Viernes, 21 de septiembre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veincinco del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 25º del T. Ordinario B

 

Lógico que los apóstoles se quedaran callados, "azorrados",  cuando Jesús les pregunta de qué discutían por el camino. Mientras Él les hablaba de sufrimientos, de cruz y de muerte, ellos discutían sobre su tema favorito: ¡Quién era el más importante en el nuevo reino, que ellos pensaban que venía a instaurar!

Pero Cristo no destruye aquel afán, aquel deseo, sino que les señala el verdadero camino para conseguirlo: "El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos". ¡Y esta enseñanza del Evangelio es siempre actual!

También hoy estamos envueltos por la mentalidad de ser gente importante en la vida social, económica  y política. Y también, tantas veces, en la vida de la Iglesia. Muchas veces, incluso, en la vida familiar. “¡Que me sirvan!” podría ser el slogan.

¡Parece que se ha instalado por todas partes la ley del más fuerte!

Y Jesucristo coge un niño, signo de lo pobre, débil y puro, lo coloca entre los discípulos y lo abraza, para enseñarnos el verdadero camino para ser grandes e importantes.

Y también es verdad que, a cada paso,  encontramos a muchos hombres y mujeres, que han hecho de su vida un servicio, por amor a Dios y a los hermanos.

¡Y, de algún modo, este espíritu siempre ha estado en el corazón de la Iglesia!

Recuerdo que, cuando era pequeño, nos enseñaban que, si nos preguntaban nuestro nombre, teníamos que añadir: “Para servirle a Dios y a Vd”. Y también que, cuando, en una conversación, nos referíamos a nosotros mismos, no debíamos decir “yo” sino “un servidor”. Es la influencia de la cultura cristiana, que constamos con frecuencia.

¡Y esto está al alcance de todos!

Si nos dijeran que para ser grandes e importantes, “para ser el primero”, teníamos que ser sabios o ricos o  famosos, no todos podríamos aspirar a ese ideal. Pero si lo que se nos pide es servir, ¡ah! eso puede aprenderse con cierta facilidad;  especialmente, en un mundo, como el nuestro, lleno de necesidades de todo tipo. ¡Se trata de proponérselo, con la ayuda de Dios!            

Y Jesucristo es el prototipo de este estilo de vida. En el texto paralelo de S. Mateo (20, 28), nos dice: “Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por muchos”.

¡Perfecto! ¡Servir y dar la vida! ¡Servir hasta dar la vida! ¡Es muy difícil, como actitud constante, pero llena el corazón de alegría!

La segunda lectura nos presenta el peligro que supone, para la vida de la comunidad cristiana, el otro espíritu: “Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males…”

Ahora, que comienza el curso, qué importante sería que nos propusiéramos, como tarea, aquel ideal:  “El último de todos y el servidor de todos”. Es el lema episcopal de D. Damián, nuestro Obispo emérito. Llegaríamos, entonces, hasta sentir vergüenza de pretender para nosotros un camino distinto del que siguió Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador.   

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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 DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO B                     

 MONICIONES

         

PRIMERA LECTURA

            La presencia del justo es incómoda, porque es una acusación continua para los malvados, que éstos no pueden soportar. Para que sus malas obras no sean puestas en evidencia, prefieren liquidar al inocente. Es lo que sucede con Jesucristo.

Escuchemos ahora esta lectura  profética. 

 

SEGUNDA LECTURA

            La ambición y la codicia, el afán desordenado de tener y de ser más que los demás, es fuente de discordia y veneno que corroe a las personas, a las comunidades y a los grupos. Es el querer ser el más importante, que enemistaba a los discípulos y que Jesús quería corregir, tal como nos recordará el Evangelio que después escucharemos. 

 

TERCERA LECTURA

Acojamos la Palabra de Jesucristo en el Evangelio: Él no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos.                                      

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos a Jesucristo, que ha renovado entre nosotros su entrega salvadora, su servicio supremo: Su Pasión y Muerte en la Cruz.

Que Él nos ayude a seguir su ejemplo de servicio y entrega al Padre y a los hermanos, especialmente, a los más necesitados.


Publicado por verdenaranja @ 11:37  | Liturgia
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Comentario del 25º Domingo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. septiembre 18, 2018 (zenit)

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B

Textos: Sb 2, 17-20; St 3, 16- 4, 3; Mc 9, 29-36


Idea principal: Hacernos como niños.

Síntesis del mensaje: Reconquistemos la infancia espiritual.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, protagonistas a primera vista en el evangelio de hoy: los niños. Los japoneses tienen al niño en vitrina, los alemanes en el colegio, los españoles en los altares. Los judíos en cambio los toleraban porque serían algún día adultos. Su presencia nada significaba en las sinagogas, ni en parte alguna. Parecía que el llegar a viejo era la cima de los méritos. Conversar con un niño era tirar y desperdiciar las palabras. Cuando vemos a los apóstoles apartando de su Maestro a los críos entendemos que no hacían sino lo que hubiera hecho cualquier otro judío de la época. Pero Jesús rompería con su época. Donde prevalecía la astucia, entronizaría la sencillez; donde mandaba la fuerza, ensalzaría la debilidad; en un mundo de viejos, pediría a los suyos que volvieran a ser niños. Sí, algo tiene de especial la niñez para Jesús.

En segundo lugar, el niño de ordinario no tiende trampa, no es malicioso (1ª lectura). El niño tampoco se deja llevar de la codicia hasta el punto de ambicionar lo indeseable (2ª lectura). El niño es transparente, sincero. Quien mejor entendió esta infancia espiritual fue santa Teresita del Niño Jesús. He aquí sus palabras: “puedo, pues, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad. ¡Engrandecerme, es imposible! He de soportarme tal como soy, con mis innumerables imperfecciones; pero quiero buscar la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo…Quiero también encontrar un ascensor para remontarme hasta Jesús, puesto que soy demasiado pequeña para subir por la ruda escalera de la perfección…He pedido, entonces, a los Libros Santos que me indiquen el ascensor deseado, y he encontrado estas palabras pronunciadas por boca de la misma Sabiduría eterna: Si alguno es pequeñito que venga a mí. Me he acercado, pues, a Dios, adivinando que había encontrado lo que buscaba, y, al querer saber lo que hará Dios con el pequeñito, he proseguido buscando, y he aquí lo que he encontrado: Como una madre acaricia a su hijito, así os consolaré yo: a mi pecho seréis llevados, y os acariciaré sobre mis rodillas…¡Ah!, nunca habían venido a alegrar mi alma unas palabras tan tiernas y tan melodiosas. El ascensor, que me ha de subir al cielo, son vuestros brazos, ¡oh, Jesús! Para esto, no tengo ninguna necesidad de crecer, antes, al contrario, conviene que continúe siendo pequeña y, cada día, lo sea más”. Sí, algo de especial tiene la niñez a los ojos de Dios.

Finalmente, Jesús nos invita hoy a la reconquista de la infancia espiritual. Les dejo aquí unos párrafos de mi libro sobre Jesucristo: “la infancia que Jesús propone no es el infantilismo, que es sinónimo de inmadurez, egoísmo, capricho. Es, más bien, la reconquista de la inocencia, de la limpieza interior, de la mirada limpia de las cosas y de las personas, de esa sonrisa sincera y cristalina, de ese compartir generosamente mis cosas y mi tiempo. Infancia significa sencillez espiritual, ese no complicarme, no ser retorcido, no buscar segundas intenciones. Infancia espiritual significa confianza ilimitada en Dios, mi Padre; fe serena y amor sin límites. Infancia espiritual es no dejar envejecer el corazón, conservarlo joven, tierno, dulce y amable. Infancia espiritual es no pedir cuentas ni garantías a Dios. Ahora bien, la infancia espiritual no significa ignorancia de las cosas, sino el saber esas cosas, el mirarlas, el pensarlas, el juzgarlas como Dios lo haría. La tergiversación de las cosas, la manipulación de las cosas, los prejuicios y las reservas, ya traen consigo la malicia de quien se cree inteligente y aprovechado. Y esta malicia da muerte a la infancia espiritual. La infancia espiritual no significa vivir sin cruz, de espaldas a la cruz; no significa escoger el lado dulzón de la vida, ni tampoco escondernos y vendar nuestros ojos para que no veamos el mal que pulula en nuestro mundo. No. La infancia espiritual, lo comprendió muy bien santa Teresita del Niño Jesús, supone ver mucho más profundo los males y tratar de solucionarlos con la oración y el sacrificio. Y ante la cruz, poner un rostro sereno, confiado e incluso sonriente. Casi nadie de sus hermanas del Carmelo se daba cuenta de lo mucho que sufría santa Teresita. Ella vivía abandonada en las manos de su Padre Dios. Y eso le bastaba”.

Para reflexionar: Gran tarea: hacernos como niños. Requiere mucha dosis de humildad, de sencillez. Dios nos dice que debemos pasar por la puerta estrecha, si queremos entrar en el cielo. En el Reino de Dios sólo habrá niños, niños de cuerpo y de alma, pero niños, únicamente niños. Dios, cuando se hizo hombre, empezó por hacerse lo mejor de los hombres: un niño como todos. Podía, naturalmente, haberse encarnado siendo ya un adulto, no haber “perdido el tiempo” siendo sólo un chiquillo…Pero quiso empezar siendo un bebé. Lo mejor de este mundo, ¡vaya que lo sabía Dios!, son los niños. Ellos son nuestro tesoro, la perla que aún puede salvarnos, la sal que hace que el universo resulte soportable. Por eso dice Martín Descalzo que si Dios hubiera hecho la humanidad solamente de adultos, hace siglos que estaría podrida. Por eso la va renovando con oleadas de niños, generaciones de infantes que hacen que aún parezca fresca y recién hecha. Los niños huelen todavía a manos de Dios creador. Por eso huelen a pureza, a limpieza, a esperanza, a alegría. ¡No maniatemos a ese niño que llevamos dentro con nuestras importancias, no lo envenenemos con nuestras ambiciones! Por la pequeña puerta de la infancia se llega hasta el mismo corazón del gran Dios.

Para rezarSeñor, hazme como un niño. Sólo así podré entrar en tu ReinoQue vaya cada día recuperando mi inocencia. Que sea transparente en mis palabras, intenciones y acciones.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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S?bado, 15 de septiembre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 24º del T. Ordinario B

 

Por el camino hacia las aldeas de Cesarea de Filipo se realiza hoy una gran revelación: ¡Jesús es el Mesías!

Pero la reacción de Jesucristo nos resulta extraña: En primer lugar, les prohíbe, terminantemente, a los discípulos decírselo a nadie. Luego, les hace otra gran revelación: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. “Se lo explicaba con toda claridad”.

Pero ¿quién podía entender, en todo Israel, que el Mesías tuviera que padecer? ¿El que venía a liberarles de la dominación romana, cómo iba a terminar derrotado? ¿El que iba a conducirles a un Reino muy grande, jamás soñado, cómo iba a ser condenado y ejecutado? Porque lo  de resucitar, ellos no entendían nada.

Por tanto, es normal que Pedro se lo lleve aparte, y se ponga a desaconsejarle todo aquello. Pedro ama intensamente a Cristo y espera el Reino prometido. Y Jesús se siente realmente tentado y sabe que los demás discípulos piensan lo mismo que Pedro.  Por eso, de cara a los discípulos, dirige a Pedro unas palabras desconcertantes: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios”.

Y ya sabemos lo que pensamos los hombres y lo que piensa Dios:

Los hombres, ante todo, rehuimos no sólo la enfermedad y la muerte, sino también todo tipo de sufrimiento. ¡Cuánto nos cuesta afrontar el dolor, sobre todo, cuando es prolongado o muy grave! Y no sólo eso. Rehuimos todo lo que suene a sacrificio, renuncia, entrega. Y luego, luchamos y nos esforzamos por vivir y gozar a tope.

¿Y cómo piensa Dios?

El sufrimiento y la muerte nunca son para Dios el término de todo, fin en sí mismo, sino que  siempre es camino, grano de trigo en el surco, paso, pascua. Dios no busca nunca hacernos sufrir o amargarnos la vida. Todo lo contrario. Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad, no sólo en el alma, sino también, en el cuerpo; no sólo en la vida futura, sino también en la presente. Y si nos pide o nos exige algo, es para hacerla posible. Como un grano de trigo. Para convertirse en una espiga preciosa,  tiene que morir, ser enterrado en el surco.

Por todo ello, nos dice el Evangelio que Jesús llama a la gente y a los discípulos y les dice: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

¡Estas son las condiciones de su seguimiento! En definitiva, ir por su mismo camino. Y añade: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”. ¡Qué impresionante es todo esto!

Estas palabras del Señor las ha “traducido” el Vaticano II, diciendo: “El hombre jamás logrará alcanzar su plenitud, mientras no entregue su vida como un don, al servicio de los demás” (G. et Sp. 24).

Sin embargo, nos cuesta entender y aceptar que hemos recibido la vida para darla; no para quemarla en la hoguera de nuestro egoísmo.

Es lógico, por tanto, que, a los pocos días, Jesús se lleve a los tres predilectos a lo alto de una montaña, y se transfigure ante ellos. De este modo, entenderán, de algún modo, ahora y, sobre todo, más tarde (2 Pe 1, 16-20),  que “de acuerdo con la Ley y los Profetas, la Pasión es el camino de la Resurrección” (Pref. II de Cuar.). ¡Para el Señor y para cada uno de nosotros!

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO B         

MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

                Escuchemos, en primer lugar, unas palabras del profeta Isaías. En ellas nos anuncia que el Mesías soportará sufrimientos e injurias, con ánimo generoso y lleno de confianza en Dios. 

 

SEGUNDA LECTURA

En la lectura apostólica, Santiago nos enseña que, sin obras, es decir, sin una verdadera práctica cristiana, no hay una fe auténtica.

Escuchemos. 

 

TERCERA LECTURA

                En el Evangelio, junto a la confesión de fe de Pedro, escucharemos el duro reproche que le hace el Señor, porque pretende separarle del camino de la Pasión y de la Cruz, que el Padre le ha encomendado. Ese camino, nos dirá el Señor, es también el que tenemos que seguir nosotros, los cristianos. 

 

COMUNIÓN

                El camino de la cruz es duro y difícil. Por eso, necesitamos acercar-nos con frecuencia al Señor, verdadero Pan de vida, para no desfallecer por el camino. 


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Mi?rcoles, 12 de septiembre de 2018

Comentario litúrgico del 24º Domingo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. septiembre 11, 2018. (zenit)

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: Is 50, 5-9; St 2, 14-18; Mc 8, 27-35

Idea principal: ¿Quién es Jesús en verdad y cuál es su misión?

Síntesis del mensaje: Hoy leemos la primera confesión clara de Pedro: “Tú eres el Mesías”. Al final escucharemos, después de haber pasado Cristo por su pasión, muerte y resurrección, la sorprendente afirmación del centurión romano: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿quién es Jesús para muchos? Aquí tenemos diversas respuestas que se han dado a lo largo de los siglos. Los judíos: “Es un samaritano” (Jn 8.48). Los samaritanos: “eres el verdadero salvador del mundo” (Jn 4,42). Los fariseos: “Es un comilón y borracho”(Mt 11,19). Natanael: “Tú eres el Hijo de Dios” (Jn 1, 49). Sacerdotes y fariseos: “es un mentiroso”( Mt 27,63). Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”(Jn 1,29). Andrés : “Hemos encontrado al Mesías”(Jn 1,41). Gente: “Está loco” (Jn 7,20). Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). Parientes: “No está en sus cabales” (Mc 3,21). Mahatma Gandhi, artífice de la independencia de la India en 1947: “Jesús es la figura más grande de la historia”. El poeta hindú Tagore: “Si los cristianos fuerais como vuestro maestro, tendríais ya la India a vuestros pies”. Ibn Arabí, filósofo, teósofo y místico musulmán: “Aquel cuya enfermedad se llama Jesucristo ya no se puede curar”. Jean Fernoit (periodista): “Durante largo tiempo he creído que Jesucristo era hijo de Dios, Dios mismo. Ahora no estoy seguro. Pero poco importa. Ningún hombre jamás ha hablado ni amado como él. Él nos ha dicho que estaba en cada uno de nosotros, pero esto no llego a creérmelo todavía”. Eddy Merck, ciclista belga: “Deseo dar a conocer a Jesús a todos aquellos que no le conocen. Para mí Cristo tiene una presencia continua en toda mi vida. Creo profundamente en Él, en su historia y en su divinidad”. K. Rahner, uno de los teólogos católicos jesuitas más importantes del siglo XX: “Cristo es la respuesta total a la pregunta total del hombre”. Luis Fernández: “soy lo que soy, porque he encontrado en Jesucristo la fuente de dos grandes valores de mi vida: la libertad y el amor”. El escritor ruso Dostoievski: “No hay nada más hermoso, más profundo, más amable, más razonable, más valiente, más perfecto que Cristo, y me digo a mí mismo con amor celoso que no puede haber nadie más perfecto”.

En segundo lugar, Jesús, ¿quién dice ser él mismo? Todo menos triunfalista, charlatán, ganador de votos y carrerista. Él se definió así, como escribí en mi primer libro sobre Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida, la Resurrección, la Luz del mundo, el Buen Pastor, la Puerta de las ovejas, el Pan de vida, la Vid verdadera, Rey de los corazones”. Los apóstoles recibieron de Jesús una buena reprimenda, porque no le entendían. Aún resuena en nuestros oídos lo que le dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Ser como Satanás significa que Pedro, sin quererlo, le estaba tentando a Jesús a que no aceptase el plan de Dios, sino que siguiera las apetencias humanas que buscan el éxito y la victoria. El camino de Jesús era la cruz. A los apóstoles no les entraba en la cabeza que su Maestro, el Mesías, pudiera fracasar. Tenemos que aceptar a Cristo no sólo como Mesías, sino también como el Siervo que se entrega por los demás, que afrontó la humillación, los golpes, los escupitajos, la corona de espinas, los ultrajes, como nos dice Isaías hoy en la primera lectura, prefigurando a Cristo como el Siervo de dolor. Hoy Jesús condenó el triunfalismo de Pedro y, al condenarlo, condenó el triunfalismo de la Iglesia Licinio-constantiniana y de los cristianos y jerarcas triunfalistas.

Finalmente, y ¿quién es Jesús para nosotros? Cada uno de nosotros ha hecho o está haciendo la propia experiencia de Cristo. Cada uno de nosotros debe responder a esta pregunta que nos hace hoy Jesús. ¿Médico, Amigo, Maestro, Pastor, Agua viva, Pan de vida eterna, Señor de nuestra vida, Juez supremo, Redentor de nuestros pecados? Lo que tiene que quedar bien claro es esto: no hay en todos los libros sagrados inspirados por Dios ni otro mesías que el doliente de los profetas ni otro Jesús que el nacido para la vejación, la cruz y la resurrección ni otra Iglesia que la fundada para el servicio y salvación de los hombres ni otro cristiano que el imitador de Cristo. Querer una Iglesia triunfalista es desnaturalizar, secularizar y socializar la Iglesia. Tenemos que convencernos que el triunfalismo es antievangélico. Tachemos de nuestra agenda toda altivez y empaque religioso, y vivamos humildes, alegres y firmes en la fe mesiánica proclamada por Cristo en el evangelio de hoy, no por Pedro, a quien Cristo tuvo que llamarle fuertemente la atención.

Para reflexionar: ¿Me gusta sólo que Cristo me lleve al Tabor, donde está el resplandor y la luz? ¿O también acepto que me invite y me lleve al Calvario, para acompañarle en la gran empresa de la Redención, aunque tenga que sudar sangre? ¿Qué concepto tengo de Cristo y de Iglesia: triunfalista o humilde?

Para rezar: Jesús, hijo de María y de José, hermano y salvador nuestro: un día preguntaste a tus discípulos qué se comentaba de ti, cuál era la opinión acerca de tu persona.y, si juzgamos las respuestas, muchos no te conocían de verdad. sólo Pedro, el futuro primer papa, dio la respuesta buena: tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.aún hoy, son tan variadas las ideas sobre tu persona, que se podrían escribir miles de libros y de teorías, pero a nosotros, lo que nos preocupa es llegar a conocerte mejor para amarte más.Sabemos que no eres un mago, ni un brujo, sino alguien muy superior a ellos; aunque a veces, no podemos negarlo, hemos corrido con ellos.Nuestro sincero deseo es experimentar tu amor y trasmitírselo a nuestros hermanos. Ojalá nos quieras iluminar con tu Espíritu Santo, y que nosotros, tus hermanos,  podamos decir con los labios, y manifestar con nuestros hechos que  tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

 


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Viernes, 07 de septiembre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veintitrés del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 23º del T. Ordinario B

 

¡Ser sordo, ser mudo o ser ciego es algo terrible!

El Evangelio de hoy nos presenta la curación de un sordomudo: “Un sordo que, además, apenas podía hablar”.

En la primera lectura, el profeta anuncia los tiempos del Mesías diciendo: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, entonces saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…” Y algo de eso es lo que contemplamos en el Evangelio de hoy. San Marcos se detiene a contarnos cómo cura el Señor a un sordomudo.

Era lógico que la gente, que estaba entusiasmada ante los signos del Señor, dijera: “¡Todo lo ha hecho bien: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos!”. ¡Qué hermoso!

Pero hay muchas clases de sordera. Ésta no es sólo física. Así le decimos a un chiquillo, que no nos hace caso: “¡Anda, sordo. Haz lo que te dije!”

¡También hay una sordera espiritual! ¿No será ésta la peor de todas las sorderas?

Somos sordos o nos hacemos el sordo muchas veces a la hora de relacionarnos con Dios.

 Y si somos “sordos” para escuchar a Dios, seremos también “mudos” para hablar de Él.  A veces, una madre lleva a su niño al médico porque, a su tiempo,  no ha comenzado a hablar. El médico examina al niño, y le dice a la madre: “El niño no es mudo, sino sordo. Al no poder oír, no puede aprender a hablar. Veremos  qué se puede hacer”.

Si ahora, que comienza el curso, vamos por las parroquias, nos daremos cuenta de la cantidad de “sordos” que hay. Se expone a la comunidad la necesidad que existe de voluntarios para la catequesis  y para las demás actividades parroquiales. Y, por lo menos, en algunos lugares, qué pocos se comprometen. ¡Y qué fácil es encontrar excusas!

Si todos los cristianos, lo fuéramos de verdad, nos comprometeríamos voluntaria y

espontáneamente, como hacen muchos, y ya no estaríamos necesitados de mucho más.

El Señor no nos da el Espíritu con medida (Jn 3, 34), sino sobreabundantemente, y no

quiere que su Iglesia carezca de ningún don; pero, si no compartimos los dones, que hemos recibido de Dios para nuestro servicio a la comunidad, ésta no puede marchar bien, hará falta de todo.

Es, por tanto, urgente hacernos “una audiometría” para ver qué tal están nuestros oídos en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios y con los hermanos.

No podemos olvidar que el mismo Jesús que curó al sordomudo, nos puede curar también a nosotros de toda sordera.

Esta reflexión sobre la urgencia y la necesidad del compromiso cristiano, especialmente, al comienzo de curso, no puede oscurecer la realidad de tantas personas, jóvenes y mayores, que trabajan en nuestras comunidades, en la triple misión de la Iglesia: Evangelización, culto y caridad.  

Así, la organización eclesial de Cáritas se ha convertido en un referente en todo el país en este tiempo de crisis.        

¡Demos gracias a Dios que a todos nos llama para trabajar en su viña!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:19  | Espiritualidad
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DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO B

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

            El mensaje del profeta Isaías nos recuerda que Dios viene a salvar a los más débiles del mundo. Lo que aquí se anuncia, Jesús lo hará realidad, como contemplamos en el Evangelio de hoy. 

SEGUNDA LECTURA

El texto del apóstol Santiago nos previene hoy de la “acepción de personas”, nuestra tendencia a las distinciones y preferencias hacia los más pudientes, humillando a los pobres. 

TERCERA LECTURA

            El Evangelio nos narra la curación de un sordomudo y la reacción que producen en la gente los milagros del Señor. 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos al mismo Jesús, que hemos contemplado en el Evangelio, curando a un sordomudo. Pidámosle que nos libre de toda sordera en la vida espiritual, para que podamos acoger su Palabra y sus dones, y así podamos comprometernos en la hermosa tarea de  proclamar,  por todas partes, sus maravillas. 


Publicado por verdenaranja @ 12:16  | Liturgia
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La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 5 sept. 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El viaje a través del Decálogo nos lleva hoy al mandamiento del día de descanso. Suena como un mandamiento fácil de cumplir, pero es una impresión equivocada. Descansar realmente no es fácil, porque hay un descanso falso y un descanso verdadero. ¿Cómo podemos  reconocerlos?

La sociedad actual está sedienta  de entretenimiento y vacaciones. La industria de la distracción es muy floreciente y la publicidad dibuja el mundo ideal como un gran parque de atracciones donde todos se divierten.  Hoy el centro de gravedad del concepto de vida no es la actividad y el compromiso, la evasión. Ganar dinero por divertirse, satisfacerse. La imagen modelo es la de una persona con éxito  que puede permitirse espacios de placer amplios y diferentes. Pero esta mentalidad resbala hacia la insatisfacción de una existencia anestesiada por la diversión que no es descanso, sino alienación y escape de la realidad. El hombre nunca ha descansado tanto como hoy y ¡sin embargo, el hombre nunca ha experimentado tanto vacío como hoy! Las posibilidades de divertirse, de salir, los cruceros, los viajes, tantas cosas no te dan la plenitud del corazón. Todavía más: no te hacen descansar.

Las palabras del Decálogo buscan y encuentran el corazón del problema, arrojando una luz diferente sobre lo que es el descanso.  El mandamiento tiene un elemento peculiar: proporciona una motivación. El descanso en el nombre del Señor tiene un motivo preciso: “Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó. Por eso el Señor bendijo el día del sábado y lo hizo sagrado” (Éxodo 20:11).

Esto nos lleva al final de la creación cuando Dios dice: “Vio Dios cuanto había hecho y todo era bueno” (Gen 1:31). Y entonces comienza el día del descanso, que es la alegría de Dios por lo que ha creado. Es el día de la contemplación y la bendición.

¿Qué es el descanso según este mandamiento? Es el momento de la contemplación, es el momento de la alabanza, no de la evasión. Es el tiempo de mirar la realidad y decir: ¡qué bella es la vida! Al descanso como un escape de la realidad, el Decálogo contrapone el descanso como una bendición de la realidad. Para nosotros los cristianos, el centro del día del Señor, el domingo, es la Eucaristía, que significa “acción de gracias”. Es el día para decirle a Dios: Gracias Señor por la vida, por tu misericordia, por todos tus dones. El domingo no es el día para borrar los otros días sino para recordarlos, bendecirlos y hacer las paces con la vida, ¡Cuánta gente hay que tiene tantas posibilidades de divertirse, y no vive en paz con la vida! El domingo es el día para hacer las paces con la vida, diciendo: la vida es preciosa; no es fácil, a veces es dolorosa, pero es preciosa.

Ser introducido en el descanso auténtico es una obra de Dios en nosotros, pero requiere que nos alejemos de la maldición y de su encanto (ver Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 83). Efectivamente,  es muy fácil doblegar el corazón a la infelicidad, enfatizar las razones del descontento. La bendición y la alegría implican una apertura al bien que es un movimiento adulto del corazón. El bien es amable y nunca se impone. Debe elegirse.

La paz se elige, no se puede imponer y no se encuentra por casualidad. Alejándose de los amargos pliegues de su corazón, el hombre necesita hacer las paces con aquello de lo que huye. Es necesario reconciliarse con la propia historia, con hechos que uno no acepta, con las partes difíciles de la propia existencia. Os pregunto ¿cada uno de vosotros se ha reconciliado con su propia historia? Una pregunta para pensar: Yo, ¿me he reconciliado con mi historia? La verdadera paz, de hecho, no es cambiar la propia historia sino aceptarla y valorizarla, así como ha sido,

¡Cuántas veces nos hemos encontrado con cristianos enfermos que nos han consolado con una serenidad que no se encuentra en los vividores ni en los hedonistas! Y hemos visto personas humildes y pobres regocijarse con pequeñas gracias con una felicidad que sabía a eternidad.

El Señor dice en el Deuteronomio: “Te pongo delante vida o  muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia” “(30:19). Esta elección es el “fiat” de la Virgen María, es una apertura al Espíritu Santo que nos sitúa tras las huellas de Cristo. Aquel  que se entrega al Padre en el momento más dramático y emprende así el camino que conduce a la Resurrección.

¿Cuándo se vuelve hermosa la vida? Cuando se comienza a pensar bien de ella, cualquiera que sea nuestra historia. Cuando se abre camino el don de una duda: el de que todo sea gracia, [1] y ese santo pensamiento desmorona el muro interior de la insatisfacción, inaugurando el auténtico descanso. La vida se vuelve hermosa cuando el corazón se abre a la Providencia y se descubre que es verdad lo que dice el salmo “En Dios solo el descanso de  mi alma” (62: 2). Es bella esta frase del salmo: En Dios solo el descanso de  mi alma”.

________________________

[1] Cómo nos recuerda Santa Teresita del Niño Jesús, tomada de G. Bernanos, Diario de un cura rural.

© Librería Editorial Vaticano

 


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Mensaje del Santo Padre Francisco con motivo de la IV Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, cuyo tema este año es: “El agua, particularmente en dos aspectos: el respeto del agua como elemento precioso y el acceso al agua como derecho humano”. (ZENIT – 3 sept. 2018).-

Queridos hermanos y hermanas:

En esta Jornada de oración deseo ante todo dar gracias al Señor por el don de la casa común y por todos los hombres de buena voluntad que están comprometidos en custodiarla. Agradezco también los numerosos proyectos dirigidos a promover el estudio y la tutela de los ecosistemas, los esfuerzos orientados al desarrollo de una agricultura más sostenible y una alimentación más responsable, las diversas iniciativas educativas, espirituales y litúrgicas que involucran a tantos cristianos de todo el mundo en el cuidado de la creación.

Debemos reconocer que no hemos sabido custodiar la creación con responsabilidad. La situación ambiental, tanto a nivel global como en muchos lugares concretos, no se puede considerar satisfactoria. Con justa razón ha surgido la necesidad de una renovada y sana relación entre la humanidad y la creación, la convicción de que solo una visión auténtica e integral del hombre nos permitirá asumir mejor el cuidado de nuestro planeta en beneficio de la generación actual y futura, porque «no hay ecología sin una adecuada antropología» (Carta enc. Laudato si’, 118).

En esta Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación, que la Iglesia Católica desde hace algunos años celebra en unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, deseo llamar la atención sobre la cuestión del agua, un elemento tan sencillo y precioso, cuyo acceso para muchos es lamentablemente difícil si no imposible. Y, sin embargo, «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable» (ibíd., 30).

El agua nos invita a reflexionar sobre nuestros orígenes. El cuerpo humano está compuesto en su mayor parte de agua; y muchas civilizaciones en la historia han surgido en las proximidades de grandes cursos de agua que han marcado su identidad. Es sugestiva la imagen usada al comienzo del Libro del Génesis, donde se dice que en el principio el espíritu del Creador «se cernía sobre la faz de las aguas» (1,2).

Pensando en su papel fundamental en la creación y en el desarrollo humano, siento la necesidad de dar gracias a Dios por la “hermana agua”, sencilla y útil para la vida del planeta como ninguna otra cosa. Precisamente por esto, cuidar las fuentes y las cuencas hidrográficas es un imperativo urgente. Hoy más que nunca es necesaria una mirada que vaya más allá de lo inmediato (cf. Laudato si’, 36), superando «un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual» (ibíd., 159). Urgen proyectos compartidos y gestos concretos, teniendo en cuenta que es inaceptable cualquier privatización del bien natural del agua que vaya en detrimento del derecho humano de acceso a ella.

Para nosotros los cristianos, el agua representa un elemento esencial de purificación y de vida. La mente va rápidamente al bautismo, sacramento de nuestro renacer. El agua santificada por el Espíritu es la materia por medio de la cual Dios nos ha vivificado y renovado, es la fuente bendita de una vida que ya no muere más. El bautismo representa también, para los cristianos de distintas confesiones, el punto de partida real e irrenunciable para vivir una fraternidad cada vez más auténtica a lo largo del camino hacia la unidad plena. Jesús, durante su misión, ha prometido un agua capaz de aplacar la sed del hombre para siempre (cf. Jn 4,14) y ha profetizado: «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Ir a Jesús, beber de él, significa encontrarlo personalmente como Señor, sacando de su Palabra el sentido de la vida. Dejemos que resuenen con fuerza en nosotros aquellas palabras que él pronunció en la cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28). El Señor nos sigue pidiendo que calmemos su sed, tiene sed de amor. Nos pide que le demos de beber en tantos sedientos de hoy, para decirnos después: «Tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25,35). Dar de beber, en la aldea global, no solo supone realizar gestos personales de caridad, sino opciones concretas y un compromiso constante para garantizar a todos el bien primario del agua.

Quisiera abordar también la cuestión de los mares y de los océanos. Tenemos el deber de dar gracias al Creador por el imponente y maravilloso don de las grandes masas de agua y de cuanto contienen (cf. Gn 1,20-21; Sal 146,6), y alabarlo por haber revestido la tierra con los océanos (cf. Sal 104,6). Dirigir nuestra mente hacia las inmensas extensiones marinas, en continuo movimiento, también representa, en cierto sentido, la oportunidad de pensar en Dios, que acompaña constantemente su creación haciéndola avanzar, manteniéndola en la existencia (cf. S. Juan Pablo II, Catequesis, 7 mayo 1986).

Custodiar cada día este bien valioso representa hoy una responsabilidad ineludible, un verdadero y auténtico desafío: es necesaria la cooperación eficaz entre los hombres de buena voluntad para colaborar en la obra continua del Creador. Lamentablemente, muchos esfuerzos se diluyen ante la falta de normas y controles eficaces, especialmente en lo que respecta a la protección de las áreas marinas más allá de las fronteras nacionales (cf. Laudato si’, 174). No podemos permitir que los mares y los océanos se llenen de extensiones inertes de plástico flotante. Ante esta emergencia estamos llamados también a comprometernos, con mentalidad activa, rezando como si todo dependiese de la Providencia divina y trabajando como si todo dependiese de nosotros.

Recemos para que las aguas no sean signo de separación entre los pueblos, sino signo de encuentro para la comunidad humana. Recemos para que se salvaguarde a quien arriesga la vida sobre las olas buscando un futuro mejor. Pidamos al Señor, y a quienes realizan el eminente servicio de la política, que las cuestiones más delicadas de nuestra época ―como son las vinculadas a las migraciones, a los cambios climáticos, al derecho de todos a disfrutar de los bienes primarios― sean afrontadas con responsabilidad, previsión, mirando al mañana, con generosidad y espíritu de colaboración, sobre todo entre los países que tienen mayores posibilidades. Recemos por cuantos se dedican al apostolado del mar, por quienes ayudan en la reflexión sobre los problemas en los que se encuentran los ecosistemas marítimos, por quienes contribuyen a la elaboración y aplicación de normativas internacionales sobre los mares para que tutelen a las personas, los países, los bienes, los recursos naturales —pienso por ejemplo en la fauna y la flora pesquera, así como en las barreras coralinas (cf. ibíd., 41) o en los fondos marinos— y garanticen un desarrollo integral en la perspectiva del bien común de toda la familia humana y no de intereses particulares. Recordemos también a cuantos se ocupan de la protección de las zonas marinas, de la tutela de los océanos y de su biodiversidad, para que realicen esta tarea con responsabilidad y honestidad.

Finalmente, nos preocupan las jóvenes generaciones y rezamos por ellas, para que crezcan en el conocimiento y en el respeto de la casa común y con el deseo de cuidar del bien esencial del agua en beneficio de todos. Mi deseo es que las comunidades cristianas contribuyan cada vez más y de manera más concreta para que todos puedan disfrutar de este recurso indispensable, custodiando con respeto los dones recibidos del Creador, en particular los cursos de agua, los mares y los océanos. 

Vaticano, 1 de septiembre de 2018 

FRANCISCO


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