Mi?rcoles, 01 de marzo de 2006
?Al ver Jes?s a las gentes se compadec?a de ellas? (Mt 9,36)


Amad?simos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinaci?n interior hacia Aqu?l que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinaci?n en la que ?l mismo nos acompa?a a trav?s del desierto de nuestra pobreza, sosteni?ndonos en el camino hacia la alegr?a intensa de la Pascua. Incluso en el ?valle oscuro? del que habla el salmista (Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Se?or escucha tambi?n el grito de las multitudes hambrientas de alegr?a, de paz y de amor. Como en todas las ?pocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolaci?n de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin distinci?n a ancianos, adultos y ni?os, Dios no permite que predomine la oscuridad del horror. En efecto, como escribi? mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un ?l?mite impuesto al mal por el bien divino?, y es la misericordia (Memoria e identidad, 29 ss.). En este sentido he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evang?lica seg?n la cual ?Al ver Jes?s a las gentes se compadec?a de ellas? (Mt 9,36). A este respecto deseo reflexionar sobre una cuesti?n muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La ?mirada? conmovida de Cristo se detiene tambi?n hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el ?proyecto? divino todos est?n llamados a la salvaci?n. Jes?s, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jes?s abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreci?ndose a s? mismo en sacrificio de expiaci?n.

La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra ?mirada? sobre el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ning?n modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su coraz?n. Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra ?poca de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera cada vez m?s viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la enc?clica Populorum progressio denunciaba ?las carencias materiales de los que est?n privados del m?nimo vital y las carencias morales de los que est?n mutilados por el ego?smo... las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones? (n. 21). Como ant?doto contra estos males, Pablo VI no s?lo suger?a ?el aumento en la consideraci?n de la dignidad de los dem?s, la orientaci?n hacia el esp?ritu de pobreza, la cooperaci?n en el bien com?n, la voluntad de la paz?, sino tambi?n ?el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin? (ib.). En esta l?nea, el Papa no dudaba en proponer ?especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo? (ib.). Por tanto, la ?mirada? de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a afirmar los verdaderos contenidos de ese ?humanismo pleno? que, seg?n el mismo Pablo VI, consiste en el ?desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres? (ib., n. 42). Por eso, la primera contribuci?n que la Iglesia ofrece al desarrollo del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones t?cnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las conciencias y muestra la aut?ntica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creaci?n de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre.

Ante los terribles desaf?os de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio ego?smo aparecen como un contraste intolerable frente a la ?mirada? de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oraci?n, la Iglesia propone de modo especial en el per?odo de Cuaresma, son una ocasi?n propicia para conformarnos con esa ?mirada?. Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo. Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ning?n proyecto econ?mico, social o pol?tico puede sustituir el don de uno mismo a los dem?s en el que se expresa la caridad. Quien act?a seg?n esta l?gica evang?lica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como ?l, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del pr?jimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atenci?n. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como dec?a a menudo la beata Teresa de Calcuta: ?la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo?. Por esto es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilizaci?n sobre bases s?lidas.

Gracias a hombres y mujeres obedientes al Esp?ritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formaci?n profesional, peque?as empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupaci?n hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evang?lico. Estas obras indican un camino para guiar a?n hoy el mundo hacia una globalizaci?n que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, as?, lleve a la paz aut?ntica. Con la misma compasi?n de Jes?s por las muchedumbres, la Iglesia siente tambi?n hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades pol?ticas y ejerce el poder econ?mico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo ser? la efectiva libertad religiosa, entendida no s?lo como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino tambi?n de contribuir a la edificaci?n de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe tambi?n la consideraci?n efectiva del papel central que los aut?nticos valores religiosos desempe?an en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes m?s profundos y como motivaci?n ?tica respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Bas?ndose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar tambi?n con sabidur?a los programas de sus gobernantes.

No podemos ocultar que muchos que profesaban ser disc?pulos de Jes?s han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se deb?a mejorar la tierra y despu?s pensar en el cielo. La tentaci?n ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se deb?a actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformaci?n del cristianismo en moralismo, la sustituci?n del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observ? con raz?n: ?La tentaci?n actual es la de reducir el cristianismo a una sabidur?a meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una ?gradual secularizaci?n de la salvaci?n?, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensi?n horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jes?s vino a traer la salvaci?n integral? (Enc. Redemptoris missio, 11).

Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvaci?n integral. Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a ?l, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliaci?n, descubriremos una ?mirada? que nos escruta en lo m?s hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvaci?n eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el odio, el Se?or no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A Mar?a, ?fuente viva de esperanza? (Dante Alighieri, Para?so, XXXIII, 12), le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en particular, las muchedumbres que a?n hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensi?n. Con estos sentimientos, imparto a todos de coraz?n una especial Bendici?n Apost?lica.



Vaticano, 29 de septiembre de 2005.

BENEDICTUS PP. XVI
Publicado por verdenaranja @ 23:14
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