Lunes, 29 de mayo de 2006
Queridos hermanos y hermanas:

He aceptado muy gustosamente la invitaci?n a introducir con una reflexi?n este nuestro Congreso diocesano, ante todo porque me da la posibilidad de encontrarme y tener un contacto directo con vosotros y, tambi?n, porque puedo ayudaros a profundizar el sentido y la finalidad del camino pastoral que est? recorriendo la Iglesia de Roma. Os saludo con afecto a cada uno de vosotros, obispos, sacerdotes, di?conos, religiosos y religiosas, y en particular, a vosotros laicos y familias que asum?s conscientemente los cometidos de compromiso y testimonio cristiano que tienen su ra?z en el sacramento del bautismo y para los que est?n casados, en el matrimonio. Doy las gracias de coraz?n al Cardenal Vicario y a los c?nyuges Luca y Adriana Pasquale por las palabras que me han dirigido en nombre de todos vosotros.

Compromiso misionero
Este Congreso, y el a?o pastoral al que ofrecer? las l?neas gu?a, constituyen una nueva etapa en el recorrido que la Iglesia de Roma ha comenzado, bas?ndose en el S?nodo diocesano, con la misi?n ciudadana querida por nuestro tan amado Papa Juan Pablo II, en preparaci?n del Gran Jubileo del a?o 2000. En aquella misi?n todas las realidades de nuestra di?cesis -parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos- se movilizaron, no s?lo para una misi?n en el pueblo de Roma, sino tambi?n para ser ellas mismas "pueblo de Dios en misi?n", poniendo en pr?ctica la feliz expresi?n de Juan Pablo II "parroquia, b?scate y encu?ntrate fuera de ti misma": es decir, en los lugares en los que vive la gente. De este modo, en el transcurso de la misi?n ciudadana, muchos miles de cristianos de Roma, en gran parte laicos, se convirtieron en misioneros y llevaron la palabra de la fe, en primer lugar, a las familias de los diversos barrios de la ciudad y despu?s a los diferentes lugares de trabajo, a los hospitales, a las escuelas y a las universidades, a los espacios de la cultura y del tiempo libre.

Despu?s del A?o Santo, mi amado Predecesor os pidi? no interrumpir este camino y no dispersar las energ?as apost?licas suscitadas y los frutos de gracia recogidos. Por consiguiente, a partir del a?o 2001, la orientaci?n pastoral fundamental de la di?cesis ha sido la de dar forma permanente a la misi?n, caracterizando en sentido m?s resueltamente misionero la vida y las actividades de las parroquias y de cada una de las dem?s realidades eclesiales. Quiero deciros ante todo que tengo la intenci?n de confirmar plenamente esta opci?n: se hace cada vez m?s necesaria y sin alternativas, en un contexto social y cultural en el que act?an m?ltiples fuerzas que tienden a alejarnos de la fe y de la vida cristiana.

Desde hace ya dos a?os, el compromiso misionero de la Iglesia de Roma se ha concentrado sobre todo en la familia, no s?lo porque esta realidad humana fundamental hoy est? sometida a m?ltiples dificultades y amenazas y, por lo tanto, tiene especial necesidad de ser evangelizada y apoyada concretamente, sino tambi?n porque las familias cristianas constituyen un recurso decisivo para la educaci?n en la fe, la edificaci?n de la Iglesia como comuni?n y su capacidad de presencia misionera en las situaciones m?s variadas de la vida, as? como para fermentar en sentido cristiano la cultura difundida y las estructuras sociales. Continuaremos con estas orientaciones tambi?n en el pr?ximo a?o pastoral y por consiguiente, el tema de nuestro Congreso es "Familia y comunidad cristiana: formaci?n de la persona y transmisi?n de la fe".
El presupuesto por el que hay que comenzar para poder comprender la misi?n de la familia en la comunidad cristiana y sus tareas de formaci?n de la persona y de transmisi?n de la fe, sigue siendo siempre el significado que el matrimonio y la familia tienen en el designio de Dios, Creador y Salvador. Este ser? por tanto, el punto esencial de mi reflexi?n esta tarde, remont?ndome a la ense?anza de la exhortaci?n apost?lica Familiaris Consortio (Parte segunda, nn. 12-16).

El fundamento antropol?gico de la familia
Matrimonio y familia no son en realidad una construcci?n sociol?gica casual, fruto de situaciones particulares hist?ricas y econ?micas. Por el contrario, la cuesti?n de la justa relaci?n entre el hombre y la mujer hunde sus ra?ces en la esencia m?s profunda del ser humano y s?lo puede encontrar su respuesta a partir de ?sta. No puede separarse de la pregunta antigua y siempre nueva del hombre sobre si mismo: ?Qui?n soy? ?Qu? es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no puede separarse del interrogante sobre Dios:

?Existe Dios? ?Y qui?n es Dios? ?Cu?l es su verdadero rostro? La respuesta de la Biblia a estos dos interrogantes es unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es amor. Por este motivo, la vocaci?n al amor es lo que hace del hombre la aut?ntica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama.

Desde esta conexi?n fundamental entre Dios y el hombre se deriva otra: la conexi?n indisoluble entre esp?ritu y cuerpo. En efecto, el hombre es alma que se expresa en el cuerpo y cuerpo que es vivificado por un esp?ritu inmortal. Por lo tanto, tambi?n el cuerpo del hombre y de la mujer tiene, por as? decir, un car?cter teol?gico, no es simplemente cuerpo; y lo que es biol?gico en el hombre no es s?lo biol?gico, sino expresi?n y cumplimiento de nuestra humanidad. Del mismo modo, la sexualidad humana no est? al lado de nuestro ser persona, sino que le pertenece. S?lo cuando la sexualidad se integra en la persona logra darse un sentido a s? misma.

As?, de las dos conexiones, la del hombre con Dios y, en el hombre, la del cuerpo con el esp?ritu, surge una tercera: la que se da entre persona e instituci?n. En efecto, la totalidad del hombre incluye la dimensi?n del tiempo y el "s?" del hombre es un ir m?s all? del momento presente: en su totalidad, el "s?" significa "siempre", constituye el espacio de la fidelidad. S?lo en su interior puede crecer la fe que da un futuro y permite que los hijos, fruto del amor, crean en el hombre y en su futuro en tiempos dif?ciles. Por lo tanto, la libertad del "s?" se revela como libertad capaz de asumir lo que es definitivo: la expresi?n m?s elevada de la libertad no es entonces la b?squeda del placer, sin llegar nunca a una aut?ntica decisi?n. Aparentemente, esta apertura permanente parece ser la realizaci?n de la libertad, pero no es verdad: la verdadera expresi?n de la libertad es por el contrario la capacidad de decidirse por un don definitivo, en el que la libertad, entreg?ndose, se encuentra a s? misma.

En concreto, el "s?" personal y rec?proco del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la aut?ntica humanidad de cada uno y, al mismo tiempo, est? destinado al don de una nueva vida. Por este motivo, este "s?" personal tiene que ser necesariamente un s? que es tambi?n p?blicamente responsable, con el que los c?nyuges asumen la responsabilidad p?blica de la fidelidad, que garantiza tambi?n el futuro para la comunidad. En efecto, ninguno de nosotros se pertenece exclusivamente a s? mismo: por tanto, cada uno est? llamado a asumir en lo m?s ?ntimo de s? su propia responsabilidad p?blica. Por consiguiente, el matrimonio como instituci?n no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, una imposici?n desde el exterior en la realidad m?s privada de la vida; es por el contrario una exigencia intr?nseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana.

Las diferentes formas actuales de disoluci?n del matrimonio, como las uniones libres y el "matrimonio a prueba", hasta el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo, son por el contrario expresiones de una libertad an?rquica, que se presenta injustamente como aut?ntica liberaci?n del hombre. Una pseudo-libertad as? se basa en una banalizaci?n del cuerpo, que inevitablemente incluye la banalizaci?n del hombre. Su presupuesto es que el hombre puede hacer de s? lo que quiera: su cuerpo se convierte de esta forma en algo secundario, manipulable desde el punto de vista humano, que se puede utilizar como se quiera. El libertinaje, que se presenta como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que hace despreciable al cuerpo, dej?ndolo, por as? decir, fuera del aut?ntico ser y dignidad de la persona.

Matrimonio y familia en la historia de la salvaci?n
La verdad del matrimonio y de la familia, que hunde sus ra?ces en la verdad del hombre, ha encontrado realizaci?n en la historia de la salvaci?n, en cuyo centro est? la palabra: "Dios ama a su pueblo". En efecto, la revelaci?n b?blica es ante todo expresi?n de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres. Por consiguiente, la historia del amor y de la uni?n de un hombre y una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como s?mbolo de la historia de la salvaci?n. El hecho inefable, el misterio del amor de Dios por los hombres, toma su forma ling??stica del vocabulario del matrimonio y de la familia, en positivo y en negativo. El acercamiento de Dios a su pueblo se presenta, en efecto, con el lenguaje del amor esponsal, mientras que la infidelidad de Israel, su idolatr?a, se designa como adulterio y prostituci?n.

En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta hacerse ?l mismo, en su Hijo, carne de nuestra carne, verdadero hombre. De este modo, la uni?n de Dios con el hombre ha asumido su forma suprema, irreversible y definitiva. Y as? se delinea tambi?n para el amor humano su forma definitiva, ese "s?" rec?proco que no puede revocarse: no aliena al hombre, sino que lo libera de las alienaciones de la historia para reconducirlo a la verdad de la creaci?n. La sacramentalidad que el matrimonio asume en Cristo significa, pues, que el don de la creaci?n ha sido elevado a gracia de redenci?n. La gracia de Cristo no se une desde fuera a la naturaleza del hombre, no le hace violencia, sino que la libera y la restaura, precisamente al elevarla m?s all? de sus propios l?mites. Y como la encarnaci?n del Hijo de Dios revela su verdadero significado en la Cruz, as? el amor humano aut?ntico es donaci?n de s?, no puede existir si quiere sustraerse a la cruz.

Queridos hermanos y hermanas, este v?nculo profundo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios y el amor humano, encuentra confirmaci?n tambi?n en algunas tendencias y realizaciones negativas, de las que todos advertimos su importancia. El envilecimiento del amor humano, la anulaci?n de la aut?ntica capacidad de amar se revela, en efecto, en nuestro tiempo, como el arma m?s apta y m?s eficaz para que el hombre se olvide de Dios, para alejar a Dios de la mirada y del coraz?n del hombre. An?logamente, la voluntad de "liberar" la naturaleza de Dios conduce a perder de vista la realidad misma de la naturaleza, comprendida la naturaleza del hombre, reduci?ndola a un conjunto de funciones, de las que dispone a placer para construir un presunto mundo mejor y una presunta humanidad m?s feliz; en cambio, se destruye el designio del Creador y as? la verdad de nuestra naturaleza.

Los hijos
Tambi?n en la procreaci?n de los hijos el matrimonio refleja su modelo divino, el amor de Dios por el hombre. En el hombre y en la mujer la paternidad y la maternidad, como el cuerpo y el amor, no se dejan circunscribir en lo biol?gico: la vida se da totalmente s?lo cuando con el nacimiento se dan tambi?n el amor y el sentido que hacen posible decir s? a esta vida. Precisamente desde aqu? se clarifica totalmente cuanto es contrario al amor humano, a la vocaci?n profunda del hombre y de la mujer, el cerrar sistem?ticamente la propia uni?n al don de la vida y, a?n m?s, suprimir o manipular la vida que nace.

Sin embargo, ninguna mujer y ning?n hombre por s? mismos, y ?nicamente con sus propias fuerzas, pueden dar a los hijos de manera adecuada el amor y el sentido de la vida. En efecto, para poder decir a alguien "tu vida es buena, aunque yo no conozca tu futuro", se necesitan una autoridad y una credibilidad superiores a lo que el individuo puede darse por s? mismo. El cristiano sabe que esta autoridad es conferida a la familia m?s amplia que Dios, a trav?s de su Hijo, Jesucristo, y el don del Esp?ritu Santo, ha creado en la historia de los hombres, es decir, a la Iglesia. ?l reconoce aqu? la acci?n del amor eterno e indestructible que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro. Por este motivo, la edificaci?n de cada familia cristiana se enmarca en el contexto de la gran familia de la Iglesia, que la sostiene y la acompa?a y garantiza que tiene un sentido y que tendr? tambi?n su futuro en el "s?" del Creador. Y rec?procamente la Iglesia se edifica por las familias, "peque?as Iglesias domesticas" como las llam? el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem, 11), redescubriendo una antigua expresi?n patr?stica (San Juan Cris?stomo, In Genesim Serm. VI, 2; VII, 1). En el mismo sentido la Familiaris consortio afirma que "el matrimonio cristiano? constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserci?n de la persona humana en la gran familia de la Iglesia" (n. 15).

La familia y la Iglesia
De todo esto emerge una consecuencia evidente: la familia y la Iglesia, en concreto las parroquias y las dem?s formas de comunidades eclesiales, est?n llamadas a la m?s estrecha colaboraci?n para esa tarea fundamental que est? constituida, inseparablemente, por la formaci?n de la persona y por la transmisi?n de la fe. Sabemos bien que para una aut?ntica obra educativa no basta una teor?a justa o una doctrina que comunicar. Se necesita de algo mucho m?s grande y humano, de la cercan?a, diariamente vivida, que es propia del amor y que encuentra su espacio m?s propicio ante todo en la comunidad familiar, pero tambi?n en una parroquia, o movimiento o asociaci?n eclesial, donde se encuentran personas que cuidan a los hermanos, especialmente a los ni?os y a los j?venes, pero tambi?n a los adultos, a los ancianos, a los enfermos, a las mismas familias, porque en Cristo, quieren su bien. El gran patrono de los educadores, San Juan Bosco, recordaba a sus hijos espirituales que "la educaci?n es cosa del coraz?n y que s?lo Dios es su due?o" (Epistolario, 4, 209).

Central en la labor educativa, y especialmente en la educaci?n en la fe, que es la cumbre de la formaci?n de la persona y su horizonte m?s adecuado, es en concreto la figura del testigo: ?l se convierte en punto de referencia precisamente en cuanto sabe dar raz?n de la esperanza que sostiene su vida (cf. 1 Pe 3, 15), en cuanto est? personalmente comprometido con la verdad que propone. El testigo, por otra parte, no se refiere nunca a s? mismo, sino a algo, o mejor, a Alguien m?s grande que ?l, que ha encontrado y del que ha experimentado la fiable bondad. As? cada educador y testigo encuentra su modelo insuperable en Jesucristo, el gran testigo del Padre, que no dec?a nada por s? mismo, sino que hablaba tal como el Padre le hab?a ense?ado (cf. Jn 8,28). ?ste es el motivo por el que en la base de la formaci?n de la persona cristiana y de la transmisi?n de la fe est? necesariamente la oraci?n, la amistad personal con Cristo y la contemplaci?n, en ?l, del rostro del Padre. Y lo mismo vale, evidentemente, para todo nuestro compromiso misionero, en particular para la pastoral familiar: que la Familia de Nazaret sea, por lo tanto, para nuestras familias y para nuestras comunidades, objeto constante y confiada oraci?n, adem?s de modelo de vida.

Queridos hermanos y hermanas, y especialmente vosotros, queridos sacerdotes, conozco la generosidad y la entrega con la que serv?s al Se?or y a la Iglesia. Vuestro trabajo diario para la formaci?n en la fe de las nuevas generaciones, en estrecha conexi?n con los sacramentos de la iniciaci?n cristiana, como tambi?n para la preparaci?n al matrimonio y para el acompa?amiento de las familias en su camino, que con frecuencia no es f?cil en particular en la gran tarea de la educaci?n de los hijos, es el medio fundamental para regenerar siempre de nuevo a la Iglesia y tambi?n para vivificar el tejido social de esta nuestra amada ciudad de Roma.

La amenaza del relativismo
Continuad, pues, sin dejaros desalentar por las dificultades que encontr?is. La relaci?n educativa es por su naturaleza una cosa delicada. En efecto, pone en cuesti?n la libertad del otro que, aunque se haga con dulzura, sin embargo, siempre provoca una decisi?n. Ni los padres, ni los sacerdotes, ni los catequistas, ni los dem?s educadores pueden sustituir la libertad del ni?o, del muchacho o del joven a quien se dirigen. Y especialmente la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, llam?ndola a la fe y a la conversi?n. Hoy un obst?culo particularmente insidioso en la labor educativa est? constituido por la intensa presencia, en nuestra sociedad y cultura, de ese relativismo que, no reconociendo nada como definitivo, deja como ?ltima medida s?lo el propio yo con sus deseos, y bajo la apariencia de la libertad se convierte para cada uno en una prisi?n, porque separa al uno del otro, haciendo que cada uno se encuentre encerrado dentro de su propio "yo". Por consiguiente, en este horizonte relativista no es posible una verdadera educaci?n. En efecto, sin la luz de la verdad, antes o despu?s, toda persona est? condenada a dudar de la bondad de su misma vida, de las relaciones que la constituyen, de la validez de su compromiso para construir con los dem?s algo en com?n.

Est? claro, pues, que no s?lo debemos tratar de superar el relativismo en nuestro trabajo de formaci?n de las personas, sino que estamos tambi?n llamados a contrarrestar su predominio destructivo en la sociedad y en la cultura. Por este motivo, es muy importante, que junto a la palabra de la Iglesia, se d? el testimonio y el compromiso p?blico de las familias cristianas, especialmente para reafirmar la intangibilidad de la vida humana desde la concepci?n hasta su t?rmino natural, el valor ?nico e insustituible de la familia fundada en el matrimonio y la necesidad de disposiciones legislativas y administrativas que apoyen a las familias en la misi?n de engendrar y educar a los hijos, misi?n esencial para nuestro futuro com?n. Tambi?n por este compromiso os digo "gracias" cordialmente.

Sacerdocio y vida consagrada
Un ?ltimo mensaje que quisiera confiaros concierne a la atenci?n a las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. ?Todos sabemos la mucha necesidad que tiene la Iglesia de ellas! Para que estas vocaciones nazcan y lleguen a madurar, para que las personas llamadas se mantengan siempre dignas de su vocaci?n, es decisiva ante todo la oraci?n, que no debe nunca faltar en cada una de las familias y las comunidades cristianas. Pero es tambi?n fundamental el testimonio de vida de los sacerdotes, de las religiosas y religiosos, la alegr?a que expresan por haber sido llamados por el Se?or. Y es igualmente esencial el ejemplo que los hijos reciben dentro de su propia familia y la convicci?n de las familias mismas de que, tambi?n para ellas, la vocaci?n de los propios hijos es un gran don del Se?or. La opci?n de la castidad por amor de Dios y de los hermanos, que se requiere para el sacerdocio y la vida consagrada, est? acompa?ada, en efecto, por la valoraci?n del matrimonio cristiano: el uno y la otra, en dos maneras diferentes y complementarias, hacen de alg?n modo visible el misterio de la alianza entre Dios y su pueblo.

Queridos hermanos y hermanas, os conf?o estas reflexiones como contribuci?n a vuestro trabajo en las tardes del Congreso y tambi?n durante el pr?ximo a?o pastoral. Pido al Se?or que os d? valor y entusiasmo para que esta nuestra Iglesia de Roma, cada parroquia, comunidad religiosa, asociaci?n o movimiento participe m?s intensamente en la alegr?a y en los trabajos de la misi?n, y as? cada familia y toda la comunidad cristiana redescubra en el amor del Se?or la llave que abre la puerta de los corazones y que hace posible una verdadera educaci?n en la fe y formaci?n de las personas. Mi afecto y mi bendici?n os acompa?an hoy y en el futuro.

(Original italiano procedente del archivo inform?tico de la Santa Sede; traducci?n ECCLESIA)
Publicado por verdenaranja @ 23:57  | Habla el Papa
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