rostro del Padre. Así lo recordó el papa Francisco en 2016 en el número  de la constitución apostólica Vultum Dei quærere sobre la vida contemplativa femenina:

La vida consagrada es una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad: en la vida contemplativa esta historia se despliega, día tras día, a través de la apasionada búsqueda del rostro de Dios, en la relación íntima con él. A Cristo Señor, que «nos amó primero» (1 Jn 4,19) y «se entregó por nosotros» (Ef 5, 2), vosotras, mujeres contemplativas, respondéis con la ofrenda de toda vuestra vida, viviendo en él y para él, «para alabanza de su gloria» (Ef 1, 12). En esta dinámica de contemplación vosotras sois la voz de la Iglesia que incansablemente alaba, agradece  y suplica por toda la humanidad, y con vuestra plegaria sois colaboradoras del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable.

El lema escogido para esta Jornada en que la Iglesia agradece el don de la vida contemplativa y ora por esta vocación específica que embellece el rostro de la Iglesia recoge esta doble vertiente que la caracteriza:

«La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo». Los contemplativos rehúyen el activismo frenético de nuestras sociedades y eligen una vía de intimidad orante y fraterna que, lejos de ensimismarlos, esterilizarlos o alejarlos del dolor del mundo, los convierte en faro para los mares agitados y semilla para los campos agrietados. Allí, en lo escondido de su corazón, donde están a solas con el Amigo, se unen a todos los seres humanos, especialmente a quienes están heridos, y desde ese lugar de encuentro sagrado aprenden y enseñan a llamar a todos amigos. No puede ser de otro modo, porque la forma más radical de hospedar al prójimo es hacerlo en el Dios que nos ha creado hermanos todos. Este es la vía por la cual la vida contemplativa despliega su servicio al mundo y canta su bienaventuranza escatológica.

Como dijo san Agustín, «bienaventurado el que te ama a ti, Señor; y al amigo en ti, y al enemigo por ti, porque solo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en aquel que no puede perderse» (Confesiones IV, 9, 14).

Dios Padre lleva al hombre en sus entrañas. Jesucristo ha amado con entrañas de hombre. El Espíritu clama en la entraña del hombre buscando a Dios. De esta cercanía del Señor para con nosotros nos vienen el rescate, la salud, la vida eterna. En último término, el misterio de Dios trino es un misterio de cercanía entrañable con el ser humano sufriente. Por eso, quienes contemplan y alaban y ruegan a Dios cada jornada, asomados a su entraña misericordiosa, pueden acercarse con Él a enjugar nuestras lágrimas y vendar nuestras heridas. Las de todos, sin excepción. Lo hacen adorando al Señor en su templo, escuchándolo en su celda, honrándolo con su trabajo, buscándolo con su estudio, acogiéndolo en tantos que llaman a su puerta pidiendo oración y consuelo. Así, la fuerza luminosa de su intercesión alcanza misteriosamente todos los rincones de la tierra. Quizá no recorren nuestras calles entre luchas y afanes mundanos pero, presentando esas luchas y esos afanes al único que puede poner paz en tanta guerra, llevan la luz de la Resurrección allí donde estamos más amenazados de muerte y de tristeza. En el misterio salvífico del Buen Samaritano, ellos hacen las veces del hospedero anónimo que, sin necesidad de echarse a los caminos, supo abrir su casa al apaleado y lo cuidó como si de Cristo mismo se tratase, convirtiéndose así en parábola de cercanía con Dios y con el dolor del mundo.

En esta Jornada Pro orantibus toda la Iglesia recuerda con gratitud y esperanza a quienes recorren en ella la hermosa senda de la vida contemplativa.

Pedimos al Señor que los custodie en su amor, los bendiga con nuevas vocaciones, los aliente en la fidelidad cotidiana y les mantenga la alegría de la fe. Y junto a ellos, presentamos al Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo las necesidades y los padecimientos del mundo: compartiendo su dolor y su esperanza, queremos estar cerca de Dios y cerca de todos, junto al dolor de cada ser humano.

Obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada (© Editorial EDICE)


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Viernes, 21 de mayo de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo de pentecostés B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pentecostés B

 

En el Evangelio de la Vigilia de esta gran solemnidad, leemos que Jesús estaba enseñando en el templo y, en pie, gritaba: “El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva”. Y S. Juan comenta: “Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-40).

Jesucristo, por su Muerte y Resurrección realiza la salvación del mundo,  nos obtiene del Padre el don de su Espíritu y purifica la tierra entera para que el Espíritu de la santificación pueda entrar en ella a realizar su obra. Por eso dijo Jesús a sus discípulos: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7).

Y Cristo Resucitado se convierte en el dador del Espíritu. El Evangelio de hoy nos dice que el mismo día de la Resurrección, al atardecer, Jesús entra en el cenáculo y, exhalando su aliento sobre los discípulos, les dice: “Recibid el Espíritu Santo”.

Es como si tuviera prisa en dar el Espíritu a los suyos, el don más excelente de su Pascua. Y antes de subir al Cielo les advierte: “No os alejéis de Jerusalén; aguardad la promesa del Padre de la que os he hablado”(Hch 1, 4). Y también: “Cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo” (Hch 1, 8). ¡Y el Libro de los Hechos se estructura como el cumplimiento de estas palabras del Señor!

La primera lectura nos narra el acontecimiento de Pentecostés y la transformación de los apóstoles por la acción del Espíritu Santo. San Pedro lo interpreta como el cumplimiento de la Profecía de Joel: “Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (Hch 2, 17).

Los apóstoles, además, recibieron del Señor la misión de dar su Espíritu  a todos los bautizados ¡Y cuánto interés mostraban en hacerlo, como constatamos en el mismo Libro de Los Hechos!

El Espíritu del Señor viene a nosotros en dos sacramentos: en el Bautismo, de un modo inicial, y en la Confirmación, de un modo pleno. El obispo, en efecto, dice al que se confirma: “N. recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. Y el confirmando responde: Amén.

Y es importante renovar y revivir el don del Espíritu que un día recibimos y que habita en nosotros. ¡Hoy es el día más apropiado para hacerlo!

¡También podemos recibir el Espíritu del Señor cuando lo invocamos!

Es preocupante la crisis del Sacramento de la Confirmación. En un futuro inmediato, tendremos unas comunidades cristianas en las que la mayoría de sus miembros carecerá del don del Espíritu Divino en su plenitud, que se recibe en este sacramento. Y ya sabemos que recibir el Espíritu Santo es algo muy importante y necesario. Mientras tanto, no somos cristianos del todo porque este es un sacramento de Iniciación Cristiana, es decir, de los tres, que nos constituyen como cristianos.

Como dice la segunda lectura, ¡sin el Espíritu Santo no podemos decir ni hacer nada en el orden sobrenatural! ¡Ni siquiera podemos decir lo fundamental: “Jesús es Señor!”

En la Secuencia le decimos al Espíritu Santo: “Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”.

Y San Pablo escribía: “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rom. 8, 9).

Por todo ello, en la oración colecta de este domingo, decimos al Señor: “Y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”.               

                                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:27  | Espiritualidad
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DOMINGO DE PENTECOSTÉS     

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

            Escuchemos ahora, con espíritu de fe y devoción, la narración de la Venida del Espíritu Santo, y el impacto que produce en Jerusalén.

            Pidamos al Señor que “no deje de realizar hoy, en el corazón de sus fieles, aquellas mismas maravillas que obró en los comienzos de la predicación evangélica”.

 

SALMO

            Uniéndonos a las palabras del salmo, pidamos al Señor que envíe sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo, el Espíritu Santo Defensor. ¡Todos sabemos bien cuánto lo necesitamos!

 

SEGUNDA LECTURA

            La segunda lectura nos presenta unas enseñanzas de S. Pablo sobre la acción del Espíritu del Señor en nosotros y en la Iglesia. Ésta tiene “variedad de ministerios, pero unidad de misión”: Anunciar la Buena Noticia del Evangelio a todos los pueblos de la tierra.

 

SECUENCIA

            Leemos hoy, antes de escuchar el Evangelio, una antigua plegaria al Espíritu Santo: la Secuencia. Unámonos a ella de todo corazón, pidiéndole que venga a nosotros, nos renueve y nos acompañe.

 

EVANGELIO

            En el Evangelio se nos presenta la primera aparición de Jesucristo a los discípulos, al atardecer  del mismo día de la Resurrección y cómo les da el Espíritu Santo, que es el fruto y el don más excelente de la Pascua.

            Aclamemos a Dios, nuestro Padre, que nos da su Espíritu Santo.

 

COMUNION

            "Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo", hemos escuchado en la segunda lectura. Realmente, sin Él no podemos ser ni hacer nada. Pidamos a Jesucristo que renueve en nuestro interior el don de su Espíritu, que recibimos, especialmente, el día de nuestra Confirmación, para que sostenga y acreciente nuestra fe en su presencia en la Eucaristía, nos impulse a recibirle con frecuencia y debidamente preparados, en la Comunión, y a dar el fruto que exige la recepción de este Sacramento.


Publicado por verdenaranja @ 12:24  | Liturgia
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