Martes, 07 de marzo de 2006
ZENIT publica la homil?a de Benedicto XVI pronunciada en la celebraci?n eucar?stica que presidi? en la Bas?lica de Santa Sabina el Mi?rcoles de Ceniza, 1 de marzo de 2006.


Se?ores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos hermanos y hermanas:

La procesi?n penitencial, con la que hemos iniciado esta celebraci?n, nos ha ayudado a entrar en el clima t?pico de la Cuaresma, que es una peregrinaci?n personal y comunitaria de conversi?n y renovaci?n espiritual. Seg?n la antiqu?sima tradici?n romana de las "estaciones" cuaresmales, durante este tiempo los fieles, juntamente con los peregrinos, cada d?a se re?nen y hacen una parada ?statio? en una de las muchas "memorias" de los m?rtires, que constituyen los cimientos de la Iglesia de Roma. En las bas?licas, donde se exponen sus reliquias, se celebra la santa misa precedida por una procesi?n, durante la cual se cantan las letan?as de los santos. As? se recuerda a los que con su sangre dieron testimonio de Cristo, y su evocaci?n impulsa a cada cristiano a renovar su adhesi?n al Evangelio. A pesar del paso de los siglos, estos ritos conservan su valor, porque recuerdan cu?n importante es, tambi?n en nuestros tiempos, acoger sin componendas las palabras de Jes?s: "El que quiera venir en pos de m?, ni?guese a s? mismo, tome su cruz cada d?a y s?game" (Lc 9, 23).

Otro rito simb?lico, gesto propio y exclusivo del primer d?a de Cuaresma, es la imposici?n de la ceniza. ?Cu?l es su significado m?s hondo? Ciertamente, no se trata de un mero ritualismo, sino de algo m?s profundo, que toca nuestro coraz?n. Nos ayuda a comprender la actualidad de la advertencia del profeta Joel, que recoge la primera lectura, una advertencia que conserva tambi?n para nosotros su validez saludable: a los gestos exteriores debe corresponder siempre la sinceridad del alma y la coherencia de las obras.

En efecto, ?de qu? sirve ?se pregunta el autor inspirado? rasgarse las vestiduras, si el coraz?n sigue lejos del Se?or, es decir, del bien y de la justicia? Lo que cuenta, en realidad, es volver a Dios, con un coraz?n sinceramente arrepentido, para obtener su misericordia (cf. Jl 2, 12-18). Un coraz?n nuevo y un esp?ritu nuevo es lo que pedimos en el Salmo penitencial por excelencia, el Miserere, que hoy cantamos con el estribillo "Misericordia, Se?or: hemos pecado". El verdadero creyente, consciente de que es pecador, aspira con todo su ser ?esp?ritu, alma y cuerpo? al perd?n divino, como a una nueva creaci?n, capaz de devolverle la alegr?a y la esperanza (cf. Sal 50, 3. 5. 12. 14).

Otro aspecto de la espiritualidad cuaresmal es el que podr?amos llamar "agon?stico", y se refleja en la oraci?n colecta de hoy, donde se habla de "armas" de la penitencia y de "combate" contra las fuerzas del mal. Cada d?a, pero especialmente en Cuaresma, el cristiano debe librar un combate, como el que Cristo libr? en el desierto de Jud?, donde durante cuarenta d?as fue tentado por el diablo, y luego en Getseman?, cuando rechaz? la ?ltima tentaci?n, aceptando hasta el fondo la voluntad del Padre.

Se trata de un combate espiritual, que se libra contra el pecado y, en ?ltimo t?rmino, contra satan?s. Es un combate que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia. San Agust?n afirma que quien quiere caminar en el amor de Dios y en su misericordia no puede contentarse con evitar los pecados graves y mortales, sino que "hace la verdad reconociendo tambi?n los pecados que se consideran menos graves (...) y va a la luz realizando obras dignas. Tambi?n los pecados menos graves, si nos descuidamos, proliferan y producen la muerte" (In Io. evang. 12, 13, 35).

Por consiguiente, la Cuaresma nos recuerda que la vida cristiana es un combate sin pausa, en el que se deben usar las "armas" de la oraci?n, el ayuno y la penitencia. Combatir contra el mal, contra cualquier forma de ego?smo y de odio, y morir a s? mismos para vivir en Dios es el itinerario asc?tico que todos los disc?pulos de Jes?s est?n llamados a recorrer con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia.

El d?cil seguimiento del divino Maestro convierte a los cristianos en testigos y ap?stoles de paz. Podr?amos decir que esta actitud interior nos ayuda tambi?n a poner mejor de relieve cu?l debe ser la respuesta cristiana a la violencia que amenaza la paz del mundo. Ciertamente, no es la venganza, ni el odio, ni tampoco la huida hacia un falso espiritualismo. La respuesta de los disc?pulos de Cristo consiste, m?s bien, en recorrer el camino elegido por ?l, que, ante los males de su tiempo y de todos los tiempos, abraz? decididamente la cruz, siguiendo el sendero m?s largo, pero eficaz, del amor. Tras sus huellas y unidos a ?l, debemos esforzarnos todos por oponernos al mal con el bien, a la mentira con la verdad, al odio con el amor.

En la enc?clica Deus caritas est quise presentar este amor como el secreto de nuestra conversi?n personal y eclesial. Comentando las palabras de san Pablo a los Corintios: "Nos apremia el amor de Cristo" (2 Co 5, 14), subray? que "la conciencia de que en ?l Dios mismo se ha entregado por nosotros hasta la muerte tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros mismos, sino para ?l y, con ?l, para los dem?s" (n. 33).

El amor, como reafirma Jes?s en el pasaje evang?lico de hoy, debe traducirse despu?s en gestos concretos en favor del pr?jimo, y en especial en favor de los pobres y los necesitados, subordinando siempre el valor de las "obras buenas" a la sinceridad de la relaci?n con el "Padre celestial", que "ve en lo secreto" y "recompensar?" a los que hacen el bien de modo humilde y desinteresado (cf. Mt 6, 1. 4. 6. 18).

La concreci?n del amor constituye uno de los elementos esenciales de la vida de los cristianos, a los que Jes?s estimula a ser luz del mundo, para que los hombres, al ver sus "buenas obras", glorifiquen a Dios (cf. Mt 5, 16). Esta recomendaci?n llega a nosotros muy oportunamente al inicio de la Cuaresma, para que comprendamos cada vez mejor que "la caridad no es una especie de actividad de asistencia social (...), sino que pertenece a su naturaleza y es manifestaci?n irrenunciable de su propia esencia" (Deus caritas est, 25). El verdadero amor se traduce en gestos que no excluyen a nadie, a ejemplo del buen samaritano, el cual, con gran apertura de esp?ritu, ayud? a un desconocido necesitado, al que encontr? "por casualidad" a la vera del camino (cf. Lc 10, 31).

Se?ores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado, queridos religiosos, religiosas y fieles laicos, a quienes saludo con gran cordialidad, entremos en el clima t?pico de este tiempo lit?rgico con estos sentimientos, dejando que la palabra de Dios nos ilumine y nos gu?e. En Cuaresma escucharemos con frecuencia la invitaci?n a convertirnos y creer en el Evangelio, y se nos invitar? constantemente a abrir el esp?ritu a la fuerza de la gracia divina.

Aprovechemos estas ense?anzas que nos dar? en abundancia la Iglesia durante estas semanas. Animados por un fuerte compromiso de oraci?n, decididos a un esfuerzo cada vez mayor de penitencia, de ayuno y de solicitud amorosa por los hermanos, encamin?monos hacia la Pascua, acompa?ados por la Virgen Mar?a, Madre de la Iglesia y modelo de todo aut?ntico disc?pulo de Cristo.
Publicado por verdenaranja @ 23:49
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