Domingo, 19 de febrero de 2006
(ZENIT.org) Colocamos a continuaci?n la tercera parte de la carta pastoral que ha escrito monse?or Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto, miembro de la Comisi?n Teol?gica Internacional, sobre el tema ?La reconciliaci?n y la belleza de Dios? , que ha sido publicada por zenit.


5. Las etapas del encuentro con el perd?n

Precisamente porque fue deseado por un Dios profundamente ?humano?, el encuentro con la misericordia que nos ofrece Jes?s se produce en varias etapas, que respetan los tiempos de la vida y del coraz?n. Al inicio, est? la escucha de la buena noticia, en la que te alcanza la llamada del Amado: ?El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios est? cerca; convert?os y creed en la Buena Nueva? (Marcos 1, 15). A trav?s de esta voz el Esp?ritu Santo act?a en ti, d?ndote dulzura para consentir y creer en la Verdad. Cuando te vuelves d?cil a esta voz y decides responder con todo el coraz?n a Quien te llama, emprendes el camino que te lleva al regalo m?s grande, un don tan valioso que le lleva a Pablo a decir: ?En nombre de Cristo os suplicamos: ?reconciliaos con Dios!? (2 Corintios 5, 20).

La reconciliaci?n es precisamente el sacramento del encuentro con Cristo que, mediante el ministerio de la Iglesia, viene a socorrer la debilidad de quien ha traicionado o rechazado la alianza con Dios, le reconcilia con el Padre y con la Iglesia, le recrea como criatura nueva en la fuerza del Esp?ritu Santo. Este sacramento es llamado tambi?n de la penitencia, porque en ?l se expresa la conversi?n del hombre, el camino del coraz?n que se arrepiente y viene a invocar el perd?n de Dios. El t?rmino confesi?n --usado normalmente-- se refiere en cambio al acto de confesar las propias culpas ante el sacerdote, pero recuerda tambi?n la triple confesi?n que hay que hacer para vivir en plenitud la celebraci?n de la reconciliaci?n: la confesi?n de alabanza (?confessio laudis?), con la que hacemos memoria del amor divino que nos precede y nos acompa?a, reconociendo sus signos en nuestra vida y comprendiendo mejor as? la gravedad de nuestra culpa; la confesi?n del pecado, con la que presentamos al Padre nuestro coraz?n humilde y arrepentido, reconociendo nuestros pecados (?confessio peccati?); la confesi?n de fe, por ?ltimo, con la que nos abrimos al perd?n que libera y salva, que se nos ofrece con la absoluci?n (?confessio fidei?). A su vez, los gestos y las palabras en las que expresaremos el don que hemos recibido confesar?n en la vida las maravillas realizadas en nosotros por la misericordia de Dios.

6. La fiesta del encuentro

En la historia de la Iglesia, la penitencia ha sido vivida en una gran variedad de formas, comunitarias e individuales, que sin embargo han mantenido todas la estructura fundamental del encuentro personal entre el pecador arrepentido y el Dios vivo, a trav?s de la mediaci?n del ministerio del obispo o del sacerdote. A trav?s de las palabras de la absoluci?n, pronunciadas por un hombre pecador que, sin embargo, ha sido elegido y consagrado para el ministerio, es Cristo mismo el que acoge al pecador arrepentido y le reconcilia con el Padre y en el don del Esp?ritu Santo le renueva como miembro vivo de la Iglesia. Reconciliados con Dios, somos acogidos en la comuni?n vivificante de la Trinidad y recibimos en nosotros la vida nueva de la gracia, el amor que s?lo Dios puede infundir en nuestros corazones: el sacramento del perd?n renueva, as?, nuestra relaci?n con el Padre, con el Hijo y con el Esp?ritu Santo, en cuyo nombre se nos da la absoluci?n de las culpas. Como muestra la par?bola del Padre y los dos hijos, el encuentro de la reconciliaci?n culmina en un banquete de platos sabrosos, en el que se participa con el traje nuevo, el anillo y los pies bien calzados (Cf. Lucas 15, 22s): im?genes que expresan la alegr?a y la belleza del regalo ofrecido y recibido. Verdaderamente, para usar las palabras del padre de la par?bola, ?comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo m?o estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado? (Lucas 15, 24). ?Qu? hermoso pensar que aquel hijo podemos ser cada uno de nosotros!

7. La vuelta a la casa del Padre

En relaci?n a Dios Padre, la penitencia se presenta como una ?vuelta a casa? (?ste es propiamente el sentido de la palabra ?teshuv?, que el hebreo usa para decir ?conversi?n?). Mediante la toma de conciencia de tus culpas, te das cuenta de estar en el exilio, lejano de la patria del amor: adviertes malestar, dolor, porque comprendes que la culpa es una ruptura de la alianza con el Se?or, un rechazo de su amor, es ?amor no amado?, y por ello es tambi?n fuente de alienaci?n, porque el pecado nos desarraiga de nuestra verdadera morada, el coraz?n del Padre. Es entonces cuando hace falta recordar la casa en la que nos esperan: sin esta memoria del amor no podr?amos nunca tener la confianza y la esperanza necesarias para tomar la decisi?n de volver a Dios. Con la humildad de quien sabe que no es digno de ser llamado ?hijo?, podemos decidirnos a ir a llamar a la puerta de la casa del Padre: ?qu? sorpresa descubrir que est? en la ventana escrutando el horizonte porque espera desde hace mucho tiempo nuestro retorno! A nuestras manos abiertas, al coraz?n humilde y arrepentido, responde el ofrecimiento gratuita del perd?n con el que el Padre nos reconcilia consigo, ?convirti?ndonos? de alguna manera a nosotros mismos: ? Estando ?l todav?a lejos, le vio su padre y, conmovido, corri?, se ech? a su cuello y le bes? efusivamente? (Lucas 15, 20). Con extraordinaria ternura, Dios nos introduce de modo renovado en la condici?n de hijos, ofrecida por la alianza establecida en Jes?s.
Publicado por verdenaranja @ 19:42
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