Viernes, 17 de febrero de 2006
(ZENIT.org) Segunda parte de la carta pastoral que ha escrito monse?or Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto, miembro de la Comisi?n Teol?gica Internacional, sobre el tema ?La reconciliaci?n y la belleza de Dios?


3. ?Confesarse con un sacerdote?

Me preguntas entonces: ?por qu? hay que confesar a un sacerdote los propios pecados y no se puede hacer directamente a Dios? Ciertamente, uno se dirige siempre a Dios cuando confiesa los propios pecados. Que sea, sin embargo, necesario hacerlo tambi?n ante un sacerdote nos lo hace comprender el mismo Dios: al enviar a su Hijo con nuestra carne, demuestra querer encontrarse con nosotros mediante un contacto directo, que pasa a trav?s de los signos y los lenguajes de nuestra condici?n humana. As? como ?l ha salido de s? mismo por amor nuestro y ha venido a ?tocarnos? con su carne, tambi?n nosotros estamos llamados a salir de nosotros mismos por amor suyo e ir con humildad y fe a quien puede darnos el perd?n en su nombre con la palabra y con el gesto. S?lo la absoluci?n de los pecados que el sacerdote te da en el sacramento puede comunicarte la certeza interior de haber sido verdaderamente perdonado y acogido por el Padre que est? en los cielos, porque Cristo ha confiado al ministerio de la Iglesia el poder de atar y desatar, de excluir y de admitir en la comunidad de la alianza (Cf. Mateo 18,17). Es ?l quien, resucitado de la muerte, ha dicho a los Ap?stoles: ??Recibid el Esp?ritu Santo. A quienes perdon?is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng?is, les quedan retenidos? (Juan 20,22-23). Por lo tanto, confesarse con un sacerdote es muy diferente de hacerlo en el secreto del coraz?n, expuesto a tantas inseguridades y ambig?edades que llenan la vida y la historia. Tu solo no sabr?s nunca verdaderamente si quien te ha tocado es la gracia de Dios o tu emoci?n, si quien te ha perdonado has sido t? o ha sido ?l por la v?a que ?l ha elegido. Absuelto por quien el Se?or ha elegido y enviado como ministro del perd?n, podr?s experimentar la libertad que s?lo Dios da y comprender?s por qu? confesarse es fuente de paz.

4. Un Dios cercano a nuestra debilidad

La confesi?n es por tanto el encuentro con el perd?n divino, que se nos ofrece en Jes?s y que se nos transmite mediante el ministerio de la Iglesia. En este signo eficaz de la gracia, cita con la misericordia sin fin, se nos ofrece el rostro de un Dios que conoce como nadie nuestra condici?n humana y se le hace cercano con tiern?simo amor. Nos lo demuestran innumerables episodios de la vida de Jes?s, desde el encuentro con la Samaritana a la curaci?n del paral?tico, desde el perd?n a la ad?ltera a las l?grimas ante la muerte del amigo L?zaro... De esta cercan?a tierna y compasiva de Dios tenemos inmensa necesidad, como lo demuestra tambi?n una simple mirada a nuestra existencia: cada uno de nosotros convive con la propia debilidad, atraviesa la enfermedad, se asoma a la muerte, advierte el desaf?o de las preguntas que todo esto plantea en el coraz?n. Por mucho que luego podamos desear hacer el bien, la fragilidad que nos caracteriza a todos, nos expone continuamente al riesgo de caer en la tentaci?n. El Ap?stol Pablo describi? con precisi?n esta experiencia: ?Hay en m? el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo; en efecto, yo no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero? (Romanos 7,18s). Es el conflicto interior del que nace la invocaci?n: ??Qui?n me librar? de este cuerpo que me lleva a la muerte?? (Romanos 7, 24). A ella responde de modo especial el sacramento del perd?n, que viene a socorrernos siempre de nuevo en nuestra condici?n de pecado, alcanz?ndonos con la potencia sanadora de la gracia divina y transformando nuestro coraz?n y nuestros comportamientos. Por ello, la Iglesia no se cansa de proponernos la gracia de este sacramento durante todo el camino de nuestra vida: a trav?s de ella Jes?s, verdadero m?dico celestial, se hace cargo de nuestros pecados y nos acompa?a, continuando su obra de curaci?n y de salvaci?n. Como sucede en cada historia de amor, tambi?n la alianza con el Se?or hay que renovarla sin descanso: la fidelidad y es el empe?o siempre nuevo del coraz?n que se entrega y acoge el amor que se le ofrece, hasta el d?a en que Dios ser? todo en todos.
Publicado por verdenaranja @ 22:35
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