S?bado, 10 de junio de 2006
Destinados a la Trinidad




Ser bautizados supone haber sido destinados, por voluntad de Dios y en virtud de su libre decisi?n y poder, a su misma vida trinitaria. Los que hemos sido bautizados tenemos un porvenir sobrenatural, recibido gratuitamente, que no tenemos capacidad para comprender del todo ni para explicar, a causa de su inmensa grandeza, pues supera nuestra inteligencia y, por consiguiente, nuestra capacidad de expresi?n. Pro es, sin embargo, el ?nico capaz de satisfacer plenamente, no s?lo todos nuestros anhelos personales, sino cualquier expectativa humana posible.

Las ?ltimas palabras de Jes?s a los ap?stoles, instantes antes de ascender a los cielos, se refieren al bautismo. Son palabras que vienen a resumir toda su ense?anza; ser?an la esencia de la doctrina que vino a traer al mundo y la raz?n por la que tom? carne humana. Son, por otra parte, un mandato expreso a los que hab?a escogido junto a S? para esa misi?n y preparado durante su vida p?blica. Es como si Jes?s quisiera dejar clara la verdadera y ?nica raz?n por la que difundir el Evangelio, y el por qu? de la vida a la que conducen los mandamientos, que alcanzan su perfecci?n ?ltima con sus ense?anzas.

En los pocos vers?culos de san Mateo que hoy contemplamos, podemos observar algunos detalles en las palabras del Se?or que iluminan m?s a?n la ense?anza central. Dice el evangelista que, algunos de los disc?pulos le adoraron, mientras otros dudaron. Nos viene a decir que la actitud que espera el Se?or de sus ap?stoles ?en nuestros d?as como entonces? es de fe, es decir, de confianza en ?l y de reconocimiento expreso de su divinidad: quienes difundamos el Evangelio hemos de hacerlo adorando, por reverencia a su petici?n y por amor.

Jes?s impulsa a sus ap?stoles a evangelizar a todos los pueblos. Toda la humanidad es, por tanto, destinataria del bautismo que nos constituye en hijos de Dios por Jesucristo. De todo hombre espera amor nuestro creador y Padre, con tal de que haya recibido el bautismo y, con este sacramento, la conveniente instrucci?n en el Evangelio. Grande es, por consiguiente, la responsabilidad de cuantos ya nos sabemos hijos de Dios. Tenemos, como dice un salmo, el mundo por heredad. Hemos de ver a nuestros semejantes, por lejanos que puedan estar f?sica o moralmente, como candidatos al Reino de los Cielos que corre de nuestra cuenta animar, hasta que ellos mismos se sientan encendidos en deseos de difundir junto a nosotros el Reino de Dios. ?C?mo?: como tratamos de atraer noblemente a nuestros conocidos y amigos a nuestra casa, a nuestro negocio, a nuestra diversi?n; como intentamos captar, incluso a quienes todav?a no conocemos, para que apoyen las iniciativas nobles sociales, econ?micas, pol?ticas... que nos interesan.

Es ser y sentirse ap?stoles, mujeres y hombres capacitados por su bautismo ?y m?s por su confirmaci?n? para extender, con el poder de Cristo, el reino de Dios en nuestro mundo: se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, id pues... As? dice Jes?s a sus ap?stoles, para que se sientan con confianza ante la tarea que les encomienda. Con confianza porque ser? eficaz su esfuerzo, acrecentado con el poder de Cristo, por insuperables que parezcan los obst?culos o la resistencia a la gracia divina. Esa confianza es, a la vez, seguridad en que, con ese mismo poder de Cristo, que ante todo vivifica al ap?stol, ser? eficaz su tarea y capaz de agradar a Dios a pesar de su debilidad.

Mas contemplemos hoy, aparte de la urgente responsabilidad apost?lica, por ser el mismo Dios quien nos encomienda la misi?n, el contenido de la vida a que nos llama: de comuni?n con el Padre, con el Hijo y con el Esp?ritu Santo. Ya sabemos que no tenemos capacidad para reconocer adecuadamente el don de Dios; que no podemos, por tanto, valorar sus designios de amor sobre hombre como ser?a preciso en justicia. Nos esmeraremos, sin embargo, de todo coraz?n, en agradecer, corresponder y difundir esta Buena Nueva: que todo hombre tiene un lugar en el coraz?n de la Trinidad; que, seg?n la expresi?n san Josemar?a: la Trinidad se ha enamorado del hombre y, siendo erigidos en hijos de Dios, nos encomienda la m?s honrosa y noble de las tareas: ser difusores de su Amor entre los hombres.

M?s de una vez podremos notar desaz?n o simple cansancio por el trabajo apost?lico. Es el esfuerzo que fatiga al bogar contracorriente de una sociedad aburguesada, al hacer rectos ?hacia Dios? los caminos retorcidos del ego?smo humano. Es notar incomprensi?n y hasta agresiva rebeld?a, cuando s?lo se pretende agradar gratuitamente y favorecer. Recordemos, entonces, a Nuestro Se?or cansado, fatigado por el caminar de una ciudad a otra, con sed, como aquel d?a cerca de Sicar pidiendo de beber a la mujer samaritana o, tan agotado de toda jornada, que se duerme en la barca a pesar de la tempestad, y deben despertarle atemorizados los disc?pulos. Recordemos, en fin, a Nuestro Se?or cargando con la Cruz camino del G?lgota, con tanto m?s amor por la humanidad cuanto mayor es el sufrimiento y la incomprensi?n que soporta.

No nos han de faltar las fuerzas ni la alegr?a en el servicio de Dios: sabed que yo estoy con vosotros todos los d?as hasta el fin del mundo, dijo Jes?s a sus ap?stoles y nos repite ahora a cada uno. Como tampoco echaremos de menos el consuelo de Nuestra Madre, Mar?a, que ha de ser adem?s eficaz c?mplice en las aventuras que emprendamos para que otros descubran la vida divina. No hemos de tener miedo por sentirnos solos ?casi los ?nicos? en la empresa sobrenatural de difundir el evangelio. Ya sabemos, como advirti? el Se?or, que son pocos los que pasan por la puerta angosta que conduce al Reino de los Cielos y muchos, en cambio, los que van a sus anchas por la puerta espaciosa que conduce a la perdici?n.

El cristiano, hoy como ayer, si es consecuente con su fe, se siente como el fermento entre la masa: con una enorme capacidad de transformaci?n de su entorno, aunque cuantitativamente pueda pasar inadvertido. Su eficacia, como queda dicho, se debe a la vida de Dios que habita en ?l, de la que vive; la misma que se siente llamado a difundir. As? actuaron los que formaban la primera comunidad cristiana en un mundo pagano y hostil a la fe. Y antes que ninguno la madre de Dios ?Nuestra Madre?: hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Esp?ritu Santo.


Publicado por verdenaranja @ 15:24  | Espiritualidad
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