S?bado, 11 de marzo de 2006
BOGOT?, s?bado, 11 marzo 2006 (ZENIT.org) publica la intervenci?n que pronunci? el 9 de marzo el arzobispo Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, al inaugurar el primer congreso de movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades de Am?rica Latina.


Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades:
respuesta del Esp?ritu Santo a los desaf?os de la evangelizaci?n, hoy




1. El mayor desaf?o lanzado a la Iglesia, a principios de este milenio, es la tarea que le ha sido confiada desde siempre: la evangelizaci?n. En toda ?poca, y por tanto en la nuestra, la Iglesia est? llamada a acoger nuevamente el mandato misionero de Cristo resucitado: ?Poneos, pues en camino, haced disc?pulos a todos los pueblos y bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Esp?ritu Santo, ense??ndoles a poner por obra todo lo que os he mandado? (Mt 28, 19-20) Para Mateo, hacerse ?disc?pulos? y hacerse ?cristianos? significa lo mismo [1]. ?Hacer disc?pulos? es el n?cleo de la vocaci?n de la Iglesia y de su misi?n en todos los tiempos. La Iglesia fundada por Cristo es enviada al mundo para evangelizar, vive permanentemente en estado de misi?n y tiene su raz?n de ser en la misi?n.

La evangelizaci?n del mundo actual - la nueva evangelizaci?n de la que tanto se habla y que tanto interesaba al Siervo de Dios Juan Pablo II - es una tarea en la cual la Iglesia pone muchas esperanzas; pero tambi?n tiene plena conciencia de los innumerables obst?culos que se presentan a su obra, tanto por los cambios extraordinarios que se han realizado en la vida de los individuos y en las sociedades, como, y sobre todo, por una cultura postmoderna en grave crisis. El creciente proceso de secularizaci?n y una aut?ntica ?dictadura del relativismo? (Benedicto XVI) van generando en muchos de nuestros contempor?neos una tremenda carencia de valores, acompa?ada por un alegre nihilismo, y termina en una alarmante erosi?n de la fe, en una especie de ?apostas?a silenciosa? (Juan Pablo II), en un ?extra?o olvido de Dios? (Benedicto XVI). A esta situaci?n, que se puede verificar tristemente en los pa?ses de antigua tradici?n cristiana, sirve de contra-altar, por decirlo as?, un ?boom religioso? ambivalente y ambiguo. El Papa habl? de esto en Colonia, en el mes de agosto del a?o pasado, diciendo: ?No quiero desacreditar todo lo que se sit?a en este contexto (...). Pero a menudo , la religi?n se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que gusta, y algunos saben tambi?n sacarle provecho? [2]Pi?nsese en la invasi?n de las sectas , en la difusi?n de modos de vida y actitudes dictados por el New Age, en los fen?menos para-religiosos como el ocultismo y la magia. El mundo globalizado se ha vuelto, en verdad, una gigantesca tierra de misi?n. Como dice el Salmista con tonos dram?ticos: ?El Se?or mira desde los cielos a los hombres para ver si queda alguien juicioso que busque a Dios? (Sal 14, 2). En nuestros d?as, es m?s urgente que nunca anunciar a Jesucristo en los grandes are?pagos modernos de la cultura, de la ciencia, de la econom?a, de la pol?tica y de los mass-media. La mies evang?lica es mucha y los obreros son pocos (cfr. Mt 9, 37). En este campo vital para la Iglesia es preciso, hoy, un viraje radical de las mentalidades, un aut?ntico, nuevo despertar de las conciencias de todos. Se necesitan nuevos m?todos, nuevas expresiones y un nuevo coraje [3]. Al comenzar el tercer milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II exhortaba as? a la Iglesia: ?He repetido muchas veces en estos a?os la llamada a la nueva evangelizaci?n . La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los or?genes, dej?ndonos impregnar por el ardor de la predicaci?n apost?lica despu?s de Pentecost?s. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: ?Ay de m? si no predicara el Evangelio!? (1Cor 9, 16) [4]. Hablando a los Obispos alemanes en Colonia, el Papa Benedicto XVI pronunci? al respecto unas palabras que dejan entrever un profundo anhelo apost?lico: ?Deber?amos reflexionar seriamente sobre el modo como podemos realizar hoy una verdadera evangelizaci?n, no s?lo una nueva evangelizaci?n, sino con frecuencia una aut?ntica primera evangelizaci?n. Las personas no conocen a Dios, no conocen a Cristo. Existe un nuevo paganismo y no basta que tratemos de conservar a la comunidad creyente, aunque esto es muy importante (...). Creo que todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos de llevar el Evangelio al mundo actual, anunciar de nuevo a Cristo y establecer la fe? [5]. Estas orientaciones de los dos Sumos Pont?fices servir?n para guiar nuestra reflexi?n por el hilo que une la evangelizaci?n del mundo actual a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades.

2. Entre los muchos frutos generados por el Concilio Vaticano II a la vida de la Iglesia, ocupa un lugar destacado y especial, sin lugar a dudas, la ?nueva ?poca asociativa? de los fieles laicos. Gracias a la eclesiolog?a y a la telog?a del laicado desarrolladas por el Concilio, junto a las asociaciones tradicionales han surgido muchas otras agrupaciones denominadas hoy ?movimientos eclesiales? o ?nuevas comunidades? [6]. Una vez m?s, el Esp?ritu ha intervenido en la historia de la Iglesia d?ndole nuevos carismas portadores de un extraordinario dinamismo misionero, y respondiendo oportunamente a los grandes y dram?ticos desaf?os de nuestra ?poca. El Siervo de Dios Juan Pablo II, que segu?a con cari?o y con una especial solicitud pastoral estas nuevas realidades eclesiales, afirmaba: ?Uno de los dones del Esp?ritu a nuestro tiempo es, ciertamente, el florecimiento de los movimientos eclesiales, que desde el inicio de mi pontificado he se?alado y sigo se?alando como motivo de esperanza para la Iglesia y para los hombres? [7].El papa Wojtyla estaba profundamente convencido de que los movimientos eclesiales eran la expresi?n de un ?nuevo adviento misionero?, de la ?gran primavera cristiana? preparada por Dios al aproximarse el tercer milenio de la Redenci?n [8]. Este fue uno de los grandes desaf?os prof?ticos de su pontificado.

Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son portadores de un precioso potencial evangelizador, del que la Iglesia tiene urgente necesidad, hoy. Representan una riqueza a?n no conocida ni valorizada plenamente. Juan Pablo II dec?a: ?En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia, la necesidad de un anuncio fuerte y de una s?lida y profunda formaci?n cristiana. ?Cu?nta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocaci?n y misi?n en la Iglesia y en el mundo! ?Cu?nta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aqu? entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Esp?ritu Santo, a este dram?tico desaf?o del fin del milenio. ?Vosotros sois esta respuesta providencial!? [9] El Papa indicaba aqu? dos prioridades fundamentales de la evangelizaci?n, del ?hacer disc?pulos? de Jesucristo, hoy: una ?s?lida y profunda formaci?n? y un ?anuncio fuerte?. Dos ?mbitos en los cuales los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades dan frutos estupendos para la vida de la Iglesia, llegando a ser, para miles de cristianos de todos los rincones del mundo, verdaderos ?laboratorios de la fe?, aut?nticas escuelas de vida cristiana, de santidad y de misi?n.

3. La primera, y gran prioridad es, pues, la formaci?n cristiana. Y aqu? tocamos un punto neur?lgico. Porque hoy se minan los cimientos mismos del proceso educativo de la persona. Como advert?a el Cardenal Ratzinger, ?se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como ?ltima medida s?lo el propio yo y sus antojos? [10]. La cultura dominante de nuestros d?as genera personalidades fragmentadas, d?biles, incoherentes. Alguien pone en guardia: ?Est? en crisis la capacidad de una generaci?n de adultos, de educar a sus propios hijos. Durante a?os, desde los nuevos p?lpitos - escuelas y universidades, peri?dicos y televisiones - se ha predicado que la libertad es la ausencia de v?nculos y de historia; que se puede llegar a ser grandes sin pertenecer a nada y a nadie, siguiendo simplemente el propio gusto o antojo. Se ha vuelto normal pensar que todo es igual, que nada, en el fondo, tiene valor, s?lo el dinero, el poder y la posici?n social. Se vive como si la verdad no existiera, como si el deseo de felicidad del que est? hecho el coraz?n del hombre estuviera destinado a permanecer sin respuesta? [11]. La influencia de esta cultura no descuida a los bautizados. De ah?, entonces, identidades cristianas d?biles y confusas; la fe, que asume el aspecto de una pr?ctica rutinaria, bajo la influencia de un peligroso sincretismo de superstici?n, magia y New Age; una pertenencia a la Iglesia superficial y distra?da, que no se repercute de manera significativa en las opciones y en los comportamientos. Se asiste, hoy, a una preocupante carencia de ambientes educativos, no s?lo fuera de la Iglesia, sino tambi?n en su interior. La familia cristiana, por s? sola, ya no es capaz de transmitir la fe a las nuevas generaciones, ni tampoco la parroquia es suficiente para ello, aunque sigue siendo la estructura indispensable para la pastoral de la Iglesia en el territorio. Las parroquias, sobre todo en las grandes ciudades, abarcan con frecuencia barrios demasiado extensos - cuando no se trata de aut?nticos barrios-dormitorio - en los que es dif?cil establecer relaciones personales y hacer que se vuelvan lugares de una verdadera iniciaci?n cristiana. ?Qu? hacer, entonces? En este caso, precisamente, se presentan los movimientos eclesiales como lugares de una profunda y s?lida formaci?n cristiana. Los movimientos y las nuevas comunidades se caracterizan, en efecto, por una rica variedad de m?todos y de itinerarios educativos extraordinariamente eficaces. Pero ?cu?l es el motivo de su fuerza pedag?gica? Este ?secreto?, por decirlo as?, est? encerrado en los carismas que los han generado y que constituyen su alma. El carisma genera esa ?afinidad espiritual entre las personas? [12] que da vida a la comunidad y al movimiento. Gracias a ese carisma, la fascinante experiencia original del acontecimiento cristiano, de la que es testigo particular todo fundador, puede reproducirse en la vida de muchas personas y en varias generaciones de personas sin perder nada de su novedad y frescura. El carisma es la fuente de la extraordinaria fuerza educadora de los movimientos y de las nuevas comunidades. Se trata de una formaci?n que tiene como punto de partida una profunda conversi?n del coraz?n. No por casualidad, estas nuevas realidades eclesiales cuentan entre sus miembros a muchos convertidos, gente que ?viene de lejos?. Al principio de este proceso hay siempre un encuentro personal con Cristo, el encuentro que cambia radicalmente la vida. Un encuentro facilitado por testigos cre?bles, que han revivido en el movimiento la experiencia de los primeros disc?pulos: ?Ven y lo ver?s? (Jn 1, 46). En la vida de los miembros de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades hay siempre un ?antes? y un ?despu?s?. La conversi?n del coraz?n es a veces un proceso gradual que requiere tiempo. Otras veces es como un rayo, inesperado y sobrecogedor. Pero siempre se vive como un don gratuito de Dios que hace rebosar el coraz?n de felicidad y se transforma en una riqueza espiritual para toda la vida. ?Dios existe, yo lo he encontrado?. ?Cu?ntos miembros de movimientos eclesiales y nuevas comunidades podr?an hacer suyas las palabras de Andr? Frossard, otro convertido!

La formaci?n es el ?mbito por excelencia donde se expresa la originalidad de los carismas de los distintos movimientos y comunidades, cada uno de los cuales funda el proceso educativo de la persona en una pedagog?a propia y espec?fica. Por lo general, una pedagog?a cristoc?ntrica, que se concentra en lo esencial, es decir, en despertar en la persona la vocaci?n bautismal propia de los disc?pulos de Cristo. Una pedagog?a radical que no dilluye el Evangelio, que exige y plantea la meta de la santidad. Una pedagog?a que se desarrolla en el interior de las peque?as comunidades cristianas que - sobre todo en una sociedad ?atomizada?, en la que reinan la soledad y la despersonalizaci?n de las relaciones humanas - llegan a constituir un punto indispensable de referencia y de apoyo. Una pedagog?a integral que, al abaracar y comprometer todas las dimensiones de la existencia de una persona, genera un sentido de pertenencia ?total? al movimiento. Una pertenencia diferente a cualquier otra adhesi?n a grupos o c?rculos sectoriales de distinto tipo y que se traduce en un fuerte sentido de pertenencia a la Iglesia y en un vivo amor a ella. Por eso no es arriesgado afirmar que los movimientos y las nuevas comunidades son verdaderas escuelas para la formaci?n de cristianos ?adultos?. Como escrib?a hace algunos a?os el Cardenal Joseph Ratzinger, son ?modos fuertes de vivir la fe que estimulan a las personas y les dan vitalidad y alegr?a; una presencia de fe, pues, que significa algo para el mundo? [13]. Para completar el cuadro, merece por lo menos una menci?n el papel que pueden desempe?ar estas realidades, en el contexto de la Iglesia latinoamericana, con relaci?n al fen?meno arraigado y difundido de la piedad popular. Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades ofrecen, en efecto, pedagog?as de evangelizaci?n que pueden contribuir con eficacia a orientar bien esa religiosidad, captando y profundizando aspectos importantes, sin rebajar su valor en la vida del pueblo [14].

4. La segunda, gran urgencia a la que responden los movimientos y las nuevas comunidades es el ?anuncio fuerte?. La formaci?n cristiana debe tener siempre un gran alcance misionero, porque la vocaci?n cristiana es, por su misma naturaleza, vocaci?n al apostolado. La misi?n ayuda a descubrir en plenitud la propia vocaci?n de bautizados, defiende de la tentaci?n de un repliegue ego?sta sobre s? mismos, protege del peligro de considerar el propio movimiento de pertenencia como una especie de refugio, en un clima de c?lida amistad, para resguardarse de los problemas del mundo.

Entre las caracter?sticas del compromiso misionero de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades hay que se?alar su capacidad indiscutible de despertar nuevamente en los laicos el entusiasmo apost?lico y el coraje misionero. Ellos saben sacar el potencial espiritual de las personas. Ayudan a superar las barreras de la timidez, del miedo y de los falsos complejos de inferioridad que la cultura laicista infunde en tantos cristianos. Son muchos los que han vivido una tal transformaci?n interior, incluso con profundo asombro. Nunca se habr?an imaginado que iban a ser capaces de anunciar as? el Evangelio, y de participar de ese modo en la misi?n de la Iglesia. El anhelo de ?hacer disc?pulos? de Jesucristo que saben despertar los movimientos anima a los individuos, a las parejas de matrimonios y a familias enteras a dejar todo para salir a la misi?n. Porque, sin olvidar el testimonio personal, los movimientos y las nuevas comunidades se proponen, ante todo, el anuncio directo del acontecimiento cristiano, redescubriendo el valor del kerigma como m?todo de catequesis y de predicaci?n. De este modo, responden a una de las necesidades m?s urgentes de la Iglesia de nuestros tiempos, es decir, la catequesis de los adultos, entendida como aut?ntica iniciaci?n cristiana que les revela todo el valor y la belleza del sacramento del Bautismo.

Desde siempre, uno de los mayores obst?culos para la obra de la evangelizaci?n es la rutina, la costumbre, que quita la frescura y la fuerza de persuasi?n al anuncio y al testimonio cristiano. Pues bien, los movimientos rompen con los esquemas habituales del apostolado, reexaminan formas y m?todos, y los proponen de un modo nuevo. Se dirigen con naturalidad y coraje hacia las dif?ciles fronteras de los modernos are?pagos de la cultura, de los medios de comunicaci?n de masa, de la econom?a y de la pol?tica. Prestan una especial atenci?n a los que sufren, a los pobres y a los marginados. ?Cu?ntas obras sociales han nacido por iniciativa de ellos! No esperan que los que se han alejado de la fe regresen por s? solos a la Iglesia, van a buscarlos. Para anunciar a Cristo, no dudan en salir por las calles y por las plazas de las ciudades, en entrar a los supermercados, a los bancos, a las escuelas y a las universidades, dondequiera que viva el hombre. El celo misionero los lleva ?hasta el final de este mundo?... Y se difunden, demostrando que los carismas que los han generado pueden alimentar la vida cristiana de hombres y mujeres de todas las latitudes, culturas y tradiciones. No s?lo. Insert?ndose en el tejido de las Iglesias locales, se transforman en signos elocuentes de la universalidad de la Iglesia y de su misi?n. De aqu? nace, precisamente, su relaci?n particular con el ministerio del Sucesor de Pedro. Es sorprendente la fantas?a misionera que, mediante estos nuevos carismas, el Esp?ritu Santo suscita en la Iglesia de nuestros d?as. Para muchos laicos, los movimientos y las nuevas comunidades llegan a ser verdaderas escuelas de misi?n. Hoy, en la Iglesia, se habla mucho de evangelizaci?n: se organizan congresos, simposios, seminarios de estudio y se publican libros, art?culos y documentos oficiales sobre dicho tema. Pues bien, hay que hablar de ?l, porque la evangelizaci?n es causa vital para la Iglesia y para el mundo. Sin embargo, existe un peligro real, el de permanecer inm?viles en el nivel te?rico, en el nivel de los proyectos que quedan en el papel... Pero he aqu? los nuevos carismas que generan agrupaciones de personas - hombres y mujeres, j?venes y adultos ?, s?lidamente formadas en la fe, llenas de celo, listas a anunciar el Evangelio. Por consiguiente, no se trata de estrategias estudiadas en un escritorio, sino de proyectos ?vivos?, experimentados en muchas historias personales concretas y en la vida de tantas comunidades cristianas. Proyectos, por decirlo as?, listos para realizar... Esta es la gran riqueza de la Iglesia de nuestro tiempo.

?C?mo no asombrarse ante la cantidad y la calidad de los frutos generados por los nuevos carismas en la Iglesia! El principio evang?lico, ?por sus frutos los conocer?is? (Mt 7, 16), es siempre v?lido. Son muchas las personas que, gracias a estos carismas, han encontrado a Cristo y hallado la fe, o han vuelto a la Iglesia y a la pr?ctica de los sacramentos despu?s de largos a?os. Tantas personas han pasado de un cristianismo meramente anagr?fico a un cristianismo ?adulto?, convencido y comprometido. ?Cu?ntos frutos de una aut?ntica santidad de vida! ?Cu?ntas familias reconstruidas en la fidelidad y en el amor rec?proco! ?Cu?ntas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a las nuevas formas de vida laical seg?n los consejos evang?licos! El mensaje importante que estos nuevos carismas lanzan al mundo actual es, fundamentalmente, el siguiente: vale la pena ser cristianos, Vale la pena responder al desaf?o de Cristo. ?Ensaya t? tambi?n!

5. Como hemos visto, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son, en realidad, un ?don providencial? que la Iglesia debe acoger con gratitud y con un vivo sentido de responsabilidad, para no desperdiciar la oportunidad que ellos representan. Un don que, al mismo tiempo, es una tarea y un reto para los fieles laicos, as? como para los Pastores. ?Cu?l tarea y cu?l reto? Juan Pablo II insist?a mucho en que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades est?n llamados a insertarse en las di?cesis y en las parroquias ?con humildad?, es decir, con una actitud de servicio a la misi?n de la Iglesia, evitando cualquier forma de orgullo y de sentido de superioridad con relaci?n a otras realidades, con un esp?ritu de comuni?n eclesial y de sincera colaboraci?n. Al mismo tiempo, el Papa insist?a a los Pastores - obispos y p?rrocos - en que los acogieran ?con cordialidad?, reconociendo y respetando sus respectivos carismas y acompa??ndolos con paterna solicitud [15]. La regla de oro formulada por San Pablo vale tambi?n en este caso: ?No apagu?is la fuerza del Esp?ritu; no menospreci?is los dones prof?ticos. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno? (1Ts 5, 19-20).

Desde luego, la enorme novedad que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades aportan a la Iglesia suscita a menudo asombro, obliga a plantearse interrogantes y puede causar una cierta confusi?n en la praxis establecida de la llamada pastoral ordinaria. Dec?a el Papa Wojtyla: ?Siempre, cuando interviene, el Esp?ritu nos deja asombrados. Suscita eventos cuya novedad desconcierta? [16]. Como hemos repetido varias veces, los movimientos constituyen tambi?n un desaf?o, una provocaci?n saludable a la que la Iglesia est? llamada a responder y a la que debe responder. Los movimientos, con su modo radical de ?ser cristianos? en el mundo, ponen en tela de juicio el ?cristianismo cansado? (Benedicto XVI) de muchos bautizados, un cristianismo de mera fachada, lleno de implicaciones y confuso. Alexander Men, sacerdote disidente ruso asesinado en 1990, todav?a en los a?os oscuros de las persecuciones religiosas, dec?a en tono provocador, en uno de sus sermones, que el mayor enemigo de los cristianos, en el fondo, no era el ate?smo militante del Estado sovi?tico, sino m?s que todo el pseudo-cristianismo de muchos bautizados [17]. Palabras que no pueden sino sacudir nuestras conciencias. En fin de cuentas, para el cristiano, el verdadero y gran enemigo es la mediocridad, la resistencia a creer realmente en el Evangelio. Los movimientos, con su desbordante pasi?n misionera, ponen en tela de juicio tambi?n una cierta manera de ?ser Iglesia? quiz?s demasiado c?moda y adaptable. El Cardenal Joseph Ratzinger hace unos a?os se refer?a a ?un gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia (...) en el que, en apariencia, toda cosa procede normalmente, pero en realidad la fe se deteriora y precipita en la mezquindad? [18]. A una Iglesia de ?tranquila conservaci?n? - tipo bastante difundido hoy ?, los movimientos lanzan el desaf?o de una Iglesia misionera valientemente proyectada hacia nuevas fronteras, y ayudan a la pastoral parroquial y diocesana a recuperar la combatividad prof?tica y el impulso necesario. En nuestros tiempos, la Iglesia tiene gran necesidad de esto. Debe abrirse a esta novedad generada por el Esp?ritu: ?Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya est? brotando, ?no lo not?is? (Is 43, 19).

El magisterio del Papa Benedicto XVI se coloca en perfecta continuidad con el de Juan Pablo II con relaci?n a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades, pues ha tenido siempre muy en cuenta su obra al servicio de la misi?n de la Iglesia y, cuando era todav?a Prefecto de la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, afirmaba: ?En ellos hay que observar que est? comenzando algo nuevo: el cristianismo est? presente como un acontecimiento nuevo, y es percibido por personas que a menudo llegan desde muy lejos como la posibilidad de vivir, de poder vivir en este siglo?. Y agregaba: ?Hoy hay cristianos ?aislados? que se colocan fuera de este extra?o consenso de la existencia moderna e intentan nuevas formas de vida; ellos, sin lugar a dudas, no llaman particularmente la atenci?n de la opini?n p?blica, pero hacen algo que en realidad indica el futuro? [19]. Seg?n el entonces Cardenal Ratzinger, la novedad que aportan los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades hace de ellas algo as? como una profec?a del futuro. Ya elegido Papa, Benedicto XVI ha permanecido fiel a esta lectura sutil, suya propia, de la situaci?n de la Iglesia y, al terminar la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Colonia, en agosto de 2005, dec?a a los obispos alemanes: ?La Iglesia ha de valorizar estas realidades y, al mismo tiempo, conducirlas con sabidur?a pastoral, para que contribuyan del mejor modo, con sus propios dones, a la edificaci?n de la comunidad?. Y terminaba con eficacia: ?Las Iglesias locales y los movimientos no est?n en contraste entre s?, sino que constituyen la estructura viva de la Iglesia? [20]. Se trata de orientaciones importantes que deben servir de br?jula en la misi?n evangelizadora de la Iglesia, hoy.


NOTAS
[ ] Cfr. L. SABOURIN, Il Vangelo di Matteo. Teologia e Esegesi, vol. II, Roma 1977, pp. 1069-1070.
[2] BENEDICTO XVI, Santa Misa en la explanada de Marienfeld, ?L?Osservatore Romano?, edic. en lengua espa?ola, 26 de agosto, 2005.
[3] Cfr. JUAN PABLO II, Discurso a la XIX Asamblea General del CELAM, 9 de marzo, 1983, ?Insegnamenti di Giovanni Paolo II? VI, 1 (1983), pp. 690-699.
[4] JUAN PABLO II, Carta apost?lica Novo millennio ineunte, n. 40.
[5] BENEDICTO XVI, Encuentro con los Obispos alemanes, ?L?Osservatore Romano?, edic. en lengua espa?ola, 26 de agosto, 2005.
[6] Cfr. JUAN PABLO II, Exhortaci?n apost?lica Christifideles laici, n. 29.
[7] JUAN PABLO II, Homil?a en la vigilia de Pentecost?s, ?L?Osservatore Romano?, edic. en lengua espa?ola, 31 de mayo, 1996, n. 7.
[8] Cfr. JUAN PABLO II, Carta enc?clica Redemptoris missio, n. 86.
[9] JUAN PABLO II, A los pertenecientes a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades, en la vigilia de Pentecost?s, ?L?Osservatore Romano?, edic. en lengua espa?ola, 5 de junio, 1998.
[10] J. RATZINGER, Santa Misa ?Pro eligendo Pontifice, ?L? Osservatore Romano?, edic. en lengua espa?ola, 22 de abril, 2005.
[11] Se ci fosse una educazione del popolo tutti starebbero meglio. Appello (Si existiera una educaci?n del pueblo, todos estar?an mejor. Llamamiento) , ?Atlantide?, n. 4/12/2005, p. 119.
[12] JUAN PABLO II, Exhortaci?n apost?lica Christifideles laici, n. 24.
[13] Cfr. J. RATZINGER, Il sale della terra. Cristianesimo e Chiesa cattolica nella svolta del millennio, Edizioni San Paolo, Milano 1997, p. 18.
[14] Cfr. PABLO VI, Exhortaci?n apost?lica Evangelii nuntiandi, n. 48.
[15] Cfr. JUAN PABLO II, Carta enc?clica Redemptoris missio, n. 72.
[16] JUAN PABLO II, A los miembros de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades, cit. ?L?Osservatore Romano? edic. en lengua espa?ola, 5 de junio, 1998.
[17] Cfr. T. PIKUS, Aleksander Mien, Verbinum Warzawa 1997, p. 37.
[18] Cfr. J. RATZINGER, Fede, Verit?, Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo, Cantagalli, Siena 2003, p. 134.
[19] Cfr. J. RATZINGER, Il sale della terra, op. Cit., pp. 145-146.
[20] BENEDICTO XVI, Encuentro con los obispos alemanes, cit.
ZSI06031103
Publicado por verdenaranja @ 23:07
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