Viernes, 17 de enero de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo segundo del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el apígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º del T. Ordinario

 

El domingo pasado salíamos de la Navidad fijando nuestros ojos en Jesucristo que, con su Bautismo,  iniciaba su Vida Pública. Durante esta semana, el Evangelio de cada día nos ha venido presentando sus primeras palabras, sus primeros discípulos, sus primeros milagros, sus primeros pasos.

El Evangelio de hoy nos ofrece la presentación que hace Juan Bautista de Jesucristo: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

A nosotros nos puede parecer esta una expresión un tanto extraña, sin embargo, para un judío piadoso no lo era. ¡Era un título mesiánico! Por eso dos de los discípulos, al oírlo, siguen a Jesús.

De esta manera, se enlaza la Navidad con la Pascua, con la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, por la que quita el pecado del mundo.

Quitar el pecado del mundo es algo muy importante, trascendental, porque el pecado de Adán y de cada persona constituye una fuente incesante de males. ¿Cómo sería el mundo, la sociedad, la misma Iglesia, si se pudiera quitar todo pecado, de modo que cada persona estuviera centrada en hacer, en cada momento, la voluntad de Dios, todo y sólo lo que Dios quiere y nunca el mal, el pecado?

Pues a eso estamos convocados los cristianos este domingo. Esa es nuestra tarea y nuestra misión fundamental: ¡hacer el bien y evitar el mal!

Y eso es lo que nos recuerda la primera lectura de hoy: ¡estamos llamados a ser santos!

¡Pero eso no se puede imponer por la fuerza! Se nos ofrece como don y tarea, que respetan siempre la libertad.

Y aquí se encuentra la gran  tragedia del hombre y de la humanidad entera: que, pudiendo ser feliz y dichosa, siguiendo los preceptos del Señor, se cierra sobre sí misma y  desoye y se opone a su voz, y así sufre y muere incesantemente. Por eso hoy y siempre nos dice: “Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”.

Y Juan, el Bautista, nos recuerda hoy, además, la cuestión fundamental. que contemplábamos el domingo pasado, en la ribera del Jordán: El Espíritu Santo, que desciende sobre Jesús, con ocasión de su Bautismo, es el que le unge y le consagra, para la Misión, que san Pedro sintetizaba diciendo que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”.

Escuchémosle: “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre el que veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

Es para una contemplación interminable de Jesucristo: "¡El que tiene el Espíritu Santo!". “El que ha de bautizar con Espíritu Santo!”

¡Y los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación garantizan en cada cristiano la presencia y la acción del Espíritu Santo!  

Es una grandísima pena que existan hoy tantísimos cristianos, jóvenes y mayores, que se resistan al Espíritu Santo; que digan que no les interesa recibir la Confirmación.

¡No conocen la gravedad que tiene todo eso!

¡Y el problema se agranda porque en sus familias y en su ambientes no tienen a nadie que les ayuden a conocer y comprender la grandeza, la belleza y  la necesitad del Don del Espíritu del Señor, que es el fruto más importante de la Pascua.

 Y sin el Espíritu Santo, ¿quién se dedicará, como Jesucristo, a pasar por la vida haciendo el bien y a curando a los oprimidos por el mal?

                                                                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:46  | Espiritualidad
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DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO  A  

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Las lecturas de hoy son como un eco de las fiestas de la Epifanía, de la Manifestación del Señor. Esta primera lectura nos ayudará a comprender la misión del Siervo de Dios, destinado, desde el seno materno, a anunciar la salvación a todos los pueblos.     

 

SALMO

        Hoy las palabras del salmo, expresan las actitudes fundamentales del corazón de Cristo al entrar en el mundo. Hagámoslas también actitudes nuestras diciendo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

 

SEGUNDA LECTURA

        Iniciamos hoy la lectura de la primera de las cartas que S. Pablo escribió a los corintios. Iremos escuchando fragmentos de esta carta hasta el comienzo del Tiempo de Cuaresma.

        Comienza hoy S. Pablo, manifestando su condición de llamado a ser após-tol, y con un saludo de gracia y de paz.   

 

TERCERA LECTURA

        El Evangelio de hoy nos presenta el testimonio de Juan el Bautista acerca de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… Este es Aquel sobre el que ha descendido el Espíritu Santo”.

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

        En la Comunión nos acercamos a recibir a Jesucristo, el Cordero de la Pascua Nueva, inmolado para la vida del mundo, y que ahora se nos da en comida. Así tendremos fuerzas para luchar contra el pecado y el mal en el mundo.


Publicado por verdenaranja @ 17:42  | Liturgia
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Mi?rcoles, 15 de enero de 2020

Comentario litúrgico al 2º Domingo del Tiempo Ordinario A por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.  ENERO 14, 2020 (zenit).

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Comenzamos el Tiempo litúrgico ordinario. ¿Qué significa? 

“Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33 o 34 semanas en el curso del año, en los cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo recibe el nombre de Tiempo Ordinario. El Tiempo Ordinario comienza el lunes que sigue al domingo posterior al 6 de enero y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma, inclusive. De nuevo comienza el lunes del domingo de Pentecostés y termina antes de las primeras vísperas del domingo I de Adviento” (Normas Universales para el Año Litúrgico y el Calendario, 43-44).

Este tiempo tiene su gracia particular.

  • Primero, nos acompaña en la tarea de crecimiento y maduración de lo que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua, nos hace descubrir la gracia de lo ordinario: encontramos a Dios también en los acontecimientos diarios, “entre los pucheros anda el Señor”, diría santa Teresa en el libro de las Fundaciones 5, 8.
  • Segundo, nos ayuda a vivir la vida cotidiana como tiempo de salvación: el “chronos”, el tiempo inexorable que pasa, se va llenando de “kairós”, oportunidad y tiempo para transformarnos en Cristo.
  • Finalmente, el Tiempo Ordinario es momento privilegiado para experimentar nuestra pertenencia a la comunidad cristiana; para vivir el “día del Señor” con la conciencia gozosa de que Él está presente, aunque no lo vemos; para escuchar la Palabra y alimentarnos con el Cuerpo y Sangre de Cristo, sacramento que nos da fuerza en nuestro camino, y así salir de nuevo a “la vida” con más ánimos y energías.

Textos del Domingo 2 del Tiempo Ordinario:

Isaías 49, 3.5-6; 1 Co 1, 1-3; Juan 1, 29-34.

Idea principal: Ese Dios que vino al mundo es Siervo.

Resumen del mensaje: Ese Hijo de Dios, Jesús, después de su vida oculta y humilde en Belén y Nazaret, sale feliz y radiante a su vida pública a los treinta años con su carnet de identidad: es Siervo. Su huella dactilar está bien clara y legible: “Vine para servir, no para ser servido”.

 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Jesús es siervo para servir, primero, a su Padre celestial, glorificándole y cumpliendo incansablemente la misión de ser luz y poder reunir a su pueblo y traer de vuelta a Dios a los supervivientes (primera lectura). Este siervo experimentará cansancio, es verdad, pero nunca será en vano. Y aunque los resultados de su servicio no corresponden a las expectativas y esfuerzos, Él se encuentra en paz, porque trabajó para dar gloria a su Padre y la recompensa le vendrá de Él. En el servir a su Padre celestial esta su agrado y deleite.

En segundo lugar, Jesús es siervo para servir también a la humanidad, a cada hombre y mujer. Para cumplir su misión de siervo se reviste de entrañas de Cordero que se dejará inmolar y sacrificar para quitarnos el pecado (evangelio) y darnos el Espíritu de santidad. Este título de Cordero incluye los siguientes rasgos: Cordero vencedor, Cordero expiatorio, Cordero pascual liberador. A Jesús en la cruz, igual que al cordero pascual, no le quebrarán ningún hueso. ¿Cómo quita Jesús el pecado de la humanidad? Asumiendo la condición humana de siervo y ofreciéndose desde la cruz, en ofrenda voluntad y servicio de amor. Desde la cruz nos da el Espíritu Santo que purifica y perdona todos nuestros pecados. Nos sirve con amor y desprendimiento, sin buscar compensaciones, sin ser un “mandón” que esclaviza y humilla.

Finalmente, todo seguidor de Cristo tiene que vivir esta dimensión de siervo en todas partes y con todos: con Dios, en la familia, en el trabajo, en las comunidades. Servir a Dios con una vida santa (segunda lectura). Servir a la familia con una vida de entrega, sacrificio y ejemplo para los hijos. Servir en el trabajo con una vida honesta y coherente. Servir en las comunidades mediante la disponibilidad desinteresada en los diversos apostolados que surjan, sin buscar puestos de honor ni querer ser un “mandón” soberbio y altanero.

Para reflexionar: ¿Tengo manos, corazón y pies de servidor o de mandón? ¿Domino o sirvo? ¿Sirvo con amor o a regañadientes? 

Para rezar:

Nos has mostrado con tu ejemplo, Señor,
que es posible vivir para los demás.
Tu vida es un espejo fiel donde mirarnos
para descubrir cuánto nos falta cambiar
y cuánto todavía podemos dar a los demás.
Tú saliste a recorrer los caminos
para ir al encuentro del necesitado
y el excluido.
Tú acogiste a los despreciados
y a los que todos marginaban
y dejaban a un costado.
Tú atendiste las necesidades del pueblo,
sanaste sus enfermedades,
les enseñaste a compartir el pan,
y vivir unidos.
Tú ofreciste tu vida
hasta el final, hasta entregarla por amor
y pura donación, para que todos vivamos más y mejor,
y podamos alcanzar la vida verdadera.
Señor del servicio, muéstranos el camino
que lleva a darlo todo por los demás.
Ayúdanos a tener tus mismos sentimientos, preocupaciones y opciones.
Haz que atendamos las necesidades, sufrimientos y esperanzas de nuestro pueblo.

Haznos cercanos y hermanos de todos.
Enséñanos a vivir pensando primero en el otro,

enséñanos a vivir
como verdaderos servidores, dispuestos, generosos,

alegres y fraternos con todos, Señor, con todos.

Amén.



Publicado por verdenaranja @ 15:56  | Espiritualidad
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S?bado, 11 de enero de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo del Bautismo del Señor A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Fiesta del Bautismo del Señor

 

¿Y ahora, qué hacemos?

Esta es la pregunta que surge espontáneamente al constatar que, con la Fiesta del Bautismo del Señor, termina el Tiempo de Navidad.

¿Y ahora qué? ¿Hasta que llegue la Cuaresma, qué hacemos?

La Fiesta que celebramos hoy nos da la respuesta. Porque el Bautismo del Señor señala el comienzo de su Vida Pública. En estos días que siguen, el Evangelio nos irá presentando sus primeras palabras, sus primeros discípulos, sus primeros milagros, sus primeros pasos.

En la primera lectura de hoy hemos escuchado: “Mirad a mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco...”

¡De eso se trata, de mirar al Señor Jesús, que se nos ha manifestado! ¡Salimos, por tanto, de la Navidad, fijando nuestros ojos y nuestro corazón en Jesucristo, que inicia su Vida Pública!

El Evangelio nos presenta a Jesús, que quiere recibir aquel bautismo de purificación con el que Juan preparaba al pueblo para que recibiera, bien dispuesto, al Mesías. Y Jesús baja al agua del Jordán llevando sobre sus hombros los pecados de toda la humanidad, hasta el fin de los siglos. Y con este hecho, consagra las aguas, que serán, desde ahora, signo eficaz de la vida nueva que se recibe en el Bautismo cristiano, que Él instituirá.

¡Y con ocasión del Bautismo, se produce una gran revelación! ¡Por eso este acontecimiento forma parte de la Solemnidad de la Epifanía! En efecto, se abre el Cielo, nos dice el Evangelio, y  el Espíritu Santo desciende sobre Jesucristo y lo consagra para la misión que iba a comenzar,  y que S. Pedro sintetiza en la 2ª lectura, diciendo: “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”.

Y se oye la voz del Padre que lo presenta solemnemente a Israel, su pueblo elegido: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Y en medio de todo, contemplamos a las tres Personas de la Santísima Trinidad. Dice el himno de Vísperas: “Y así Juan, al mismo tiempo, vio a Dios en personas tres: Voz y Paloma en los cielos, y al Verbo Eterno a sus pies”.

Es tan importante este acontecimiento, esta Unción del Espíritu Santo, que de ahí  deriva el nombre principal con el que conocemos a Jesús: “Cristo”, es decir, “el Ungido”,  que en hebreo, se dice “Mesías”; y de Cristo, “los cristianos”, que significa “los ungidos”.

¡Qué importante es todo esto! ¡Cuántas reflexiones podríamos hacer! 

Y el Señor viene a traernos el nuevo Bautismo, el Bautismo de los cristianos. “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”, decía Juan, el Precursor (Mt 3, 11).

Por eso, hoy es un día apropiado para reflexionar sobre el Bautismo, particularmente, sobre el Bautismo de los niños y la responsabilidad de sus padres y padrinos. ¡Cuánta seriedad, cuánta importancia y gravedad  tiene sus compromisos y qué negativos son sus efectos, cuando no los cumplen! ¡Dichosos los niños cristianos que tienen unos padres y padrinos que sí lo hacen!

¡Con mucha frecuencia el Papa Francisco recuerda a los cristianos la necesidad de conocer el día de su Bautismo y a tenerlo siempre presente!

Todos los años el Papa, este día, bautiza en Roma a un grupo numeroso de niños.  

¡Hoy es también un día apropiado para renovar, para revivir nuestro Bautismo! ¡Es el mejor “broche de oro” de la Navidad!

Ojalá que se hará realidad en nuestra vida lo que proclamamos en el salmo responsorial: “El Señor bendice a su pueblo con la paz.

                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:54  | Espiritualidad
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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR A   

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

      La Liturgia de la Palabra nos ofrece hoy, como primera lectura, una página de Isaías. En ella, el profeta nos presenta al Siervo de Dios, figura de Cristo, ungido por el Espíritu Santo, para ser promotor del derecho y la bondad entre los hombres. 

 

SEGUNDA LECTURA

      Escuchemos ahora a S. Pedro, que evoca el Bautismo de Jesús y su Unción por el Espíritu Santo, para repartir el bien y liberar del mal a los hombres. Síntesis de la misión de Cristo y programa de vida para todo cristiano. 

 

TERCERA LECTURA

      En el Evangelio se nos narra el Bautismo de Jesús y la gran manifestación del Mesías al pueblo de Israel.

Pero antes de escuchar el Evangelio, aclamemos a Cristo con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN   

      La Comunión es el alimento principal e imprescindible de la vida de Dios, que recibimos en el Bautismo. Por eso, sin Comunión frecuente, no hay vida de Dios en nosotros, al igual que sin comida frecuente no puede haber vida humana.

      Acerquémonos, por tanto, al Señor, sintiendo una inmensa necesidad de su ayuda.

 


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Viernes, 27 de diciembre de 2019

     DOMINGO SAGRADA FAMILIA    

      MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

En la lectura que ahora escucharemos, la Palabra de Dios recoge la antigua sabiduría popular acerca de la vida de familia. Se trata de un canto y una exhortación a cumplir el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios

 

SALMO

El salmo nos recuerda que el secreto del éxito y del bienestar en la vida familiar reside en vivir unidos al Señor y cumplir sus mandatos.

 

SEGUNDA LECTURA

     Las actitudes de los cristianos, en sus relaciones con los demás, es preciso vivirlas, de una manera especial, en la familia. S. Pablo nos ayuda hoy a concretarlas. 

 

TERCERA LECTURA

     La protección de Dios Padre se extiende sobre la familia de Jesús, a pesar de que no siempre le libera de las dificultades. Todo se va entretejiendo bajo la Providencia divina y se va cumpliendo lo que habían anunciado los profetas, como subraya S. Mateo.

Pero, antes de escuchar el Evangelio, aclamemos al Señor con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

     En la Comunión recibimos a Jesucristo, el Hijo de María, concebido por obra del Espíritu Santo, y a quien llamaban el hijo del carpintero. Que Él nos ayude a ser en medio de nuestras familias y en medio de la Iglesia, la familia de los hijos de Dios, constructores de paz, concordia, progreso y alegría.


Publicado por verdenaranja @ 20:29
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Reflexión a las lecturas del domingo de la Sagrada Familia A ofrecida por el sacedote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el pígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".     

La Sagrada Familia

 

Se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. Es lo que sucede este día, primer domingo después de Navidad, en el que celebramos la Fiesta de la  Sagrada Familia. ¡Cuánto nos dice, nos enseña, nos grita, incluso, esta hermosa realidad, que contemplamos! En la oración colecta de la Misa de hoy decimos: “Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia, como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo…”

Cuánto bien nos hace siempre acercarnos a la Sagrada Familia: en Belén, en su Huida a Egipto, como hacemos este domingo, en Nazaret, donde Jesús “iba creciendo en  sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52), y donde le llamaban “el hijo del carpintero” (Mt 13,55).

Hace mucho tiempo que descubrí el secreto, la clave, de la unidad, armonía, y de un cierto bienestar de la Sagrada Familia de Nazaret: ¡la presencia de Dios en aquella casa! Porque allí no estaba el Hijo de Dios sólo físicamente, sino que estaba también en el corazón de la Virgen Madre y de S. José.

En el Evangelio de este domingo recordamos que el Hijo de Dios no resuelve los problemas y dificultades de su familia “a golpe de milagros”, sino que les ofrece su ayuda para afrontarlos.

Recuerdo cómo se encienden y se agrandan los ojos de los novios, cuando en su preparación para el matrimonio, les digo: “el éxito en el matrimonio no es algo que dependa sólo de que los novios sean buenos y  de que tengan trabajo y una casa propia, ni de que se conozcan bien y se comprendan y se quieran mucho. Todo eso está bien, muy bien. Pero lo fundamental del matrimonio cristiano viene de arriba, de Dios, que, por el Sacramento del Matrimonio, “les capacita” para ser buenos esposos, y buenos padres. “Nuestra capacidad nos viene de Dios”, escribía S. Pablo.

Me impresionó algo que oí hace mucho tiempo: “Un matrimonio en el Nuevo Testamento, de suyo, no puede fracasar”. Lo entendemos perfectamente, cuando nos damos cuenta de lo que significa y supone la presencia y la acción de Dios en el matrimonio cristiano, en virtud del Sacramento.

Aludiendo a estos días de Navidad, podríamos decir que si falta un Niño Jesús no hay Sagrada Familia ni Nacimiento ni nada. De igual modo, sin el Sacramento del Matrimonio, que garantiza la presencia y la acción  de Cristo en el hogar, no puede existir una familia cristiana. Por eso San Pablo pedía que la unión de los esposos se realizara siempre “en el Señor” (1Co 7, 39).

El reto consiste en aprovechar la riqueza, que este Sacramento ofrece, durante toda la vida. Con frecuencia los nuevos esposos “se divorcian de Dios”, y detrás de eso, vienen todos los males, también el divorcio civil, porque “los que se alejan de ti se pierden”, leemos en los salmos (Sal 73, 27). Este sacramento, por el contrario, tiene que ir acompañado de la práctica cristiana constante y del esfuerzo de los esposos por ir construyendo y, a veces, reconstruyendo el edificio de su convivencia matrimonial. Si las cosas marchan así, no es fácil que fracase ningún matrimonio.

Tenemos que fijarnos, sobre todo, en las familias que marchan bien, que son muchas, y descubrir su diferencia, su clave, su secreto. No vale decir: “Eso depende de la suerte, es como una lotería”.

Los consejos que nos da Pablo en la segunda lectura, constituyen una llamada a vivirlos en familia, y son una semilla de paz y bienestar.

Hoy recordamos, además, que todos somos también miembros de otra familia, la Iglesia, la gran Familia de los hijos de Dios. Para todos vale el mismo mensaje.

Para unos y para otros vale lo que hemos proclamado en el salmo responsorial de hoy: “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos”. Las estrofas nos van presentando el resultado: una familia ideal.                                                                     

                                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:27  | Espiritualidad
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S?bado, 21 de diciembre de 2019

Esta mañana en la capilla Redemptoris Mater, en presencia del Papa Francisco, el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, ha pronunciado el tercero y último sermón de Adviento sobre el tema: «Encontraron al niño con María su madre» (Mt 2,11). (ZENIT – 20 dic. 2019) 


Los “pasos” que estamos siguiendo sobre las huellas de María corresponden, bastante fielmente, al desarrollo histórico de su vida, como resulta de los Evangelios. La meditación sobre María “llena de fe” nos ha  llevado al misterio de la Anunciación; la del Magnificat al misterio de la Visitación, y ahora la de María “Madre de Dios” a la Navidad. De hecho, fue en la Navidad, en el momento en el cual dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7), no antes, que María pasa a ser verdadera y plenamente Madre de Dios.

Al hablar de María, la Escritura destaca constantemente dos elementos, o momentos fundamentales, que corresponden a aquellos que también la experiencia humana común considera esenciales para que haya una maternidad verdadera y plena. Ellos son: concebir y dar a luz. Mira –dice el ángel a María- concebirás y darás a luz un hijo (Lc 1, 31). Estos dos elementos están presentes también en la narración de Mateo: La criatura que ha “concebido” es obra del Espíritu Santo y ella “dará a luz” un hijo (cfr. Mt 1, 20s). La profecía de Isaías, en la cual todo esto había sido preanunciado, lo expresaba del mismo modo: La joven está embarazada y dará a luz un hijo (Is 7, 14). Esta es la razón por la que decía que únicamente en la Navidad, cuando da a luz a Jesús, María se convierte, en sentido pleno, en Madre de Dios.

De los dos momentos, el título que se usa en la Iglesia latina “Madre de Dios” (Dei Genitrix) resalta el primer momento, el relativo a la concepción; el título Theotókos, que se usa en la Iglesia griega, resalta más el segundo momento, el dar a luz (tikto, de hecho, significa en griego dar a luz). El primer momento, excepto el caso de la Virgen, es común tanto al padre como a la madre, mientras que el segundo, el dar a luz, es exclusivo de la madre.

Madre de Dios: un título que expresa uno de los misterios y, para la razón, una de las paradojas más altas del cristianismo. Madre de Dios es el título dogmático más antiguo e importante de la Virgen, que fue definido por la Iglesia en el Concilio de Éfeso en el 431, como verdad de fe que todos los cristianos deben creer. Es el fundamento de toda la grandeza de María. Es el principio mismo de la mariología; por esto es que María no es, en el cristianismo, sólo objeto de devoción, sino también de teología; es decir, entra en el discurso mismo sobre Dios, porque Dios está directamente implicado en la maternidad divina de María.

Una mirada histórica en la formación del dogma

En el Nuevo Testamento no encontramos explícitamente el título “Madre de Dios” dado a María. Sin embargo, encontramos afirmaciones que ya contienen, como in nuce, tal verdad que se mostrarán después con una reflexión cuidadosa de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo. Como habíamos visto, de María se dice que concibió y generó un hijo, que es el Hijo del Altísimo, santo e Hijo de Dios (cfr. Lc 1, 31-32.35). Por lo tanto, de los Evangelios resulta que María es la madre de un hijo, del que se sabe que es el Hijo de Dios. De modo corriente, a María se la llama en el Evangelio: la madre de Jesús, la madre del Señor (cfr. Lc 1, 43), o simplemente “la madre” y “su madre” (cfr. Jn 2, 1-3).

Será necesario que la Iglesia, en el desarrollo de su fe, aclare quién es Jesús, antes de saber de quién es madre María. Es cierto que María no empieza a ser Madre de Dios en el concilio de Éfeso en 431, como Jesús no empieza a ser Dios en el concilio de Nicea en 325, que lo define como tal. Ya lo era antes. Este es, en efecto, el momento en el cual la Iglesia, en el desarrollo y explicitación de su fe, bajo la influencia de la herejía, toma plena conciencia de esta verdad y toma posición para resguardarla. Sucede como con el descubrimiento de una nueva estrella: no nace en el momento en el que su luz llega a la tierra y el observador la ve, sino que existía ya de antes, quizás desde miles de años luz antes. La definición conciliar es el momento en el cual la lámpara es puesta sobre el candelabro que es el credo de la Iglesia.

Este es, en efecto, el momento en el cual la Iglesia, en el desarrollo y explicitación de su fe, bajo la influencia de la herejía, toma plena conciencia de esta verdad y toma posición para resguardarla. Sucede como con el descubrimiento de una nueva estrella: no nace en el momento en el que su luz llega a la tierra y el observador la ve, sino que existía ya de antes, quizás desde miles de años luz antes. La definición conciliar es el momento en el cual la lámpara es puesta sobre el candelabro que es el credo de la Iglesia.

En este proceso que lleva a la proclamación solemne de María Madre de Dios, podemos distinguir tres grandes fases que ahora mencionaré. Al comienzo del período dominado por la lucha contra la herejía gnóstica y docetista, y durante todo este período, la maternidad es vista casi solamente como maternidad física. Estos herejes negaban que Cristo tuviera un verdadero cuerpo humano, o, si lo tenía, que este cuerpo humano hubiera nacido de una mujer, o, si hubiera nacido de una mujer, dudaban que hubiera derivado verdaderamente de la carne y de la sangre de ella. En contra de estas herejías era necesario por lo tanto afirmar con fuerza que Jesús era hijo de María y “fruto de su vientre” (Lc 1, 42), y que María era Madre de Jesús verdadera y natural.

La maternidad de María, en esta fase más antigua, sirve, más que en otra, para demostrar la verdadera humanidad de Jesús. Fue en este período y en este clima que se formó el artículo del credo: “Nacido (o encarnado) del Espíritu Santo y de María Virgen”. Esto, al comienzo, quería decir simplemente que Jesús es Dios y hombre: Dios, en cuanto generado según el Espíritu, es decir de Dios, y es hombre en cuanto generado según la carne, es decir de María.

En esta fase más antigua, hace su primera aparición (ya con Orígenes en tercer siglo) el título de Theotókos. De ahora en más, será justamente el uso de este título que conduzca a la Iglesia al descubrimiento de una maternidad divina más profunda, que podremos llamar maternidad metafísica. Sucede durante la época de las grandes controversias cristológicas del siglo V, cuando el problema central, en torno a Jesús, no era ya el de su verdadera humanidad, sino el de la unidad de su persona. La maternidad de María no es ya vista sólo en referencia a la naturaleza humana de Cristo, sino, como es más justo, en referencia a la única persona del Verbo hecho hombre. Debido a que esta única persona que María genera según la carne no es otra que la persona divina del Hijo, como consecuencia, ella aparece verdadera “Madre de Dios”.

Entre María y Cristo no existe sólo una relación de orden físico, sino también de orden metafísico, y esto la coloca en una altura vertiginosa, creando una relación singular incluso entre ella y el Padre. Con el Concilio de Éfeso, esto pasa a ser para siempre una conquista de la Iglesia: “Si alguno –se lee en un texto aprobado allí- no confiesa que Dios es verdaderamente el Emanuel y que por lo tanto la Santa Virgen, habiendo engendrado según la carne al Verbo de Dios hecho carne, es la Theotókos, sea anatema”[1].

Fue un momento de gran júbilo para todo el pueblo de Éfeso, que esperó a los Padres fuera del aula conciliar y los acompañó, con antorchas y cantos, a sus hogares. Tal proclamación determinó una explosión de veneración hacia la Madre de Dios que no disminuyó más, ni en Oriente ni en Occidente, y que se tradujo en fiestas litúrgicas, íconos, himnos y en la construcción de innumerables iglesias dedicadas a ella.

Sin embargo, esta meta no era definitiva. Había otro nivel para descubrir en la maternidad divina de María, después del físico y metafísico. En las controversias cristológicas, el título de Theotókos era valorado más en función de la persona de Cristo que de la de María, aun siendo un título mariano. De tal título, no se llegaba todavía a las consecuencias lógicas respecto de la persona de María y, en particular, de su santidad única. Se corría el riesgo de que Theotókos se convirtiera en un arma de batalla entre corrientes teológicas opuestas, en lugar de la expresión de la fe y de la piedad de la Iglesia hacia María.

Fue este el gran aporte de los autores latinos y en particular de san Agustín. La maternidad de María es vista tanto como una maternidad en la fe, como maternidad también espiritual. Estamos en la epopeya de la fe de María. A propósito de la palabra de Jesús: Quién es mi Madre…, Agustín responde atribuyendo a María, en grado sumo, la maternidad espiritual que viene de hacer la voluntad del Padre:

“¿Podría ser que la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, que por fe creyó, por fe concibió, que fue elegida para que de ella naciera para los hombres la salvación, que fue creada por Cristo, antes de que en ella fuera creado Cristo? Ciertamente que santa María hizo la voluntad del Padre y por eso es que es más grande para María haber sido discípula de Cristo, que Madre de Cristo”[2].

La maternidad física de María y la metafísica están ahora coronadas por el reconocimiento de una maternidad espiritual, o de fe, que hace de María la primera y la más santa hija de Dios, la primera y la más dócil discípula de Cristo, la creatura que – escribe incluso san Agustín –“por el honor debido al Señor, no se debe ni siquiera mencionar cuando se habla del pecado”[3]. La maternidad física o real de María, con la relación única y excepcional que crea entre ella y Jesús y entre ella y la Trinidad toda entera, es, y permanece, desde un punto de vista objetivo, la cosa más grande y el privilegio inigualable. Es así porque encuentra una comparación subjetiva en la fe humilde de María. Para Eva constituía ciertamente un privilegio único ser la “madre de todos los vivientes”; sin embargo, como no tenía fe, esto no la benefició en nada y, en lugar de santa, se vuelve desafortunada.

¡Hija de su Hijo!

María es la única, en el universo, que puede decir, dirigiéndose a Jesús, lo que le dice a él el Padre celeste: “¡Tú eres mi hijo; yo te he engendrado!” (cfr. Sal 2, 7; Heb 1, 5). San Ignacio de Antioquía dice, con toda simpleza, casi sin darse cuenta en qué dimensión está proyectando una creatura, que Jesús es “de Dios y de María”[4]. Casi como nosotros decimos de un hombre que es hijo de tal y de tal. Dante Alighieri ha contenido la doble paradoja de María que es “Virgen y Madre” y “madre e hija”, en un solo verso: “¡Virgen Madre, hija de tu Hijo!”[5].

El título “Madre de Dios” basta por sí solo para fundar la grandeza de María y para justificar el honor a ella tributado. Se reprenderá a veces a los católicos por exagerar en el honor y en la importancia atribuida a María y a veces es necesario reconocer que esto era justificado, al menos por el modo con el cual esto sucedía. Sin embargo, no se piensa nunca en lo que ha hecho Dios. Dios se ha adelantado completamente en el hecho de honrar a María haciéndola Madre de Dios, que nadie puede decir nada más, aunque tuviera –dice el mismo Lutero- tantas lenguas como hojas de hierba hay”[6].

El título de “Madre de Dios” es incluso hoy el punto de encuentro y la base común a todos los cristianos, desde la cual retomar para reencontrar el acuerdo entorno al lugar de María en la fe. Éste es el único título ecuménico, no sólo de derecho, porque fue definido en un Concilio ecuménico, pero también de hecho por que es reconocido por todas las Iglesias.

Hemos escuchado lo que pensaba Lutero. En otra ocasión, él escribió: “El artículo que afirma que María es Madre de Dios está vigente en la Iglesia desde los inicios y el Concilio de Éfeso no lo definió como nuevo, porque es ya una verdad sostenida en el Evangelio y en la Sagrada Escritura… Estas palabras [es decir Lc 1, 32) y Gal 4, 4] sostienen con mucha firmeza que María es verdaderamente la Madre de Dios”[7]. Otro impulsor de la Reforma escribe: “María es justamente llamada, a mi juicio, Madre de Dios, Theotókos”, y en otro lugar llama a María “la divina Theotókos”, elegida incluso antes de tener la fe”[8]. A su vez, Calvino escribe: “La Escritura nos declara explícitamente que aquel que deberá nacer de la Virgen María será llamado Hijo de Dios (Lc 1, 32) y que la Virgen misma es Madre de nuestro Señor”[9].

Madre de Dios, Theotókos, es por lo tanto el título al cual es necesario regresar siempre, distinguiéndolo, como hicieron justamente los ortodoxos, de toda la serie infinita de otros nombres y títulos marianos. Si eso hubiera sido tomado en serio por todas las Iglesias y valorizado de hecho, más allá que reconocido de derecho en sede dogmática, bastaría para crear una unidad fundamental en torno a María y ella, en lugar de ser ocasión de división entre los cristianos, se convertiría, después del Espíritu Santo, en el factor más importante de unidad ecuménica, la que ayuda maternalmente a “reunir a los hijos de Dios que están dispersos” (cfr. Jn 11, 52).

“Madre de Cristo”: la imitación de la Madre de Dios

Nuestro modo de proceder, en este camino sobre las huellas de María, consiste en contemplar los “pasos” individuales realizados por ella para después imitarlos en nuestra vida. ¿Pero cómo se puede imitar esta característica de la Virgen de ser Madre de Dios? ¿Puede María ser “figura de la Iglesia”, es decir su modelo, incluso en este punto? No sólo esto es posible, sino que ha habido hombres, como Orígenes, san Agustín, san Bernardo, que llegaron a decir que, sin esta imitación, el título de María sería inútil para mí: “¿En qué me beneficia –decían- que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace también por fe en mi alma?”[10].

Debemos recordar que la maternidad  divina de María se realiza sobre dos planos: sobre un plano físico y sobre un plano espiritual. María es Madre de Dios no sólo porque lo ha llevado físicamente en su seno, sino también porque lo concibió primero en el corazón con la fe. Naturalmente, no podemos imitar a María en el primer sentido, generando de nuevo a Cristo, pero podemos imitarla en el segundo sentido, que es el de la fe.

El mismo Jesús inició en la Iglesia este uso del título de “Madre de Cristo”, cuando declaró: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.[11]En la tradición, esta verdad conoció dos niveles de aplicación complementarios entre ellos. En un caso se ve realizada esta maternidad, en la Iglesia en su conjunto, en cuanto “sacramento universal de salvación”; en el otro, tal maternidad se ve realizada en casa persona o alma individual que cree. El Concilio Vaticano II se coloca en la primera perspectiva cuando escribe:

“La Iglesia… se vuelve ella también madre, porque con la predicación y con el bautismo engendra una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios”[12].

Sin embargo todavía más clara, en la tradición, es la aplicación personal a cada alma: “Cada alma que cree, concibe y engendra al Verbo de Dios… Si según la carne una sola es la Madre de Cristo, según la fe, todas las almas generan a Cristo cuando acogen la palabra de Dios”[13]. Otro Padre se hace eco del Oriente: “Cristo nace siempre místicamente en el alma, tomando la carne de aquellos que son salvados y haciendo del alma que lo engendra una madre virgen”[14].

Nos concentramos sobre la aplicación del título Madre de Dios que nos concierne particularmente. Buscamos ver cómo se pasa a ser, en concreto, madre de Jesús. ¿Cómo nos dice Jesús que se pasa a ser su madre? A través de dos operaciones: escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. Para entender, volvemos a pensar cómo se convierte en madre María: concibiendo a Jesús y dándolo a luz. Existen dos maternidades incompletas o dos tipos de interrupciones de maternidad. Una es la del aborto, antigua y conocida. Ésta sucede cuando se concibe una vida pero no se da a luz, porque, en el transcurso, ya sea por causas naturales o por el pecado de los hombres, el feto muere. Hasta hace poco este era el único caso que se conocía de maternidad incompleta. En la actualidad se conoce otro que consiste, por el contrario, en dar a luz un hijo sin haberlo concebido. Así sucede en el caso de los hijos concebidos en probeta e implantados, en un segundo momento, en el seno de una mujer, y en el caso triste y funesto del útero dado en préstamo para hospedar, a veces mediante pago, vidas humanas concebidas en otro lado. En esto caso, lo que la mujer da a luz, no viene de ella, no es concebido “primero en el corazón y después en el cuerpo”.

Desafortunadamente, también en el plano espiritual existen estas dos tristes posibilidades. “Hay almas –dice san Ambrosio – quienes antes de dar a la luz hacen abortar al Verbo… Son muchos los que han concebido a Cristo, pero que nunca lo han dado a la luz”[15]. Engendra a Jesús sin darlo a luz quien acoge la Palabra, sin ponerla en práctica, quien hace un aborto espiritual uno tras otro, formulando propósitos de conversión que sistemáticamente después se olvidan y abandonan a mitad de camino; quien se comporta hacia la Palabra como observador impaciente que mira su rostro en el espejo y después se va olvidando rápidamente de cómo era (cfr. San 1, 23-24). En resumen, quien tiene la fe pero no tiene las obras.

Por el contrario, da a luz a Cristo sin concebirlo quien hace tantas obras, incluso buenas, pero que no vienen del corazón, del amor por Dios y de una recta intención, sino de la costumbre, de la hipocresía, de la búsqueda de la satisfacción que da el hacer. En resumen, quien tiene las obras pero no tiene la fe.

Dos fiestas del Niño Jesús

Hemos considerado el caso negativo de la maternidad incompleta por falta de fe o por falta de obras. Consideramos ahora el caso positivo de una maternidad verdadera y completa que nos hace parecer a María. San Francisco de Asís tiene una palabra que resume bien lo que me apremia resaltar:

“Somos madres de Cristo –dice- cuando lo llevamos en el corazón y en el cuerpo nuestro por medio del divino amor y de la pura y sincera conciencia; lo engendramos a través de las obras santas, que deben resplandecer a los otros en ejemplo… ¡Oh, cómo es santo y cómo es querido, agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y deseable por sobre cada cosa, tener un hermano y un hijo semejante, el Señor Nuestro Jesucristo[16]!

Nosotros –dice el santo- concebimos a Cristo cuando lo amamos con sinceridad de corazón y con rectitud de conciencia y lo damos a la luz cuando cumplimos obras santas que lo manifiestan al mundo. Es un eco de las palabras de Jesús: Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo (Mt 5, 16).

San Buenaventura, discípulo e hijo del Pobre de Asís, desarrolló este pensamiento en un librito titulado “Las cinco fiestas del Niño Jesús”. En ello explica como el alma devota, por gracia del Espíritu Santo y el poder del Altísimo, puede concebir espiritualmente el bendito Verbo e Hijo Unigénito del Padre, dar a luz, darle el nombre, buscar adorarlo con los Magos y presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo[17].

De estas cinco fiestas del Niño Jesús que el alma debe revivir, nos interesan sobre todo las primeras dos: la concepción y el nacimiento. Para san Buenaventura, el alma concibe a Jesús cuando, insatisfecha con la vida que lleva, estimulada por santas inspiraciones y encendiéndose de santo ardor, en fin alejándose con resolución de sus viejas costumbres y defectos, es fecundada espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vita nueva. ¡Sucede la concepción de Cristo! Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón, cuando, después de haber hecho un sano discernimiento, pedido consejo oportuno, invocado la ayuda de Dios, el alma pone inmediatamente en obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde hacía un tiempo estaba madurando, pero que siempre había pospuesto por miedo de no ser capaz.

Sin embargo es necesario insistir sobre una cosa: este propósito de vida nueva debe traducirse, sin demora, en algo concreto, en un cambio, posiblemente también externo y visible, en nuestra vida y en nuestras costumbres. Si no se pone en acto el propósito, se concibe a Jesús pero no se lo da a luz. Es uno de los abortos espirituales. ¡No se celebrará nunca “la segunda fiesta” del Niño Jesús que es la Navidad! Es una de las tantas prórrogas que han marcado nuestra vida y que son una de las razones principales por la cual tan pocos se hacen santos.

Si decides cambiar el estilo de vida y comenzar a ser parte de la categoría de los pobres y humildes que como María buscan sólo encontrar gracia junto a Dios, sin buscar gustarles a los hombres, entonces debes armarte de coraje, porque será necesario. Deberás enfrentar dos tipos de tentaciones. Dice san Buenaventura que se te presentarán primero los hombres carnales de tu ambiente a decirte: “Es muy arduo lo que emprendes; no lo lograrás nunca, te faltarán las fuerzas, tendrás problemas de salud; estas cosas no se corresponden a tu estado, compromete tu buen nombre y la dignidad de tu carga…”

Superado este obstáculo, se presentarán otros que tienen fama de ser y, quizás lo son también de hecho, personas pías religiosas, pero que no creen verdaderamente en el poder de Dios y de su Espíritu. Estas te dirán que, si comienzas a vivir de este modo –dando tanto espacio a la oración, evitando las charlatanerías inútiles, haciendo obras de caridad-, serás considerado rápidamente un santo, un hombre devoto, espiritual, y porque tú sabes muy bien que todavía no lo eres, terminarás engañando a la gente y siendo un hipócrita, atrayendo sobre ti la ira de Dios que escudriña los corazones. A todas estas tentaciones, es necesario responder con fe: ¡la mano del Señor no se queda corta para salvar! (Is 59, 1) y casi enojándose con sí mismo, exclamar con Agustín en la vigilia de su conversión: “¿Si estos lo hicieron por qué no también yo? Si isti et istae, cur non ego?”[18].

Hemos intentado en las tres meditaciones de Adviento de prepararnos a Navidad a la escuela de la Madre de Dios. Ahora que hemos llegados al final no nos queda que unirnos a ella en una contemplación silenciosa y adoradora del Dios hecho hombre por nosotros. La liturgia bizantina en la víspera de Navidad contiene una oración llena de santo orgullo, que podemos hacer nuestra frente al pesebre:

¿Qué podemos ofrecerte como regalo, oh Cristo nuestro Dios, por haber aparecido en la tierra asumiendo nuestra propia humanidad? Cada una de las criaturas moldeadas por tus manos te ofrece algo para darte gracias: los ángeles te ofrecen su canción, los cielos la estrella, los magos sus dones, los pastores su maravilla, la tierra una cueva, el desierto un pesebre. ¡Pero te ofrecemos una Madre virgen!

 

[1] S. Cirilo Alejandrino, Anatematismo I contra Nestorio, en Enchiridion Symbolorum, nr. 252.

[2] S. Agustín, Discursos 72 A (=Denis 25), 7 (Miscelánea Agustiniana, I, p. 162).

[3] S. Agustín, Naturaleza y gracia 36, 42 (CSEL 60, p. 263 s).

[4] S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Éfesos 7, 2.

[5] Dante Alighieri, Paraíso XXXIII, 1.

[6] Lutero, Comentario al Magnificat (ed. Weimar 7, p. 572 s).

[7] Lutero, De los concilios de la Iglesia (ed. Weimar, 50, p. 591 s).

[8] H. Zwingli, Expositio fidei, en ZWINGLI Hauptschriften, der Theologe III, Zurigo 1948, p. 319.

[9] Calvino, Instituciones de la religión cristiana II, 14, 4 .

[10] Cfr. Orígenes, Comentario al Evangelio de Lucas 22, 3 (Sch 87, p. 302).

[11] Lc 8, 21; cfr. Mc 3, 31 s; Mt 12, 49

[12] Lumen gentium 64.

[13] S. Ambrosio, Exposición del Evangelio según Lucas II, 26 (CSEL 32, 4, p. 55).

[14] S. Máximo Confesor, Comentario al Padrenuestro (PG 90, 889).

[15] S. Ambrosio, Exposición del Evangelio según Lucas, X , 24-25.

[16]  S. Francisco de Asís, Carta a los fieles 1 (Fuentes Franciscanas nr. 178).

[17] S. Buenaventura, Las cinco fiestas del Niño Jesús, prólogo (ed. Quaracchi 1949, pp. 207 ss).

[18] S. Agustín, Confesiones VIII, 8, 19


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Viernes, 20 de diciembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Adviento ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajoel epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Adviento A

 

Durante el Tiempo de Adviento, que va a terminar, diversos personajes han surgido en medio de nuestras celebraciones, para guiar nuestra preparación para la Navidad. En primer lugar, los profetas, especialmente, Isaías, que nos han anunciado los tiempos del Mesías; Juan el Bautista, que nos ha señalado la conversión y las buenas obras como camino de preparación para la Navidad, y la Virgen María, que es el  “icono principal” del Adviento. En ella descubrimos la forma concreta de prepararnos,  de modo que el Señor Jesús pueda venir a cada uno de nosotros, a nuestro corazón y a nuestra vida. Lo contemplábamos, especialmente, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que este año hemos celebrado el 2º Domingo de Adviento: ¡limpios de pecado y llenos de gracia!

En el cuarto Domingo, surge, cada año, en medio de nuestra celebración, la figura entrañable, luminosa y ejemplar, de la Virgen Madre. Con qué delicadeza y claridad nos presenta el evangelista S. Mateo la fe de la Iglesia en el misterio inefable de la Maternidad virginal de María.

 Nos dice el evangelista que la Virgen María va a tener un hijo, pero que aún no convivía con José su esposo. ¡Será sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo! San José no conoce todavía “el misterio”, y decide “repudiarla en secreto”, en lugar de denunciarla. En sueños, un ángel le descubre aquella realidad misteriosa, y él la acoge y la lleva a su casa.

Pero la realidad de la virginidad de María no significa desprecio o menosprecio de la sexualidad y de la maternidad humanas. ¡Dios no actúa así! Lo que nos enseña es que aquel Niño que viene, no es un niño como los demás; es el Hijo de Dios que viene a salvarnos.

Nos enseña, además, y esto es importante, que la salvación que Él nos trae, viene toda de Dios. ¡El hombre no puede salvarse a sí mismo! La salvación no viene de la capacidad y del poder de José ni de ningún hombre sino de Dios. Incluso, el parto en Belén será distinto, será un parto virginal:  Nos dice San Lucas que la Madre del Señor da a luz al Niño, lo envuelve en pañales, y ella misma lo reclina en el pesebre. El Hijo de Dios ha querido llegar así hasta nosotros. ¡Y Dios no hace milagros sin necesidad! De este modo, la virginidad después del parto se nos presenta como una consecuencia elemental de la consagración exclusiva de María  por la concepción y el parto del Hijo de Dios  y por su matrimonio virginal con José (Lc 1, 34).

¡La virginidad de la Madre del Señor es, por tanto, una verdad fundamental de la doctrina cristiana!

Es impresionante pensar hasta qué punto la Virgen se fía de Dios. ¡Si podrían haberla apedreado! También José, a través de aquel mensajero celestial, también se fía de Dios en la “noche de la fe”.  Él va a hacer “las veces de padre” de un niño que no procede de él. Su esposa ha sido elegida por Dios para el Misterio de la Encarnación y, en ese Misterio, Dios le ha colocado para hacer las veces de padre. Por eso el ángel le dice: “Y tú le pondrás por nombre “Jesús”.

La Virgen, llevando en su seno al Hijo de Dios, es “la señal” de la presencia de Dios en el mundo, de la que nos habla la primera lectura de hoy.  Ella es la respuesta de Dios al hombre, que esperaba un Salvador; ella, la señal luminosa y espléndida del cumplimiento de las promesas del Señor al pueblo de Israel; En ella convergen los anhelos, las ilusiones y las esperanzas de todos los pueblos de la tierra, que, de un modo u otro, andan buscando también “un mesías”, “un salvador”.

¡Dichosos nosotros si acertamos a cogernos de la mano de la Virgen María a la hora de iniciar el camino del Tiempo de Navidad que se acerca!

“¡Va a entrar el Señor. Él es el Rey de la Gloria!”, repetimos este domingo en el salmo responsorial. ¡Dichosos los que estamos preparados para salir a su encuentro!

 

                                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 16:53  | Espiritualidad
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CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO A 

MONICIONES

 

  

PRIMERA LECTURA

            “Mirad la Virgen concebirá”.

 Bajo una falsa religiosidad, el rey Acaz oculta una absoluta falta de fe. Confía más en el rey de Asiria que en Dios. El profeta le ofrece un signo: El nacimiento de un niño de una madre virgen. Esta profecía alcanza su cumplimiento pleno en el nacimiento de Jesús de María Virgen. 

 

SEGUNDA LECTURA

“Jesucristo, de la estirpe de David e Hijo de Dios”.

La segunda lectura de hoy nos manifiesta la condición divina y humana del Señor, que ha venido hasta nosotros y nos da un don y una misión: Ser mensajeros del Evangelio. 

 

TERCERA LECTURA  

            “Jesús nacerá de María Virgen, desposada con José, de la estirpe de David”.

            El evangelio que vamos a escuchar nos presenta la Encarnación del Señor, envuelta en circunstancias misteriosas. De este modo, se manifiesta la grandeza y cercanía del Hijo de Dios, que trae la salvación a todos los hombres.

            Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión experimentamos la cercanía de Dios, que ha venido hasta nosotros como Salvador.

            Que Él disponga nuestros corazones para que lo recibamos en esta Navidad como la Virgen María lo recibió.


Publicado por verdenaranja @ 16:49  | Liturgia
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