Viernes, 14 de abril de 2006
Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:

El Jueves Santo es el d?a en el que el Se?or encomend? a los doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso. Al cordero pascual y a todos los sacrificios de la Antigua Alianza, le sustituye el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de s? mismo. De este modo, el nuevo culto se fundamenta en el hecho de que, ante todo, Dios nos ofrece un don, y nosotros, colmados por este don, nos hacemos suyos: la creaci?n vuelve al Creador. Y tambi?n as? el sacerdocio se ha convertido en algo nuevo: ya no es una cuesti?n de descendencia, sino que es algo que se sit?a en el misterio de Jesucristo. Siempre es ?l quien da y nos eleva hacia ?l. S?lo ?l puede decir: ?Esto es mi cuerpo - Esta es mi sangre?. El misterio del sacerdocio de la Iglesia est? en el hecho de que nosotros, m?seros seres humanos, en virtud del Sacramento, podemos hablar con su ?yo?: ?in persona Christi?. Quiere ejercer su sacerdocio a trav?s de nosotros. Este misterio conmovedor, que en toda celebraci?n del sacramento nos vuelve a tocar, lo recordamos de manera particular en el Jueves Santo. Para que el ajetreo diario no marchite lo que es grande y misterioso, necesitamos este recuerdo espec?fico, necesitamos volver a aquella hora en la que ?l puso sus manos sobre nosotros y nos hizo part?cipes de este misterio.

Por tanto, reflexionemos nuevamente en los signos con los que se nos ha entregado el sacramento. En el centro est? el gesto antiqu?simo de la imposici?n de las manos, con el que ?l tom? posesi?n de m? dici?ndome: ?T? me perteneces?. Pero de este modo nos ha dicho tambi?n: ?T? est?s bajo la protecci?n de mis manos. T? est?s bajo la protecci?n de mi coraz?n. T? estas protegido bajo el hueco de mis manos y te encuentras en la inmensidad de mi amor. Est?s en el espacio de mis manos; dame las tuyas?.

Recordamos, adem?s, que nuestras manos han quedado ungidas por el ?leo, que es el signo del Esp?ritu Santo y de su fuerza. ?Por qu? las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acci?n, es el s?mbolo de su capacidad para afrontar el mundo, para ?tomarlo en la mano?. El Se?or nos ha impuesto las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, seamos las suyas. Quiere que dejen de ser instrumentos que toman las cosas, los hombres, el mundo para nosotros mismos, para someterlos a nuestra posesi?n, y que por el contrario transmitan su toque divino, poni?ndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumento de servicio y por tanto de expresi?n de la misi?n de toda la persona que se convierte en su garante y que le transmite a los hombres.

Si las manos del hombre representan simb?licamente sus facultades y, m?s en general, la t?cnica como poder capaz de dominar el mundo, entonces las manos ungidas tienen que ser un signo de su capacidad para dar, de la creatividad para plasmar el mundo con amor y para esto tenemos necesidad sin duda del Esp?ritu Santo. En el Antiguo Testamento, la unci?n es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote hace y entrega mucho m?s que aquello que procede de s? mismo. En cierto sentido, queda expropiado de s? en virtud de un servicio, en el que se pone a disposici?n de uno m?s grande que ?l. Si Jes?s se presenta hoy en el Evangelio como el Ungido de Dios, el Cristo, entonces esto quiere decir precisamente que act?a por misi?n del Padre y en unidad con el Esp?ritu Santo y que, de este modo, entrega al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, una nueva manera de ser profeta, que no se busca a s? mismo, sino que vive por aquel por quien el mundo ha sido creado. Pongamos hoy nuestras manos nuevamente a su disposici?n y pid?mosle que nos lleve siempre de la mano y que nos gu?e.

En el gesto sacramental de la imposici?n de las manos por parte del obispo, el mismo Se?or nos impuso las manos. Este signo sacramental resume todo un recorrido existencial. En una ocasi?n, como los primeros disc?pulos, nos encontramos con el Se?or y escuchamos su palabra: ??S?gueme!?. En un primer momento, quiz? le seguimos de manera insegura, mirando hacia atr?s y pregunt?ndonos si era ?ste realmente nuestro camino. Y en un determinado momento del camino, quiz? hemos hecho la experiencia de Pedro tras la pesca milagrosa, es decir, nos asustamos por su grandeza, la grandeza de la tarea, y por nuestra peque?ez, que nos lleva a echarnos para atr?s: ??Al?jate de m?, Se?or, que soy un hombre pecador!? (Lucas 5, 8). Pero despu?s, con gran bondad, nos ha tomado de la mano, nos ha atra?do hacia s? y nos ha dicho: ??No tengas miedo! Estoy contigo. ?No te dejo, y t? no me dejes!?. Y en m?s de una ocasi?n a cada uno de nosotros quiz? le ha sucedido lo que a Pedro, cuando al caminar sobre las aguas dirigi?ndose hacia el Se?or de repente se dio cuenta de que el agua no le sosten?a y de que estaba a punto de hundirse. Y como Pedro hemos gritado: ?Se?or, ?s?lvame!? (Mateo, 14, 30). Al ver la furia de los elementos, ?c?mo pod?amos atravesar las aguas estruendosas y espumosas del siglo pasado y del milenio pasado? Pero, entonces, hemos dirigido la mirada hacia ?l? y ?l nos ha tomado de la mano y nos ha dado un nuevo ?peso espec?fico?: la levedad que se deriva de la fe y que nos eleva hacia lo alto. Y despu?s nos da la mano que nos sostiene y nos lleva. ?l nos sostiene. Volvamos a dirigir siempre nuestra mirada hacia ?l y d?mosle la mano. Dejemos que su mano nos tome, y entonces no nos hundiremos, sino que nos pondremos al servicio de la vida, que es m?s fuerte que la muerte, y del amor que es m?s fuerte que el odio. La fe en Jes?s, Hijo del Dios vivo, es el medio por el que volvemos a dar la mano a Jes?s y por el que nos toma de la mano y nos gu?a. Una de mis oraciones preferidas es la petici?n que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comuni?n: ?? no permitas que me separe de ti?. Pid?mosle que no caigamos nunca fuera de la comuni?n de su Cuerpo, de la comuni?n con el mismo Cristo, que no caigamos nunca fuera de su misterio eucar?stico. Pid?mosle que no deje de llevarnos de la mano?

El Se?or ha puesto su mano sobre nosotros. El significado de este gesto lo expres? con las palabras: ?No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he o?do a mi Padre os lo he dado a conocer? (Juan 15, 15). No os llamo ya siervos, sino amigos: en estas palabras se podr?a ver ya la instituci?n del sacerdocio. El Se?or nos hace amigos suyos: nos conf?a todo; se conf?a a s? mismo para que podamos hablar con su ?yo? ?in persona Christi capitis?. ?Qu? confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos. Los signos esenciales de la ordenaci?n sacerdotal son en el fondo manifestaciones de esa palabra: la imposici?n de las manos; la entrega del libro --de su palabra que nos conf?a--, la entrega del c?liz con el que nos trasmite su misterio m?s profundo y personal. De todo esto forma parte tambi?n el poder de absolver: nos hace part?cipes de su conciencia sobre la miseria del pecado y la oscuridad del mundo y pone en nuestras manos la lleve para volver a abrir la puerta hacia la casa del Padre. No os llamo ya siervos, sino amigos. Este es el significado profundo de ser sacerdote: ser amigo de Jesucristo. Tenemos que comprometernos con esta amistad cada d?a. Amistad significa comuni?n de pensamiento y de voluntad. En esta comuni?n con Jes?s tenemos que ejercitarnos, nos dice san Pablo en la Carta a los Filipenses (Cf. 2, 2-5). Y esta comuni?n de pensamiento no es algo simplemente intelectual, sino que es tambi?n comuni?n de sentimientos y de voluntad, y por tanto, de acci?n. Esto significa que tenemos que conocer a Jes?s de una manera cada vez m?s personal, escuch?ndole, viviendo junto a ?l, estando con ?l. Escucharlo --en la ?lectio divina?, es decir, leyendo la Sagrada Escritura, pero no de una manera acad?mica, sino espiritual; de este modo aprendemos a encontrar a Jes?s presente que nos habla. Tenemos que razonar y reflexionar sobre sus palabras y sobre su manera de actuar ante ?l y con ?l. La lectura de la Sagrada Escritura es oraci?n, tiene que ser oraci?n, tiene que surgir de la oraci?n y llevar a la oraci?n. Los evangelistas nos dicen que el Se?or se retiraba continuamente --durante noches enteras-- ?a la monta?a? para rezar a solas. Tambi?n nosotros tenemos necesidad de esta ?monta?a?: es la altura interior que tenemos que escalar, la monta?a de la oraci?n. S?lo as? se desarrolla la amistad. S?lo as? podemos desempe?ar nuestro servicio sacerdotal, s?lo as? podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres. El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero el actuar exterior, a fin de cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no nace de la comuni?n ?ntima con Cristo. El tempo que dedicamos a esto es realmente tiempo de actividad pastoral, de una actividad aut?nticamente pastoral. El sacerdote tiene que ser sobre todo un hombre de oraci?n. El mundo en su activismo fren?tico pierde con frecuencia la orientaci?n. Su actuar y sus capacidades se convierten en destructivas si desfallecen las fuerzas de la oraci?n, de las que surge el agua de la vida capaz de fecundar la tierra ?rida.

No os llamo ya siervos, sino amigos. El coraz?n del sacerdocio consiste en ser amigos de Jesucristo. S?lo as? podemos hablar verdaderamente ?in persona Christi?, a pesar de que nuestra lejan?a interior de Cristo no puede comprometer la validez del Sacramento. Ser amigo de Jes?s, ser sacerdote, significa ser hombre de oraci?n. De este modo le reconocemos y salimos de la ignorancia de los siervos. De este modo aprendemos a vivir, a sufrir y a actuar con ?l y por ?l. La amistad con Jes?s es siempre por antonomasia amistad con los suyos. S?lo podemos ser amigos de Jes?s en la comuni?n con Cristo total, con la cabeza y el cuerpo; en la lozana vid de la Iglesia animada por su Se?or. S?lo en ella la Sagrada Escritura es, gracias al Se?or, Palabra viva y actual. Sin el sujeto viviente de la Iglesia que abarca las edades, la Biblia se fragmenta en escritos que con frecuencia son heterog?neos y se convierte en un libro del pasado. Es elocuente en el presente s?lo all? donde est? la ?Presencia?, donde Cristo sigue haci?ndose nuestro contempor?neo: en el cuerpo de su Iglesia.

Ser sacerdote significa ser amigo de Jesucristo, y serlo cada vez m?s con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos am? hasta morir por nosotros, que resucit? y cre? en s? mismo un espacio para el hombre. Este Dios tiene que vivir en nosotros y nosotros en ?l. Esta es nuestra llamada sacerdotal: s?lo as? nuestra acci?n de sacerdotes puede dar fruto.

Quisiera concluir esta homil?a con una palabra de Andrea Santoro, ese sacerdote de la di?cesis de Roma que fue asesinado en Trebisonda mientras rezaba; el cardenal C? nos la comunic? durante los ejercicios espirituales. La frase dice: ?Estoy aqu? para vivir entre esta gente y permitir que Jes?s lo haga prest?ndole mi carne? S?lo somos capaces de salvaci?n ofreciendo la propia carne. Hay que cargar con el mal del mundo y compartir el dolor, absorbi?ndolo en la propia carne hasta el final, como hizo Jes?s?. Jes?s asumi? nuestra carne. D?mosle nosotros la nuestra, para que pueda venir al mundo y transformarlo. Am?n
Publicado por verdenaranja @ 14:06
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