Jueves, 27 de enero de 2022

Por gentileza de Maxance AVRIAL. Association Hozana | Chargé de mission Webmarketing & Communication

3 consejos para cultivar la gratitud 

La gratitud es la acción de dar gracias a Dios por las bendiciones que ha derramado sobre nuestras vidas. Para lograrlo, es necesario ser capaces de acoger y contemplar nuestra vida cotidiana desde una perspectiva diferente, tomando un poco de distancia. La gratitud también consiste no solo en confiar en Dios y en sus planes de amor para nosotros, sino también en aceptar una parte del misterio. 

De hecho, como cristianos, podemos desarrollar y mantener la gratitud mediante la alabanza y la acción de gracias. Lionel Dalle, sacerdote de la Comunidad del Emmanuel, se refirió al respecto en su libro Le miracle de la gratitude ("El milagro de la gratitud” en español) diciendo: "[La gratitud] crea una dinámica extraordinaria: ¡dar gracias atrae la gracia! Mientras más agradezco por las gracias quehe recibido de Dios, más se abre mi corazón para recibirlas en mayor cantidad y dejar que me transformen."; 1

Tengamos en cuenta que, ¡agradecer no siempre es tarea fácil!: en algunas ocasiones necesitamos la conversión del corazón para cambiar nuestra manera de ver las cosas, lo que vivimos y nuestra realidad... Sin embargo, lo más importante es que mientras lo hacemos, saboreamos cada vez más la alegría verdadera. A continuación, algunos consejos para cultivar la gratitud:

- Por la mañana, en un acto de confianza y abandono, podemos comenzar agradeciendo a Dios por el nuevo día que nos regala: aunque no sabemos lo que nos va a suceder, podemos confiar plenamente en que el Señor ha preparado muchas gracias para nosotros. De hecho, algunas pueden ser muy evidentes, y otras incluso pueden esconderse en situaciones que parecen molestas o desagradables.

- Intentemos vivir cada instante del día tratando de ser lo más conscientes posible del momento presente; vivamos “este presente de Dios” para recoger todos sus dones. “Mi vida es un instante, una hora pasajera, mi vida es un momento que escapa fugitivo: tú lo sabes, Dios mío, para amarte en la tierra no tengo más que hoy.” (Santa Teresa del Niño Jesús).

- Por la noche, podemos terminar nuestra jornada dando gracias a Dios por todo lo que nos dio en el transcurso de este día. Por ejemplo, podemos recordar, bajo su mirada, una gracia específica que nos tocó hoy de manera especial. Si nos cuesta sentirlo, podemos hacer un acto de fe y recitar un pasaje de la Biblia, como este hermoso versículo del Salmo 103 (o 102 en algunas versiones).

“Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios.” (Salmo 103: 1-2)

 

1 Traducido del Francés por Hozana

 


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Por gentileza de  Maxance AVRIAL. Association Hozana | Chargé de mission Webmarketing & Communication 

3 maneras de orar mientras trabajamos

 Sin importar si somos estudiantes, asalariados, voluntarios para una misión de nuestra comunidad o si estamos al servicio de nuestros seres queridos, debemos tener en cuenta que, el trabajo es un aspecto esencial en nuestras vidas, tanto así que le dedicamos muchas horas de nuestro tiempo. De hecho, sería muy difícil para nosotros dedicar tanto tiempo a la oración... ¡a menos que hagamos de nuestro trabajo una auténtica oración! 

A continuación, te presentamos algunos consejos para lograr que Dios esté en el centro de nuestro trabajo, de modo que podamos ir más allá de nuestras tareas más difíciles o desagradables, y le demos sentido a nuestra labor:

- ¡Oremos para que el Espíritu Santo trabaje en nosotros! Mientras hacemos nuestras labores diarias, podemos invocar al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos guíe en todo lo que hacemos. También podemos pedirle que venga y trabaje en nuestras vidas. ¡Dejémoslo que organice, afine, lije, limpie y saque a la luz nuestros talentos por medio de nuestrotrabajo!: solo así podremos recibir sabiduría para hacerlos producir y llevar abundantes frutos.

- ¡Confiemos a Dios todos los miembros del cuerpo! Nuestro trabajo puede tocar el ámbito colectivo en mayor o menor medida, y precisamente este aspecto colectivo nos permite tomar conciencia de la importancia de los demás: el colega, el proveedor, el cliente, el estudiante, el jefe, etc… Es cierto que, en algunas ocasiones esto puede ser molesto, sin embargo, es bastante útil y necesario para que pongamos en obra nuestro talento como Dios desea. De hecho, San Pablo nos recuerda que todos somos parte del mismo cuerpo, por lo tanto, cada vez que interactuemos con alguien, bendigamos y recemos por todas estas interdependencias que nos permiten seguir avanzando.

- Meditemos sobre el significado del trabajo para Dios. El libro de Génesis relata que el Señor trabajó durante 6 días, antes de descansar para contemplar su creación el séptimo día. Además, la Biblia dice que Jesús aprendió el oficio de José y lo ejerció antes de tener su vida pública. Por lo tanto, Dios nos muestra con su ejemplo que el trabajo puede ser divino y constituye un camino hacia el éxito y la realización. Habiendo dicho esto, ¡confiemos cada mañana nuestra jornada de trabajo a Jesús obrero y dejémonos guiar por Él!


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Viernes, 21 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero del Tiempo Ordinario C  ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º del T. Ordinario C

 

Hace unas semanas, salíamos de la Navidad centrando nuestros ojos en Jesucristo que comenzaba su Vida Pública. Hoy podríamos decir que el Evangelio del domingo nos presenta el comienzo de la Vida Pública de Jesús según San Lucas, el evangelista de este año.

Después del Prólogo de su Evangelio en el que nos presenta el método, la forma y los recursos que ha empleado en la composición del texto, en la celebración de este domingo se nos traslada enseguida al capítulo cuarto que dice: “En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan”.

Luego nos narra lo que sucede en la Sinagoga de Nazaret. De esta forma, el evangelista señala el anuncio de la Palabra de Dios como tarea prioritaria en el ministerio del Señor. En efecto, Jesús es “el Maestro”, es el Verbo, la Palabra encarnada, es el Hijo de Dios, que nos revela el Misterio del Padre, del mundo y del hombre, del tiempo presente y de la eternidad. San Juan nos dice: “A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18).

Ya la primera lectura nos presenta cómo el pueblo de Israel, liberado del destierro, reorganiza su vida cultual en torno a la Palabra de Dios y la conmoción que se origina al escuchar la lectura del Libro Santo de la Ley, que habían encontrado. Al mismo tiempo, se subraya la atención de aquella gente sencilla que escucha: “Todo el pueblo estaba atento a la Ley”. Algo parecido sucedería en Nazaret: “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él”.

Este es, por tanto, un domingo muy apropiado para examinar nuestra actitud ante la Palabra de Dios. El Papa Francisco ha determinado que el domingo 3º del Tiempo Ordinario sea EL DOMINGO DE LA PALABRA.

El Vaticano II nos enseña: “Cuando alguien lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es Él (Cristo) quien habla” (S. C. 7). Hay, pues, una presencia de Dios en su Palabra, una presencia que los teólogos llaman “cuasi sacramental”.

Acoger la Palabra de Dios es, por tanto, acoger al Señor. Proclamamos hoy en el salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Por todo ello, la escucha y la lectura de la Palabra de Dios adquiere una connotación muy especial, sagrada.

Y en este domingo, situado dentro del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, es muy apropiado para plantearnos muchas cosas si de verdad buscamos, es más, soñamos con la unidad de todos los que creemos en Cristo.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo: ¿Con qué frecuencia leo o escucho su Palabra? ¿Cómo respondo a lo que Dios nos dice? ¿Se centra mi vida en hacer la voluntad del Padre, que su Palabra nos señala constantemente? Y Luego, ¿transmitimos su Palabra? ¿A quién o a quiénes?

La Palabra de Jesucristo se nos presenta con frecuencia como Evangelio, es decir, como Buena Noticia. Y ya sabemos que una buena noticia está llamada a propagarse por sí misma. Pero es que, además, hemos recibido el encargo, el mandato, de anunciarla por toda la tierra (Mt 18, 19-29), porque esta misión que tiene todo cristiano se hace personal y propia en cada uno al recibir los sacramentos de Iniciación Cristiana: El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Son los sacramentos que nos incorporan a la Iglesia que recibió de Cristo aquel encargo.

Nuestra conciencia de estar llamados a formar un solo Cuerpo, como nos recuerda la segunda lectura, nos urge más aún a llevarla a los hermanos.

Se ha dicho, además, que el mayor bien que podemos hacer a una persona es darle a conocer a Jesucristo, llevarle a Él, ayudarle a progresar en su conocimiento y en su seguimiento, porque dice el Señor: “Buscad sobre todo el Reino y Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).


Publicado por verdenaranja @ 18:35  | Espiritualidad
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Viernes, 14 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo segundo del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo II del Tiempo Ordinario C

                                                           

               Podríamos decir que, el del domingo, es el Evangelio de la Virgen y de las bodas.

La intención mariana del texto es evidente. En un primer momento, María, la Virgen, ocupa el centro de la escena: “En aquel tiempo había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda”.

Me parece que es probable que aquellos novios fueran familiares o muy allegados de María. Da la impresión de que ella estaba al tanto de todo lo que sucedía allí; y, por eso, se dio cuenta enseguida, de que les faltaba vino. Y ¿cómo se podía resolver ahora aquella dificultad tan grave? ¿Dónde conseguir vino en aquel momento?

María tiene conocimiento del “misterio de Jesús”: de su poder y de su bondad. Sólo ella conoce el secreto. Y lo pone todo en sus manos: “No les queda vino”. Y dice a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”.

El relato concluye con una síntesis preciosa del evangelista que dice: “Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en Él”.

Es, por tanto, una gran manifestación de Jesucristo la que se produce allí. Por eso, este acontecimiento forma parte de la Solemnidad de la Epifanía del Señor. Y el Ciclo C es el único en que se trata directamente este hecho.

Además, es éste un texto importante a la hora de reflexionar sobre la Virgen, especialmente, sobre su función intercesora. ¡No podemos olvidar nunca que el primer milagro que realiza Jesús, cuando “aún no había llegado su hora”, se debe a la mediación de su Madre, la Virgen María!

Y decíamos también que es el Evangelio de las bodas, por la frecuencia con que se usa este texto en dichas celebraciones, y por la misma realidad que encierra el misterio.

La Liturgia del matrimonio dice que Jesús “santificó con su presencia las bodas de Caná”. Y cuando hablamos con los novios, solemos decirles que casarse por la Iglesia es algo así como “invitar a Jesucristo” a su boda, como hicieron aquellos novios. Les hablamos, incluso, de la necesidad y de la importancia de tomar conciencia de que la presencia y la acción de Cristo en el matrimonio cristiano, viene garantizada por un sacramento. De esta forma, quedan capacitados para su doble función: de esposos y padres. Pues el Señor les brinda todo lo que necesitan para realizarla. Por tanto, no tienen que envidiar a los novios del Evangelio. ¡Sólo es necesario avivar la fe!

Y si eso es así, ¿qué más se puede pedir? Lo que sucede es que la doctrina impresionante del matrimonio por la Iglesia es desconocida por la mayor parte de la gente, y, particularmente, de los novios.

Por tanto, en medio de una boda, ocasión de alegría, de ilusiones y esperanzas, realiza Jesús su primer milagro. Él es el novio (Mt 9,15); que viene a desposarse con la humanidad y así, a elevar al hombre a una relación esponsal con Dios. En Él se cumple lo que anunciaba el profeta en la primera lectura: “Como un joven se casa con su novia así te desposa el que te construyó…”

La abundancia del vino de la boda y su misma excelencia prefigura los dones mesiánicos que Cristo trae al mundo.

Y de dones para la edificación de la comunidad cristiana, trata hoy la segunda lectura.

Ojalá que este acontecimiento, que nos presenta el Evangelio del domingo haga que también nosotros, como los discípulos, contemplemos la gloria de Cristo y crezca nuestra fe en Él.

¡Es una buena forma de comenzar el Tiempo Ordinario!

 

                                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 07 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de la fiesta del Bautismo del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Fiesta del Bautismo del Señor

 

Con ocasión del Bautismo de Jesucristo, se produce una gran manifestación de su Persona y de su misión. Por eso, este acontecimiento pertenece a la Solemnidad de la Epifanía, como ya sabemos.

El Evangelio de hoy nos dice que “en un bautismo general Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el Cielo, bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del Cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

Es, por tanto, una gran manifestación de Jesucristo, e incluso, de la Santísima Trinidad. El himno de Vísperas dice: “Y así Juan, al mismo tiempo, vio a Dios en personas tres, voz y paloma en los cielos y al Verbo eterno a sus pies”.

De este modo, se hace realidad lo que escuchamos en la primera lectura: “Se revelará la gloria como del Unigénito del Padre…” En efecto, en la Navidad se experimenta, de un modo especial, lo que leemos en el Evangelio de S. Juan: “Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Juan el Bautista nos habla, en el Evangelio, de aquel que nos “bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Es el fuego que purifica y el agua que, además de purificar, da vida.

El prefacio de la Misa dice: “En el Bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo Bautismo…”

Éste es purificación del pecado y nacimiento a la vida de Dios en nosotros; porque cuando alguien es bautizado el Espíritu Santo infunde en su interior una participación creada del “Ser de Dios”, de la naturaleza divina, por lo cual nos llamamos y somos hijos de Dios (1 Jn 3, 1). San Pablo dirá que “somos miembros de la familia de Dios” (Ef 2, 19).

Precisamente, los santos padres resumen todo el misterio de la Navidad diciendo que “El Hijo de Dios se hizo hombre para hacer al hombre hijo de Dios”. ¡Cuánta grandeza!

Hoy es un día apropiado para reflexionar sobre el Bautismo, para celebrar este sacramento, para renovar nuestro Bautismo y para tratar de la problemática del Bautismo de niños.

Bautizar a un niño, recién nacido, es algo muy hermoso y muy importante. ¡Recordemos nuestro propio Bautismo! Pero garantizar su educación cristiana, por parte de los padres y padrinos, se hace, a veces, difícil o muy difícil. Y me parece que hemos de proceder con mucha cautela, porque se trata de una vida, “la vida de Dios en nosotros”.

Se nos exige, por tanto, mantener un equilibrio, muchas veces difícil, entre la grandeza y gratuidad del don de Dios y la necesidad de que, desde muy pronto, el niño lo descubra y lo vaya viviendo.

Y, en este sentido, este es un día muy apropiado para pedir al Señor la luz y la fortaleza que todos necesitamos.

Esta Fiesta del Bautismo del Señor es también muy apropiada, como decíamos antes, para renovar nuestro propio Bautismo, incluso nuestra Confirmación. Si lo hacemos así reviviremos el don de Dios en nosotros y actualizamos nuestra adhesión a Jesucristo y nuestro deseo de avanzar en su seguimiento.

Y de este modo, salimos de la Navidad con los ojos fijos en el Hijo de Dios que comienza su Vida Pública.                                       

                                                                                         ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Martes, 04 de enero de 2022

Reflexión en la fiesta de la Epifanía del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "Ecos del Día del Señor"

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Las Navidades son fiestas muy alegres porque celebramos grandes acontecimientos que constituyen la llegada de muchos dones para nosotros y para todos.

Por eso hay siempre en la Navidad un ambiente de alegría, de amor y de solidaridad.

Hoy es un día de ilusiones porque nos sentimos queridos, porque los regalos que hemos recibido son signos de amor.

Recuerdo de preguntarle a los niños: “¿Cuál ha sido el don más grande que Dios nos ha dado?” Y decían muchas cosas, pero no acertaban a decir que el regalo más grande no es una cosa sino una persona: Jesucristo.

Con relación a algunos regalos se suele hablar de don y tarea. Muchos regalos no son de usar y tirar sino para usarlos y aprovecharlos. Imaginemos que nos regalan un móvil.

Por tanto, lo primero que tenemos que hacer es conocer lo que se nos da: ¿Para qué sirve? ¿Qué podemos hacer con él?

Hay niños que reciben con mucha alegría los regalos por la mañana y por la tarde ya están cansados; y no digamos nada, al mes o a los tres meses.

Eso puede pasarnos con el Señor y las realidades que Él nos ofrece como el mejor de los regalos.

Por todo ello, es tan importante y trascendental la fiesta de este día: La Epifanía que significa manifestación. Es la realidad inefable de que Jesucristo, con todos sus dones, ha venido para todos y cada uno de nosotros.

En la primera lectura se nos habla de la aparición de una luz muy grande…

Cuando se ha ido la luz qué necesidad sentimos de que vuelva y qué alegría cuando llega.

Las tinieblas eran muy grandes. Es lo que suponía para todos estar alejados de Dios y de su salvación. Son las consecuencias del mal, del pecado en que yacía la humanidad entera. Eran las consecuencias del pecado original y de todos los pecados que, en un primer momento, pueden agradarnos, pero que después nos dejan en la amargura y en las tinieblas.

Y la salvación con todo lo que significa para nosotros, se nos anuncia como el nacimiento de una luz muy grande.

Y se dice a Jerusalén: “Sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora…”

Y todo eso se personifica en un Niño que nos ha nacido, en un Hijo que se nos ha dado: “Lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz (Is 9, 5)”.

Se trata, por tanto, como venimos diciendo, de algo muy grande: del Salvador que llega en la fragilidad de un Niño.

¡Es lo que estamos celebrando en este tiempo de Navidad!

En la segunda lectura se nos revela que esta salvación es universal: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y participes de la Promesa en Jesucristo por el Evangelio”.

Y el Evangelio nos habla también de luz: de una estrella. ¿Y por qué y para qué surge aquel astro?

Para que este grandioso acontecimiento de salvación fuera conocido hasta los confines de la tierra.

Los judíos tenían la Sagrada Escritura que anunciaba a Jesucristo, pero luego quedaban pueblos innumerables, que no la tenían ni conocían nada de su contenido. Y Dios se vale de la creencia que tenían algunos pueblos primitivos de que el nacimiento de los grandes personajes se señalaban con la aparición de un astro en el cielo.

Y entonces unos magos que vieron el gran anuncio se pusieron en camino: un camino muy largo y muy difícil, pero ellos perseveraron hasta el final y un día llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”.

Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país para averiguar dónde tenía que nacer el Mesías anunciado por los profetas. Y le dijeron: “En Belén de Judea porque así lo ha escrito el profeta”. Y ellos fueron a Belén y se encontraron con el Niño junto a María y a José. Y le ofrecieron regalos.

Y estos regalos estaban también anunciados en las profecías, como nos presenta la primera lectura de esta solemnidad.

Y como se enteraron que Herodes quería acabar con el Niño, se fueron por otro camino, muy contentos.

Y al llegar a su tierra convocaron a todos los familiares, los vecinos y los amigos para anunciarles la gran alegría: que lo de la estrella era verdad y que encontraron al Rey de los judíos.

Entonces aquella luz comenzó a expandirse por los lugares más alejados de la tierra.

Por todo ello, esta fiesta viene cargada de simbolismo para nosotros: Que Jesucristo, hoy como ayer, tiene que ser anunciado hasta los confines del mundo, comenzando por nuestros hogares, por las personas que más queremos y a las que tenemos más cerca.

Hoy es la Jornada misionera por excelencia de la Navidad y hemos de recordar a los que no conocen a Jesucristo, a los que, habiéndole conocido, se han alejado de Él y de su salvación, y también a los que viven en la indiferencia.

Que para unos y otros seamos una estrella que anuncie a aquel Niño que es capaz de llenar de alegría, de paz y de esperanza nuestro corazón y nuestra vida.


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Lunes, 27 de diciembre de 2021

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS MATRIMONIOS CON OCASIÓN DEL AÑO “FAMILIA AMORIS LAETITIA”

 

Queridos esposos y esposas de todo el mundo:

 

Con ocasión del Año “Familia Amoris laetitia”, me acerco a ustedes para expresarles todo mi afecto y cercanía en este tiempo tan especial que estamos viviendo. Siempre he tenido presente a las familias en mis oraciones, pero más aún durante la pandemia, que ha probado duramente a todos, especialmente a los más vulnerables. El momento que estamos pasando me lleva a acercarme con humildad, cariño y acogida a cada persona, a cada matrimonio y a cada familia en las situaciones que estén experimentando.

Este contexto particular nos invita a hacer vida las palabras con las que el Señor llama a Abrahán a salir de su patria y de la casa de su padre hacia una tierra desconocida que Él mismo le mostrará (cf. Gn 12,1). También nosotros hemos vivido más que nunca la incertidumbre, la soledad, la pérdida de seres queridos y nos hemos visto impulsados a salir de nuestras seguridades, de nuestros espacios de “control”, de nuestras propias maneras de hacer las cosas, de nuestras apetencias, para atender no sólo al bien de la propia familia, sino además al de la sociedad, que también depende de nuestros comportamientos personales.

La relación con Dios nos moldea, nos acompaña y nos moviliza como personas y, en última instancia, nos ayuda a “salir de nuestra tierra”, en muchas ocasiones con cierto respeto e incluso miedo a lo desconocido, pero desde nuestra fe cristiana sabemos que no estamos solos ya que Dios está en nosotros, con nosotros y entre nosotros: en la familia, en el barrio, en el lugar de trabajo o estudio, en la ciudad que habitamos.

Como Abrahán, cada uno de los esposos sale de su tierra desde el momento en que, sintiendo la llamada al amor conyugal, decide entregarse al otro sin reservas. Así, ya el noviazgo implica salir de la propia tierra, porque supone transitar juntos el camino que conduce al matrimonio. Las distintas situaciones de la vida: el paso de los días, la llegada de los hijos, el trabajo, las enfermedades son circunstancias en las que el compromiso que adquirieron el uno con el otro hace que cada uno tenga que abandonar las propias inercias, certidumbres, zonas de confort y salir hacia la tierra que Dios les promete: ser dos en Cristo, dos en uno. Una única vida, un “nosotros” en la comunión del amor con Jesús, vivo y presente en cada momento de su existencia. Dios los acompaña, los ama incondicionalmente. ¡No están solos!

Queridos esposos, sepan que sus hijos —y especialmente los jóvenes— los observan con atención y buscan en ustedes el testimonio de un amor fuerte y confiable. «¡Qué importante es que los jóvenes vean con sus propios ojos el amor de Cristo vivo y presente en el amor de los matrimonios, que testimonian con su vida concreta que el amor para siempre es posible!».[1] Los hijos son un regalo, siempre, cambian la historia de cada familia. Están sedientos de amor, de reconocimiento, de estima y de confianza. La paternidad y la maternidad los llaman a ser generativos para dar a sus hijos el gozo de descubrirse hijos de Dios, hijos de un Padre que ya desde el primer instante los ha amado tiernamente y los lleva de la mano cada día. Este descubrimiento puede dar a sus hijos la fe y la capacidad de confiar en Dios.

Ciertamente, educar a los hijos no es nada fácil. Pero no olvidemos que ellos también nos educan. El primer ámbito de la educación sigue siendo la familia, en los pequeños gestos que son más elocuentes que las palabras. Educar es ante todo acompañar los procesos de crecimiento, es estar presentes de muchas maneras, de tal modo que los hijos puedan contar con sus padres en todo momento. El educador es una persona que “genera” en sentido espiritual y, sobre todo, que “se juega” poniéndose en relación. Como padre y madre es importante relacionarse con sus hijos a partir de una autoridad ganada día tras día. Ellos necesitan una seguridad que los ayude a experimentar la confianza en ustedes, en la belleza de sus vidas, en la certeza de no estar nunca solos, pase lo que pase.

Por otra parte, y como ya he señalado, la conciencia de la identidad y la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad ha aumentado. Ustedes tienen la misión de transformar la sociedad con su presencia en el mundo del trabajo y hacer que se tengan en cuenta las necesidades de las familias.

También los matrimonios deben “primerear”[2] dentro de la comunidad parroquial y diocesana con sus iniciativas y su creatividad, buscando la complementariedad de los carismas y vocaciones como expresión de la comunión eclesial; en particular, los «cónyuges junto a los pastores, para caminar con otras familias, para ayudar a los más débiles, para anunciar que, también en las dificultades, Cristo se hace presente».[3]

Por tanto, los exhorto, queridos esposos, a participar en la Iglesia, especialmente en la pastoral familiar. Porque «la corresponsabilidad en la misión llama […] a los matrimonios y a los ministros ordenados, especialmente a los obispos, a cooperar de manera fecunda en el cuidado y la custodia de las Iglesias domésticas».[4] Recuerden que la familia es la «célula básica de la sociedad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 66). El matrimonio es realmente un proyecto de construcción de la «cultura del encuentro» (Carta enc. Fratelli tutti, 216). Es por ello que las familias tienen el desafío de tender puentes entre las generaciones para la transmisión de los valores que conforman la humanidad. Se necesita una nueva creatividad para expresar en los desafíos actuales los valores que nos constituyen como pueblo en nuestras sociedades y en la Iglesia, Pueblo de Dios.

La vocación al matrimonio es una llamada a conducir un barco incierto - pero seguro por la realidad del sacramento - en un mar a veces agitado. Cuántas veces, como los apóstoles, sienten ganas de decir o, mejor dicho, de gritar: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). No olvidemos que a través del sacramento del matrimonio Jesús está presente en esa barca. Él se preocupa por ustedes, permanece con ustedes en todo momento en el vaivén de la barca agitada por el mar. En otro pasaje del Evangelio, en medio de las dificultades, los discípulos ven que Jesús se acerca en medio de la tormenta y lo reciben en la barca; así también ustedes, cuando la tormenta arrecia, dejen subir a Jesús en su barca, porque cuando subió «donde estaban ellos, […] cesó el viento» (Mc 6,51). Es importante que juntos mantengan la mirada fija en Jesús. Sólo así encontrarán la paz, superarán los conflictos y encontrarán soluciones a muchos de sus problemas. No porque estos vayan a desaparecer, sino porque podrán verlos desde otra perspectiva.

Sólo abandonándose en las manos del Señor podrán vivir lo que parece imposible. El camino es reconocer la propia fragilidad y la impotencia que experimentan ante tantas situaciones que los rodean, pero al mismo tiempo tener la certeza de que de ese modo la fuerza de Cristo se manifiesta en su debilidad (cf. 2 Co 12,9). Fue justo en medio de una tormenta que los apóstoles llegaron a conocer la realeza y divinidad de Jesús, y aprendieron a confiar en Él.

A la luz de estos pasajes bíblicos, quisiera aprovechar para reflexionar sobre algunas dificultades y oportunidades que han vivido las familias en este tiempo de pandemia. Por ejemplo, aumentó el tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el diálogo en familia. Claro que esto requiere un especial ejercicio de paciencia, no es fácil estar juntos toda la jornada cuando en la misma casa se tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar. Que el cansancio no les gane, que la fuerza del amor los anime para mirar más al otro —al cónyuge, a los hijos— que a la propia fatiga. Recuerden lo que les escribí en Amoris laetitia retomando el himno paulino de la caridad (cf. nn. 90-119). Pidan este don con insistencia a la Sagrada Familia, vuelvan a leer el elogio de la caridad para que sea ella la que inspire sus decisiones y acciones (cf. Rm 8,15; Ga 4,6).

De este modo, estar juntos no será una penitencia sino un refugio en medio de las tormentas. Que el hogar sea un lugar de acogida y de comprensión. Guarden en su corazón el consejo a los novios que expresé con las tres palabras: «permiso, gracias, perdón».[5] Y cuando surja algún conflicto, «nunca terminar el día en familia sin hacer las paces».[6] No se avergüencen de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad. O de tomar la mano del otro, cuando esté un poco enojado, para arrancarle una sonrisa cómplice. Hacer quizás una breve oración, recitada en voz alta juntos, antes de dormirse por la noche, con Jesús presente entre ustedes.

Sin embargo, para algunos matrimonios la convivencia a la que se han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil. Los problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces se han vuelto casi insoportables. Muchos han vivido incluso la ruptura de un matrimonio que venía sobrellevando una crisis que no se supo o no se pudo superar. A estas personas también quiero expresarles mi cercanía y mi afecto.

La ruptura de una relación conyugal genera mucho sufrimiento debido a la decepción de tantas ilusiones; la falta de entendimiento provoca discusiones y heridas no fáciles de reparar. Tampoco a los hijos es posible ahorrarles el sufrimiento de ver que sus padres ya no están juntos. Aun así, no dejen de buscar ayuda para que los conflictos puedan superarse de alguna manera y no causen aún más dolor entre ustedes y a sus hijos. El Señor Jesús, en su misericordia infinita, les inspirará el modo de seguir adelante en medio de tantas dificultades y aflicciones. No dejen de invocarlo y de buscar en Él un refugio, una luz para el camino, y en la comunidad eclesial una «casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 47).

Recuerden que el perdón sana toda herida. Perdonarse mutuamente es el resultado de una decisión interior que madura en la oración, en la relación con Dios, como don que brota de la gracia con la que Cristo llena a la pareja cuando lo dejan actuar, cuando se dirigen a Él. Cristo “habita” en su matrimonio y espera que le abran sus corazones para sostenerlos con el poder de su amor, como a los discípulos en la barca. Nuestro amor humano es débil, necesita de la fuerza del amor fiel de Jesús. Con Él pueden de veras construir la «casa sobre roca» (Mt 7,24).

A este propósito, permítanme que dirija una palabra a los jóvenes que se preparan al matrimonio. Si antes de la pandemia para los novios era difícil proyectar un futuro cuando era arduo encontrar un trabajo estable, ahora aumenta aún más la situación de incerteza laboral. Por ello invito a los novios a no desanimarse, a tener la “valentía creativa” que tuvo san José, cuya memoria he querido honrar en este Año dedicado a él. Así también ustedes, cuando se trate de afrontar el camino del matrimonio, aun teniendo pocos medios, confíen siempre en la Providencia, ya que «a veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener» (Carta ap. Patris corde, 5). No duden en apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad eclesial, en la parroquia, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo de aquellos que ya han transitado el camino que ustedes están comenzando.

Antes de despedirme, quiero enviar un saludo especial a los abuelos y las abuelas que durante el tiempo de aislamiento se vieron privados de ver y estar con sus nietos, a las personas mayores que sufrieron de manera aún más radical la soledad. La familia no puede prescindir de los abuelos, ellos son la memoria viviente de la humanidad, «esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor».[7]

Que san José inspire en todas las familias la valentía creativa, tan necesaria en este cambio de época que estamos viviendo, y Nuestra Señora acompañe en sus matrimonios la gestación de la “cultura del encuentro”, tan urgente para superar las adversidades y oposiciones que oscurecen nuestro tiempo. Los numerosos desafíos no pueden robar el gozo de quienes saben que están caminando con el Señor. Vivan intensamente su vocación. No dejen que un semblante triste transforme sus rostros. Su cónyuge necesita de su sonrisa. Sus hijos necesitan de sus miradas que los alienten. Los pastores y las otras familias necesitan de su presencia y alegría: ¡la alegría que viene del Señor!

Me despido con cariño animándolos a seguir viviendo la misión que Jesús nos ha encomendado, perseverando en la oración y «en la fracción del pan» (Hch 2,42).

Y por favor, no se olviden de rezar por mí, yo lo hago todos los días por ustedes.

Fraternalmente,

FRANCISCO

Roma, San Juan de Letrán, 26 de diciembre de 2021, Fiesta de la Sagrada Familia.

_______________________

[1] Videomensaje a los participantes en el Foro «¿Hasta dónde hemos llegado con Amoris laetitia (9 junio 2021).

[2] Cfr Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.

[3] Videomensaje a los participantes en el Foro «¿Hasta dónde hemos llegado con Amoris laetitia (9 junio 2021).

[4] Ibíd.

[5] Discurso a las familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013); cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 133.

[6] Catequesis del 13 de mayo de 2015. Cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 104.

[7] Mensaje con ocasión de la I Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores “Yo estoy contigo todos los días” (31 mayo 2021).


Publicado por verdenaranja @ 19:42  | Habla el Papa
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Jueves, 23 de diciembre de 2021

Maxance AVRIAL. Association Hozana nos participa del siguiente artículo:

¡Oremos con los poemas de algunos Santos del Carmelo!

 

La práctica de la oración y la contemplación permite a los carmelitas desarrollar una riqueza espiritual bastante profunda, y algunos de ellos comparten su belleza interior con nosotros a través de sus escritos, por lo cual no es de extrañarse que, con el pasar de los años, se haya consolidado una tradición poética admirable en el Carmelo, y que varios santos y santas carmelitas, también sean grandes poetas. De hecho, algunos de ellos nos invitan a sentir el goce de encontrarse con Dios y contemplar su presencia por medio de sus poemas:

-Meditemos con Santa Teresa de Ávila, quien, con estos cortos versos de su poema Alma, buscarte has en Mí, nos motiva a tener un tiempo de recogimiento e intimidad con Cristo, ese ser especial que habita en nuestro interior:

“Y si acaso no supieres dónde me hallarás a Mí, no andes de aquí para allí, sino, si hallarme

quisieres, a mí buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento, eres mi casa y morada, y así llamo en cualquier tiempo, si hallo en tu pensamiento estar la puerta cerrada.”


-Contemplemos a Dios con San Juan de la Cruz y su Cántico Espiritual, el cual nos hace un llamado a mirar el mundo con los ojos amorosos de Cristo, y a darnos cuenta de que la belleza nos habla de Dios:

“Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura,

y yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura”


- Disfrutemos el presente con Santa Teresita del Niño Jesús y su poema Mi canto de hoy, en el cual nos invita a saborear ese maravilloso momento que tenemos con Dios HOY:

“Mi vida es un instante, una efímera hora,

momento que se evade y que huye veloz.

Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra

no tengo más que un día:

¡sólo el día de hoy!”

- Sintamos el soplo del Espíritu con Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, quien nos invita a meditar sobre el actuar amoroso del Espíritu Santo en nuestras vidas a través de su poema ¿Quién eres tú, dulce luz?:

“¿Quién eres tú, dulce luz que me llenas

e iluminas la oscuridad de mi corazón?

Tú, más cercano a mí que yo misma

y más íntimo que mi intimidad,

y aún inalcanzable e incomprensible,

y que todo nombre haces renacer:

Espíritu Santo, ¡Amor Eterno!”

Entonces, ¿te animas a comenzar este año orando con los poemas del Carmelo?


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Domingo, 19 de diciembre de 2021

Reflexión a las lecturas del domigno cuarto de Adviento ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Adviento C

 

      ¡Estamos a las puertas de la Navidad!

Por el camino del Adviento, hemos sido acompañados por algunos personajes de la Historia Santa, que nos han ayudado en nuestra preparación, y que se convierten en “los iconos” de este Tiempo: Los profetas, particularmente, Isaías, el profeta de la esperanza, Juan el Bautista,  y  la Virgen María, especialmente, en su Concepción Inmaculada.

El cuarto domingo centramos nuestra atención, cada año, en la Maternidad Divina de María.

¡Qué bien celebraríamos la Navidad de la mano de la Virgen María, tratando de hacer nuestros sus pensamientos y sentimientos inefables,  y su modo peculiar de vivir los distintos acontecimientos que celebramos!

El Evangelio de hoy nos presenta la escena magnífica de la  Visitación de María a su prima Isabel: “Por aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel”.

¡Qué provechoso sería contemplar a la Virgen de camino, llevando a Cristo en su seno! “¡Ah, qué procesión del Corpus la que se inició aquel día!”, dice un himno de Corpus.

¡En ella llegan a su cumplimiento las promesas de la Historia de la Salvación!

¡Ella centra y encierra  los anhelos, las ilusiones y las esperanzas de todos los hombres, sedientos de salvación… de todos los pueblos, de todos los tiempos. ¡Ella es, en efecto, “la Madre del Enmanuel!”, del Dios con nosotros. ¡Porque, por medio de ella, Dios mismo ha acampado entre nosotros!

¡Ella es “la Madre de Jesús”, que significa “Yahvé salva”, porque el Señor viene como Salvador!

En la Montaña, su prima Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama la grandeza de la Virgen Madre convertida en “La Mujer”, la nueva Eva, que nos trae al Salvador del mundo, diciéndole: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

El Espíritu Santo es la clave para entender la sabiduría y las actitudes admirables de Isabel y la santificación de Juan Bautista en su seno.  

¡Y ella, la Mujer sencilla de Nazaret, es también “la Madre del Mesías!” Por eso añade Isabel: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”

Isabel representa a todo aquel que celebra la Navidad con alegría desbordante, porque está experimentando la salvación que ha llegado: “En cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de alegría en mi vientre.”

¡Y representa también a todos los que, en estas fechas, se esfuerzan por llevar a los hermanos la Buena Noticia de la Navidad! Ella, en efecto, proclama en la Montaña , como decía antes, la grandeza de su prima, la Virgen Madre.

Isabel nos presenta a María como el prototipo de aquel que ha recibido el don de la fe y experimenta, en la Navidad, la dicha de creer: “¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”.

En resumen: ¡llega el Señor! ¡Él es el Rey de la gloria! ¡Dichosos los que estamos dispuestos a  salir a su encuentro y a acogerle en su corazón!

                                                           

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:18  | Espiritualidad
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Viernes, 03 de diciembre de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Adviento C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Adviento C

                  

En nuestro camino hacia la Navidad se nos presenta este domingo, en medio de nuestra asamblea, la figura de Juan el Bautista. ¡Con qué relieve, con qué veneración y con qué solemnidad lo hace el evangelista San Lucas!

La Iglesia acoge hoy la voz y la misión del Bautista porque ella, toda entera, tiene que prepararse para la Navidad; y, además, tiene ahora el encargo de preparar al Señor, como hizo Juan el Bautista, “un pueblo bien dispuesto” para celebrar la Navidad y para su Venida Gloriosa.

El Evangelio de este domingo nos dice: “Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados...” Y, además, que, de este modo se está cumpliendo lo anunciado por el profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos… Y todos verán la salvación de Dios”.

El planteamiento que se nos hace es muy sencillo: Dios quiere que cada cristiano, que todo su pueblo santo, goce de los dones de la salvación que nos trae y nos ofrece cada año la Navidad. Y cada uno tiene que preguntarse seriamente: ¿Qué es lo que impide, o qué es lo que obstaculiza que llegue a mí, este año, la gracia de la Navidad o que llegue de mejor manera? Siguiendo el texto, podríamos preguntarnos, en concreto: ¿Cuáles son, en mi vida, los valles, las deficiencias, que tengo que rellenar? ¿Cuáles, los montes y colinas que tengo que allanar? ¿Qué es lo torcido que tengo que enderezar y lo escabroso que tengo que igualar?

¿Quién no ve aquí la necesidad de una labor espiritual, de un esfuerzo, serio y decidido, para conseguirlo? ¿Quién no ve aquí la necesidad del Adviento?

Y a todo esto se llama en la Iglesia conversión. El Adviento, lo sabemos, es tiempo de conversión. Y ésta consiste en pasar del pecado a la gracia, o de la gracia a más gracia, a mejor gracia. En definitiva, a la santidad, a la que nos llama el Señor.

Precisamente, en la segunda lectura, S. Pablo quiere que los cristianos lleguemos al “Día de Cristo”, su Segunda Venida, “santos e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios”.

¡Es un reto muy grande el que nos presenta el apóstol.

¿Quién no descubre aquí la necesidad del sacramento de la Penitencia? ¿No debería terminar el Tiempo de Adviento con la recepción, humilde y confiada, de este sacramento?

La primera lectura es un bello cántico, una invitación a la alegría, que se hace entonces a Jerusalén, y ahora, a la Iglesia, la nueva Jerusalén, al contemplar a sus hijos que vuelven a ella.

Y es que la preparación y la celebración de la Navidad no es algo sólo de tipo individual sino también de tipo comunitario y misionero. Tiene que ser la Navidad de una Iglesia en salida misionera, que anuncia a todos la llegada de la salvación, que no puede dejar a nadie indiferente, que no olvida que tiene que llegar también a las periferias geográficas y existenciales como aquellas donde un día nació el Señor.

Ojalá que lo hagamos así. Entonces en las fiestas de Navidad, proclamaremos, gozosos, con el salmo responsorial de este domingo: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

                                                                                    ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:27  | Espiritualidad
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