Viernes, 07 de abril de 2006
Tercera predicaci?n de cuaresma ante el Santo Padre y la Curia Romana, que pronmunci? Raniero Cantalamessa el viernes d?a seis de Abril.


?Las rocas se resquebrajaron?



1. La Pasi?n y el Sudario

La Pasi?n de Cristo es el tema m?s tratado en el arte occidental. Basta con pensar en las innumerables representaciones, en pintura y escultura, del Jes?s de Getseman?, del Ecce Homo, de la crucifixi?n, en los famosos descendimientos de la cruz llamados ?piedades?, y, en el mundo alem?n, ?Vesperbild?. En nuestro mundo secularizado, el arte permanece como una de las pocas formas de evangelizaci?n que penetra tambi?n en ambientes cerrados a cualquier otro modo de anuncio. Conoc? a una joven japonesa que se convirti? y recibi? el bautismo estudiando Arte en Florencia.

Ninguna representaci?n art?stica de la Pasi?n, en cambio, ha ejercido y a?n lo hace una fascinaci?n comparable a la del Sudario [S?bana Santa. Ndt]. No importa, desde nuestro punto de vista, saber si el Sudario es ?aut?ntico? o no, si la imagen se ha formado natural o artificialmente, si es s?lo un icono o tambi?n una reliquia. Lo cierto es que es la representaci?n m?s solemne y m?s sublime de la muerte que ning?n ojo humano haya contemplado jam?s. Si un Dios puede morir, ?sta es la manera menos inadecuada de representarnos su muerte.

Los p?rpados cerrados, los labios juntos, los rasgos del rostro serenos: m?s que en un muerto, todo hace pensar en un hombre inmerso en profunda y silenciosa meditaci?n. Parece la traducci?n en im?genes de la antigua ant?fona del S?bado Santo: ?Caro mea requiescet in spe?, ?mi carne descansa segura?. Tambi?n la antigua homil?a sobre el S?bado Santo que se lee en el Oficio de lecturas adquiere una fuerza especial le?da ante el Sudario: ??Qu? es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme? [1].

La teolog?a nos dice que en la muerte de Cristo su alma se separ? del cuerpo como en todo hombre que muere, pero su divinidad permaneci? unida tanto al alma como al cuerpo. El Sudario es la representaci?n m?s perfecta de este misterio cristol?gico. Aquel cuerpo est? separado del alma, pero no de la divinidad. Algo divino se mueve sobre el rostro martirizado, pero lleno de majestad, del Cristo del Sudario.

Para percibirlo es suficiente con comparar el Sudario con otras representaciones del Cristo muerto, realizadas por mano de artistas humanos, por ejemplo el Cristo muerto de Mantegna, y m?s a?n el de Holbein el Joven, en el Museo de Basilea, que representa el cuerpo de Cristo con toda la rigidez de la muerte y la incipiente descomposici?n de los miembros. Ante esta imagen ?dec?a Dostoievski, quien la hab?a contemplado largamente en un viaje-- f?cilmente se puede perder la fe [2]; ante el Sudario, al contrario, se puede encontrar la fe, o volver a hallarla si se hab?a perdido.

El rostro de Cristo del Sudario es como un l?mite, una pared que separa dos mundos: el mundo de los hombres lleno de agitaci?n, de violencia y de pecado, y el mundo de Dios inaccesible al mal. Es una orilla en la que rompen todas las olas. Como si, en Cristo, Dios dijera a las fuerzas del mal lo que en el Libro de Job dice al oc?ano: ?Llegar?s hasta aqu?, no m?s all?, aqu? se romper? el orgullo de tus olas? (Jb 38,11).

Ante el Sudario podemos orar as?: ?Se?or, haz de mi tu sudario. Cuando, descendido nuevamente de la cruz, vengas a m? en el sacramento de tu cuerpo y de tu sangre, que yo te envuelva con mi fe y mi amor como en un sudario, de forma que tus rasgos se impriman en mi alma y dejen tambi?n en ella una huella indeleble. Se?or, ?haz del ?spero y tosco pa?o de mi humanidad tu sudario!?.

2. La Pasi?n del alma del Salvador

En esta meditaci?n, nos conducimos idealmente al Calvario. Los evangelistas encierran el acontecimiento m?s desconcertante de la historia del mundo en tres palabras: ?y le crucificaron? (Marcos y Mateo), ?all? le crucificaron? (Lucas), ?para crucificarle? (Juan). Los lectores a quienes se dirig?an bien sab?an qu? encerraban esas palabras; nosotros no; debemos deducirlo de otras fuentes. Pero tambi?n ?stas son extra?amente reticentes; el suplicio de la cruz era considerado tan espantoso que deb?a mantenerse lejos, dec?a Cicer?n, ?no s?lo de los ojos, sino tambi?n de los o?dos de un ciudadano romano? [3]. No se deb?a hablar de ello entre gente de bien.

El condenado pod?a ser atado con cuerdas en las mu?ecas o sujetado con clavos a la cruz. La menci?n de las heridas en las manos y en los pies del Resucitado nos dice que para Jes?s se adopt? la segunda forma, y se puede f?cilmente imaginar el suplicio que esto comportaba.

Se han propuesto varias teor?as acerca de la causa f?sica inmediata de la muerte de Jes?s: infarto, asfixia; la m?s reciente indica en la deshidrataci?n y en la p?rdida de sangre la explicaci?n m?dica m?s admisible de la muerte de Cristo.

Pero mucho m?s profunda y dolorosa que la pasi?n del cuerpo fue la del alma de Cristo. ?sta tuvo varias causas. La primera es la soledad. Los Evangelios insisten mucho en el progresivo abandono de Jes?s en su Pasi?n: por parte de la multitud, de los disc?pulos y finalmente del Padre mismo. ?Me dejar?is solo? (Jn 16,32); ?entonces los disc?pulos le abandonaron todos, y huyeron? (Mt 26,56; Mc 14,50).

La soledad de Cristo es impresionante sobre todo en el episodio de Getseman?, cuando ?l busca repetidamente y en vano a alguno que est? a su lado. Para expresar la angustia de este momento, Marcos y Mateo utilizan el verbo ademonein. En griego se sabe que la letra a- al comienzo de una palabra indica ausencia, privaci?n; demonein tiene la misma ra?z que demos, pueblo, y que democracia. La idea subyacente es, por lo tanto, la de un hombre aislado del consorcio humano, presa de una especie de terror solitario, como uno que se encuentra proyectado hacia un punto remoto del universo donde, si grita, su voz se pierde en un vac?o sideral.

La soledad alcanza el culmen en la cruz, cuando Jes?s, en su humanidad, se siente abandonado hasta del Padre: ?Dios m?o, Dios m?o, ?por qu? me has abandonado??. ?ste no fue un grito de desconsuelo y de desesperaci?n, como a veces se ha pensado. Si los evangelistas lo hubieran considerado tal, ciertamente no habr?an hecho depender de ?l la confesi?n de fe del centuri?n romano: ??Verdaderamente ?ste era Hijo de Dios!? (Mt 27,54; Mc 15,39). Sin embargo nada impide pensar que los evangelistas hayan interpretado el grito de Jes?s, a la luz del salmo citado, como expresi?n de la extrema soledad y abandono que Jes?s experimenta en este momento en su humanidad [4].

Aquello que el ap?stol Pablo supone como la suprema renuncia y sufrimiento posible en el mundo, ?ser anatema, separado de Cristo, por el bien de sus hermanos de raza, seg?n la carne? (Cf. Rm 9,1 s.), Cristo en la cruz, de hecho, lo ha experimentado respecto a Dios. ?l se ha convertido en el ateo, el sin Dios, para que los hombres pudieran regresar a Dios. Existe un ate?smo activo, culpable, que consiste en rechazar a Dios, y existe un ate?smo pasivo, de pena y de expiaci?n, que consiste en ser rechazado o sentirse rechazado por Dios. Hay que preguntar a los m?sticos que han compartido en peque?a parte la noche oscura de Dios, la ?ltima entre ellos la Madre Teresa de Calcuta, para saber cu?n dolorosa es esta forma de ate?smo...

Otro aspecto de la Pasi?n interior de Cristo es la humillaci?n y el desprecio. ?Despreciado, rechazado por los hombres... maltratado, ?l se humill? (Is 53,3.7). As? lo hab?a predicho Isa?as y as? sucedi?. Desde el momento de la detenci?n hasta bajo la cruz hay un crescendo de desprecio, insultos y escarnios en torno a la persona de Cristo. ?Le vistieron de p?rpura y, trenzando una corona de espinas, se la ci?eron. Y se pusieron a saludarle: ??Salve, Rey de los jud?os!?. Y le golpeaban en la cabeza con la ca?a, le escup?an y, doblando las rodillas, se postraban ante ?l. Cuando se hubieron burlado de ?l, le quitaron la p?rpura, le pusieron sus ropas y le sacaron fuera para crucificarle? (Mc 15,17-20). Bajo la cruz ?los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de ?l diciendo: ?A otros salv? y a s? mismo no puede salvarse?? (Mt 27,41 s.). Jes?s es el vencido. Todos los innumerables ?vencidos? de la vida tienen a alguien que puede entenderles y ayudarles.

Pero la pasi?n del alma del Salvador tiene una causa a?n m?s profunda que la soledad y la humillaci?n. En Getseman? ruega para que se aparte de ?l el c?liz (Mc 14,36). La imagen del c?liz evoca casi siempre, en la Biblia, la idea de la ira de Dios contra el pecado (Is 51,22; Sal 75,9; Ap 14,10).

En el comienzo de la Carta, San Pablo estableci? un hecho que tiene valor de principio universal: ?La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad? (Rm 1,18). Donde hay pecado, ah? no puede no dirigirse el juicio de Dios contra aqu?l; si no, Dios llegar?a a un compromiso con el pecado y caer?a la propia distinci?n entre el bien y el mal. La ira de Dios es la misma cosa que la santidad de Dios. Jes?s en Getseman? es la impiedad, toda la impiedad del mundo. ?l, escribe el Ap?stol, es el hombre ?hecho pecado? (2 Co 5,21). Es contra ?l que ?se revela? la ira de Dios. La infinita atracci?n que existe desde la eternidad entre Padre e Hijo es atravesada ahora por una repulsi?n igualmente infinita entre la santidad de Dios y la malicia del pecado, y esto es ?beber el c?liz?.

3. ??Soy acaso yo, Se?or??

Es momento de pasar de la contemplaci?n de la Pasi?n a nuestra respuesta a ella. Alud? al principio al papel desempe?ado por el arte respecto a la Pasi?n de Cristo. Junto a la pintura y la escultura, hay que recordar con gratitud tambi?n la m?sica. Para muchas personas, dentro y fuera del Cristianismo, la Pasi?n seg?n San Mateo de Bach es el ?nico medio de conocimiento de la Pasi?n de Cristo. Un medio frente al cual es dif?cil permanecer del todo neutrales y distantes. En el relato de los hechos (recitativos), se alterna en ella la meditaci?n (las arias), la oraci?n (corales), el impulso del coraz?n; todo penetra en los sentidos y en el alma por la sugesti?n de una m?sica que toca aqu? una de sus cumbres m?s sublimes.

He querido volver a o?r la Pasi?n seg?n San Mateo de Bach en vista de estas meditaciones, y ha habido un momento que me ha conmovido profundamente. Al anuncio de la traici?n, todos los ap?stoles preguntan a Jes?s: ??Soy acaso yo, Se?or??, ?Herr, bin ich?s??. Pero antes de hacernos o?r la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre el acontecimiento y su recuerdo, el compositor hace intervenir al devoto cristiano de hoy, quien grita su confesi?n: ?S?, soy yo, ?yo el traidor!?, ?Ich bin?s, ich sollte b??en?.

Esta interpretaci?n es profundamente b?blica. El kerigma, o anuncio, de la Pasi?n est? formado siempre por dos elementos: un hecho --?padeci?, ?muri?-- y la motivaci?n del hecho --?por nosotros?, ?por nuestros pecados?--. ?l fue entregado a la muerte ?dice el Ap?stol-- ?por nuestros pecados? (Rm 4,25); muri? ?por los imp?os?, muri? ?por nosotros? (Rm 5, 6.8). Siempre es as?.

La Pasi?n inevitablemente nos es ajena mientras no se entra en ella por esa puertecita estrecha del ?por nosotros?. Conoce verdaderamente la Pasi?n s?lo quien reconoce que es tambi?n obra suya. Sin esto lo dem?s es divagaci?n. Soy yo Judas que traiciona, Pedro que niega, la multitud que grita ??A Barrab?s, no a ?se!?. Cada vez que he preferido mi satisfacci?n, mi comodidad, mi honor, a Cristo, se ha realizado esto. El padre Primo Mazzolari, en un memorable discurso de Viernes Santo, no carec?a de raz?n al hablar de ?nuestro hermano Judas?.

Si Cristo muri? ?por m?? y ?por mis pecados?, entonces quiere decir ?poniendo simplemente la frase en su forma activa-- que yo he matado a Jes?s de Nazaret, que mis pecados le han aplastado. Es lo que Pedro proclama con fuerza a los tres mil que le escuchan el d?a de Pentecost?s: ??Vosotros matasteis a Jes?s de Nazaret!?, ??Renegasteis del Santo y del Justo!? (Cf. Hch 2,23; 3,14)

Aquellos tres mil no hab?an estado presentes en el Calvario para martillear los clavos, ni ante Pilatos para pedir que fuera crucificado. Habr?an podido protestar; en cambio aceptan la acusaci?n y dicen a los ap?stoles: ??Qu? hemos de hacer, hermanos?? (Hch 2,37). El Esp?ritu Santo les hab?a ?convencido de pecado? dej?ndoles hacer un sencillo razonamiento: si el Mes?as muri? por los pecados de su pueblo y yo he cometido un pecado, yo he matado al Mes?as.

Est? escrito que en el momento de la muerte de Cristo ?el velo del templo se rasg? en dos, de arriba a abajo; tembl? la tierra, las rocas se resquebrajaron, se abrieron los sepulcros y muchos santos que hab?an muerto resucitaron? (Mt 27,51 s.). De estos signos se da, com?nmente, una explicaci?n apocal?ptica (lenguaje simb?lico para describir el evento escatol?gico), pero tienen tambi?n un significado paren?tico: indican lo que debe ocurrir en el coraz?n de quien lee y medita la Pasi?n de Cristo. Escribe San Le?n Magno: ?Que tiemble la naturaleza humana ante el suplicio del Redentor, que se rompan las piedras de los corazones infieles y quienes estaban encerrados en los sepulcros de su mortalidad que salgan fuera, levantando la piedra que pesaba sobre ellos? [5].

Hemos llegado al punto en que debemos recoger el fruto de toda nuestra meditaci?n de la Pasi?n. La Biblia ha explicado el sentido profundo de la palabra metanoia, conversi?n, como un cambio de coraz?n: ?Crea en m?, oh Dios, un coraz?n nuevo?, ?Desgarrad vuestro coraz?n, no vuestros vestidos? (Jl 2,13). Tambi?n la conversi?n de la multitud que escuch? el discurso de Pedro se expresa con la imagen del coraz?n: ?Se sintieron traspasar el coraz?n? (Hch 2,37).

Toda conversi?n supone un movimiento, un paso de un estado a otro, de un punto de partida a un punto de llegada. El punto de partida, el estado del que se debe salir, es para la Escritura el de la dureza de coraz?n: ?Yo les abandon? a la dureza de su coraz?n, para que caminaran seg?n sus propios designios? (Sal 80,13), ?Mois?s, teniendo en cuenta la dureza de vuestro coraz?n, os permiti? repudiar a vuestras mujeres? (Mt 19,8), ?Apenado por la dureza de sus corazones? (Mc 3,5), ?Les reproch? su incredulidad y su dureza de coraz?n? (Mc 16,14), ?Por la dureza y la impenitencia de tu coraz?n vas acumulando c?lera contra ti? (Rm 2,5).

En toda la Biblia, pero especialmente en el Nuevo Testamento, el coraz?n indica la sede de la vida interior, en contraste con la apariencia exterior: ?El hombre mira las apariencias, pero el Se?or mira el coraz?n? (1 S 16,7). El coraz?n es el yo profundo del hombre, su propia persona, en particular su inteligencia y voluntad. Es el centro de la vida religiosa, el punto en el que Dios se dirige al hombre y el hombre decide su respuesta a Dios.

Se comprende entonces qu? representa para la Escritura la dureza de coraz?n: el rechazo a someterse a Dios, a amarle con todo el coraz?n, a obedecer su ley. El t?rmino sclerocardia, inventado por la Biblia, es significativo. El coraz?n duro es un coraz?n esclerotizado, endurecido, impermeable a toda forma de amor que no sea el amor de s? mismo. Las im?genes empleadas por la Escritura son las del ?coraz?n de piedra? (Ez 36,26), ?coraz?n incircunciso? (Jr 9,26), ?dura cerviz? (Dt 31,27).

El t?rmino ad quem, o el punto de llegada de la conversi?n, est? descrito, coherentemente, con las im?genes del coraz?n contrito, herido, lacerado, circunciso, del coraz?n de carne, del coraz?n nuevo: ?El sacrificio a Dios es un esp?ritu contrito; un coraz?n contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias? (Sal 51,19); ??En qui?n me fijar?? En el humilde y contrito que tiembla a mi palabra? (Is 66,2); ?Con alma contrita y esp?ritu humillado te seamos aceptos? (Dn 3,39).

4. ?Yo estoy a la puerta y llamo?

Procuremos ahora comprender c?mo se obra este cambio del coraz?n. Es necesario distinguir dos situaciones. Cuando se trata de la primera conversi?n, desde la incredulidad a la fe, o desde el pecado a la gracia, Cristo est? fuera y llama a las paredes del coraz?n para entrar; cuando se trata de sucesivas conversiones, desde un estado de gracia a otro m?s elevado, de la tibieza al fervor, ocurre lo contrario: ?Cristo est? dentro y llama a las paredes del coraz?n para salir!

Me explico. En el bautismo hemos recibido al Esp?ritu Santo; ?l permanece en nosotros como en su templo (1 Co 3,16), mientras no sea expulsado de ah? por el pecado mortal. Pero puede suceder que este Esp?ritu acabe por estar como aprisionado y tapiado por el coraz?n de piedra que se le forma alrededor. No tiene posibilidad de expandirse y empapar de s? las facultades, las acciones y los sentimientos de la persona. Cuando leemos la frase de Cristo en el Apocalipsis: ?Mira que estoy a la puerta y llamo? (Ap 3,20), deber?amos entender que ?l no llama desde fuera, sino desde el interior; no quiere entrar, sino salir.

El Ap?stol dice que Cristo debe ser ?formado? en nosotros (Ga 4,19), esto es, desarrollarse y recibir su forma plena; es este desarrollo el que impide el coraz?n de piedra. A veces se ven a los lados de las calles grandes ?rboles (en Roma generalmente son pinos) cuyas ra?ces, aprisionadas por el asfalto, luchan por extenderse, levantando a tramos el mismo cemento. As? debemos imaginar que es el reino de Dios dentro de nosotros: una semilla destinada a transformarse en un ?rbol majestuoso sobre el que se posan los p?jaros del cielo, pero al que le cuesta trabajo desarrollarse por la resistencia de nuestro ego?smo.

Existen obviamente grados diferentes en esta situaci?n. En la mayor?a de las almas comprometidas en un camino espiritual, Cristo no est? aprisionado en una coraza, sino, por as? decirlo, en libertad vigilada. Es libre de moverse, pero dentro de l?mites bien precisos. Esto sucede cuando t?citamente se le da a entender qu? puede pedirnos y qu? no puede pedirnos. Oraci?n s?, pero no como para comprometer el sue?o, el descanso, la sana informaci?n...; obediencia s?, pero que no se abuse de nuestra disponibilidad; castidad s?, pero no hasta el punto de privarnos de alg?n espect?culo distendido, aunque lanzado... En resumen, el uso de medias tintas.

En la historia de la santidad, el ejemplo m?s famoso de la primera conversi?n, aquella del pecado a la gracia, es San Agust?n; el ejemplo m?s instructivo de la segunda conversi?n, aquella de la tibieza al fervor, es Santa Teresa de ?vila. Puede que lo que ella dice de s? misma en su Vida sea exagerado y dictado por la delicadeza de su conciencia, pero puede servirnos para un ?til examen de conciencia.

?Pues as? comenc?, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasi?n en ocasi?n, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades... D?banme gran contento todas las cosas de Dios; ten?anme atada las del mundo. Parece que quer?a concertar estos dos contrarios --tan enemigo uno de otro-- como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales?.

El resultado de este estado era una profunda infelicidad, en la que tal vez podamos reconocer tambi?n la nuestra: ?Pas? este mar tempestuoso casi veinte a?os, con estas ca?das y con levantarme y mal ?pues tornaba a caer? y en vida tan baja de perfecci?n, que ning?n caso casi hac?a de pecados veniales, y los mortales, aunque los tem?a, no como hab?a de ser, pues no me apartaba de los peligros. S? decir que es una de las vidas penosas que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios ni tra?a contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que deb?a a Dios era con pena; cuanto estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban? [6].

Fue precisamente la contemplaci?n de la Pasi?n lo que le dio a Teresa el impulso decisivo para cambiar. He aqu? como describe la santa el momento de su ?conversi?n?: ?Acaeci?me que, entrando un d?a en el oratorio, vi una imagen que hab?an tra?do all? a guardar, que se hab?a buscado para cierta fiesta que se hac?a en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mir?ndola, toda me turb? de verle tal, porque representaba bien lo que pas? por nosotros. Fue tanto lo que sent? de lo mal que hab?a agradecido aquellas llagas, que el coraz?n me parece se me part?a, y arroj?me cabe ?l con grand?simo derramamiento de l?grimas, suplic?ndole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle. Le dije entonces que no me hab?a de levantar de all? hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovech?, porque fui mejorando mucho desde entonces? [7]. ?Hoy sabemos hasta qu? punto fue mejorando!

5. ?En cuanto a m?, Dios me libre de gloriarme...?

Est? escrito que, aquel d?a, las gentes, ?al ver lo sucedido, se volvieron golpe?ndose el pecho? (Lc 23,48). As? queremos hacer tambi?n nosotros, regresando a nuestro trabajo despu?s de haber estado con Jes?s en el Calvario. Una vez que hemos pasado a trav?s de nuestro peque?o ?terremoto? espiritual, vemos la cruz y la muerte de Cristo cambiar completamente de signo y, de cap?tulo de acusaci?n y motivo de temor y de tristeza, transformarse en motivo de gozo y seguridad. El propter nos, por causa nuestra, se transforma en pro nobis, a nuestro favor. La cruz aparece ahora como el honor y la gloria, esto es, en el lenguaje paulino, como una jubilosa seguridad acompa?ada de conmovida gratitud, a la cual se eleva el hombre en la fe y que se expresa en la alabanza y en la acci?n de gracias.

Podemos abrirnos sin temor a esa dimensi?n gozosa y pneum?tica en la que la cruz no aparece ya como ?necedad y esc?ndalo?, sino, al contrario, como ?fuerza de Dios y sabidur?a de Dios?. Podemos hacer de ella nuestro motivo de inquebrantable seguridad, prueba suprema del amor de Dios por nosotros, tema inagotable de anuncio y, sin arrogancia alguna, sino con profunda humildad, decir con el Ap?stol: ?En cuanto a m?, ?Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Se?or Jesucristo!? (Ga 6,14).

En un momento en que desde varios lugares se hace presi?n para retirar el crucifijo de las aulas y de los lugares p?blicos, nosotros, los cristianos, lo debemos fijar m?s que nunca en las paredes de nuestro coraz?n. Hemos empezado esta meditaci?n pidiendo a Jes?s que haga de nuestra alma su sudario. A Mar?a le pedimos que nos ayude a realizar este programa con las palabras del Stabat Mater: ?Sancta Mater, istud agas, / crucifixi fige plagas / cordi meo valide?: ?Oh, Santa Madre, haz que las llagas del Crucificado en mi coraz?n se graben?.

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[1] Antica omelia sul Sabato santo (PG 43, 439 s.)
[2] F. Dostoevskij, L?Idiota, Parte II, iv.
[3] Cf. Cicer?n, Pro Rabirio 5, 16.
[4] Cf. R. Brown, The Death of the Messia, II, p. 1051
[5] S. Le?n Magno, Sermo 66, 3 (PL 54, 366).
[6] S. Teresa de ?vila, Vida, cc. 7-8.
[7] Ib. 9, 1-3
Publicado por verdenaranja @ 23:30
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