S?bado, 01 de abril de 2006
Segunda predicaci?n de Cuaresma




?Con lo que padeci? aprendi? la obediencia?



1. ?Sacrificio u obediencia?

No se puede abarcar el oc?ano, pero se puede hacer algo mejor: dejarse abarcar por ?l sumergi?ndose en un lugar cualquiera de su extensi?n. Es lo que sucede con la Pasi?n de Cristo. No se la puede abrazar totalmente con la mente, ni ver su fondo; pero podemos sumergirnos en ella partiendo de alguno de sus momentos. En esta meditaci?n desear?amos entrar en ella por la puerta de la obediencia.

La obediencia de Cristo es el aspecto de la Pasi?n que m?s se pone en evidencia en la catequesis apost?lica. ?Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz? (Filipenses 2,8); ?Por la obediencia de uno solo todos ser?n constituidos justos? (Romanos 5,19); ?Con lo que padeci? aprendi? la obediencia, y llegado a la perfecci?n se convirti? en causa de salvaci?n eterna para todos los que le obedecen? (Hebreos 5,8-9). La obediencia aparece como la clave de lectura de toda la historia de la Pasi?n, de donde ?sta toma sentido y valor.

A quien se escandalizaba de que el Padre pudiera hallar complacencia en la muerte de cruz de su Hijo Jes?s, San Bernardo respond?a justamente: ?No es la muerte lo que le complaci?, sino la voluntad del que mor?a espont?neamente?: ?Non mors placuit sed voluntas sponte morientis? [1]. As?, no es tanto la muerte de Cristo por s? misma lo que nos ha salvado, sino su obediencia hasta la muerte.

Dios quiere la obediencia, no el sacrificio, dice la Escritura (1 Salmo 15, 22; Hebreos 10, 5-7). Es verdad que en el caso de Cristo ?l quiso tambi?n el sacrificio, y lo quiso asimismo por nosotros, pero de las dos cosas una es el medio, la otra el fin. La obediencia Dios la quiere por s? misma, el sacrificio lo quiere s?lo indirectamente, como la condici?n que por s? hace posible y aut?ntica la obediencia. En este sentido, la Carta a los Hebreos dice que Cristo ?con lo que padeci? aprendi? la obediencia?. La Pasi?n fue la prueba y la medida de su obediencia.

Intentemos conocer en qu? consisti? la obediencia de Cristo. Jes?s, de ni?o, obedeci? a sus padres; de mayor se someti? a la ley mosaica; durante la Pasi?n se someti? a la sentencia del Sanedr?n, de Pilatos... Pero el Nuevo Testamento no piensa en ninguna de estas obediencias; piensa en la obediencia de Cristo al Padre. San Ireneo interpreta la obediencia de Jes?s a la luz de los cantos del Siervo, como una interior, absoluta sumisi?n a Dios, llevada a cabo en una situaci?n de extrema dificultad:

?Aquel pecado que hab?a aparecido por obra del le?o, fue abolido por obra de la obediencia sobre el le?o, pues obedeciendo a Dios, el Hijo del hombre fue clavado en el le?o, destruyendo la ciencia del mal e introduciendo y haciendo penetrar en el mundo la ciencia del bien. El mal es desobedecer a Dios, como obedecer a Dios es el bien... As? pues, en virtud de la obediencia que prest? hasta la muerte, colgado del le?o, elimin? la antigua desobediencia ocurrida en el le?o? [2] .

La obediencia de Jes?s se ejerce, de forma particular, en las palabras que est?n escritas sobre ?l y para ?l ?en la ley, en los profetas y en los salmos?. Cuando quieren oponerse a su captura, Jes?s dice: ?Pero, ?c?mo se cumplir?an las Escrituras, seg?n las cuales as? debe suceder?? (Mt 26, 54).

2. ?Puede Dios obedecer?

?Pero c?mo se concilia la obediencia de Cristo con la fe en su divinidad? La obediencia es un acto de la persona, no de la naturaleza, y la persona de Cristo, seg?n la fe ortodoxa, es la del Hijo mismo de Dios. ?Puede Dios obedecerse a s? mismo? Tocamos aqu? el n?cleo m?s profundo del misterio cristol?gico. Procuremos contemplar en qu? consiste este misterio.

En Getseman? Jes?s dice al Padre: ?Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras t?? (Marcos 14,36). Todo el problema consiste en saber qui?n es ese ?yo? y qui?n ese ?t??; qui?n dice el fiat y a qui?n lo dice. A esta cuesti?n, en la antig?edad, se dieron dos respuestas bastante diferentes, seg?n el tipo de cristolog?a subyacente.

Para la escuela alejandrina, el ?yo? que habla es la persona del Verbo que, en cuanto encarnado, dice su ?s?? a la voluntad divina (el ?t??) que ?l mismo tiene en com?n con el Padre y el Esp?ritu Santo. Quien dice ?s?? y aquel a quien dice ?s?? constituyen la misma voluntad, pero considerada en dos tiempos o en dos estados diferentes: en el estado de Verbo encarnado y en el estado de Verbo eterno. El drama (si de tal se puede hablar) tiene lugar m?s en el seno de Dios que entre Dios y el hombre, y esto porque no se reconoce a?n claramente la existencia tambi?n de una voluntad humana y libre en Cristo.

M?s v?lida, en este punto, es la interpretaci?n de la escuela antioquena. Para que pueda darse la obediencia, dicen los autores de esta escuela, se necesita que haya un sujeto que obedece y un sujeto a quien obedecer: ?nadie se obedece a s? mismo! Como adem?s la obediencia de Cristo es la ant?tesis de la desobediencia de Ad?n, a la fuerza debe tratarse de la obediencia de un hombre, el Nuevo Ad?n, capaz como tal de representar a la humanidad. He aqu?, entonces, qui?nes son aquel ?yo? y aquel ?t??: ?el ?yo? es el hombre Jes?s; el ?t?? es Dios, a quien obedece!

Pero tambi?n esta interpretaci?n ten?a una laguna grave. Si el fiat de Jes?s en Getseman? es esencialmente el ?s?? de un hombre, aunque est? indisolublemente unido al Hijo de Dios (el homo assumptus), ?c?mo puede tener un valor universal tal como para poder ?constituir justos? a todos los hombres? Jes?s parece m?s un modelo sublime de obediencia que una intr?nseca ?causa de salvaci?n? para todos los que le obedecen (Hebreos 5, 9).

El desarrollo de la cristolog?a colm? esta laguna, sobre todo gracias a la obra de San M?ximo Confesor y del Concilio Constantinopolitano III. San M?ximo afirma: el ?yo? no es la humanidad que habla a la divinidad (antioquenos); tampoco es Dios que, en cuanto encarnado, se habla a s? mismo en cuanto eterno (alejandrinos). El ?yo? es el Verbo encarnado que habla en nombre de la voluntad humana libre que ha asumido; el ?t?? en cambio es la voluntad trinitaria que el Verbo tiene en com?n con el Padre.

?En Jes?s el Verbo obedece humanamente al Padre! Y sin embargo no se anula el concepto de obediencia, ni Dios, en este caso, se obedece a s? mismo, porque entre el sujeto y el fin de la obediencia est? toda la anchura de una humanidad real y de una voluntad humana libre [3].

?Dios obedeci? humanamente! Se entiende entonces el poder universal de salvaci?n contenido en el fiat de Jes?s: es el acto humano de un Dios; es un acto divino-humano, te?ndrico. Ese fiat es verdaderamente, por utilizar la expresi?n de un salmo, ?la roca de nuestra salvaci?n? (Sal 95,1). Es por esta obediencia que ?todos han sido constituidos justos?.

3. La obediencia a Dios en la vida cristiana

Como siempre, intentemos extraer de ello alguna ense?anza pr?ctica para nuestra vida, recordando la advertencia de la Primera Carta de Pedro: ?Cristo sufri? por vosotros, dej?ndoos ejemplo para que sig?is sus huellas?. Reflexionar sobre la obediencia puede contribuir a crear el clima espiritual adecuado en la Iglesia y en la Curia cada vez que se est? ante la eventualidad de cambios de personas y de funciones.

En cuanto se hace la prueba de buscar en el Nuevo Testamento en qu? consiste el deber de la obediencia, se hace un descubrimiento sorprendente, esto es, que la obediencia es vista casi siempre como obediencia a Dios. Se habla tambi?n, ciertamente, de las dem?s formas de obediencia: a los padres, a los patrones, a los superiores, a las autoridades civiles, ?a toda instituci?n humana? (1 P 2,13), pero con mucha menor frecuencia y de manera mucho menos solemne. El sustantivo mismo ?obediencia? se utiliza ?nica y exclusivamente para indicar la obediencia a Dios o, de cualquier modo, a instancias que est?n de parte de Dios, excepto en un solo pasaje de la Carta a Filem?n, donde indica la obediencia al Ap?stol.

San Pablo habla de obediencia a la fe (Rm 1,5; 16,26), de obediencia a la doctrina (Rm 6,17), de obediencia al Evangelio (Rm 10,16; 2 Ts 1,8), de obediencia a la verdad (Gal 5,7), de obediencia a Cristo (2 Co 10,5). Encontramos el mismo lenguaje tambi?n en otros sitios: los Hechos de los Ap?stoles hablan de obediencia a la fe (Hch 6,7), la Primera Carta de Pedro habla de obediencia a Cristo (1 P 1,2) y de obediencia a la verdad (1 P 1,22).

?Pero es posible y tiene sentido hablar hoy de obediencia a Dios, despu?s de que la nueva y viviente voluntad de Dios, manifestada en Cristo, se ha expresado y objetivado cumplidamente en toda una serie de leyes y de jerarqu?as? ?Es l?cito pensar que existe todav?a, despu?s de todo ello, ?libres? voluntades de Dios que hay que acoger y cumplir?

S?lo si se cree en un ?Se?or?o? actual y puntual del Resucitado en la Iglesia, s?lo si se est? convencido en lo ?ntimo de que tambi?n hoy --como dice el Salmo-- ?habla el Se?or, Dios de los dioses, y no se calla? (Sal 50, 1), s?lo entonces se esta capacitado para comprender la necesidad y la importancia de la obediencia a Dios. Consiste en prestar escucha a Dios que habla, en la Iglesia, a trav?s de su Esp?ritu, el cual ilumina las palabras de Jes?s y de toda la Biblia y les confiere autoridad, haciendo de ellas canales de la viviente y actual voluntad de Dios para nosotros.

Pero como en la Iglesia instituci?n y misterio no est?n contrapuestos, sino unidos, as? debemos mostrar que la obediencia espiritual a Dios no disuade de la obediencia a la autoridad visible e institucional; al contrario, la renueva, la refuerza y la vivifica, hasta el punto de que la obediencia a los hombres es criterio para juzgar si existe o no, y si es aut?ntica, la obediencia a Dios.

La obediencia a Dios es como el ?hilo de lo alto? que sostiene la espl?ndida tela de ara?a colgada de un seto. Bajando desde arriba por el hilo que ?l mismo fabrica, el animalito construye su tela, perfecta y tendida a todo rinc?n. Sin embargo ese hilo de lo alto, que ha servido para tejer la tela, no se rompe una vez terminada la obra; es m?s, es lo que desde el centro sostiene todo el entramado; sin ?l todo se afloja. Si se desprende uno de los hilos laterales, la ara?a se emplea en reparar velozmente su tela, pero si se rompe aquel hilo de lo alto, se aleja; sabe que ya no hay nada que hacer.

Algo parecido sucede respecto a la trama de las autoridades y de las obediencias en una sociedad, en una orden religiosa, en la Iglesia. La obediencia a Dios es el hilo de lo alto: todo se ha construido a partir de aquella; pero no puede ser olvidada ni siquiera despu?s de que ha concluido la construcci?n. En caso contrario todo entra en crisis, hasta proclamar, como ha ocurrido en a?os no lejanos: ?la obediencia ya no es una virtud?.

?Pero por qu? es tan importante obedecer a Dios? ?Por qu? a Dios le importa tanto ser obedecido? ?Ciertamente no por el gusto de mandar y de tener s?bditos! Es importante porque obedeciendo hacemos la voluntad de Dios, queremos las mismas cosas que quiere Dios, y as? realizamos nuestra vocaci?n originaria, que es la de ser ?a su imagen y semejanza?. Estamos en la verdad, en la luz y como consecuencia en la paz, como el cuerpo que ha alcanzado su punto de quietud. Dante Alighieri encerr? todo ello en un verso considerado por muchos el m?s bello de toda la Divina Comedia: ?y en su querer se encuentra nuestra paz? [4].

4. Obediencia y autoridad

La obediencia a Dios es la obediencia que podemos realizar siempre. Obedecer a ?rdenes y autoridades visibles se da s?lo en ocasiones, tres o cuatro veces en toda la vida (hablo, se entiende, de las de cierta seriedad); sin embargo obedecer a Dios es algo que se da muy a menudo. Cuanto m?s se obedece, m?s se multiplican las ?rdenes de Dios, porque ?l sabe que ?ste es el don m?s bello que puede dar, el que concedi? a su Hijo predilecto, Jes?s.

Cuando Dios encuentra un alma decidida a obedecer, entonces toma su vida en sus manos, como se toma el tim?n de una embarcaci?n, o como se toman las riendas de un carro. ?l se convierte en serio, y no s?lo en teor?a, en ?Se?or?, en quien ?rige?, quien ?gobierna? determinando, se puede decir, momento a momento, los gestos, las palabras de esa persona, su modo de utilizar el tiempo, todo.

Esta ?direcci?n espiritual? se ejerce a trav?s de las ?buenas inspiraciones? y con mayor frecuencia a?n en las palabras de Dios de la Biblia. Lees o escuchas pasajes de la Escritura y he aqu? que una frase, una palabra, se ilumina; se hace, por decirlo as?, radiactiva. Sientes que te interpela, que te indica qu? hay que hacer. Aqu? se decide si se obedece a Dios o no. El Siervo de Yahv? dice de s? en Isa?as: ?Ma?ana tras ma?ana despierta mi o?do para escuchar como disc?pulo? (Isa?as 50, 4). Tambi?n nosotros, cada ma?ana, en la Liturgia de las Horas o de la Misa, deber?amos estar con el o?do atento. En ella hay casi siempre una palabra que Dios nos dirige personalmente y el Esp?ritu no deja de actuar para que se la reconozca entre todas.

He mencionado que la obediencia a Dios es algo que se puede hacer siempre. Debo a?adir que es tambi?n la obediencia que podemos hacer todos, tanto s?bditos como superiores. Se suele decir que hay que saber obedecer para poder mandar. No se trata s?lo de una afirmaci?n emp?rica; existe una profunda raz?n teol?gica en su base, si por obediencia entendemos la obediencia a Dios.

Cuando viene una orden de un superior que se esfuerza por vivir en la voluntad de Dios, que ha orado antes y no tiene intereses personales que defender, sino s?lo el bien del hermano, entonces la autoridad misma de Dios hace de contrafuerte de tal orden o decisi?n. Si surge protesta, Dios dice a su representante lo que dijo un d?a a Jerem?as: ?Mira que hoy te he convertido en plaza fuerte, como una muralla de bronce [...]. Te har?n la guerra, m?s no podr?n contigo, pues contigo estoy yo? (Jerem?as 1,18 s).

Un ilustre exegeta ingl?s da una interpretaci?n iluminadora del episodio evang?lico del centuri?n: ?Yo --dice el centuri?n-- soy un hombre sometido a una autoridad, y tengo soldados a mis ?rdenes, y digo a uno: ?Vete?, y va; y a otro: ?Ven?, y viene; y a mi siervo: ?Haz esto?, y lo hace? (Lucas 7,8). Por el hecho de estar sometido, esto es, obediente, a sus superiores y en definitiva al emperador, el centuri?n puede dar ?rdenes que tienen detr?s la autoridad del emperador en persona; es obedecido por sus soldados porque, a su vez, obedece y est? sometido a su superior.

As? --considera-- ocurre con Jes?s respecto a Dios. Dado que ?l est? en comuni?n con Dios y obedece a Dios, tiene detr?s de s? la autoridad misma de Dios y por ello puede mandar a su siervo que sane, y sanar?; puede mandar a la enfermedad que le abandone, y le abandonar? [5].

Es la fuerza y la sencillez de este argumento lo que arranca la admiraci?n de Jes?s y le hace decir que no ha encontrado jam?s tanta fe en Israel. Ha entendido que la autoridad de Jes?s y sus milagros derivan de su perfecta obediencia al Padre, como Jes?s mismo, por lo dem?s, explica en el Evangelio de Juan: ?El que me ha enviado est? conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a ?l? (Juan 8,29).

La obediencia a Dios a?ade a la potestad la autoridad, o sea, un poder real y eficaz, no s?lo nominal o de cargo; por as? decir, ontol?gico, no s?lo jur?dico. San Ignacio de Antioqu?a daba este maravilloso consejo a un colega suyo de episcopado: ?Nada se haga sin tu consentimiento, pero t? no hagas nada sin el consentimiento de Dios? [6].

Ello no significa atenuar la importancia de la instituci?n o del cargo, o hacer depender la obediencia del s?bdito s?lo del grado de potestad espiritual o de autoridad del superior, lo que ser?a manifiestamente el fin de toda obediencia. Significa s?lo que quien ejerce la autoridad, ?l, debe apoyarse lo menos posible, o s?lo en ultima instancia, en el t?tulo o en el cargo que desempe?a y lo m?s posible en la uni?n de su voluntad con la de Dios, o sea, en su obediencia; el s?bdito en cambio no debe juzgar o pretender saber si la decisi?n del superior es o no conforme a la voluntad de Dios. Debe presumir que lo es, a menos que se trate de una orden manifiestamente contra la conciencia, como ocurre a veces en el ?mbito pol?tico, bajo reg?menes totalitarios.

Sucede como en el mandamiento del amor. El primer mandamiento es el ?primero?, porque la fuente y el m?vil de todo es el amor de Dios; pero el criterio para juzgar es el segundo mandamiento: ?Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve? (1 Juan 4,20). Lo mismo se debe decir de la obediencia: si no obedeces a los representantes visibles de Dios en la tierra, ?c?mo puedes decir que obedeces a Dios que est? en el cielo?

5. Presentar los asuntos a Dios

Esta v?a de la obediencia a Dios no tiene, de por s?, nada de m?stico o extraordinario, sino que est? abierta a todos los bautizados. Consiste en ?presentar los asuntos a Dios?, seg?n el consejo que un d?a dio a Mois?s su suegro Jetr? (Cf. Ex 18,19). Yo puedo decidir por mi mismo tomar una iniciativa, hacer o no un viaje, un trabajo, una visita, un gasto y despu?s, una vez decidido, rogar a Dios por el ?xito del asunto. Pero si nace en m? el amor de la obediencia a Dios, entonces actuar? de forma diferente: preguntar? primero a Dios, con el medio sencill?simo que es la oraci?n, si es su voluntad que yo realice ese viaje, ese trabajo, aquella visita, aquel gasto, y despu?s lo har? o no, pero ya ser?, en todo caso, un acto de obediencia a Dios, y no ya una libre iniciativa de mi parte.

Normalmente est? claro que no oir?, en mi breve oraci?n, ninguna voz, ni tendr? respuesta expl?cita alguna sobre qu? hacer, o al menos no es necesario que la haya para que lo que hago sea obediencia. Actuando as?, de hecho, he sometido el asunto a Dios, me he despojado de mi voluntad, he renunciado a decidir yo solo y he dado a Dios una posibilidad de intervenir, si quiere, en mi vida. Lo que ahora decida hacer, regul?ndome con los criterios ordinarios de discernimiento, ser? obediencia a Dios.

Como el servidor fiel no toma jam?s una iniciativa ni atiende una orden de extra?os sin decir: ?Debo escuchar antes a mi patr?n?, igualmente el verdadero siervo de Dios no emprende nada sin decirse a s? mismo: ??Debo orar un poco para saber qu? quiere mi Se?or yo que haga!?. ?As? se ceden las riendas de la propia vida a Dios! La voluntad de Dios penetra, de esta forma, cada vez m?s capilarmente en el tejido de una existencia, embelleci?ndola y haciendo de ella un ?sacrificio vivo, santo y agradable a Dios? (Rm 12, 1). Toda la vida se convierte en una obediencia a Dios y proclama silenciosamente su soberan?a en la Iglesia y en el mundo.

Dios --dec?a San Gregorio Magno-- ?a veces nos advierte con las palabras, a veces, en cambio, con los hechos?, esto es, con los sucesos y las situaciones [7]. Existe una obediencia a Dios --a menudo entre las m?s exigentes-- que consiste sencillamente en obedecer a las situaciones. Cuando se ha visto que, a pesar de todos los esfuerzos y los ruegos, hay en nuestra vida situaciones dif?ciles, a veces hasta absurdas y --en nuestra opini?n-- espiritualmente contraproducentes, que no cambian, es necesario dejar de ?dar coces contra el aguij?n? y empezar a ver en ellas silenciosa, pero resuelta voluntad de Dios en nosotros. La experiencia demuestra que s?lo despu?s de haber pronunciado un ?s?? total y desde lo profundo del coraz?n a la voluntad de Dios, tales situaciones de sufrimiento pierden el poder angustiante que tienen sobre nosotros. Las vivimos con m?s paz.

Un caso de dif?cil obediencia a las situaciones es el que se impone a todos con la edad, o sea, la retirada de la actividad, el cese de la funci?n, tener que pasar el testigo a otros dejando tal vez incompletos y en suspenso proyectos e iniciativas en marcha. Hay quien, bromeando, ha dicho que la funci?n de superior es una cruz, pero que a veces lo m?s dif?cil de aceptar no es subir a ella, sino bajar, ?ser privados de la cruz!

Ciertamente no se trata de ironizar sobre una situaci?n delicada, ante la cual nadie sabe c?mo reaccionar? hasta que no llegue. ?sta es una de las obediencias que m?s se aproximan a la de Cristo en su Pasi?n. Jes?s suspendi? la ense?anza, trunc? toda actividad, no se dej? retener por el pensamiento de qu? pasar?a con sus disc?pulos; no se preocup? de qu? ser?a de su palabra, confiada, como lo estaba, ?nicamente a la pobre memoria de algunos pescadores. Ni siquiera se dej? retener por el pensamiento de que dejaba sola a una Madre. Ning?n lamento, ning?n intento de hacer cambiar la decisi?n al Padre: ?Para que el mundo sepa que amo al Padre y que obro seg?n el Padre me ha ordenado. Levantaos --dijo--, vamos? (Juan 14,31).

6. Mar?a, la obediente

Antes de terminar nuestras consideraciones sobre la obediencia, contemplemos un instante el icono viviente de la obediencia, a aquella que no s?lo imit? la obediencia del Siervo, sino que la vivi? con ?l. San Ireneo escribe: ?Paralelamente (se entiende, a Cristo nuevo Ad?n), se encuentra que tambi?n la Virgen Mar?a es obediente, cuando dice: ?He aqu? la esclava del Se?or; h?gase en m? seg?n tu palabra? (Lucas 1,38). Como Eva, desobedeciendo, se convirti? en causa de muerte para ella y para todo el g?nero humano, as? Mar?a, obedeciendo, se convirti? en causa de salvaci?n para ella y para todo el g?nero humano? [8]. Mar?a se asoma a la reflexi?n teol?gica de la Iglesia (estamos, de hecho, en presencia del primer esbozo de Mariolog?a) a trav?s del t?tulo de obediente.

Tambi?n Mar?a obedeci? con seguridad a sus padres, a la ley, a Jos?. Pero no es en estas obediencias en las que piensa San Ireneo, sino en su obediencia a la palabra de Dios. Su obediencia es la ant?tesis exacta a la desobediencia de Eva. Pero --otra vez-- ?a qui?n desobedeci? Eva para ser llamada la desobediente? Ciertamente no a sus padres, de los que carec?a; tampoco al marido o a alguna ley escrita. ?Desobedeci? a la palabra de Dios! Como el ?Fiat? de Mar?a se sit?a, en el Evangelio de Lucas, junto al ?Fiat? de Jes?s en Getseman? (Cf. Lucas 22, 42), as?, para San Ireneo, la obediencia de la nueva Eva se coloca junto a la obediencia del nuevo Ad?n.

Sin duda Mar?a habr? recitado o escuchado, durante su vida terrena, el vers?culo del Salmo en el que se dice a Dios: ?Ens??ame a cumplir tu voluntad? (Sal 142,10). Nosotros dirigimos a Ella la misma oraci?n: ??Ens??anos, Mar?a, a cumplir la voluntad de Dios como la cumpliste t?!?.

P. Raniero Cantalamessa

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[1] S. Bernardo de Claraval, De errore Abelardi, 8, 21 (PL 182, 1070).
[2] S. Ireneo, Dimostrazione della predicazione apostolica, 34.
[3] S. M?ximo Confesor, In Matth., 26, 39 (PG 91, 68).
[4] Dante Alighieri, Paradiso, 3,85.
[5] Cfr. C.H. Dodd, Il fondatore del cristianesimo, Leumann 1975, p. 59 s.
[6] S. Ignacio de Antioqu?a, Lettera a Policarpo, 4,1.
[7] S. Gregorio Magno, Omelie sui vangeli, 17,1 (PL 76, 1139).
[8] S. Ireneo, Adv. Haer. III, 22,4.
Publicado por verdenaranja @ 0:03
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