Viernes, 17 de agosto de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo viente del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario B

 

        Nos dice el Evangelio de hoy: “Disputaban entonces los judíos entre sí :  ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Sin embargo, con qué facilidad lo resuelve el Señor en la Última Cena… Y su Cuerpo sabe a pan y su Sangre sabe a vino. ¡Asombrosa transformación! ¡Inefable Misterio!

        Por eso, el Señor se limita a decir: “Os aseguro que si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros”.

        Ciertamente, si hay algo que todo el mundo entiende es que, sin alimento, no hay posibilidad de vida en ningún ser humano. A eso nos referíamos el domingo pasado, cuando constatábamos que creer en Jesucristo es tener una vida nueva, y el Pan del Cielo es el alimento más importante que necesita esa vida. Y esto nos lo repite hoy el Señor con toda claridad: Sin comer su Carne y beber su Sangre no hay vida de Dios en nosotros. Por tanto, nadie puede sentirse excluido ni dispensado de recibir con frecuencia este sacramento admirable. No podemos olvidar que, en los primeros tiempos, cuando se celebraba la Eucaristía, se daba la comunión a todos los presentes, que se encontraban dispuestos; y los diáconos la llevaban a los ausentes. De ahí, la costumbre de llevar la Comunión a los enfermos e impedidos, pues el enfermo está dispensado de ir a la Santa Misa, pero no puede dispensarse,  como tantas veces sucede, del alimento de la Eucaristía. Y en la parroquia deben darse todas las facilidades para que esto se pueda realizar con toda normalidad.

         Y Jesús continúa diciendo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. ¡Qué grandeza! Sucede algo distinto de lo que pasa con el alimento natural. En éste, el organismo trata de asimilar lo que comemos para convertirlo en algo suyo. En la Comunión es al revés.  Es Cristo el que nos convierte en Él, el que nos transforma en Él. ¡Se trata de una unión muy grande! ¡Inefable!  ¡Nuestro ser queda “penetrado” y “empapado” de Dios! Como una esponja llena de agua.

        Y es ésta una corriente de vida divina, que procede del Padre: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. ¡Tomamos parte de la misma vida de la Santísima Trinidad, es decir, de aquella vida por la que Dios existe, desde siempre y para siempre!

        Pero hay más. La Comunión nos une también a los hermanos, con los que formamos un solo Cuerpo. Podemos recordar aquí las palabras del Papa Pablo VI en la Solemnidad del Corpus del año 1969, cuando decía: “¿Cómo llama el pueblo cristiano a la Eucaristía? Comunión. Está bien, es verdad, ¿pero Comunión con quién? Aquí el horizonte se abre, se ensancha, se alarga, hasta perder sus límites. Se trata de una doble comunión: Con Cristo y entre nosotros, que en  Él somos y nos hacemos hermanos”. De ahí que no podamos acercarnos a comulgar, si no estamos en paz y en  comunión con todos los hermanos.

        Dice también el Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

        Por tanto, también nuestro cuerpo, tantas veces morada de Dios e instrumento del quehacer cristiano, tiene que participar de la gloria de la resurrección.

        ¡Verdaderamente la Eucaristía es el Pan de la Vida! ¡En plenitud!

        Y después de comulgar, hay que “demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado, lo que se ha recibido por la fe y el sacramento”. Con la Misa, por tanto, no termina todo. Al revés. La Eucaristía  es alimento y tiene que producir sus frutos. El cristiano no puede ser un parásito. Al que recibe el Pan del Cielo, se le exige, con razón, “obras de caridad, piedad y apostolado”.

              

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:41  | Espiritualidad
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DOMINGO 20º  DEL T. ORDINARIO B     

MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

        La lectura del Antiguo Testamento, que vamos a escuchar, nos invita a comer y beber el pan y el vino de la Sabiduría divina. Para los cristianos, Jesucristo es la Sabiduría del Padre, a quien contemplamos estos domingos, como el Pan del Cielo.

SALMO

        El salmo nos invita un domingo más, a admirar y alabar la bondad de Dios, que nos da el Pan del Cielo, diciendo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

 

SEGUNDA LECTURA

        La fe, cuando es auténtica, tiene consecuencias prácticas, muy concretas, en la vida de los cristianos. S. Pablo nos habla de ellas en estos domingos.

        Escuchemos con atención lo que hoy nos enseña. 

 

EVANGELIO

        En el Evangelio, Jesucristo continúa hablándonos del Pan de vida. Sin comida no hay vida, nos dice este domingo. Sin el Pan del Cielo no puede haber vida de Dios nosotros.

        Dispongámonos a escuchar su Palabra, cantando el aleluya. 

 

COMUNIÓN

        Al acercarnos a comulgar, recordemos la palabra escuchada: “Mi Carne es verdadera comida, mi Sangre es verdadera bebida”. A este respecto dice el Concilio de Florencia: “Todos los efectos que el alimento y la bebida material producen en la vida del cuerpo, como son: el sustento, el crecimiento, la restauración y el gusto, los opera este sacramento en la vida del espíritu”.

Ojalá lo recibamos siempre bien y con frecuencia. Como lo recibía la Virgen María, la Madre del Señor.

 


Publicado por verdenaranja @ 13:38  | Liturgia
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Al final de la Misa celebrada en la explanada de la basílica vaticana por Su Eminencia Card. Gualtiero Bassetti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, para el encuentro y la oración del Santo Padre con los jóvenes italianos, el Papa Francisco dirigió el recitación del Ángelus con los jóvenes, los fieles y los peregrinos presentes. (ZENIT – 12 agosto 2018)

Queridos hermanos y hermanas y queridos jóvenes italianos, ¡buenos días!

En la segunda lectura de hoy, San Pablo nos invita con urgencia: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con quien fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Pero yo me pregunto: ¿cómo  entristeces al Espíritu Santo? Todos lo hemos recibimos en el bautismo y en la confirmación, entonces, para no entristecer al Espíritu Santo es necesario vivir de manera coherente con las promesas del bautismo, renovadas en la confirmación de manera coherente, no con hipocresía, no olvidéis esto, el cristiano no puede ser hipócrita tiene que vivir de manera coherente: las promesas del bautismo tienen dos aspectos: la renuncia al mal y la adhesión al bien. Renunciar al mal significa decir “no” a las tentaciones, al pecado, a Satanás. Más concretamente  significa decir “no” a una cultura de la muerte, que se manifiesta en la huida de la realidad a una falsa felicidad expresada en el engaño, en el fraude, en la injusticia y el desprecio del otro, a todo esto “no”, ¿qué cosa se dice a todo esto?, todos los jóvenes dicen “no”, gracias. La vida nueva que se nos ha dado en el Bautismo, y que tiene al Espíritu como su fuente, rechaza un comportamiento dominado por sentimientos de división y discordia. Por esto el apóstol Pablo nos exhorta a quitar de nuestros corazones, “Toda dureza, indignación, cólera, gritos y calumnias con toda clase de malignidades” (v. 31), es así como dice Pablo. Estos seis elementos o vicios, dureza, indignación, cólera, gritos y calumnias y malignidades perturban la alegría del Espíritu, envenenan el corazón y conducen a imprecaciones contra Dios y el prójimo.

Pero no es suficiente no hacer el mal para ser un buen cristiano; es necesario adherirse a lo bueno y hacer el bien. Aquí, entonces, continúa San Pablo: “En cambio, sed misericordiosos unos con otros, sed misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros como Dios os ha perdonado en Cristo” (v. 32). Muchas veces oímos decir: “Yo no hago daño a nadie” y se cree que es un santo, ¡no!. De acuerdo, pero ¿el bien lo haces? Cuántas personas no hacen daño, pero ni siquiera hacen el bien, y sus vidas fluyen hacia la indiferencia, la apatía, la tibieza. Esta actitud es contraria al Evangelio, y también es contraria a la naturaleza de los jóvenes, que por naturaleza son dinámicos, apasionados y valientes.

¡Recordad esto! Si lo recordáis podemos repetirlo juntos, es bueno no hacer el mal, pero es malo, no hacer el bien, repetid conmigo, es bueno no hacer el mal, pero es malo, no hacer el bien, esto les decía San Alberto Hurtado.   Hoy os exhorto a ser protagonistas en el bien! No te sientas bien cuando no haces el mal; no es suficiente, cada uno es culpable del bien que podía hacer y no lo ha hecho. No es suficiente no odiar, es necesario perdonar; no es suficiente no guardar rencor, debemos orar por los enemigos; no es suficiente no ser causa de división, debemos traer paz donde no existe; no es suficiente no hablar mal de los demás, debemos interrumpir cuando oímos hablar mal a alguien, detener el chisme, esto es hacer bien. Si no nos oponemos al mal, lo alimentamos tácitamente. Es necesario intervenir donde el mal se propaga; porque el mal se extiende donde no hay cristianos atrevidos que se oponen con el bien, “caminando en la caridad” (véase 5: 2), según la advertencia de San Pablo. Queridos jóvenes, ¡habéis caminado mucho estos días! Por lo tanto, estáis entrenados y puedo deciros: Caminad en la caridad, caminad en el amor, caminemos juntos hacía el próximo Sínodo de los Obispos sobre el tema: “Juventud, fe y discernimiento vocacional”. Que la Virgen María nos apoye con su intercesión materna, para que cada uno de nosotros, todos los días, con hechos, podamos decir “no” al mal y “sí” al bien. 


Publicado por verdenaranja @ 13:32  | Habla el Papa
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Viernes, 10 de agosto de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo diecinueve del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 19º del T. Ordinario B

 

       Nos volvemos a encontrar con “el drama de la Encarnación”, que comentábamos hace algunos domingos: La humanidad de Cristo, decíamos, manifiesta su divinidad, pero, al mismo tiempo, la oculta. Podemos rechazar los dones de Dios, entonces y ahora, en los tiempos de la Iglesia, por la envoltura humana con la que llegan a nosotros. Los de Cafarnaúm, como un día los de Nazaret, se quedan en lo humano; y comentan: “¿No es éste el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? “¿Cómo dice ahora que ha bajado del Cielo?”.

       ¡Y terminarán por rechazar el Pan del Cielo!

       En medio de todo esto, Jesús nos enseña, este domingo, algo verdaderamente trascenden-tal: “¡El que cree tiene vida eterna!”.

       ¡Esta es una gran revelación! ¡Esto es original de Jesucristo, del Evangelio! Veamos:  

       Si yo conozco a alguien importante, si le admiro, si le aprecio mucho, no puedo, sin embargo, recibir en mi interior nada que pertenezca a su ser, a su naturaleza humana.  Aquello es algo puramente exterior, por grande e intenso que sea. Pero con Jesucristo sucede  algo distinto: El que cree en Él, el que le sigue, cambia por dentro: ¡Posee la misma vida de Cristo! Así nos lo enseña Juan: “Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 12). En efecto, la fe nos lleva al Bautismo, que es un nacimiento nuevo, que nos da una participación creada de la misma vida de Dios. ¡Impresionante!

       Y a esta vida nueva, ¿no habrá que cuidarla, que alimentarla, que hacerla crecer, que recuperarla, incluso, si se pierde?

       ¿Y para alimentarla, ¿dónde encontraremos la comida? ¿Cuál y cómo será ese alimento? ¿Dónde tendremos que ir a buscarlo? ¿A lo más alto de los Cielos?

       ¡No, porque el Pan del Cielo ha bajado a la tierra! Es Jesús de Nazaret, el que habla en la Sinagoga.  Por eso, nos dice: “Yo soy el Pan de la Vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera”. Y también: “El que coma de este Pan vivirá para siempre”.

       No se puede confundir la muerte biológica con la muerte de la vida espiritual. Cuando un cristiano muere, no, por eso, termina la vida de Dios en él. Son dos realidades distintas. Precisamente, porque tenemos la vida de Dios, podemos entrar, después de la muerte,  en el Cielo, que es la Casa de Dios y, por tanto, la Casa de los hijos de Dios. Lo que hace morir la vida de Dios en nosotros, es sólo el pecado mortal.

       El Pan de la Eucaristía, por tanto, no es un simple “pan bendito”, que se reparte a todos los que quieran. No. Es la “Carne de Cristo”, que sólo puede recibir el que tiene la vida de Dios en él, es decir, el que está en gracia. El que no tiene la vida divina, ¿qué va a alimentar? ¿una vida divina que no existe?  

       No puede, entonces, recibir la Comunión por ningún concepto. Comulgar así, como hacen muchos, es comer la Carne de Cristo, “sin darle su valor”, como enseña S. Pablo (1 Co 11, 27).

       ¡En el Universo no hay un alimento más grande, más importante que éste, que nos llena de Dios y nos transforma en Cristo!

       Si aquel pan misterioso que comió Elías, fue suficiente para caminar cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Monte de Dios (1ª lect), ¡cuánta mayor fuerza no recibirá el que se alimenta con Cristo, Pan de Vida! Ya San Juan Crisóstomo exclamaba: “Salimos de esa Mesa como leones espirando llamas, haciéndonos temibles hasta el mismo diablo”.

       Esta es la fuerza que necesitamos para construir cada día, desde nuestro entorno, “la civilización del amor”; para no entristecer al Espíritu Santo y “vivir en el amor”, como nos enseña S. Pablo en la segunda lectura de hoy.

       Si no, ¿en qué se va a notar que somos cristianos?                

                                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:18  | Espiritualidad
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DOMINGO 19º DEL TIEMPO ORDINARIO B

MONICIONES

 

   PRIMERA LECTURA

Prestemos atención a la primera lectura. El profeta Elías defiende la alianza con Dios frente a la idolatría;  y la reina Jezabel lo persigue para matarlo. Elías escapa al desierto y se siente desfallecer hasta desear la muerte; pero Dios sale a su encuentro y le alimenta con un pan misterioso. Y, de esta manera, llega hasta Horeb, el Monte del Señor. 

SALMO

Como Elías, también todo creyente puede andar su camino confiando en el Señor y alimentado con el Pan del Cielo. Por eso proclamamos, en el salmo: “Gustad y ved que bueno es el Señor”. ¡Cantemos, pues, con alegría la bondad del Señor! 

  SEGUNDA LECTURA

                 Acojamos la invitación del Apóstol a ser imitadores de Dios y vivir en el amor, a ejemplo de Cristo. Escuchemos atentamente. 

  EVANGELIO

                En el Evangelio continuamos escuchando las enseñanzas de Cristo sobre la Eucaristía: La vida de Dios, que en el Bautismo se infunde en nosotros, necesita ser alimentada con el Pan de del Cielo.

                Pero antes de escuchar el Evangelio aclamemos a Cristo con el canto del aleluya. 

 COMUNIÓN

                Nosotros, como el profeta Elías, caminamos en medio de muchas dificultades hasta llegar "al Monte del Señor", que es el Cielo. Por eso, tenemos necesidad de alimentarnos con el Pan de la Eucaristía, para que no desfallez-camos por el camino. Pidamos al Señor que acreciente nuestra hambre de ese Pan.


Publicado por verdenaranja @ 14:13  | Liturgia
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Comentario Domingo 19º Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. agosto 07, 2018 (zenit)

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: 1 Re 19, 4-8; Ef 4, 30 – 5, 2; Jn 6, 41-51

Idea principal: Sin fe es imposible entender, valorar y acercarse al banquete donde se nos sirve este Pan de vida eterna, que es Jesús.

Síntesis del mensaje: Sigue la catequesis de Jesús sobre el Pan de la Vida en la sinagoga de Cafarnaún. Hoy Cristo nos pide fe para creer que Él es el verdadero Pan de la vida que Dios envía a la humanidad para que sacie su hambre. El que crea en Él tendrá la vida eterna.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la fe puede pasar por momentos duros psicológicos, como le pasó al profeta Elías en la primera lectura de hoy. Elías, huyendo de las amenazas de muerte de la reina Jezabel, es vencido por el miedo y la depresión, a pesar de haber hecho gala de coraje y confianza en la escena anterior. Esta imagen del profeta, tocando los límites de la existencia, resulta entrañable y conmovedora. No menos conmovedores son los cuidados de Dios hacia el profeta, brindándole comida y aliento por medio de un ángel en una doble escena que nos recuerda la del torrente Querit. Ya en el desierto, la huida de Elías se convierte en peregrinación hacia el Horeb, la montaña de Dios: “Fortalecido por ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb”. Elías parece desandar el camino del pueblo en busca de los orígenes de la fe. Para acercarnos y gustar del Pan de la Eucaristía tenemos que vencer todos los obstáculos desde la fe y confianza en Dios. Dios le dio a Elías pan para comer, y lo llenó de energía. Así también a nosotros en la Eucaristía.

En segundo lugar, el Evangelio me invita a purificar la fe de otros obstáculos mentales. La gente, que ha seguido a Jesús hasta ahora más por interés propio que por fe, lo empieza a criticar. No están listos para creer y seguir sus palabras, cuando les reprocha su prudencia humana y sus ideas preconcebidas. No es extraño a nuestra propia experiencia: tendemos también a elegir lo que nos gustaría o no nos gustaría creer. Jesús deja bien claro que la fe es un regalo de Dios: “Nadie puede venir a mí si mi Padre que me envió no lo atrae”. ¡Tenemos que sentir la atracción por Jesús! De lo contrario, cualquier tío-vivo, carrusel psicodélico o feria de la plaza nos llamará más la atención que este Pan de vida eterna.

Finalmente, y con la fe robustecida y purificada, entonces estamos preparados para comer de este Pan y nuestra alma tendrá vida; creceremos en fe, esperanza, amor a Dios; amor, justicia y solidaridad con los demás. Si comemos el Cuerpo de Cristo, no moriremos para siempre; viviremos para siempre después de la muerte, pues la Eucaristía es prenda de la gloria futura. La semana pasada contemplamos la Eucaristía como sacrificio; sacrificio incruento de Cristo, actualizado en la santa misa. Hoy damos un paso más: la Eucaristía también es prenda de la gloria final. El que la recibe como corresponde, vivirá para siempre. No quiere decir, lógicamente, que la recepción de la Eucaristía nos ahorre la muerte corporal. Nosotros comulgamos con frecuencia, y a pesar de todo un día moriremos. Acá se trata de la muerte espiritual, de la muerte eterna. El Pan que desciende del cielo nos libra de esa muerte y nos da la vida que no perece. Todo alimento nutre según sus propiedades. El alimento de la tierra alimenta para el tiempo. El alimento celestial, que es Cristo, Pan bajado del cielo, alimenta para la vida eterna. Nuestro Horeb es el cielo. Hasta allí, hasta ese umbral, nos acompañará el Pan bajado del cielo.

Para reflexionar: ¿Cuáles son mis motivaciones para recibir la Santa Comunión? ¿Disfruto de este banquete de la Eucaristía? ¿Cada día crece mi fe en la Eucaristía?

Para rezar: Gracias, Señor, por tu Eucaristía que no sólo nos acompaña en nuestra peregrinación al cielo, sino que, en cierto modo, ya desde ahora siembra algo de “cielo” en nuestro interior. Señor, dame conciencia de que en la Sagrada Comunión te recibo a Ti resucitado y glorioso; y me aplicas el fruto de tu Pasión y me comunicas el germen de tu resurrección. Me da alegría lo que me dice san Gregorio de Nisa: “al recibirte, me conviertes en principio de resurrección, frenando en Ti la descomposición de mi naturaleza”. Tú eres, Señor, el remedio de inmortalidad, como decía san Ignacio de Antioquía. Y yo lo creo.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

 


Publicado por verdenaranja @ 14:00  | Espiritualidad
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Domingo, 05 de agosto de 2018

 “Jesús vino a traernos algo más para abrirnos a una nueva existencia, a un horizonte más amplio”, ha dicho el Papa Francisco en el Ángelus que presidió desde la ventana del despacho que da a la Plaza San Pedro este soleado domingo ante 20.000 personas. (ZENIT – 5 agosto 2018)

Queridos hermanos y hermanas. Buenos días.

En estos últimos domingos la liturgia nos ha mostrado la imagen llena de ternura de Jesús que sale al encuentro de las multitudes y sus necesidades, en el pasaje del evangelio de hoy (Jn 6, 24-35) la perspectiva cambia es la multitud alimentada por Jesús la que va nuevamente en busca de Él, va al encuentro de Jesús. Pero para Jesús no es suficiente que la gente lo busque, Él quiere que la gente lo conozca, quiere que la búsqueda y el encuentro con Él vaya más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales.

Jesús vino a traernos algo más para abrir una nueva existencia a un horizonte más amplio que las preocupaciones diarias de nutrición, vestimenta y de la carrera y así sucesivamente.

Por tanto, volviéndose hacia la multitud exclama. Ustedes no me buscan porque han visto señales sino porque han comido de esos panes y se han saciado (v 26). Así Jesús anima a las personas a dar un paso adelante, a preguntarse sobre el significado del milagro, no solo aprovecharse de Él. De hecho, la multiplicación de los panes y los peces es un signo del gran regalo que el padre le ha dado a la humanidad y que es Jesús mismo.

Él es el verdadero “pan de vida” (v 30) que quiere satisfacer no solo a los cuerpos sino también a las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre mas profunda. Es por eso por lo que nos invita e invita a las multitudes a procurarse no el alimento que no dura, sino aquel que permanece para la vida eterna (v 27).

Es un alimento que Jesús nos da todos los días: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre. La multitud escucha la invitación del Señor, pero no entiende su significado como a menudo nos sucede a nosotros y le preguntan: “¿qué debemos hacer para cumplir con las obras de Dios?” (v 28). Los oyentes de Jesús piensan que Él les pide que cumplan con los preceptos para obtener otros milagros como la multiplicación de los panes.

Es una tentación común, esto de reducir la religión a la práctica de las leyes: proyectando en nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los sirvientes y su amo, los sirvientes deben realizar las tareas que el maestro ha asignado para poder obtener su benevolencia, eso lo sabemos todos. Por eso la gente quiere saber de Jesús que acciones deben hacer para agradar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada, esta es la obra de Dios, “creer en el que Él ha enviado” (v 29). Estas palabras están dirigidas hoy, también a nosotros, la obra de Dios no consiste en “hacer” cosas sino en “creer”, en creer en aquel a quien Él ha enviado, o mas bien, la fe en Jesús nos permite hacer las obras de Dios, si nos dejamos envolver en esta relación de amor y confianza con Jesús podremos hacer buenas obras que tengan el perfume del Evangelio, para el bien y las necesidades de los hermanos.

El Señor nos invita a no olvidar que, si bien es necesario preocuparse por el pan material, es aún más importante cultivar nuestra relación con Él, fortalecer nuestra fe en Él que es el Pan de Vida venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor.

 


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El Papa Francisco ha continuado el ciclo de catequesis sobre los Mandamientos en la audiencia general, celebrada esta mañana, 1 de agosto de 2018, en el Aula Pablo VI, y ha reflexionado sobre los ídolos, deteniéndose en el primer mandamiento: «No tendrás otros dioses antes que a mí» (Ex 20,3). (ZENIT – 1 agosto 2018)

Hemos escuchado el primer mandamiento del Decálogo: “No tendrás otros dioses delante de mí” (Éx 20: 3). Es bueno detenerse en el tema de la idolatría, que es de gran importancia y actualidad.

El mandamiento prohíbe hacer ídolos o imágenes de cualquier tipo de realidad: todo, de hecho, puede usarse como un ídolo. Estamos hablando de una tendencia humana que no perdona ni a los creyentes ni a los ateos. Por ejemplo, nosotros los cristianos podemos preguntarnos: ¿cuál es realmente mi Dios? ¿Es Amor Uno y Trino o es mi imagen, mi éxito personal, tal vez dentro de la Iglesia?. “La idolatría no se trata solo de los falsos cultos del paganismo. Sigue habiendo una constante tentación de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113)

¿Qué es un “dios” en el plano existencial? Es lo que está en el centro de la vida y de lo que uno depende y piensa. Uno puede crecer en una familia nominalmente cristiana, pero centrada, en realidad, en puntos de referencia ajenos al Evangelio. Los seres humanos no viven sin enfocarse en algo. Entonces aquí el mundo ofrece el “supermercado” de ídolos, que pueden ser objetos, imágenes, ideas, roles. Por ejemplo, incluso la oración. Debemos orar a Dios, nuestro Padre.

Recuerdo que una vez fui a una parroquia en la diócesis de Buenos Aires para celebrar una misa y luego tuve que hacer las confirmaciones en otra parroquia a una distancia de un kilómetro. Fui, caminando, y pasé por un parque, lindo. Pero en ese parque había más de 50 mesas cada una con dos sillas y personas sentadas una frente a la otra. ¿Qué hacían? Jugar al tarot. Fueron allí a “rezar” al ídolo. En lugar de orar a Dios por la providencia del futuro, fueron allí para que les lean las cartas para ver el futuro. Esto es una idolatría de nuestros tiempos. Os pregunto: ¿cuántos de ustedes han ido a que les lean las cartas para ver el futuro? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, han ido a que les lean sus manos para ver el futuro, en lugar de orar al Señor? Esta es la diferencia: el Señor está vivo; los otros son ídolos, idolatrías que no sirven.

¿Cómo se desarrolla una idolatría? El mandamiento describe las fases: «No te convertirás en un ídolo o una imagen […]. / No te inclinarás a ellos / y no los servirás “(Éx 20: 4-5).

La palabra “ídolo” en griego deriva del verbo “ver”. Un ídolo es una “visión” que tiende a convertirse en una obsesión. El ídolo es en realidad una proyección de uno mismo en objetos o proyectos. Por ejemplo, esta dinámica usa publicidad: no veo el objeto en sí, pero percibo ese automóvil, el teléfono inteligente, ese rol u otras cosas como un medio para alcanzar y responder a mis necesidades esenciales. Y lo estoy buscando, estoy hablando de eso, pienso en eso; la idea de poseer ese objeto o realizar ese proyecto, llegar a esa posición, parece una forma maravillosa de alcanzar la felicidad, una torre para alcanzar el cielo (véase Gen11,1-9), y todo se vuelve funcional para ese objetivo.

Luego entras en la segunda fase: “No te inclinarás ante ellos”. Los ídolos exigen un culto, de rituales; a ellos nos postramos y sacrificamos todo. En la antigüedad, los sacrificios humanos se hacían a ídolos, pero también hoy: para hacer carrera, sacrifican a sus hijos, los descuidan o simplemente no los generan; la belleza llama al sacrificio humano. ¡Cuántas horas frente al espejo! Algunas personas, algunas mujeres, ¿cuánto gastan en el maquillaje? Esto también es una idolatría. No está mal usar maquillaje; pero de una manera normal, no convertirse en una diosa. La belleza llama al sacrificio humano. La fama exige la inmolación de uno mismo, la propia inocencia y autenticidad. Los ídolos piden sangre. El dinero roba la vida y el placer conduce a la soledad. Las estructuras económicas sacrifican vidas humanas por mayores ganancias.

Pensemos en tantas personas sin trabajo. ¿Por qué? Porque a veces sucede que los empresarios de esa compañía, esa empresa, han decidido despedir a las personas para ganar más dinero. El ídolo del dinero. Uno vive en hipocresía, haciendo y diciendo lo que otros esperan, porque el dios de su afirmación lo impone. Y las vidas se arruinan, las familias se destruyen y los jóvenes quedan en manos de modelos destructivos, solo para aumentar las ganancias.

La droga también es un ídolo. ¿Cuántos jóvenes arruinan la salud, incluso la vida, adorando a este ídolo de las drogas? Aquí viene la tercera y más trágica etapa: “Y no les servirás”, dice. Los ídolos esclavizan. Prometen la felicidad pero no la dan; y nos encontramos viviendo para esa cosa o esa visión, atrapados en un vórtice autodestructivo, esperando un resultado que nunca llega.

Queridos hermanos y hermanas, los ídolos prometen vida, pero en realidad la quitan. El verdadero Dios no pregunta por la vida sino que la da, la regala. El verdadero Dios no ofrece una proyección de nuestro éxito, pero nos enseña a amar. El verdadero Dios no pide hijos, pero él da a su Hijo por nosotros. Los ídolos proyectan hipótesis futuras y hacen que se desprecie el presente; el verdadero Dios nos enseña a vivir en la realidad de cada día, concretamente, no con ilusiones sobre el futuro: hoy y mañana y pasado mañana, caminando hacia el futuro.

La concreción del verdadero Dios contra la liquidez de los ídolos. Te invito a pensar hoy: ¿cuántos ídolos tengo o cuál es mi ídolo favorito? Porque el reconocimiento de las idolatrías es un comienzo de gracia y se pone en el camino del amor. De hecho, el amor es incompatible con la idolatría: si algo se vuelve absoluto e intocable, entonces es más importante que un cónyuge, un niño o una amistad. El apego a un objeto o una idea nos hace cegarnos al amor. Y así, para ir tras ídolos, a un ídolo, incluso podemos negar el padre, la madre, los hijos, la esposa, el cónyuge, la familia… las cosas más caras. El apego a un objeto o una idea nos hace cegarnos al amor. Llevad esto en vuestro corazón: Los ídolos roban nuestro amor, los ídolos nos ciegan al amor y, para amar verdaderamente, debemos ser libres de ídolos.

© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea


Publicado por verdenaranja @ 21:24  | Habla el Papa
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Reflexión a las lecturas del domingo dieciocho del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 18º del T. Ordinario B

 

Después de la multiplicación de los panes, la gente estaba exaltada. Y decían: “Éste sí que es el Profeta, que tenía que venir al mundo”. Y comentaban entre ellos: ¿Y ahora qué hacemos? Primero, proclamarlo rey. Y después, disfrutar del “pan” que Él nos da”.

Por eso lo andan buscando. Y Jesús lo sabe.

     Es lo mismo de siempre: Un mesianismo regio, temporal, triunfal…, pero que satisface, que merece la pena.

        Jesús les habla de otro mesianismo, de otro quehacer: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.”  

 Y Jesucristo les dice que el trabajo que Dios quiere, consiste en “creer en el que Él ha enviado”.

     Por tanto, tienen que buscar otro pan, otro trabajo, otro reino. ¡Tienen que creer que Jesús es el Mesías!

Y terminan por decirle: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del Cielo les dio a comer”. En la primera lectura se nos narra este acontecimiento.

    Los judíos no le piden a Cristo otro milagro, como el que acaban de ver, sino “el milagro”, “el signo”, “la obra”, que tiene que realizar, para demostrar que Él es el Enviado, el Mesías. Entonces, creerán en Él.

    Y es impresionante constatar que “el gran signo”, “la gran obra” de Jesús, es la Eucaristía, el misterioso “Pan del Cielo”, del que nos habla. Y nos da la razón: “Porque el Pan de Dios es el que baja del Cielo y da  vida al mundo”. El maná no puede dar  vida al mundo. Además, con la entrada en la tierra prometida, se acabó su existencia, su misión.

Jesucristo, por tanto, contrapone el maná, el pan de Moisés, al verdadero Pan del Cielo, que es “el gran don” del Padre, “el gran signo” de que Él es el Enviado.

    Por tanto, ¡la Eucaristía tiene que ser siempre una llamada a la fe y a la vida en Cristo!

     Ellos entienden perfectamente que se trata de otro pan distinto al de Moisés, y le dicen: “Señor, danos siempre de ese pan”.

      Y Jesús concluye contestándoles: “Yo soy el Pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

      ¡Qué impresionante es todo esto!

      Por tanto, el que quiera vivir,  y vivir en plenitud, ya sabe donde se encuentran las fuentes de la verdadera vida. 

      Por eso, el sacerdote proclama en la Eucaristía: “Este es el Sacramento (el Misterio) de nuestra fe”. Y, al invitarnos a comulgar, también proclama: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor”.

     De este modo, podremos llevar a la práctica la exhortación de S. Pablo (2ª lect.): El cristiano tiene que distinguirse de los gentiles, que andan “en la vaciedad de sus criterios”, porque ¡ser cristiano es ser diferente!

      Por ello, y para ello, le decimos siempre a Jesucristo, presente en la Eucaristía: “Señor, danos siempre de ese Pan”.                      

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 21:00  | Espiritualidad
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El Santo Padre Francisco se encontró con más de 60.000 monaguillos y acólitos en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, el pasado 31 de julio de 2018, quienes participaron en la XII Peregrinación Internacional de los Ministros del altar de la Asociación Coetus Internationalis Ministrantium (CIM), en marcha en Roma del 30 de julio al 3 de agosto y cuyo lema, inspirado por el versículo 14 del Salmo 34, es: Busca la paz y persíguela. (ZENIT – 3 agosto 2018)

“Haced todo para gloria de Dios”: Así nos exhorta San Pablo en la lectura recién escuchada. Sirviendo a la gloria de Dios en todo lo que hacemos y el criterio decisivo para nuestras acciones, la síntesis máxima de lo que significa vivir la amistad con Jesús. Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros, que habla en nuestra conciencia porque podemos discernir su voluntad. La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia.

San Pablo nos habla también de otro criterio: esforzarse por complacer a todos en todo porque ellos vienen a la salvación. Somos todos hijos de Dios, tenemos los mismos deseos, sueños e ideales. A veces, alguien está desilusionado, y somos nosotros quienes podemos reavivar la luz, transmitir un poco de buen humor. Por lo tanto, es más fácil llevarse bien y atestiguar en la vida cotidiana el amor de Dios y la alegría de la fe. Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo.

Quizás vosotros os preguntéis: “¿Cómo puedo hacerlo? ¿No es una tarea demasiado difícil?”. Es verdad, es una gran misión, pero es posible. Mas San Pablo nos anima: “Haceos imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. Sí, podemos vivir esta misión imitando a Jesús como lo hicieron el apóstol Pablo y todos los santos. Miremos a los santos, ellos son el Evangelio vivido, porque han podido traducir el mensaje de Cristo en sus vidas. El santo de hoy, Ignacio de Loyola, que como joven soldado estaba pensando en su propia gloria, en el momento correcto, se sintió atraído por la gloria de Dios, y descubrió que existe el centro y el sentido de la vida. Seamos imitadores de los santos; hacemos todo para la gloria de Dios y para la salvación de nuestros hermanos. Pero, tened cuidado y recordad: en este camino de seguir a los santos, en este camino de santidad, no hay lugar para los jóvenes perezosos. ¡Gracias!

© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea

 


Publicado por verdenaranja @ 20:52  | Habla el Papa
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