Martes, 02 de mayo de 2006
Martes Santo ?2006





Reunidos en el nombre del Se?or Jes?s celebramos la Misa Crismal en la que, en presencia del pueblo de Dios, los sacerdotes renovamos la acogida del don que hemos recibido por la imposici?n de las manos en el Sacramento del Orden.

El hecho de que esta renovaci?n se lleve a cabo en una celebraci?n marcada por la bendici?n del ?leo de los enfermos y de los catec?menos, y la consagraci?n del Santo Crisma, nos recuerda a los obispos y presb?teros, que somos ministros de los Sacramentos y dispensadores de los misterios de Dios en su santa Iglesia.

La liturgia de este d?a hace visible a la Iglesia de Jesucristo en el modo m?s pleno que pueda manifestarse. Convocada y reunida por la predicaci?n de la Palabra, la celebraci?n de los sacramentos y la presencia del ministerio apost?lico, se cumplen aqu? y ahora las palabras del Concilio: conviene que todos tengan en gran aprecio la vida lit?rgica de la di?cesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que la principal manifestaci?n de la Iglesia se realiza en la participaci?n plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones lit?rgicas, particularmente en la misma Eucarist?a, en una misma oraci?n, junto al ?nico altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros? (SC 41).

La Iglesia Diocesana se re?ne aqu? esta ma?ana en torno a su pastor para la bendici?n de los santos ?leos, que son instrumentos de la salvaci?n de Cristo en los diversos sacramentos: bautismo, confirmaci?n, orden sagrado y unci?n de los enfermos.

Como acabamos de o?r, hoy se cumple la escritura que acabamos de proclamar, pues el poder del Esp?ritu fecunda de nuevo a nuestra Iglesia para salvar al hombre, redimirlo de sus esclavitudes y conducirlo a la plenitud de la vida divina por la fuerza de los sacramentos pascuales.

El Esp?ritu desciende sobre el pueblo de Dios como descendi? sobre Cristo, el Ungido de Dios, para hacer de la Iglesia el instrumento de la evangelizaci?n y santificaci?n de los hombres. La Iglesia, nuestra Iglesia diocesana, aparece as? como la estirpe que bendijo el Se?or para que todos los hombres, pueblos y naciones, reciban la salvaci?n.

En esta celebraci?n de hoy se pone de relieve el peculiar dinamismo de la vida de la Iglesia. Es decir, somos, como leemos en la Lumen Gentium, ?un Pueblo Mesi?nico? (cf. LG 9). Un pueblo ungido para salvar al mundo. Dicho de otra forma, somos un pueblo con una misi?n salv?fica, justamente porque hemos sido salvados y estamos pre?ados de salvaci?n.



Todos los cristianos somos ungidos por el Esp?ritu Santo

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar en el Evangelio de Lucas nos recuerda que somos ?ungidos? y ?consagrados? con la fuerza del Esp?ritu Santo, para ?dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista;? para anunciar el a?o de gracia del Se?or?.

Todos nosotros, como fieles del pueblo santo de Dios que somos, hemos recibido con el Bautismo y la Confirmaci?n, la configuraci?n con Cristo; hemos sido incorporados al Pueblo de Dios, todo ?l sacerdotal y prof?tico, para ofrecernos como oblaci?n pura y agradable a Dios y para proclamar con nuestra vida el Evangelio de la salvaci?n.

Al consagrar hoy el Santo Crisma y bendecir los ?leos, estamos celebrando la unci?n del Esp?ritu sobre cada uno de nosotros y sobre todo el pueblo de Dios. La unci?n con el crisma y los ?leos que se hizo en nuestro cuerpo fue signo e instrumento de la Unci?n del Esp?ritu en nuestras personas.

Jes?s se proclam? ungido, lleno, empapado por el Esp?ritu. El Esp?ritu del Se?or lo consagr? y lo envi? a dar la buena noticia a los pobres, a liberar a los cautivos, a dar vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, a proclamar el a?o de gracia del Se?or.

Pues bien, en primer lugar, nosotros somos esos pobres, esos cautivos, esos ciegos, esos oprimidos. Pobreza, ceguera, opresi?n, esclavitud,? son palabras que con una fuerza muy especial muestran la parte dolorosa del hombre y su ra?z m?s profunda: el pecado y el ego?smo humano, de los que cada uno de nosotros somos c?mplices y v?ctimas a la vez. Necesitamos ser liberados de la opresi?n de la que somos v?ctimas y, tambi?n, de nuestra participaci?n en la opresi?n que sufren los dem?s.

Agradecidos, reconocemos que por nosotros y para nosotros Cristo fue ungido. Por nosotros y para nosotros, ?l asumi? generosamente y hasta sus ?ltimas consecuencias, sin quejas y con prontitud, la misi?n del Esp?ritu.

Y a nosotros, salv?ndonos, nos incorpor? a ?l. A nosotros nos entrega el mismo Esp?ritu que a ?l lo ungi?, lo consagr? y lo envi?. En distintos modos y grados nos unge con su Esp?ritu, para que como ?l, y con su misma Unci?n, realicemos su misma misi?n de evangelizar a los pobres, devolver la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos, llevar la salvaci?n de Dios a todos los hombres. Solidarios en la misma situaci?n y condici?n que los dem?s, los creyentes, por Jes?s y por la unci?n que de ?l recibimos, estamos tambi?n destinados a curar, a sanar, a resta?ar como ?l lo hizo.

Bautizados, confirmados y ordenados, cada uno con modos propios de realizarla, tenemos la misma misi?n: ir al hombre a anunciarle y a hacerle visible la salvaci?n de Jes?s. En cada lugar y en cada ambiente se espera que cumplamos esta misi?n. Catequesis, Liturgia, C?ritas, la Ense?anza Religiosa, las Escuelas Cat?licas, los Centros Asistenciales,? en fin, toda la acci?n pastoral en sus diferentes ?reas son los modos y los cauces c?mo los fieles, laicos, consagrados y sacerdotes, estamos impulsados a concretar la misi?n de Jes?s.

Por eso, todos, hoy celebramos y renovamos la gracia de nuestro Bautismo por el que somos hijos de Dios, de nuestra Confirmaci?n por la que somos testigos de Cristo y ?los sacerdotes de modo particular? celebramos y renovamos la gracia de nuestra Ordenaci?n por la que somos instrumentos de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Las palabras del Evangelio: ?El Esp?ritu de Dios est? sobre m텔 nos conciernen directamente a todos.

La eficacia de estos sacramentos, signos eficaces de la gracia divina, deriva del Misterio Pascual, de la muerte y resurrecci?n de Cristo. Del Costado de Cristo traspasado por la lanza, ?man? sangre y agua?. Esa es la fuente de la salvaci?n. Cristo es el verdadero manantial, aquella fuente que anunci? Ezequiel cuando habl? del agua que brotaba debajo del templo de Jerusal?n, que hac?a surgir la vida por en los lugares m?s secos por donde pasaba y purificaba el mar de las aguas salobres.

No es de extra?ar, por tanto, que la Iglesia sit?e esta Misa Crismal en el umbral del Triduo Pascual, en que celebramos que Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, con el supremo acto sacerdotal se ofreci? al Padre como rescate por toda la humanidad.



El ?nico Sacerdocio de Cristo realizado en la Iglesia

?Aquel que nos am?, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios? (Ap 1,6). Estas palabras, que hemos escuchado en la lectura del libro del Apocalipsis enmarcan justamente el sentido de nuestra celebraci?n. La Misa Crismal hace memoria solemne del ?nico Sacerdocio de Cristo y expresa la vocaci?n sacerdotal de la Iglesia en su doble dimensi?n de sacerdocio de los fieles y sacerdocio ministerial.

"Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes". Esta expresi?n la hemos de entender bajo dos perspectivas. Por una parte, como nos ense?a el Vaticano II, se aplica a todos los bautizados, que "son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a trav?s de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales" (LG 10). Todo cristiano es sacerdote. Se trata aqu? del sacerdocio llamado "com?n", que compromete a los bautizados a vivir su oblaci?n a Dios mediante la participaci?n en la Eucarist?a y en los sacramentos, en el testimonio de una vida santa, en la abnegaci?n y en la caridad activa.

Por otro lado, la afirmaci?n de que Dios "ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes" se refiere a los sacerdotes ordenados como ministros, es decir, llamados a formar y dirigir al pueblo sacerdotal, y a ofrecer en su nombre el sacrificio eucar?stico a Dios en la persona de Cristo. As?, la misa "Crismal" hace memoria solemne del ?nico Sacerdocio de Cristo y expresa la vocaci?n sacerdotal de la Iglesia, en particular del obispo y de los presb?teros unidos a ?l. Nos lo recordar? dentro de poco el Prefacio: Cristo "no s?lo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino tambi?n, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposici?n de las manos, participen de su sagrada misi?n" (Prefacio de la Ordenaci?n).



El ministro ordenados transparencia de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia.

"El Esp?ritu del Se?or est? sobre m?, porque ?l me ha ungido. Me ha enviado..." (Lc 4, 18). Queridos sacerdotes, estas palabras del Evangelio de hoy, que a su modo se pueden aplicar a todos los miembros del pueblo de Dios, nos conciernen a nosotros de un modo peculiar. Estamos llamados, por la ordenaci?n presbiteral, a compartir la misma misi?n de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. Hoy hacemos memoria del don recibido de Cristo, que nos ha llamado a una participaci?n especial en su sacerdocio, y ante el pueblo de Dios renovamos juntos la acogida de este don y las promesas sacerdotales que hacen visible y aut?ntica esa acogida.

Con la bendici?n de los ?leos, y en particular del Santo Crisma, queremos dar gracias por la unci?n sacramental recibida en la ordenaci?n sacerdotal. Como ya sabemos, la unci?n es un signo de fuerza interior, que el Esp?ritu Santo concede a todo hombre llamado por Dios a particulares tareas al servicio de su Reino.

Y nosotros, en concreto hemos sido llamados, nos ense?a Pastores dabo vobis, ?a prolongar la presencia de Cristo, ?nico y Supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del reba?o que les ha sido confiado.

Los presb?teros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representaci?n sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor,

proclaman con autoridad su palabra;
renuevan sus gestos de perd?n y de ofrecimiento de la salvaci?n, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucarist?a;
ejercen hasta el don total de s? mismos, el cuidado amoroso del reba?o, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Esp?ritu.
En una palabra, los presb?teros existen y act?an para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificaci?n de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre? (PDV 15).


La santidad del sacerdote condiciona la eficacia de su ministerio

Nuestra raz?n de ser es ?prolongar la presencia de Cristo?. Es Cristo quien santifica a trav?s del sacerdocio ministerial. ?l es autor de los sacramentos y es ?l quien dota de eficacia interior a la palabra de la predicaci?n. Y eso hasta el extremo de que la indignidad del ministro no priva de virtualidad al sacramento.

Sin embargo, la discordancia entre la objetividad del sacramento y la subjetividad del que lo administra constituye un contrasentido. La tradici?n cristiana, a la vez que mantiene el dato dogm?tico ?la autor?a de Cristo en el sacramento? ha subrayado la exigencia de santidad que el sacerdocio ministerial implica.

Como nos ense?a Pastores dabo vobis: ?No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la celebraci?n de los Sacramentos, recibe su eficacia salv?fica de la acci?n misma de Jesucristo, hecha presente en los Sacramentos. Pero por un designio divino, que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvaci?n, haciendo del hombre un ?salvado? a la vez que un ?salvador? ?siempre y s?lo con Jesucristo?, la eficacia del ejercicio del ministerio est? condicionada tambi?n por la mayor o menor acogida y participaci?n humana. En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebraci?n de los Sacramentos y en la direcci?n de la comunidad en la Caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: ?La santidad misma de los presb?teros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvaci?n aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, m?s d?ciles al impulso e inspiraci?n del Esp?ritu Santo, por su ?ntima uni?n con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Ap?stol: "Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en m?" (G?l 2, 20)? (PDV 25).



Renovamos la acogida del don recibido en la ordenaci?n sacerdotal

Dentro de un momento renovaremos las promesas sacerdotales. Es decir, renovaremos la acogida del don que se nos hizo en la ordenaci?n sacerdotal. Renovaremos el firme prop?sito de ser imagen cada vez m?s fiel de Cristo, Sumo Sacerdote. ?l, buen Pastor, nos llama a seguir su ejemplo y a ofrecer d?a tras d?a la vida por la salvaci?n de la grey que se ha encomendado a nuestro cuidado. Nos llama a ofrecernos nosotros mismos, no s?lo un tiempo y unas tareas. Por tanto, no se trata s?lo de una renovaci?n o prop?sito de continuidad, sino de una ?renovaci?n de calidad?.

Esta renovaci?n que hoy hacemos tiene gran importancia para nuestra vida sacerdotal, pues nos sit?a en la esencia de aquello que somos por el sacramento del orden: ?Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a trav?s del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y profundice cada vez m?s la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en virtud de la consagraci?n sacramental y de la configuraci?n con ?l, Cabeza y Pastor de la Iglesia? (PDV 25).

Renovar las promesas sacerdotales es caer en la cuenta, de nuevo y m?s plenamente, de que nuestro ministerio no es una mera funci?n o profesi?n eclesi?stica, ?incluso aunque de modo pr?ctico hagamos las cosas bien? sino asumir existencialmente que en el ejercicio del ministerio est? profundamente comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote.

El sacerdote no es un funcionario al que le bastar?a hacer bien la cosas, pues ?su relaci?n con Jesucristo, asegurada por la consagraci?n y configuraci?n del sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote una posterior relaci?n que procede de la intenci?n, es decir, de la voluntad consciente y libre de hacer, mediante los gestos ministeriales, lo que quiere hacer la Iglesia. Semejante relaci?n tiende, por su propia naturaleza, a hacerse lo m?s profunda posible, implicando la mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de ?disposiciones? morales y espirituales correspondientes a los gestos ministeriales que el sacerdote realiza? (PDV 25).

Por eso, debemos centrar nuestra renovaci?n en la voluntad de implicar plenamente ?alma, coraz?n y vida? en el ministerio que realizamos, para no quedarnos en meros actores que no sienten ni viven lo que hacen.

Cuando en la ordenaci?n de di?cono se nos entreg? el Evangelio, se nos dijo ?Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero, convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva ens??alo, y cumple aquello que has ense?ado?. Y nosotros respondimos ?am?n?. Hoy vamos a renovar aquel am?n con mayor conocimiento de causa y con mayor voluntad de plasmarlo en nuestra vida.

Asimismo, cuando en la ordenaci?n presbiteral se nos entreg? el c?liz, dijimos ?am?n? a estas palabras: ?Considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo?. Actualizar el am?n que dijimos entonces es reafirmarnos en nuestra voluntad de imitar a Cristo en la entrega de s? mismo y su de actitud servicio hasta las ?ltimas consecuencias, es decir, realizar en nuestro ministerio la caridad pastoral de Jesucristo, no s?lo en lo que hacemos sino en la entrega de nosotros mismos. Porque, como nos ense?a el Concilio, ?la caridad pastoral fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucar?stico, que es, por ello, centro y ra?z de toda la vida del presb?tero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en s? misma lo que se hace en el ara sacrificial? (PO 14) .

El sacerdote, que representa a Cristo, participa de su condici?n de Cabeza y Pastor de la Iglesia. La actividad sacerdotal tiene su centro en las celebraciones sacramentales, pero no se reduce a eso, sino que se extiende a toda una amplia gama de tareas en servicio de la comunidad cristiana, que tambi?n han de estar caracterizadas por las actitudes propias de un buen pastor, como nos ense?a Pastores dabo vobis: ?La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente? (PDV 23).

Y as? debe ser. Los fieles cristianos esperan de nosotros que los acojamos con afabilidad y cari?o, que seamos expertos en la escucha, que nos hagamos cargo de sus problemas; esperan de nosotros capacidad de amistad sincera y cordial, es decir, de amar gratuitamente; que estemos siempre disponibles; que seamos capaces de atender los problemas que experimentan las personas singulares y las comunidades.

Y atender no de cualquier manera, sino en Dios y desde Dios, de modo que ayudemos a encontrar a Dios y a reconocer la voluntad de Dios en el quehacer de cada d?a y en sus dificultades. El pueblo cristiano quiere vernos entusiasmados con nuestra vocaci?n y ministerio, quieren vernos entregados a ellos en cuerpo y alma, y al encontrarse con nosotros desean poder experimentar, tanto en nuestras palabras como en nuestra conducta, el amor fiel y misericordioso de Dios.

Es realmente extraordinario el "don" que hemos recibido y que ahora, con mayor reconocimiento y gratitud que el d?a que fuimos ordenados, vamos a acoger con renovado entusiasmo. S?, renovemos en esta celebraci?n nuestro ?am?n? a las exigencias que nuestro ministerio comporta.

Pero cuidado con quedarnos en una simple declaraci?n de intenciones. La experiencia diaria nos ense?a que el don de nuestra vocaci?n es necesario protegerlo y cultivarlo diligentemente si queremos vivirlo con fidelidad y constancia. Como hizo con los ap?stoles en la ?ltima Cena, el Se?or nos indica el camino de nuestra perseverancia: ?Permaneced en m?, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por s? mismo, si no permanece en la vid; as? tampoco vosotros si no permanec?is en m?. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en m? y yo en ?l, ?se da mucho fruto; porque separados de m? no pod?is hacer nada? (Jn. 15, 4-5). Permanezcamos en Cristo, pues nuestra coherencia s?lo es posible mediante una indefectible adhesi?n a El, alimentada con una oraci?n constante. S?lo as? la renovaci?n de nuestras promesas sacerdotales producir? fruto, el fruto abundante que Dios quiere.

Pidamos a Mar?a, Madre de Cristo Sumo Sacerdote, la Virgen Fiel que cooper? ?ntimamente en la obra de la redenci?n, que nos ayude a ser fieles y a vivir conforme a la vocaci?n a la que hemos sido llamados.



?? Bernardo ?lvarez Afonso

Obispo Nivariense
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