Viernes, 20 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo sexto de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 6º de Pascua C

 

Cuando va a morir alguien en una familia, se procura que todos estén preparados para afrontar esa realidad que está llena de dificultades y sufrimientos, lo que se llama “el dolor de la separación”. Pensemos, por ejemplo, en una madre joven.

Estos últimos domingos de Pascua, en vísperas de la Ascensión, observamos cómo Jesucristo también prepara a sus discípulos para su muerte, para su marcha de este mundo al Padre.

¿Y cómo lo hace? De una forma muy concreta: con una serie explicaciones y recomendaciones y con la promesa del Espíritu Santo. De eso trata el Evangelio de este sexto Domingo de Pascua en el que celebramos en España la Pascua del Enfermo.

Es muy importante para los discípulos la promesa del Espíritu Santo a quien Jesús llama el Paráclito, es decir, el Defensor, que será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les ha dicho.

En la primera lectura, constatamos la presencia y la acción del Espíritu en los apóstoles en el llamado “Concilio de Jerusalén” y cómo se identifican con Él hasta el punto que dicen: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”

En este momento, recuerdo las enseñanzas de Juan Pablo II en la encíclica sobre el Espíritu Santo “Dominum et Vivificantem”, y sus magníficas explicaciones de las palabras de Jesucristo a los discípulos en la Última Cena, acerca del don de su Espíritu. En los primeros días de esta semana, el Evangelio nos presentará, cada día, alguna de aquellas enseñanzas del Señor.

El Espíritu Santo va a recordarles constantemente la Palabra de Jesús y eso hará que vivan en su amor y guarden su Palabra, y entonces el Padre también los amará y vendrán y harán una morada en sus corazones. Es el tema tan importante de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros.

Se nos dice que los evangélicos sinópticos, en la despedida de Cristo, centran su atención en su Venida Gloriosa, mientras que San Juan prefiere el tema de esta nueva presencia de Jesucristo en nosotros de la que nos habla con toda claridad: “Me habéis oído decir: me voy y vuelvo a vuestro lado”.

¡Cuántas reflexiones podríamos hacer acerca de esta asombrosa presencia del Hijo de Dios en nuestros corazones, y, al mismo tiempo, cuántas cosas podríamos preguntarnos! Por ejemplo: ¿Acogemos y atendemos esa presencia del Señor en nuestro interior o la tenemos un tanto olvidada? ¿No seremos, a veces, inconscientes de esa sublime grandeza? ¿Estaremos, como San Agustín, buscando a Dios por fuera mientras lo tenemos tan adentro? ¿Nos esforzamos por mantenernos en gracia de Dios para no perder, por el pecado grave, esa maravillosa presencia de Dios en nuestra vida?

A la luz de esta realidad, pensamos hoy en nuestros enfermos que están llamados a vivir, de un modo particular, esta presencia continua de Dios en nuestro interior. Siempre me gusta decir que la ayuda, la atención, a una persona enferma no se puede reducir a la comida, la ropa y las medicinas. Necesita algo más, mucho más: la asistencia espiritual, la ayuda de Dios, que viene garantizada por la oración y los sacramentos, especialmente, el de la Unción de los Enfermos, que debemos recibir con el tiempo, la preparación y las disposiciones adecuadas.

Y Jesucristo les deja también a los discípulos su paz que es la verdadera paz, que está constituida por el conjunto de las bendiciones divinas. Y esta paz se la deseo a todos, de corazón, este Domingo de Pascua, especialmente, a los enfermos y a los que les atienden.

                                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 13 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 5º de Pascua C

                                                 

Cuando muere una persona querida recordamos sus palabras, sus gestos, y, sobre todo, sus encargos y recomendaciones de despedida.

Las palabras del Señor del Evangelio de hoy tienen acento de despedida. Se trata de un fragmento de la Última Cena en la que el Señor nos deja el mandamiento del amor como su última recomendación, su último encargo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El Tiempo de Pascua es muy apropiado para reflexionar sobre ello porque contemplamos a Cristo Resucitado que se ha entregado hasta la muerte por nosotros; y comprendemos así mejor su contenido y su alcance. San Juan lo expresa con mucha claridad: “En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”. Para el apóstol, el amor a los hermanos “hasta dar la vida” es una consecuencia inmediata del amor que Jesucristo nos ha tenido. Por tanto, por mucho que amemos a los demás, siempre nos quedará mucho camino. ¿Quién puede amar como Jesucristo nos amó? Pero se nos presenta como un objetivo inalcanzable para que luchemos y nos esforcemos por acercarnos lo más que podamos a ese ideal y nos preserva de la tentación de pensar que ya no necesitamos amar más, que con lo que hacemos ya es suficiente.

S. Agustín nos dice que, cuando alguien nos invite a una comida, tenemos que mirar bien lo que nos ponen delante porque después, tendremos nosotros que corresponder con otra comida. Esto lo refiere a la Eucaristía en la que se nos da el Cuerpo y la Sangre del Señor; y nos enseña que los mártires han sido aquellos que lo han hecho con mayor perfección: han tomado de la mesa la Sangre de Cristo y luego han entregado la suya.

Pero tenemos que subrayar que el Señor nos ha dejado el Mandamiento Nuevo como “la señal” de que somos discípulos suyos (Jn 13, 35). Por tanto, indica con vigor la diferencia entre el ser o no ser cristiano de cada uno. ¡Qué importante es todo esto! Y nos servirá para conocer dónde hay un cristiano de verdad y dónde no. No se trata, por tanto, de fijarnos a ver si hace esto o lo otro, si hace mucho o poco, si tiene muchas cualidades o pocas, si habla y se expresa bien o no. Resulta todo más sencillo: ¿Se esfuerza por amar como Jesucristo? Es cristiano. ¿No lo hace? Que no se esfuerce por darnos razones de su identidad cristiana. Sencillamente, si era cristiano ha dejado de serlo. Bien lo entendió San Pablo cuando escribió lo que llamamos el himno de la caridad del capítulo trece de la primera carta a los Corintios: Ya podríamos hacer grandes cosas, nos dice, como entregar a los pobres todo lo que tenemos o dejarnos quemar vivos, ¡si no tenemos amor, de nada nos sirve, en nada nos aprovecha!

San Juan nos presenta esta realidad con una gran claridad y firmeza, cuando escribe: “Si alguno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo va a morar en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17).

En este Tiempo de Pascua, la primera lectura nos presenta algunas veces la vida de las primeras comunidades cristianas, donde, a pesar de las deficiencias de todo lo humano, todos se amaban y nadie pasaba necesidad. Y, como contemplamos en la lectura de hoy, eran comunidades misioneras, evangelizadoras. Y ya sabemos que el mayor gesto de amor que podemos hacer a otra persona, es llevarla al conocimiento de Jesucristo como hacían Pablo, Bernabé y todos aquellos primeros cristianos. Si lo hacemos así, nuestras comunidades se parecerán a la Iglesia del cielo de la que nos habla la segunda lectura con dos imágenes atrayentes: una novia arreglada para su esposo y un hogar familiar feliz de donde ha desaparecido todo mal.

                                                                                                                                                          ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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S?bado, 07 de mayo de 2022

Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

¡Felices los mansos!

“Felices los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mateo 5:5).



Jesús presenta la mansedumbre como un camino hacia la plenitud y la santidad; si analizamos este pasaje, podemos ver una vez más que, el mensaje de Jesús derriba las apariencias, pues en un mundo aparentemente dominado por los poderosos, ¡en realidad son los mansos quienes heredarán la tierra!

Por otro lado, debemos tener presente que la mansedumbre se muestra como todo, menos como un camino fácil, una renuncia, o una resignación. A decir verdad, ¡se trata de una gran y hermosa virtud que debemos cultivar cada día!
Pero, quizá te estás preguntando, ¿cómo podemos cultivarla?. A continuación, te proponemos unas cuantas ideas:

  • Haciéndola germinar junto a la paciencia y la humildad. Al respecto, muchos santos nos han mostrado que estas tres virtudes se alimentan mutuamente. Te invitamos a seguir el ejemplo de San Francisco de Asís, quien diariamente rezaba la oración de la mañana diciendo: “Hoy quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor. Ser paciente, comprensivo, humilde, suave y bueno”: ¡Dejémonos inspirar por la dulzura radiante, generosa y siempre renovada de la Creación!
  • Contemplando a Jesús. Cuando exploramos la Biblia, vemos que los Evangelios contienen numerosas escenas que nos dejan ver la mansedumbre y dulzura de Cristo, reflejada a través de sus miradas, palabras y gestos. De hecho, meditar en los Evangelios, nos permite comprender cómo la mansedumbre de Cristo puede transformar nuestra realidad. Por ejemplo, en el capítulo 11 del Evangelio de Mateo, Jesús nos dice: “Obedezcan mis mandamientos y aprendan de mí, pues yo soy manso y humilde de verdad. Conmigo podrán descansar” (Mateo 11.29).
  • Orando: Como toda virtud, podemos pedirla a Dios y él nos la dará sin condiciones. ¡Pidamos a Jesús que transforme nuestros corazones, con esta sencilla, pero poderosa oración!: “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”.

¡Que vivan los mansos! ¡Que la mansedumbre de Cristo brille sobre toda la tierra!

 

Escrito por: Alice Ollivier de Hozana.org 

 


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Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

¡Una oración que alimenta!

El Evangelio de Mateo relata que, cuando Satanás intentó tentar a Jesús en el desierto, Él le respondió con un versículo de la Biblia: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Deuteronomio 8:3)

El término manducación proviene del latín manducare que significa comer o masticar. En el catolicismo, la manducación se refiere a una forma de oración que ayuda a alimentarse profundamente de la Palabra de Dios, y que nos recuerda las palabras que el Señor dijo al profeta Ezequiel: "Después me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que yo te doy. Yo lo comí y era en mi boca dulce como la miel” (Ezequiel 3:3).

De hecho, esta oración meditativa se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia Cristiana, era practicada principalmente por los Padres del Desierto. Además, al ser un tipo de oración tan sencilla y sobria, se adapta fácilmente a nuestra cotidianidad actual.

La manducación consiste en repetir un versículo bíblico con el propósito, no solo de memorizar la Palabra, sino también de "comerla", es decir, de saborearla, deleitarse en ella, absorberla y alimentarse de sus nutrientes espirituales.

No en vano San Juan Crisóstomo decía “no os contentéis con mirar esas palabras adorables. Es menester alimentarse de ellas, asimilarlas: la verdadera causa de nuestros males es la ignorancia de la Palabra de Dios”.  

Por eso, cada mañana podemos escoger un versículo que podamos manducar el resto del día, pues  la Palabra viva de Dios nos sana y transforma interiormente; puedes tomarlo de la liturgia del día o buscar uno relacionado con tus circunstancias actuales: una prueba, para aplacar la ira y calmarse, o simplemente para dar gracias a Dios. “¡Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza!” (Colosenses 3:16).


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Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

 

¡Que la alegría del Domingo de Pascua dure una semana  entera!

 

¿Quién alguna vez no ha deseado que la fiesta continúe un poco más, o que el domingo dure una semana entera? Pues bien, en Semana Santa, ¡esto es posible!

Sin duda alguna, la resurrección de Cristo constituye la verdadera fuente de la alegría cristiana, por lo tanto, resulta difícil celebrar un suceso de tan gran magnitud y expresar la alegría que nos causa en un solo día, o incluso en dos, si incluimos el lunes de Pascua. Por esto, ¡la octava de Pascua nos invita a prolongar la fiesta durante 8 días!, es decir, desde el Domingo de Pascua hasta el Domingo de la Divina Misericordia.

De este modo, el tiempo se detiene durante una semana para permitirnos saborear plenamente este gran misterio de la fe cristiana, y deleitarnos en la victoria de Cristo sobre la muerte.

Tengamos presente que, en un mundo en el que todo va tan deprisa, resulta de gran provecho tomar un tiempo para dejar que la alegría de la Pascua penetre en nuestras vidas, por eso ¡te invitamos a celebrar con mucho gozo la fiesta de la Pascua!:

- ¿Qué tal si vamos a misa al menos una vez durante este periodo para volver a descubrir las oraciones del día de Pascua?

- ¿O qué te parece si durante esta semana llevamos una prenda o accesorio de color blanco cada día, no solo para recordar nuestro bautismo, sino también para mostrar nuestro apoyo a los nuevos bautizados en la vigilia pascual?

¿Sabías que, en la Edad Media las personas tenían una semana libre y algunos fieles la aprovechaban para ir a peregrinar? Pues bien, aunque en la actualidad no dispongamos de una semana completa para disfrutar la Pascua, esto no impide poder aprovechar el lunes de Pascua para hacer una pequeña peregrinación cerca de nuestra casa, o simplemente para meditar sobre el tema de la Resurrección mientras caminamos, ¡de este modo prologaremos la alegría de la pascua un poco más!


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Viernes, 06 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Pascua C ofrecida  por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Pascua C

 

Una de las imágenes más hermosas y atrayentes de Jesucristo es la que nos lo presenta como Buen Pastor. Es lo que sucede cada año el cuarto domingo de Pascua.

En el Tiempo Pascual esta imagen adquiere un relieve especial porque nos presenta a Jesús como el Pastor Bueno que ha entregado su vida por las ovejas y ha resucitado. Este domingo la Liturgia de la Iglesia proclama: “¡Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya!”

En el texto breve del Evangelio, Jesucristo nos presenta un resumen de su condición de Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano…” ¡Qué hermoso!

De este modo, encontramos nuestra seguridad en Él. No es vana aquella confianza de la que nos habla S. Pablo: “Bien sé de quién me he fiado” (2Tim 1, 12).

Se nos invita, por tanto, este domingo a reflexionar y a orar saboreando lo que proclamamos en el salmo responsorial: “Somos su pueblo y ovejas de su rebaño”.

Y esto hemos de llevarlo a la práctica siendo ovejas buenas de tal Señor, porque le escuchamos, le seguimos y le damos a conocer.

La segunda lectura nos enseña que el Buen Pastor está en el cielo donde atiende con amor, ternura y eficacia infinitas, a los que han llegado de “la gran tribulación” y “están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo”. Y ya sabemos que, al mismo tiempo, quiere también continuar siendo el Buen Pastor de su pueblo peregrino en la tierra. Esto se realiza a través de su cuerpo, que es la Iglesia, en el que hay “diversidad de ministerios y unidad de misión” (Ap. Act., 2). Y todos tenemos que ayudarle a realizar esa tarea según la vocación de cada uno.

A todo ello puede ayudarnos la celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se ha unido, desde hace más de 50 años, a este domingo IV de Pascua.

¡Qué necesidad tenemos de que aumenten las vocaciones en nuestras Iglesias de antigua tradición cristiana! ¡Somos tan pocos para tantas necesidades! ¡Oración y acción es la respuesta! ¡Don y tarea que decimos siempre!

Ante todo, la oración, porque la llamada viene de Dios, y la respuesta se apoya en Él y en su gracia. Pero hace falta también la acción. Solemos decir que Dios no tiene un teléfono u otros medios materiales para hacer llegar sus llamadas en directo, a cada uno sino que cuenta con las mediaciones humanas. Y cuantas más sean las mediaciones humanas más serán las llamadas, las vocaciones, que eso significan. Por tanto, ¡el que haya más o menos vocaciones también depende de nosotros!

Pero, por otro lado, hay muchos países donde hay muchas vocaciones. ¡Son los países de misión! Desde hace unos años la Jornada de las Vocaciones Nativas se ha unido a la Jornada de Oración por las Vocaciones. Esta Institución Pontificia se llama la “Obra de S. Pedro”, que nació como ayuda a los jóvenes de los países de misión que querían ser sacerdotes, y hace poco tiempo que se ha ampliado a las mujeres, que tengan también la ilusión de consagrarse al Señor. El Papa San Juan Pablo II pedía que no se perdiera ninguna vocación “por falta de recursos económicos”. De ahí la colecta que se hace este día para esa finalidad en nuestras parroquias y demás comunidades cristianas.

Es impresionante, por tanto, el panorama que se nos ofrece este domingo: ¡Por un lado, la falta, a veces alarmante, de vocaciones! ¡Por otro, abundancia de vocaciones, pero con dificultades para llevarlas a término!

En resumen, ¡felicitémonos porque Cristo es nuestro Pastor y porque ha puesto en nuestras manos tanta responsabilidad!

                                                                                                                                          ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 29 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Pascua ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Pascua C

 

En las apariciones de Cristo Resucitado constatamos el interés que Él tiene por estas tres cosas: porque los discípulos tengan la certeza, más allá de toda duda, de que realmente Él es el mismo Jesús que estaba con ellos y que ha resucitado; de que todo lo sucedido estaba ya anunciado en la Ley, en los Profetas y en los Salmos, es decir, en todo el Antiguo Testamento; y que había que dar a conocer con vigor y con entusiasmo este acontecimiento con todas sus consecuencias, en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

El Evangelio de este domingo nos presenta la tercera aparición de Jesucristo Resucitado a los discípulos, que están iniciando su vida normal: están en la pesca, el trabajo habitual de algunos de ellos.

En medio de la pesca, descubren la presencia de Cristo Resucitado. Ellos conocen, como nadie, el lago, han pescado toda la noche y no han cogido nada, y ahora, de repente, y por indicación de un desconocido, se llenan las redes de peces. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué ha pasado?

“¡Es el Señor!” dice Juan, el más clarividente de todos.

Y es importante observar que durante la comida, “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era porque sabían bien que era el Señor” nos dice el Evangelio de hoy.

Se ha cumplido, por tanto, el primer objetivo de las apariciones: llevar al ánimo abatido de los discípulos la certeza de que Él había resucitado.

Aquella comida es signo de la Eucaristía, el gran banquete de la Iglesia, y en el que “pregustamos y tomamos parte” del banquete del Cielo. Es lo que resalta la Liturgia de este día en el Evangelio: “Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”.

Pedro cuenta 153 peces. Según San Jerónimo eran los peces conocidos entonces. Y es posible que pueda ser, en Juan, un signo de la universalidad de la Iglesia a la que todos estamos llamados.

Y la Iglesia tendrá como cabeza visible a Pedro que, después de la comida, es examinado sobre el amor y es confirmado en la misión que el Señor le había anunciado. ¡Hasta ese punto le perdona el Señor!

En la primera lectura comprobamos cómo se está cumpliendo también el tercer objetivo: Dar testimonio en todas partes de Cristo Resucitado con la luz y la fuerza del Espíritu Santo. En efecto, los apóstoles se presentan ante el Sanedrín como testigos de la Resurrección, y formulan lo que nosotros conocemos como “una objeción de conciencia”: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y, una vez azotados, “salen contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”.

Y es particularmente importante lo que les dice el Sumo Sacerdote: “Habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.

En nuestro tiempo, en el que urge por todas partes el anuncio de esta Buena Noticia, sería muy importante retener esta expresión: “habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza”. ¡Y nos sentimos animados a pensar qué necesario sería que en nuestros pueblos y ciudades, que en nuestras parroquias y comunidades se pudiera decir lo mismo de nosotros!

                                                                                                       

                                                                                                        ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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Viernes, 22 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del segundo domingo de Pascua ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Pascua C

 

¡Hemos llegado al “día octavo”, a la Octava de Pascua! Durante esta semana hemos estado celebrando cada día, aunque fuera una jornada laboral, la Solemnidad de la Resurrección del Señor.

Ya sabemos que la Resurrección es un acontecimiento muy grande, con unas consecuencias prácticas muy notables y no cabe en un solo día. Por eso son 50 días los del Tiempo Pascual.

En cada celebración se ha ido repitiendo el mismo esquema: en la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado algún testimonio de éstos acerca de la Resurrección, después de Pentecostés. Y, en el Evangelio, alguna de las apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos. Lógico es que, al llegar a la Octava, se nos presente, en el Evangelio, la aparición de ese día, del día octavo.

La primera lectura, en lugar del testimonio de un apóstol, nos presenta el de toda la primera comunidad cristiana: cómo vivían los primeros creyentes en la Resurrección.

El Evangelio nos presenta, en toda su crudeza, el tema de la fe. Y sería fácil quedarnos con la conclusión de que Tomás era malo porque no creyó y nosotros, buenos, porque sí creemos… ¡Y ya está!

Pero no sería lógico. Tendríamos que preguntarnos, más bien, cómo es nuestra fe: si es una fe consciente, viva, activa, comprometida… Si conocemos los fundamentos de nuestra fe y si estamos capacitados para dar razón de nuestra esperanza, etc.

El Papa San Pablo VI, en una célebre oración implorando el don de la fe, pedía al Señor una fe cierta “por una exterior congruencia de pruebas y por un interior testimonio del Espíritu Santo…”

El Evangelio de hoy nos enseña “que estos signos (milagros) se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Por tanto, hay que conocerlos para llegar a la fe o para fortificarla. Por algo se llama a la fe “rationabile obsequium”, es decir, se trata de algo que concuerda con la razón aunque la trascienda.

Recuerdo que, después de alguna de mis homilías de este domingo, alguna persona me ha dicho: “Yo no había oído nunca decir a un sacerdote que debemos tener razones para creer”. Y porque todo esto es muy frecuente, me parece que nos viene bien traer este tema a nuestro comentario litúrgico de hoy.

Recuerdo que, cuando el año 1982, el Papa San Juan Pablo II vino a España, dijo, en la Universidad de Salamanca, que la gente tiene hoy “necesidad de certezas”.

Entonces, ¿dónde estuvo el error de Tomás? En exigir demasiado. Pide una experiencia física para creer. Y esa posibilidad no existe cuando se trata de hechos del pasado. De los hechos históricos sólo podemos tener conocimiento por el testimonio de los que han tenido una relación directa con ellos. Por eso, no nos podemos cerrar, como hace Tomás, al testimonio de los otros, de la comunidad, de los antepasados, de los que entienden, de la Iglesia.

Además, ¡cuántos “actos de fe” hacemos cada día!: Todos los días tenemos que fiarnos de otras personas, incluso, a la hora de comer. No decimos: “¿Y esta comida no estará envenenada?”. Por poner sólo un ejemplo.

De esta forma, el Evangelio de Juan establece el nexo de unión entre los cristianos que habían conocido al Señor y los que no lo habían conocido y tenían que “creer sin ver”. Pero no sin razones, lo que los teólogos llaman “motivos de credibilidad”.

Y no podemos olvidar que es éste el “Domingo de la Misericordia”. Los textos de la Misa se hacen eco de esta realidad comenzando por la oración colecta, que dice: “Dios de eterna misericordia, que reanimas la fe de este pueblo a ti consagrado, con la celebración anual de las fiestas pascuales…”

A mí me parece que este Domingo de la Divina Misericordia constituye como un resumen de toda la Semana Santa. Es lógico que en el salmo responsorial de este día proclamemos: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

                                                                                                        ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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S?bado, 16 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de Pascua de Resurrección ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pascua de Resurrección C

 

¡Por fin, hemos llegado a la Pascua!

Hemos venido por el camino de la Cuaresma que es el mejor camino, el único camino que nos conduce hasta aquí.

Es lógico que estemos contentos: ¡Jesucristo ha resucitado! Es decir, ha pasado de la muerte a vida, de la Cruz a la Resurrección

¡Quiere decir que el Padre, en el Cielo, ha aceptado el Sacrificio de su Hijo en la tierra, y ha llegado la salvación! Hablamos en términos humanos. De aquí viene la inmensa alegría de la Pascua y de toda la vida. ¡Todo ha cambiado de rumbo y de sentido! ¡Incluso nos felicitamos unos a otros por la enorme “suerte”, que hemos tenido!

Ya Jesús nos ha enseñado con toda claridad y firmeza, que el sufrimiento y la muerte no son el fin de todo, que no terminan en sí mismos, sino que son camino, paso, pascua.

¡La Pascua, que hoy celebramos es la gran noticia que, cada año, conmueve al mundo desde el núcleo mismo de su existencia!

Y el momento culminante de esta victoria es la Venida Gloriosa del Señor, que es el día de la resurrección de los muertos y de la vida sin fin. Aún así, en la espera, nos llenamos de consuelo y de esperanza. Es la certeza de la fe, que nos transmite el apóstol como el mejor regalo de Pascua

Aunque no tenemos prisa por decirlo todo hoy. Tenemos ahora la Octava de Pascua y, además, todo el Tiempo Pascual. Son, en total, 50 días de celebración, de alegría y de fiesta.

El Tiempo Pascual se ha llamado “la cuaresma de la alegría” Y no hay fiesta como ésta en el mundo: cuarenta días de preparación, la Cuaresma, y cincuenta de celebración: la Pascua y el Tiempo Pascual.

El Evangelio de este año, tomado de la Vigilia, nos presenta a las mujeres olvidadas de la resurrección, camino del sepulcro. Ellas, como los discípulos, no entendían nada de resurrección. Y van al sepulcro con los aromas para embalsamar el cuerpo del Señor. ¡Y había resucitado! Y se les presentan dos ángeles que les aclaran el misterio: “Acordaos de los que os dijo estando todavía en Galilea: El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y, al tercer día, resucitar”. Claro que se acordaron. Y temblaban de alegría… Y se fueron corriendo a comunicarlo a los apóstoles y a los demás que estaban con ellos. Pero éstos lo tomaron por “cosa de mujeres”, por “un delirio”, y no las creyeron.

Ahora nos toca a nosotros anunciar este acontecimiento a todos y por todas partes aunque muchos lo tomen también por un delirio y no nos crean. Lo nuestro es cumplir el encargo, o mejor, el mandato del Señor y salir a comunicarlo. ¿Es que no tenemos que ser una Iglesia en salida misionera?

La Virgen María no es sólo la Madre del Crucificado, Ntra. Sra. de los Dolores, sino también la Madre del Resucitado, nuestra Sra. de la Alegría, de la Victoria y de la Esperanza. Y también nuestra Madre en el orden de la gracia (L. G. 61). Ella no iba al sepulcro con las demás mujeres; ella no se había olvidado de la resurrección y se mantiene a la espera, en la firmeza humilde de la fe. Tampoco ella ha tenido que esperar la Vuelta del Señor para participar plenamente de su Pascua como nosotros sino que, terminada su vida en la tierra, ha sido glorificada y llevada en cuerpo y alma al Cielo. El Vaticano II nos ofrece una verdad que nos sirve siempre de aliento, de consuelo y de esperanza: ella es, por tanto, como un espejo hermoso en el que se mira, cada día, la Iglesia peregrina, especialmente, en este tiempo de Pascua.

Sobre el Bautismo digamos ahora, al menos, que es el primer sacramento por el que participamos del Misterio Pascual. Lo recordamos, especialmente, anoche, en la Vigilia, en la que lo hemos renovado con el mejor espíritu. Este era el objetivo principal de la Cuaresma

¡Cristo ha resucitado, ha vencido sobre la muerte y sobre todo mal! ¡Muchas felicidades!

 

                                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 08 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de Ramos C ofrecida por el sacerdote Don  Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DELSEÑOR"


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

¡La Liturgia del Domingo de Ramos es muy hermosa!

En la primera parte, recordamos y revivimos la Entrada del Señor en Jerusalén que le recibe como Rey y Mesías. Nuestras aclamaciones y nuestros cantos se unen a los de aquella gente que le acoge de una manera tan extraordinaria, y a tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han celebrado esta fiesta hasta llegar hasta nosotros que lo hacemos este día, unidos a toda la Iglesia.

La segunda parte es la Misa de Pasión. De este modo, ¡La Cruz del Señor se convierte en el centro de la Semana! La misma procesión, llena de colorido y de fiesta, prefigura la gloria de la Resurrección que celebraremos el próximo domingo.

¡El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa!

¡Cuántas gracias hemos de dar al Señor que nos concede, un año más, celebrar la Pascua, la fiesta más grande e importante de los cristianos!

Y hemos de acoger estos días santos con el mejor sentido de responsabilidad: “No podemos echar en saco roto la gracia de Dios” (2 Co 6, 1).

Nuestra atención tiene que centrarse en las celebraciones litúrgicas de nuestras iglesias. Las procesiones, tantas y tan importantes en algunos lugares, expresan y alimentan también lo que conmemoramos, pero no pueden sustituir a las celebraciones que son lo más importante.

Los sacramentos que brotan de la Muerte y Resurrección del Señor, constituyen el núcleo de estos días, sobre todo, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, sacramentos de la Iniciación Cristiana, que vamos a renovar, con el mejor espíritu, la Noche Santa de la Pascua.

Y la mejor manera de renovarlos es recibir el de la Penitencia o de la Reconciliación, tan propio de estas fechas. El Papa S. León Magno, que vivió en el siglo V, enseñaba que es propio de las fiestas pascuales que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados tanto los que llegan nuevos a ella por la recepción del Bautismo como los que han tenido la dicha de haber recibido, desde hace mucho tiempo, esta gracia incomparable.

La Eucaristía está siempre presente como la forma principal e imprescindible de renovar los distintos acontecimientos que recordamos.

Y la Semana Santa la celebramos como cristianos, es decir, como personas que están experimentando y valorando constantemente en sus vidas los frutos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

Hagámoslo también tratando de compartir con todos los hermanos el mensaje gozoso de la Semana Santa y de la Pascua del Señor. Como miembros de una Iglesia en salida misionera.

¡Les deseo la dicha de una buena Semana Santa!

Para ello, es importante disponer de alguna guía litúrgica o alguna ayuda para las celebraciones de cada uno de los días que son distintas, especialmente, las del Triduo Pascual.

Con la celebración de la Cena del Señor, el Jueves Santo, termina la Cuaresma y comienza el Triduo Pascual. Es propio también de este día y tiene mucha importancia la llamada Misa Crismal, en la que el obispo, rodeado de su presbiterio, bendice los oleos y consagra el crisma; pero se puede trasladar a otro día de la semana para que puedan asistir todos, especialmente, los sacerdotes que renuevan ese día sus promesas sacerdotales. Aquí se ha trasladado al martes santo.

 El Viernes Santo, desde antiguo, no se celebra la Santa Misa sino la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor; y la celebración más importante de todo el año es la Vigilia Pascual, que es en la noche de la Resurrección del Señor y el objetivo fundamental de toda la Cuaresma; y el Domingo de Resurrección es la Pascua, que da comienzo al Tiempo Pascual: 50 días de alegría y de fiesta en honor de Jesucristo Resucitado y que hemos de celebrar, según los santos padres, con alegría y exultación como si se tratara de un único día de fiesta, de un gran domingo.

                                              

                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:20  | Espiritualidad
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